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viernes, 21 de octubre de 2011

SANTORAL 21 DE OCTUBRE




21 de octubre 

SANTA ÚRSULA
y
COMPAÑERAS,
Mártires
Os he desposado con el único Esposo que es Jesucristo,
para presentaros a Él como una virgen pura.
(2 Corintios, 11, 2).
   Santa Úrsula, hija de un rey de Inglaterra, y once mil vírgenes, compañeras suyas, fueron embarcadas en Londres por orden del tirano Máximo para ser transportadas a Bretaña, donde debían ser casadas con los soldados que habían conquistado a ese país. Sorprendidas por una tempestad, fueron arrojadas en las costas de la Germania. Allí dieron con unos piratas que quisieron hacerlas víctimas de sus pasiones; pero ellas, animadas por Úrsula, prefirieron morir a dejarse arrebatar su virginidad.

MEDITACIÓN
SOBRE SANTA ÚRSULA
   I. Santa Úrsula exhorta a sus compañeras a morir antes que consentir en la pérdida de la castidad. Su ejemplo las anima más que sus palabras. Mueren todas, pero mueren castas e inocentes. Aprende de esto a renunciar a la vida que te es común con las bestias, antes que perder la pureza que te hace semejante a los ángeles, y la gracia que hace de nosotros hijos adoptivos de Dios. ¡Antes morir que mancharse! que ésta sea tu divisa; y, siguiendo el ejemplo de Santa Úrsula, inspira los mismos sentimientos a los que están bajo tu guía.

   II. Entre estas once mil vírgenes, una hubo que careció de valor: escondióse para evitar la muerte. Nada es perfecto en este mundo, preciso es que haya sombras y faltas; existen hombres imperfectos en los monasterios más santos y en las congregaciones más fervorosas. Que aquél que está en pie se cuide de no caer. Humíllate: San Pedro negó a Jesucristo. Judas lo traicionó: ¡los dos sin embargo eran apóstoles!

   III. De once mil vírgenes, una sola rehuye el martirio. En la vida religiosa, por un imperfecto y un tibio, se encuentra a varios fervorosos y excelentes servidores de Dios. Y, todavía, esta virgen, llamada Córdula, animada por el generoso ejemplo de sus compañeras, salió al día siguiente de su escondite y Sufrió ella también el martirio. Tal es la ventaja que se obtiene de la compañía de personas virtuosas: se cae con menor frecuencia, uno levántase con mayor rapidez, hasta se aprovecha de las caídas para redoblar el fervor. Si estás tú imposibilitado de evitar ocasiones de ofender a Dios, vela sobre ti con mayor cuidado. En la vida religiosa, el hombre vive una vida más pura, cae más raramente, levántase más rápido y avanza con más precaución. (San Bernardo).

La caridad
Orad por la Orden de las Ursulinas.

ORACIÓN
   Señor, Dios nuestro, concedednos la gracia de celebrar las victorias de Santa Úrsula y sus compañeras, mártires, con devoción duradera, a fin de que, si no podemos rendirles todo el honor que ellas merecen, por lo menos les presentemos nuestros humildes homenajes. Por J. C. N. S. Amén.

jueves, 20 de octubre de 2011

SANTORAL 20 DE OCTUBRE






20 de octubre

SAN JUAN CANCIO
O
SAN JUAN DE KENTI,

Confesor

Mis amados, os conjuro a que os abstengáis
como extranjeros y peregrinos,
de los deseos carnales que combaten contra el alma.
(1 Pedro, 2. 11).

   Llevaba este santo la caridad hasta el extremo de despojarse de sus propias vestiduras para cubrir a los indigentes. Viajó cuatro veces a Roma para visitar las tumbas de los santos Apóstoles y dar testimonio de su adhesión a la Santa Sede. En una de estas peregrinaciones, topó con unos ladrones que, después de haberle tomado su dinero, le preguntaron si no tenía nada más. Respondió él que no; pero, recordando en seguida que tenía algunas monedas de oro cosidas en su manto, llamó a los malhechores y se las entregó. Impresionados éstos por su candor y su generosidad, le devolvieron lo que le habían tomado. Habitualmente llevaba cilicio, dormía y comía lo menos posible. Murió a la edad de 77 años, en 1473. Su memoria es objeto de gran veneración en Polonia y Lituania.
MEDITACIÓN
NUESTRA VIDA
ES UNA PEREGRINACIÓN

   I. El cielo es nuestra patria, la tierra es el lugar de nuestra peregrinaci6n o, más bien. de nuestro exilio. No hacemos más que pasar por este mundo, como un viajero pasa por la hostería; después de nuestra muerte ya no se piensa en nosotros. ¿Por qué, pues, amamos tanto este destierro? ¿Por qué tenemos tan poco amor por nuestra patria? Piensa a menudo en el cielo en donde Dios, que es tu Padre, te espera. Todos los días prepárate para la muerte en la cual desemboca el camino de esta vida.
   II. Un viajero no se recarga de cosas inútiles, no edifica casa en los lugares por donde pasa, no se afana por aparecer con magnificencia en ellos. Estas riquezas, estos honores, te estorban y retrasan tu marcha. ¿Por qué tomar como estables los bienes de la tierra? En el cielo es donde debes edificar una morada y acumular tesoros, porque allí es donde debes habitar eternamente. El hombre es tanto más feliz en esta vida, cuanto más sabe aligerarse mediante la pobreza y no suspira tras el peso de las riquezas. (Minucio Félix).

   III. Los lugares más agradables no retienen al viajero: atráele su patria con tantos encantos que todo el resto le fastidia. ¿Por qué te detienes tú en los placeres de esta vida? Piensa en los del cielo. Si Dios te envía aflicciones, es para que el mundo no te seduzca con sus atractivos. Sírvete del mundo, pero no te dejes encadenar por él. La vida es una hostería, no has entrado en ella sino para salir. (San Agustín).

El desapego a las riquezas 
Orad por los peregrinos.

ORACIÓN
   Haced, os lo suplicamos Señor, que avanzando a ejemplo de San Juan, en la ciencia de los santos, y dando testimonio como él de una gran misericordia para con el prójimo, obtengamos, por sus méritos, hallar gracia ante Vos. Por J. C. N. S. Amén.

miércoles, 19 de octubre de 2011

ESCRITOS DE... P.BASILIO MÉRAMO: LA SALETTE Y FATIMA PROFECIAS APOCALIPTICAS DE LOS ULTIMOS TIEMPOS VI

(Continuación de parte anterior. Ver 5ta parte aqui)



Declaraciones y actitudes de quienes leyeron el Tercer Secreto

Las declaraciones y actitudes de quienes leyeron el tercer Secreto vienen a confirmar todo lo expuesto en cuanto a lo substancial del tercer Secreto.

Quienes leyeron el tercer Secreto? Desgraciadamente  ni Mons. da Silva (primera instancia directa en la jerarquía a quien correspondía el tercer Secreto) ni Pío XII leyeron el secreto, no quisieron en resumidas cuentas enfrentarse con su contenido, dejando pasar el tiempo, quizás esperando a 1960, pero ambos fueron arrebatados antes, el primero en 1957 y el otro en 1958.

Sor Lucía cuya misión era transmitir el mensaje a la jerarquía de la Iglesia y no el publicarlo al mundo, hizo prometer ante la desidia de Mons. da Silva que fuese abierto en 1960, para que el mundo lo supiera, pues es la Jerarquía y no Sor Lucía, quien tiene el deber de publicar al mundo el tercer Secreto. Y esto en razón del contenido que concierne directamente a las autoridades de la Iglesia.

Como bien dice el Hermano Michel:  «El 17 de junio de 1944, cuando Mons. da Silva toma posesión del sobre conteniendo la tercera parte del Secreto, habría podido leer enseguida el mensaje y luego darlo a conocer en la medida que lo hubiese juzgado bueno.(....) Desde 1945, se previó que si Mons. da Silva llegaba a morir el precioso documento pasaría al Cardenal Cerejeira[1] patriarca de Lisboa. El tercer Secreto, contrariamente a eso que se afirma después, no estaba pues, ni exclusivamente, ni tampoco explícitamente destinado al Santo Padre. Al igual que las dos primeras partes del Secreto, con las que forma un todo, fué confiado a la Iglesia, y en primer lugar a los representantes de la jerarquía portuguesa, a quienes correspondía informarse y darlo a conocer» (Fátima... p. 289). Y como es lógico pensar, Sor Lucía desearía que el Papa lo supiera lo más pronto posible, y por eso quería hablar personalmente con el Papa, para exponerle el tercer Secreto y «como finalmente Sor Lucía no pudo conversar con Pío XII, desde 1946 fue convenido entre Sor Lucía y Mons. da Silva que el último Secreto sería divulgado en 1960» (Fátima... p. 290). Sor Lucía que sabía que el mensaje del 3er Secreto debía ser publicado por la Jerarquía Oficial de la Iglesia, se asegura por una promesa, prácticamente exigida, a su Obispo, para tener la garantía de que realmente fuese así, ante el rechazo de leer el mensaje por parte de Mons. da Silva, «Mencionaremos primero el testimonio decisivo del canonigo Galamba: ‘Cuando el señor Obispo rechaza abrirlo, Lucía le hace prometer que será abierto definitivamente y leído al mundo cuando ella muera, o en 1960, según sea lo primero que acontezca’» (Fátima... p.290). Es evidente que Sor Lucía no quería morir sin que al menos se de a conocer el 3er Secreto, pero como no es ésta su misión, si no la misión, el deber y la responsabilidad de la Jerarquía de la Iglesia, ella está reducida al más doloroso de los silencios, ante  el eclipse de la Iglesia,  sobre el cual Fátima viene a advertirnos.

