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martes, 2 de octubre de 2012

EVANGELIOS SINÒPTICOS III PARTE


Un interesante estudio sobre la cuestión sinóptica. III Parte


Del blog amigo: En Gloria y Majestad
Autor: José María Bover, S.J.
Fuente: Estudios Bíblicos, tomo III, 1944, pag. 55 ss.

San Marcos

 III. Predicación Romana y Evangelio de San Marcos


1. Bernabé y la predicación oral romana.

En la predicación oral de San Pedro en Roma, de donde se derivó directamente el segundo Evangelio, hemos de distinguir dos elementos: el contenido y la forma.
En el contenido, no tuvo, naturalmente, ninguna parte activa Bernabé; mas no hay que olvidar que este mismo contenido evangélico, histórico y doctrinal es el que recibió Bernabé ya desde los primeros momentos, y que él fue quien lo transplantó fielmente a Antioquía. Ese contenido era sustancialmente el mismo que el de la predicación oral de Bernabé.
En cuanto a su forma, es decir, su expresión griega, hay que recordar lo establecido anteriormente, es decir, que, según todas las probabilidades, Bernabé fue quien ya en Jerusalén helenizó la catequesis de San Pedro. De todos modos, al ser enviado oficialmente a Antioquía, allí predicó en griego lo que en Jerusalén predicaba en arameo. Y esta catequesis helenizada, con la recuente repetición, había adquirido suficiente fijeza cuando San Pedro fue a Antioquía, y a ella naturalmente se acomodó, como que, en definitiva, no era otra cosa que su propia predicación aramea. Pedro, humilde como era, y menos helenista que Bernabé, se apropió la forma griega de Antioquía, que, continuada después entre los gentiles, cristalizó por fin en la forma romana, que fue la que Marcos transcribió en el segundo Evangelio.


