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jueves, 17 de noviembre de 2011

LOS TEMPERAMENTOS

LOS TEMPERAMENTOS


EL TEMPERAMENTO COLÉRICO 





(Capitulo anterior, ver aqui)

I. Esencia del temperamento colérico. 

   El alma del colérico por las influencias que recibe, se excita de inmediato y con vehemencia. La reacción sigue al instante. La impresión queda en el alma por mucho tiempo. 

II. Distintivo del colérico así del bueno como del malo. 

   El colérico siente y se entusiasma por lo grande - no busca lo ordinario, sino aspira a lo grandioso y sobresaliente. Tiende a lo alto, sea en las cosas temporales ambicionando una fortuna grande, un comercio muy extenso, una casa magnífica, un nombre prestigioso, un puesto destacado, - o sea en las cosas de su alma sintiendo en sí un deseo vehemente de santificarse, de hacer grandes sacrificios por Dios y por el prójimo y de salvar muchas almas para la eternidad. La virtud innata del colérico es la generosidad, que desprecia lo bajo y vil y suspira por lo noble, grande y heroico. 

   En estas sus aspiraciones a lo grande le apoyan: 

   1º  Un entendimiento agudo. Las más de las veces, si bien no siempre, el colérico es un buen talento; es un hombre intelectual, al paso que su fantasía y especialmente su vida interior no se hallan desarrolladas, sino han quedado un tanto raquíticas. 

   2º  Una voluntad fuerte, que no se amilana ante las dificultades, sino, por el contrario, emplea toda su vitalidad, y persevera a costa de grandes sacrificios hasta llegar a su meta. No conoce lo que es pusilanimidad y desaliento. 

   3º  Un gran apasionamiento. El colérico es el hombre de las grandes pasiones; rebosa de violento apasionamiento máxime cuando encuentra resistencia o persigue sus altos proyectos. 

   4º  Un instinto a menudo inconsciente de dominar y sujetar a los demás. El colérico ha nacido para mandar; está en su elemento, cuando puede ordenar y organizar las grandes masas del pueblo.

   La imprudencia es para el colérico un obstáculo sumamente peligroso en su aspiración hacia lo grande. El es al punto absorbido por lo que una vez ha deseado y se lanza apasionada y ciegamente hacia la meta concebida sin reflexionar siquiera, si el camino adoptado realmente conduce al fin. Ve este único camino elegido en un momento de pasión y de poca reflexión sin darse cuenta de que por otro camino pudiera llegar a su fin con mucha más facilidad y seguridad. Encontrándose ante grandes obstáculos en un camino errado puede, cegado por la soberbia, resolverse con dificultad a desandar lo andado, y prueba aún lo imposible por conseguir su fin. Llega, por decirlo así, a perforar la pared con la cabeza, teniendo al lado una puerta que le franquea la entrada. De este modo, malgasta sus energías, se ve alejado poco a poco de sus mejores amigos y acaba por estar aislado y mal visto en todas partes. Después de echarse a perder sus más bellos éxitos, todavía niega que él mismo es la causa principal de sus fracasos. Esta imprudencia en la elección de medios la pone de manifiesto también en sus aspiraciones a la perfección, de modo que a pesar de todos sus grandes esfuerzos no llegará a la perfección. El colérico puede prevenir este peligro sometiéndose dócil y humildemente a las normas del director espiritual. 

III. Cualidades malas del colérico. 

I. Orgullo: 

que se manifiesta sobre todo en los siguientes puntos: 

   a)  El colérico es muy pagado de sí mismo. Tiene en alta estima sus cualidades personales y sus éxitos y se tiene por algo excepcional y llamado a altos destinos. Hasta sus mismas faltas, por ejemplo, su orgullo, testarudez y cólera, las considera como justificables y aún dignas de toda aprobación. 

   b) El colérico es muy caprichoso y ergotista. Cree tener siempre razón, quiere tener la última palabra, no sufre contradicción y no quiere ceder en nada. 

   c) El colérico se fía mucho de sí mismo. Es decir, de su ciencia y facultades. Rechaza la ayuda ajena, gusta hacer solo los trabajos ya por creerse más apto que los demás en la plena seguridad de su propia suficiencia para llevar a feliz término la obra emprendida. Difícilmente se convence de que aún en cosas de pequeña monta requiere el auxilio divino; por lo cual, no es de su agrado impetrar la gracia de Dios y quisiera con sus propias fuerzas resistir victoriosamente a grandes tentaciones. Por esta presunción, en la vida espiritual cae el colérico en muchos y graves pecados y es esta también la causa porque tantos coléricos, a pesar de sus grandes sacrificios, no llegan nunca a hacerse santos. En él radica una buena parte del orgullo de Lucifer. Se conduce, como si la perfección y el cielo no debieran atribuirse en primer lugar a la gracia divina, sino a sus personales esfuerzos. 

   d) El colérico desprecia a su prójimo. A los demás los tiene por tontos, débiles, torpes y lerdos, por lo menos en comparación suya. Este menosprecio por el prójimo lo pone de manifiesto en sus palabras despreciativas, burlonas e inconsideradas y en su proceder altanero con los que le rodean, sobre todo con sus súbditos. 

   e) El colérico es ambicioso y mandón. Siempre quiere figurar en primer término, ser aplaudido y suplantar a los demás. Su ambición le hace empequeñecer, combatir, y perseguir a aquellos que se le cruzan en el camino, y esto no raras veces con medios poco nobles. 

   f) El colérico se siente hondamente herido cuando es avergonzado y humillado. No sin mal humor recuerda sus pecados, pues le obligan a tenerse en menos y no pocas veces llega hasta desafiar a Dios. 

II. Cólera 

   El colérico se excita profundamente por la contradicción, resistencia u ofensas personales. Este estado de ánimo se exterioriza por palabras duras, que si bien pronunciadas en forma cortés y correcta hieren, no obstante, hondamente por el tono en que las profiere. No hay nadie que pueda herir tan dolorosamente con menos palabras que un colérico. Pero lo más agravante es que el colérico, en la vehemencia de su ira, hace recriminaciones falsas y exageradas, y en su apasionamiento llega a interpretar mal y tergiversar las mejores intenciones del que se cree ofendido, y estas falsamente supuestas ofensas las reprocha con las expresiones más amargas. La justicia con que trata a sus semejantes hace que se enfríen sus mejores amistades.

