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martes, 25 de octubre de 2011

ESCRITOS DE... P.BASILIO MÉRAMO: LA SALETTE Y FATIMA PROFECIAS APOCALIPTICAS DE LOS ULTIMOS TIEMPOS VII

(Continuación y conclusión de parte anterior. Ver aqui)



Defección de la Jerarquía de la Iglesia

Como hace ver el Hermano Michel, uno de los motivos de la no publicación del 3er Secreto de parte de Roma, se debe al anuncio de la pérdida de la fe por causa (culpa) de la defección de la alta jerarquía de la Iglesia.

La defección de un clero mediocre y de una jerarquía corrupta no nos debe sorprender. La fe es a pesar de los curas, la Fe es en Dios, en su Iglesia, no es en los hombres de Iglesia, ni tampoco se crea que por muy de Iglesia que sean ya están en las cumbres de la santidad. No, la corrupción de lo mejor es lo peor. Si el clero no está a la altura de su sublime e insigne misión, se pervierte, si la jerarquía de la Iglesia no ama la verdad estando a la altura de su deber, se corrompe.

Sobre la corrupción de los hombres de Iglesia, sobre todo en los últimos tiempos, es muy aleccionador lo que Beato de Liebana dice en su comentario del Apocalipsis en el siglo VIII y que es de una actualidad manifiesta.

Beato de Liebana sobre la falsa religión y las apariencias de santidad relacionadas con la Bestia del Apocalipsis que sale de la tierra (Ap. 13,11-17) dice: «La tierra son los obispos, sacerdotes y la falsa religión; quienes bajo apariencia de santidad no se ve  que se agiten en el mundo, sino que parece que obran quédamente, y simulan que son Iglesia y no lo son... Esta  bestia de la tierra son los malos prelados en la Iglesia» (Obras Completas, Ed. B.A.C. Madrid 1995, p. 493).

La forma solapada con que actúan es  sorprendente: «porque no se levantan abiertamente contra la Iglesia, con la que dicen que están unidos, y al decir que son hijos de Dios (...) pero ahora en la paz so pretexto de religión, meditan contra la Iglesia, lo que entonces en la guerra dirán con palabras claras. (...) no blasfeman abiertamente contra la Iglesia, sino bajo nombre de santidad, formando parte del Misterio de la Iniquidad . Sin embargo cuando llegue este tiempo del Anticristo, cuando se produzca la dispersión, es decir, cuando claramente se haya disgregado la Iglesia, y se haya manifestado en todo el mundo el hombre de pecado, entonces se pondrá al descubierto y  se manifestará y se comprenderá y  conocerá aquello que antes, bajo apariencia de religión, con palabras ocultas, hablaba blasfemias contra Dios; pero ahora habla como la Iglesia Católica» (Ibid p.489). Tal como hoy acontece a partir del Concilio Vaticano II, ni más ni menos, la Iglesia verdadera está dispersa, reducida a un pequeño rebaño fiel a la Tradición, la Jerarquía oficial blasfema bajo la apariencia de religión, pero nadie puede enfrentarlos pues hablan como la Iglesia Católica, utilizan su máscara y excomulgan a los pocos obispos fieles que cometieron el ‘error’ de resistirlos, tal fue el caso de Mons. Lefebvre y de Mons. de Castro Mayer.

Muchos buenos fieles por esta excomunión inválida (nula de todo derecho, pues la Tradición no se puede excomulgar, so pena de ser cismático y herético) se alejaron quedando confundidos, atemorizados y vencidos: «Los que se creían todavía buenos, ya han sido vencidos de todo el grupo que puede ser vencido; y como viven en la ceguera de la ignorancia, dicen ya que la luz y las tinieblas son una misma cosa; es decir, piensan que la Iglesia y la Sinagoga gozan de la misma vida, porque ya claramente engañados, e ignorados, e incorporados a la bestia, caminan en las tinieblas» (Ibid p. 491). Exactamente como está pasando hoy con el ecumenismo que a todos engaña e incorpora, diciendo por ejemplo, que los judíos son nuestros hermanos mayores en la fe, cuando en realidad tienen por padre a Satanás (como Nuestro Señor Jesucristo se lo dijo) y esperan al Anticristo pues: «los judíos prisioneros en los lazos de su error, en lugar de a Cristo, esperan al Anticristo» (Ibid p. 107).

Los enemigos dentro de la Iglesia, tal cual como lo denunció San Pío X de los modernistas; parecen ser de la Iglesia pero no lo son: «La serpiente  dió su poder a la bestia, porque tiene falsos hermanos dentro de la Iglesia, que parece que son la Iglesia y no lo son.(...) el que parece que está en la Iglesia bajo nombre de santidad, pero que no está en la Iglesia: porque es el simulacro que se ha inventado el diablo para engañar a los religiosos bajo el nombre de religión. (...) Tiene el diablo dentro de la Iglesia a esos que, disfrazados de oveja, por fuera parece que son justos, y por dentro son lobos rapaces. Por eso no son descubiertos junto con los otros hombres que son claramente malos, sino que son considerados santos, porque con ellos están unidos en la misma unidad y acción: y a estos los tiene el diablo dentro de la Iglesia y en medio del pueblo bajo apariencia de santidad» (Ibid. p.487). Esto es Fariseismo puro, y constituye el Misterio de Iniquidad:
«Aparenta ser cordero, para inocular ocultámente los venenos de la  serpiente. No parecería un cordero si hablara claramente como serpiente. Finge ahora ser cordero, para devorar con mayor seguridad al cordero.
Habla de Dios, con el fin de alejar del camino de la verdad a los que buscan a Dios. Por eso el Señor, advirtiendo a su Iglesia, dice así: Tened cuidado de los falsos profetas,  que vienen a vosotros vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces (Mt. 7,15).» (Ibid. p. 495).

Roma corrompida, vuelta una Babilonia, está representada en la Gran Ramera del Apocalipsis (Ap, 17,13) que tanto sorprendió a San Juan: «la mujer tenía, dice, escrito la gran Babilonia, es decir, la gran confusión» (Ibid. p. 567). «La mujer es la corrupción, que en aquel libro dijimos que era la ciudad de Roma» (Ibid. p. 573).

