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domingo, 2 de diciembre de 2012

SERMÓN PARA EL PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO


PRIMER DOMINGO DE ADVIENTO

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Y habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y se abatirán las gentes en la tierra, por la confusión del rugido del mar y de las olas; quedando los hombres yertos por el temor y expectación de lo que sobrevendrá a todo el universo; porque las virtudes de los cielos se conmoverán, y entonces verán al Hijo del hombre que vendrá sobre una nube con gran poder y majestad.
Cuando comenzaren, pues, a cumplirse estas cosas, mirad y levantad vuestras cabezas, porque cerca está vuestra redención.
Y les dijo una semejanza: Mirad la higuera y todos los árboles: Cuando ya producen de sí el fruto, entendéis que está cerca el estío.
Así también vosotros, cuando viereis hacerse estas cosas, sabed que está cerca el reino de Dios.
En verdad os digo que no pasará esta generación hasta que todas estas cosas sean hechas. El cielo y la tierra pasarán, mas mis palabras no pasarán.
Este año, durante el Tiempo Litúrgico de Adviento, deseo detener la atención sobre la Persona adorable de Jesús, considerándola según los principales aspectos con que se nos ofrece en los Evangelios.
Para este estudio utilizaré, principalmente, la precisa y bella doctrina del Cardenal Isidro Gomá y Tomás, Primado de España.
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El Evangelio nos presenta un cuadro amplísimo en que se exhiben todos los elementos para definir a Jesús y su obra, una visión de conjunto de la trascendental figura de Jesús desde distintos puntos de vista.
Recogeremos en cuatro temas la luz dispersa en las narraciones evangélicas, junto con la luz de las profecías y la que ha dado el pensamiento tradicional cristiano, para que se vea así, de un golpe, al divino Redentor en cada uno de los distintos aspectos al vivir entre los hombres.
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JESÚS, HIJO DE DIOS
Vindicamos para Jesús, en este primer punto, su título más glorioso y en el que se funda toda la grandeza de los demás que se le atribuyen; el que le ha conquistado más seguidores y más acérrimos enemigos; quizá el que con mayores fulgores brilla en las páginas de los Evangelios: el título de Hijo de Dios.
Jesús es el Hijo natural de Dios, y, por lo mismo, es Dios.
Si Jesús es Dios, los Evangelios son los libros que iluminan toda la historia de la humanidad, de todos los siglos; si no lo fuese, no sólo sería un enigma la revelación del Antiguo Testamento, sino que la historia humana, anterior y posterior a Él, no sería más que una ficción espantosa.
Cinco veces, por lo menos, se declara Jesús explícitamente a sí mismo Hijo de Dios. Hay, además, gran número de textos que revelan la preexistencia, la misión trascendental y las especiales relaciones que unen a Jesús con el Padre.
De todo el conjunto de estos textos se desprende la certeza por parte de sus interlocutores y de los Evangelistas, que reprodujeron sus dichos, y la misma evidencia objetiva de que Jesús era más que un puro hombre, y que le unían a Dios lazos íntimos que le colocaban, con respecto a Dios, en situación que no ha gozado ningún mortal.
Podríamos llamar al cuarto Evangelio el Evangelio de la divinidad de Jesús: toda su finalidad dogmática y apologética se concentra, como en una tesis escolástica, en estas palabras: Estas cosas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo Hijo de Dios…
Por ello no es de extrañar que San Juan Evangelista precisara de una manera especial la naturaleza y las propiedades del Hijo de Dios.
Jesús, en el cuarto Evangelio, es el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre; Todo lo que hace el Padre, lo hace asimismo el Hijo; Él y el Padre son una misma cosa, idéntica en realidad.
En la oración sacerdotal de Jesús, después de la Cena, es tan claro el pensamiento del Señor sobre su identificación con el Padre, que la teología de los siglos posteriores no ha podido añadir a aquellos textos nueva claridad. El resplandor o gloria de Jesús es la misma del Padre, ya antes de que el mundo fuese; todas las cosas del Padre son del Hijo, y todas las del Hijo son del Padre; Él está en el Padre, y el Padre está en Él; es una misma cosa con el Padre.
Esta unidad de Jesús con el Padre, esta inmanencia recíproca, esta solidaridad de vida, de acción, de pertenencia, indican, en el pensamiento del Evangelista, una misma naturaleza, aunque con distinción de Personas.
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Jesús es el Hijo de Dios, no adoptivo, sino natural, único. Alrededor de esta afirmación, que sale de los labios de amigos y enemigos, pero que es especialísima afirmación del mismo Jesús, pueden agruparse otras pruebas de la divinidad de este Hijo de Dios, sacadas de las mismas páginas de los Evangelios.
Están en primer lugar los milagros y profecías del mismo Jesús, no en cuanto son obras de un poder o de una ciencia sobrehumanos, sino en cuanto son motivos de credibilidad de las enseñanzas de Jesús.
Taumaturgos y profetas hubo antes de Jesús, y no fueron Dios ni se llamaron Hijos de Dios: eran hombres de Dios, a quienes hacía Dios partícipes de su fuerza o de su ciencia, para que obraran en su Nombre milagros o predijeran cosas futuras.
Pero como sus milagros y profecías fueron la confirmación de la verdad de sus dichos, así los milagros y profecías de Jesús atestan la verdad de su filiación divina, con tanta insistencia y claridad por Él mismo predicada.
La misma forma con que Jesús realiza los milagros es argumento decisivo para demostrar su divinidad. Los hace por virtud propia, sin atribuirlos a ningún ser ni poder superior y sin declararse dependiente de él, como hicieron los demás taumaturgos.