   Su ira culmina no pocas veces en el paroxismo de la rabia y del furor; de aquí hay un solo paso al odio reconcentrado. Los grandes insultos jamás los olvida. El colérico en su ira y orgullo se deja llevar de acciones que el sabe muy bien que le serán perjudiciales, por ejemplo, a su salud, trabajo, fortuna; acciones por las cuales se verá obligado no solo a abandonar su empleo, sino también a romper con viejas amistades. El colérico es capaz de abandonar proyectos acariciados durante largos años, solamente por no ceder a un capricho. Dice el P. Schram en su "Teol. mist.",II.66: "El colérico prefiere la muerte a la humillación". 

III. Hipocresía y disimulo. 

   La soberbia y terquedad conducen al colérico no pocas veces a medios tan ruines como el disimulo e hipocresía, pudiendo ser, por otra parte, muy noble y sincero por naturaleza. No queriendo confesar una debilidad o derrota, disimula. Al ver que sus proyectos no salen a pedir de boca, a pesar de su empeño, no le resta más que fingir y valerse de fraudes y mentiras. El P. Schram dice en otro lugar: "Si es castigado, no corrige sus vicios, antes bien, los oculta".

IV. Insensibilidad y dureza. 

   El colérico es, ante todo, un hombre intelectual; tiene, por decirlo así, dos inteligencias, pero un solo corazón. Esta deficiencia en la vida sentimental le trae no pocas ventajas. No se apesadumbra al verse privado de consolaciones sensibles en medio de la oración y puede soportar por largo tiempo el estado de aridez espiritual. Es ajeno a sentimientos tiernos y afectuosos y aborrece las manifestaciones delicadas de amor y cariño que suelen nacer de las amistades particulares. Tampoco una mal entendida compasión es capaz de hacerle abandonar el camino del deber y de obligarle a renunciar a sus principios. Mas esta frialdad de sentimientos tiene también sus grandes desventajas. El colérico puede permanecer indiferente e insensible frente al dolor ajeno y si su propio encumbramiento lo reclama, no vacila en pisotear despiadadamente la felicidad que otros disfrutan. Sería de desear que los superiores de índole colérica se examinaran diariamente, si no han sido tal vez duros y exigentes con sus súbditos, particularmente con los enfermizos, débiles de talento y remisos. 

IV. Cualidades buenas del colérico 

   Cuando el colérico pone su vitalidad característica al servicio del bien, llega a ser un instrumento sumamente apto para la gloria de Dios y la salvación de las almas redundando todo ello en su propio aprovechamiento espiritual y temporal. A todo ello contribu­ye sobremanera la agudeza de su entendimiento, su aspiración a lo noble y grande, el vigor y decisión de su varonil voluntad y esa maravillosa amplitud y claridad de miras con que concibe sus pensamientos y proyectos.

   Con relativa facilidad puede llegar el colérico a la santidad. Los santos canonizados por la Iglesia, son, en su gran mayoría, coléricos o melancólicos Un colérico sólidamente formado no siente mayores dificultades para mantenerse recogido en la oración; pues, con la energía de su voluntad desecha fácilmente las distracciones; y ello se explica ante todo tomando en cuenta que por naturaleza sabe reconcentrar con gran prontitud e intensidad toda su atención en un determinado asunto. Y esta es probablemente también la razón por que los coléricos llegan tan fácilmente a la contemplación, o, como la llama Santa Teresa, a la oración de la quietud. En ningún otro temperamento podrá hallarse la contemplación propiamente dicha con tanta frecuencia como en el colérico. El colérico bien desarrollado, es muy paciente y fuerte en sobrellevar dolores corporales, sacrificado en los sufrimientos, constante en penitencias y mortificaciones interiores, magnánimo y noble para con los menesterosos y débiles, lleno de repugnancia contra todo lo vil y bajo. Y aunque la soberbia penetre el alma del colérico, por decirlo así, en todas sus fibras hasta las últimas ramificaciones, de modo que parezca no tener otra pasión más que la soberbia, sabe no obstante sobrellevar y aun buscar voluntariamente las más vergonzosas humillaciones, si seriamente aspira a la perfección. Por su naturaleza insensible y dura tiene pocas tentaciones de concupiscencia y con gran facilidad puede llevar una vida casta. Sin embargo, entregándose el colérico voluntariamente al vicio de la impureza y buscando en él su satisfacción, resultan atroces y horrendas en él las erupciones de esta pasión. 

   El colérico logra hacer grandes cosas también en su labor profesional. Por ser su temperamento activo, se siente incitado continuamente a la actividad y al trabajo. No puede estar desocupado y sus trabajos los hace con rapidez y aplicación; todo le va muy bien. En sus empresas es persistente y no se amedrenta ante dificultades. Puede colocárselo sin cuidado en puestos difíciles y confiarle grandes cosas. En el hablar el colérico es breve y conciso; ni es amigo de inútiles repeticiones. Esa forma breve, concisa y firme en su hablar y presentarse da a los coléricos, que trabajan en la educación, mucha autoridad. Las educadoras coléricas tienen algo de varonil y no dan a sus alumnos el brazo a torcer como les pasa muchas veces a las melancólicas indecisas. Los coléricos además saben callarse como un sepulcro. 

V. De lo que el colérico tiene que observar particularmente en su propia educación. 

   1.  El colérico debe sacar grandes pensamientos de la palabra de Dios (meditación, lectura, sermón), o de la experiencia de su propia vida. Ellos han de arraigarse bien en su alma y entusiasmarle siempre de nuevo hacia el bien y las cosas de Dios. No hace falta que sean muchos esos pensamientos. Al colérico San Ignacio de Loyola, le bastaba el de: "Todo para la mayor gloria de Dios"; al colérico San Francisco Javier: "¿Qué aprovecha al hombre ganar el mundo entero si con ello daña su alma?". Un buen pensamiento, que cautiva al colérico le servirá de norte y guía para conducirlo, a pesar de todas las dificultades a los pies de Jesucristo. 