Beato de Liebana describe cómo la bestia de la tierra ejerce su poder en presencia de la otra bestia: «este poder lo ejerce la bestia en presencia de la bestia, esto es los obispos o malos sacerdotes (...) en presencia de la bestia, porque los obispos o presbíteros, distribuyendo los sacramentos, realizan delante del pueblo lo que es útil a la voluntad del Diablo bajo el ropaje del carisma de la Iglesia». (Ibid p.499).

«El mismo Satanás se disfraza de ángel de luz (2 Cor 11,14), para que sus sacerdotes obtengan las riquezas del mundo y consigan del pueblo el testimonio de alabanza, y ellos prometan  al pueblo una tranquila seguridad. (...) son los mismos sacerdotes que, bajo nombre de religión fingen que sirven a Dios, y por medio del nombre de Dios adoran al Diablo.» (Ibid. p. 501).

Conviene notar que Beato de Liebana llega a hablar hasta de una disgregación de la Iglesia en los últimos tiempos, y de obispos y de sacerdotes que están (aparentemente) en la Iglesia pero no están en Ella, es decir que no pertenecen a la Iglesia, engañando en nombre de la religión. Esto es muy importante pues coincide con La Salette y con Fátima en resumidas cuentas. Incluso conviene observar que Melania llega a referirse, en una de sus cartas al P. Roubaud del 30/IX/1894, a dos Papas «dudosos», según el texto frances «vermoulus, plats, douteux.» (Cfr. José Luis de Urrutia, S.J. «Aparición y Mensaje de La Salette» Madrid, 1983, p. 38)

Se produce el vacío señalado proféticamente en la Iglesia por el Cardenal Pacelli, futuro Papa Pío XII, tal como podemos verlo en la introducción del libro de  Daniel Le Roux: «El Cardenal Pacelli (entonces Secretario de Estado de Pío XI) hace una confidencia al conde Enrico Pietro Galeazzi, que llegará a ser uno de sus más íntimos colaboradores, cuando éste le visita para organizar los detalles de su estancia en América: ‘Suponga, querido amigo, que el comunismo no sea sino uno de los organismos de subversión más visible contra la Iglesia y contra la tradición de la revelación divina, entonces vamos a asistir a la invasión en todo lo que es espiritual, el teatro y la religión. Estoy obsesionado por las confidencias de la Virgen a Lucía, la niña de Fátima. La obstinación de Nuestra Sra. ante el peligro que amenaza a la Iglesia es una advertencia divina contra el suicidio que supondría la alteración de la fe en su liturgia, su teología y su alma.’ El futuro ‘Pío XII’ se detuvo un momento. ‘Escucho a mi alrededor a  los innovadores que quieren desmantelar la Capilla Sagrada, destruir la llama universal  de la Iglesia, rechazar sus ornamentos, hacer que se arrepienta de su pasado histórico. Pues bien, querido amigo, tengo la convicción de que la  Iglesia de Pedro debe asumir su pasado o de lo contrario cavará su tumba.’ Para acondicionar el seminario de las Misiones, Mons. Pacelli solicitó un crédito que la ‘alta administración’ del Vaticano estuvo a punto de negarle. -Es demasiado grandioso para subdesarrollados... critica un cardenal de la Curia. Esos subdesarrollados salvarán a la Iglesia, Eminencia. Vendrá un día en que el mundo civilizado renegará de su Dios, en el que la Iglesia dudará como San Pedro dudó. Estará tentada a creer que el hombre se ha convertido en Dios, que su Hijo no es más que un símbolo, una filosofía como tantas otras y en las Iglesias los cristianos buscarán en vano la lamparilla donde Dios los espera y como la pecadora, gritarán ante la tumba vacía: ¿Dónde le han puesto?...» (Mons. Roche et P. Saint Germain; «Pie XII devant l’histoire» pág. 52-53). (Pierre M’Aimes - Tu? ed Fideliter 1988 p.1).

Es curioso sin embargo que una vez electo Papa, Pío XII no leyó el tercer Secreto, siendo que como Cardenal haya quedado impresionado por «las confidencias de la Virgen a Lucía, la niña de Fátima».

Sin embargo, debemos permanecer Católicos Apostólicos y Romanos, la Romanidad es vital sobre todo en esta espantosa crisis de la Iglesia. Por esto Mons. Lefebvre con gran amor a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana decía en las últimas páginas de su último libro: «La ‘‘Romanidad’’ no es una palabra vana. La lengua latina es un ejemplo importante de ello. Ella llevó la expresión de la fe y del culto católico hasta los confines del mundo. Y los pueblos convertidos estaban orgullosos de cantar su fe en esta lengua, símbolo real de la unidad de la fe católica. Los cismas y las herejías han comenzado muchas veces por una ruptura con la Romanidad, ruptura con la liturgia romana, con el latín, con la teología de los Padres y teólogos latinos y romanos».

«Es esta fuerza de la fe católica arraigada en la  Romanidad que la Masonería quiso hacer desaparecer ocupando los Estados Pontificios y encerrando la Roma católica en la Ciudad del Vaticano. Esta ocupación de Roma por los masones ha permitido la infiltración en la Iglesia del modernismo y la destrucción de la Roma católica por los clérigos modernistas y los Papas modernistas que  se apresuran por destruir todo vestigio de la ‘Romanidad’: la lengua latina, la liturgia romana. Y el Papa eslavo es el más encarnizado en cambiar lo poco que guardaba el Tratado de Letrán y  el Concordato. Roma ya no es ciudad sagrada. El fomenta la implantación de las falsas religiones en Roma, y cumple allí escandalosas reuniones ecuménicas, favorece por todos lados la inculturación de la liturgia, destruyendo los últimos vestigios de la liturgia romana.»

«Modificó en la práctica el estatuto del Estado del Vaticano. Rechazó el coronamiento, rechazando así ser Jefe de Estado. Este encarnizamiento contra la Romanidad es un signo infalible de ruptura con la fe católica que ya no defiende más. Las Universidades pontificias romanas han venido a ser el asiento de la pestilencia modernista. El carácter mixto de la Gregoriana es un perpetuo escándalo. Todo debe ser restaurado ‘in Christo Domino’, en Roma como en otras partes.»

