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lunes, 3 de octubre de 2011

AMOR Y FELICIDAD

Pablo Eugenio Charbonneau

(Continuación. Ver lectura anterior aqui)



Tu novio



En las consideraciones precedentes, afirmábamos que no basta el amor para casarse, sino que es preciso que haya compatibilidad entre los contrayentes. Ahora bien, esto promueve, además de los problemas particulares que acaban de ser abordados, el problema general de la diferencia psicológica de los dos sexos. Con frecuencia el fracaso proviene, no de una incompatibilidad entre los novios, sino simplemente del hecho de que ignoran recíprocamente la fisonomía psicológica del sexo opuesto.

Por eso en los dos capítulos siguientes trataremos, por una parte, de las características propias del joven, y por otra de las que son patrimonio de la muchacha, con el fin de poner remedio al mal tan frecuente de la incomprensión.

1. Un mal corriente: la incomprensión

Muchos novios se tratan durante meses o años, alimentan promesas de felicidad y colman su alma de espléndidas esperanzas. Se aman, y ante la vida que se abre a su amor, les parece imposible no alcanzar la cima de la felicidad. Tal es, poco más o, menos para todos los novios, el clima espiritual en que evolucionan durante el tiempo, tan fácilmente eufórico, del noviazgo.

En suma, porque se aman mucho y se conocen… un poco, se juzgan irrevocablemente destinados a la felicidad conyugal, y consideran imposible el fracaso. Y sin embargo, no es raro ver, poco después del matrimonio, que el entusiasmo cede y se extingue, las esperanzas se vienen abajo una tras otra, y los sueños de felicidad se deshacen en humo. Una cólera sorda, alimentada por el despecho que causa la incomprensión, enfrenta a los jóvenes esposos que acaban apenas de jurarse un amor sin fin.

¿Qué ha sucedido? ¿Se han engañado respecto a su amor? Quizá no ¿Se han fingido la comedia de la ternura? Tampoco. ¿Han cedido sólo al atractivo de las promesas de goces sexuales? No necesariamente. Si se han amado y se siguen amando realmente, ¿cómo explicar esta tensión entre ellos dos, que los lanza al uno contra el otro, con el riesgo de destrozarlos para siempre? Por la incomprensión. Esta basta para ahogar los amores más recios; por muy profundo que sea el amor, no podrá resistir las tempestades que originará la incomprensión.

Con frecuencia, ésta hace su aparición desde los primeros meses de vida común; surge traidoramente, se infiltra, se desliza, se sitúa entre los dos. Una vez instalada en el seno de la pareja, encuentra fácilmente todo cuanto necesita para crecer con rapidez, sustentándose con los menores hechos y con las actitudes más sencillas. Muy pronto, extiende a toda la vida conyugal sus tentaciones de odio, y deshace, en poco tiempo, las esperanzas más bellas. Los cónyuges se encuentran uno ante otro, erizados de reproches, armados de protestas, unas veces agresivamente silenciosos, otras violentamente locuaces, siempre fácilmente irritables y casi constantemente irritados. Es el drama de la incomprensión el que se presenta y no en un escenario donde se le vería explayar sin consecuencias, sino en un hogar al que amenaza con arrasar si no se pone remedio a tal situación.

Desde el principio, la vida en común va a plantear este problema de la comprensión mutua. Convivir con su pareja es mucho más difícil de lo que parece. Todo el mundo proclama, y es cierto, que es preciso armarse de una generosidad a largo plazo y mantenerse tenazmente aferrado a ella. De este modo se realizan los sacrificios requeridos para que perdure la armonía en el hogar.

Hay que decir, sin embargo, que si ése es un aspecto muy importante, hay otro que no se debe descuidar, porque sin él, la mayor generosidad sería inútil: y es saber aplicar la inteligencia para captar la psicología del cónyuge. En suma, podría decirse que la comprensión recíproca, preludio de la felicidad, es, ante todo, una cuestión de inteligencia.

Y no decimos solamente, sino ante todo. El hombre y la mujer que se han unido para formar un hogar deben intentar conocerse profundamente, sin ello el amor no podría vivir. El buen sentido confirma el axioma aristotélico según el cual «el amor sigue al conocimiento». No puede amarse nada que no haya sido antes conocido y nada podría ser amado más que en la medida en que sea conocido. Nada ni nadie. Por consiguiente, esto quiere decir que el amor es obra tanto de la inteligencia como del corazón. Ahora bien, la actividad propia de la inteligencia es conocer, como la de la voluntad es querer, o la del ojo es ver. Por tanto, habrá que recordar a los novios que deben aplicar su inteligencia a observar, a descubrir, a conocer la pareja y no con un conocimiento superficial o aproximado, como sucede con frecuencia, sino con un conocimiento profundo y bien asentado. De este modo, uniéndose más allá de las apariencias, a menudo muy falaces, cultivarán el acuerdo necesario para la eclosión del amor. ¿De qué serviría amarse si no se consiguiera vivir en armonía? ¿Cómo vivir en armonía si no se llega a un conocimiento verdadero del compañero o de la compañera de vida?