   2.  Un colérico debe aprender a pedir diariamente a Dios con constancia y humildad su ayuda divina. Mientras no haya aprendido esto, no adelantará mucho en el camino a la perfección. Pues también para el colérico vale la palabra de Cristo: "pedid y recibi­réis". Y si además se venciera para pedir un consejo y apoyo a su prójimo, aunque no fuera sino a su superior o confesor, adelantaría aún más. 

   3.  Un colérico debe dejarse llevar en todo por este buen propósito: No quiero buscar nunca mi propia persona, sino he de considerarme siempre: a) como instrumento de Dios que El puede usar a discreción, y b) como siervo de mi prójimo, que diariamente se sacrifica por los demás. Debe obrar según la palabra de Cristo: "Quien entre vosotros quiera ser el primero, sea el siervo de todos". 

   4.  Un colérico tiene que luchar continuamente contra el orgullo y la ira. El orgullo es su desgracia, la humildad su salvación. Por lo tanto: a) ¡haz sobre este punto tu examen particular por mucho años! b) ¡humíllate por propia iniciativa ante los superiores, el prójimo y la confesión! ¡Pide por una parte a Dios y a los que más de cerca te rodean, humillaciones, y por otra acepta con generosidad las que te sobrevengan! Vale más para un colérico ser humillado por otros que humillarse a sí mismo. 

VI. De lo que hay que observar en la educación de un colérico.

   El colérico puede con sus facultades ser de grande utilidad a la familia, a los que le rodean, a la comunidad y al estado. Pues ha nacido para ser jefe e incansable organizador. El colérico bien educado va en pos de las almas extraviadas sin descanso ni respeto humano. Propaga con constancia la buena prensa y trabaja de buena gana a pesar de malos éxitos en el florecimiento de las asociaciones católicas, siendo así una bendición para la Iglesia. Mas, por otra parte, si el colérico no combate las malas cualidades de su temperamento, la ambición y la obstinación le podrán llevar al extremo de causar como la pólvora, grandes estragos y confusión en las asociaciones públicas y privadas. Por lo cual, el colérico merece una esmerada educación, sin escatimar trabajos y sacrificios, ya que son grandes los bienes que ella aporta. 

   1.  Al colérico hay que perfeccionarlo bien en cuanto sea posible, a fin de que aprenda realmente algo, siendo sus aptitudes excelentes. De lo contrario, querrá el mismo perfeccionarse más tarde, descuidando su labor profesional o, lo que es mucho peor, envaneciéndose sobremanera de sus habilidades aunque en realidad no haya cultivado sus aptitudes, ni en rigor haya aprendido algo. 

   Los coléricos menos aprovechados de talento o con sus facultades poco desarrolladas (en las fuerzas de sus facultades), pueden llegar, una vez independientes o con el cargo del superior en las manos a grandes desaciertos y amargar la vida, de los que les rodean, obstinándose en sus ordenanzas, aunque no entiendan mucho ni tengan claros conceptos de lo que se trata. Tales coléricos obran a menudo según aquel famoso axioma: "Sic volo, sic jubeo; stat pro ratione voluntas". Así lo quiero, así lo ordeno; baste mi voluntad por razón. 

   2.  Hay que inducir al colérico a que se deje educar voluntariamente, es decir, a que acepte voluntaria y alegremente todo lo que se le ordena para humillar su orgullo y refrenar su cólera. No se corregirá el colérico con un tratamiento duro y orgulloso, antes bien, se agriará y endurecerá más; en cambio, proponiéndole razones y motivos sobrenaturales se le podrá llevar fácilmente a lo bueno. En la educación del colérico no hay que dejarse llevar por la ira diciendo: "A ver si llego a romper la terquedad de este hombre". Al contrario, hay que quedarse tranquilo y esperar a que también se tranquilice el educando; luego, se le podrá hablar en estos términos: "Sea sensato y déjese conducir de manera que puedan subsanarse sus faltas y ennoblecerse lo bueno en usted". 

   También en la educación del niño colérico lo principal será el sugerirle buenos pensamientos, ponerle ante los ojos su buena voluntad, su pundonor, su repugnancia a lo bajo, insinuarle su felicidad temporal y eterna e inducirle a corregir bajo la dirección del educador, sus faltas y perfeccionar sus buenas cualidades, por iniciativa propia. No conviene agriar al niño colérico con castigos vergonzosos, sino más bien hay que persuadirlo de la necesidad y justos motivos del castigo impuesto. 

SANTORAL 17 DE NOVIEMBRE


17 de noviembre



SAN GREGORIO TAUMATURGO,
Obispo y Confesor

Quien cree en mí, ése hará también las obras
que yo hago, y las hará todavía mayores. 
(Juan, 14, 12).

   San Gregorio, pagano rico del Ponto, descollaba ya en el foro cuando encontró a Orígenes. Bautizado cinco años después, desprendióse de todo y se hizo ermitaño. Consagrado, a pesar de haber huido, obispo de Neocesárea, su patria, no fue su episcopado sino una larga serie de prodigios; de ahí su apodo de Taumaturgo u obrador de milagros. Un sacerdote pagano se convirtió al ver a una roca retroceder para dar lugar para una iglesia. En el año 240 no había encontrado más que 17 cristianos en su provincia; al morir dejó en ella, en el año 270, sólo 17 paganos.

MEDITACIÓN
SOBRE TRES EFECTOS DE NUESTRA FE

    I. La fe de los santos ha sido admirable: ha transportado montañas, curado enfermos, resucitado muertos, desafiado tormentos. ¿Tienes fe tú? ¿Crees que existe Dios, paraíso e infierno? En verdad, la mayor parte de los cristianos no lo creen. Reanina la virtud de la fe en tu alma produciendo actos de fe sobre los principales misterios del cristianismo. Si tu fe estuviese bien viva, veríanse sus frutos en tus obras.