«Amemos profundizar las vías de la Providencia y de la sabiduría divina a través de Roma y concluiremos que no se puede ser católico sin ser romano. Es verdad que hay católicos que no tienen ni la lengua latina, ni la liturgia romana, pero si ellos continúan siendo católicos es porque continúan siendo romanos, como los maronitas por ejemplo, por los vínculos de la cultura francesa, católica romana que los formó.»

«Por lo demás es un error, hablando de cultura romana, hablar de cultura occidental. Los judíos católicos han traido consigo del oriente todo lo que era cristiano, todo lo que en el Antiguo Testamento era una preparación y ya un aporte al cristianismo, que Nuestro Señor asumió y que el Espíritu Santo inspiró utilizar a los Apóstoles. Cuántas veces las epístolas de San Pablo nos ilustran al respecto.»

«Dios quizo que el Cristianismo, vertido de alguna manera en el molde romano, recibiese allí un vigor y una expansión excepcionales. Todo es gracia en el plan divino y nuestro divino Salvador dispuso todo como se dijo de los Romanos: ‘cum consiliis et patientia’ o ‘suaviter et fortiter’.»

«A nosotros también corresponde guardar esta tradición Romana, querida por Nuestro Señor, lo mismo que El ha querido que tengamos a María como Madre.» (Itinéraire Spirituel, ed. Seminaire International Saint Pie X, Ecône - 1990 p. 90-91-92).


Conclusión
Los mensajes de La Salette (1846)  y de Fátima (1917) son profecías de carácter apocalíptico (profecías apocalípticas) es decir concernientes a los últimos tiempos.

Su objetivo es señalar con el dedo el Misterio de la Iniquidad en su culmen, es decir la pérdida de la fe, por obra de la defección de la alta jerarquía de la  Iglesia, en el cumplimiento de su sublime e insigne misión, convirtiéndose en instrumento bajo las garras de Satanás. La corrupción de la religión a causa del fariseismo más sutil y atroz, es algo abominable que Nuestro Señor detesta.

La Salette y Fátima son profecías apocalípticas de suma esperanza, pues al fin el Corazón Inmaculado triunfará. Triunfo de Cristo Rey en la tierra sobre todas las Naciones y sus pueblos, triunfo de la Iglesia, bajo el reino de paz y prosperidad de los Sagrados Corazones de Jesús y María, donde habrá un solo pastor y un sólo rebaño, según las profecías Vetero y Neo testamentarias, que por desgracia han sido obscurecidas con el correr de los años dando ocasión a grandes herejías de parte de los malos y a falsas interpretaciones de parte de los buenos. No obstante es nuestro deber y obligación estar a la altura histórica en la que estamos inmersos, forjando con la gracia de Dios nuestra propia y beata eternidad.

No podemos andar por el mundo ciegos como si no tuviéramos luz. La luz siempre la tendremos, Dios, la da, la luz sobrenatural que es la fe, que ilumina nuestro camino hacia la eternidad. Luz que por muy eclipsada hoy en día por las tinieblas espesas del error, el engaño, la mentira, por el fariseismo y la Apostasía actual, será siempre como un faro celestial que nos guía en la tenebrosa obscuridad.

No debemos dejarnos agobiar por la contingencia de lo histórico, sino que debemos elevarnos a lo que en ella hay de universalidad. Debemos estar armados para  no quedar sumergidos en el aluvión de hechos y acontecimientos sin saberlos discernir. Debemos como el águila sobrevolar el terreno, viendo desde las alturas el entrecruzar frenético de los eventos históricos que nos afectan y hasta condicionan.

De aquí la necesidad de la luz de la inteligencia filosófica y teológica para poder discernir los tiempos que vivimos y que cada uno percibe. Es necesaria la sabiduría y la ciencia de las Sagradas Escrituras para no quedar inmersos en la realidad sin saber a donde y como se va. Las profecías se hacen más discernibles en su hora, tal como Scio señala: «Leerán una y otra vez estas profecías, y les darán muchas interpretaciones, hasta que el cumplimiento de ellas dé un claro conocimiento de lo que muy de antemano fué anunciado con alguna obscuridad. Porque toda profecía antes de verificarse es un enigma; pero cuando se ve cumplida, su inteligencia es fácil y clara. Así S. Ireneo.» (Dan 12,4 nota 5).

No durmamos como los demás, vigilad, esta es la exhortación del Apóstol de los Gentiles(I Tes. 5,6), estemos alerta y bien despiertos a los signos de los tiempos.

Dejemos de lado la anemia espiritual, hay que ser sagaces, astutos como la serpiente y mansos como la paloma. No permitamos que los malos sean más solícitos en sus obras, que los buenos. La valentía y el tesón son necesarios, recurramos al sacramento de nuestra Confirmación, que nos acrisole en la fe de nuestro Bautismo, que vivamos según la gracia de nuestro renacimiento espiritual en las aguas del nuevo renacer.

Dispongamos nuestras almas y nuestros  corazones para vivir del Amor y  de la Verdad. Vivamos en estos últimos tiempos del mundo, con la esperanza de ver venir a Nuestro Señor Jesucristo en Gloria y Majestad,
Ven Señor Jesús.



SANTA FE DE BOGOTA, SEPTIEMBRE 19 DE 1995
Aniversario de la Aparición de la
Santísima Virgen de la Salette
4ta Impresión, Diciembre de 2000 Santa Fe de Bogotá

SANTORAL 25 DE OCTUBRE




25 de octubre

SAN CRISANTO
y

SANTA DARÍA,*
Mártires
No andéis, pues, acongojados por el día de mañana;
que el día de mañana harto cuidado traerá por sí;
bástale a cada día su propio afán.
(Mateo, 6,34).

   San Crisanto y Santa Daría no pudieron ser inducidos, ni por las amenazas ni por las promesas, a adorar a los ídolos. Viéndolos firmes y dispuestos a morir antes que ofender a Dios, el tirano hizo envolver a Crisanto en la piel de un buey y lo expuso así a los ardores de un sol ardiente; hizo conducir a Daría a un lugar de libertinaje, pero un león la defendió contra las infames tentativas de sus enemigos. Entonces el tirano los hizo arrojar a los dos en un gran brasero, pero salieron de entre las llamas sin haber experimentado mal alguno. Por fin, fueron conducidos a un arenal y allí enterrados vivos bajo un montón de piedras.
MEDITACIÓN
SOBRE LA JORNADA
DE UN CRISTIANO

   I. Comienza el día con la oración de la mañana y termínalo con el examen de conciencia; todos los días asiste a la santa misa, haz por lo menos una corta lectura espiritual, sé fiel a tus prácticas de devoción para con la Santísima Virgen; todos los días encontrarás tiempo suficiente para tus negocios. ¿Cómo cumples tus ejercicios de piedad? ¿Cómo pasas los días de tu vida? Cuando a la noche encuentres que nada hiciste por Dios durante el día, di llorando: ¡Ay! he perdido un día que podía haber hecho de mí un santo y me hubiera podido procurar una gloria eterna!