2. Bernabé y el Evangelio de San Marcos.

Cuando San Pedro fue echado en la cárcel por Herodes Agripa I, Bernabé y Saulo se hallaban en Jerusalén, a donde habían ido para llevar “a los hermanos que habitaban en la Judea” (11, 29) el subsidio que “por mano” de ellos les habían enviado los fieles de Antioquía. Después de liberado Pedro y partido para otro lugar, y referido el castigo de Herodes Agripa, prosiguen los Hechos: “Bernabé y Saulo volvieron de Jerusalén, cumplido el ministerio, habiendo tomado consigo a Juan, apellidado Marcos (12, 29). Anota Jaquier(in loc.): “Marcos “era primo o sobrino de Bernabé (Col. 4, 10), y es de creer que Bernabé y Saulo durante su estancia en Jerusalén se habían alojado en la casa de su madre”, María. Durante la primera expedición apostólica Pablo yBernabé “tenían también a Juan (Marcos) como auxiliar” (13, 5). Después de esta expedición y concluído el concilio de Jerusalén, “Pablo y Bernabédemoraban en Antioquía enseñando y evangelizando junto con otros muchos la palabra del Señor. De allí a algunos días dijo Pablo a Bernabé: “visitemos otra vez a los hermanos recorriendo todas las ciudades donde antes anunciamos la palabra del Señor, para ver cómo siguen. Más Bernabé quería llevar consigo también a Juan llamado Marcos. Mas Pablo estimaba… que no debían llevarle consigo. Y se produjo un agudo conflicto, hasta el punto de apartarse el uno del otro; y Bernabé, tomando consigo a Marcos, se embarcó para Chipre” (15, 35-39). Marcos, pues, que ya había actuado como auxiliar de Bernabé y de Saulo conjuntamente, ahora queda como auxiliar exclusivamente de Bernabé. Esta posición subalterna de Marcos, unida a la intimidad de parentesco, hacía que Marcos, al catequizar a los gentiles, no hiciese sino reproducir fielmente la predicación misma de Bernabé.
Tal es la realidad histórica de los hechos. A su luz no es difícil esclarecer el gran problema de las interferencias verbales, tan frecuentes entre el segundo y el tercer Evangelio.
Tanto Marcos como Lucas habían oído con frecuencia y se habían asimilado la predicación oral de Bernabé. De ahí que cuando, más tarde, Marcos reproducía la catequesis romana de San Pedro, y Lucas, a su vez, reproducía la predicación de San Pablo, tanto al uno como al otro se le venían a la pluma las expresiones de Bernabé, que tan grabadas se les habían quedado, sin contar con que además Bernabé había sido como el lazo de unión entre los dos príncipes de los Apóstoles. Y esto explica también lo irregular y caprichoso de semejantes interferencias. Nadie ignora los caprichos de la memoria. Cuando Marcos, por ejemplo, se proponía reproducir casi servilmente la predicación de San Pedro en su forma romana definitiva, muchas veces se le venían invenciblemente a la memoria las expresiones anteriormente aprendidas de Bernabé. Y lo mismo, proporcionalmente, acontecía a San Lucas. De ahí sus caprichosos encuentros y sus discrepancias. Sin apelar a documento alguno, queda explicada la principal dificultad del problema sinóptico.
Una dificultad puede oponerse a esta solución, y es el hecho de haberse hallado juntos en Roma Marcos y Lucas durante la primera cautividad romana de San Pablo. Dos veces consigna el hecho el Apóstol. A los Colosenses escribe: “Os saluda… Marcos el primo de Bernabé… Os saluda Lucas, el médico querido” (4, 10.14). Y a Filemón: “Te saluda… Marcos... Lucas, mis colaboradores'' (23-24). Y esto supuesto, como por entonces Marcos había publicado su Evangelio y Lucas daba al suyo la última mano, es muy natural que Lucas, deseoso de ampliar sus informaciones, consultase y utilizase el segundo Evangelio. Con lo cual tenemos comprobada la dependencia documental de Lucas respecto de Marcos.
Mucho habría que decir, tanto sobre el hecho como sobre la consecuencia que de él se deduce. Sobre el hecho sólo notaremos que, siéndonos desconocida la fecha exacta de la publicación de los dos Evangelios, es aventurado afirmar que cuando se encontraron los dos Evangelistas, no había ya San Lucas publicado o redactado definitivamente su libro. Además, dentro de los dos años que duró la primera cautividad romana del Apóstol, no es fácil determinar cuándo se escribieron las dos Epístolas mencionadas. Lo más probable es que se escribieron hacia el fin del bienio, y por entonces ya San Lucas había publicado su Evangelio. Y si así es, cae por  su base la hipótesis de la dependencia documental.
Pero, aun admitiendo el hecho, ¿qué se sigue de él? Que Lucas pudo consultar, y aún que consultó, el escrito de Marcos. Pero ¿lo utilizó? ¿Y en qué medida? ¿Y de qué modo? Y aquí entramos en el terreno movedizo de las simples conjeturas, sobre el cual es imprudente construir ninguna hipótesis sólida. No perdamos de vista la realidad. Suponiendo que Lucas consultó, como documento utilizable, el escrito de Marcos, es fuerza suponer que lo consultó razonablemente, como un historiador culto y serio consulta los documentos. Leyó Lucas el escrito con vistas a adquirir nuevas informaciones o precisiones. Esto no ofrece dificultad, como tampoco resuelve la dificultad de las interferencias verbales. Pero suponer que Lucas, el culto helenista, que, sin orgullo, se sentía literariamente superior a Marcos, copiase de él servilmente, aquí una palabreja más rara, allí una expresión anodina para con ello mejorarla obra literaria, esto ni lo puedo creer ni nunca he podido imaginarlo; y esto, sin embargo, habría de suponerse para que la utilización del documento pudiese resolver el problema de las interferencias verbales.En conclusión: ¿para qué buscar en una dependencia documental hipotética y poco decorosa la solución de un problema que nos da resuelto el hecho, seguro y comprobado, del común influjo que en ambos Evangelistas ejercióBernabé?