   II. Si tuvieses fe, no sólo harías los prodigios que han hecho los santos, sino que, primeramente imitarías sus virtudes y las de Jesucristo. Si creyeses firmemente que una eternidad de gloria espera a los que imitan a Jesucristo, ¿acaso no despreciarías la riquezas y los placeres para abrazar la Cruz? No es verdadero cristiano aquél que no imita a Jesucristo, por lo menos en la medida en que la permite la fragilidad de nuestra naturaleza. (San Cipriano).

   III. La fe, que debía salvarnos, nos condenará en el día del juicio si nuestros actos no responden a nuestras creencias. Los infieles nos reprocharán haber abusado de las luces y de las gracias que hemos recibido en la Iglesia católica. ¿Qué responderás entonces? ¿cuál será tu excusa? Si se exige más al que más ha recibido, si es pecado conocer el bien y no practicarlo, terrible será la cuenta que habremos de dar en el último día. De nada sirve llevar el nombre de un santo si no imitamos sus virtudes. (Salviano).

Espíritu de fe -Orad
por la conversión de los idólatras.

ORACIÓN

   Haced, oh Dios omnipotente, que la augusta solemnidad del bienaventurado Gregorio, vuestro confesor pontífice, aumente en nosotros el espíritu de piedad y el deseo de la salvación. Por J. C. N. S. Amén.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

MILAGROS EUCARÍSTICOS

Salvación de un Naufragio
Año 390, Italia



En los primeros siglos de la Iglesia se permitía a los fieles, cuando habían de emprender un peligroso viaje, llevar consigo la Sagrada Eucaristía.

En cierta ocasión, Sátiro, hermano del gran obispo Ambrosio, se embarco en Italia con rumbo a las solitarias playas de África. La nave se deslizaba sobre la superficie del mar, cuando de pronto cedió la brisa, siguiéndose una calma precursora de gran tempestad. El cielo limpio y diáfano fue empañándose más y más, y un continuo relampaguear indicaba fraguarse la tormenta amenazadora.

Fue tomando cuerpo y cerrándolos horizontes la nube plomiza de la tormenta que al pasar por el cenit rompió como si el fuego expansivo de un volcán se encerrase en sus entrañas.

El mismo mar, antes espejo transparente y fiel trasunto de la limpidez y serenidad del cielo, se mostraba turbio y embravecido ahora, barriendo en sus oleadas de hirviente espuma, la cubierta del barco, que amenazaba sepultar en los abismos.

En lucha tan gigantesca se deshace por momentos el bajel, y Sátiro al darse cuenta del inminente peligro no quiere morir privado del Sagrado Misterio, por lo cual se dirige presuroso a los cristianos compañeros suyos de viaje rogándoles le concedan el poder llevar consigo la Prenda Divina, objeto de su mayor consuelo: y aún cuando por ser catecúmeno no le era lícito ni siquiera ver la Sagrada Eucaristía, sin embargo debido a sus muchas instancias, logra al fin la gracia suspirada de llevarla encima del pecho envuelta en un blanco y finísimo lienzo.

Al verse en posesión del Tesoro de los Cielos se tiene Sátiro por feliz y dichoso, y mucho más al sentir en su alma una confianza ilimitada en la virtud del Sacramento, de suerte que en el mismo instante del naufragio se arroja decidido al mar, y sin ayuda de ninguno de los restos de la nave, a los que se asían fuertemente los demás  tripulantes, experimenta el manifiesto milagro de andar por encima de las aguas como si estuviera en tierra firme, y llega el primero a la hospitalaria playa de Cerdeña.

Persuadido Sátiro que el Santísimo Sacramento le había hecho tan milagrosamente salvado, creyó que mayores favores recibiría cuando lo albergase en su pecho, y determinó cuanto antes recibir el Santo Bautismo.

San Ambrosio refirió este prodigio en la oración fúnebre que pronunció en Milán con motivo de las solemnes exequias de su difunto hermano San Sátiro.

La Iglesia honra su memoria el día 17 de septiembre
(Rohbacher, Historia Universal de la Iglesia,lib, 36.)

SANTORAL 16 DE NOVIEMBRE


16 de noviembre 


SAN EDMUNDO, 
Obispo y Confesor



El reino de Dios está en vuestro interior .
(Lucas, 17, 21) .

   San Edmundo tuvo una piadosa madre y amó a la Santísima Virgen desde muy tierna edad; diole él un anillo como prenda de su fidelidad. Sabiendo que San Juan Evangelista gozaba de predilección ante María y Jesús, lo invocaba todos los días. Brillante escolar, en Oxford primero y después en París, siempre llevaba un cilicio. Decía a menudo: "Amaría a mis enemigos aun cuando me arrancaran los brazos y los ojos", y, hablando del pecado: "Si viese el infierno de un lado y el pecado del otro, antes elegiría el infierno". Consagrado arzobispo de Cantorbery, en 1234, defendió con firmeza los derechos y los bienes de la Iglesia contra Enrique III. Murió en 1240

MEDITACIÓN
SOBRE CÓMO REGULAR LO INTERIOR

   I. Toda la perfección del cristiano consiste en regular bien el interior. La virtud está en el alma y no en el cuerpo; de tal modo nadie podría constreñirnos a cometer el mal, teniendo en cuenta que no podría forzar nuestra voluntad. ¿Cómo usamos de nuetra libertad? ¿Somos dueños de nosotros mismos? ¿No tomamos pretexto de nuestros empleos, de las ocasiones a que nos encontramos expuestos, para excusar nuestras faltas? Podemos ser santos aun en medio de los impíos.

   II. ¿Qué cuidado tienes de tu alma? ¿Cuánto tiempo consagras cada día a tu salvación? Interroga a tu conciencia. ¿No te responde que sacrificas tu alma a tu cuerpo, haciendo todo por él y nada o casi nada por ella? Piensa cada día, durante algunos momentos, en lo que debes y puedes hacer por la salvación de tu alma.

   III. De todas tus ocupaciones, no hay ninguna más útil que el cuidado de tu salvación, puesto que se trata de una eternidad bienaventurada; ninguna tampoco más fácil, puesto que todo depende de ti. No está en tu poder adquirir una gran fortuna, ser un sabio distinguido, tener ingenio, o salud, pero no depende sino de ti ser santo. Haz lo que puedas y Dios te dará todas las gracias necesarias. Rompe las ligaduras de las ocupaciones vanas, cuya ininterrumpida sucesión nos quita toda libertad. (San Euquerio).