   II. Al levantarte, dite a ti mismo: He aquí, acaso, el último día de mi vida; si estuviera seguro que habría hoy de morir, ¿cómo emplearía esta jornada? Durante el día, al empezar tus acciones, eleva de vez en cuando tu corazón a Dios. Dile: Es por Vos, oh Dios mío, que trabajo y que sufro; concededme la gracia de que termine bien lo que emprendo y de que no os ofenda. Que toda mi vida os pertenezca, me ofrezco a Vos por entero. (San Agustín).

   III. Al examinar tu conciencia, hazte estas preguntas: ¿Qué virtudes he practicado hoy y qué pecados he cometido? ¿Qué fue de los placeres que gocé y de los honores que recibí? ¿Qué me queda de ellos? Y, al contrario, ¡qué alegría experimentaría si hubiese hecho o sufrido algo por Dios! Piensa, por fin, que tu sueño sea acaso para ti el sueño de la muerte y tus sábanas la mortaja con la que serás sepultado. La podredumbre será tu cama y los gusanos tu vestidura. (Isaías).

 El buen empleo del día
Orad por los Obispos.

ORACIÓN
   Haced, benignamente, Señor, que vuestros mártires San Crisanto y Santa Daría intercedan por nosotros, a fin de que tributándoles nuestros humildes homenajes, experimentemos los efectos de su constante protección. Por J. C. N. S. Amen.

lunes, 24 de octubre de 2011

¡REPUDIO!

ESTAMOS TODOS INVITADOS....


SANTORAL 24 DE OCTUBRE




24 de octubre

SAN MAGLORIO,
Obispo Confesor
Velad sobre vosotros mismos, no sea
que se hagan pesados vuestros corazones
con la glotonería y la embriaguez.
(Lucas, 21, 34).

   San Maglorio, oriundo del país de Gales y obispo de Dol, en Bretaña, de ordinario alimentábase sólo de pan y legumbres; los miércoles y viernes absteníase de todo alimento. Dejó su episcopado para retirarse a la soledad; pero tantas personas iban a buscarlo allí que estuvo a punto de ocultarse en otra parte, lo que le impidió su obispo. Advertido sobre su muerte, pasó en la iglesia los seis meses que le quedaban de vida, repitiendo sin cesar: Npido más que una cosa al Señor: habitar en su casa todos los días de mi vida.Murió en el año 575 a muy avanzada edad.
MEDITACIÓN
SOBRE LA SOBRIEDAD
   I. La sobriedad es la muerte de todos los vicios y la vida de todas las virtudes; desapega al espíritu de la materia, fortifica el cuerpo, hace al hombre más apto para la oración. El ayuno, según Tertuliano, es el alimento de la plegaria. ¿Cómo practicas tú esta virtud? ¿No puedes quitar de tus comidas ciertas delicadezas, a fin de honrar la amargura de la hiel que se dio a Jesús por ti en la cruz? 

   II. La glotonería produce efectos opuestos. Produce molicie al cuerpo, enerva el espíritu y nos hace incapaces de elevarnos a Dios por la oración. Por eso, los santos se dedicaron, desde el comienzo de su conversión, a atacar virtuosamente este vicio mediante continuos ayunos. Sabían que si el ayuno no es la perfección de la virtud, es la base y la santificación de todas la virtudes. (San Jerónimo).

   III. A fin de desprenderse de la glotonería y adquirir la sobriedad, sabe que es necesaria poca cosa para sostener las fuerzas corporales, y que nada hay más contrario a la salud que los excesos ce la mesa. Acuérdate del ayuno de Jesucristo; piensa en los rigurosos ayunos que observaron tantos santos. ¡Que! ¿preciso será que alimentes con tanta delicadeza a este cuerpo que debe ser muy pronto el alimento de los gusanos, mientras desprecias a tu alma que es inmortal? Nos alimentamos, engordamos nuestro cuerpo, y descuidamos nuestra alma. (San Crisóstomo)
La sobriedad
Orad por la paz.

ORACIÓN
   Haced, oh Dios omnipotente, que la augusta solemnidad del bienaventurado Maglorioo, vuestro confesor y pontífice, aumente en nosotros el espíritu de devoción y el deseo de la salvación. Por J. C. N. S. Amén.

AMOR Y FELICIDAD

Pablo Eugenio Charbonneau

Noviazgo
y
Felicidad



III
Tu novia



(Continuación. Ver parte anterior aqui.)

La incomprensión no es un privilegio femenino. Y si se puede afirmar en verdad que muchos hombres son incomprendidos por su mujer, no es menos cierto, por desgracia, que existe un número aún mayor de mujeres que se encuentra en una situación de incomprensión total.

1. La incomprensión masculina


«Existe una honda y trágica desavenencia entre el amor del hombre y el amor de la mujer, una extraña e dolorosa incomprensión» [1], observaba uno de los más sagaces conocedores del hombre. Este hecho se impone a la atención de todos aquellos que han observado la ida de la pareja con un poco de perspicacia. Por lo cual es sumamente importante recordárselo a los que, novios de hoy, se disponen a ser esposos, adentrándose en una vida en la que el amor será la garantía de la felicidad. Únicamente serán felices los esposos que no sólo se amen, sino que sepan además evitar esa desavenencia profunda que podría llegar a alejarles uno de otro pese a una espontánea atracción recíproca; porque los esposos que no comprenden su amor se condenan a no amarse en plazo más o menos breve.