SANTORAL 2 DE OCTUBRE







2 de octubre
LOS SANTOS ÁNGELES DE LA GUARDA,(*)
El Altísimo mandó a sus ángeles que cuidasen
de ti; los cuales te guardarán en cuantos
pasos dieres; te llevarán en sus manos;
no sea que tropiece tu pie contra la piedra,
(Salmo, 90, 11-12).

Los hijos de los reyes no salen sino escoltados de personas encargadas de velar por ellos y defenderlos en caso de necesidad. Pues bien, todos los cristianos se han vuelto, por su bautismo, hijos del Rey de los cielos. Es por esto que Dios da a cada persona un compañero fiel encargado de guardarla, conducirla y gobernarla. Este compañero es nuestro ángel de la guarda. Debemos, en este día de su fiesta, agradecer a la bondad divina por este singular favor; y, al mismo tiempo, dar gracias a estos espíritus bienaventurados por la solicitud con que velan sobre nosotros y nos acompañan desde la cuna hasta la tumba. Es la finalidad que persigue la Iglesia al establecer la fiesta de hoy.

MEDITACIÓN SOBRE
LOS ÁNGELES DE LA GUARDA

I. Admira la bondad de Dios que ha destinado a un príncipe de su corte a que vele sobre tu conducta. Tu ángel de la guarda día y noche se mantiene a tu lado; te defiende contra el demonio y las tentaciones; te inspira santos pensamientos; te desvía del mal; intercede por ti ante Dios. Agradece a Dios la bondad que te demuestra al darte un conductor tan fiel y tan caritativo, y ve en esta gracia una prueba de la estima que tiene de tu alma. Agradece a tu ángel custodio por los servicios que te presta; pídele los continúe hasta tu muerte.

II. Ten profundo respeto por tu ángel y demuéstraselo todos los días con alguna oración. No mal trates, no escandalices a nadie; acuérdate de la palabra del Señor que te prohíbe escandalizar a los pequeñuelos, porque sus ángeles ven siempre el rostro de su Padre. Estos ángeles vengarán el daño que hicieres a quienes están a su cuidado. Si trabajas por convertir a algún pecador, ruega a su ángel custodio que te ayude. Honra a tu ángel de la guarda. N o hagas en su presencia lo que no harías en presencia de una persona respetable. (San Bernardo).

III. Considera a tu ángel custodio como al mejor amigo que tienes en este mundo. Él es fiel, no te abandonará en tus necesidades. Está infinitamente iluminado, consúltalo en tus dudas: no te engañará. Es poderoso para socorrerte: tiene más poder, más inteligencia y más fuerza que los hombres en quienes pones tu confianza. Escucha lo que te inspira. ¡Ah! si tuvieses un poco de fe, nada temerías, sabiendo que tu ángel está contigo.

La devoción a los ángeles custodios
Orad por los viajeros.

ORACIÓN
Oh Dios, que, por inefable providencia, os dignáis enviar a vuestros santos ángeles para que nos guarden, conceded a nuestras humildes súplicas la gracia de ser sostenidas por su protección, y el gozo de ser en la eternidad los compañeros de su gloria. Por J. C. N. S. Amén.

lunes, 1 de octubre de 2012

SANTORAL 1 DE OCTUBRE








1 de octubre




SAN REMIGIO,(*)
Obispo y Confesor
Conforme a la santidad
del que os llamó, sed también
vosotros santos en todo vuestro proceder.
(1 Pedro, 1,15).


San Remigio, el gran apóstol de Francia, fue ilustre por la ciencia, la elocuencia, la santidad y los milagros que jalonaron sus largos setenta años de episcopado. Elegido por Santa Clotilde para instruir religiosamente al rey Clodoveo, su esposo, que había decidido abrazar el cristianismo, tuvo el santo obispo el consuelo de bautizarlo, con dos de sus hermanas, tres mil guerreros y muchas mujeres y niños. Destruyó los ídolos e hizo edificar iglesias. Murió hacia el año 533, casi nonagenario.