La devoción a la Santísima Virgen
Orad por los servidores de María.

ORACIÓN

   Haced, oh Dios omnipotente, que la augusta solemnidad del bienaventurado Edmundo, nuestro confesor pontífice, aumente en nosotros el espíritu de piedad y el deseo de la salvación. Por J. C. N. S. Amén.

martes, 15 de noviembre de 2011

LA BELLEZA COMO TESTIMONIO DE LA EXISTENCIA DE DIOS...

LA BELLEZA




A.-  LA BELLEZA COMO TRASCENDENTAL
B.-  DOS FACETAS DE LA BELLEZA
C.-  DESCRIPCIÓN OBJETIVA DE LA BELLEZA
D.-  CUALIDADES DE LA COSA BELLA
1º) Orden
2º) Integridad
3º) Proporción
4º) Nitidez
5º) Indivisibilidad
E.-  DESCRIPCIÓN SUBJETIVA DE LA BELLEZA
F.-  CUALIDADES DEL GOZO DE LO BELLO
G.-  GRADOS DE LA BELLEZA
H.-  LO FEO

A. -  LA BELLEZA COMO TRASCENDENTAL

            La consideración del ser en cuanto tal muestra tan vastísima amplitud y tan rica simplicidad que, de inmediato, se manifiesta como Unidad, Verdad y Bien. Estas son sus propiedades, las cuales no le agregan adición o diferenciación alguna.

            La Verdad es el ser en su aptitud de alumbrar toda inteligencia. El Bien en la de saciar todo apetito. Ambos son trascendentales que siguen al ser de inmediato, en toda su extensión. Donde hay carencia de ser o de existir debido, hay error o mal.

            La presencia del ser es augusta. Comunísimo, está en toda cosa; sin embargo, cuando se manifiesta nítido, deslumbra. Para ello, la cosa tiene que cumplir su definición sin deterioro alguno. Si presenta así su luz distinta, su definición en un acto real, decimos que es bella.

            La Belleza en sí misma se extiende tanto como el ser, como la forma o perfección, y sigue, como propiedad trascendental suya, todos los grados de sus realizaciones análogas.

            Desde el Acto Puro, Ser en sí, hasta el último ser enteramente material, pasando por los seres puramente espirituales (los Ángeles), los espirituales unidos a la materia (el hombre), los sensitivos y vegetativos, también la Belleza va descendiendo y como degradándose a través del descenso del acto del ser con quien se identifica.

            La Belleza pertenece al orden de los trascendentales, es decir, de los objetos de pensamiento que superan todo límite de género o de categoría, y que no se dejan encerrar en ninguna clase, porque lo penetran todo y se encuentran en todo.

            Lo mismo que la Unidad, la Verdad y el Bien, la Belleza es el ser mismo tomado bajo un cierto aspecto; es una propiedad del ser: es el ser tomado como capaz de deleitar una inteligencia por su sola intuición. Y de este modo, toda cosa es bella, lo mismo que toda cosa es una, verdadera y buena, al menos bajo una cierta relación.

            Y como el ser está presente en todas las cosas y en todas ellas es distinto, del mismo modo la Belleza está difundida por todas las cosas y en todas es varia.

            En realidad sólo en Dios, Belleza en sí, logra su plena e infinita realización. Toda forma es bella en la medida de su perfección, de la preponderancia del acto o ser que encierra, en la medida de su alejamiento de la potencia.

            Los conceptos análogos se dicen propiamente de Dios cuando la perfección que ellos designan existen en Él de una manera «formal-eminente», en estado puro e infinito. Dios es entonces su «supremo analogado», y esos conceptos sólo vuelven a hallarse en las cosas como un reflejo disperso y prismatizado de la faz de Dios. En ese sentido, la Belleza es uno de los Nombres divinos.

            Dios es la Belleza misma, porque Él da la belleza a todos los seres creados, según la propiedad de cada uno, y porque es la causa de toda consonancia y de toda claridad.

            De este modo, la belleza de la criatura no es otra cosa que una semejanza de la belleza divina participada en las cosas.

            La Belleza, pues, es un trascendental que sigue al ser mediante la Verdad y el Bien.

            Mediante la Verdad, porque es la manifestación de la esencia de una cosa, de su perfección específica; esto es, de lo que tiene de verdadero.

            Mediante el Bien, porque no se trata de una manifestación cualquiera de una esencia, sino en el hecho real de su existencia en lo concreto. A esta saciedad de la esencia en una plenitud existente, llamamos Bien.

Verdad y Belleza: La Verdad y la Belleza tienen un mismo fundamento: la esencia de las cosas. La diferencia consiste en cuando se trata de la Belleza, el entendimiento se queda detenido en la visión de la esencia realizándose en un caso concreto; intenta la posesión de la forma sustancial como presencia. En cambio, cuando se trata de la Verdad, al entendimiento le interesa la esencia en sí, separada de la materia; se aparta del sujeto concreto para conocer lo que la cosa en específicamente.

            La Verdad es un sostén de la Belleza. La relación de la Verdad con la Belleza no es necesario que sea expresa y, menos aún, explicada: debe ser supuesta, puesta debajo. De allí el gran valor de la sugerencia en el arte.

            Por eso, dos extremos pueden darse en el arte: el desprecio de la Verdad y el exceso del verismo.

            La quimera, la fábula, el cuento de hadas, el arte expresionista, el surrealismo, valen en la medida en que sus obras son signos asentados en una verdad. No importa que la materia de la quimera o la fábula sea una ficción; lo que importa es que esas materias estén asistidas interiormente, en sus cualidades propias, por una verdad.

            El exceso del verismo dio origen a dos escuelas: la Academia y el Realismo.

            La Academia se propuso la veracidad óptica. Su principio fue erróneo. Los impresionistas han demostrado que el fenómeno visual está regido por leyes de compensación y armonía, las cuales son aprehendidas por la inteligencia, no por el ojo.

            El Realismo es una reacción contra el Romanticismo. Frente a la exaltación de las pasiones (lo cual ponía al arte al servicio de la mentira), los realistas dijeron «El arte es verdad». Este carácter negativo de reacción quedó como determinación esencial del Realismo.


