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lunes, 26 de diciembre de 2011

PROGRAMA PARA VIVIR EN LA INHÓSPITA TRINCHERA

PROGRAMA PARA VIVIR

EN LA INHÓSPITA TRINCHERA





Visto en : Radio Cristiandad


¿No hago nada?

Corazón, tente en pie sin doblegarte

De la injusta opresión a la insolencia;

Aunque estoy loco, tengo yo mi arte:

Nam furor sæpe fit læsa patientia”.

[En efecto, muchas veces la ira lesiona la paciencia]

Luchando sin más armas que mi triste

Corazón contra el mal peor que existe

¿No hago yo nada? Lucho,

Sangro y no caigo al suelo.

No hago mucho,

Pero hago más de lo que puedo…

Centinela aterido,

No dejo sospechar que estoy herido,

Ni dejo conocer que tengo miedo…

Herido, helado, aguanto la bandera;

No deserto la inhóspita trinchera.

Y aunque sé que la muerte me ha podido,

Estoy de pie y estoy ante ella erguido,

Marcando el SOS de la brega

A un auxilio que no me llegará

Sino un momento tarde, si es que llega,

Y que muerto de pie me encontrará…

La otra mitad la hará sobre mi tumba

Otro infeliz, después que yo sucumba…

¡Corazón!, ¡tu mitad se ha hecho ya!




Fortaleza y Paciencia

El gran escollo del hombre ético es el dolor; no se entiende bien el dolor.

Se entiende el dolor como castigo de faltas, como estímulo para la lucha, como alimento vital de la energía; pero no se entiende el dolor sin esperanza, el dolor sin compensación, el dolor perpetuo.

El hombre ético hoy día sucumbe al dolor; a semejanza de “la semilla que cayó entre zarzas, que prendió y creció, pero al final las zarzas la ahogaron”. Esto no lo entiende bien el hombre ético, que sucumbe a la persecución.

El hombre religioso sufre persecución; y su vida está bajo el signo del dolor; no del dolor como accidente o prueba pasajera, sino del dolor como estado permanente, estado interno, más allá de la dicha y la desdicha.

No se trata de que los católicos amen “el dolor por el dolor”, o enseñen que hay que buscar el dolor; pues no hay que buscar el dolor; es una cosa diferente.

Pero, ¿por qué? Porque la vida del hombre religioso, está dominada por la Fe. La Fe es algo así como un injerto de la Eternidad en el Tiempo; y por tanto la vida del hombre de fe tiene que ser una lucha interna continua, como la de un animal fuera de su elemento. La Fe es creer lo que Dios ha revelado; y lo que Dios ha revelado es superior al entendimiento del hombre.

“Todo el mérito de la Fortaleza viene de la Justicia”, dice Santo Tomás.

Fortaleza significa valentía y se define como “la aptitud para acometer peligros y soportar dolores”.

La cobardía puede ser pecado mortal y Jesucristo tiene verdadera inquina a la cobardía. En el Apocalipsis San Juan enumera una cantidad de condenados al fuego, y entre ellos pone “los mentirosos y cobardes”, que faltan a la Justicia y a la Fortaleza.

La falsificación liberal de la Fortaleza consiste en admirar el coraje en sí, con prescindencia de su uso, o sea, prescindiendo de la Prudencia y de la Justicia. Pero el coraje aplicado al mal no es virtud, es una calamidad, es “la palanca del Diablo”, dice Santo Tomas.

El coraje en sí puede ser una cualidad natural, una especie de furor temperamental, una ceguera para ver el peligro, o una estolidez en soportar males que no se deben soportar.

La Fortaleza no excluye el miedo, solamente lo domina; al contrario, ella está fundamentada en un miedo, en el miedo profundo del mal definitivo, de perder la propia razón de ser.

La Fortaleza se basa en que el hombre es vulnerable. La Fortaleza consiste en ser capaz de exponerse a las heridas y a la muerte (el martirio, supremo acto de la virtud de Fortaleza) antes de soportar ciertas cosas, de tragar ciertas cosas y de hacer ciertas cosas.

No existiría la Fortaleza o Valentía si no existiera el miedo: “el miedo es natural en el prudente, y el saberlo vencer es ser valiente”; y tampoco si no existiera la vulnerabilidad.

La virtud de la Valentía no supone no tener miedo; al revés, supone un supremo miedo al último y definitivo mal, y el miedo menor a los males de esta vida captados en su realidad real; de acuerdo a la palabra de Cristo: “No temáis tanto a los que pueden quitar la vida del cuerpo; temed más al que puede condenar para siempre cuerpo y alma”. No dice: “No temáis nada”, porque eso es imposible: el prudente naturalmente teme los males naturales captados en su realidad real, no en imaginaciones…

Dice Cristo: “temed menos”, y, en caso de conflicto, que el temor mayor venza al menor, impidiéndonos “perder el alma”, aun a costa de perder la vida.

De ahí que los dos actos precipuos de la Fortaleza son acometer y aguantar; y este último es el principal; dice Santo Tomás inesperadamente.

¿Cómo? ¿No es mejor siempre la ofensiva que la defensiva, la actividad que la pasividad? Santo Tomás parece apocado, parece aconsejar agacharse y aguantar más bien que atacar; y el mundo siempre ha tenido el ataque por más valeroso que el simple aguante.

Santo Tomás tiene por más a la Paciencia que al Arrojo; pero no excluye el Arrojo cuando es posible, al contrario; con otra proposición paradojal dice que la Ira trabaja con la Fortaleza y hace parte de ella.

En la condición actual del mundo, en que la estupidez y la maldad tienen mucha fuerza, hay muchos casos en que no hay chance de lucha; y aun para luchar bien se necesita como precondición la paciencia; y a veces el sacrificio.

El acto supremo de la virtud de la Fortaleza es el martirio, pero la Iglesia ha llamado siempre al martirio “triunfo” y no derrota.

Ten cuidado con el hombre paciente: es peligroso”, dijo uno. ¿Por qué? Porque espera su momento.

La paciencia consiste formalmente en no dejarse derrotar por las heridas, o sea, no caer en tristeza desordenada que abata el corazón y perturbe el pensamiento; hasta hacer abandonar la Prudencia, abandonar el bien o adherir al mal; y en eso se ejerce una actividad enorme. “Soportar es más fuerte que atacar”.

Otra vez volvemos los ojos al error moderno y plebeyo; considerar la paciencia como la actitud lacrimosa y pasiva del “corazón destrozado”, que dicen. Al contrario, la paciencia consiste en no dejarse destrozar el corazón, no permitir al Mal invadir el interior. Por tanto en el fondo se basa en la convicción o en la fe en la última “invulnerabilidad”, en la inmunidad definitiva.

Pase lo que pase, al fin voy a vencer, cree el cristiano; y hasta el fin nadie es dichoso. Aunque sea a través de la muerte, si es inevitable; pero si no es inevitable, no. De donde se ve que la Paciencia pende de la virtud de la Esperanza sobrenatural, lo mismo que la Fortaleza, y no del apocamiento y la debilidad.

La paciencia no consiste en el sufrir, sino en el vencer el sufrimiento. Sufrir y aguantar no es lo mismo: aguantar es activo, y es pariente de “aguardar” y “aguaitar”.

Con razón dice el filósofo Pieper que la Fortaleza o Valentía atraviesa los tres órdenes humanos, el Preorden, el Orden, y el Superorden, y está integrada en ellos.

El Preorden en este caso es el coraje natural, el instinto de agresión, en el varón sobre todo, y de resistencia, en la mujer sobre todo; que lo poseen lo mismo el ser humano que el león o el mastín, y depende mucho del cuerpo, temperamento y temple.

El Orden es el coraje ordenado por la razón y devenido valentía o valor.