Sor Lucía ha dicho que su misión no es la de ser profeta, es decir, la de divulgar al mundo el 3er Secreto, pues en cuanto a esto es una humilde y pobre mensajera ante  la Iglesia y sus representantes, ella es la pobre campesina carmelita que hizo de intermediaria entre el Mensaje del Cielo y la Jerarquía de la Iglesia. Su misión es advertir sobre el grave peligro de la condenación de las almas y de establecer la devoción al Inmaculado Corazón de María como último recurso de  salvación en estos tiempos Apocalipticos para el mundo y la Iglesia; por esto, conviene decirlo de paso, no importa que ahora sor Lucía se contradiga, o le hagan creer o pensar algo distinto por presión contínua de la misma Jerarquía de la Iglesia y de modo especial por el mismo Vaticano sobre tal o cual cosa, etc, reduciendo incluso  al máximo sus visitas y entrevistas, haciendo pensar que está casi prisionera en su propio convento por orden de Roma, pudiéndo sólo visitarla unos pocos familiares, viejos conocidos  y los Cardenales; pues toda otra visita requiere el permiso expreso de Roma. Así como Roma silencia el 3er Secreto es lógico que trate de silenciar al máximo a Sor Lucía. Es lógico pensar que se la adoctrine sutilmente según los propósitos de la curia Vaticana y del mismo Juan Pablo II para que diga cosas no tan disconformes a la actuación del Sumo Pontifice, con respecto a la consagración de Rusia y a la revelación del 3er Secreto, por ejemplo. En realidad poco importa, pues lo dicho anteriormente dicho está y es suficiente para saber a que atenernos.

Por esto tampoco debe inquietarnos demasiado algunas respuestas de  Sor Lucía en la entrevista con el Cardenal Padiyara el 11 de Octubre de 1992 acompañado de Mons. Michaelappa, del P. Pacheco y de Carlos Evaristo, quien asistió como intérprete, siendo además historiador y periodista, y que publicó la entrevista en «Duas Horas com a Irma Lucia» con todas las garantías de la autenticidad en 1994.

De otra parte conviene tener también en cuenta que  Sor Lucía puede decir una cosa a instancias de sus superiores, que parece decir Nuestra Señora sin que en realidad lo haya dicho; lo cual es muy significativo para hacerse una idea del carácter de Sor Lucía el cual queda reflejado en una respuesta suya al P. Umberto Pascuale: «Respondiendo a su pregunta esclarezco: Nuestra Señora de Fátima en su pedido sólo se refiere a la consagración de Rusia. En la carta que escribí al Santo Padre Pío XII, por indicación del confesor, pedí la consagración del mundo con mención explícita de Rusia» (Fátima.... p.393).

Conviene precisar referente a la misión de Sor Lucía que ella dijo claramente ante el reproche de su silencio: «Puede ser, Exmo y Rev.mo Sr. Obispo, que a alguien le debía haber manifestado todas esas cosas hace mucho tiempo,(...) Así hubiese sido, si Dios me hubiese querido en el mundo como profeta. Pero creo que esa no fué la intención de Dios, al darme a conocer todas esas cosas. Si así hubiese sido, pienso que, en 1917, cuando me mandó guardar silencio —orden que fué confirmada por medio de los que lo representaban,— me hubiera mandado hablar.» (Mensaje... p. 110).

Y en la nota nº 22 de la tercera Memoria se lee: «La hermana Lucía ha tenido varias veces que defenderse de no haber comunicado antes muchas de sus cosas. Pero, la culpa no la tenía ella; sino sus superiores, quienes por prudencia, no las dieron a conocer antes» (Mensaje... p.113).

La misión de Sor Lucía queda bien demarcada cuando Nuestra Señora manifiesta que pronto irán al cielo Jacinta y Francisco mientras que Lucía se quedará algún tiempo más. «Sí, a Jacinta y a Francisco los llevaré pronto, pero tú te quedas aquí algún tiempo más. Jesús quiere servirse de tí para hacerme conocer y amar. El quiere establecer en el mundo la  devoción a mi Inmcaculado Corazón.  A quien la abrace, prometo la salvación y serán queridas de Dios estas almas como flores puestas por mí para adornar su trono» (Mensaje... p. 195). Sor Lucía mensajera del Corazón Inmaculado, esa es su misión.

Por esto no teme Sor Lucía ninguna pena del purgatorio por haber guardado silencio respecto al 3er Secreto, cuando el canónigo Galamba decía: «Mándele, Sr. Obispo que escriba todo, sí todo. ¡Que ha de dar muchos vuelcos en el purgatorio por haber callado tanto!» Sor Lucía responde. «En cuanto a eso, no tengo el menor recelo del purgatorio» (Mensaje... p.148).

En 1941 cuando Sor Lucía escribe su cuarta Memoria, todavía no le era permitido revelar a la Jerarquía de la Iglesia el 3er Secreto: «Comienzo, pues, mi nuevo trabajo y cumpliré las órdenes de V.E. Reverendísima y los deseos del Sr. Dr. Galamba. Exceptuando la parte del secreto que, por ahora, no me es permitido revelar, diré todo. Advertidamente no dejaré nada» (Mensaje... p. 149).

Sólo cuando Sor Lucía tiene licencia del cielo para revelar el 3er Secreto, lo hace saber y espera recibir la orden formal del Obispo, pues es un mensaje que tiene formalmente por destinatario a la Jerarquía oficial de la Iglesia. Así se explica porque no accedió a decir o escribir nada sin la orden formal (oficial) en nombre de Dios, del representante oficial inmediato de la Iglesia (el Obispo del lugar). A este respecto es muy esclarecedor lo acontecido durante la entrevista de Mons. da Silva y el Canonigo Galamba, con Sor Lucía durante el verano de 1943, en el Asilo Fonseca en Valença do Minho: «De pronto el canónigo Galamba le pregunta: ‘Por qué no revela la tercera parte del Secreto de Nuestra  Señora? Puede usted quizás decirlo ahora?’ Entonces- Lucía haciendo un gesto con la cabeza hacia Mons. da  Silva: ‘Ahora, si Monseñor lo quiere, puedo decirlo’... ‘Monseñor, Sor Lucía dice que si Ud. quiere, ella puede revelar ahora la tercera parte del Secreto’ ... ‘No quiero hacer nada para eso, no quiero mezclarme en ello’ - ‘Ah, que lástima! contesta el Canónigo Galamba. Dígale al menos que lo escriba sobre un papel que le entregará en un sobre sellado’... El 15 de Septiembre, el Obispo se dirige solo a Tuy y conversando con la vidente en la enfermería, no le da la orden formal, en nombre de Dios, para redactar el  tercer Secreto, sino que  expresa únicamente un vago deseo. De suerte que Sor Lucía fué embargada por una  angustia terrible, pues, a fin de cuentas, Mons da Silva le pedía obedecer a sus inspiraciones: ‘Me parece que escribir, explicaba, es de algún modo revelarlo, y no tengo aún la autorización de Nuestro Señor para hacerlo. De todos modos, como estoy acostumbrada a ver la voluntad de Dios en mis superiores, considero la obediencia y no sé qué hacer. Prefiero una orden formal sobre la cual me pueda apoyar delante de Dios y que me permita decirle con seguridad: me lo han ordenado Señor. Pero esas palabras: ‘Si la Sor lo quiere’ me turban y me dejan perpleja Sor Lucía esperaba pues, una orden expresa de su Obispo. He ahí lo importante.» (Fátima... p. 269-270).

Podría pensarse que hay una contradicción en lo que dice Sor Lucía al canónigo «si Mons. lo quiere, puedo decirlo» de una parte, y de otra al decirle a  Mons. «no tengo aún autorización de Nuestro Señor». La contradicción es aparente, pues Sor Lucía sí podía decirlo, pero a condición de que el obispo (la Jerarquía) se lo pidiera expresa y formalmente en nombre de la Iglesia, lo cual hace Sor Lucía con sencillez y humildad exponiéndole la dificultad en revelarlo sin una orden formal de parte suya.

Finalmente a mediados de Octubre de 1943 Mons. da Silva le da la orden que Sor Lucía reclamaba. Despúes de algunas dificultades redacta el 3er Secreto fortalecida por la aparición de la Virgen el 2 de Enero de 1944 en Tuy. El 9 de Enero de 1944 avisa a Mons. da Silva que está escrito lo que le había mandado.

Por orden de Roma en 1957 el sobre es enviado al Vaticano, Mons. Venancio secretario de Mons. da Silva pide hacer una copia del original que se conserve en Portugal, pero no lo logra, sólo pudo observar a tras luz el sobre conteniendo el otro sobre con el mensaje que  estaba escrito en una pequeña hoja de papel. (Cfr. Fátima... 291).