¡Cuántas parejas han encontrado el sufrimiento en pleno amor por no haber comprendido eso! Ciertamente, el amor es espontáneo; lo cual no le dispensa de ser inteligente. En el momento de entregarse no calcula, pero, para que dure, es preciso eliminar la multitud de pantallas más o menos impenetrables que toda personalidad implica. Las personas son tan diferentes las unas de las otras, que en todo momento pueden los esposos convertirse en extraños, aunque los gestos exteriores de una vida rutinaria continúen simulando intimidad. Al principio se aman, sin lugar a duda; pero si quieren seguir así y hacer que se acrezca su amor, tendrán que ahondar su intimidad y penetrar el uno en el otro hasta el punto quizá de conocer al cónyuge mejor que a sí mismo. El precio del amor —por tanto, el de la felicidad— no puede ser más que ése.
Desde los primeros meses, desde las primeras semanas incluso, cuando se adopta el ritmo un poco gris de lo cotidiano, ese tejido de gestos repetidos, de actitudes reiteradas y de palabras ya dichas, surgirán inmediatamente los primeros conflictos. Interiores, al comienzo, rechazados muy al fondo de uno mismo por la certeza de que es imposible amarse y no comprenderse. Luego, al cabo de cierto tiempo, así romo la lluvia acaba por filtrarse a través de la techumbre que ha empapado va, así también las primeras disputas se abrirán camino poco a poco. La amargura se deslizará entonces entre los esposos, si no saben vencerla con un inteligente esfuerzo de comprensión. Ante todo, y por extraño que esto pueda parecer, no hay que perder de vista que la pareja pertenece a dos mundos distintos, es decir, que son hombre y mujer.

2. Orientaciones divergentes

El hombre y la mujer son tan diferentes psicológicamente, que pueden llegar —si se descuidan— a chocar con violencia y quedar profundamente heridos. Su lenguaje es distinto, así como su manera de pensar y de sentir; sus reacciones ante un mismo suceso pueden ser diametralmente opuestas; su concepto del amor, de la felicidad, de la vida son hasta tal punto divergentes que pueden no coincidir jamás. Es lo que ha hecho escribir a Montherlant esta dura frase: «El hombre y la mujer están el uno delante del otro, y la sociedad les dice: ¿No le comprendes a él en absoluto? ¿No la comprendes a ella en absoluto? Pues ¡comprendeos, pese a todo! ¡Hala, a ver cómo salís del apuro!» [1].

Ante el hecho innegable de una incomprensión, por desgracia harto difundida, no hay, sin embargo, que aceptar ese prejuicio desilusionado: «¡Hala, a ver cómo salís del apuro!» ¡No! «¡Hala y comprendeos!». ¡Sí! Porque sólo ese esfuerzo de comprensión, paciente y perseverante, puede salvar el amor. Sin él, es imposible que sobreviva; por él, se hará en cambio cada vez más profundo, cada vez más sólido, y podrá inscribirse en la existencia de los esposos como la piedra angular de su felicidad.

La comprensión mutua es el primer paso que puede darse en el camino de la felicidad. Para convivir, la comprensión es tan importante como el amor. Quizá incluso podría decirse que la comprensión es todavía más importante que el amor. Porque el amor sin la comprensión no puede hacer a un hombre y una mujer soportables el uno para el otro, mientras que la comprensión recíproca les permite, cuando menos, soportarse y normalmente engendrará el amor. Sea como quiera, hay una cosa innegable: y es que todos los que se aman deben tener empeño en comprenderse cada vez mejor, bajo pena de ver extinguirse su amor. La experiencia de tantas parejas desilusionadas nos coloca a diario esta realidad ante la vista.

Pero no puede haber comprensión si no se recuerda siempre la enorme diferencia psicológica que separa al hombre de la mujer. Hay que insistir sobre esta evidencia, porque sucede a menudo que en los conflictos que surgen en el curso de la vida conyugal, se pierde de vista esta verdad. Habrá, pues, que realizar un esfuerzo de comprensión en los períodos de dificultades, para no combatir estúpidamente el uno contra el otro, cuando bastaría un poco de diplomacia para que las aguas volvieran a su cauce. No hay que olvidar que «así como los cuerpos masculino y femenino son diferentes… así también las almas masculina y femenina son distintas por su manera de considerar las cosas y de vivirlas» [2].

3. Rasgos característicos de la psicología masculina

Para ayudar a la futura esposa a adaptarse mejor a su marido, intentaremos trazar ahora un esbozo general de la psicología masculina. Porque para llegar a comprender al marido, que es un hombre muy concreto, una persona con características propias, es preciso, ante todo, que la joven esposa conozca al hombre y sus rasgos particulares. Pedro, Juan, Santiago, por diferentes que sean, coinciden sin embargo en una orientación común a todos los individuos de su sexo. La joven que sepa recordar estas líneas fundamentales de la psicología masculina conseguirá mucho más fácilmente comprender a su marido.