Por esto la mayor parte de veces no ora, sino que impera. La misma facilidad y prodigalidad de sus milagros, y la naturaleza de la mayor parte de ellos, le colocan a una distancia inmensa sobre todo taumaturgo en la historia de los milagros.
Mirados en su conjunto los milagros de Jesús, le proclaman Señor de las fuerzas, de las naturalezas, de las leyes, es decir, Dios verdadero de Dios verdadero.
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La preexistencia y la preeminencia de Jesús, antes de todas las cosas y sobre todo ellas, son otro título de su divinidad.
Él es el Verbo de Dios, que existe en Dios mismo desde la eternidad y por quien han sido hechas todas las cosas.
Antes de que Abraham fuese, Él ya existe.
El Padre le ha dado poder sobre toda carne. Le ha sido dado todo poder, en el cielo y en la tierra; es el Señor del sábado, es decir, está sobre la misma ley; se dice a sí mismo más grande que Jonás y Salomón.
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En el orden espiritual y moral se atribuye cualidades y poderes que sólo Dios tiene.
El demonio nada puede sobre Él.
Está absolutamente libre de pecado.
Perdona los pecados, con escándalo de quienes saben que ello es atribución de Dios.
Se llama a sí mismo Luz del mundo, Camino, Verdad y Vida.
Se arroga, como el mismo Dios, el primer lugar en la jerarquía de los objetivos del amor humano: El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí: y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí.
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La misma trascendencia de la doctrina dogmática y moral de Jesús lleva la marca de su divinidad.
Pudo Jesús, como enviado del Padre, aun en la hipótesis de que fuera puro hombre, enseñarles a los hombres cosas excelsas y divinas: así lo hizo Moisés, así lo hicieron los Profetas de Dios.
Pero Jesús enseña un sistema total, orgánico, de doctrina religiosa. Lo que deja de enseñarles a sus discípulos personalmente, lo hará el divino Espíritu, que el Padre les enviará en su Nombre, y que Él mismo les enviará.
Y, sobre todo, lo enseña en nombre propio, como Maestro autónomo, aunque ejerciendo las funciones que le ha confiado el Padre, que le ha enviado a la tierra, y en cuyo seno lo ha aprendido todo.
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Jesucristo funda una sociedad religiosa, la Iglesia, y lo hace sobre un pobre pescador, como sobre firmísima roca; le provee, a él y a los demás apóstoles, de amplísimos poderes en el orden doctrinal, judicial y de santificación; les promete su asistencia hasta la consumación de los siglos y les traza maravillosos cuadros de sus tribulaciones y triunfos futuros.
Todo ello en forma que dista infinitamente de los temores, vaguedades, presunciones, etc., que acostumbran acompañar las instituciones hechas por hombres, aun siendo insignificantes, si se comparan con esta obra gigantesca de Jesús, que se agranda a medida que crecen los siglos.
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Ante esta visión de conjunto de los argumentos que los Evangelios nos ofrecen en demostración de la divinidad de Jesús, es inútil la estrategia de sus enemigos, de todos los tiempos, de ponderar la grandeza del lado humano de Jesús disimulando o combatiendo abiertamente su divinidad.
Jesús es absolutamente trascendental.
Cuando se hayan acumulado sobre Él todas las alabanzas que pueden rendirse a un hombre, nada se le ha dicho si no se le confiesa Dios, porque hay infinita distancia de las más elevadas cumbres que puedan conquistar los hombres hasta el pedestal inconmovible sobre que descansa la Persona y la obra de Jesús, Hijo de Dios.
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EL HIJO DEL HOMBRE
Jesús en los Evangelios es llamado Hijo de Dios, pero más repetidamente se le llama en los mismos Hijo del hombre.
Es que Jesús es perfecto Dios y perfecto hombre; engendrado de la substancia del Padre ante todos los siglos, nacido en el tiempo de la substancia de la Madre, como dice el Símbolo de San Atanasio.
Es Jesús Dios verdadero de Dios verdadero; pero es, al propio tiempo, verdadero hombre como nosotros, compuesto de alma y cuerpo, con las mismas facultades espirituales, con los mismos elementos orgánicos, con iguales sentimientos, bien que todo estaba en Él sublimado a la máxima altura de perfección, porque era el Hombre-tipo.
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Bosquejamos la figura humana de Jesús según se desprende de los textos bíblicos.
En distintas ocasiones se emplea en el Antiguo Testamento la locución hijo del hombre, y en todas ellas, excepto una sola, tiene la significación simple de hombre.
Por primera vez emplea el profeta Daniel la locución hijo del hombre en el sentido concreto de alguien que es el Hijo del hombre por antonomasia. En la famosa visión de los cuatro imperios, se le presenta al profeta como un Hijo de hombre, que debía fundar el quinto imperio, indestructible, que no será otro que el reino mesiánico: Miraba yo en la visión de la noche, y he aquí que venía uno como Hijo de hombre con las nubes del cielo, y llegó hasta el Anciano… Y dióle la potestad y el honor y el reino… Su potestad es potestad eterna, que no será destruida...
Desde esta célebre profecía, el Hijo del hombre entre los hebreos, es sinónimo de Mesías.
Es un hombre que será Dios al mismo tiempo: la naturaleza humana viene manifestada por el apelativo ordinario hijo del hombre; la naturaleza y el poder divinos se expresan con la forma con que en el Antiguo Testamento se presenta Dios a los hombres: sobre las nubes del cielo.