El tercer Secreto lo leyó Juan XXIII, su confesor Mons. Cavagna, su secretario privado, Mons. Capovilla, un traductor portugués de la Secretaría de Estado Mons. Tavares. Después el Papa lo hace leer al Cardenal Ottaviani, prefecto del Santo Oficio. (Cfr. Fátima... p.295).

Juan XXIII manifestó en agosto de 1959 después de haber leído el 3er Secreto: «Esto no concierne a los años de mi pontificado» (Fátima... p.298). Estas palabras son muy significativas y reveladoras para quien está en la pista. Sólo acontecimientos de carácter apocalíptico pudieron hacer pensar que lo profetizado no podía tener ahora lugar. Al igual que la hora de la muerte todo el mundo la deja para más adelante, no piensa que puede ser ya, ahora. Lo mismo con todo lo relativo al Apocalipsis: La Gran Apostasía, la abominación de la desolación en lugar santo, el pseudo profeta con apariencia de Cristo (Cordero) pero tan bestia como su homólogo la bestia del mar, etc. Es decir que sobre los  últimos tiempos y la parusia nunca pensamos que pueda ser en estos tiempos sino más lejanos y cuanto más, mejor.

El tercer Secreto, no es una simple invitación a la oración y a la penitencia, ni trata de catástrofes materiales (guerras, destrucción, etc.) ésto ya está contenido en la segunda parte del secreto, el cual tiene tres. Sí, tres partes que forman un todo armónico pero que son 3 cosas distintas (Cfr. Fátima... p398).

Es por su contenido Apocalíptico que Roma no a querido revelar el 3er Secreto, en el cual esta involucrada también la Iglesia con esta crisis de Fe. La jerarquía oficial de la Iglesia esta comprometida en el 3erSecreto, esta es la razón por la cual en ultima instancia no se revela el 3erSecreto, sobre todo hoy, pues señala con el dedo la crisis de Fe de la cual es responsable Vaticano II y Juan Pablo II quien sigue la misma línea.

Las palabras de Juan XXIII por sí solas revelan el carácter profético del 3er Secreto, que están en armonía con todo el aspecto apocalíptico del tema.

El Cardenal Cerejeira hace una interesante reflexión al respecto muy bien comentada por el Hermano Michel: «No se trata tampoco de profecías de felicidad: el tercer Secreto de Fátima no se aviene ciertamente con las opiniones llenas de optimismo del Papa Juan XXIII anunciando que el Concilio será ‘un nuevo pentecostes’, ‘una nueva primavera de la Iglesia’, si hubiera sido esto, él mismo o sus sucesores nos lo habrían revelado. Si hubiese sido alegre, decía el Cardenal Cerejeira al Padre Caillon, nos lo hubieran dicho. Puesto que no nos dicen nada, es porque es triste’». (Fátima... p. 397).

El Cardenal Ottaviani queriendo salvaguardar la imagen del Papa, en ese entonces Pablo VI, justificando la no divulgación del 3er Secreto, nos indica sin quererlo que el Papa está concernido y le atañe directamente. En su alocución del 11 de febrero de 1967 declara que el 3er Secreto «estaba destinado al Santo Padre». «Destinado explícita y exclusivamente al Papa? Ciertamente no,» dice el Hermano Michel, pues «si el último secreto hubiera estado destinado al Papa únicamente, Sor Lucia lo hubiera dicho desde 1944». (Fátima.. p. 402). Además no se lo hubiera entregado a Mons. da  Silva como destinatario con poder de leerlo y divulgarlo, ni le hubiera hecho prometer que debía revelarlo en 1960 (fecha límite).

Lo importante es que el Card. Ottaviani «nos hace saber que es soberanamente importante para el Papa. Probablemente porque se trata de él. Seguramente es esta verdad que dió al Cardenal, o más bien al Papa Pablo VI, la idea de salir del apuro pretendiendo que el último secreto esta estrictamente reservado al Santo Padre». (Fátima... p. 402).

Sin embargo el 15 de diciembre de 1960 el Card. Ottaviani hace una alusión a la apostasía moderna en una alocución a los miembros de la Academia Marial Internacional, que pareciera tener mucho que ver con el 3erSecreto: «Basta dar un rápido golpe de vista sobre lo que pasa en este momento en el mundo, para reconocer que sin la intervención de la Madre de todas las misericordias junto al Todopoderoso, el mundo peligraría nuevamente de volverse pagano, con un paganismo más deplorable que el primero, porque está agravado por la apostasía.» (Fátima... p. 417).

No exageramos de ningún modo si involucramos al Papa en el 3er Secreto, es evidente que si «En Portugal se conservará siempre el dogma de la Fe» es porque en las otras partes el dogma de la Fe no se conservará, incluida Roma. Además ¿cómo se perderá el dogma de la Fe sin que la Jerarquía oficial de la Iglesia no haya de algún modo sido culpable, sin que el mismo Papa no desfallezca en su deber custodiando santamente y exponiendo fielmente el depósito de  la Fe? ¿Cómo el dogma de la Fe se perderá sin que haya habido desfallecimiento de aquel cuyo cargo principal consiste precisamente en conservar intacto el deposito de la Fe en el seno de la Iglesia?». (Fátima... p. 403).

Al respecto el perito oficial de Fátima (el fatimólogo más versado), el P. Alonso dice: «Es, pues, enteramente probable que el texto del tercer Secreto haga alusión concreta  a la crisis de la Fe en la Iglesia y a la negligencia de los pastores mismos. Habla también de luchas intestinas en el seno de la misma Iglesia y de graves negligencias pastorales de la alta jerarquía, de deficiencias de la alta jerarquía de la Iglesia». (Fátima... p. 403). Sor Lucia nos advierte, recordémoslo, diciéndole al P. Fuentes: «No  esperemos que venga de Roma un llamado a la penitencia de parte del Santo Padre para el mundo entero, ni esperemos tampoco que venga de nuestros obispos en sus diócesis, ni tampoco de las congregaciones religiosas. No...». (Fátima... p. 404)

La situación no puede ser más confusa y caótica como en los tiempos de la primera venida del Señor; el rebaño abandonado sin pastores. Lo cual será semejante en su Parusía (Segunda Venida).

Pablo VI leyó también el 3er Secreto: «Pablo VI, escribe Mons. Loris Capovilla, pide informaciones respecto a este documento, y no me acuerdo si fue en julio de 1963 o algunos meses después». (Fátima... p329). «En 1971, el obispo de Leira Mons. Venancio, atestigua que Pablo VI conocía el tercer Secreto». (Fátima... p. 329), pero sin decir públicamente nada, salvo evasivas.

Pablo VI menciona algunos  temas mencionados en el 3er Secreto, pero con el fin de disipar cualquier sospecha sobre su contenido. Poniendo así el dedo en la llaga durante una conversación con un periodista milanés en el otoño de 1965: «El Concilio esta a punto de demostrar que al lado de una crisis de la Fe en el mundo, no hay una, afortunadamente, crisis en la Iglesia. Los temas más graves, tales como el de la libertad religiosa, han sido debatidos con amor por la Iglesia. La formación de dos corrientes, progresista y no progresista, como dicen, no pone jamás en cuestión la fidelidad a la Iglesia. Todos discuten por el bien de la Iglesia y no vemos producirse defección ni signos inquietantes de luchas intestinas». (Fátima... p. 417).

Sin embargo conviene recordar que dijo: «La Iglesia se encuentra en una hora de inquietud, de autocrítica, diríamos de auto destrucción» (Discurso 7/dic/1968). «Por cual fisura el humo de Satanás ha entrado en el templo de Dios» (Discurso 29/jun/1972).

Juan Pablo II lo lee pero sin hacer caso: «Antes de dirigirse a Fátima, Juan Pablo II leyó la tercera parte del secreto y consulta a un prelado portugués de Roma a fin de que le traduzca con todos los matices de ese dialecto portugués»: (Fátima... p. 355).

El peligro de la apostasía es mencionado por Juan Pablo II en su primera peregrinación a Fátima en 1982 cuando dice: «Las sociedades amenazadas por la  apostasía, amenazadas por la degradación moral[2]» (Fátima... p. 419).

El Cardenal Ratzinger es otra  de las personas que leyó el 3er Secreto y resulta interesante pues ha dicho algunas cosas muy importantes que vienen a corroborar lo que hemos dicho, sobre el 3er Secreto y la crisis de Fe. En agosto de 1984 el Card. Ratzinger en sus declaraciones a Vittorio Messori «afirmaba que en el tercer Secreto de Fátima, del que tuvo conocimiento, había trazos de los peligros que recaen sobre la Fe y la vida cristiana, por consiguiente sobre el mundo» (Fátima... p. 401)

Al periodista que le pregunta  por qué no se ha revelado el 3er Secreto el Cardenal Ratzinger responde: «Porque según el criterio de los Papas, no añade nada distinto a todo eso que un cristiano debe saber de la Revelación: un llamado radical a la conversión, la gravedad absoluta de la historia, los peligros que recaen sobre la Fe y la vida cristiana  y en consecuencia sobre  el mundo. Después la importancia de los últimos tiempos [...]. Pero las cosas contenidas en este tercer secreto corresponden a eso que anuncia la Escritura...» (Fátima... p. 412).
                                                
Testimonio de los Peritos

Hay otras declaraciones de personas que si bien no han leído el 3er Secreto, no obstante por el estudio y la reflexión en contacto directo con Sor Lucía nos dan luz sobre su contenido.