El Superorden es la virtud moral de la Fortaleza, pendiente de la virtud supernatural de la Esperanza, la cual informa a los otros dos órdenes y los robustece o se los incorpora; de tal modo que puede darse un hombre tímido, cansado, entristecido y cortado de lo natural, que haga grandes actos de fortaleza en virtud de lo sobrenatural.


Máximas

* La Gloria del Padre, que le viene toda por el Hijo, y que se ha de manifestar cuando venga como el gran Triunfador, debe ser a un tiempo nuestra Pasión y nuestra Esperanza.

* La doliente esperanza en el Segundo Advenimiento.

* Mezquina aspiración a eternizar lo temporal y terreno sin gloria para Cristo.

* Acepto por Cristo la vida más triste que existe en la tierra: La vida que es lucha perdida, continua derrota.

* La nota distintiva del verdadero cristiano reside en las derrotas previsibles.

Porque sabes que no llegarás, por eso eres grande.

* Ante el llamamiento divino:

- admirar la misteriosa grandeza;

- humildad;

- agradecimiento;

- cálida confianza;

- absoluto abandono;

- no medir las consecuencias.



Oración para la Perseverancia

¡Madre Inmaculada! ¡Que no nos cansemos!

¡Madre Nuestra! ¡Una petición! ¡Que no nos cansemos!

Sí, aunque el desaliento por el poco fruto o por la ingratitud nos asalte, aunque la flaqueza nos ablande, aunque el furor del enemigo nos persiga y nos calumnie, aunque nos falten el dinero y los auxilios humanos, aunque vinieran al suelo nuestras obras y tuviéramos que empezar de nuevo…

¡Madre amada! ¡Que no nos cansemos!

Firmes, decididos, alentados, sonrientes siempre, con los ojos de la cara fijos en el prójimo y en sus necesidades, para socorrerlos, y con los ojos del alma fijos en el Corazón de Jesús que está en el Sagrario, ocupemos nuestro puesto, el que a cada uno nos ha señalado Dios.

¡Nada de volver la cara atrás!

¡Nada de cruzarse de brazos!

¡Nada de estériles lamentos!

Mientras nos quede una gota de sangre que derramar, unas monedas que repartir, un poco de energía que gastar, una palabra que decir, un aliento de nuestro corazón, un poco de fuerza en nuestras manos o en nuestros pies, que puedan servir para dar gloria a Él y a Ti y para hacer un poco de bien a nuestros hermanos…

¡Madre mía, por última vez!

¡Morir antes de cansarnos!



Paciencia

La hora se volvió propicia para la tentación… Las dudas, los cansancios, las tibiezas, como un enjambre de desdichas alrededor de nuestro corazón, bordonean los aires fúnebres de su desaliento: “es demasiado duro, es demasiado largo, es demasiado doloroso, es demasiado doloroso”…

Es en la paciencia que es necesario poseer su alma; y los tres cuartos de los cristianos lo olvidaron; y esto explica las traiciones y las defecciones…

Sustinere, sostener, soportar, con alegría, en la esperanza y con la sonrisa de la alegría.

La Confirmación puso en nuestra inteligencia razones de “aguantar la vida”; razones de dominarla.

El cristiano soporta con suavidad. En las condiciones más irritantes para su temperamento, continúa con su deber.

El fuerte soporta con bondad mientras Dios quiera; y esta valentía da a su alma su libertad de acción.

El fuerte no habla sino a Dios de sus miserias; ve más allá de la prueba; su mirada llega mucho más allá de sus lágrimas; nublado por los llantos, pero encendido por la fe, posee esta indefinible expresión de suavidad muda y de indomable energía: se confirma en la paciencia.

Pero muy pocos comprenden eso, muy pocos; y por eso es que muchos son llamados a espléndidas santidades, pero pocos son los elegidos.

- Allí donde vemos de razones para cesar, el Espíritu Santo ve razones para seguir…

- Allí donde buscamos razones para huir de nosotros mismos, el Espíritu Santo ve razones para permanecer…

- Allí donde quisiéramos encontrar razones para ceder, el Espíritu Santo ve razones para resistir…

- Allí donde el sufrimiento clama a la rebelión, el Espíritu de amor convoca a la aceptación…

No tengáis miedo pequeño rebaño… Sigue sosteniendo los derechos de Dios, reprime todo temor, reprime todo miedo, antes que vosotros, yo conocí eso de puños alzados en torno mío en el Calvario, escuché el “tole… tole” de las burlas, de las injurias…

Defended la Verdad, y que vuestra fuerza de alma alcance su plena medida, aceptando los golpes de la adversidad.

No desconozcáis las legítimas audacias al servicio de las legítimas defensas; las exigencias de los derechos de la Verdad reclaman de vuestra parte el valor y el coraje que arremete cuando es necesario defenderlos.

Pero, una vez cumplido este deber, no desechéis la valentía, el temple y la impavidez que soporta…



La Magnanimidad

La magnanimidad supone un alma noble y elevada.

Se la suele conocer con los nombres de “grandeza de alma” o “nobleza de carácter”.

El magnánimo es un espíritu selecto, exquisito, superior.

No es envidioso, ni rival de nadie, ni se siente humillado por el bien de los demás.

Es tranquilo, lento, no se entrega a muchos negocios a la vez, sino a pocos, pero grandes o espléndidos.

Es verdadero, sincero, poco hablador, amigo fiel. No miente nunca, dice lo que siente, sin preocuparse de la opinión de los demás.

Es abierto y franco, no imprudente ni hipócrita.

Objetivo en su amistad, no se obceca para no ver los defectos del amigo.

No se admira demasiado de los hombres, de las cosas o de los acontecimientos.

Sólo admira la virtud, lo noble, lo grande, lo elevado; nada más.

No se acuerda de las injurias recibidas: las olvida fácilmente; no es vengativo.

No se alegra demasiado de los aplausos ni se entristece por los vituperios; ambas cosas son mediocres.

No se queja por las cosas que le faltan ni las mendiga de nadie.

Cultiva el arte y las ciencias, pero sobre todo la virtud.

Es virtud muy rara entre los hombres, puesto que supone el ejercicio de todas las demás virtudes, a las que da como la última mano y complemento.

En realidad, los únicos verdaderamente magnánimos son los santos.




Oración para pedir la Magnanimidad


Señor Jesucristo, Tu eres mi Rey. Hazme para contigo un noble corazón caballeresco.

Grande en mi vida: escogiendo lo que sube y se dilata, y no lo que se arrastra y languidece.

Grande en mi trabajo: viendo en él no la carga que se impone, sino la misión que Tú me confías.

Grande en mi sufrimiento: soldado verdadero frente a mi Cruz, verdadero Cireneo para las cruces ajenas.

Grande con el mundo: perdonando sus pequeñeces, sin ceder nada a sus engaños.

Grande con los hombres: leal con todos, servicial con los humildes y pequeños, afanoso de arrastrar hacia Ti a los que me aman.

Grande con mis jefes: viendo en su autoridad la belleza de tu rostro que me fascina.

Grande conmigo mismo: nunca replegado sobre mí, y apoyándome siempre en Ti.

Grande contigo, Señor Jesucristo: feliz de vivir para servirte, dichoso de morir para abismarme en Ti. Amén.


P. Ceriani


SANTORAL 26 DE DICIEMBRE



SAN ESTEBAN,
Protomártir



Esteban, lleno de gracia y de fortaleza,
obraba grandes prodigios y milagros entre el pueblo.
(Hechos de los Apóstoles, 6, 8).

   San Esteban, primer diácono elegido por los Apóstoles para la distribución de las limosnas entre los fieles, fue también el primer mártir de Jesucristo: ¡qué gloria! Reprochó vivamente a los judíos el que hubieran echado mano a traición y dado muerte al Justo, al Mesías prometido, y lo confesó magníficamente ante Caifás y el gran Consejo. Hasta vio que los cielos se abrían y a Jesús a la diestra del Padre. Llenos de furor, los judíos lo arrastraron fuera y lo lapidaron mientras Esteban, de rodillas, pedía a Dios que los perdonase. ¡Saulo, el futuro gran San Pablo, tenía sus vestiduras!