De hecho, los judíos del tiempo de Cristo hacían sinónimas las dos locuciones. Caifás, a la respuesta de Jesús:Veréis al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo…, entendió la alusión de Jesús a la profecía de Daniel y se rasgó las vestiduras, por creerle blasfemo, pues se atribuía la naturaleza divina.
El Hijo del hombre representa, pues, en la teología judía el sumo abajamiento de Dios que viene a la tierra en forma humana. El concepto no será preciso hasta que venga la novísima revelación de la Encarnación del Verbo; pero todo el pueblo espera el advenimiento de un Hijo de hombre que no será simple hombre como los demás.
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Jesús se llama a sí mismo en los Evangelios Hijo del hombre 82 veces. Nadie más que Él le llama así mientras vive en la tierra; San Esteban verá, en pleno Sinedrio, al Hijo del hombre en pie a la diestra de Dios.
¿Qué fin se propone Jesús al presentarse como Hijo del hombre? Demostrar, en primer lugar, que tiene una naturaleza humana como los demás mortales.
Es el Hombre por excelencia: un hombre-tipo, cuya perfección sobrepuja la de todos los hombres; pero que, en lo tocante a los constitutivos esenciales de la naturaleza humana, no difiere de los demás.
Dar, en segundo lugar, testimonio de su mesianidad. Pronuncia Jesús esta palabra a menudo con cierto énfasis, como para dar cuerpo vivo a la idea que del Mesías se han formado los judíos después de la profecía de Daniel.
Del hecho de que Jesús se llama a sí mismo Hijo del hombre se deduce esta conclusión: Jesucristo se presenta a los hombres como Verbo Encarnado; es por su Humanidad, personalmente unida a su Divinidad, que Jesús obra, sufre y triunfa; por ello aparece como Hijo del hombre en todos los textos que se refieren a sus funciones de Redentor, de Dios hecho hombre.
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Todo cuanto puede decirse de la naturaleza humana de Jesús viene encerrado en las breves y sublimes palabras de San Juan: El Verbo se hizo carne, es decir, se hizo hombre.
El que era Dios, sin dejar de serlo, sin sufrir mutación alguna, vino a ser hombre también, por cuanto tomó la naturaleza humana íntegra y la unió a su Persona divina.
Quiere ello decir que tomó Jesús un cuerpo como el nuestro.
La realidad del cuerpo de Jesús es el fundamento de toda su obra y de toda su gloria.
De su obra, porque su muerte, la separación de su alma y de su cuerpo, que sobreviene al derramamiento de su sangre, es el precio de la remisión de los pecados de los hombres.
De su gloria, porque Jesús entró en ella por los padecimientos de su cuerpo.
Tomó Jesús un alma como la nuestra. Un alma que es el principio de donde arrancan sus potencias: su inteligencia, que crecía en sabiduría ante Dios y los hombres; su voluntad, que se manifestaba en mil formas, y que siempre se acomodaba a la voluntad suprema del Padre; su memoria, que le recordaba sucesos anteriores.
Alma y cuerpo de Jesús eran el fundamento de su actividad emocional y afectiva. Su ternura por su Santísima Madre, la predilección por Juan el Evangelista, la pena por la muerte de su amigo Lázaro, la compasión que sentía por las turbas hambrientas, el menosprecio que le inspiraban escribas y fariseos, las congojas de Getsemaní, la santa ira que le inspira la profanación del templo: todo son movimientos sincrónicos de alma y cuerpo de Jesús.
Humanizar a Cristo con exceso es peligroso y abusivo, porque se le deforma al desgajar sistemáticamente el aspecto humano de su ser y de sus funciones de Dios. En Jesucristo no hay persona humana; sólo la Persona divina, la Persona del Hijo, está allí y a Ella deben atribuirse todos sus actos.
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EL MESÍAS
La esperanza en un redentor futuro es la esperanza que responde a la solemne promesa hecha por Dios a nuestros progenitores en el Paraíso, renovada con reiteración durante la historia del pueblo de Dios, y que se adulteró, como otras tantas verdades primitivas, en los pueblos de la gentilidad.
En el mismo pueblo judío sufrió el concepto del Mesías lamentables deformaciones.
En el pueblo de Dios el futuro salvador de las naciones se llamó Mesías, palabra que equivale a Cristo oUngido.
Como se ungía a los sacerdotes, a los reyes y a veces a los profetas, y por ello eran llamados Cristos, como señal de la misión teocrática que debían ejercer en Israel, así debía ser el futuro redentor el Mesías o Ungidopor antonomasia, por cuanto debía recibir la plenitud de la unción, no la unción litúrgica o material, sino lo por ella simbolizado, que no es otra cosa que la efusión sobre el ungido de los dones del divino Espíritu.
En este sentido dice David que el futuro Mesías será ungido con aceite de exultación o alegría; Isaías le llama Ungido por el Espíritu de Yahvé que vendrá sobre Él; y Daniel anuncia que será ungido el Santo de los Santos, es decir, el Mesías.
Mesías es, pues, un nombre representativo de todos los títulos que reunirá el futuro redentor. El Mesías, porque deberá ser el ungido con la plenitud.de todos los dones de Dios, será el Rey, el Sacerdote, el Profeta, el Doctor del pueblo redimido; será el Hijo de Dios, el Hijo del hombre, el Hijo de David, el Enviado, el Admirable, el Padre de la raza futura, el Emmanuel, etc.
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Un hecho insólito, en la literatura universal, es el de la redacción: en un espacio de más de mil años, una serie de libros escritos por varios hombres, de diferente cultura y temperamento, que cultivaron distintos géneros literarios, y que no obstante conservan la más absoluta unidad de pensamiento.
