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martes, 25 de diciembre de 2012

NAVIDAD: MISA DEL DÍA


MISA DEL DÍA


El misterio que la Iglesia honra en la tercera Misa, es el eterno Nacimiento del Hijo de Dios en el seno de su Padre.
A medianoche, celebró al Dios-hombre naciendo del seno de la Virgen en el establo; al amanecer, al Divino Niño que nace en el corazón de los pastores; en este momento, cabe contemplar un nacimiento mucho más maravilloso que los otros dos, un nacimiento cuya luz deslumbra los ojos de los Ángeles, y que es eterno testimonio de fecundidad sublime de Dios Nuestro Señor.
El hijo de María es el Hijo de Dios. Es nuestro deber proclamar hoy la gloria de esta generación inefable:consustancial con el padre, Dios de Dios, Luz de Luz.
Elevemos nuestros ojos a este Verbo eterno, que era en el principio con Dios.
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La Santa Iglesia abre los cánticos del tercer Sacrificio por aclamación al Rey recién nacido.
Ella celebra el poderoso Principado que tiene como Dios, antes de todos los tiempos, y que recibirá, como hombre.
Es el Ángel del Gran Consejo, el enviado del Cielo para cumplir el propósito sublime concebido por la Santísima Trinidad, para rescatar al hombre por la Encarnación y la Redención.
Un Niño nos ha nacido, un Hijo se nos ha dado; lleva sobre sus hombros el signo de su Principado, y será llamado el Ángel del Gran Consejo.
La Iglesia pide, en la Colecta, que la nueva Natividad del Unigénito, según la carne, nos libre a los que la vieja servidumbre nos tiene bajo el yugo del pecado; es decir, que no sea privada de sus efectos, sino que ella obtenga nuestra liberación.
El Apóstol San Pablo, en el maravilloso comienzo de su Epístola a los hebreos, destaca el eterno Nacimiento del Emmanuel.
Mientras que nuestros ojos están fijos con ternura en el dulce Niño del pesebre, San Pablo nos invita a elevarlos hasta la Suprema Luz, en la que el mismo Verbo que se digna habitar el establo de Belén, escucha al Padre eterno decirle: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy.
Y hoy es el día de la eternidad, sin noche o mañana, sin amanecer ni atardecer…
Si la naturaleza humana que se digna asumir en el tiempo lo pone por debajo de los Ángeles, su elevación por encima de ellos es infinita por su calidad de Hijo de Dios. Él es Dios, es el Señor. Envuelto en pañales permanece inmortal en su divinidad, porque tiene un nacimiento eterno.
En presencia del establo y del pesebre a los cuales desciendes hoy, te proclamamos Hijo eterno de Dios, confesamos tu eternidad…
En el principio era el Verbo. Y el Verbo estaba en Dios. Y el Verbo era Dios. Este estaba en el principio con Dios.
Todas las cosas fueron hechas por Él. Y nada ha sido hecho sin Él. Lo que ha sido hecho era vida en Él. Y la vida era la luz de los hombres…
El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba y el mundo por Él fue hecho, y no le conoció el mundo.
… Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros. Y vimos la gloria de Él; gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.
¡Oh luz infinita! ¡Oh sol de justicia! Somos la oscuridad; ¡ilumínanos!
No queremos más ser ni de la sangre, ni por la voluntad de la carne, ni por la voluntad de varón, sino de Dios, por Ti y en Ti
Te has hecho carne, oh Verbo eterno, para que nos uniésemos a Ti y fuésemos deificados.
Tú naces del Padre, naces de María, naces en nuestro corazón: tres veces Glorificado seas por este triple Nacimiento, oh Hijo de Dios, tan misericordioso en tu divinidad…, tan divino en tus anonadamientos…
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Hemos considerado la Fe y la Esperanza de la Santísima Virgen. Contemplemos ahora su Caridad.
La caridad es el amor; y el amor es, esencialmente, la vida de Dios.
Dios es amor, dice San Juan. ¡Qué palabras tan breves y tan substanciosas! En ellas se encierra todo lo que es Dios, con su majestad infinita, con su poder y sabiduría infinita, con su eternidad infinita.
¡Dios es amor! Ya está dicho todo con eso.
Pues bien, eso es María. También Ella participa, en cuanto es dado a una criatura, de la vida de Dios, pero de modo más excelso, más perfecto y verdadero que ningún otro ser. Dios quiso que nadie la aventajara en su amor, que nadie pudiera compararse con Ella, en cuanto a vivir esa vida de Dios. Sólo Ella había de amar a Dios, más que todas las criaturas juntas… Sólo de Ella se podría decir que también es el amor…
Y amó María a Dios, como Dios mismo nos lo había mandado, con todo su corazón, con toda su alma, con todas sus fuerzas.
Esta es la medida que Dios ha puesto a nuestro amor.
La Santísima Virgen amó a Dios con todo su corazón. ¡Todo!, ya está dicho con eso, la intensidad de su amor.
No dio al Señor un corazón dividido, no reservó ni una fibra, ni una partícula para Sí misma, ni para dársela a criatura alguna, ¡Todo…, todo entero!…, sin limitaciones ni reservas, sin titubeos ni regateos, sino todo y siempre, aquel Purísimo Corazón, perteneció a solo Dios.
María amó a Dios con toda su alma. Con todas las potencias, con toda la vida del alma.
Su entendimiento, no se ocupó en otra cosa que no fuera Dios o la llevara a Dios.
Su memoria, recordaba, sin cesar, y le ponía delante los beneficios y gracias que del Señor había recibido.
Su voluntad, era única en sus aspiraciones, porque no aspiraba sino a cumplir, en todo, la voluntad de Dios y someterse a ella, humildemente y también alegremente.
En eso ponía Ella todas sus complacencias.
María amó al Señor con todas sus fuerzas. Es consecuencia del corazón y del alma que totalmente ama a Dios. Pero quiere esto decir, que era tal la intensidad de este amor, que no retrocedía ante nada. Estaba dispuesta a todo, al mayor sacrificio si era necesario para este amor.
No es posible un amor grande e intenso que no sea a la vez triste, porque necesariamente se ha de entristecer al ver a quien se ama, despreciado, desconocido, injuriado.
El amor de María, tuvo que ser intensamente triste, al contemplar la dureza del corazón de aquel pueblo escogido, que tan mal correspondía a los beneficios de Dios.