SANTORAL 3 DE OCTUBRE






3 de octubre



SANTA TERESITA 
DEL NIÑO JESÚS,(*Virgen

Si tu ojo derecho es para ti ocasión de pecar .
sácalo y arrójalo fuera de ti.(Mateo, 5, 29).



   La rápida difusión del culto a Santa Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz es uno de los acontecimientos más notables de la historia religiosa de nuestra época. Entró al Carmelo de Lisieux, a la edad de 15 años, en 1888, y murió en él el 30 de septiembre de 1897. En pocos años era conocida del mundo entero, y su caminito de sencillez y de perfección en las cosas cotidianas se hizo célebre en la espiritualidad cristiana. Numerosas gracias y milagros fueron atribuidos a su intercesión. Fue canonizada en 1925.

  MEDITACIÓN - EL CRISTIANO
DEBE SER CIEGO, MUDO y SORDO

  I. Para ser dichoso en este mundo, para vivir en él santamente, hay que ser ciego para muchas cosas. Cierra los ojos a todo lo que pueda hacerte concebir malos pensamientos, causarte tristeza o inspirarte orgullo; no mires los defectos de tu prójimo, o los tuyos. Dios mío, hazme ver la fealdad del pecado y la hermosura de la virtud. Aparta mis ojos para que no vean la vanidad. (E1 Salmista).

   II. .Hay que saber ser mudo para vivir como cristiano. Cuando se presenta una ocasión de hablar bien de ti mismo, de hablar mal del prójimo, de faltar la caridad, guarda silencio; porque generalmente sucede que quien habla mucho comete muchos pecados y profiere palabras que lamenta después amargamente. No hay nada más provechoso que vivir en el recogimiento, hablar poco con los demás mucho consigo mismo. (Séneca).

   III. ¿Para qué querer oír todo y saber todo? ¡Muchas palabras criminales, muchas maledicencias, muchos discursos impíos o atrevidos turbarán la paz de tu alma y despertarán en ella pensamientos vanos o peligrosos! El retiro te facilitará la observancia los tres consejos que hemos dado. Retírate a la soledad, no con el cuerpo sino con el espíritu; la soledad del espíritu es la que se te recomienda, no la del cuerpo. (San Bernardo).

El amor a la soledad 
Rogad por la Orden del Carmelo.

ORACIÓN

     Señor, que habéis dicho: "Si no os hacéis semejantes a niños, no entraréis en el reino de los cielos", concedednos que imitemos de tal modo la humildad y sencillez de corazón de la virgen Santa Teresa, que logremos alcanzar las recompensas eternas. Por J. C. .S. Amén.

domingo, 2 de octubre de 2011

EL PADRE PÍO NOS HABLA DE....


EN LAS MANOS DE DIOS NUESTRA SANTIFICACIÓN
HACIA DIOS


***
 
El anhelo de llegar a la paz eterna es bueno y santo, pero hay que moderarlo con la sumisión a los designios divinos. Mejor es hacer en la tierra la voluntad divina, que gozar del Paraíso.
                Sufrir y no morir, era el lema de Santa Teresa.
                Dulce es el Purgatorio, pues en él se sufre por amor a Dios.
                Incluso el destierro es bonito, anhelando el Paraíso.
                ¿Os acongojáis si Jesús, para conduciros a la patria celestial, os hace caminar a campo traviesa o por desiertos, cuando unos y otros conseguiréis igualmente la felicidad eterna?
                Desechad toda preocupación excesiva que provenga de las penas con que Dios quiere probaros. Si esto no os fuese posible, alejad la idea y vivid sometidos en todo al querer divino.
                No os entreguéis de tal manera a la actividad de Marta que lleguéis a olvidar el silencio y la entrega de María.
                La virgen, que tan bien encarna a una y a otra, os sirva de suave modelo y os inspire.