Pero no se puede penetrar la calidad del amor que se recibe del cónyuge, sin comprenderle. Así pues, la mujer no puede comprender el amor de su marido, sin captar la psicología de éste; y tampoco puede el hombre comprender el amor de su mujer, sin comprenderla a ella misma. Pues bien, aquí está la causa, el porqué de tantos fracasos conyugales; el marido no comprende a su esposa. Ciertamente sucede con frecuencia que se produzca la inversa y que sea la mujer quien no le comprenda ni pizca. Se puede, sin embargo, considerar que la incomprensión del hombre es, con mucho, la más frecuente.

2. Causas de esta incomprensión

¿A qué se debe dicha incomprensión? Sin duda, a numerosos elementos. Precisamente, a la naturaleza de la mujer cuya feminidad misma, con sus tendencias, y cualidades impregnadas todas de versatilidad, hace tan difícil su comprensión. Hay en efecto en la mujer un misterio de movilidad y su alma actúa en ella a la manera de las mareas que fluyen y refluyen en el mar según ciertas constantes, pera siempre en lo imprevisto. «Todo en la mujer es enigma», hacía decir Nietzsche a su Zaratustra. En esta fórmula cristalizaba todas las protestas formuladas desde Adán por las generaciones de hombres que se han enfrentado con el alma de la mujer. Este agravio renace, en efecto, cada vez que un hombre de buena voluntad, no consigue dilucidar el misterio de la feminidad en su esposa y se desespera pensando que no lo descubrirá nunca. No son raros los casos de hombres que renuncian así a la felicidad, y a veces al amor, enclaustrándose en sí mismos y entregándose a la incomprensión, simplemente porque su mujer les parece tan enigmática como la Esfinge a los viajeros de Egipto. ¡¡Quizás un poco más!! Hay en esto algo cierto. Pero por compleja que sea la mujer (lo bastante compleja para que a veces a ella misma le cueste trabajo comprenderse) sería exagerado decir que es incomprensible hasta el punto de resultar impenetrable para su marido. Lo absoluto del juicio con el que los hombres se apresuran a considerar a las mujeres como enigmas indescifrables es tan injusto y discutible como lo absoluto del juicio femenino según el cual todos los hombres son sistemática e irremediablemente unos egoístas. Ya hemos dicho cómo había que matizar este último tópico de la incomprensión femenina [2]; tenemos que decir ahora cuán exagerada es la posición de los hombres que dan por probado que la mujer es un enigma, para inferir después la fácil consecuencia de que es inútil intentar comprenderla.

¡Consecuencia demasiado fácil! Porque con frecuencia descansa en esta forma de egoísmo que puede ser la pereza. Hay que confesarlo para su mayor confusión: a menudo por ser demasiado perezosos no consiguen los hombres comprender a su mujer. Ese terreno movedizo que es el alma femenina no se deja explorar más que por aquel que, con mucha paciencia, acepta el renovar sin cesar sus esfuerzos durante muchos años. Porque lo constante en ella, es su inconstancia; es siempre la misma: es decir, que no es nunca la misma. «Se deja en la calma, se la vuelve a encontrar en la tempestad» decía Amiel. Es preciso, por tanto, que el hombre esté siempre en la brecha. Ahora bien, un esfuerzo tal, exige una gran valentía psicológica de la que, por desgracia, no está dotado por naturaleza el hombre. El, que se adapta con facilidad a una situación equívoca, con tal de que no acarree demasiadas complicaciones, renuncia pronto a lo que cree que es un juego del escondite por parte de su esposa. Envolviéndose en su egoísmo innato, decide suprimir sus esfuerzos. ¡Por desgracia para su mujer… y para sí mismo!

Conviene, pues, que el novio se convenza de que le es absolutamente necesario aplicarse —cualesquiera que sean los esfuerzos requeridos y cualesquiera que sean las dificultades que surjan, y cualquiera que sea el tiempo que deba emplear en ello— a comprender a su novia, hoy, y, más adelante, a su esposa. Si no, vendrá la desunión segura, el divorcio interior, cuando menos, y acaso incluso la ruptura exterior. Una mujer no puede vivir más que con un hombre que la comprenda; sólo a él puede unirse. Sin que ella lo quiera, este llamamiento a la comprensión brota de lo más profundo de su ser, hasta tal punto que puede ahogar el amor cuando el otro no responde a ese llamamiento. Por tanto, el hombre debe saber sacudir la indolencia natural que le inclina a pensar que todo marcha muy bien, de tal modo que se cree dispensado de todo esfuerzo; debe superar su egoísmo, va que éste puede impedirle ver que el ser con quien vive en la más total intimidad posible, es un ser defraudado e infeliz; que sepa llegar a ser psicológicamente lo bastante fuerte para mantenerse en estado de alerta y de inquietud, al acecho siempre de lo que pueda ayudarle a comprender mejor y, por consiguiente… a amar mejor. Al encontrarse ante su mujer, en lugar de encerrarse en su masculinidad cómoda, debe recordar que «pertenecer a un sexo, estar individuado, nos impone estudiar el otro sexo, conocerle, someternos a las condiciones necesarias para que la eventual unión al otro sea beneficiosa para cada uno» [3].

Cualesquiera que sean las dificultades con que pueda tropezar, el hombre no debe nunca renunciar al esfuerzo que se le exige para lograr una verdadera comprensión de su compañera. Por si llegara a capitular y a perder su buena voluntad, para abandonarse al capricho de los acontecimientos, habría terminado la felicidad conyugal.

Una mujer puede ciertamente soportar el no ser comprendida aunque esto la haga sufrir; está dotada de la suficiente generosidad para soportar esta durísima prueba. Pero no podrá ella admitir jamás que no intenten comprenderla. De todos los pasos en falso que dan los hombres, éste es el más grave, al parecer. En la vida conyugal, la culpa irremisible, a los ojos de la esposa, es ésa. Sin embargo, ¡cuántos maridos la cometen, perdiendo al mismo tiempo sus oportunidades de felicidad! La inconciencia masculina es a veces de una torpeza sorprendente. ¡Cuántos maridos que viven junto a una esposa desgraciada porque no percibe en su cónyuge ese afán de comprenderla, no se dan cuenta de ello! Con un manotazo, trastruecan las situaciones, y se liberan de todo esfuerzo, repitiéndose que en toda mujer hay un niño que le hace tomar por cosas serias lo que no son más que niñerías. Con lo cual, incurren en la torpeza y no perciben que la mujer está a su lado como un ser que aspira a ser comprendido.