Meditemos su dolor y su tristeza, cuando contemplaba la frialdad y tibieza de los judíos ante el pesebre.
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Otros dos caracteres del amor que debemos a Dios, y del que a Él tuvo la Santísima Virgen, son la complacencia y la benevolencia, que vienen a ser como los actos interiores del amor de Dios, en que nuestra alma puede y debe ejercitarse cuando ama.
El amor de complacencia es el amor que Dios se tiene a Sí mismo. Al contemplar su propia esencia y ver en ella su santidad infinita, su bondad suma, no puede por menos de tener una complacencia infinita.
Dios no puede amarnos a nosotros con este amor, no encuentra en nosotros nada en qué complacerse, ni siquiera la imagen de su esencia, que nos imprimió en la creación, porque por el pecado el hombre ha tenido la desgracia de borrarla de su alma. Sólo pecados, faltas, miserias. Esto es lo único que puede Dios ver en nuestras almas. ¿Qué gusto ni qué complacencia podrá sentir a la vista de esto?
Pero nosotros sí que podemos, y debemos, amar a Dios de esta manera.
Aunque visto a tan gran distancia cual es la que nos separa de Dios, no podemos por menos de contemplar, a poco que le miremos y le estudiemos, su incomparable hermosura, su santidad, su poder, su sabiduría, su justicia y su misericordia.
De suerte, que así como una madre se complace en las perfecciones y buenas cualidades de su hijo, así nosotros hemos de tener complacencia especial en admirar reflejadas en las criaturas todas esas perfecciones de Dios, deleitándonos al verle y contemplarle tan grande, tan sublime, tan magnífico, gozándonos de que sea como es y extasiándonos ante la excelencia de todos sus atributos y perfecciones.
Esta complacencia es la que constituye la gloria de los santos y bienaventurados en el Cielo, quienes al ver la hermosura de la esencia divina, sienten tal gusto y felicidad, que no pueden contenerse sin prorrumpir, en compañía de los Ángeles todos, en aquel cántico del Santo Santo Santo… que ha de durar por toda la eternidad.
¡Qué amor de complacencia el de María!… ¿Quién conocía mejor que Ella a Dios para apreciarle y amarle con locura, cada vez más y complacerse en sus perfecciones infinitas?
¿Quién pudo ver mejor a Dios… y gozar de Dios más que Ella, que en su Hijo veía constantemente a la vez a su Dios?
Por otra parte, nadie causó en Dios un amor de complacencia como Ella.
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El amor de benevolencia es, como su nombre lo indica, el amor que quiere el bien y busca y trabaja por hacer bien a quien ama.
Aquí sí que podemos abismarnos ante el amor de benevolencia tan infinito que Dios nos ha tenido. Si todo, todo lo que tenemos es de Él, si todo lo que nos ha dado es un bien y para nuestro bien.
Lo extraordinario es, que tratándose de Dios, aunque parezca mentira, también podemos y debemos amar a Dios de esta manera. No sólo podemos desear un bien a Dios, sino que podemos dárselo.
¿Es posible esto? Y, si es posible, ¿no será el desahogo más perfecto del amor, saber que podemos corresponder al amor que Dios nos tiene y que le podemos devolver algo de lo mucho que nos ha dado? ¡Qué dicha la nuestra! ¡Qué felicidad mayor que ésta para el corazón que ama!
¿Qué podemos dar a Dios? La gloria extrínseca que le puede venir de las criaturas.
Dios todo lo ha creado para su gloria y, por lo mismo, las criaturas han de dar gloria a Dios a su modo. Pero este modo es muy imperfecto, ya que ellas no tienen conocimiento ni pueden alabar a Dios, que son las dos condiciones para tributarle la gloria. Luego es el hombre el que en nombre de toda la creación, debe dar a Dios esta gloria de todas las criaturas.
Naturalmente, que con eso no añadiremos a Dios ni un grado más de su gloria intrínseca y esencial, que esto no está en la mano de las criaturas, pero habremos aumentado su gloria exterior, que consiste en las alabanzas y homenajes que debe tributarle la creación entera, como a su Señor y Criador.
Además, el celo, es lo segundo que también podemos dar a Dios, esto es, buscar almas, ganar almas en las que Dios sea conocido, amado, alabado y glorificado.
Este celo es tan esencial en la vida del amor, especialmente de este amor de benevolencia, que con razón se ha dicho: El que no tiene celo, no ama. El celo es como la llama del amor; si hay fuego de amor, habrá llamas de celo. Ése es el que devoraba a los Santos todos y les lanzaba a arrostrar los mayores peligros y la misma muerte, con tal de dar a Dios almas ganadas con sus sacrificios y trabajos.
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En cuanto al amor de benevolencia, aún más claramente se echa de ver en María la perfección de su amor.
Ella dio a Dios, lo que nadie pudo darle. Ni en la tierra ni en el Cielo se dio jamás gloria mayor que la que daba el Corazón de su Madre Inmaculada.
Hemos dicho y con verdad, que María amaba tiernamente a Jesús, porque, al fin, era Hijo suyo…, pero que al mismo tiempo, en su Hijo veía, adoraba y amaba a su Dios.
Todos los actos de amor maternal para con su Jesús, eran actos purísimos de amor de Dios y la unión estrechísima que como Madre tuvo con su Hijo, fue causa de la unión íntima y perfecta de su corazón para con Dios.
Durante el tiempo que permaneció Jesús en su purísimo seno, por un misterio incomprensible de humildad y de amor por parte de Dios, la vida de Dios fue la vida de María. La propia sustancia de la Madre nutre y alimenta a su Hijo, que es Dios.
Y Dios transmite a su vez a su Madre todas sus ideas y sus sentimientos. ¡Qué revelaciones! ¡Qué afectos! ¡Qué sentimientos! ¡Qué océano de luz y de amor!
María tiene el Cielo mismo en su Corazón, no tiene que levantar los ojos hacia arriba para orar a Dios, sino recogerse en su interior, porque todo lo tiene allí, física y moralmente, es una misma cosa con Jesús. Ora con la oración de Dios, vive con la vida de Dios, ama con el amor de Dios.
¡Qué cosa más admirable! ¡Qué unión más venturosa!
Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros…