MEDITACIÓN
SOBRE LA MUERTE
DE SAN ESTEBAN

   I. San Esteban se declara abiertamente discípulo de Jesucristo. No teme la muerte porque está lleno de gracia y de fortaleza; y esta gracia y esta fortaleza le vienen de su fe. La vista del cielo, que se abrió ante sus ojos, lo hace insensible a los tormentos. Si tuviese yo un poco de fe, si de tiempo en tiempo  considerase la corona que Dios me prepara en el cielo, ¿qué temería aquí en la tierra? ¿qué amaría fuera de Vos, oh mi dulce Jesús?

   II. Soporta valerosamente la muerte y, al morir, ruega por los que lo apedrean. Sufre tú por Jesús las persecuciones y la muerte, si es necesario. Nada podrías hacer por Él de lo cual no te haya dado ejemplo; pero sufre orando por los que te persiguen. ¿Sabes por qué San Esteban perdona tan fácilmente a sus enemigos? Porque la crueldad de ellos prepara su triunfo. ¿Cómo quieres que se irrite contra aquellos que le abren la puerta del cielo ? (San Eusebio).

   III. Los Hechos de los Apóstoles dicen, al referir la muerte de este santo, que se durmió en el Señor. Su muerte fue, pues, semejante a un dulce sueño: fue, en efecto, el término de todos sus trabajos y el comienzo de su reposo. Señor, concededme la gracia de morir con la muerte de los santos, con esta muerte tan preciosa ante vuestros ojos. Alma mía, vivamos, suframos, trabajemos, como los santos, y moriremos con la muerte de los santos. ¡Que muera yo con la muerte de los justos!

La caridad
Orad por vuestros enemigos.

ORACIÓN

   Señor, concedednos la gracia de imitar a aquellos a quienes honramos, a fin de que aprendamos a amar a nuestros enemigos, pues celebramos el nacimiento al cielo del que oró a Jesucristo Nuestro Señor por sus mismos verdugos. Amén.

domingo, 25 de diciembre de 2011

MISA DEL DÍA DE NAVIDAD

MISA DEL DÍA



La Navidad y Nuestro Señor Jesucristo


En el principio era el Verbo. Y el Verbo estaba en Dios. Y el Verbo era Dios.

Este estaba en el principio con Dios.

Todas las cosas fueron hechas por Él. Y nada ha sido hecho sin Él.

Lo que ha sido hecho era vida en Él. Y la vida era la luz de los hombres.

Y la luz en las tinieblas resplandece; mas las tinieblas no la comprendieron.

Fue un hombre enviado de Dios, que tenía por nombre Juan. Este vino en testimonio, para dar testimonio de la luz, para que creyesen todos por él. No era él la luz, sino para que diese testimonio de la luz.

El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo.

En el mundo estaba y el mundo por Él fue hecho, y no le conoció el mundo.

A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a cuantos le recibieron, les dio poder de ser hechos hijos de Dios, a aquéllos que crean en su nombre. Los cuales son nacidos no de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, mas de Dios.

Y el Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros. Y vimos la gloria de Él; gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.

§§§

En el principio era el Verbo. Y el Verbo estaba en Dios. Y el Verbo era Dios.

Este estaba en el principio con Dios…

Jesucristo es el Hijo de Dios, el Verbo hecho carne. Antes de hacerse hombre, Jesucristo era Dios, sin dejar de serlo al hacerse hombre.

Todos los misterios de Jesucristo se fundan en su divinidad y de ahí les viene toda su grandeza, toda su fecundidad.

Nota San Agustín que existe una gran diferencia en el modo de comenzar el Evangelio de San Juan y el de los otros Evangelistas. Estos empiezan describiendo la genealogía humana de Jesús, a fin de demostrar cómo desciende de la estirpe real de David. Pero San Juan, desdeñando posar sus pies en la tierra, se cierne cual águila por las alturas para describirnos lo que pasa en el santuario de la Divinidad.

Para garantizar su testimonio, añade inmediatamente que nadie ve a Dios, pero el Hijo único que está en el seno del Padre, Él mismo nos ha revelado los secretos del cielo.

§§§

La fe nos revela el misterio verdaderamente estupendo de ser la fecundidad una perfección divina. He aquí una maravilla que nos descubre la Revelación: En Dios hay fecundidad; posee una paternidad espiritual e inefable. Es Padre, y como tal, principio de toda la vida divina en la Santísima Trinidad.

Dios, Inteligencia infinita, se comprende perfectamente; en un solo acto, ve todo lo que es y cuanto hay en Él; de una sola mirada abarca la plenitud de sus perfecciones, y en una sola idea, en una palabra, que agota todo su conocimiento, expresa ese mismo conocimiento infinito.

Esa idea concebida por la Inteligencia eterna, esa palabra por la cual Dios se expresa a Sí mismo, es el Verbo.

La fe nos dice también que ese Verbo es Dios., porque es con el Padre una misma naturaleza divina.

Y porque el Padre comunica a ese Verbo una naturaleza no sólo semejante, sino idéntica a la suya, la Sagrada Escritura nos dice que le engendra, y por eso llama al Verbo el Hijo: Del seno de la divinidad, antes de crear la luz, te engendré…

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En la Santísima Trinidad, el Hijo se distingue del Padre por su propiedad de ser Hijo. Lo que le distingue de la persona del Padre y lo que constituye propiamente su Personalidad no es el ser Dios, sino el ser Hijo. Y como Persona divina no es más que Hijo; es una filiación viva, orientada enteramente hacia el Padre.

En esto consiste, la primera “función” del Verbo. El Verbo Encarnado insiste incesantemente en esa propiedad para ponerla de relieve a nuestros ojos. Jesucristo se complace en proclamar que en calidad de Hijo único todo le viene del Padre.

La segunda “función” del Verbo es ser, como lo dice San Pablo, la imagen del Padre. No una imagen cualquiera, sino una imagen perfecta y viva, el resplandor de la gloria del Padre, la figura de su substancia, el esplendor de su luz eterna.

El Padre Eterno, considerando a su Hijo, ve en Él la reproducción exacta de sus divinos atributos; el Hijo refleja perfectamente, cual espejo sin mancha, todo cuanto recibe del Padre.

De ahí es que el Padre, al contemplar a su Hijo, ve en Él todas sus perfecciones, y prendado de su hermosura, declara al mundo que ese Hijo es el objeto de todos sus amores

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Y el Verbo fue hecho carne… Cristo es el Verbo Encarnado. Nos enseña la Revelación que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, el Hijo, tomó la naturaleza humana para unirla a su Persona divina. En esto- consiste el misterio de la Encarnación.

¿Qué hay en Jesucristo según la fe? Dos naturalezas, la humana y la divina: Luego Jesucristo es a la vez Dios perfecto y hombre perfecto. Más aún: ambas naturalezas están tan íntimamente unidas, que forman una sola Persona, la Persona del Verbo divino, en quien subsiste la santa humanidad.

De esta inefable unión proviene el valor infinito de las acciones de Jesús, de sus estados, de sus misterios.

Jesucristo es Dios perfecto y hombre perfecto… Cuando le contemplamos en la cuna de Belén, se nos revela a la vez como Dios y como hombre.

Es Dios perfecto porque, tomando nuestra naturaleza humana, el Verbo no deja de ser lo que es.

Si Jesucristo es Dios perfecto, también es hombre perfecto: tomó nuestra naturaleza humana, que hizo suya, uniéndosela física, sustancial y personalmente mediante lazos inefables.

El Dios Eterno, el Ser que subsiste necesariamente por sí mismo, nace en el tiempo de una mujer. Jesucristo posee, como nosotros, una naturaleza humana, completa, perfecta en todos sus elementos constitutivos.