MEDITACIÓN SOBRE LA SANTIDAD
RESUMIDA EN TRES PALABRAS

I. La santidad puede resumirse en tres palabras: abstenerse, sufrir, emprender. Abstente de las cosas ilícitas y peligrosas, y a menudo aun de las permitidas. Prívate de los placeres de esta vida, y gozarás de los del cielo. No hay gozo más dulce, aun en esta vida, que privarse de un placer por amor de Dios. Señor , ¿cómo podría entregarme al placer viéndoos clavado en una cruz? ¡Existe un infierno para los voluptuosos, y me abandono yo a las delicias!


II. Hemos de sufrir ataques de la concupiscencia, del mundo y del demonio. Hemos de sufrir insultos de nuestros enemigos y perfidias de quienes consideramos amigos. En fin, seas quien fueres, te desafío a que me cites tan siquiera un día de tu vida en que no hayas sufrido. Reflexiónalo bien. El mundo es incapaz de satisfacer nuestros deseos, y la inquietud incesante de nuestra alma, en el seno mismo de la abundancia, es una prueba de que só1o Dios puede colmarla. Considera el estado de vida que te plazca, no hay descanso ni en el más oscuro ni en el más brillante. (San Euquerio).


III. Gran obra es nuestra santificación; es menester, para llevarla a cabo, trabajar seriamente por adquirir las virtudes cristianas. ¿Podrías acaso decir que posees alguna de ellas? No te desalientes sin embargo: para ser santo, basta quererlo. Examina qué te impide serlo, y verás que no son sino bagatelas, como aquéllas de que habla San Agustín: Estaba retenido por las frivolidades y las vanidades más miserables.


El deseo de la santidad
Orad por vuestros jefes.

ORACIÓN
Haced, oh Dios omnipotente, que la piadosa solemnidad de San Remigio, vuestro confesor y pontífice, aumente en nosotros el espíritu de devoción y el deseo de nuestra salvación. Por J. C. N. S. Amén.

domingo, 30 de septiembre de 2012

SERMÓN PARA EL DECIMOCTAVO DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS



DECIMOCTAVO DOMINGO
DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

Subió Jesús en una barquilla, atravesó el lago y llegó a la ciudad. Presentáronle aquí a un hombre paralítico postrado en una camilla. Y Jesús, viendo la fe de ellos, le dijo: Confía, hijo, tus pecados te son perdonados. Entonces algunos de los fariseos dijeron en su interior: Este hombre blasfema. Y como viese Jesús los pensamientos de ellos, les dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué cosa es más fácil decir, te son perdonados tus pecados, o levántate y anda? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados, dijo entonces al paralítico: levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa. Y se levantó y se fue a su casa. Las turbas al ver este prodigio, se llenaron de temor y dieron gracias a Dios, que dio tal poder a los hombres.