P.CERIANI

SANTORAL 25 DE DICIEMBRE



25 de diciembre



LA NATIVIDAD
DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

María dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió
en pañales, y lo recostó en un pesebre, porque
no había lugar para ellos en la posada.
(Lucas, 2, 7).



  
   Augusto, señor del mundo, había ordenado un censo general y preparó así sin saberlo el cumplimiento de las profecías; María y José debieron trasladarse a Belén. Carentes de un techo hospitalario, se retiraron a una gruta que albergaba a un buey. ¡Allí fue donde nació el verdadero Señor del mundo! Envuelto en pobres pañales y acostado en un pesebre de piedra sobre un poco de paja, no fue calentado sino por el amor materno y paterno y por el aliento del buey de los pastores y el asno de los pobres viajeros. A estos homenajes se asoció toda la creación espiritual y material: los ángeles del cielo anunciaron al Salvador, primero al pueblo de. Dios ya los humildes en la persona de los pastores, que acudieron ala gruta; después, una estrella misteriosa llevó a ella a los magos, primicias de la gentilidad y de los grandes. Toda la tierra estaba entonces convidada a entrar en el divino redil. ¡Gloria a Dios y paz a los hombres!

MEDITACIÓN
SOBRE LA NATIVIDAD DE JESÚS

   I. La desnudez del Hijo de Dios hecho hombre debe inspirarnos el desprecio de las riquezas y el amor de la pobreza. Jesús es abandonado por todos; carece de fuego, tiene sólo algunos pañales para defenderse de los rigores del frío. Es la primera lección que Dios nos da viniendo a este mundo; ¿c6mo lo escuchamos nosotros? ¿Qué amor tenemos por la pobreza? Tanto la ha amado Jesús, que ha descendido del cielo para practicarla. ¿Qué remedio aplicar a la avaricia si la pobreza del Hijo de Dios no la cura? (San Agustín).

   II. La humildad brilla con admirable fulgor en el nacimiento de mi divino Maestro. Quiere nacer en un establo, de una madre pobre, esposa de un pobre artesano: todo en este misterio nos predica humildad. ¿Podríamos dejarnos todavía arrastrar a la vanidad? ¿Ambicionaremos todavía dignidades y honores? Aprendamos hoy lo que debemos amar y estimar; persuadámonos de que la verdadera grandeza de un cristiano consiste en imitar a Jesús y en humillarse.

   III. El amor de Jesús por los hombres lo redujo a estado tan pobre y tan humilde. El hombre se había perdido queriendo hacerse semejante a Dios, Dios lo redime tomando su naturaleza y sus debilidades. Quiso Jesús hacerse semejante a nosotros; respondamos a su amor haciéndonos semejantes a Él. Él quiere nacer en nuestro corazón por la gracia; no le neguemos la entrada y cuando esté en él, conservémoslo mediante la práctica de las buenas obras. Cristo nace en nuestra alma, en ella crece y se desarrolla: pidámosle que no quede mucho tiempo pobre y débil. (San Paulino).

La humildad
 Orad por la Iglesia.

ORACIÓN

   Haced, os lo suplicamos, oh Dios omnipotente, que el nuevo nacimiento según la carne de vuestro Hijo unigénito, nos libre de la antigua servidumbre a que nos tiene sujetos el pecado. Por J. C. N. S. Amén.