En la vida espiritual, cuanto más se corre, menos se nota el cansancio. Más aún, la paz, preludio del gozo eterno, nos inundará, seremos verdaderamente dichosos y fuertes, a medida que, esforzándonos constantemente, dejemos vivir a Cristo en nosotros despojándonos de nosotros mismos.
                Dios enriquece a quien se despoja totalmente de sí mismo.
                Cumplamos lo de David: Elevad en la noche las manos hacia el santuario y bendecid al Señor.
                Sí, hijos míos, bendigámosle continuamente. ¡Que Él sea nuestro guía, nuestra nave, nuestro puerto!
                Trabajad algo, siempre…
                En el libro de la Sabiduría se exalta por su trabajo a la mujer valerosa: sus dedos, dice, manejan el huso.
                La rueca es el cúmulo de vuestros deseos: hilad, pues, un poco cadi día, tramad hilo a hilo vuestros designios, hasta que se realicen y volved infaliblemente a comenzar.
                Tened cuidado, no os precipitéis, pues enredaríais el hilo. Se enmarañaría así vuestra rueca.
                Caminad, por tanto, sin cesar. Avanzad lentamente. Llegaréis a feliz término.
                ¡Siempre adelante! En la vida espiritual, cuando no se adelanta, se retrocede.
                Nos sucede como a la nave. Debe caminar siempre. Si se para, los vientos la hacen retroceder.
                “Toda maquinación humana, de cualquier parte que provenga, tiene su lado positivo y su lado negativo, hay que saber asimilarla, aceptar lo bueno y ofrecérselo a Dios, y eliminar lo malo”.
                Comulgad diariamente. Desechad las dudas no razonables y obedeced ciega y alegremente. Confiad, no temáis el futuro. La tabla de salvación y el arma Divina para poder cantar victoria, es la sumisión plena a quien os guía en las tinieblas, las perplejidades y las batallas de al vida.
                ¡Oh Señor, suple mis miserias!
                ¡Dios mío, Dios mío, perdóname!
                No te he ofrecido jamás nada y ahora, a poco que sufro, por la nimiedad de mis sufrimientos comparados con los tuyos, me quejo injustamente.
                Nadie merece nada. El Señor es benévolo con nosotros. Su bondad infinita, perdonándonos, nos colma de bienes.


SAN PADRE PÍO. ¡RUEGA POR NOSOTROS!

DELICIA PARA EL DOMINGO EN FAMILIA


Ravioles caseros con tuco






Los ravioles son un plato característico del noroeste italiano, de las regiones Piemonte,Lombardia y Liguria. De esta última región, cuya capital es Génova, es la más antigua receta conocida, aunque el relleno causaría horror hoy en Argentina y en Italia (contenía mollejas,borragine, que es una hierba silvestre, escarola, salchicha, queso parmigiano y leche cuajada). En realidad es una pasta rellena, que se distingue por su forma de cuadrados relativamente pequeños, obtenidos por medio de líneas paralelas, horizontales y verticales, trazadas con una ruedita metálica sobre dos hojas superpuestas de pasta, entre las que está ya distribuido el relleno. Es un procedimiento más eficiente y menos trabajoso que el necesario para los tortelliniemiliano-romagnoli o los cappellacci ferrareses-vénetos, que requieren una habilidosa manipulación para darles la forma de paquetitos.


En Argentina la tradición de los ravioles se ha mantenido intacta; en Buenos Aires y otras ciudades hay una tupida red de empresas artesanales que producen pasta fresca, y ofrecen ravioles de excelente factura. Además por supuesto de la confección doméstica. Los rellenos más comunes son de carne, de espinaca, de ricota, jamón y nuez, etc. Hace no mucho tiempo eran comunes los ravioles de seso.






El tuco es una salsa argentina que contiene pulpa de tomate, aceite y vino. Más ligera que la habitual en el norte de Italia, que contiene generalmente carne picada y largamente cocinada, de cerdo y de vaca, junto con tomate (poco), panceta, cebolla, apio, zanahoria, ajo (es el ragù). No he conseguido referencias italianas a la palabra “tuco”, en 35 años vividos allá, ni conseguido ayuda de mis amigos de lengua italiana. Si no es una palabra dialectal actualmente en desuso, o una deformación del término originario, se trata de una invención argentina. Algunos cocineros proponen un “tuco” con carne que es un intermedio entre éste y el ragù.


Los ravioles argentinos pueden llevar además salsa blanca y queso parmisano (los de verdura), pesto genovés, vino amalgamado con aceite, pulpa de tomate saborizada con albahaca, etc.


Para el relleno:
  • 1 kg de espinacas o acelgas
  • 200 gramos ricotta
  • 75 gramos de queso rallado
  • Unas ramitas de perejil
  • 2 huevos
  • Nuez moscada
  • Sal
Para la masa:
  • 500 gramos de harina
  • 4 huevos

Para el Tuco:
  • 1/2 kilo de carne blanda de vaca,
  • 3 cebollas medianas,
  • 4 tomates,
  • 3 zanahorias,
  • 3 cucharas de perejil picado,
  • 2 hojas de laurel,
  • 2 dientes de ajo,
  • 2 cucharas de mantequilla,
  • sal y pimienta a gusto.



Preparación



Tuco: En una cacerola calentar aceite y dorar la carne, cuando esta empiece a soltar su jugo, añadir la cebolla licuada, luego el tomate y la zanahoria también licuados y el resto de los ingredientes mas dos tazas de agua, dejar cocer hasta el jugo este algo espeso.