Como nosotros, tiene Jesucristo un alma creada, dotada de facultades semejantes a las nuestras; su cuerpo es un cuerpo verdadero, real, formado de la purísima sangre de su Madre.

De cuanto tenemos quiso participar, excepto del pecado. Jesucristo ni conoció el pecado ni sus causas o efectos morales: la concupiscencia, el error y la ignorancia.

Su cuerpo fue pasible, porque lo tomó para expiar los pecados por medio del padecimiento, pero el pecado mismo jamás tuvo parte en Él.

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En todas partes, desde que hizo Jesús su entrada en este mundo, se manifestó en Él la estrecha unión de la divinidad y de la humanidad; unión que sin mermar nada las divinas perfecciones, deja intacta la realidad de la naturaleza humana: la Encarnación es una unión inefable.

¿Cuál es la consecuencia de esta doctrina? Todas las acciones de Jesucristo son acciones de un Dios.

Las obras de su santa Humanidad son obras finitas, obras limitadas en el tiempo y en el espacio; todo es creado como la naturaleza humana. Pero su valor moral es divino. ¿Por qué? Porque toda acción, sea de una u otra facultad de la naturaleza, se atribuye a la persona, y en Jesucristo, siempre es Dios el que obra, unas veces por su naturaleza divina y otras por la humana.

Luego con toda verdad se puede decir que es Dios el que nace, llora, sufre y muere, aunque todas estas acciones sean ejecutadas por la naturaleza humana. Todas las acciones humanas de Jesucristo, por pequeñas que sean en su realidad física, tienen un valor divino.

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No temamos, pues, contemplar al hombre en Jesucristo; porque esta humanidad es la Humanidad de un Dios. Este hombre que vemos obrar y vivir entre los hombres para atraérselos a sí por las pruebas sensibles de su amor, es al mismo tiempo nuestro Dios.

No temamos tributar a esta santa Humanidad todos los homenajes que merece.

Luego debemos tener en ella una confianza absoluta. Dios quiso servirse de la Humanidad de Jesucristo como de instrumento para dar la gracia que por ella se nos comunica.

Por la Humanidad de Jesús pertenecemos al Verbo, al Hijo; por el Hijo vamos al Padre.

Jesucristo nos lleva así in sinu Patris, al seno del Padre. He aquí la razón esencial e íntima del inefable misterio del Hombre-Dios.

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Refiérenos San Juan que, atravesando la Samaria, Nuestro divino Salvador al principio de su vida pública, llegó a un lugar llamado Sicar, cerca del pozo de Jacob. Entre las circunstancias del hecho minuciosamente narrado por el Evangelista, hay una que nos llega más al corazón, y es que Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo.

¡Emocionante revelación de la realidad de la Humanidad de Jesús!

Admirable es el comentario que hizo San Agustín de este pasaje, con la antítesis de ideas y expresiones que le es peculiar, sobre todo cuando quiere subrayar la unión y el contraste de la divinidad y humanidad en Jesús:

Se cansa Aquel por el que descansan los cansados, Aquel cuya ausencia nos agobia y cuya presencia nos reconforta.

Por nosotros se cansa Jesús caminando.

Vemos a Jesús fuerte y débil a la vez.

¿Cómo fuerte? Porque al principio era el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios.

¿Quieres ver cuán fuerte es el Hijo de Dios? Todas las cosas han sido hechas por Él, y sin Él no ha sido hecho nada. Y sin trabajo fueron hechas todas las cosas. Porque es el Verbo eterno que lo creó todo por su sabiduría y su poder.

¿Quieres conocer débil a Jesús? El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

La fortaleza y el poder de Cristo nos creó, y su flaqueza nos restauró.

La fortaleza de Cristo te hizo, para que lo que no era, fuese.

La debilidad de Cristo te restauró, para que lo que era, no pereciese.

Nos creó con su fortaleza, nos buscó con su debilidad.

Jesús es débil en su Humanidad, pero guardaos mucho de permanecer en vuestra debilidad; antes bien, acercaos a tomar aliento divino de Aquel que, siendo por naturaleza todopoderoso, quiso hacerse débil por vuestro amor.

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Concluyamos con San Agustín:

El que era Dios se ha hecho hombre, tomando lo que no era, pero sin perder lo que era, y de este modo se hizo hombre.

Tú tienes en ese misterio lo que responde a tu flaqueza, y hallas igualmente en él el principio de tu perfección.

Elévete Cristo por su naturaleza humana; guíete por la unión de su humanidad con la divinidad; y condúzcate hasta la misma divinidad.

P.CERIANI

MISA DE LA AURORA

MISA DE LA AURORA



San José testigo de la Encarnación



Llegado finalmente el tiempo en que se cumplen los oráculos de los Profetas, el Hijo único de Dios, que en su misericordia quiso tomar nuestra naturaleza para redimirla, eligió de entre todas las hijas de Eva, una Madre.

Las tres Personas de la Santísima Trinidad la enriquecieron con todos los dones de la gracia; y aun cuando debía conservar su virginidad, no era conveniente que permaneciera sola.

Si bien es cierto que una mujer debía dar al mundo el Salvador, convenía que el cuidado de la conservación fuera confiado a un hombre: una mujer sería la Madre, y un hombre sería el Padre Nutricio.

Pero ¿quién sería el privilegiado mortal que dividiría con María un ministerio tan sublime?

Dios buscaba un hombre según su Corazón, para poner en sus manos lo más precioso y amado que tenía: la Persona de su Hijo Unigénito, la integridad de su Madre, la salvación del género humano, el sagrado secreto de la Trinidad Santísima, el tesoro del Cielo y de la tierra.

Dirigió su mirada a Nazaret, y escogió a San José para confiarle tal misión.

Dios escoge a José, sacándolo de la más profunda oscuridad, para darnos a entender que era el hombre según el Corazón de Dios, y que por sus virtudes ocultas fue juzgado digno de ser el casto Esposo de la Reina de las vírgenes y el Padre Virginal del Mesías prometido.

San José poseía tesoros de pureza y de humildad que envidiaban los mismos espíritus celestes; esa alma tan sublime y tan contemplativa había adivinado el Evangelio, estimando la virginidad como el estado más perfecto que el hombre pudiera abrazar.

San José —escribe San Francisco de Sales— había puesto como guardia de esta hermosa virtud, una grande humildad; tenía un cuidado especial para ocultar la perla preciosa de su virginidad, e iluminado por una luz sobrenatural acerca de las angelicales disposiciones de María, consintió en tomarla, por esposa, a fin de que, bajo el velo del matrimonio, pudiera él vivir como un ángel, sin llamar la atención de los hombres.

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¡Misterio sublime confiado a San José por Dios mismo! ¡Unión santa y enteramente celestial, en la que la virginidad ha sido el nexo sagrado entre dos almas puras, independiente de los cuerpos de barro que habitan!

San José tuvo el inestimable privilegio de ser testigo ocular de todas las acciones de María, el confidente de sus pensamientos, el arbitro de sus resoluciones, el custodio y el protector de su virginidad; unión que lo hizo, en una palabra, partícipe de todas las prerrogativas de una Virgen Madre de su Dios.

§§§

María Inmaculada —dice el Evangelio— permaneció unos tres meses con su prima Santa Isabel y luego regresó a su casa.

Al llegar a Nazaret, San José la acogería con desbordante gozo, que le impediría reparar en su estado. Sin embargo, los signos de su futura maternidad ya habrían comenzado a manifestarse y la gente del pueblo, al darse cuenta, no dejarían de felicitar a la joven pareja…

Es entonces cuando estalla el drama en el alma de San José. Al principio, no termina de creérselo. Está a punto de rechazar como injurias las enhorabuenas, pero pronto comprende que no hay error posible. No cabe duda: María lleva un niño en su vientre… Y ante esta realidad indudable, su espíritu se hunde en un abismo de agonía…

Repugna imaginar que la virginidad de María fuese puesta en entredicho, incluso fugazmente, en el espíritu de San José.