lunes, 24 de diciembre de 2012

NAVIDAD: MISA DE LA AURORA


MISA DE LA AURORA



Es hora de ofrecer el segundo sacrificio, la Misa de la Aurora.
La Santa Iglesia ha glorificado por la primera Misa el Nacimiento temporal del Verbo, según la carne.
En este momento, honrará un segundo Nacimiento del mismo Hijo de Dios, nacido de la gracia y misericordia, en los corazones de los fieles cristianos.
He aquí, en este mismo momento, invitados por los Santos Ángeles los pastores vienen a toda prisa a Belén; se agolpan en el establo, demasiado estrecho para contener la multitud.
Dóciles a la advertencia del Cielo, llegaron a conocer al Salvador, nacido para ellos. Y encontraron todas las cosas tal como los Ángeles se las habían anunciado.
¿Quién podrá describir la alegría de sus corazones, la simplicidad de su fe, la profundidad de su esperanza?
No se sorprenden de encontrar oculto por tal pobreza al que su nacimiento conmueve a los mismos Ángeles. Sus corazones han comprendido todo; adoran y aman a este Niño. Ya son cristianos.
¿Qué pasa en el corazón de estos hombres? Jesucristo nació en él; allí vive ahora por fe, la esperanza y la caridad.
Por lo tanto, llamemos a nuestro turno al divino Niño a nuestra alma; hagámosle lugar y que nada cierre la entrada de nuestros corazones.
Es para nosotros también que hablan los Ángeles, es para nosotros que anuncian la Buena Noticia; el beneficio no debe detenerse en los únicos habitantes de las campañas de Bethlehem.
Con el fin de honrar el misterio de la silenciosa venida del Salvador en las almas, el sacerdote va a presentar por segunda vez el Cordero sin mancha al Padre celestial que le envió.
Que nuestros ojos estén fijos sobre el Altar, como los pastores en el pesebre; busquemos como ellos al Niño recién nacido envuelto en pañales.
Al entrar en el establo, no conocían aún a Aquél que iban a ver; pero sus corazones estaban dispuestos.
De repente lo perciben, y sus ojos se detienen en este Sol divino. Jesús, desde el fondo del pesebre, les envía una mirada de amor; ellos se iluminan y encienden, y el día se abre en sus corazones.
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Hemos llegado a esta aurora bendita; ha aparecido el divino Oriente que esperábamos. Y no debe ocultarse más en nuestras vidas, porque hemos de temer por sobre todas las cosas la noche del pecado, de la cual nos libera.
Somos hijos de la luz e hijos del día; debemos desconocer el sueño de la muerte; hemos de velar siempre, recordando que los pastores velaban cuando el Ángel habló con ellos y el cielo se abrió para ellos.
Todos los textos de la Misa de la Aurora nos hablan del esplendor del Sol de Justicia. Degustemos esas citas como cautivos, durante mucho tiempo encerrados en una prisión oscura, a quienes una suave luz llega para devolverles la vista.
Resplandece en el pesebre el Dios de la luz. Sus rayos divinos embellecen todavía más los rasgos augustos de la Virgen Madre, que lo contempla con tanto amor; el venerable rostro de San José también recibe un nuevo resplandor.
Pero estos rayos no se detienen en las estrechas paredes de la gruta; si ellos dejan en la oscuridad merecida a la ingrata Belén, se expanden por todo el mundo y encienden en millones de corazones un amor inefable por esta Luz, que arranca a los hombres de los errores y de sus pasiones, para elevarlos hacia el Cielo.
El Introito celebra el amanecer del Sol divino. El brillo de su aurora anuncia ya el esplendor de su mediodía; comparte su fuerza y su belleza; está armado para su victoria; y su nombre es el Príncipe de la paz.
La oración de la Iglesia en esta Misa de la Aurora es para implorar la efusión de los rayos del Sol de justicia sobre las almas, a fin de que ellas sean fecundas en obras de luz, y que las antiguas tinieblas no aparezcan nunca más.
El Sol asomó para nosotros, es un Dios Salvador en toda su misericordia. Estábamos lejos de Dios, en las sombras de la muerte; ha sido necesario que los rayos divinos descendiesen hasta el fondo del abismo donde el pecado nos había precipitado.
Hemos sido regenerados, justificados, somos herederos de la vida eterna. ¿Que nos separa ahora del amor de este Niño? ¿Haremos inútiles las maravillas de un amor tan generoso; nos tornaremos nuevamente esclavos de las tinieblas de la muerte?
Mantengamos más bien la esperanza de vida eterna, a la cual nos han iniciado misterios tan altos.
Imitemos la solicitud y avidez de los pastores para ir a buscar al recién nacido.
Apenas han escuchado la palabra del Ángel, dejan todo sin demora y van al establo. Llegados a la presencia del Niño, sus corazones ya preparados reconocen al Hijo de Dios; y Jesús, por su gracia, nace en ellos.
Se regocijan y sienten que están unidos a Él; y su conducta dará testimonio del cambio que ha tenido lugar en sus vidas.
¡Sí!, mantengamos la esperanza de vida eterna, a la cual nos han iniciado misterios tan altos.
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Hemos considerado en la Primera Misa la Fe de María Santísima. Contemplemos ahora su esperanza.
Como fruto de la vida de Fe, brota espontáneamente en el corazón la esperanza.
Si aquélla nos lleva a conocer bien el valor de las cosas de la tierra y del Cielo, ésta nos lleva y arrastra a despreciar las primeras y a desear y confiar en la posesión de las segundas.
Dulcísima virtud la de la esperanza. Virtud completamente necesaria para la vida espiritual. Sin Fe no es posible agradar a Dios; tampoco sin la esperanza.
Es la desconfianza en Él lo que más le desagrada. La esperanza y confianza en Dios, establece en nosotros relaciones necesarias y obligatorias para con Él; debemos creer que Dios es remunerador, esto es, que dará según su justicia a cada uno lo que merece, y, por eso, con la esperanza, esperamos y confiamos en que Dios nos salvará…, que nos dará gracia suficiente para ello y, en fin, nos concederá cuanto le pidamos, si así conviene.