Bien y Belleza: El Bien y la Belleza se consuman en la realidad concreta. Llamamos Bien a todo lo que actualiza las posibilidades de una esencia en una existencia individual.

            La diferencia con la Belleza estriba en que a ésta no importa esa posesión positiva de las perfecciones que plenifique a una esencia en una existencia concreta y cumplida, sino su pronunciar la esencia como presencia. Interesa su luz óntica, no su sazón. Pero, la manifestación de esa luz supone siempre algo de dicha sazón, la del Bien.

            Dice Santo Tomás: «El bien y lo bello son en el sujeto una sola cosa, porque uno y otro tienen la forma por base, y por este motivo se elogia el bien como bello; pero difieren en sus razones: porque, hablando con propiedad, el bien se refiere al apetito, puesto que se llama bueno lo que todos apetecen; y por esto tiene razón de fin, porque el apetito es como un mover a una cosa. Pero lo bello se refiere a la facultad intelectiva; porque se dicen bellas las cosas que vistas deleitan. Así que lo bello consiste en cierta debida proporción, porque el sentido se recrea en las cosas debidamente proporcionadas, como semejantes a él; por cuanto el sentido es también cierta proporción, como lo es toda facultad cognitiva. Y, como el conocimiento se adquiere por la asimilación, y ésta mira a la forma, lo bello corresponde propiamente a la razón de causa formal» (I, q. 5, a. 4, ad 1).

            Y más adelante: «Lo bello es realmente lo mismo que lo bueno, y sólo difieren en sus razones: porque es propio del bien que en él se aquiete el apetito; pero también es propio de la belleza que en su vista o conocimiento se aquiete el apetito. Por lo cual perciben principalmente la belleza aquellos sentidos que son más cognoscitivos, como la vista y el oído, que sirven a la razón. Y así es evidente que la belleza añade a lo bueno cierto orden a la potencia cognoscitiva; de tal modo que se llama bueno todo lo que simplemente complace al apetito, y se llama bello aquello cuya misma aprehensión nos complace» (I-II, q. 27, a. 1, ad 3).


            Es de tener en cuenta el hecho de que los hombres sólo se comunican verdaderamente entre sí pasando por el ser o por una de sus propiedades; sólo por ahí se evaden de la individualidad en que los aprisiona la materia.

            Si permanecen en el mundo de sus necesidades sensibles y de su yo sentimental, no llegarán a entenderse, por más que el trabajo, la diversión o el placer aparenten unirlos.

            Pero, si se llega al Bien (como los santos), a la Verdad (como los sabios), a la Belleza (como los artistas), entonces el contacto se ha establecido y las almas se comunican.

            Los hombres sólo se reúnen realmente por el espíritu, sólo la luz los une; la luz que reúne todas las cosas intelectuales y racionales y las hace indestructibles.

(Autor desconocido)


Continua el próximo martes...




SANTORAL 15 DE NOVIEMBRE



15 de noviembre



SAN ALBERTO MAGNO,
Obispo, Confesor y Doctor

Vosotros sois el cuerpo de Cristo
y miembros unos de otros.
(1 Corintios, 12, 27)

   Habiendo entrado en la Orden de Santo Domingo, en sus comienzos entonces, San Alberto perseveró en ella a pesar de la oposición de su familia. Fue dedicado a los estudios y a la enseñanza de la filosofía y de la teología, en las que se distinguió como uno de los más grandes espíritus de su siglo y como maestro de Santo Tomás de Aquino. Obligado por el Papa a aceptar, en 1260, el obispado de Ratisbona, pronto obtuvo su relevo para poder retomar sus lecciones. En el concilio de Lyon, en 1274, empleó toda su influencia para restablecer la unión con los griegos cismáticos. Murió, a edad muy avanzada, el 15 de noviembre de 1280.

MEDITACIÓN 
SOBRE LA VIDA ACTIVA
y SOBRE LA VIDA CONTEMPLATIVA

   I. Todos los fieles componen un cuerpo cuya cabeza es Jesucristo; es menester, pues, que los miembros tengan oficios diferentes. ¡Cuán dulce es no tener comercio con las creaturas y conversar sólo con Dios! Es hacer en la tierra lo que los Ángeles y los santos hacen en el cielo. Si nuestra alma no busca ni ama sino a su Creador, en quien encuentra encantos infinitos, las creaturas no ejercen ya atractivo sobre ella. Señor, atraed mi alma a Vos, desembarazadme de tantos inútiles cuidados que me impiden platicar con Vos.

   II. La caridad, la obediencia y tu posición no te permiten llevar una vida puramente contemplativa con Magdalena, es preciso vivir una vida activa con Marta. Tienes más ocasiones de caer en los lazos del demonio, manténte, pues, en guardia. No imites a los malos con los cuales vives; conviértelos si puedes. Entre las creaturas, conserva la unión de tu corazón con Dios. Realiza, a imitación de los santos, obras de misericordia; alivia a tu prójimo por amor a Jesucristo, considéralo en la persona de aquéllos con quienes estás en relación; entonces les prestarás todos los buenos oficios, sin esfuerzo y sin peligro para ti; las creaturas elevarán tu corazón a Dios.

   III. Une los ejercicios de la vida contemplativa con las ocupaciones de la vida activa, de modo que la una no impida a la otra. Cumple todos los deberes de cortesía y de caridad que los compromisos del mundo te imponen, Dios lo quiere; pero evita todas las conversaciones inútiles, y administra tu tiempo de manera que te quede el suficiente para conversar con Dios. Es la vida que Jesucristo llevó en la tierra. ¡ Ay! ¿qué hacen los cristianos? ¡Dan a los negocios del mundo todas las horas del día, y no reservan ni un momento para pensar en Dios y en su salvación! Nos traicionamos a nosotros mismos entregándonos por entero a lo que no puede seguirnos a la otra vida. (San Juan Crisóstomo).

La práctica de las buenas obras 
por los profesores de teología.