San Jerónimo exclama: José, sabedor de la virtud de María, rodeó de silencio el misterio que ignoraba.

San Bernardo pregunta en su segunda homilía super Missus est: ¿Por qué motivo quiso San; José, abandonar a María? Y contesta con estas expresivas palabras: Quiso dejar San José a María, por lo mismo que quiso también San Pedro repeler de sí al divino Maestro diciendo: Apártate de mí, Señor, que soy un hombre pecador. Por aquello, por lo cual el Centurión alejaba igualmente de su casa a Jesús cuando decía: Señor, yo no soy digno de que entres en mi morada. Así, pues, de un modo parecido, San José, reputándose indigno y pecador, decía dentro de sí que no era para él cosa decente vivir ya más en familiar consorcio con tal y tan excelsa Señora, cuya superior y admirable dignidad le imponía. La observaba con sagrado pavor, revestida de una clarísima señal de la divina presencia, y porque no podía comprender el misterio, por eso quería dejarla.

§§§

Porque eras agradable a Dios, José, la tentación había de probarte. Porque en la mente del Altísimo estabas predestinado a ser abogado de las causas perdidas, hacia quien volverán sus ojos las almas doloridas en las horas tenebrosas y aplastantes, era preciso que tú mismo lo experimentases, que estuvieras preparado para desempeñar tu papel.

Porque te había correspondido el indecible honor de ser Padre Adoptivo del Verbo Encarnado, tenías que quedar marcado con la Cruz, signo supremo de su Redención. Y esa Cruz debía alcanzarte en el punto más sensible para ti: el amor que profesabas a aquella que, después de Dios, ocupaba el centro de tus pensamientos…

Porque debías ocupar un lugar privilegiado en el drama de nuestra Salvación, tenías que participar en el sufrimiento. No ibas a estar presente, al lado de María Corredentora, junto a la Cruz del Gólgota, pero tenías que conocer, Tú también, y vivir por anticipado, el misterio de Getsemaní y del Viernes Santo.

Habiendo, pues, tomado esta resolución —dice San Mateo en su Evangelio—, he aquí que se le apareció en sueños un ángel del Señor y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa, pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados…

Pues lo concebido en ella es obra del Espíritu Santo”. Esta frase proporciona la clave del enigma y revela la prodigiosa grandeza de lo que se ha realizado en el seno virginal de María.

Aunque José no haya participado en la concepción, no deberá considerarse por eso como un extraño respecto al Niño. Antes al contrario, se le anuncia que ejercerá el oficio de un auténtico padre.

Todo se ilumina a sus ojos, todo resplandece. Se da cuenta de que Dios le ha confiado no sólo lo más valioso del mundo, sino también lo que vale más que todos los universos posibles…

Comprende que el Niño que se ha encarnado en el seno de su prometida es el Mesías, por cuya venida tanto ha rezado.

Al mismo tiempo, se dibuja ante sus ojos el papel que le ha sido asignado. Se da cuenta de que, lejos de dejar de ser su Esposa al convertirse en Madre del Hijo de Dios, lejos de seguir considerándose como un intruso, Dios mismo le ha encargado salvaguardar, con su presencia, el honor de María y del Niño, asegurarles con su entrega la necesaria protección.

Enseguida acepta su misión. Al despertar José de su sueño, dice el Evangelio, hizo como el Ángel del Señor le había mandado.

Así como María, a las palabras del Arcángel Gabriel había contestado: Hágase en Mí según tu palabra; del mismo modo, el Santo Patriarca a las palabras del Arcángel depuso todo temor, inclinó la cabeza, y recibió a María en su casa, a quien amó y veneró más que antes, reconociéndola por Madre del Divino Redentor.

En cuanto amanece, corre a casa de su prometida. María, que le abre la puerta, comprende inmediatamente, viendo la expresión de su cara, su sonrisa radiante, que Dios le ha revelado el misterio. Es lo que, por supuesto, le anuncia contándole la visión del Ángel.

María, por su parte, informa, por primera vez a una criatura humana, de la escena que precedió a la Encarnación del Verbo.

Al terminar, San José, posando sus ojos, llenos de ternura y de respeto, en el rostro de su Esposa, quien, a causa del misterio operado en Ella aparece más bella, más pura y más divina, la saludaría como la Flor de Jessé, que, según la profecía, contenía, en germen, la esperanza de los tiempos futuros. Y, por primera vez, haciéndose eco de las palabras que María había escuchado en la Anunciación y en la Visitación, entonaría la alabanza que los labios humanos habían de repetir incesantemente hasta el fin de los siglos: “Dios te salve, María, llena de eres de gracia, el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús”.

§§§

Después de haber sido elegido por Dios para ser el casto Esposo de María, San José es, en consecuencia, ensalzado a la dignidad de Padre de Jesús.

Esta segunda prerrogativa, tan grande y maravillosa, no es sino un efecto y continuación de la primera.

José es el Padre del Salvador de los hombres, porque es el dueño de la divina Madre que lo dio al mundo. El divino Infante, concebido por la Virgen María por obra del Espíritu Santo, pertenece a José, quien es el dueño de ese huerto cerrado; le pertenece, por su unión con la Santísima Virgen y por los amorosos cuidados con que la conserva.

Por lo tanto, si Él tiene tan grande parte en la virginidad de María, tiene parte también en el fruto de su seno, y he aquí que Jesús es su Hijo, por la alianza virginal que lo une con su Madre.

Confesemos, por lo tanto, que así como María, permaneciendo virgen, es Esposa de José y Madre de Jesús, José, por la misma razón, sin menoscabo de su pureza y sin ofender el honor de Jesús y de María, es el casto Esposo de María y el Padre de Jesús.

El espíritu humano se confunde a la vista de tanta grandeza; José comparte la eminente condición de Padre de Jesús con el mismo Dios. Sin dejar de ser virgen, tiene la gloria de ser padre de Aquel que es engendrado por el Padre celestial, desde toda la eternidad, en el esplendor de los santos.

§§§

No se puede reflexionar sin emoción en qué santa intimidad pasarían María Santísima y San José los meses que les separaban del esperado nacimiento. Es muy probable que los dos juntos, con los rollos de los Profetas en la mano, trataran de escrutar los oráculos divinos concernientes a la venida del Mesías.

Unas palabras del Profeta Miqueas (5, 1), que precisaba que Belén sería donde había de nacer, les dejaba sorprendidos y en suspenso: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres la menos importante entre las principales ciudades de Judá, porque de ti debe salir el caudillo que regirá a mi pueblo.

Miqueas, ciertamente, no había podido equivocarse, pero ellos se preguntaban cómo era Belén el lugar designado, y no Nazaret… y qué debían hacer para cumplir la profecía…

Y he aquí que, una mañana, un pregonero que recorre el pueblo haciendo sonar un cuerno anuncia que el Emperador Augusto acaba de ordenar que se haga un nuevo censo de sus súbditos; así pues, según la costumbre, ya que la organización del Estado judío reposaba sobre la división de los ciudadanos en tribus, razas y familias, deberían inscribirse no en el lugar de su domicilio actual, sino en aquél del cual su familia era oriunda, donde se conservaban los registros civiles de sus antepasados.

María y José escucharían con el corazón palpitante la proclamación de la ordenanza imperial. ¿Acaso no era de Belén su antepasado David…? Tendrían, pues, que, inscribirse en el censo en aquella ciudad, donde debía cumplirse providencialmente la profecía de Miqueas…

Así pues, hicieron sus preparativos de viaje y se pusieron en camino.

Llegados a la población, se someterían sin tardanza a las obligaciones del censo. Luego, San José se pone a buscar alojamiento, lo que resulta muy difícil, pues la ciudad está llena de gente venida para el censo.