El Obispo de Fátima en su carta pastoral del 25 de julio de 1966 habla del Misterio de Iniquidad: «Fátima, decía Mons. Venancio, no viene tampoco a dar razón a los profetas de catástrofes mundiales imaginarias. Fátima no puede reducirse a profecías sensacionales de guerras horrorosas... Nosotros afirmamos que Fátima es una cosa mucho más seria que todo eso. Fátima, realmente en esto también,  actualiza todo  el sentido evangélico de una Iglesia lanzada escatológicamente hacia un futuro que está ciertamente bien asegurado entre las manos de Dios, pero sin embargo está amenazado permanentemente por el Misterio de Iniquidad que está ya en marcha (2 Test. 2.7).» (Fátima... p. 414).

Mons. do Amaral obispo de Fátima, el 10 de septiembre de 1984 hace la siguiente declaración que fué proporcionada por el P. Messias Díaz Coelho en la revista Mensagem de Fátima: «‘El secreto no habla ni de bombas atómicas ni de cabezas nucleares, ni de  misiles Pershing o ss-20’ declaró don Alberto Cosme do Amaral, obispo de la diócesis de Leira-Fátima, durante una sesión de preguntas y respuestas que tuvo lugar en el aula magna de la universidad técnica de Viena, el 10 de septiembre último. ‘Su contenido insistió, no concierne más que a la fe. Identificar el Secreto con anuncios catastróficos o con un holocausto nuclear, es deformar el sentido del mensaje. La pérdida de la fe  de un continente es peor  que la aniquilación de una nación; es verdad, la fe disminuye en Europa.’ El prelado hizo estas declaraciones acompañado de su secretario e intérprete, el P. Luis Kondor, segun decir de este último, el Papa tiene serias razones para no publicar el secreto. Cuando se interroga al P. Kondor para saber si Don Alberto había leído la famosa carta de Lucía, respondió que no, pero que podía apoyar lo que  decía sobre el estudio que hizo del mensaje de Fátima» (F{atima... p. 400 - 401).

Y como muy bien hace ver el Hermano Michel: «Para pronunciar palabras tan firmes sobre el tercer Secreto, podemos estar seguros que Mons. do Amaral ha tenido todas las garantías de que las conclusiones de su estudio estaban en todos sus puntos conformes a la verdad. En 1981, había ya consultado con Sor Lucía para exponerle los textos de los falsos secretos difundidos por la prensa... Es moralmente cierto que en 1984 no se comprometería públicamente a indicar en resumidas cuentas el contenido esencial del tercer secreto, sin haber obtenido el asentimiento de la vidente» (Fátima... p.401).

Si el obispo de Leira-Fátima Mons. do Amaral, se atrevió hacer esta declaración importantísima, basada en su estudio y en los contactos con Sor Lucía, es porque estaba seguro de que lo  que decía estaba en plena concordancia con el 3erSecreto, habiendo tenido en última instancia el aval de Sor Lucía; de lo contrario no se expondría al ridículo en materia tan comprometida, con cualquier desmentido incluso de Roma, que confina el tercer Secreto al silencio más absoluto.

El famoso historiador William Tomas Walsh con una pregunta que hizo el 15 de Julio de 1946 a Sor Lucía, viene también a corroborar nuestro pensamiento sobre el 3erSecreto de Fátima como profecía Apocalíptica, al interrogarle obteniendo una respuesta tal que de no ser así, lo más fácil, simple y lógico sería haber dicho no, pero al decir que no puede responder a tal pregunta,  sin querer, manifiesta que si. La pregunta fué la siguiente: «Nuestra Señora le ha  hecho algunas revelaciones referentes al fin del mundo?» y Sor Lucía contesta: «No puedo responder a esta cuestión» (Cfr. Fátima... p. 397).  Un no rotundo, hubiera sido la respuesta, sin comprometer en nada, el Secreto, si en realidad no supiera nada  de parte de Nuestra Señora sobre el fin del mundo. Luego es evidente que Sor Lucía tuvo alguna revelación sobre el fin del mundo, o más exactamente el fin de los últimos tiempos apocalípticos, como ella misma distinguía, lo cual está relacionado íntimamente con el contenido profético y apocalíptico del 3er Secreto.

La tesis del P. Alfonso (perito oficial de Fátima) muerto en 1981 cuya obra completa está inédita y permanece silenciada por Roma, sostiene que sí: «‘En  Portugal se conservará siempre el dogma de la fe’. Esta frase insinúa con toda claridad un estado crítico de la fe que sufrirán otras naciones, es decir, una crisis de la fe; mientras que Portugal salvará su fe... Pues, en el periodo que precede al gran triunfo del Corazón Inmaculado de María se producirán las cosas terribles que son el objeto de la tercera parte del Secreto. Las cuales si ‘en Portugal se conservará siempre el dogma de la fe’... se puede deducir con toda claridad, que en otras partes de la Iglesia estos dogmas se van a obscurecer o bien se van incluso a perder. El contenido del Secreto debe referirse a profecías terribles con respecto al estado interior de la Iglesia.» (Fátima... p. 399).
«Semejante crisis de la fe, a escala de muchas naciones o de continentes enteros, tiene un nombre en las Sagradas Escrituras: la Apostasía. La palabra misma puede quizás encontrarse en el texto del Secreto. El P. Alonso no ha sido el primero en sostener esta tesis. Desde 1967 el R.P. Martins dos Reis escribía en su libro ‘Síntesis Crítica’: ‘todo eso que ha sido dicho (sobre  el contenido del tercer  Secreto) no son más que fantasías de mal gusto, salvo lo que se refiere a una crisis en el dogma de la Fe en ciertas naciones, a excepción de Portugal’. En 1970, el P. Mesías Dias Coelho lo sostenía públicamente en su revista ‘Mensagem de Fátima’.» (Fátima... p. 399-400). El P. Coelho en la misma revista nº 162 de abril de 1985 llegó a decir: «El Secreto habla de la actual crisis de la fe». (Fátima... p.400).

El P. Joseph Schweigl, que fue comisionado por Pio XII para hablar con Sor Lucía en agosto de 1952 a su regreso al Russicum, le confía al P. Cyrille Karel Kozina, uno de sus allegados: No puedo revelar lo que he sabido en Fátima sobre el 3er secreto pero puedo decir que hay dos partes: Una concierne al Papa. La otra, lógicamente —bien que no debo decir nada— deberá ser la continuación de las palabras: En Portugal se conservará siempre el dogma de la Fe» (Fátima....p.407).

Sor Lucía interrogada sobre el 3er Secreto por un familiar dice: «Está en el Evangelio y en el Apocalipsis, leedlos.» En otra ocasión indica capítulos VIII a XIII del Apocalipsis (Cfr. Fátima... p.422).

Y como bien dice el Hermano Michel: «el último secreto se sitúa en consecuencia dentro del cuadro apocalíptico de la lucha final entre la Virgen Inmaculada y el Dragón infernal, tal como nos lo describe el Apocalipsis... El combate apocalíptico entablado entre la Virgen María y el Dragón constituye la trama dramática de las tres partes del Secreto de Fátima» (Fátima... pp. 422 - 423).

Todos estos testimonios vienen a reforzar nuestro pensamiento acerca del 3er Secreto, el cual en substancia se refiere a la Gran Apostasía Universal profetizada en las Sagradas Escrituras para los últimos tiempos y la Gran Tribulación por la confusión doctrinal a causa de la pérdida de la fe, que reduce a la Iglesia a un pequeño rebaño a causa de la Abominación de la desolación en lugar santo. Todo lo cual conforma el misterio de iniquidad que tendrá lugar antes de la Parusía.





[1] El Cardenal Cerejeira era conciente que en 1960 se debía revelar al público el tercer Secreto: «El 7 de Septiembre de 1946, en
Brasil durante la clausura del Congreso Marial de Campinas, el cardenal Cerejeira hizo la siguiente declaración: ‘Por las dos
partes ya reveladas del secreto - la tercera no ha sido todavía comunicada, pero está redactada en una carta sellada con cera y
será abierta en 1960-, sabemos suficientemente para concluir que la salvación del mundo, en esta hora extraordinaria de la
historia, ha sido confiada al Corazón Inmaculado de María’.» (Fátima... p. 290).
[2] Doc. Cath.., 1982, p. 541.

SANTORAL 19 DE OCTUBRE





19 de octubre 

SAN PEDRO DE ALCÁNTARA,
Confesor
Traemos siempre y por todas partes en nuestro cuerpo
la mortificación de Jesucristo, a fin de que la vida de J esús
 se manifieste también en nuestro cuerpo.
(2 Corintios, 4, 10).