Y dentro de este hecho está aquel otro de una serie de predicciones relativas a un personaje futuro y que definen perfectamente no sólo su carácter personal, sino las circunstancias históricas en que debía aparecer y la obra grandiosa que debía realizar.
Son las profecías mesiánicas, así llamadas por referirse a la persona y a la obra del Mesías.
Jalonan ellas todos los siglos anteriores a Cristo, desde las puertas del Paraíso hasta el mismo momento en que aparece Jesús a la vida pública, señalándole el Bautista, último de los antiguos Profetas, como el Esperado de las naciones.
Forman un trazo de luz espléndida, que guía a la humanidad desde el Edén hasta Jesucristo. A través de las profecías mesiánicas se ve el pensamiento de Dios, manifestado en mil formas a los hombres, relativo al que debía ser el Salvador de las naciones.
Aun podríamos decir que el elemento profético relativo al futuro Mesías es en el Antiguo Testamento como el aglutinante y el soporte de los factores heterogéneos que integran los Sagrados Libros: historia, religión, literatura, constitución política del pueblo de Dios, sus relaciones, etc.
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Es el Mesías el hijo de la mujer que aplastará la cabeza de la serpiente; el Dios que habitará en las tiendas de Sem; el descendiente de Abraham, Isaac y Jacob; el hijo de Judá que vendrá al mundo cuando salga el cetro de Israel de la casa de este Patriarca; la estrella de Jacob que viera Balaam; el Profeta anunciado por Moisés.
La idea del Mesías, que en el período patriarcal pudo aparecer como un simple hombre, se desarrolla y explicita en el período de los reyes en el sentido de que será el mismo Yavhé quien revestirá la forma del Mesías.
David le ve de lejos, y le canta con una magnificencia que nadie podrá igualar: es el Hijo de Dios: El Señor me ha dicho: Tú eres mi Hijo, yo te engendré hoy; es el Sacerdote eterno según el orden de Melquisedec; se ofrecerá Él mismo en holocausto a Dios; y cosa que parece inverosímil, este Hijo de Dios y Sumo Sacerdote sufrirá los dolores de una pasión atrocísima, que describe el real Profeta como si se hallara presente en el Calvario al pie de la Cruz de Jesús. Todo el Salterio está impregnado del pensamiento del Mesías y lleno de episodios de su vida futura.
En el período llamado propiamente profético florecen, por espacio de trescientos años, dieciséis profetas, algunos de los cuales viven simultáneamente.
Cada uno de ellos aporta a la obra divina de la descripción del Mesías una serie de rasgos de precisión portentosa.
Su madre será virgen; nacerá en Belén, no obstante haber va nacido del seno del Padre desde toda la eternidad; se fija, año por año, el de su nacimiento; visitará el templo de Zorobabel; será poderoso taumaturgo y a un tiempo el tipo de la dulzura y mansedumbre; cuéntase el episodio de su venta y el número de monedas en que se le estima; se describen minuciosamente los oprobios de la pasión; la gloria de su sepulcro; la dilatación de su reino…
Todos estos trazos, y cien otros que podrían añadirse, de tal manera forman, en el pensamiento de Israel, la idea del futuro Mesías, que cuando llegue el Esperado de las naciones no habrá más que proyectar la luz de la profecía sobre Él para reconocerle de manera inconfundible y aclamarle Hijo de Dios e Hijo del hombre.
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Sin embargo, debido a la deformación que los judíos habían hecho de esta noción, Jesús sólo reivindica para sí el título de Mesías en los lugares y ocasiones en que la declaración de su mesianidad no fomentará equivocados prejuicios ni pondrá en peligro su obra.
Rehúye el título y la consideración de Mesías en los lugares y ante auditorios en que dominaba el prejuicio de un Mesías político que debiese restaurar el antiguo esplendor de Israel.
Pero cuando Jesús ha realizado ya su obra de evangelización y ha puesto los cimientos de su reino espiritual, deja todo reparo y se presenta claramente como Mesías.
Cuando pocos días antes de su última Pascua entra con solemnidad en Jerusalén, y las turbas le reciben como Mesías a los gritos de Hosanna al hijo de David, al ruego de los fariseos que le pedían hiciese callar a sus discípulos, responde Jesús: En verdad os digo que si callasen éstos, hablarán las piedras.
Y la noche antes de morir, al solemne conjuro del Sumo Sacerdote que le exige, en el nombre de Dios vivo que diga si es el Cristo Hijo de Dios, responde Jesús: Tú lo has dicho, es decir, sí, lo soy; y añade un rasgo que en la mente de todo judío era inseparable del carácter de Mesías-Dios, a saber, el presentarse un día Él, sentado a la diestra del Dios poderoso, viniendo sobre las nubes del cielo.
Después de su resurrección afirma reiteradamente su carácter de Mesías o Cristo, presentando sus sufrimientos y humillaciones, no sólo compatibles con su carácter de Mesías, sino como una condición esencial de la mesianidad, porque así estaba profetizado de antiguo. Sólo que Israel había desviado la idea del Mesías tomando de las profecías, y exagerándolas en su sentido temporal, aquellas que fomentaban el espíritu de reivindicación política del pueblo judío.
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Después de la Ascensión de Jesús, en los mismos tiempos apostólicos y por los mismos Apóstoles, se unirá definitivamente a su nombre patronímico, Jesús, el de Mesías o Cristo. Jesús será para siempre Jesús-Cristo, o Jesucristo.
Y las generaciones sucesivas ya no esperarán, en ningún pueblo, el advenimiento del Mesías, porque no podía venir en otro tiempo que en el de Jesús, ni podía ser otro que Jesús.
Ese Primer Adviento es el que nos preparamos a conmemorar en Navidad, mientras ansiamos y pedimos su Segundo Advenimiento en Gloria y Majestad.
P.CERIANI