José, con el corazón angustiado, continúa preguntando, acompañado de María. Camina por las callas, llamando a todas las puertas, pero nadie le hace caso. Alguien, por fin, les indica un refugio: una especie de cueva horadada en la roca que se utiliza como establo y como refugio de mendigos. Sin otra posibilidad, allí se dirigen.

La indignidad del lugar agarrota el corazón de José. Belén —ha escrito el P. Faber— fue su Cruz.

Se acusa ante Dios y ante su esposa; pero María le consuela y le reconforta. Le dice que el misterio de estas deplorables humillaciones responde a un designio providencial del Señor.

San José, animado por María, se dedicó a acondicionar en la medida de lo posible, el miserable refugio. Alumbró un candil y lo colgó de un clavo en la pared; barrió el suelo en un rincón y, con un poco de paja limpia, preparó a María una especie de lecho.

María le había dicho que creía que el Niño estaba a punto de nacer y José comprendió que Dios, que la había fecundado, debía ser el único testigo de un alumbramiento cuyo carácter maravilloso no podía imaginar. Así pues, salió para buscar no lejos de allí otro lugar abrigado bajo la roca, pero no pudo dormir: su corazón palpitaba de emoción. Pronto, un presentimiento le hizo comprender que ya podía volver al establo…

Corrió hacia él, y a la débil luz del candil pudo vislumbrar una escena grandiosa en su sencillez: El Niño acababa de nacer; su Madre Virgen, a falta de otra cosa, le había recostado sobre la paja de un pesebre y, de rodillas, con las manos juntas y los ojos bajos ante la cuna improvisada, parecía sumida en un éxtasis de adoración.

María, al oír llegar a José, se volvió hacia Él y le sonrió. Luego, tomando el cuerpo minúsculo del Niño del fondo del estrecho pesebre, se lo entregó…

Imaginando esta escena, no se puede por menos de pensar en otra parecida que puso fin al paraíso terrenal: Eva ofreciendo a Adán el fruto prohibido…

Ahora, en Belén, la segunda Eva entrega a José, y en su persona a todos los hombres que han de ser salvados, el fruto bendito de su vientre… JESÚS…

José aparece así como el primer beneficiario del nacimiento del Salvador. Por otra parte, el gesto de María, ofreciéndole antes que a nadie el Niño, le designa a nuestra veneración como el primero en grandeza en el orden espiritual.

San José no duda en reconocer en este Niño bendito al Hijo de Dios…

Luego se lo devolvió a María, y se entregaron ambos a una dulce vigilia de oración y contemplación. No se cansaban de mirar aquel frágil Niñito, de cuyos labios se escapaban débiles vagidos. No se diferencia en nada de los demás niños, a no ser que, en el terreno de la pobreza, nadie, al nacer, podía disputarle el primer puesto…

¿Era posible que ese Niño fuese el Enviado de Dios, ese Mesías regio cuya gloria había cantado su antepasado el rey David?: El Señor me ha dicho: Tú eres mi Hijo, engendrado desde toda la eternidad. Pídeme y te daré las naciones en herencia y por dominio la tierra entera hasta sus últimos confines (Salmo 2).

¿Cómo, pues, creer en un Mesías que no tiene cetro ni corona, armas ni palacios, y cuyo nacimiento recuerda el de un vagabundo…?

Pero la fe de José es inexpugnable, no vacila ni conoce ningún cambio. Todo lo que María le ha revelado ilumina el espectáculo que tiene ante sus ojos con una luz sobrenatural.

Comprende que bajo aquella apariencia humilde se oculta una insondable riqueza. No duda en adorar a quien, prisionero en sus pañales, viene a liberar a los hombres, a quien, iluminado por la pálida luz de un candil en la tierra, habita en el Cielo rodeado de una luz inaccesible.

Su fe traspasa las apariencias y penetra hasta la divinidad. Sus labios se abren para pronunciar los títulos que el Ángel de la Anunciación ha enumerado: Hijo de David, Hijo del Altísimo, Aquel cuyo reino no tendrá fin, Hijo de Dios, Jesús, Salvador…

José adora estos misterios en silencio, su primer cántico religioso…

§§§

Dice el Evangelista San Mateo que despertando José del sueño hizo como el Ángel del Señor le había mandado y recibió a su mujer, y no la conoció hasta que tuvo su Hijo.

La explicación de san Ambrosio es hermosísima. A esta palabra le da el sentido de conocimiento espiritual. El parto fue una cosa tan inefable, tan celestial, que entonces conoció a María como Madre de Dios, en toda su dignidad de Madre. Hasta ese momento había tenido el conocimiento de la fe; después del parto tuvo un conocimiento de visión.

Aquello fue tan maravilloso; el éxtasis de Ella, la belleza del Niño, la limpidez de todo, el júbilo de todo, que entonces Él la vio como Madre de Dios.

Antes la había aceptado por la fe. Y entonces tuvo el gran premio.

La fe de San José fue tan intensa y tan próxima al misterio de la Encarnación que, una vez consumado en el momento del Nacimiento, poseyó la visión completa del gran misterio.

Él sabía, por la fe, que el Mesías vendría, pero no sabía cómo iba a ser todo eso sino hasta que se consumó.

En ese momento San José fue arrebatado por la luz, como recompensa a su fe.

Él no sabía qué pasaba, había recibido a María por pura obediencia y pura fe.

En el momento en que la Santísima Virgen da a luz su Hijo, San José ve… conoce todas las maravillas obradas en María.

§§§

Después de esto, entendamos, pues, el silencio de San José.

San José ya no pudo hablar, estuvo en un continuo arrobamiento porque él miraba y veía, porque él era el hombre más privilegiado en el cielo y en la tierra: se le había permitido estar en el ámbito del misterio, del desposorio de Dios con la humanidad, en su cumbre, que fue María, y no habló porque su vida fue un continuo arrobamiento.

La que arrobaba a San José era la unión con ese Niño, que es carne de María; con ese Niño, que es Palabra del Padre; y entonces, María íntimamente unida a la Palabra del Padre.

¡Qué maravilla!

Este es el sentido del silencio de José a los pies del Niño Dios y de su Santísima Madre, y sólo una narración eminentemente verdadera y divina ha podido respetarlo y dejarnos el cuidado de comprenderlo.

Esa es la tarea reservada a nuestra contemplación del misterio de San José, testigo de la Navidad…

P.CERIANI.

SANTORAL 25 DE DICIEMBRE





25 de diciembre



LA NATIVIDAD
DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

María dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió
en pañales, y lo recostó en un pesebre, porque
no había lugar para ellos en la posada.
(Lucas, 2, 7).



  
   Augusto, señor del mundo, había ordenado un censo general y preparó así sin saberlo el cumplimiento de las profecías; María y José debieron trasladarse a Belén. Carentes de un techo hospitalario, se retiraron a una gruta que albergaba a un buey. ¡Allí fue donde nació el verdadero Señor del mundo! Envuelto en pobres pañales y acostado en un pesebre de piedra sobre un poco de paja, no fue calentado sino por el amor materno y paterno y por el aliento del buey de los pastores y el asno de los pobres viajeros. A estos homenajes se asoció toda la creación espiritual y material: los ángeles del cielo anunciaron al Salvador, primero al pueblo de. Dios ya los humildes en la persona de los pastores, que acudieron ala gruta; después, una estrella misteriosa llevó a ella a los magos, primicias de la gentilidad y de los grandes. Toda la tierra estaba entonces convidada a entrar en el divino redil. ¡Gloria a Dios y paz a los hombres!

MEDITACIÓN
SOBRE LA NATIVIDAD DE JESÚS

   I. La desnudez del Hijo de Dios hecho hombre debe inspirarnos el desprecio de las riquezas y el amor de la pobreza. Jesús es abandonado por todos; carece de fuego, tiene sólo algunos pañales para defenderse de los rigores del frío. Es la primera lección que Dios nos da viniendo a este mundo; ¿c6mo lo escuchamos nosotros? ¿Qué amor tenemos por la pobreza? Tanto la ha amado Jesús, que ha descendido del cielo para practicarla. ¿Qué remedio aplicar a la avaricia si la pobreza del Hijo de Dios no la cura? (San Agustín).