ORACIÓN

   Oh Dios, que hicisteis grande al bienaventurado Alberto, vuestro pontífice y doctor, en la sumisión de la sabiduría humana a la fe divina, concedednos que nos adhiramos a su enseñanza y gocemos así en el cielo de la luz perfecta. Por J. C. N. S. Amén.

lunes, 14 de noviembre de 2011

AMOR Y FELICIDAD


Pablo Eugenio Charbonneau

Noviazgo
y
Felicidad



III
Tu novia


Continuación de parte anterior. Ver aquí

 

7. Preparar su felicidad

Para aquellos hombres a quienes pudiera desanimar semejante tarea, después de lo que hemos dicho del alma femenina y de su complejidad, recordaremos simplemente esta verdad, que ellos sin duda descubrirán, siguiendo a Gustave Thibon, a medida que comprendan el alma femenina: «Las mujeres son complejas… ¡Nada de eso! Son singularmente simples, transparentes, penetrables… Somos nosotros los que complicamos las cosas con ellas, y a esto lo llamamos complejidad. La sedicente complejidad de las mujeres está únicamente en la impotencia de los hombres para captar su simplicidad» [1].

Lo principal, en realidad, es aplicarse a conocerlas. Esto se realizará en el curso de los años, con tal de que el hombre se mantenga siempre atento a esta obligación.

Hay que trasladar a la vida matrimonial esta atención constante, esta solicitud inquieta que caracteriza a los novios. Cuando el novio se convierte en el marido, el cambio no debe hacerse en menos sino en más. No se debe uno volver menos paciente, sino más paciente; no menos delicado, sino más delicado; no menos despierto, sino más despierto; y, para decirlo todo, no menos comprensivo sino más comprensivo. Tiene la mayor importancia persuadirse bien de esa necesidad. La desgracia, en efecto, no hace su aparición en el hogar de repente, en mitad de la vida. Se infiltra poco a poco, se desliza imperceptiblemente durante los primeros meses; esto comienza, en cuanto el marido se aparta demasiado de su mujer y empieza a no comportarse con ella más que por costumbre. Entre un hombre y una mujer, hay tantos motivos de posible confusión, que quien no tiene buen cuidado en ello ve muy pronto multiplicarse obstáculos, sin cesar más peligrosos. El peligro para el hombre está en dejarse adormecer por una rutina fácil, no hallarse ya en estado de amor activo. Que será como consentir en el fracaso porque el hogar estará muy pronto envenenado por la indiferencia.

Desde el principio y siempre, el marido debe ser ante su mujer un hombre consciente, hábil, que sabe lo que debe decir, cómo decirlo, lo mismo que debe saber lo que debe hacer, cómo hacerlo y cuándo. Renunciar a la disciplina personal que supone semejante estado, es —sin la menor duda— cultivar la inconsecuencia y aceptar perder el amor de su mujer. Todo esposo debe estar profundamente persuadido de esta verdad, corroborada por muchos fracasos. El marido puede hacer la felicidad o la desgracia de su mujer: a él le corresponde mostrarse consciente de esas posibilidades y escoger.



Vuestro amor



Lo que hemos dicho hasta aquí nos lleva ahora a tratar del amor. Conocerse mejor para amarse mejor, hemos escrito anteriormente. Un muchacho y una joven creen que se aman y creen en el amor, ésta es la razón de ser del noviazgo.

Unos novios no podrían definirse de otra manera: son los que tienen fe en el amor. Quien dice «novios» evoca, en efecto, una pareja juvenil, entusiasta, radiante, disponiéndose a apostar por su amor de veinte años, la existencia entera.

En tal estado de espíritu, los novios que comprenden, aquellos a los que la vida ha enriquecido o empobrecido con una experiencia que quieren compartir, repetirles que hay que ser prudentes… que el amor tiene sus peligros… que el mañana puede reservarles sorpresas… todo eso les crispa de rabia. Piensan que se trata de consejos de viejo chocho, y piensan interiormente que el fuego de su amor los preserva y los preservará siempre de los ataques de la vida. ¿Qué pueden importarles a ellos esas recomendaciones que juzgan derrotistas, pesimistas, y que atribuyen, con una hermosa inconsciencia, a aquellos que no tienen ya que vivir porque han vivido demasiado?

Y, sin embargo, sin mostrar ninguna tendencia enfermiza al pesimismo, sin sentir ninguna inclinación mórbida por los vaticinios amenazadores, por las profecías de desdicha, sino basado sobre la sola realidad innegable de los múltiples fracasos matrimoniales, no puede uno dejar de pronunciar un desagradable «¡Cuidado!». Desagradable, tal vez; útil, con toda seguridad.

Útil, porque es una puesta en guardia prudente contra la irreflexión y contra la imaginación. Porque son esas desviaciones las que deben temerse cuando se entra en el universo embriagador del amor. La irreflexión, primero. Es asombroso ver parejas juveniles aventurarse en el matrimonio sin reflexionar acerca de las obligaciones que esto implica. Si se tratara de invertir dinero en algún negocio, qué cuidado no tendrían en medir el riesgo, por miedo a perder su capital. Sin embargo, lo que se arriesga en el matrimonio es de un alcance mucho más considerable, porque se trata de la felicidad, y cuando ésta se ha perdido, no se puede ya recobrar por ningún medio. El amor es esencialmente un compromiso recíproco que encadena uno a otro, al hombre y a la mujer que se aman; quedarán ligados de un modo tan estrecho que desde aquel momento les será imposible ser felices más que el uno por el otro. Proclamar su amor es adquirir el compromiso de dedicarse a conducir al otro al país maravilloso de la felicidad, cualesquiera que sean los sacrificios impuestos, las renuncias exigidas. ¿Son conscientes de esto los jóvenes cuando, a los veinte años peco más o menos, entran en el amor como en la alegría, y creen haber encontrado ya el camino de la felicidad? Tendrán un despertar amargo los que no han suscitado en sí mismos la gran inquietud del amor. La vida común deshará los sueños puerilmente optimistas a los que se habían entregado, y no les quedará más que deplorar con estériles lamentaciones, el no haber sabido escuchar a quienes les invitaban a la reflexión. El amor se venga terriblemente de los que han ignorado sus dimensiones y sus exigencias. Cuando se desploma lo arrastra todo consigo entre el estruendo aterrador de dos vidas que se vienen abajo; todo, es decir, todas las esperanzas, todas las alegrías, todas las posibilidades de felicidad; y provoca, en cambio, un sufrimiento que invade el alma y la vida entera de los desdichados que se han equivocado. Musset tenía razón, mucha más de lo que él creía: «No se juega con el amor». Unos novios que, en cierta medida, no fueran unos inquietos, correrían a su pérdida. Deben examinar su amor a fin de probar su calidad.