  1. Quitar las raíces de las espinacas y lavarlas muy bien bajo la canilla del agua fría. Escurrirlas y ponerlas a cocer, con muy poca agua y sal, en una cacerola destapada. En cuanto estén cocidas, escurrirlas y apretarlas con un paño de cocina para que queden bien secas
  2. Picar las espinacas cocidas finamente con el perejil lavado y pasarlas por el tamiz con la ricotta, recogiendo la pasta en un bol. Añadir el queso, los huevos, una ralladura de nuez moscada y la sal
  3. Revolver bien. Luego, poner al fuego una olla con abundante agua salada
  4. Poner la harina en la tabla, hacer un hueco en el centro y colocar en él los huevos. Amasar hasta que se vean aparacer una ampollitas. Lo cual significará que la masa ya está suficientemente trabajada. Dividir la masa en tres partes
  5. Con uno de los trozos, hacer un bollo, aplastarlo ligeramente con la palma de la mano y extenderlo con el rodillo hasta formar una capa muy fina
  6. Cubrir con un trozo de tela, dejando descubierta solo la tira necesaria para empezar a hacer los ravioles
  7. Distribuir el relleno en esa tira, formando varios montoncitos del tamaño de una nuez, a una distancia aproximada de 6 centímetros uno de otro. Doblar la masa sobre sí misma y recortar unos rectángulos con la ruedita a propósito
  8. Apretar alrededor con la punta de los dedos y darles la formo de unos sombreritos. Resultarán más novedosos que los ravioles cuadrados
  9. Ir colocando los ravioles en una fuente espolvoreada con harina. Hacer los mismo con los otros trozos de masa
  10. Echar los ravioles en el agua hirviendo y dejarlos cocer unos diez minutos. Sacarlos poco a poco, con una espumadera, escurrirlos y colocarlos en una fuente. Servirlos cubiertos de bastante tuco y espolvoreados con queso rallado Parmesano o Reggianito






SANTORAL 2 DE OCTUBRE







2 de octubre
LOS SANTOS ÁNGELES DE LA GUARDA,(*)
El Altísimo mandó a sus ángeles que cuidasen
de ti; los cuales te guardarán en cuantos
pasos dieres; te llevarán en sus manos;
no sea que tropiece tu pie contra la piedra,
(Salmo, 90, 11-12).

   Los hijos de los reyes no salen sino escoltados de personas encargadas de velar por ellos y defenderlos en caso de necesidad. Pues bien, todos los cristianos se han vuelto, por su bautismo, hijos del Rey de los cielos. Es por esto que Dios da a cada persona un compañero fiel encargado de guardarla, conducirla y gobernarla. Este compañero es nuestro ángel de la guarda. Debemos, en este día de su fiesta, agradecer a la bondad divina por este singular favor; y, al mismo tiempo, dar gracias a estos espíritus bienaventurados por la solicitud con que velan sobre nosotros y nos acompañan desde la cuna hasta la tumba. Es la finalidad que persigue la Iglesia al establecer la fiesta de hoy.

  MEDITACIÓN SOBRE 
LOS ÁNGELES DE LA GUARDA

   I. Admira la bondad de Dios que ha destinado a un príncipe de su corte a que vele sobre tu conducta. Tu ángel de la guarda día y noche se mantiene a tu lado; te defiende contra el demonio y las tentaciones; te inspira santos pensamientos; te desvía del mal; intercede por ti ante Dios. Agradece a Dios la bondad que te demuestra al darte un conductor tan fiel y tan caritativo, y ve en esta gracia una prueba de la estima que tiene de tu alma. Agradece a tu ángel custodio por los servicios que te presta; pídele los continúe hasta tu muerte.

   II. Ten profundo respeto por tu ángel y demuéstraselo todos los días con alguna oración. No mal trates, no escandalices a nadie; acuérdate de la palabra del Señor que te prohíbe escandalizar a los pequeñuelos, porque sus ángeles ven siempre el rostro de su Padre. Estos ángeles vengarán el daño que hicieres a quienes están a su cuidado. Si trabajas por convertir a algún pecador, ruega a su ángel custodio que te ayude. Honra a tu ángel de la guarda. N o hagas en su presencia lo que no harías en presencia de una persona respetable. (San Bernardo).

   III. Considera a tu ángel custodio como al mejor amigo que tienes en este mundo. Él es fiel, no te abandonará en tus necesidades. Está infinitamente iluminado, consúltalo en tus dudas: no te engañará. Es poderoso para socorrerte: tiene más poder, más inteligencia y más fuerza que los hombres en quienes pones tu confianza. Escucha lo que te inspira. ¡Ah! si tuvieses un poco de fe, nada temerías, sabiendo que tu ángel está contigo.

La devoción a los ángeles custodios
Orad por los viajeros.

ORACIÓN
   Oh Dios, que, por inefable providencia, os dignáis enviar a vuestros santos ángeles para que nos guarden, conceded a nuestras humildes súplicas la gracia de ser sostenidas por su protección, y el gozo de ser en la eternidad los compañeros de su gloria. Por J. C. N. S. Amén.

sábado, 1 de octubre de 2011

CANTO SACRO - ORATIO JEREMIÆ PROPHETÆ

ORATIO JEREMIÆ PROPHETÆ
(del rito Mozárabe)


***
PROFETA JEREMÍAS
Incipit oratio Jeremiæ prophetæ.

Recordare, Domine, quid acciderit nobis,
intuere et respice obprobrium nostrum.
Hereditas nostra versa est ad alienos:
domus nostræ ad extraneos.