   II. La humildad brilla con admirable fulgor en el nacimiento de mi divino Maestro. Quiere nacer en un establo, de una madre pobre, esposa de un pobre artesano: todo en este misterio nos predica humildad. ¿Podríamos dejarnos todavía arrastrar a la vanidad? ¿Ambicionaremos todavía dignidades y honores? Aprendamos hoy lo que debemos amar y estimar; persuadámonos de que la verdadera grandeza de un cristiano consiste en imitar a Jesús y en humillarse.

   III. El amor de Jesús por los hombres lo redujo a estado tan pobre y tan humilde. El hombre se había perdido queriendo hacerse semejante a Dios, Dios lo redime tomando su naturaleza y sus debilidades. Quiso Jesús hacerse semejante a nosotros; respondamos a su amor haciéndonos semejantes a Él. Él quiere nacer en nuestro corazón por la gracia; no le neguemos la entrada y cuando esté en él, conservémoslo mediante la práctica de las buenas obras. Cristo nace en nuestra alma, en ella crece y se desarrolla: pidámosle que no quede mucho tiempo pobre y débil. (San Paulino).

La humildad
 Orad por la Iglesia.

ORACIÓN

   Haced, os lo suplicamos, oh Dios omnipotente, que el nuevo nacimiento según la carne de vuestro Hijo unigénito, nos libre de la antigua servidumbre a que nos tiene sujetos el pecado. Por J. C. N. S. Amén.

sábado, 24 de diciembre de 2011

SERMÓN EN LA MISA DE NOCHEBUENA

MISA DE NOCHEBUENA

María Santísima y el Misterio de Navidad


Visto en : Radio Cristiandad


Reproducir en nosotros los misterios de Cristo quiere decir reproducir en nuestra alma las mismas disposiciones, los mismos sentimientos, los mismos estados del Corazón de Cristo cuando esos hechos se verificaron para alcanzar las mismas gracias que entonces produjeron.

Esta doctrina se verificó de una manera plenísima e inimitable en la Santísima Virgen María.

Nadie como Ella pudo afirmar: Cristo es mi vida.

No sólo reprodujo los misterios de Cristo interiormente, sino aun exteriormente; porque los vivió con su Hijo, porque los misterios de Jesús son, al mismo tiempo, los misterios de María; a tal grado que, a veces, casi nos parecen más de María que de Jesús.

En realidad, son de los dos, por una misma predestinación, por una misma vocación, por una misma gracia, por una misma misión, por una misma gloria, guardada la proporción debida.

Pero, aunque reprodujo y vivió todos los misterios de Cristo, hay, sin embargo, uno que para Ella fue capital, que es el centro de todas sus gracias y el secreto de su fecundidad sin semejante.

Ese misterio es el de la Encarnación. En él, por la voluntad de Dios y su libre aceptación, la Virgen María fue constituida Madre de Dios.

La Maternidad divina es su gracia central, de la cual nace todo: sus demás gracias, sus privilegios, su misión, su santidad, su fecundidad, su glorificación…

§§§

El «Fiat», el hágase de la esclavitud de María, es también la expresión práctica de su omnipotencia.

Apenas pronunciado, el Espíritu Santo, como lo dijo el Ángel, la cobijó con su sombra protectora y llevó a cabo la obra de la Encarnación; en aquel momento se efectuó, lo del Verbo se hizo carne y comenzó a habitar entre nosotros.

¡Oh palabra de poder inmenso! La pronuncia la omnipotencia de Dios, y brotan de la nada los mundos… La dice María en el abismo de su humildad, y aún obra más maravillas que el Creador…

Aquel fiat saca de la nada las cosas… Este fiat saca al mismo Dios de su Cielo, de su eternidad, para que, sin dejar de Dios, comience a ser hombre…

El Espíritu Santo organiza de la Inmaculada Sangre de María el Cuerpo de Jesucristo; para que ese Cuerpo y esa Sangre, que toma de la Virgen, fuera la materia del sacrificio que para redimir al mundo ofrecería más tarde en la Cruz.

Y María, en este instante, queda convertida en verdadera Madre de Dios. Dignidad altísima y maravillosa… Es infinita, porque infinita es la dignidad de su Hijo.

Es un parentesco real y físico con el Hijo de Dios. Desde este momento, Dios está en María, no en imagen, no con su gracia, sino con su Persona misma divina; hay entre Dios y María una verdadera identidad en cuanto que la Carne y la Sangre de su Hijo son Carne y Sangre de María.

§§§

La Iglesia celebra la Expectación del parto de la Santísima Virgen con una fiesta especial que le dedica en el tiempo santo del Adviento.

Consideremos la vida de la Santísima Virgen en ese período.

Bajo el aspecto interior, la vida de María era de una absoluta compenetración con su Hijo; Madre e Hijo no vivían una vida semejante, sino una misma vida, una sola vida. No se puede concebir mayor dependencia que la de Jesús en el seno purísimo de María. De Ella recibía toda su vida; de Ella dependía toda su vida. ¡Qué misterio!

En cuanto su vida exterior… ¡qué admirable es la Virgen en todo!… Con una vida interior tan intensa y tan divina como llevaba entonces, no dejaba traslucir nada al exterior. Exteriormente una dulce calma, una simpática sencillez, una muy amable serenidad. Nadie sospechaba lo que pasaba por su interior…; nadie, ni siquiera San José…

La vida de Jesús, al mismo tiempo, oculta y escondida como en un sagrario en el seno de María. ¡Qué oscuridad y silencio el de esta vida de Jesús!… ¡Qué debilidad e invalidez la de Jesús!… Todo lo espera, todo lo recibe de su Madre… Y, no obstante, desde allí está dirigiendo al mundo…, está siendo la alegría de los Ángeles y, sobre todo, está de día en día santificando más y más con su presencia, con su contacto, a su querida Madre. ¡Qué misterio!…

¡Qué vida más activa la de María con su Hijo y la del Hijo con su Madre!… pero toda vida de actividad interior.

§§§

Como hemos dicho, los dos grandes y admirables efectos del consentimiento de María Santísima fueron, por una parte, la Encarnación del Hijo de Dios, obra maestra de la Omnipotencia divina, y por otra parte, la sublime e incomparable dignidad de Madre de Dios que desde entonces adquirió María.

Hasta aquel momento era solamente Virgen; por la Encarnación, hácese Virgen Madre, y Madre de Dios.

¡Y qué unión, qué prodigiosa intimidad se establece entre María y Dios, puesto que es la unión de la Madre con su Fruto Bendito, que vive en sus entrañas y de sus entrañas!

Cierto es que esta unión no era tan estrecha como la que unía la misma Carne de Jesús a su Divinidad: no era unión hipostática o personal. Pero ¿de qué Divinidad no debía estar impregnada, por decirlo así, aquella Carne de María a quien regaba y perfumaba la Sangre de Dios?

En María era esta unión más portentosa, puesto que era tan natural como sobrenatural, y María daba la vida de la naturaleza a esa Carne del Verbo de quien recibía la vida de la gracia.

Para dar una idea exacta y concisa de esta maravillosa relación, puede decirse, con Santo Tomás, que María tenía una consanguinidad con Cristo en cuanto hombre; una afinidad con Cristo en cuanto Dios; y que, por la operación de esta Maternidad bienaventurada, confinaba con la Divinidad.

La causa de que no estemos bastante penetrados de esta verdad, es que, comparando a María con las madres ordinarias, nos representamos esta cualidad de Madre de Dios en Ella como exterior y accidental, y no como inherente a su misma persona.