SANTORAL 2 DE DICIEMBRE



 2 de diciembre


SANTA BIBIANA,
Virgen y Mártir



El mundo está crucificado para mí,
y yo estoy crucificado para el mundo.
(Gálatas, 6, 14). 

   Bibiana y su hermana Demetria heredaron las virtudes de sus padres Santa Flaviana y San Dafrosio, martirizados por la fe. Apronio, gobernador de Roma, después de haber confiscado sus bienes y tratado en vano de quebrantar su constancia mediante el calabozo y los horrores de la miseria, las hizo comparecer ante él. Demetria confesó generosamente su fe y cayó muerta a sus pies. Bibiana, después de haber resistido a los artificios y, después, a las implacables violencias de una mujer relajada, llamada Rufina, fue, por fin, atada a un pilar y azotada hasta que expiró.

MEDITACIÓN 
SOBRE EL DESPRECIO DEL MUNDO

   I. No ames al mundo, no te dejes prender por sus caricias falaces; halaga a sus partidarios sólo para perderlos. Les presenta miel en copa de oro, pero esta miel está envenenada. El amor de Jesús, por el contrario, comienza por la amargura y termina en la dulcedumbre. Cristiano, has sido creado para el cielo, no olvides tu glorioso destino. ¿Qué haces en el siglo, hermano mío, tú que eres más grande que el mundo? (San Jerónimo).

   II. No temas al mundo. El temor tanto como el amor al mundo, desvía del servicio de Dios. El mundo es un insensato, un enemigo de Jesucristo; es imposible darle contento, hagas lo que hicieres. Si tienes un poco de valor, será impotente contra ti; triunfa sólo de los cobardes. Yo no quiero temeros sino a Vos, oh Dios mío; que hable el mundo como quiera, yo temeré tus juicios y no los suyos. No es el mundo, no son sus partidarios los que un día me juzgarán. Vos seréis, Señor, y Vos me juzgaréis no según las máximas del mundo, sino según los preceptos del Evangelio.

   III. Hay que despreciar al mundo, pisotearlo; para lograrlo, basta considerar la vanidad de sus promesas y la manera cómo trata, todos los días, a sus más caros favoritos. ¿Qué les da en cambio de los sacrificios que se han impuesto, sino amargas decepciones? El mundo nos grita que nada puede hacer por nosotros; Vos, Señor, prometéis socorrernos; ¡Y he aquí que nosotros dejamos a quien nos sostiene para correr tras quien nos abandona! (San Agustín) .

El desprecio del mundo 
Orad por la paz
entre las naciones cristianas.

ORACIÓN

   Oh Dios, dispensador de todo bien, que habéis reunido en vuestra sierva Bibiana la flor de la virginidad con la palma del martirio, dignaos, por su intercesión, unir nuestros corazones a Vos con los vínculos de la caridad, a fin de que, libres de todo peligro, obtengamos las recompensas eternas. Por J. C. N. S. Amén.

sábado, 1 de diciembre de 2012

SANTORAL 1 DE DICIEMBRE



1 de diciembre


SAN ELOY
Obispo y Confesor
(659 P.C.)