Semejante actitud prepara la regresión del amor. Porque en tales circunstancias, y ante la incomprensión implacable a la que tendrá que hacer frente, sucederá con frecuencia que la mujer buscará en otra parte un amor que sea más atractivo para ella. Y llega entonces la evasión —lenta, al principio y pronto acelerada— fuera del hogar. Y es la muerte de toda felicidad. Aun no siendo justificable, esta situación es, sin embargo, explicable, y si hubiese que señalar un reparto de responsabilidades, no cabe duda que el marido tendría su amplia parte en ello.

Para no incurrir en ese extravío, el esposo debe, pues, esforzarse en aprender a conocer a su mujer, tal como es. No cribándola a través de su propia psicología de hombre, para interpretar su manera de ver, de pensar, de hablar, con arreglo a sus propias reacciones masculinas; sino deteniéndose en ella como en un ser diferente cuya originalidad hay que respetar, y al cual es absolutamente necesario adaptarse para formar con él una pareja en la que el amor halle manera de afirmarse sin cesar. Además, ¿no es una de las primeras pruebas del amor el obligarse a comprender a aquella persona a quien pretende uno, amar? En este sentido podría repetirse la frase de Berdiaef, dándole la vuelta; allí donde él afirma: «Sólo amando se puede comprender íntegramente a una persona» [4], se podría decir con todo derecho: sólo esforzándose en comprender íntegramente a una persona se puede decir que se la ama. El amor del hombre no vale más que lo que vale el esfuerzo de comprensión con el cual lo revela.


[1] Nicolas Berdiaef, Le sens de la création, Desclée de Brouwer, París 1955, p. 282.
[2] Cf. el capítulo anterior: «Tu novio».
[3] Dr. François Goust, En marche vers l’amour, Éd. Ouvrières, París 1958, p. 61-62.
[4] Berdiaef, o.c., p. 277.