Pupilli facti sumus absque patre,
matres nostræ quasi viduæ,
aquam nostram pecunia bibimus,
ligna nostra precio comparavimus.

Cervicibus nostris minabamur,
lassis non dabatur requies.
Ægypto dedimus manum et Assyriis,
ut saturaremur pane.

Patres nostri peccaverunt, et non sunt:
et nos iniquitates eorum portavimus.
Servi dominati sunt nostri:
non fuit qui redimeret de manu eorum.

In animabus nostris adferebamus panem nobis
a facie gladii in deserto
pellis nostra quasi clibanus exusta est
a facie tempestatum famis
mulieres in Sion humiliaverunt
et virgines in civitatibus Juda

JERVSALEM, JERVSALEM
CONVERTERE AD DOMINVM DEVM TVVM


Traducción:

Comienza la oración del profeta Jeremías.

Yavéh, acuérdate de lo que nos ha pasado, mira y ve nuestra humillación.
Nuestra herencia pasó a extranjeros, nuestras casas a extraños.
Somos huérfanos, sin padre; nuestras madres, viudas.
A precio de plata bebemos nuestra agua, nuestra leña nos llega por dinero.
Con el yugo al cuello andamos acosados; estamos agotados, no nos dan respiro.
Tendimos a Egipto nuestra mano, y a Asur, para calmar el hambre.
Nuestros padres, que pecaron, ya no existen, y nosotros cargamos con sus culpas.
Esclavos nos dominan y no hay quien nos libre de su poder.
Con riesgo de la vida trajimos nuestro pan, enfrentando los peligros del desierto.
Nuestra piel abrasa como un horno, por el ardor del hambre.
Violaron a las mujeres en Sión; a las jóvenes en las ciudades de Judá.

Jerusalén, Jerusalén, conviértete al Señor tu Dios.

P. CERIANI: SERMÓN EN LA FIESTA DEL SANTÍSIMO ROSARIO

 
FIESTA DEL SANTÍSIMO ROSARIO
***


Entre las devociones de la Virgen Santísima, la más celebrada es la del Rosario o Salterio, llamado así porque consta de ciento cincuenta Avemarías, que corresponden al Salterio, compuesto de los ciento cincuenta Salmos de David.
Esta devoción de recitar el Salterio de María, las ciento cincuenta Avemarías, es tan antigua como la Iglesia; porque empezó con Ella.

Advocación eminentemente popular, arraigada en nuestras antiguas y santas costumbres que no se concibe una familia de veras cristiana donde no se rece diariamente el Santo Rosario.

El Salterio de la Virgen, así llama el Papa León XIII al Rosario; y dice que otros Romanos Pontífices también le dieron este nombre.

¿El motivo o razón? Todos los días, los sacerdotes y religiosos han de rezar gran parte del Salterio, completándolo semanalmente. Con esta oración cumplen con la obligación sacerdotal de orar por los fieles; es la oración oficial de la Iglesia, quien ora por su intermedio. Por lo mismo, es una oración de eficacia extraordinaria.

Apliquemos todo esto al Santo Rosario, y veremos cómo, en la debida proporción, lo es para el pueblo cristiano. Es su oración, que podemos llamar oficial…, a punto que parece que, en cierto modo, el Santo Rosario deja de ser en el pueblo cristiano una devoción privada y particular para adquirir, al menos, la dignidad de oración pública y oficial.

Por eso es también tan grande su eficacia. Precisamente, y son palabras del Sumo Pontífice León XIII, porque las plegarias públicas son mucho más excelentes que las privadas…, y tienen una fuerza impetratoria mucho mayor…
Por eso no es fácil encontrar una oración que en esta eficacia aventaje al Santo Rosario.

Añádase a esto que, así como el Salterio de los sacerdotes es una oración excelentísima por ser inspirado por Dios, así también el Santo Rosario, porque no sólo en cuanto a su estructura fue inspirado por la Santísima Virgen María, sino que además está compuesto de las mejores oraciones que pueden darse; el Padrenuestro, el Ave Maria, y el Gloria Patri.

El Salterio de la Virgen fue el primer Breviario y las primeras Horas Canónicas que la Iglesia usó.

Los Apóstoles lo rezaron por orden de la Virgen Santísima; y los fieles, que tuvieron el primitivo espíritu y las primicias de esta devoción, la adquirieron por orden de los Apóstoles, antes que San Ignacio, mártir, introdujese en Antioquía el Salterio de David, que recibió después toda la Iglesia Católica para cantar las alabanzas a Dios.