Haga cada uno lo que les es propio, trabaje
con sus manos como lo hemos ordenado.
(1 Tesalonicenses, 4, 11).

   San Eloy, nacido cerca de Limoges hacia el año 590 fue, primeramente, orfebre. Hizo dos tronos para Clotario II con el oro destinado para uno solo y esta probidad le valió el puesto de platero del rey. Nombrado obispo de Noyon, en el año 640, nunca iba a la corte de Dagoberto sin haber orado, y un cortejo de pobres lo seguía. Sus austeridades, sus lágrimas, sus milagros y sus predicaciones sobre los cuatro fines del hombre convirtieron a una muchedumbre de idólatras. Murió en el año 659.
     

  MEDITACIÓN
SOBRE EL TRABAJO

   I. El hombre ha nacido para trabajar. Mandó Dios a Adán que cultivase la tierra, y nadie, sea cual fuese su posición, escapa a la ley del trabajo. Imita a Jesucristo que trabajaba con San José en el taller de Nazaret; es el medio para hacerte agradable a Dios, útil a los demás y a ti mismo. Quien trabaja, decían los Padres del desierto, no tiene para combatir sino al demonio de la ociosidad; el que está ocioso, es tentado por todos los otros demonios, porque la ociosidad es la madre de todos los vicios.

   II. Trabaja como hacia San Eloy, ofreciendo a Dios tu trabajo al comienzo del día y de cada una de tus acciones. De tiempo en tiempo renueva esta intención; si hay algo que sufrir, ofrécelo a Jesús crucificado. Terminada tu tarea, examínate y pide perdón a Dios por las faltas que hayas cometido: he aquí el medio para santificar tu trabajo y acumular méritos para la eternidad. Hazlo así en todas tus ocupaciones, tanto corporales como espirituales, sean las que fueren.

   III. No emprendas demasiadas cosas, el exceso de trabajo es tan contrario a la salud como la ociosidad. En efecto, traba tu espíritu con infinidad de afanes que ahogan la devoción y te privan de todo tiempo para pensar en Dios. Recuerda siempre que una sola cosa es necesaria: trabajar en tu salvación. ¿Cómo lo haces tú? Buscas las riquezas, y aunque mucho te hayas afanado, tal vez no las encontrarás; pero a Dios, lo encontrarás siempre que quieras. (San Agustín).

El recogimiento 
Orad por los que os gobiernan.

ORACIÓN

   Haced, oh Dios omnipotente, que la augusta solemnidad del bienaventurado Eloy, vuestro confesor pontífice, aumente en nosotros el espíritu de piedad y el deseo de la salvación. Por J. C. N. S. Amén.

viernes, 30 de noviembre de 2012

SANTORAL 30 DE NOVIEMBRE



30 de noviembre


SAN ANDRÉS,
Apóstol



Líbreme Dios de gloriarme, sino en la cruz
de Nuestro Señor Jesucristo.
(Gálatas, 6,14).

   San Andrés, pescador de Betsaida en Galilea, hermano de Simón Pedro y, primero, discípulo de San Bautista, fue, después de la Ascensión, a predicar el Evangelio en Tracia, en Escitia y, después, en Orecia. Fue apresado bajo Nerón, azotado varias veces y por fin, condenado a morir crucificado. Regaló sus vestiduras al verdugo y, en cuanto vio la cruz, la abrazó exclamando: "¡Oh buena cruz, cuánto tiempo hace que te deseo!" Desde lo alto de ella predicó durante dos días el Evangelio a la multitud que presenciaba su suplicio.

MEDITACIÓN
SOBRE LA CRUZ 
DE SAN ANDRÉS

   I. San Andrés había deseado durante mucho tiempo la cruz, y había preparado su espíritu para recibirla. Imita esta santa previsión y prepárate para padecer valerosamente las más duras pruebas. Pide a Dios que te castigue según su beneplácito. Si te escucha, la cruz te será dulce; si no te escucha, no por eso quedarán sin recompensa tus buenos deseos. Di con San Andrés: Oh buena Cruz, oh Cruz por tanto tiempo deseada, sepárame de los hombres para devolverme a mi Maestro, a fin de que Aquél que me ha redimido por la cruz, me rectba por la cruz.

   II. San Andrés se alegró a la vista de su cruz porque debía morir como su divino Maestro. Cuando veas tú que se te aproximan la cruz y los sufrimientos, que este pensamiento te fortifique. Jesús ha padecido todos estos tormentos y mucho más crueles aun, para endulzarme su amargura. En lugar de imitar a este santo Apóstol, ¿no tiemblas tú, acaso, a la vista de las cruces y de las aflicciones?

  III. Considera que no es San Andrés quien lleva la cruz, sino la cruz la que lleva a San Andrés. Si llevas tú la cruz como él, ella te llevará, no te incomodará, te ayudará a evitar los peligros del mundo. Si no llevas tu cruz con alegría y buena voluntad, será preciso que la arrastres gimiendo. Nadie está exento de cruz en este mundo; siente menos su pesadez quien la lleva alegremente por amor a Dios. La cruz es un navío; nadie puede atravesar el mar del mundo si no es llevado por la cruz de Jesucristo. (San Agustín).