domingo, 23 de octubre de 2011

SERMÓN PARA LA DOMÍNICA DECIMONOVENA POST PENTECOSTÉS



DECIMONOVENO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS
Y respondiendo Jesús, les volvió a hablar otra vez en parábolas, diciendo: Semejante es el reino de los cielos a cierto hombre rey que hizo bodas a su hijo. Y envió sus siervos a llamar a los convidados a las bodas, mas no quisieron ir. Envió de nuevo otros siervos diciendo: Decid a los convidados: He aquí, he preparado mi banquete, mis toros y los animales cebados están ya muertos, todo está pronto: venid a las bodas. Mas ellos lo despreciaron y se fueron, el uno a su granja y el otro a su negocio: y los otros echaron mano de los siervos, y después de haberlos ultrajado, los mataron. Y el rey cuando lo oyó, se irritó; y enviando sus ejércitos, acabó con aquellos homicidas, y puso fuego a la ciudad. Entonces dijo a sus siervos: Las bodas ciertamente están aparejadas; mas los que habían sido convidados no fueron dignos. Pues id a las salidas de los caminos, y a cuantos hallareis llamadlos a las bodas. Y habiendo salido sus siervos a los caminos, congregaron cuantos hallaron, malos y buenos; y se llenaron las bodas de convidados. Y entró el rey para ver a los que estaban a la mesa, y vio allí un hombre que no estaba vestido con vestidura de boda. Y le dijo: Amigo, ¿cómo has entrado aquí no teniendo vestido de boda? Mas él enmudeció. Entonces el rey dijo a sus ministros: Atadlo de pies y de manos, arrojadle en las tinieblas exteriores: allí será el llorar y crujir de dientes. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos.
El Evangelio de hoy nos habla de los Desposorios del Verbo divino con la naturaleza humana, con la Iglesia y con el alma justa: ¡Venid a las Bodas!
Lo que pasa en el Reino de los Cielos es semejante a lo que hizo un rey que celebró las bodas de su hijo y llamó para ellas a muchos…
Lo primero que se ha de considerar es cómo el Padre Eterno, Rey de Cielos y tierra, por sola su bondad y misericordia quiso que su Hijo unigénito se desposase con la naturaleza humana, uniéndola consigo en unidad de Persona, dotándola con tantas joyas de gracia y virtudes cuantas convenían a esposa de un Hijo que es en todo igual a su Padre.
Pero más lejos llegó la bondad de este Padre celestial, porque también quiso que su Hijo, Dios y hombre verdadero, se desposase y celebrase las bodas con la Iglesia, que es la Congregación de los fieles, juntando consigo las almas justas con unión de caridad, y adornándolas con virtudes, cuales convienen a esposa de tan soberano Rey.
Reconoce, ¡oh alma cristiana!, la dignidad a que Dios te quiere elevar: ¡Venid a las Bodas!
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Para solemnizar estas Bodas, así el Rey del Cielo como su Hijo Jesucristo, hicieron un convite solemne y una cena grande, y después de aparejada, enviaron a sus criados para que llamasen a los convidados que vengan a ella.
Si envió a sus siervos, fue porque ya estaban invitados primeramente. San Gregorio Magno dice que debe advertirse que en la primera invitación nada se habló de toros ni de animales cebados; pero que en la segunda, se dice que todo está pronto. Porque el Dios omnipotente, cuando no queremos oír su divina palabra, cita ejemplos para que veamos que hay facilidad para poder vencer todo lo que consideramos como imposible.
San Jerónimo, por su parte, enseña que el banquete preparado, los toros y los animales cebados ya muertos, representan, en sentido metafórico, las riquezas del rey, para que, por medio de las cosas materiales, se venga en conocimiento de las espirituales.
Consideremos, pues, la grandeza de este convite y de esta cena que apareja Dios para los hombres, en la cual se sirven tres platos o tres suertes de manjares preciosísimos.
El primero es la doctrina, celestial y divina, para sustento del entendimiento, ilustrado con la fe, el cual come este manjar cuando oye la palabra de Dios o lee los libros sagrados y devotos, o cuando a solas la medita, comunicándole Dios luz y gusto grande en ella.
El segundo es de preceptos y consejos admirables y de grande perfección para sustento de la voluntad, la cual come este manjar cuando cumple la voluntad de Dios en todas las cosas que manda y en las que aconseja, infundiéndole gran alegría en esta amorosa obediencia.
El tercero es de Sacramentos, llenos de gran virtud para comunicar la gracia y las virtudes y dones celestiales, que vivifican, sustentan y perfeccionan las almas.
Para comer de estos tres platos están convidados todos los hombres del mundo, y son llamados para que vengan al convite por medio de los predicadores, que son los criados del Rey y del Esposo, así como por secretas inspiraciones: ¡Venid a las Bodas!
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Muchos de los convidados no quisieron venir al convite, yéndose unos a su granja y otros a sus negocios.
En la parábola que trae San Lucas, paralela a esta aunque distinta, los invitados se excusaron diciendo que habían comprado un campo, o cinco yuntas de bueyes, o que habían contraído matrimonio, y por eso no podían ir al convite.
San Juan Crisóstomo señala que, incluso cuando parece que los motivos son razonables, debemos tener en cuenta que, aun cuando sean necesarios los asuntos que nos detienen, conviene siempre dar la preferencia a las cosas espirituales.
¡Oh mundo miserable!, y ¡desgraciados los que le siguen! Muchas veces los trabajos del mundo alejan a los hombres de la vida verdadera…
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De esto se sigue que los que se excusaron de ir a la cena pueden resumirse en tres clases, dando cada uno por excusa los obstáculos que les detenían (y nos detienen a nosotros), que son los que San Juan, en su Primera Carta, llama soberbia de la vidacodicia de ojos y concupiscencia de la carne.
El primero dijo: He comprado una heredad, una granja; tengo necesidad de salir a verla, ruégote me tengas por excusado…
De donde se nota que la soberbia de la vida, la curiosidad de la vista y de los sentidos y la solicitud de mirar y atender a las cosas propias nos impiden responder al divino llamamiento.
El segundo dijo: Compré cinco yuntas de bueyes, y voy a probarlas, tengo que ocuparme de mis negocios; ruégate me tengas por excusado…
Por lo cual se entiende que la codicia de los bienes temporales, de granjerías demasiadas, y la muchedumbre de ocupaciones poco necesarias obstaculizan seguir a Dios.
El tercero dijo: Me he casado, y por eso no puedo ir…
Ni siquiera dice: tenme por excusado, para significar que el deleite del matrimonio le tenía emborrachado y enajenado de sí. Y si el deleite de la carne, de suyo lícito, pero tomado con demasía solicitud obstruye y traba, ¿¡cuánto más impedirá el ilícito y prohibido por la ley de Dios!?
Nosotros debemos reflexionar y preguntarnos cuál de estos obstáculos nos detiene y frena de acudir a este convite y de gustar de oír la doctrina, leerla, meditarla; o recibir los Sacramentos…
Y habiéndolo entendido, procuremos quitar este impedimento respondiendo al divino llamamiento.
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Este convite de bienes eternos rechazado para ocuparse de las bagatelas creadas nos recuerda una cita, famosa y profunda, de San Isidoro de Sevilla.
En el libro primero de las Sentencias, después de considerar la belleza finita de las criaturas y la belleza infinita del Creador, en la cual todo lo hermoso tiene la razón y el principio de su hermosura, el sabio Doctor dice lo siguiente:
Por la belleza de las cosas creadas nos da Dios a entender su belleza increada, que no puede circunscribirse, para que vuelva el hombre a Dios por los mismos vestigios que le apartaron de Él; en modo tal que, al que por amar la belleza de la criatura se hubiere privado de la forma del Creador, le sirva la misma belleza terrenal para elevarse otra vez a la hermosura divina.
En el libro ya citado el Cuarto Domingo después de Pentecostés, Descenso y Ascenso del Alma por la Belleza, Leopoldo Marechal glosa este texto. Sus consideraciones nos pueden ayudar mucho para poner en práctica la lección de la parábola de este Domingo. Dice Marechal:
El texto de San Isidoro tiene para mí la virtud de una síntesis. En sus dos movimientos, comparables a los del corazón, nos enseña un descenso y un ascenso del alma por la hermosura: es un perderse y un encontrarse luego, por obra de un mismo impulso y de un amor igual.
Con su tremenda vocación, el alma desciende a las cosas terrenas.
¿Por qué desciende? Porque las cosas la llaman con el llamado de la hermosura.
¿A qué la llaman las cosas? La llaman a cierta verdad y a cierto bien.
Y el alma, respondiendo a ese llamado del bien, desciende a las criaturas, en descenso de amor, porque quiere ser feliz con la posesión de lo bueno.
Y aunque su sed es legítima, comete un error, y es un error de proporciones el suyo; pues entre el bien que le ofrece la criatura y el bien con que sueña el alma existe una desproporción inconmensurable.
Es un error de proporciones el suyo, y anda ciego su amor. Y su amor anda ciego porque no abre los ojos de la inteligencia amorosa, capaces de medir las proporciones del bien al Bien y del amor al Amor.
Los antiguos enseñaban que amar no es poseer tan sólo, sino ser poseído: el amante trata de asemejarse al amado y tiende a substituir su forma con la forma de lo que ama, en un abandono de sí mismo por el cual el amante se convierte al amado.
El alma posee por la inteligencia, y es poseída por el amor; de ahí que le sea dado descender a lo inferior por inteligencia, sin comprometer su forma en el descenso; pero la comprometerá si por amor desciende a las formas inferiores, porque amar es convertirse a lo amado.
Por eso dice San Agustín: Si amas tierra, tierra eres; si cielo, cielo eres; si a Dios, Dios eres
La criatura le ofrece un bien, y el alma se reposa un instante, nada más que un instante; porque no hay proporción entre su sed y el agua que se le rinde, y porque bien sabe la sed cuándo el agua no alcanza.
Y lo que no le da un amor lo busca en los otros; y el alma está como dividida en la multiplicidad de sus amores, con lo cual malogra su vocación de unidad; y corre y se desasosiega tras ellos, con lo cual malogra su vocación de reposo.
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Muchos de los convidados no quisieron venir al convite, yéndose unos a su granja o campo, otros a sus negocios o bueyes, otros con sus esposas, y por eso no concurrieron al convite.
Por la belleza de las cosas creadas nos da Dios a entender su belleza increada…
Para que vuelva el hombre a Dios por los mismos vestigios que le apartaron de Él…
Al que por amar la belleza de la criatura se hubiere privado de la forma del Creador, le sirva la misma belleza terrenal para elevarse otra vez a la hermosura divina…
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¡Cuántas infidelidades hay en el mundo! ¡Cuán indignamente se piensa en él acerca de Dios!, puesto que sin cesar se encuentra algo que criticar en la acción divina, cosa que no se atreverían a hacer con el más pequeño artesano, en cosas de su arte.
Se la pretende reducir, a esta acción divina, a no obrar sino dentro de los límites y según las reglas que nuestra pobre razón imagina. Se pretende encerrarla. No hay sino quejas y murmuraciones.
La voluntad divina ¿puede acaso equivocarse, o venir o llamar a destiempo?
¡Pero si tengo entre manos tal asunto! ¡Y me falta tal cosa! ¡Me quitan los medios necesarios! ¡Tal persona se me atraviesa en una obra tan santa! ¡Esta enfermedad me ataca en el preciso momento en que en modo alguno puedo prescindir de mi salud! ¿No es absolutamente irracional que Dios llame y convide en estas circunstancias?
Debemos afirmar que la voluntad de Dios es la única cosa necesaria, y así nada de lo que ella nos da o pide puede ser inútil o nocivo…: ¡Venid a las Bodas!
Si supiésemos lo que son esos acontecimientos que llamamos reveses, contratiempos, contrariedades, en los cuales no vemos nada que no sea inoportuno y sin razón, nos cubriríamos de vergüenza; nos reprocharíamos nuestras murmuraciones como verdaderas blasfemias.
Pero no lo pensamos.
Todo eso no es otra cosa que la voluntad de Dios, y esa voluntad adorable es blasfemada por sus hijos queridos que no la reconocen.
¿Acaso aquello que se llama voluntad de Dios podría hacernos mal? ¿Habríamos de temer y de huir el nombre de Dios? ¿Y dónde iríamos entonces para encontrar algo mejor, si tememos la acción divina sobre nosotros y si rechazamos el efecto de su divina voluntad?
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¿Cómo debemos escuchar la palabra que se nos dice en el fondo del corazón en cada momento, y nos llama y convida?
Si nuestros sentidos, si nuestra razón, no oyen y no penetran la verdad y la belleza de esa palabra, ¿no es ello a causa de su incapacidad para las verdades divinas?
¿Debemos acaso sorprenderme de que un misterio desconcierte a la razón?
Dios nos habla, nos llama, nos convida…, es un misterio; es pues una muerte para nuestros sentidos y para nuestra razón; pues es propio de los misterios el inmolarlos.
El misterio es la vida del alma por la fe; fuera de allí no hay sino contradicción.
La acción divina mortifica y vivifica al mismo tiempo; cuanto más de muerte se siente, más vida da; cuanto más oscuro es el misterio, más luz contiene.
Esto es lo que hace que el alma sencilla no encuentre nada más divino que aquello que menos lo es en apariencia.
La vida de fe se cifra toda entera en esta lucha continua contra los sentidos.
¡Atención!…
Porque semejante es el reino de los cielos a cierto hombre rey que hizo bodas a su hijo. Y envió sus siervos a llamar a los convidados a las bodas…
¡Venid a las Bodas!
Pero muchos son los llamados y pocos los escogidos…
Para ello, recemos como la Santa Liturgia nos enseña:
¡Oh Dios!, omnipotente y misericordioso, aleja propicio de nosotros todo lo adverso; para que desembarazados de alma y cuerpo, Te sirvamos con libertad de espíritu.