Este hombre paralítico, postrado en su camilla, es la imagen de una vida muelle y sensual, contraria a la vida que tiende a la perfección.
La Imitación de Jesucristo dice: Esta es obra de varón perfecto, nunca aflojar la intención de las cosas celestiales, y entre muchos cuidados pasar casi sin cuidado, no de la manera que suelen descuidar algunos por remisión o flojedad; sino por la excelencia de una voluntad libre, sin ningún desordenado afecto, que tenga a criatura alguna.
¿En qué consiste, pues, la vida muelle y sensual?
Un gran filósofo cristiano nos dio la idea más elevada al par que más verdadera del hombre, al definirlo una inteligencia servida, por órganos.
En el estado primitivo de justicia en que Dios le había criado, el hombre, que era poco menos que los Ángeles, debía conservar sin violencia y sin esfuerzo la supremacía de su alma en todas las facultades de su cuerpo.
Hoy, que su rebeldía contra Dios ha introducido el desorden en la parte más íntima de su ser, no puede recobrar la autoridad que perdió sino humillando y teniendo bajo su yugo a su propia carne.
De ahí la definición del hombre sensual, que podemos oponer a la primera, un cuerpo que se hace servir por el alma; porque en efecto en la vida muelle y sensual, todo se refiere a las exigencias del cuerpo.
Diríase que todas las facultades del alma están empleadas en procurarle cuanto le piden los sentidos. Y ¿qué es lo que no piden?
Pasamos de lo necesario a lo útil, de lo útil a lo agradable, de lo agradable a lo superfino, y de lo superfino a cuanto conduce al lujo, a la magnificencia, a la profusión y, a menudo, al cuidado más voluptuoso.
Semejantes al mal rico de que habla el Evangelio, malgastamos nuestra existencia en una muelle ociosidad, empleando el tiempo en los cuidados más frívolos y más indignos de un alma que siente su grandeza.
Frivolidad, superfluidad, ociosidad, he aquí como pasamos los días.
Es tan fácil dejarse resbalar por la pendiente suave de la naturaleza corrompida que, la verdadera idiosincrasia humana, apenas se deja ver cuando se vive ya en la esclavitud de los sentidos.
Porque no sucede con la vida muelle y sensual lo que con ciertos desórdenes, contra los cuales la conciencia, por poco recta que sea, no deja de levantar la voz.
Si una persona de una conciencia delicada se deja arrastrar al mal por la fuerza de una inclinación, vuelta en sí y entrando de nuevo en su corazón, no tardará en experimentar una viva inquietud, consecuencia necesaria del remordimiento que sigue a una primera falta.
Mas ¿cómo echarse en cara el conjunto, la serie de actos de que se compone una vida sensual, cuando estos actos, tomados separadamente, no parecen criminales?
¿Qué mal hay, se preguntan estas personas del mundo?
¿Qué mal hay en ello? Consideremos cuáles son los peligrosos efectos de semejante vida.
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Consideremos los peligros y funestos efectos de una vida, muelle y sensual.
El primer efecto de la molicie es hacer que nuestra vida sea inútil y pobre de buenas obras.
Pues bien, esta vida es reprobable por el solo hecho de carecer de virtudes.
Recordemos al siervo del Evangelio con tanto rigor castigado, no por haber malgastado el talento que había recibido, sino por no haberlo hecho producir; y la higuera maldita porque no llevaba más que hojas y no frutos.
En segundo lugar, la vida muelle no sólo es una vida inútil y pobre de buenas obras, sino que está en oposición abierta con los principios del Evangelio y con los ejemplos de Jesucristo.
En afecto, no se salvarán, según dice el Apóstol, sino los que se hubieren hecho conformes a la imagen de Jesucristo. Ahora bien, ¿cómo podríamos reconocerse a Jesús en esa vida regalada, inútil, ociosa, completamente consagrada al lujo, al orgullo, a todo lo que lisonjea en fin las inclinaciones de la naturaleza corrompida que el Apóstol quiere que crucifiquemos con sus concupiscencias?
En tercer lugar, la vida sensual conduce insensible y casi infaliblemente a los últimos excesos de las pasiones.