El amor a la Cruz 
Orad por la conversión de Inglaterra.

ORACIÓN

   Oíd nuestras humildes plegarias y concedednos, Señor, que el Apóstol San Andrés, que instruyó y gobernó a vuestra Iglesia, interceda continuamente por nosotros ante el trono de vuestra divina Majestad. Por J. C. N. S. Amén.

jueves, 29 de noviembre de 2012

SANTORAL 29 DE NOVIEMBRE




SAN SATURNINO,
Mártir



Los hijos de este siglo son más sagaces,
en sus negocios, que los hijos de la luz.
(Lucas, 16, 8).

   San Saturnino fue detenido y arrojado en una prisión durante la persecución de Diocleciano. Después de haber sufrido mucho en su mazmorra, fue sacado de ella para ser extendido en el potro; pero como las torturas ordinarias no podían doblegarlo a sacrificar a los dioses, le machucaron el cuerpo a bastonazos y le quemaron los costados con antorchas ardientes. Por fin fue decapitado junto con el diácono Sisino, y sus cuerpos fueron enterrados a dos millas de Roma, en la vía Salariana, el año 309.

MEDITACIÓN
SOBRE LA VERDADERA
PRUDENCIA DEL CRISTIANO

   I. La verdadera prudencia del cristiano consiste en regular la vida según las máximas del Evangelio; hay que mirar las cosas de este mundo con los ojos de la fe. El hombre político, el médico, el orador si- guen las reglas de su respectivo arte: iSólo el cris- tiano quiere hacer profesión de cristianIsmo sin ob- servar sus preceptos! Se declara discípulo del Evangelio no obstante vivir una vida contraria al Evangeio. Leen el Evangelio y se entregan a la impureza; se dicen discípulos de una ley santa y llevan una vida criminal. (Salviano).

   II. ¿De qué proviene que no obremos según las máximas del Cielo? Es que no meditamos lo suficiente. ¿Podríamos acaso amar las riquezas y los placeres, si pensásemos seriamente en la muerte que está próxima, en el juicio que le sigue, en la eternidad de dicha o de infelicidad que será nuestra herencia?

   III. Sería menester meditar cada día una verdad del Evangelio y elegir una de ellas en particular con la que entretuviésemos nuestra alma, que fuera como nuestro lema y nuestro grito de guerra en nuestra lucha contra el demonio. Los santos tuvieron su divisa particular, San Francisco: Mi Dios y mi todo; Santa Teresa: O padecer o morir; San Ignacio de Loyola: A la mayor gloria de Dios; el cardenal de Bérulle: Nada mortal para un corazón inmortal. Siguiendo el ejemplo de estos grandes hombres, elige en la Escritura o en los Padres una palabra y no la pierdas de vista. ¿De qué sirve al hombre ganar todo el universo, si llega a perder su alma?

El deseo de la sabiduría 
Orad por los prisioneros.

ORACIÓN

   Oh Dios, que nos concedéis la alegría de celebrar el nacimiento al cielo del bienaventurado Saturnino, vuestro mártir, concedednos la gracia de ser asistidos por sus méritos. Por J. C. N. S. Amén.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

SANTA CATALINA LABOURÉ


28 de noviembre  



 SANTA CATALINA LABOURÉ,
 Virgen
(1876 P. C.)

   La capilla de las apariciones de la Medalla Milagrosa se encuentra en la rue du Bac, de París, en la casa madre de las Hijas de la Caridad. Es fácil llegar por "Metro". Se baja en Sevre-Babylone, y detrás de los grandes almacenes "Au Bon Marché" está el edificio. Una casona muy parisina, como tantas otras de aquel barrio tranquilo. Se cruza el portalón, se pasa un patio alargado y se llega a la capilla.

   La capilla es enormemente vulgar, como cientos o miles de capillas de casas religiosas. Una pieza rectangular sin estilo definido. Aún ahora, a pesar de las decoraciones y arreglos, la capilla sigue siendo desangelada.

   Uno comprende que la Virgen se apareciera en Lourdes, en el paisaje risueño de los Pirineos, a orillas de un río de alta montaña; que se apareciera inclusive en Fátima, en el adusto y grave escenario de la "Cova de Iría"; que se apareciera en tantos montículos, árboles, fuentes o arroyuelos, donde ahora ermitas y santuarios dan fe de que allí se apareció María a unos pastorcillos, a un solitario, a una campesina piadosa...

   Pero la capilla de la rue du Bac es el sitio menos poético para una aparición. Y, sin embargo, es el sitio donde las cosas están prácticamente lo mismo que cuando la Virgen se manifestó aquella noche del 27 de noviembre de 1830.

   Yo siempre que paso por París voy a decir misa a esta capilla, a orar ante aquel altar "desde el cual serán derramadas todas las gracias", a contemplar el sillón, un sillón de brazos y respaldo muy bajos, tapizado de velludillo rojo, gastado y algo sucio, donde lo fieles dejan cartas con peticiones, porque en él se sentó la Virgen.