No debemos creer que esta unión se relajara cuando le dio a luz, cuando este Dios vivió de su vida propia.

No, esta unión continuó siendo para siempre en la tierra y ahora en el Cielo tan estrecha como lo había sido en el seno de María, y aun fue estrechándose, por el aumento de la gracia y del mérito en María, hasta el día de su Asunción, que la consumó y coronó por toda la eternidad.

§§§

De ahí todos los misterios evangélicos del nacimiento y de la infancia de Jesucristo; de ahí la gloriosa parte que debía tener en ellos su Madre Santísima.

El Evangelio nos ha expuesto tan cuidadosamente estos misterios para que los tengamos siempre presentes, con la mira de hacérnoslos cultivar y aprovechar sus frutos. De aquí la justificación del culto de María Madre de Jesús, que nos los representa.

El Hijo de Dios podía ciertamente pasarse sin María: los prodigio de su concepción y nacimiento virginales, los celestiales prodigios que trajeron a sus pies a los Pastores y los Magos, prueban superabundantemente que desde entonces era el árbitro de la naturaleza.

Podía asimismo dejarnos ignorar esta primera edad de su existencia y aun era esto muy natural. Si, pues, quiso depender de los cuidados de María, deberle esos desvelos tan familiares, tan íntimos, tan sagrados de una madre; si quiso mostrársenos en ese estado, y recibir en él las primeras adoraciones del cielo y de la tierra, esto no pudo ser sin honrar a María y querer que nosotros la honrásemos.

Una de las grandezas y bendiciones de la Santa Madre de Dios ha sido el que su Hijo haya querido manifestarse en una edad y un estado en que se veía obligado a manifestarla juntamente con Él.

Esto es lo que resulta principalmente del misterio de su Nacimiento.

§§§

Si el olvido, y el abandono, y el desprecio fueron el modo como los suyos recibieron a Jesús, contemplemos a María, penetremos en el interior de la gruta y miremos con santa curiosidad todo lo que allí pasa.

Iluminada por el Espíritu Santo, ha comprendido María que el momento del Nacimiento de su Hijo ha llegado… y, naturalmente, aunque cansada del penoso y largo viaje, no quiere descansar. Más que nunca, se entrega a la oración y contemplación…

Sus ardientes anhelos y fervorosos suspiros, hacen una violencia irresistible al Corazón de Dios… Se deja vencer por la oración de María, y cuando ha llegado al grado más elevado de aquel éxtasis de amor, el Espíritu Santo hace que de repente, de un modo milagroso, al abrir María sus ojos, se encuentre entre los pliegues de su manto, blanco como un copo de nieve, más bello que los Ángeles, al Hijo de Dios e hijo suyo.

María, Virgen antes del parto, es Virgen sin mancilla en el parto…; como el rayo del sol sale por un cristal, sin romperlo y sin mancharlo, así nació el Hijo de María.

María, dice el Evangelio, habiéndole envuelto en pañales, lo reclinó en un pesebre… ¡Oh anonadamiento del Hijo!… ¡Oh grandeza de la Madre!

Desfallece la palabra bajo el peso de este misterio, que la sencillez de su exposición hace aún más sublime a nuestros ojos.

Cuanto la sencillez con que María concurre a este misterio, tanto la levanta a su altura, cuando recordamos sobre todo que en la Anunciación y Visitación recibió y manifestó tan grandemente su inteligencia.

Fomentaba con sus ojos, dice con dulzura San Amadeo, revolvía con sus manos al Verbo de vida; calentaba con su aliento al que da calor e inspiración a todo; llevaba al que lleva al universo; amamantaba a un Hijo que derramaba Él mismo la leche en sus pechos y apacienta a todas las criaturas con sus dones. De su cuello pendía la Sabiduría eterna del Padre; apoyábase en sus hombros Aquel que mueve a todos los seres con su virtud; en sus brazos, en su regazo reposaba el que es tierno descanso de las almas santas.

Estas antítesis son de todo punto exactas; son la misma verdad de nuestra fe, que nos ofrece en la Encarnación del Verbo, a Dios hecho hombre, para que el hombre sea hecho Dios; doble antítesis que forma, por sus dos sentidos, toda la exposición del Cristianismo.

Así, las grandezas de María en este misterio se componen de los abatimientos de Jesús. Lo que Ella recibe está en proporción de lo que lleva. Todo lo que da al Hijo del hombre, se lo devuelve el Hijo de Dios. Le viste Ella de fajas, y Él la viste de gracia y de luz; Ella de su Maternidad y Él de su Divinidad…

§§§

Contemplemos aquella escena…

Jesús va a recibir la primera adoración, y con ella las primeras caricias de su Madre…

María adora a su Dios allí vivo… real y físicamente presente…

Pero como Madre, se cree con derecho a tomar a aquel Niño y estampar en sus mejillas delicadas sus primeros besos…

¡Qué besos más ardientes!… ¡Qué abrazos más efusivos!… ¡Qué caricias más tiernas!…

Jesús no siente la pobreza del establo…, ni el frío de la noche…, porque lo primero que han visto sus ojos al abrirlos a la luz de este mundo, ha sido el rostro de su Madre.

¡Qué encantadora la sonrisa de Jesús al ver a su Madre, tan pura, tan bella, tan hermosa!

Madre e Hijo parece que no se hartan de contemplarse mutuamente… Y esa mirada de María, es consuelo y alegría para Jesús… Y la mirada de Jesús es aumento de gracia y santidad para María.

¡Con qué respeto y devoción, y al mismo tiempo ternura y delicadeza iría la Santísima Virgen envolviendo aquel cuerpecito de su Hijo en los blancos y pobres pañales!

¡Y con qué dolor y pena tan profundos le colocaría en las pajas del pesebre!…

Ella fue la primera que meditó en esta verdad que tenía delante de sus ojos… ¡Dios en un pesebre! ¡Dios abrazado con la pobreza tan estrechamente que ni casa, ni habitación tiene para nacer!…

¿Qué será la pobreza cuando así aparece inseparablemente unida al Hijo de Dios?

Pidamos a María que nos la dé a conocer, para que amemos está virtud.

§§§

Admirando esta elocuencia espléndida que, nacida también de la sencillez del Evangelio, es un testimonio más de su divinidad, se dirá tal vez que la humilde María estaba lejos de presentir en Belén sus acentos, Ella que, acabando de dar a luz al Salvador, no muestra ninguna admiración ni arrobamiento, ni dice cosa que el Evangelista haya juzgado digna de referirnos…

El Magníficat responde a esta falsa idea. Toda la elocuencia cristiana no ha podido hacer más que comentar este canto de María, que ha conservado sobre los más bellos discursos la ventaja de ser proferido antes del suceso y de ser su brillante profecía.

Después de esto, el silencio de María a los pies de Jesús recién nacido es por lo mismo más elocuente…

Calla, porque de tal modo está a la altura del misterio que su sublimidad no la arrebata ya, y porque toma en él tanta parte que está como identificada con él…

Calla, porque adora, porque ama, porque escucha ese maravilloso silencio de la Palabra Eterna que se deja oír de su Corazón.

¡Ah! si la otra María habría de escoger la mejor parte, manteniéndose silenciosa a los pies de Jesús y escuchando su palabra, ¿cómo hubiera hablado María, Madre de Dios, cuando Jesús calla exteriormente y habla dentro; doblemente digno de ser oído, en su silencio y en su palabra?

Finalmente, no tenía ya qué hablar desde que había dado a luz la Palabra; o más bien, hablaba, como hablará siempre esta Palabra, este Verbo que Ella ha dado al mundo.

Este es el sentido del silencio de María a los pies del Niño Dios, y sólo una narración eminentemente verdadera y divina ha podido respetarlo y dejarnos el cuidado de comprenderlo.

Esa es la tarea reservada a nuestra contemplación del misterio de la Navidad de María Santísima…

P. Ceriani