La esperanza, por tanto, es un verdadero acto de adoración, por el que reconocemos el supremo dominio de Dios sobre todas las cosas; su Providencia, que todo lo rige fuerte y amorosamente; su Bondad y Misericordia, que no desea más que nuestro bien.
Prácticamente viene a confundirse con aquella vida de Fe que se confía y abandona ciegamente en las manos de Dios.
Admiremos especialmente esta esperanza tan confiada, tan firme, tan segura y cierta, en la Santísima Virgen.
Recordemos nuevamente la Expectación del Nacimiento de Jesús, sobre todo después de su milagrosa Concepción en su purísimo seno. La vida de María no era más que una dulcísima esperanza, llena de grandes anhelos y de deseos vivísimos por ver ya nacido al Mesías prometido.
En Ella se resumió, acrecentada hasta el sumo, toda la esperanza que llenó la vida de los Patriarcas y Santos del Antiguo Testamento.
Seguía, paso a paso, el desarrollo de todas las profecías, y veía cómo, según ellas, se acercaba ya el cumplimiento de las mismas; que estaba ya en la plenitud de los tiempos…, y como su fe no dudaba ni un instante de la palabra de Dios, vivía con la dulce y consoladora esperanza de ver y contemplar al Salvador.
Una vez nacido, la esperanza de Nuestra Señora aumentó más y más.
En efecto, son muchas las cosas que producen, aumentan y conservan la confianza de uno en otro; por ejemplo, la certeza de la bondad y de la constancia de aquel en quien uno confía, la familiaridad y experiencia de su amor, su largueza en los beneficios y el sabor gustado de su dulzura.
En todas estas cosas abundó sobremanera la Virgen Madre. Estuvo abismada siempre en la contemplación de Dios y de sus perfecciones, y vivió en la más estrecha intimidad con Él: con el Hijo unigénito, que nació de Ella; con el Padre, como comparental suyo, y con el Espíritu Santo, como permanente y suavísimo huésped de su alma.
Conforme a esto, experimentó con suma frecuencia y de modo eminentísimo la caridad y amor que Dios le tenía, como a quien Él se había unido con tan íntima y grande dignación, que llegó hasta el punto de hacerse su Hijo.
Así conoció los beneficios que de Él había recibido con divina munificencia, y gustó que el Señor es dulce, y que es infinita la grandeza y la abundancia de su dulzura.
Y así de todas estas cosas sacó y tuvo en Dios la esperanza más perfecta y plenísima.
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También es María Santísima el objeto de nuestra esperanza y no sólo porque de Ella también hemos de gozar en el Cielo, contemplando su belleza encantadora, la hermosura de su virtud, la blancura de su pureza, sino, además, porque de Ella ha de venirnos la gracia que necesitamos, a Ella, debemos pedir diariamente, frecuentemente, la gracia de la perseverancia final.
Si sabemos acudir a la Santísima Virgen en los momentos de mayor oscuridad, de vacilación y cansancio, Ella nos alentará y nos conseguirá la gracia de perseverar.
Contemplemos a María viviendo siempre con la vista en el Cielo, no vivía más que de Jesús y para Jesús.
Pidámosle nos dé un poco de esta vida, que experimentemos algo de ella en este día de Navidad, para que así estimemos como despreciable todo lo de la tierra y no vivamos más que suspirando por la vida verdadera que nos ofrece el Niño Dios.
Habiendo tenido la Bienaventurada Madre Virgen la virtud de la esperanza de un modo excelentísimo, y además porque es también nuestra esperanza, como piadosa auxiliadora en el negocio de la salvación, se pueden aplicar muy bien a la Bienaventurada Virgen aquellas palabras del Eclesiástico: Yo soy la Madre del amor hermoso, del temor, de la ciencia y de la santa esperanza.
Así, San Agustín la llama única esperanza, de los pecadores; y San Germán de Constantinopla, esperanza de nuestra salvación.
Por lo cual, en la Antífona Salve Regina invocamos a María de todo corazón: Dios te salve, esperanza nuestra.
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El motivo y la garantía principal de nuestra esperanza es el mismo Dios con su bondad, su gran misericordia, su omnipotencia y su fidelidad para cumplir todo lo que nos ha prometido.
Toda la obra de la Encarnación fue hecha, al decir de San Pablo, para demostrar su misericordia, pero aún más lo demostró la obra de la Redención y la perpetuidad de la misma en la Eucaristía.
En verdad, que cuando se ven las promesas que hizo Dios en el Antiguo Testamento a los Patriarcas, a su pueblo escogido, y la exactitud con que se sujetó a ellas hasta en sus más mínimos detalles, se anima y consuela uno viendo la certeza de lo que nos ha prometido: la gracia, el Cielo, la posesión y el gozo de la visión beatífica, pues se convence el alma de que todo esto no son meras palabras, sino una dulce y grandiosa realidad.
Y aún quiso Dios hacernos más sensible este fundamento de nuestra esperanza; y para eso colocó toda esperanza en su Madre y en nuestra Madre ¡Qué motivo para confiar y nunca desesperar al ver que Dios y nosotros tenemos una misma Madre!
Si nuestra esperanza en Dios se ha de fundar en su misericordia, en su bondad y en su fidelidad, ¿no vemos claramente que en María ha depositado todos estos títulos, para animarnos mejor a acudir a Él por medio de Ella?
Mirando a María, no caben las desconfianzas, no tienen razón de ser las desesperaciones, no se explica el más mínimo desaliento.
No lo olvidemos, pues, en los sufrimientos, humillaciones, tentaciones, luchas y vicisitudes de la vida, siempre una mirada a María nos alentará, nos dará el consuelo que necesitamos, nos animará a trabajar y a practicar las virtudes cuesten lo que costaren.
Acudamos especialmente a Ella en estos días de Navidad; y ya que le pedimos que después de este destierro nos muestre a Jesús, fruto bendito de su vientre purísimo, pidámosle también que nos lo haga ver espiritualmente durante estos santos días.