El Salterio mariano se derivó de los primeros fieles a los anacoretas de Egipto y Nitria; y de los desiertos le recibieron en las ciudades San Ambrosio, San Jerónimo, San Agustín y otros Padres; y resfriándose después de algunos años el fervor de esta devoción, le avivó y encendió en Inglaterra el venerable San Beda; porque los ingleses confesaban haber recibido esta devoción de sus antepasados, como herencia de padres a hijos, debida a la enseñanza de este venerable Padre.

Pero, como las devociones no sólo se acreditan por la antigüedad de los años que tienen, si no también, y sobre todo, por la gloria que de ellas se sigue a Dios, y provecho que sacan los que las usan, no hay duda que merece con mucha razón Santo Domingo de Guzmán el título que le dan de inventor y primer predicador del Santo Rosario de Nuestra Señora.

En efecto, este esclarecidísimo Patriarca fue el primero que lo enseñó y predicó con el método y orden admirable de meditar los Misterios de nuestra fe repartidos en tres clases, gozosos, dolorosos y gloriosos.

Él lo aprendió de Nuestra Señora; y de él lo recibió la Iglesia como cosa venida del Cielo para provecho de todo el mundo, culto de la Madre de Dios y gloria del mismo Dios.

Porque en esta utilísima devoción se eslabonan y encadenan la oración mental y vocal, para que el alma y el cuerpo, el entendimiento y la lengua, la voluntad y los labios alaben a Dios y celebren a su Santísima Madre; y no haya parte en el hombre que no alabe al Criador y Redentor del hombre y a la Madre de su Creador y Redentor; y juntamente pida y merezca los favores de que necesita para su salvación, y obligue a quien se los ha de conceder y a la que se los ha de alcanzar con su intercesión.

Por eso, los hijos de Santo Domingo, celosísimos siempre de la salvación de las almas, imitando la caridad y devoción de su incomparable Padre, han extendido y dilatado esta devoción por todo el mundo; y el Señor la ha acreditado con innumerables milagros; y los Sumos Pontífices la han aprobado, confirmado y recomendado con muchos privilegios, gracias e indulgencias, que han concedido a los que rezan el Rosario o Corona de Nuestra Señora.

El Santo Rosario es la oración de todos, pero principalmente lo es de la familia cristiana.

En octubre del año 1941, en víspera de la fiesta litúrgica del Santísimo Rosario y ante una gran multitud de recién casados que habían acudido a Roma para recibir la bendición de Su Santidad, pronunció el Papa Pío XII la siguiente exhortación sobre la tradicional devoción del Rosario en las familias:

“Venidos a Roma, queridos recién casados, a pedir la bendición del Padre común de los fieles para vuestros nuevos hogares, Nos quisiéramos que llevarais al mismo tiempo una mayor devoción al Santo Rosario de la Virgen, al cual se consagra este mes de octubre.

Devoción a la cual la piedad romana está ligada por tantos recuerdos y que se armoniza tan bien con todas las circunstancias de la vida doméstica, con todas las necesidades y disposiciones de cada miembro de la familia.

En vuestras visitas a los Santuarios de esta Eterna Ciudad, cuando alguna de sus basílicas y de sus gloriosas tumbas os han conmovido en mayor grado, y no contentos con un rápido pasaje, os habéis entretenido allí en fervorosa plegaria por vuestras comunes intenciones, la oración que os ha venido espontáneamente a los labios ¿no ha sido con frecuencia la recitación de alguna parte de nuestro Rosario?

Rosario de los nuevos esposos, que vosotros el uno junto a la otra recitasteis en la aurora de vuestra nueva familia ante la vida que se abría para vosotros con sus alegres perspectivas, pero también con sus misterios y con sus responsabilidades.

¡Es tan dulce, en la alegría de estos primeros días de intimidad total, poner de esta manera esperanzas y propósitos del porvenir bajo la protección de la Virgen, toda pura y poderosa, de la Madre misericordiosa y amante, cuyas alegrías y dolores y glorias pasan por delante de los ojos de vuestra alma, a medida que se deslizan las decenas de Ave Marías, recordándoos los ejemplos de la más santa de las familias!

Rosario de los niños. Rosario de los pequeños, los cuales, teniendo entre sus deditos todavía inexpertos las cuentas del Rosario, repiten lentamente, con aplicación y esfuerzo, pero ya con tanto amor, el Padre Nuestro y las Avemarías que la madre les ha pacientemente enseñado. Se equivocan a veces, dudan y se confunden; pero ¡hay un candor tan confiado en la mirada que dirigen a la imagen de María, de aquella que saben ya reconocer como su gran Madre del cielo! Después, será el Rosario de la Primera Comunión, que tiene un lugar aparte entre los recuerdos de aquel gran día; hermoso, pero que no debe ser un vano objeto de lujo, sino un instrumento que ayude a rezar y que lleve el pensamiento a la Virgen Santísima.