Hasta aquí hemos supuesto en las personas que se abandonan a la suave y fácil pendiente de sus sentidos muchos defectos; pero no hemos señalado aún el peligro inminente en que están de una caída próxima, y casi inevitable, cuando uno se entrega habitualmente, sin oposición ni resistencia, a las exigencias de la naturaleza.
¿Dónde, en efecto, encontraría la energía necesaria para combatir lo malo el alma débil y enervada que no sabe más que ceder?
Extenuado por los ayunos, abrumado de trabajos y buscando en las dificultades del estudio de las lenguas una distracción a los enojosos pensamientos que le importunaban, San Jerónimo, en el fondo del desierto, a donde fue huyendo de las imágenes voluptuosas de Roma, se golpeaba el pecho, como para apagar en su sangre el fuego de las concupiscencias que a pesar suyo le molestaban…
San Benito no encontraba otro medio que echarse en un estanque helado o revolcarse en los espinos…
Y alma paralítica, muelle y sensual, no toma ninguna precaución, no sabe hacerse la menor violencia, y que está casi vencida aun antes de comenzar el combate. No podrá permanecer firme y animosa en presencia de cuanto le puede seducir.
No tardará en ir pronto más allá…
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Meditemos en los ejemplos del Evangelio, los cuales no podemos tildar de exageración; y procuremos sobre todo, conformar a ellos nuestra vida; porque, fuerza es que lo reconozcamos, la sociedad en cuyo seno vivimos, extraviada y pervertida, ha trastornado en su delirio todas las ideas cristianas, y hasta las leyes más sagradas del derecho natural.
En otros tiempos, los de la Cristiandad, era posible que muchos abrazasen y llevasen una vida muelle y sensual, una vida inútil y llena de placeres; pero no que fuese legitimada y autorizada por nadie…
Se hacía acaso el mal, pero no se había llegado al extremo de dar el nombre de bien al mal que se hacía…
Este exceso de sacrílega audacia hubiera llenado de indignación a las almas menos fervorosas.
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Hagamos nuestras estas tres peticiones que encierran toda la vida cristiana, meditémoslas y pongámoslas en práctica:
1ª) Dadme fuerza para resistir,
2ª) Dadme paciencia para padecer,
3ª) Dadme constancia para perseverar.
En esto está la perfección aquí bajo, y la felicidad en la vida futura.
Es propio del corazón perfecto no apartar nunca la intención de las cosas celestiales y, entre muchos cuidados, pasar casi sin cuidado, no de la manera que suelen algunos, por remisión o flojedad, sino por la excelencia de una voluntad libre, sin desordenado afecto por criatura alguna.
Hay gran diferencia entre el corazón mundano disgustado de los falsos bienes del mundo, y el corazón cristiano desprendido de sus supuestas ventajas.
El corazón disgustado, después de haber probado todos los goces que prometen los sentidos para llenar la profundidad de sus abismos, ve con sorpresa y espanto el inmenso vacío que deja en él la posesión de lo que había deseado, permaneciendo a la vez culpable y desgraciado.
Por el contrario, el corazón desprendido, rechazando prudentemente lejos de él lo que sabe con certeza que no puede satisfacerlo ni llenarlo, se vuelve a Dios para hallar en Él la virtud y la dicha.
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Fiel retrato del paralítico del Evangelio es la confesión y oración que hace el alma en la Imitación de Jesucristo:
Confieso, Señor, contra mí mismo mi iniquidad; te confesaré mi flaqueza.
Muchas veces es una cosa bien pequeña la que me abate y entristece.
Propongo pelear varonilmente; mas en viniendo una pequeña tentación me lleno de angustia.
Algunas veces, de la cosa más despreciable me viene una grave tentación. Y cuando me creo algún tanto seguro, cuando no lo advierto, me hallo a veces casi vencido y derribado de un ligero soplo.
Mira, pues, Señor, mi bajeza y fragilidad, que te es bien conocida. Compadécete, y sácame del lodo, porque no sea atollado, y quede desamparado del todo.