P.CERIANI

SANTORAL 24 DE DICIEMBRE



24 de diciembre


SAN DELFÍN,
Obispo y Mártir



Preparad el camino del Señor ,
enderezad sus sendas.
(Lucas, 3, 4).

   San Delfín, obispo de Burdeos, combatió el error de los priscilianistas con celo ardiente y extraordinaria ciencia, particularmente en el sínodo de Zaragoza, que condenó a estos herejes, en el año 380, y en el de Burdeos, en el año 385. Mantuvo correspondencia con San Ambrosio y sobre todo con San Paulino de Nola, a quien tuvo el honor de conducir a la fe y de bautizar. Murió en el año 404.

MEDITACIÓN
SOBRE
LAS VÍSPERAS DE NAVIDAD

   I. María busca en Belén una casa donde guarecerse; llama a todas las puertas y nadie la recibe. ¿Cuánto tiempo hace ya que Jesús está a las puertas de tu corazón? Llama con golpes insistentes, y tú te haces el sordo. Es preciso que me purifique hoy de mis pecados mediante una santa confesión. ¿Qué es, en efecto, lo que aleja a Jesús y lo indispone contra mí, sino mi orgullo, mi cobardía, mi apego a los bienes de la tierra y a las comodidades de la vida? Quiero, pues, arrojar de mi alma a estos enemigos de mi amable Salvador

   II. Hay cristianos que reciben a Jesús, pero para tratarlo tal como deseaba hacerlo Herodes. Mañana Jesucristo descenderá hasta ti, ¡ten cuidado de recibir a este Huésped benévolo de manera digna de Él! ¿No lo alojarás en un corazón manchado por el pecado? ¿No lo echarás de allí recayendo muy pronto en las mismas faltas? Reflexiona con cuidado:  Aquellos que entregan a Jesús a miembros manchados por el pecado no son menos culpables que los que lo entregaron en las manos criminales de los judíos. (San Agustín).

   III. Vete a contemplar a Jesús en la Misa de medianoche; asiste a ella con devoción, humildad y fe semejantes a las de los pastores: verás en el altar al mismo Dios que ellos vieron en el pesebre. Piensa en los sentimientos de respeto, de amor y humildad que María y José tuvieron para con este adorable Niño; adóralo, humíllate ante Él, recíbelo con amor y ofrécele el presente de tu corazón.

La devoción a Jesucristo
Orad por los conciudadanos.

ORACIÓN

   Haced, oh Dios omnipotente, que la augusta solemnidad del bienaventurado Delfín, Vuestro confesor pontífice, aumente en nosotros el espíritu de Piedad y el deseo de la salvación. Por J. C. N. S. Amén.

domingo, 23 de diciembre de 2012

SANTORAL 23 DE DICIEMBRE



23 de diciembre


 SAN SÉRVULO,
Confesor



Alegraos en vuestra esperanza, sed sufridos
en la tribulación y perseverantes en la oración.
(Romanos, 12, 12).

   San Sérvulo, como el Lázaro de la parábola de Cristo, era un hombre pobre y cubierto de llagas que yacía frente a la puerta de la casa de un rico. En efecto, nuestro santo estuvo paralítico desde niño, de suerte que no podía ponerse en pie, sentarse, llevarse la mano a la boca, ni cambiar de postura. Su madre y su hermano solían llevarle en brazos al atrio de la iglesia de San Clemente de Roma. Sérvulo vivía de las limosnas que le daban las gentes. Si le sobraba algo, lo repartía entre otros menesterosos. A pesar de su miseria, consiguió ahorrar lo suficiente para comprar algunos libros de la Sagrada Escritura. Como él no sabía leer, hacía que otros se los leyesen, y escuchaba con tanta atención, que llegó a aprenderlos de memoria. Pasaba gran parte de su tiempo cantando salmos de alabanza y agradecimiento a Dios, a pesar de lo mucho que sufría. Al cabo de varios años, sintiendo que se acercaba su fin, pidió a los pobres y peregrinos, a quienes tantas veces había socorrido, que entonasen himnos y salmos junto a su lecho de muerte. El cantó con ellos. Pero, súbita mente, se interrumpió y gritó: "¿Oís la hermosa música celestial ?" Murió al acabar de pronunciar esas palabras, y su alma fue transportada por los ángeles al paraíso. Su cuerpo fue sepultado en la iglesia de San Clemente, ante la cual solía estar siempre. Su fiesta se celebra cada año, en esa iglesia de la Colina Coeli.

   San Gregorio Magno concluye un sermón sobre San Sérvulo, diciendo que la conducta de ese pobre mendigo enfermo es una acusación contra aquellos que, gozando de salud y fortuna, no hacen ninguna obra buena ni soportan con paciencia la menor cruz. El santo habla de Sérvulo en un tono que revela que era muy conocido de él y de sus oyentes, y cuenta que uno de sus monjes, que asistió a la muerte del mendigo, solía referir que su cadáver despedía una suave fragancia. San Sérvulo fue un verdadero siervo de Dios, olvidado de sí mismo y solícito de la gloria del Señor, de suerte que consideraba como un premio el poder sufrir por Él. Con su constancia y fidelidad venció al mundo y superó las enfermedades corporales.

MEDITACIÓN
SOBRE LA VIDA
DE SAN SÉRVULO

   I. San Sérvulo soportó, con heroica paciencia, una extrema pobreza y una cruel enfermedad. Jamás se le oyó una queja; en medio de sus sufrimientos, pedía sufrir más todavía. ¿Qué respondes tú a este  ilustre mendigo? Compara tus aflicciones con las suyas, tu paciencia con su paciencia, y cesa de quejarte de tu pobreza y del menosprecio de que se te hace objeto. ¡Avergüénzate! Jesucristo ha sido pobre, ha sido humilde. (San Pedro Crisólogo).

   II .Este santo sobreabundaba de alegría en la tribulación: el gozo de su corazón resplandecía en su rostro y se reflejaba en sus palabras. No cesaba de rezar a Dios y de celebrar sus alabanzas. Todas las aflicciones, por grandes, por penosas que fueren, te serán agradables si pides a Dios que te dé la fuerza necesaria para soportarlas, y si piensas en las promesas que hace Jesús en el Evangelio, a los que se resignan. ¿De dónde proviene que tan a menudo te veas agobiado de violenta pena, sino de que no piensas en Dios que puede consolarte, ni en el paraíso que espera a los que sufren con amor?