   San Pedro de Alcántara, siendo aun niño abandonó todas las esperanzas que le daban su nacimiento ilustre y sus raras cualidades, para entrar en la Orden los Recoletos. Animado del espíritu de San Francisco, trabajó con mucho fruto por la salvación de las almas, mediante sus predicaciones y numerosos milagros que Dios obró a sus ruegos. Santa Teresa mucho lo admiraba y asegura que Dios nada le había rehusado de lo que ella le había pedido por su intermedio. Murió en 1562.
MEDITACIÓN
SOBRE LA VIDA DE
SAN PEDRO DE ALCÁNTARA

   I. Este gran santo tenía tanto amor por los sufrimientos que a las austeridades prescritas por la regla de su Orden, añadió también otras más rigurosas. Comienza tú por practicar las mortificaciones que te impone tu estado de vida; haz después algunas penitencias supererogatorias. Es la manera de evitar el pecado. ¡Al que renuncia a las cosas permitidas, qué fácil le resulta evitar las prohibidas! (Tertuliano).

   II. Su espíritu siempre estaba ocupado por el pensamiento de Dios. ¿Qué te impide a ti elevar de vez en cuando tu corazón a Dios? Lo puedes hacer en medio de tus más importantes ocupaciones. Ofrece al Señor, en cada hora del día, lo que haces y lo que sufres. Un acto de amor o de contrición se hace muy pronto.

   III. Este santo tenía tanta caridad para con el prójimo que trabajaba sin descanso en su conversión. Comenzó reformando su Orden en España, después en Portugal, y en seguida mediante sus predicaciones se ocupó de la conversión de los pecadores. Comienza tú, asimismo, trabajando por la conversión de aquellos con quienes vives; para esto, tu buen ejemplo será más poderoso que tus palabras. Es preciso que pueda decirse del cristiano lo que Tertuliano decía del filósofo, que su exterior es un lenguaje y su conducta una enseñanza.

El amor de la cruz
Orad por los Padres Recoletos.

ORACIÓN
   Oh Dios, que os dignasteis hacer ilustre al bienaventurado Pedro, vuestro confesor, mediante los dones de una admirable penitencia y sublime contemplación, conceded a nuestros ruegos que, mortificando nuestra carne siguiendo su ejemplo y ayudados por sus méritos, comprendamos más fácilmente las cosas celestiales. Por J. C. N. S. Amén.

martes, 18 de octubre de 2011

EL PATRIOTISMO CLÁSICO EN LA ACTUALIDAD


Visto en : Devoción Católica

http://valentin-corpus.blogspot.es/img/carlistasguerracivil.jpg
por J. M. Gambra


Los separatismos han puesto de moda el patriotismo, moda reciente y con altibajos a tenor de los vaivenes de las noticias sobre el secesionismo, moda que, en todo caso, contrasta netamente con una época anterior, en que los sentimientos patrióticos eran despreciados por unos y por otros. Ese resurgimiento ha dado lugar a fenómenos variopintos y sorprendentes. Entre quienes nada tienen que ver con el catolicismo tradicional han renacido patriotismos de toda especie, culturales y estéticos los unos, costumbristas o casticistas los otros; patriotismos constitucionales e, incluso, futbolísticos, que nada tienen que ver con la virtud ensalzada por los clásicos paganos y cristianos. Curiosamente, entre tradicionalistas y carlistas no faltan quienes han dejado de lado el amor a la patria, por la sencilla razón de que su objeto parece haber dejado de existir. A tal efecto, se han fijado algunos en la europeización y, más allá, en la globalización, que a su parecer ineluctablemente engullirán, si no lo han hecho ya, las naciones que parecen ser el objeto natural del patriotismo. Otros, en cambio, se fijan en la disolución del estado, que identifican con las nacionalidades, procedentes de lo que el tradicionalismo llama preferentemente la patria.

Este último hecho -el desmantelamiento del estado- ha sido menos destacado por los medios de comunicación y merece unas breves palabras. Sabido es cómo el pensamiento moderno, pretendiendo racionalizar la sociedad, acabó por destruir su constitución natural e histórica para reducirlo al binomio Estado-individuo, donde el estado acapara la totalidad del poder y el individuo está indiferenciado en cuanto a sus derechos. Supuestamente la totalidad de los entresijos de las relaciones sociales son determinadas por la legislación que, emanada de los órganos de gobierno de Estado, vale por igual para todos los ciudadanos. Pero, de hecho, ese simple esquema racionalista, en que todavía muchos creen, no funciona así de manera cada vez más patente. Los auténticos centros de decisión se han traslado paulatinamente a una serie de grupos, o sociedades, distintas de las que se reconocen en la constitución tradicional de la comunidad. Al estado no sólo se le escapan las entidades financieras, los bancos y las empresas multinacionales, que se extienden mucho más allá de sus fronteras y ante las cuales se ve impotente. También le han nacido quistes internos, menos poderosos pero numerosísimos, que, aun estando frecuentemente fuera de la ley positiva, ésta no se les aplica. Así, dentro de las naciones desarrolladas con estados poderosos, hay mafias, lobbies, guetos, sectas, sociedades secretas y tribus urbanas, que son frecuentemente la fuente real de las decisiones que afectan al conjunto del orden social. Todo lo que no está prohibido es obligatorio según la ley, pero la aplicación efectiva de esa ley omnicomprensiva se hace de manera selectiva, según la fuerza y las relaciones personales de los verdaderos núcleos de poder. Este hecho evidente fue denunciado, ya a principios de los setenta, entre otros, por Humberto Eco, que vio en él un retorno a la Edad Media en el mal sentido de la palabra, es decir, como un retorno al feudalismo y a las relaciones de vasallaje y dependencia personales, a cambio de protección y prebendas[1]. En buena medida, creo que habría que dar la razón a esta visión negativa de Eco, por cuanto los grupos que así se han formado no son los cuerpos intermedios naturales, cuya vitalidad ha sido agostada por la rigurosa legislación liberal, sino sociedades contrarias al orden cristiano, cuando no comunidades de delincuentes, sin más. Los centros de enseñanza, las corporaciones profesionales o las agrupaciones municipales, si no están absorbidos por los partidos o sus sindicatos, tienen tales cortapisas en la legislación, que apenas tienen posibilidad de influir en la vida social. En cambio las sociedades de especulación económica, los lobbies de invertidos, los guetos islámicos, las agrupaciones de delincuentes o los simples grupos de presión, formados, por ejemplo, en el seno del funcionariado universitario, constituyen poderes fácticos, contra los cuales el estado nada hace.

Sin embargo, algunos han saludado este estado de cosas con alborozo, viendo en él una manifestación de la inclinación humana a vivir en sociedades de creencias y costumbres comunes, que es contraria al individualismo liberal. Hoy ese hecho se ha convertido, en manos de la corriente, de origen americano, llamada comunitarismo, en una doctrina que concibe la sociedad como comunidad, no de individuos iguales dentro de un estado neutro, sino de comunidades respetuosas entre sí, lo cual, a fin de cuentas, viene a ser un intento de acomodar a las nuevas circunstancias el neutralismo doctrinal del liberalismo[2].

Este comunitarismo ha sido bien recibido a veces por algunos eclesiásticos progresistas, movidos por los mismos resortes de adecuación a los tiempos que les impulsaron a bendecir la democracia individualistas un tiempo atrás. Pero lo que nos interesa aquí es el hecho de que numerosos católicos tradicionalistas parecen haber abandonado el patriotismo, creyendo que su única obligación para con la sociedad, más allá de la familia, sólo consiste en la adhesión a la comunidad tradicionalista más cercana a sus inquietudes. En otras palabras lo que interesa es que entre los católicos tradicionales se está produciendo una tendencia práctica al comunitarismo, de manera a menudo inconsciente.

En resumen, fuera de las formas de  patriotismo oficialmente admitidas -culturales, estéticos, costumbristas, constitucionales- hay otras actitudes entre los tradicionalistas que también tienen alguna desviación, como la que da por muerto el patriotismo, bien en aras de la globalización, bien en aras de las comunidades espontáneas. Si a esto añadimos el patriotismo cristalizado de, por ejemplo, los falangistas, nos hallamos ante un abanico de posibilidades, más o menos desviadas de la concepción tradicionalista del patriotismo y de la patria, que pueden producirnos cierta perplejidad, si no inducirnos a error y tentarnos con soluciones de moda.  Tentaciones tanto más peligrosas cuando el separatismo y el europeismo nos azuza a “hacer algo” y los sentimientos patrióticos no saben hacia dónde apuntar. Por ello, con la pretensión de dar alguna luz en la incertidumbre que todos padecemos, en este mundo cada vez más babélico que nos ha tocado vivir, intentaré dilucidar, desde la perspectiva tradicional qué es el patriotismo y cuál es su vigencia. Pero, por paradójico que parezca, no voy a apoyarme tanto en los autores tradicionalistas, sino en el pensamiento clásico de occidente y principalmente en unas observaciones de Santo Tomás. El tradicionalismo y el carlismo no se reducen a glosar lo que han dicho sus autoridades reconocidas, sino que ellas mismas deben ser vistas y juzgadas desde la totalidad del saber acumulado, a lo largo de siglos, por la sabiduría cristiana. Lo cual tiene su importancia, en lo que a nuestro asunto atañe, porque, en ocasiones, los más conspicuos autores tradicionalistas se han dejado influir por terminologías, doctrinas y hechos de la historia reciente, que han emborronado la doctrina clásica.  