Rosario de la joven. Ya mayor, alegre y serena, pero al mismo tiempo seria y pensativa acerca de su porvenir, que confía a María, Virgen Inmaculada, prudente y benigna, los deseos de entrega y don de sí misma a los cuales siente abrirse su corazón; que ruega por aquel que todavía le es desconocido, pero conocido de Dios, que la Providencia le destina y que ella lo quiere cristiano ferviente y generoso.

Este Rosario, que tanto le gusta recitar el domingo juntamente con sus compañeras, deberá durante la semana rezarlo otra vez entre los cuidados de la casa y al lado de su madre o en las horas del trabajo en la oficina, o en el campo, cuando tenga un momento libre para ir a la humilde iglesia próxima.

Rosario del joven. Aprendiz, estudiante, agricultor, que se prepara trabajando valerosamente para ganar un día el pan para sí y para los suyos. Rosario que conserva preciosamente consigo, como una protección de aquella pureza que desea llevar intacta al altar el día de sus nupcias; Rosario que reza sin respeto humano en momentos libres para el recogimiento y la oración; que le acompaña bajo el uniforme militar, en medio de las fatigas y peligros de la guerra; que apretarán sus manos la última vez el día en que acaso la Patria le pida el supremo sacrificio y que sus compañeros de armas encontrarán conmovidos entre sus dedos fríos y ensangrentados.

Rosario de la madre de familia, de la obrera, de la campesina; sencillo, sólido, usado ya desde mucho tiempo, que acaso no puede coger en la mano sino a la noche cuando, bien cansada de su trabajo, encontrará todavía en su fe y en su amor fuerza para rezarlo, luchando con el sueño, por todos los seres queridos, por aquellos especialmente que ella sabe están más expuestos a peligros del alma y del cuerpo, que teme sean tentados o afligidos, que ve con tanta tristeza alejarse de Dios. Rosario de la mujer de mundo, acaso rica, pero con frecuencia cargada de preocupaciones y de angustias todavía más pesadas.

Rosario del padre de familia, del hombre trabajador y enérgico, que nunca olvida de llevar consigo su Rosario juntamente con la pluma estilográfica y el cuadernito de los negocios; a veces gran profesor, renombrado ingeniero, célebre clínico, abogado elocuente, artista genial, agrónomo experto, no se avergüenza de rezarlo con devota sencillez en aquellos momentos arrancados a la tiranía del trabajo profesional para templar su alma de cristiano en la paz de una iglesia a los pies del Tabernáculo.

Rosario de los ancianos. Anciana abuela que hace correr incansablemente las cuentas entre sus dedos ya gastados, en el fondo de la iglesia, mientras puede arrastrarse hasta allí con sus piernas ya casi rígidas, y durante las horas de forzada inmovilidad en su silla al lado del fuego.

Anciana tía, que ha consagrado todas sus fuerzas al bien de la familia y ahora, aproximándose al término de una vida empleada en buenas obras, alterna con inagotada abnegación los pequeños servicios que todavía puede prestar con sus numerosas decenas de Ave Marías, que repite sin cansarse con su Rosario.

Rosario del moribundo, apretado en la hora extrema, como un último apoyo entre sus manos temblorosas, mientras en torno de él, los seres queridos lo rezan en voz baja; Rosario que quedará sobre su pecho juntamente con el Crucifijo y demostrará su confianza en la divina misericordia y en la intercesión de la Virgen, de que estaba lleno aquel corazón que ha cesado de palpitar.

Rosario, en fin, de la familia entera, rezado en común, entre todos, pequeños y grandes, que reúne por la noche a los pies de la Virgen a los que el trabajo del día había separado; que los reúne con los ausentes y con los desaparecidos, cuyo recuerdo se aviva en una oración fervorosa; que consagra de esta manera el lazo que los une a todos, bajo la protección materna de la Virgen Inmaculada, reina del Santísimo Rosario.

En Lourdes, como en Pompeya, la Virgen María ha querido demostrar con innumerables gracias cuán grata le es esta oración, a la cual Ella incitaba a su confidente, Santa Bernardita, acompañando a las Ave Marías de la niña con el lento discurrir de su hermoso Rosario, reluciente, como las rosas de oro que brillaban a sus pies.

Responded, queridos nuevos esposos, a estas invitaciones de vuestra Madre celestial, conservando a su Rosario un puesto de honor en las oraciones de vuestras nuevas familias.”

Supliquemos a la Santísima Virgen que nos conceda la gracia de esta devoción constante, fervorosa, filial y, por lo mismo, llena de amor a Nuestra Madre.

Que nunca nos canse el rezo del Santo Rosario, y así la Virgen Bendita nos otorgue que nuestras manos trémulas sostengan el Crucifijo de nuestro Rosario entrelazado, ya que estos serán, junto con el Escapulario, los objetos que mayor consuelo nos podrán dar en aquella hora, la hora de la verdad… en la que se verá lo que valen todas las cosas de la tierra ante un Crucifijo, un Rosario, un Escapulario…

P. Juan Carlos Ceriani