   III. La muerte de San Sérvulo es aun más dichosa que su vida: nada teme y espera todo; al morir sólo deja dolores y miserias, para tomar posesión del remo de los cielos. Pobres que estáis afligidos, consolaos: la muerte vendrá a trocar vuestros dolores en alegría. ¡En cuanto a vosotros, los felices de este mundo, la muerte vendrá a cambiar vuestros gozos en dolores! Ancianos, ella está a vuestra puerta; jóvenes, ella os tiende asechanzas por doquier. (Guerrico).

La paciencia
Rezad por los enfermos. 

ORACIÓN

   Oh Dios, que todos los años nos dais nuevo motivo de gozo con la solemnidad del bienaventurado Sérvulo, vuestro confesor, haced, en vuestra bondad, que honrando la nueva vida que ha recibido en el cielo, imitemos la que vivió en la tierra. Por J. C. N. S. Amén.

sábado, 22 de diciembre de 2012

SANTORAL 22 DE DICIEMBRE



22 de diciembre


SAN ZENÓN,
Mártir

¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano,
y no ves la viga que tienes en el tuyo?
(Lucas, 6, 41).

   San Zenón, que era un simple soldado, reprendió intrépidamente al emperador Diocleciano porque sacrificaba en honor de la diosa Ceres; declaróle que había que sacrificar al Dios de los cristianos con corazón contrito y humillado y no a los ídolos que son tan insensibles y vanos como el mármol o el bronce de sus estatuas. El tirano lo hizo prender y mandó que se le rompiesen los maxilares, que se le arrancasen los dientes a pedradas y que se le diese muerte.

MEDITACIÓN
SOBRE LA CORRECCIÓN FRATERNA

   I. Debemos estar llenos de gozo cuando se nos advierte de nuestros defectos porque, para corregirlos, primero hay que conocerlos. Enceguecidos por el amor propio, estimamos en nosotros lo que vituperamos en los demás. Sea tu amigo o tu enemigo quien te advierte tus defectos, siempre debes aprovecharte de ello; no te excuses, no acuses a quienes censuran tu conducta. ¿Cómo recibes tú las advertencias que se te hacen? ¿Cómo corriges los defectos que se te hace notar?

II. Cuando se te señala alguna falta, examínate; si lo que se te dice es verdad, corrígete. Si un enemigo o un hombre malo vitupera en ti algo laudable, alégrate: señal es de que comienzas a agradar al Señor. Porque desagradas a los malos. Es mejor ser vituperado sin causa que ser alabado sin motivo. Jesús, Salvador mío, no quiero agradaros sino sólo a Vos. Que los hombres hablen de mí como quieran, me importa poco: no son mis jueces.

   III. No examines las faltas de tu prójimo con ojo curioso y espíritu maligno. No lo acuses, a no ser que tu Posición haga que ése sea tu deber; y si los demás censuran su conducta ante ti, excúsalo en la medida en que puedas. Examina tus defectos y no pensarás en criticar los de tu prójimo. Aquél que se examina no busca lo que es censurable en otro, sino lo que en él mismo es digno de lágrimas. (San Bernardo).

La caridad
Orad Por vuestros superiores. 

ORACIÓN

   Haced, os lo suplicamos, oh Dios omnipotente, que la intercesión del bienaventurado Zenón, vuestro mártir, cuyo nacimiento al cielo celebramos. libre nuestro cuerpo de toda adversidad y purifique nuestras almas de todo mal pensamiento. Por J. C. N. S. Amén.

viernes, 21 de diciembre de 2012

SANTORAL 21 DE DICIEMBRE



21 de diciembre


SANTO TOMÁS,
Apóstol



Tú has creído porque me has visto, Tomás:
bienaventurados aquellos que sin haber
visto han creído.
(Juan, 20, 28).

   Santo Tomás, oscuro galileo, siguió a Jesús desde el primer año de su ministerio público; pero huyó en el momento de su Pasión. No quiso creer que Jesús hubiese resucitado antes de verlo con sus propios ojos. Así uno de los hombres que debían anunciar al Salvador al universo defeccionó primero y, en seguida, fue difícil de convencer: fue preciso que el Salvador le hiciese meter la mano en sus adorables llagas. Se dice que después se trasladó a la India a predicar el Evangelio y recibió allí la corona del martirio en edad muy avanzada.

MEDITACIÓN
SOBRE LA VIDA DE SANTO TOMÁS

   I. Primero Santo Tomás fue incrédulo: no quiso prestar fe a la resurrección a no ser viendo con sus propios ojos al Salvador. "Bienaventurados, le dijo Jesucristo, aquellos que sin haber visto han creído". ¿Soy yo uno de éstos? ¡Ah! si creyese firmemente que Jesús ha muerto por mí, que existe un infierno y un cielo, ¿acaso no viviría más santamente? ¡Desventurados aquellos que esperan los castigos de Dios para creer! (San Eusebio).

   II. La fe de este santo Apóstol se despertó una vez que Jesús le hubo hablado y que tocó sus sagradas llagas. También tú en estas fuentes del Salvador debes, alma mía, refugiarte para reanimar tu fe, fortificar tu esperanza y aumentar tu caridad. ¿Estoy yo enteramente convencido de que Jesús ha sufrido por mí en todo su cuerpo? Si lo creo, ¿cómo puedo amar los placeres, sabiendo que Jesús no amó sino los sufrimientos?

   III. Santo Tomás probó su fe mediante sus buenas obras. Llevó el Evangelio a los países más lejanos, y selló con su propia sangre la verdad de su enseñanza. En vano tus palabras dan fe de que crees en Jesucristo, si tus acciones desmienten a tu lenguaje. ¿Estás pronto a morir por confirmar tu fe? Tú, que pierdes el cielo y la gracia de Dios antes que privarte de un ligero placer, ¿eres cristiano? Si ni siquiera puedo en ti reconocer a un hombre razonable, ¿cómo habría de darte el nombre de cristiano? (San Juan Crisóstomo).