Esto es lo que continuamente me acobarda y confunde delante de Ti; ver que tan deleznable y flaco soy para resistir a las pasiones. Y aunque no me induzcan enteramente al consentimiento, sin embargo me es molesto y pesado el domarlas, y muy tedioso el vivir así siempre en combate.
En esto conozco yo mi flaqueza, en que tan abominables imaginaciones más fácilmente vienen sobre mí que se van.
¡Ojalá, fortísimo Dios de Israel, celador de las almas fieles, mires el trabajo y dolor de tu siervo, y le asistas en todo lo que emprendiere!
Fortifícame con fortaleza especial, de modo que ni el hombre viejo, ni la carne miserable, aún no bien sujeta al espíritu, puedan señorearme; contra los cuales conviene pelear en tanto que vivimos en este miserabilísimo mundo.
La vida muelle y sensual es un grave peligro; ya lo hemos considerado. Pero no menos funesto para las almas es el desaliento, que las postra y paraliza espiritualmente.
¿Cuál es el principio la causa de tan peligrosa tentación?
Podemos indicar cuatro principales causas de desaliento:
1ª) El retiro de las gracias o la privación de las consolaciones sensibles;
2ª) La violencia y duración de las tentaciones;
3ª) La inconstancia de las resoluciones a consecuencia de la poca fijeza de la voluntad;
4ª) La facilidad de las caídas o la frecuencia de las faltas a que se encuentra el hombre como arrastrado por la debilidad de la naturaleza y la violencia de las inclinaciones.
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1ª)
Falta de las gracias o privación de las consolaciones sensibles.
Debemos saber que el camino de la vida no siempre será llano y suave. Al principio fue preciso llevarnos, porque no podíamos sostenernos solos; mas la Providencia, que tan amorosamente nos sostuvo, nos dejará en el camino.
El viaje será largo, y no solamente sentiremos la fatiga del camino, sino que tendremos además que gemir a causa de la incertidumbre en que nos dejará la ausencia del Señor. Nos creeremos haber perdido para siempre.
Mas ¿para qué recordar esto? Preciso es que esto sea así. Resignémonos y tengamos valor.
Llamemos a Dios, si lo deseamos, y a la manera del niño que también llama a su madre, lloremos; mas guardémonos de quejarnos y de desconfiar.
No digamos: Dios me ha rechazado; sino más bien: Dios ha querido probarme. No añadamos: Lo perdí sin esperanza; sino: Se alejó por un instante y pronto le volveré a ver.
Por lo demás, y aunque no debiésemos verle hasta el día en que se manifestará sin nubes, hágase su voluntad y santificado sea su nombre.
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2ª)
La violencia y la duración de las tentaciones.
Aunque Dios no hiciese más que retirarse, la prueba sería ya ruda y penosa; pero las más de las veces no se retira sino para permitir que se acerque el enemigo: y de ahí las crueles angustias del alma que, temiendo sobretodo desagradar a Dios, se encuentra llevada, sin que lo quiera y por la fuerza de sus inclinaciones, hacia lo que sabe que debe desagradarle, con la incertidumbre, no pocas veces, de si realmente le ha desagradado o no…
Si las pruebas cesasen, cesaría también la vida; porque ¿a qué fin se la prolongaría, puesto que ella misma no es más que una gran prueba?
No se conceden los momentos de reposo sino a fin de dar tiempo al alma para prepararse a resistir nuevos ataques.
La causa ordinaria de nuestras inquietudes nace de nuestras impaciencias y de nuestra falta de valor.
¿Cuál es el soldado que, en el campo de batalla, se admira de verse expuesto a los tiros del enemigo? ¿Por ventura la vida no es un combate a muerte entre la naturaleza y la gracia, entre el bien y el mal, entre el hombre espiritual y el carnal?
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3ª)
La inconstancia del corazón, o poca fijeza de los sentimientos y de las disposiciones.
Las almas flacas y sin experiencia, que no saben que todo reside, no en la imaginación, sino en la voluntad, se desconsuelan y se lamentan de los continuos cambios que sobrevienen y se suceden en su interior.