El patriotismo es una virtud, es decir, un hábito de obrar bien. El hombre, cuya acción no está determinada por los instintos, obra voluntariamente, es decir, escoge entre las cosas que conoce racionalmente. Pero no tiene que dilucidar, cada vez, lo que debe hacer, conforme al orden del universo que conoce, sino que adquiere hábitos, al realizar repetidamente las acciones. Esos hábitos, cuando son buenos, se llaman virtudes y, cuando son malos, se denominan vicios. Y ¿cuándo son buenos o malos? Eso depende de si están ordenados al fin de la naturaleza humana o no, cosa que alcanza a saber el hombre por la contemplación de su propia esencia y del lugar que le corresponde en el conjunto de las cosas. Si la adhesión de la voluntad a un objeto que es conocido racionalmente, conduce al fin del hombre que es la beatitud, o la salvación, entonces la acción es buena y el correspondiente hábito una virtud. Si no, es mala y el hábito es un vicio.

La diversidad de las virtudes se establece según sea su objeto. Hay deberes para con nosotros mismos, para con los demás hombres y para con Dios. La virtud de la piedad tiene por objeto a aquéllos seres con los que tenemos una deuda que nunca podremos pagar. Uno de los rasgos que diferencia la piedad de la justicia es que la justicia exige el pago equitativo de lo que se debe, mientras que la piedad, sólo puede devolver lo debido de manera muy parcial, de modo que lo entregado nunca puede igualar a lo debido[3]. La piedad en un sentido supereminente se ha tener con Dios, al que todo debemos. Pero, de entre los seres creados, se tiene también piedad con nuestros padres, a los que debemos la vida, su conservación y la educación. Y esa misma virtud también se extiende a la sociedad de hombres en que hemos nacido y a la cual debemos el orden, la herencia cultural, las costumbres y los servicios, sin los cuales hubiera sido imposible nuestra vida, conservación y perfeccionamiento. Hay pues dos clases de piedad: la piedad filial y la piedad para con la patria, que es precisamente el patriotismo.

Esta virtud, aunque es próxima a la justicia y a la caridad, tiene la característica especial de no poderse practicar más que con unos hombres determinados. Dios ha querido que nazcamos de unos hombres concretos y no por generación espontánea, ni de esporas, como las setas; y ha querido que eso se haga dentro de una sociedad más amplia, gracias a la cual ha podido mantenerse la familia en que hemos nacido. Pues bien, sólo con esa sociedad y esos hombres, que son nuestros padres, podemos ejercer la virtud de la piedad, lo cual diferencia esta virtud de la caridad, que se ha de tener respecto de cualquier hombre, y de la justicia que se ha de practicar con cualquiera al que debamos algo. Podemos ser justos con cualquier hombre y también caritativos, pero sólo con los padres y la patria podemos tener la virtud natural de la piedad.

A la deuda que tenemos contraída con nuestros padres y la patria se corresponde con unas acciones que genéricamente suelen denominarse “culto”, término que hoy se ha restringido hoy a los actos que manifiestan la virtud de la religión y del amor a Dios, pero que debe entenderse en sentido más amplio, cuando se refiere a los progenitores y a la patria. Pues a estas cosas no se les debe el culto de adoración, o latría, que sólo es propio de Dios[4]. El culto a los padres consiste esencialmente en el respetarles, obedecerles, servirles y, accidentalmente, cuando las circunstancias lo exigen, en atender a sus necesidades, como puede suceder cuando enferman o carecen de medios de sustento[5]. Y lo mismo ocurre con la patria, a cuyos miembros y gobernantes legítimos debemos culto, esto es, servicio, respeto y obediencia y, si es necesario, debemos ofrecer una ayuda especial, por ejemplo, en caso de guerra. En otras palabras, para con la patria, aparte del respeto y reverencia que le debemos y de la contribución al bien común, que cada uno debe realizar desde el puesto que le corresponde, tenemos la obligación de socorrerla en las situaciones extraordinarias que se presentan cuando es hostigada por enemigos externos o internos.

El bien común no es lo que la comunidad, o la opinión más amplia de esa sociedad que es la patria, considera bueno, sino lo que sólo puede alcanzarse gracias a la sociedad y que es bueno, es decir, lo ordenado al fin propio del hombre que es la salvación. Santo Tomás dice explícitamente que la piedad filial no obliga a respetar el deseo de unos padres que quieran, por ejemplo, apartarnos de la religión, por ser ésta una virtud más elevada que la piedad, ya que tiene por objeto al mismo Dios[6]. Al contrario, debemos odiar (odire) a los padres que tal pretendan “en cuanto eso hacen” (es muy importante esta precisión, pues no nos exime de cumplir otros deberes respecto de ellos). No es virtuoso respetar el desorden que podamos hallar en los padres y lo mismo proporcionalmente sucede con la patria: no hemos de amar a los gobernantes que mandan lo contrario al orden querido por Dios, ni respetar, o rendir culto, a nuestros conciudadanos, en cuanto tengan deseos desordenados, sino que debemos odiarlos bajo ese aspecto. El patriotismo, como cualquier otra virtud, es una disposición de la voluntad a obrar el bien, lo cual presupone el conocimiento de lo que es bueno, o lo que es igual, de la ordenación de los actos hacia el fin supremo del hombre, el cual, en la situación actual del hombre redimido sólo está en el Dios tal como él se ha revelado.

Para terminar con esta somera descripción de la virtud patriótica, hay que destacar su importancia y su excelencia, declarada tanto por filósofos paganos como por los pensadores cristianos. Baste con pensar que el deber de amar a los padres, que analógicamente se extiende a la patria, constituye el primer mandamiento del decálogo que se refiere a los hombres, antes que la obligación de no matar y de no cometer actos impuros. Baste con traer a la mente que la piedad para con la patria es incluso superior a la que debemos a nuestros mismos padres, porque lo común es más excelente que lo particular.

En resumen: El patriotismo es una virtud cuyo objeto es la sociedad y el gobierno que nos ha permitido vivir y perfeccionarnos, cuyo fundamento se halla en la deuda de gratitud que sólo con esa sociedad tenemos y que nos obliga a darle culto, en el sentido señalado, y a procurar el bien propio de esa sociedad, es decir el bien común, que sólo es tal, si está encaminado al fin último del hombre, presente en la Revelación y custodiado por la Iglesia Católica. Esto último es lo más importante y lo que determina todo lo demás: el fin del hombre y del universo está en Dios, y las acciones voluntarias del hombre deben todas ellas dirigirse a alcanzar la salvación propia y de los demás. Entendido esto, se entiende todo lo precedente y se hace evidente el sinnúmero de errores que sobre el patriotismo se cometen en la actualidad. Veamos los más llamativos.

1) El sentimentalismo patriótico: El patriotismo no es, propiamente hablando, un sentimiento, sino una virtud. Verdad es que la palabra patriotismo es nueva y puede aplicarse a la emotividad que acompaña a la virtud de la piedad. Sobre los nombres no se debe disputar. Los sentimientos constituyen una clase de entidades mentales, que no tenía cabida en el pensamiento clásico. La noción de sentimiento aparece en el XVIII, y tiene en Pascal su antecedente, con la famosa frase, conforme a la cual tiene el corazón razones que la razón no entiende. Toma carta de naturaleza en el XVIII, gracias a Hume y a Rousseau, y se convierte en piedra angular de buena parte de la filosofía moderna, desde la teoría moral y religiosa de Kant, hasta la filosofía de los valores. Los sentimientos no son sino lo que la filosofía clásica llamaba las pasiones, o afectos del alma, que no son racionales de suyo, aunque pueden estar sometidos a la razón. Hay, por ejemplo una tendencia natural evidente a amar y defender a la patria y a los padres. Pero eso no es de suyo una virtud, si no está sometida al conocimiento racional del orden universo y encauzada al fin último del hombre. Como tampoco deja de ser virtuoso el que carece de tales sentimientos, por ejemplo, si ha estado alejado de su patria, pero, conocedor del orden natural y de los mandatos de la Iglesia, cumple con sus deberes patrióticos. El sentimentalismo filosófico ha dado a esas pasiones espontáneas una categoría que no les corresponde, al convertirlas en guía originaria de nuestra vida y en principio de toda moralidad. A mi entender, la razón última de este error radica en que esas pasiones parecen proceder directamente del yo, de la individualidad humana enclaustrada en su propia conciencia, y, al convertirlas en guía de la propia existencia, se traslada la fuente de la moralidad, desde el orden natural y la ley divina, hasta el hombre. Gracias a los sentimientos, así enaltecidos, se hace al hombre creador de su propio destino, conforme a las exigencias del humanismo moderno.