La fe
 Orad por la India.

ORACIÓN

   Señor, concedednos la gracia de celebrar con gozo la fiesta de vuestro apóstol Santo Tomás, a fin de que su protección nos ayude e imitemos su fe con una piedad digna de ella. Por J. C. N. S. Amén.

jueves, 20 de diciembre de 2012

SANTORAL 20 DE DICIEMBRE




SANTO DOMINGO DE SILOS,
Abad



Tribulación y angustias
 aguardan a todo hombre que obra mal.
(Romanos, 2, 9).

   Santo Domingo de Silos aprendió a servir a Dios cuidando las ovejas de su padre. Para santificarse mejor, tomó el hábito de San Benito en el monasterio de San Millán de la Cogolla. Elegido prior, resistió valientemente a Garcias, rey de Navarra, que quería apoderarse de las posesiones de la Iglesia. Este acto de valor hizo que lo confinasen en Castilla, donde llegó a ser abad de Silos. Reformó este monasterio e hizo de él uno de los más famosos de España. Murió en 1073, y un grupo de niños vio que su alma volaba al cielo.

MEDITACIÓN
SOBRE LAS TRES PENAS
DEL PECADO

   I. El pecado es castigo del pecador, como la virtud es recompensa del justo. El pecador lleva siempre consigo su verdugo; el remordimiento siempre tortura a su alma y le arrebata el bien supremo del hombre, que es la paz de la conciencia. Sin esta paz no hay placer, con ella, no hay tristeza. Los pecadores no pueden escapar del castigo, aun aquí en la tierra; aunque no haya llegado el día de la justicia, el castigo comienza allí donde comienza el crimen. (San Cipriano).

   II. La segunda pena del pecado es que deshonra al pecador a los ojos de todos los hombres virtuosos; por escapar de la vergüenza y del deshonor, el que obra mal aborrece la luz y busca las tinieblas. El pecador, además, es despreciado, por los malos mismos y por los cómplices de sus crímenes: ¡de tal modo el amor a la virtud y el aborrecimiento al vicio están hondamente enraizados en el corazón humano!

   III. El tercer castigo del pecador proviene de Dios: Él castiga al pecado en este mundo mediante las enfermedades, la pobreza, la peste, la guerra. Todo lo que sufres es castigo o del primer pecado de Adán o de algún pecado que tú has cometido. Pero, ¡cuánto más espantosos aun son los suplicios de la otra vida! Aquí ni siquiera puedes concebirlo, no sea que tal vez los experimentes algún día. ¡Verás cuán amargo es haber abandonado al Señor tu Dios! (Jeremías)

La huida del pecado
Orad por los que están en pecado.

ORACIÓN

   Señor, que la intercesi6n del bienaventurado Domingo, abad, nos haga agradables a vuestros ojos, a fin de que obtengamos por sus oraciones lo que no podemos esperar de nuestros méritos.  Por J. C. N. S. Amén.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

SANTORAL 19 DE DICIEMBRE




  19 de diciembre


SAN NEMESIÓN,
Mártir



Estoy persuadido de que los sufrimientos de la vida
presente no son de comparar con aquella gloria venidera,
que se ha de manifestar en nosotros.
(Romanos, 8, 18).

   San Nemesión o Nemesio, detenido como culpable de robo, probó su inocencia y ya estaba por ser puesto en libertad, pero fue inmediatamente acusado de nuevo como cristiano durante la persecución de Decio y confesó generosamente esta fe, de la que se le acusaba como de un crimen. Fue condenado a ser quemado con unos malhechores. Estimó una dicha terminar su vida como su divino Maestro en medio de facinerosos.

MEDITACIÓN
SOBRE LOS SUFRIMIENTOS

 
   I. ¡Todos hemos ofendido a Dios y no queremos sufrir algo para apaciguar su cólera! Nuestros pecados nos han merecido el infierno, y cuando Dios, para evitarnos tormentos eternos, nos envía cortas y ligeras pruebas, nos derramamos en quejas y gemidos. ¿Qué condenado habría que no aceptase con placer el favor que con ello nos dispensa? Sufre, pues, con este pensamiento: Lo que yo sufro es poca cosa comparada con el infierno que he merecido.

   II. Los sufrimientos de esta vida son poca cosa en comparación con los consuelos que Dios nos envía, cuando sufrimos animosamente por amor suyo. Estos consuelos son tan grandes, que embotan el aguijón del dolor; si los santos lloran en la soledad, lo hacen de gozo; si se quejan en el patíbulo, a menudo es porque la abundancia de los consuelos les impide gustar la hiel y la amargura del dolor.

   III. ¡Cuán insignificantes son nuestros sufrimientos si los comparamos con la gloria que se nos promete en recompensa! Por un momento de dolor, una eternidad de dicha! Además, el dolor nunca es universal, siempre va templado con algún consuelo; el gozo, por el contrario, será universal y sin mezcla de dolor alguno. Cuán leves parecerán nuestros dolores si pensamos en estas tres verdades. Los sufrimientos de esta vida nada son comparados con las faltas que hemos cometido, nada en comparación con los consuelos que se nos prodigan y de la gloria que se nos promete. (San Bernardo).

La paciencia
Orad por los afligidos.

ORACIÓN

   Haced, os lo suplicamos, oh Dios omnipotente, que la intercesión del bienaventurado Nemesión, vuestro mártir, cuyo nacimiento al cielo celebramos, nos fortifique en el amor de vuestro santo Nombre. Por J. C. N. S. Amén.