No acertando a explicarse por qué se sienten hoy inclinadas a abrazar el bien con ardor, y le ven al día siguiente con indiferencia, se turban, se entristecen y se reputan culpables de una falta que no puede serles imputada como a tal.
A menudo acaban por desalentarse y por abandonarlo todo como imposible. Y en efecto, lo sería su trabajo, si, como se figuran, Dios exigiese de ellas una fijeza completa en sus afectos y en sus sensaciones.
Pero no es así: lo que Dios quiere es que la voluntad subsista.
¿Es el hombre menos fervoroso porque sienta menos ardor en la oración, si, aun cuando éste disminuya, no deja entonces de orar? ¿Es menos caritativo porque experimenta alguna repugnancia en perdonar, si por experimentarla, no deja sin embargo de perdonar de buena voluntad y generosamente?
Es, pues, una tentación peligrosa la que debilita nuestro valor haciéndonos ver en la movilidad de nuestra fantasía o en la inestabilidad de nuestras disposiciones un mal que únicamente lo sería si cambiase nuestra voluntad.
No lo creamos ganado todo porque nos sentimos hoy más fervorosos; ni todo perdido porque al día siguiente todo nos cansa y da hastío. Caminemos siempre con paso igual, y a la manera del piloto que se sirve de los vientos contrarios para llegar al puerto, ayudémonos de lo que parece alejarnos del fin a que tendemos.
Nada resiste a la gracia y a la buena voluntad; recordemos que para llegar al fin basta que Dios lo quiera y que no nosotros lo queramos con Él.
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4ª)
La facilidad de las caídas y la frecuencia de las faltas a que nos encontrarnos arrastrados por la debilidad de la naturaleza y la violencia de las inclinaciones.
He aquí uno de los motivos que parecen, si no justificar, al menos excusar el desaliento del alma; y es cuando, después de haber tomado muchas veces la resolución de permanecer fiel, se deja arrastrar de nuevo por la fuerza, la costumbre, o la violencia de las tentaciones.
El alma que se lamenta de su inconstancia y movilidad, no osa renovar delante de Dios promesas que tantas veces reiteró, y violó otras tantas.
Se lamenta: ¿Qué os diré, Señor, en vista de esta nueva caída, acaecida casi un momento después de las protestas que os hice de morir antes que ofenderos? Es, pues, inútil que las renueve para olvidarlas tan pronto y para violarlas con tan desconsoladora facilidad.
¡No!, no es inútil, y he aquí por qué.
Este propósito que formamos sinceramente en presencia de Dios de permanecer fiel, aun cuando no fuese duradero, es, sin embargo, bueno en el instante en que nos determinamos a él.
Además, a fuerza de renovar los piadosos designios, la flor de los deseos acabará por convertirse en fruto de virtud.
Así mismo, estas protestas, de tal suerte renovadas, tienen la ventaja de impedir, en cierta manera, la prescripción del mal contra el que, no sea más que por un momento, nos levantamos con toda la energía de nuestra voluntad.
Finalmente, entrando de esta suerte en nosotros mismos, nos será imposible considerar nuestras miserias sin humillarnos profundamente ante Dios y sin suplicarle que venga en nuestro auxilio; y esta santa confusión, unida a la esperanza en la divina misericordia, podrá procurarnos la gracia de la perseverancia.
Alguno dirá: es burlarse de Dios, es cansar su paciencia, prometer lo que jamás se cumple.
Respondemos que sería, en efecto, burlarse de Dios hacer promesas sin tener la intención, al menos actual, de realizarlas. Pero del hecho de que olvidemos tan pronto las promesas que de buena fe hubiésemos hecho, ¿se sigue que no debamos renovarlas jamás delante de Dios?
Temamos, en buena hora, abusar de su longanimidad y paciencia en aguardarnos; sea también este temor un preventivo de otras caídas.
Mas, una vez cometida la falta, no temamos levantarnos de nuevo. No añadamos a nuestras ofensas la de dudar de la bondad que nos acoge y desea perdonarnos.
Confía, hijo, tus pecados te son perdonados. … levántate, toma tu lecho, y vete a tu casa…

P.CERIANI