Que el sentimiento patriótico, igual que el filial, no es virtud de suyo y puede ser vicioso, se ve de manera clarísima cuando pensamos que los protestantes o los musulmanes, los  liberales, los separatistas o los demócratas y defensores de la constitución pueden tener  vivísimos sentimientos de amor a la patria, sin tener por ello la virtud del patriotismo. Precisamente porque el fin del patriotismo se halla en el bien común de la sociedad a la que pertenecemos y porque ese bien sólo es tal, si se encamina al fin último del hombre, resulta que el patriotismo de los herejes, los descreídos, los socialistas o los demócratas no tiene nada de virtud Porque persigue la perdición del hombre en cuanto pretende dirigir la patria hacia fines ajenos a la naturaleza humana y a la voluntad de Dios, como pueden ser la instauración de una democracia popular o de un régimen islámico[7]. Que el cristiano alabe, como es frecuente, tales patriotismos es como ser benevolente con el enamorado de la propia esposa o del joven que desea cohabitar con nuestra hija, atendiendo a la profundidad del amor que sienten. Una vez, vi en televisión un repugnante programa en que una señora sesentona, con atavíos rebuscadamente pueblerinos, presumía de los maravillosos hijos que tenía. La cámara, que en principio sólo presentaba su figura, se movió a continuación para enfocar a los hijos en cuestión, que resultaron ser dos homosexuales repintados. Para tener un amor de madre así, más vale no tener nada; y, lo mismo, para tener un patriotismo constitucional, mejor es ocuparse sólo de los propios asuntos.

Incluso los pensadores tradicionalistas se han dejado llevar, con excesiva frecuencia, de esta confusión entre sentimiento y virtud. No quiero citar a ninguno, pero a todo el mundo resulta familiar la idea de que el patriotismo es un sentimiento muy elevado y laudable. Creo que hubiera sido mejor hablar de virtud, aunque, sin duda, esos pensadores sólo se referían al sentimiento patriótico previamente encauzado por la virtud y no a cualquier sentimiento patriótico desordenado.

2) El patriotismo folklórico. Otra confusión frecuente acerca del patriotismo atañe a su objeto. Creen algunos que con respetar el nombre, la bandera y el escudo de España ya se es un buen patriota. Mucha bandera y poco trabajo. Creen otros que con ensalzar la cultura, la historia, las costumbres o el folklore ya son buenos patriotas. Mucha pedantería y poco contenido. Y no quiero por ello decir que todo eso no deba ser respetado, sino que no es lo esencial. El objeto directo de una virtud puede ser, como en este caso, los hombres y la sociedad formada por ellos, pero no los usos, la historia o los símbolos. Si hay que respetar y rendir culto a tales cosas es sólo secundariamente: bien por consideración hacia los hombres de la sociedad en que vivimos, y por reverencia a sus padres y antepasados; bien porque las costumbres y tradiciones facilitan la unidad necesaria para que la sociedad alcance sus fines; bien, en fin, porque sus símbolos representan a la sociedad misma. Todo ello es digno de respeto, pero sólo de manera delegada, o participada, y ese respeto está sometido al criterio de orden respecto del fin, exactamente igual que el que merece la sociedad misma. Es decir, que no debe respetarse toda la historia, ni todo símbolo, ni toda costumbre, porque sea de nuestra patria, sino sólo aquéllos que son buenos.

Hoy en día, quienes exaltan el patriotismo, desde posturas ajenas o contrarias al catolicismo, transfieren invariablemente su objeto, desde los hombres y la sociedad con la que tenemos contraída la deuda en que se funda el patriotismo, a sus epifenómenos culturales, simbólicos, artísticos o folklóricos. Así, Sánchez Dragó hizo gala de supuesta virtud patriótica cuando dijo: “conste que filosóficamente sigo siendo apátrida (…) pero no puedo permanecer indiferente ante la tentativa de desguazar todo lo que un país [como España] ha sido a lo largo de muchos siglos. Me indignaría también que eso se hiciera con la India, con Japón, con otras naciones”[8]. Y lo mismo le ocurre a Pérez Reverte, que, no por decir mucha hulería y palabrota, deja de defender un patriotismo estético y pedante, incoherente e interesado.

Lo malo es que esta tendencia ha hecho frecuente mella entre los escritores tradicionalistas, que a veces ponen objeto inmediato y directo de la virtud patriótica en las costumbres tradicionales, en la historia o en el suelo patrio. Cuando Santo Tomás habla de la virtud de la piedad para con la patria, no hace mención de nada de todo eso, tan escaso es el papel que le asignar. Sólo menciona la sociedad, sus hombres y el gobierno.

Veneremos enhorabuena todas esas cosas, que nuestra nación “nos lo pone fácil”, como hoy se dice. Porque liberales y socialistas, cuando quieren enorgullecerse de su patria, sólo puede recurrir a motivos tan fútiles como las victorias futbolísticas, de las que no menos podríamos presumir los católicos. Pero no las necesitamos, ya que podemos ufanarnos de las más gloriosas gestas que nación alguna ha hecho por el reinado de Cristo y de su Iglesia, mientras que los progresistas de todo pelaje no tienen gloria alguna a que acogerse en nuestra historia, como no sean las mil vilezas extranjerizantes o la caza de indefensos sacerdotes y monjas, que se han cometido en los últimos siglos. Pero hagámoslo con la conciencia de que todo ello es consecuente al amor debido a los hombres actuales de nuestra sociedad, y con la conciencia de que sólo son venerables la cultura, la costumbre y la tradición acordes con el fin del hombre y de la sociedad.

3) La substantivación de la patria. Una tercera manera de desencaminar el patriotismo nace de la manera en que se concibe la patria. No voy a hablar de la formación de las modernas nacionalidades y del estado, asunto sobre el cual ya hay demasiado, y demasiado bueno, escrito insignes pensadores tradicionalistas. El hecho es que la comunidad política por virtud de complejos avatares históricos ha venido a identificarse con lo que hoy en día se llaman naciones. Es decir, patria y nación (términos que se pueden separar o identificar como hace, aunque con distingos, el propio Mella) son, según eso, cosas como España, Francia o Inglaterra. Semejante nitidez y rigidez en la concepción del objeto de la piedad no se halla en Santo Tomás. Esa virtud se ejerce, según él, respecto de los padres, los consanguíneos, los compatriotas y el gobierno, enumeración que queda abierta a las diversas formas sucesivas de comunidades que culminan en los reinos, el imperio o la cristiandad.

La circunstancia transeúnte y accidental de la formación, durante los últimos siglos, de lo que llamamos naciones, que son formaciones políticas cuajadas, centralizadas y cerradas en sí mismas, ha influido de manera perniciosa en concepciones del patriotismo más o menos próximas al tradicionalismo. Me refiero concretamente al pensamiento de José Antonio Primo de Rivera, que substancializa la patria, confieriéndole una esencia inmutable y una especie de existencia separada y eterna[9], que la convierte, a través del Estado, en principio y foco de toda la acción política y social. Si el patriotismo cultural, o folklórico, toma el rábano por las hojas, el patriotismo falangista pone la carreta delante de los bueyes. No hay más que consultar la Norma Programática de la Falange, cuyo primer punto llama “realidad suprema” a España[10], y donde, sólo en el punto penúltimo, se acuerda de la religión para conceder que “nuestro movimiento incorpora el sentido católico -de gloriosa tradición y predominante en España- a la reconstrucción nacional”[11]. Verdad es que hay otras posibles lecturas de José Antonio y que su postura se explica como reacción ante el peligro separatista. No menor peligro tiene construir doctrinas para resolver problemas concretos, sin adoptar la necesaria distancia y hacer la imprescindible abstracción. Más vale seguir el ejemplo de Vázquez de Mella, cuyo patriotismo no va a la zaga del de José Antonio, pero no pierde de vista el lugar que en el orden universal tienen la patria, que no es descrita como realidad suprema desde la cual se sigue el resto de los principios políticos, sino como realidad donde confluyen todos los elementos del trilema carlista[12].

La realidad de las modernas nacionalidades también parece haber influido sobre la identificación del Estado con la noción de sociedad perfecta, que tanto se ha empleado al hablar de los dos poderes en el s. XIX y XX. Ni el Estado ni la nación son las únicas, ni las últimas, sociedades a que apunta el deber patriótico, entendido fuera de las condiciones históricas de la modernidad, que les ha aplicado la noción de acabamiento o perfección. Esa idea de la sociedad perfecta, que incluye la de su unidad, y la de su independencia, debe entenderse a la luz del fin, no como un fin en sí misma. La idea de la perfección aplicada a la sociedad se hallaba ya en Aristóteles, pero no era la unidad de una substancia que no puede formar con otra una substancia, sino que era la unidad determinada por el fin de la vida en común que es el “vivir bien”[13]. Bien es cierto que él concebía ese fin de manera sólo natural y que, en consonancia con sus circunstancias históricas, entendía que esa perfección se daba en las limitadísimas sociedades de varios pueblos que constituían las ciudades-estado en la antigua Grecia. Esa noción se ha aplicado luego a sociedades muchos más amplias, a los reinos medievales y a las naciones modernas. Pero lo esencial no es la unidad e independencia, sino la consecución del fin de la sociedad, que no se reduce al sustento y perfeccionamiento natural de los hombres, sino que es sobrenaturalizado y universalizado por el cristianismo, al incluirlo en el plan para el establecimiento del reinado de Cristo en la tierra. Por ello el carlismo ha insistido en el carácter abierto de la patria, que puede federarse, incluirse en imperios o tender a la unidad superior, que estaba en la idea de la Cristiandad.