1. ¿Se aman de verdad?


Sería preciso que todos los novios aceptasen cultivar esta inquietud en ellos: la inquietud del amor. O, más exactamente, la inquietud de su amor. No es que deban abandonar sus esperanzas, lo cual sería desastroso, porque ¿quiénes han de vivir de esperanzas sino un joven y una muchacha que entran en la vida a impulsos del amor? A ellos más que a nadie les está permitida la esperanza, les está incluso impuesta. Pero esta esperanza será tanto más sólida cuanto que habrá sabido guardarse de toda ceguera, tanto más seria cuanto que habrá preferido la inquietud al arrebato irreflexivo. Unos novios pasionales se hallarán al borde del abismo si se adentran en el matrimonio sin preocuparse de sondear la profundidad, las posibilidades y los límites de su amor.

Matrimonio y amor son, en efecto, las dos caras, muy diferentes, de un mismo amor. Y es que el amor es una cosa del presente mientras que el matrimonio que se erige sobre un amor actual, compromete también el porvenir. Aquí aparece la principal dificultad a la cual han de hacer frente los novios. Jacques Madaule sintetiza con mucha exactitud ésta difícil situación cuando escribe: «El matrimonio está basado en la duración mientras que el amor está edificado sobre el instante» [2].

En el umbral de un matrimonio indisoluble, en el momento de contraer una unión caracterizada por lo irrevocable, a punto de pronunciar un «sí» cuya verdadera significación es «siempre», hay que tener el valor de ir más allá de las apariencias para situarse en el corazón de la pregunta. Ahora bien, ésta se formula esencialmente del modo siguiente:

1º ¿Nos amamos verdaderamente?

2º ¿En qué condiciones puede durar nuestro amor?

Unos novios que no se comprometan el uno ante el otro hasta el punto de intentar responder sistemáticamente a esas preguntas, se arrojarían de cabeza en la más irremediable necedad. Porque sería realmente una necedad el crearse unas obligaciones tan cargadas de consecuencias como las que surgen de un «sí» cuyas repercusiones se prolongan durante toda la vida terrena hasta la eternidad, sin preocuparse de conocer la fuerza de que se dispone para asumir esas responsabilidades. Hay que decirlo y repetirlo una vez más, repetirlo con una insistencia fastidiosa, en caso necesario, porque hay demasiados que siguen ignorando esta verdad: Decirse; enamorado es una cosa; estar enamorado es otra. De igual modo, estar enamorado hoy, es una cosa; seguir enamorado, durante toda su vida, es otra.


[1] Gustave Thibon, Ce que Dieu a uni, Lardanchet, Lyón 1947, p. 159.
[2] Jacques Madaule, Le mystère de l’amour, en Le couple chrétien, Amiot-Dumont, París 1951, p. 41.

SANTORAL 14 DE NOVIEMBRE



14 de noviembre




SAN LORENZO DE DUBLIN,
Obispo y Confesor



Vosotros al presente a la verdad padecéis tristeza;
pero yo volveré a visitaros, y vuestro corazón
se bañará en gozo, y nadie os quitará vuestro gozo.
(Juan, 16).

   A la edad de diez años, el joven Lorenzo, irlandés, debió ser entregado por su padre como rehén, y fue cruelmente maltratado por espacio de dos años. Pidió, después, entrar al convento de Glendalough, del que llegó a ser abad a los 25 años de edad, para ser elevado a la sede arzobispal de Dublín trece años después. Gobernó su abadía como su iglesia, en los tiempos más difíciles, Con admirable piedad y gran sabiduría. Murió en Eu, en Normandía, en el curso de un viaje, el 14 de noviembre de 1180.

MEDITACIÓN
SOBRE LA FELICIDAD DE LOS MALOS 
y LAS AFLICCIONES DE LOS JUSTOS

   I. Aquí abajo los malos a menudo nadan en prosperidad y abundancia. Dios previendo que serán condenados por sus crímenes, les concede esta felicidad temporal para recompensar algunas buenas acciones que han hecho. ¡Dichosos de este mundo, temblad y llorad! Dios os trata como a un enfermo desahuciado a quien el médico permite todo lo que desea. Son víctimas que se prepara y que se corona de flores antes de inmolarlas. (Minucio Félix).

   II. Los justos, por el contrario, a menudo son afligidos en este mundo, porque su Padre celestial no quiere que los bienes de la tierra les arrebaten los del cielo. Alegraos, pues, vosotros que sois pobres y estáis afligidos, porque las aflicciones que os hacen gemir señal son de predestinación. Os apegaríais a los placeres de la tierra, no pensaríais en las delicias del paraíso, si en este mundo tuvieseis todo lo que deseáis. Los males que nos abruman aquí nos urgen ir a Dios. (San Gregorio).

   III. El teatro cambiará de escena tanto para el justo como para el impío. El impío ha gozado durante su vida: una tristeza eterna sucederá a este gozo de un momento. Justos, habéis vivido en la tribulación: consolaos. Dios os colmará de un gozo eterno; necesariamente hay que sufrir en este mundo o en el otro. Las cosas deben cambiar de faz; ellos gozan y nosotros estamos en la tristeza; lloremos, pues, mientras ellos están alegres, a fin de estar alegres cuando ellos viertan lágrimas. (Tertuliano) .

La paciencia 
Orad por los que están afligidos.

ORACIÓN

   Escuchad, Señor, las oraciones que os dirigimos en la fiesta del bienaventurado Lorenzo, vuestro confesor y pontífice; y por los méritos de aquél que tan dignamente os ha servido, perdonadnos nuestros pecados. Por J. C. N. S. Amén.