P. Ceriani

SANTORAL 23 DE OCTUBRE



23 de octubre

SAN SEVERINO,
Obispo Confesor

¡Insensato! esta misma noche se te ha de exigir
tu alma ¿de quién será cuanto has acumulado?
(Lucas, 12, 20).


   San Severino, que vivía en tiempos de San Martín, fue advertido por una música celestial de la muerte de este gran servidor de Dios. Un anacoreta, que supo por  revelación que tendría el mismo grado de gloria en el cielo que el obispo Severino, dejó el desierto para ir a visitarlo, y asombróse vivamente de verlo espléndidamente servido y magníficamente alojado. Dios le hizo entonces conocer que San Severino tenía menos apego a sus bienes y a sus honores que el que tenía él mismo a su cántaro de agua.

MEDITACIÓN
SOBRE LA MUERTE
DE LOS BUENOS y LA DE LOS MALOS

   I. Todos los hombres deben temer la muerte, porque es seguida de un juicio terrible y nadie sabe si es digno de amor o de odio. San Hilarión, el abad Agatón y muchos otros grandes santos han temblado en la hora de la muerte: ¿eres tú más santo que estos ilustres penitentes? Ten presente que no pueden adoptarse bastantes precauciones en un asunto que no ventila sino una sola vez, que no se puede reparar y donde se juega una eternidad de dicha o de infelicidad.

   II. Pecadores, pensad en la muerte y despreciaréis los bienes del mundo y trabajaréis por la salvación de vuestra alma. Avaro, morirás; ¿a quién pasarán tus tesoros? Voluptuoso, ¿qué te quedará de tus placeres? Orgulloso, ¿de qué te servirán tus honores? ¿Qué desearás, qué temerás, qué te afligirá en la hora de la muerte? Piensa ahora en ello. ¡Oh muerte, cuán amargo es tu pensamiento para el hombre que vive en paz en medio de sus bienes! (Eclesiastés).

   III. Justos o pecadores, quienquiera seáis, iréis a la casa de vuestra eternidad, descenderéis a la tumba; vuestros amigos, vuestros bienes, vuestros placeres, vuestros honores os abandonarán, nada os quedará fuera de un lúgubre sepulcro. Iréis, no sabéis ni cuándo ni cómo. Iréis, pero de allí no volveréis; es la casa de la eternidad, donde se está para siempre. Ya no quiero en adelante pensar sino en morir bien; es la verdadera filosofía del cristiano. El hombre irá a la casa de su eternidad. (Eclesiastés).

El pensamiento de la muerte
Orad por los agonizantes.

ORACIÓN
   Haced, oh Dios omnipotente, que la augusta solemnidad del bienaventurado Severino, vuestro confesor pontífice, aumente en nosotros el espíritu de devoción y el deseo de la salvación. Por J. C. N. S. Amén.