Aquí también el criterio último ha de ser el orden del universo: el objeto de la piedad son las sociedades de las que somos deudores, empezando por las más próximas y prologándose hacia sociedades cada vez más amplias, sin confín predeterminado a priori. Sus límites no están prefigurados de manera tajante y definitiva, sino que dependen de las circunstancias históricas. Pueden ampliarse hasta formar imperios, pero no es imposible que, para cumplir su función y alcanzar el bien común, deban reducirse a unidades más limitadas. El separatismo es una sedición, cuando persigue un bien particular y destruye ese bien, que es la  unidad, por intereses partidistas o enfrentamientos interesados. Pero, de suyo, podrían ser necesarios para alcanzar el bien común. Cuando Menéndez Pelayo dijo que, si España dejaba de ser un pueblo de Dios, “se volvería a los reinos de Taifas”, solemos fijarnos en la pérdida de la unidad -que mala es-; pero mucho peor es que esos reinos sean de taifas, es decir pueblos mahometanos o descreídos. De igual manera, la formación de unidades superiores será indudablemente conveniente, cuando se trate de lograr, mejor y más universalmente, el fin de la sociedad que en Dios se halla; serán, en cambio, rechazables cuando se trate de alcanzar otros fines contrarios a la religión: la cristiandad era deseable, no la Unión Europea.

En resumidas cuentas, la piedad patriótica procede de una extensión por analogía de proporcionalidad, desde la piedad filial; y esa extensión abarca las diversas sociedades escalonadas, hasta aquélla, cuyo gobierno englobe nuestra vida, y no tenga otros gobiernos por encima. Hasta dónde se extiende nuestra obligación patriótica es cuestión de hecho. Ahora bien, como la virtud patriótica incluye la obligación de colaborar al bien común y, especialmente, la de defender la unidad de la patria, pueden darse conflictos entre la obtención del bien común, rectamente entendido, y la unidad de hecho de la patria. En ese conflicto, cuya solución sería, en cada caso, cuestión de prudencia, debe prevalecer como criterio, igual que en todo lo demás, el fin último del hombre, y no la unidad de una nación sustantivada, como ocurre en la concepción fascista. La unidad e independencia son un bien, si están encaminados al verdadero bien común, pero no es un bien absoluto. Por eso es inadmisible, desde el punto de vista tradicional, aquello de Calvo Sotelo: “España, antes roja que rota”, que, tomado fuera de contexto, no puede ser más desafortunado.

Entiéndaseme bien. Creo que España, a pesar de que ha perdido la comunidad en la concepción del bien, y a pesar de que su unidad parece ser mantenida por un Estado en degeneración, debe hoy ser defendida en su unidad e independencia. Pero se ha de tomar conciencia de que, en la imprevisible babel política en que vivimos, ése no es el bien último, ante al cual deba sacrificarse el bien común cristianamente entendido.



4) El tradicionalismo apátrida. El último error, que deseo resaltar, nace de lo que podría describirse como la disolución del deber patriótico entre los católicos. Según mi interpretación ese deber se extiende a todas las sociedades a que pertenecemos, y culmina en la más elevada de esas sociedades, cuyo gobierno tenga poder real, legítimo o no, sobre nosotros. Tenemos respecto de esas sociedades la obligación ordinaria de contribuir al verdadero bien común y el deber accidental de atender a sus necesidades extraordinarias. En nuestro caso, eso se concreta, a mi parecer, en el deber extraordinario de enfrentarnos, por los medios que tengamos a nuestro alcance y con la debida prudencia, a esos gobiernos, regionales, nacionales o supranacionales ilegítimos que están sobre nosotros. Tenemos que oponernos a ellos, con no menos entusiasmo que a un enemigo exterior, que hostigara o conquistara nuestra patria desde fuera.

Sin embargo, vemos hoy que el deber patriótico no sólo no es cumplido por los católicos, sino que niegan tenerlo. Dos errores distintos han contribuido, según entiendo, a que la mayor parte de los católicos no perciban la obligación patriótica extraordinaria de enfrentarse a esos enemigos interiores, que apartan a nuestra sociedad del fin al que debe dirigirse. La primera procede del contagio modernista que padecen las autoridades eclesiásticas, y de la consiguiente doctrina sobre la independencia del orden temporal respecto del espiritual. La sesgada interpretación maritainiana de la separación de poderes, admitida por muchas jerarquías eclesiásticas; el decidido apoyo teórico de estas últimas a la democracia; su posterior negativa a enmendarse ante los desastrosos resultados de esa enseñanza; el recurso a enmascarar la misma postura con la vacía retórica de la laicidad positiva; todo eso ha vaciado de huestes cualquier  organización que pretenda cumplir con el deber patriótico. Y así, cuando, entre los católicos, cunde la alarma por el futuro de nuestra patria, la única reacción que se ha dado, de manera común, ha sido votar al PP, con gran satisfacción por parte de los mejores obispos.

Pero, aún hay otra postura, a mi entender errada y poco denunciada, que no se da ya entre los seguidores del progresismo eclesiástico, más o menos virulento, sino entre los mismos tradicionalistas. Ese error se produce por creer que la patria se extiende sólo hasta donde llega, de hecho, la comunidad de fines conforme a la doctrina cristiana. Me explico: para algunos sólo pertenecemos a la comunidad de quienes admitimos las doctrinas tradicionalistas y, por ello, tratan de vivir en el seno de las pequeñas siociedades tradicionalistas, con la sana intención de preservarse a sí mismos, y a sus familiares, del contagio del mundo hostil al cristianismo en que vivimos. Están dispuestos a emigrar, si las cosas se ponen feas en España, y sólo pretenden del resto de sus semejantes, definitivamente perdidos a sus ojos, que respeten su comunidad, sin considerarse obligados, en modo alguno, a defender la sociedad en que hemos nacido. En otras palabras, hay numerosos tradicionalistas que vienen a mantener, en la práctica y sin saberlo, la doctrina del comunitarismo, que es, a la postre, una forma de liberalismo bastante cómoda. No deben olvidar, sin embargo, que quien quiere salvar su alma la perderá.

Es maravilla ver cómo muchos católicos puntillosos, incapaces de matar una mosca o robar un céntimo, fieles cumplidores de sus deberes de estado y de sus deberes religiosos, no mueven un dedo, no dan un euro, no se molestan en lo más mínimo por la patria, en estas horas negras por las que atraviesa; con lo cual cometen, a mi juicio, un pecado de omisión semejante al de abandonar a los padres en los momentos de necesidad. Peor incluso, según muchos, porque, como dice Aristóteles, “la ciudad es anterior por naturaleza a la familia y a cada uno de nosotros”[14].

Cultivemos, pues, la virtud del patriotismo y atendamos a nuestra patria en su enfermedad y decadencia. Huyamos de la reacción egoísta que nos acecha; a los viejos en forma de desesperación y deseo de no ver lo que se avecina; a los jóvenes, en forma de entrega a la diversión, que permite olvidar la propia responsabilidad y la realidad misma. Perdamos por nuestra patria el tiempo, el dinero, las amistades y el buen nombre dentro de esta degenerada sociedad, pues así cumpliremos un mandamiento que, en el decálogo, sólo es inferior a los que directamente se refieren a Dios y haremos méritos para alcanzar, un día, nuestra auténtica Patria.


Fuente: Comunión Tradicionalista

Notas

[1] ECO H., “La Edad Media ha comenzado ya”, en Eco H., COLOMBO F., ALBERONI F. y SACCO G., La Nueva Edad Media, C. Manzano trad., Alianza, Madrid 1973.

[2] Cf. el número monográfico de la revista Catholica, titulado “Personnalistes et communatariens” (nº 97, 2007) y AYUSO, M., “La metamorfosis de la política contemporánea, ¿disolución o reconstitución?”, Verbo 465-466,  mayo-junio-julio 2008, pp. 521 ss.

[3] SANTO TOMÁS, Suma Teológica, II-II, q. 80, a. 1, co.

[4] SAN AGUSTÍN, Ciudad de  Dios, l. X, cap.1

[5] SANTO TOMÁS, S. T., II-II, q.101, a 2 co.

[6] S. T, II-II, q. 101, a. 4, ad 1

[7] “Los que fomenten, aprueben o hagan posible la ruptura de la unidad católica de las Españas son destructores de mi patria”, dice Elías de Tejada (“La pietas en Santo Tomás de Aquino”, en Santo Tomás de Aquino; hoy, Speiro, Madrid 1974, p. 103).

[8] El Manifiesto.com, 11 de abril de 2007

[9] “España es Irrevocable. Los españoles podrán decidir acerca de cosas secundarias; pero acerca de la esencia misma de España no tienen nada que decidir (…) Las naciones  (…) son fundaciones, con substantividad propia” (PRIMO DE RIVERA J. A., Textos de doctrina Política, Delegación Nacional de la Sección Femenina de F.E.T. y de las J.O.N.S., Madrid 1966, p 286).

[10] Ibid., p. 339

[11] Ibid., p. 344

[12] VÁZQUEZ DE MELLA J., Obras completas, Junta de Homenaje a Mella, Madrid 1832, t. XV, p. 239

[13] Pol. I, 3, 1252b 28; cf. II, 2, 1261a 18 ss.

[14] Pol. I, 2, 1253a18. Cf. ELÍAS DE TEJADA F., op. cit., pp. 102-3.