   Si la capilla debe toda su celebridad a las apariciones, lo mismo podemos decir de Santa Catalina Labouré, la privilegiada vidente de nuestra Señora. Sin esta atención singular, la buena religiosa hubiera sido una más entre tantas Hijas de la Caridad, llena de celo por cumplir su oficio, aunque sin alcanzar el mérito de la canonización. Pero la Virgen se apareció a sor Labouré en la capilla de la casa central, y así la devoción a la Medalla Milagrosa preparó el proceso que llevaría a sor Catalina a los altares y riadas de fieles al santuario parisino. Y tan vulgar como la calle de Bac fue la vida de la vidente, sin relieves exteriores, sin que trascendiera nada de lo que en su gran alma pasaba.


   Catalina, o, mejor dicho, Zoe, como la llamaban en su casa, nació en Fain-les-Moutiers (Bretaña) el 2 de mayo de 1806, de una familia de agricultores acomodados, siendo la novena de once hermanos vivientes de entre diecisiete que tuvo el cristiano matrimonio.

   La madre murió en 1815, quedando huérfana Zoe a los nueve años. Ha de interrumpir sus estudios elementales, que su misma madre dirigiera, y con su hermana pequeña, Tonina, la envían a casa de unos parientes, para llamarlas en 1818, cuando María Luisa, la hermana mayor, ingresa en las Hijas de la Caridad.

   -Ahora -dice Zoe a Tonina-, nos toca a nosotras hacer marchar la casa.

   Doce años y diez años..., o sea, dos mujeres de gobierno. Parece milagroso, pero la hacienda campesina marcha, Había que ver a Zoe en el palomar entre los pichones zureantes que la envuelven en una aureola blanca. O atendiendo a la cocina para tener a punto la mesa, a la que se sientan muchas bocas con buen apetito. Otras veces hay que llevar al tajo la comida de los trabajadores.

   Y al mismo tiempo que los deberes de casa, Zoe tiene que prepararse a la primera comunión. Acude cada día al catecismo a la parroquia de Moutiers-Saint-Jean, y su alma crece en deseos de recibir al Señor. Cuando llega al fin día tan deseado, Zoe se hace más piadosa, más reconcentrada. Además ayuna los viernes y los sábados, a pesar de las amenazas de Tonina, que quiere denunciarla a su padre. El señor Labouré es un campesino serio, casi adusto, de pocas palabras. Zoe no puede franquearse con él, ni tampoco con Tonina o Augusto, sus hermanos pequeños, incapaces de comprender sus cosas.

   Y ora, ora mucho. Siempre que tiene un rato disponible vuela a la iglesia, y, sobre todo, en la capilla de la Virgen el tiempo se le pasa volando.

   Un día ve en sueños a un venerable anciano que celebra la misa y la hace señas para que se acerque; mas ella huye despavorida. La visión vuelve a repetirse al visitar a un enfermo, y entonces la figura sonriente del anciano la dice: "Algún día te acercarás a mí, y serás feliz". De momento no entiende nada, no puede hablar con nadie de estas cosas, pero ella sigue trabajando, acudiendo gozosa al enorme palomar para que la envuelvan sus palomos, tomando en su corazón una decisión irrevocable que reveló a su hermana.

   -Yo, Tonina, no me casaré; cuando tú seas mayor le pediré permiso a padre y me iré de religiosa, como María Luisa.

   Esto mismo se lo dice un día al señor Labouré, aunque sacando fuerzas de flaquezas, porque dudaba mucho del consentimiento paterno.

   Efectivamente, el padre creyó haber dado bastante a Dios con una hija y no estaba dispuesto a perder a Zoe, la predilecta. La muchacha tal vez necesitaba cambiar de ambiente, ver mundo, como se dice en la aldea.

   Y la mandó a París, a que ayudase a su hermano Carlos, que tenía montada una hostería frecuentada por obreros.

   El cambio fue muy brusco. Zoe añora su casa de labor, las aves de su corral y, sobre todo, sus pichones y la tranquilidad de su campo. Aquí todo es falso y viciado. ¡Qué palabras se oyen, qué galanterías, qué atrevimientos!

   Sólo por la noche, después de un día terrible de trabajo, la joven doncella encuentra soledad en su pobre habitación. Entonces ora más intensamente que nunca, pide a la Virgen que la saque de aquel ambiente tan peligroso.

   Carlos comprende que su hermana sufre, y como tiene buen corazón quiere facilitarla la entrada en el convento. ¿Pero cómo solucionarlo estando el padre por medio?

   Habla con Huberto, otro hermano mayor, que es un brillante oficial, que tiene abierto un pensionado para señoritas en Chatillon-sur-Seine. Aquella casa es más apropiada para Zoe.

   El señor Labouré accede. Otra vez el choque violento para la joven campesina, porque el colegio es refinado y en él se educan jóvenes de la mejor sociedad, que la zahieren con sus burlas. Pero perfecciona su pronunciación y puede reemprender sus estudios que dejara a los nueve años.

   Un día, visitando el hospicio de la Caridad en Chatillon, quedó sorprendida viendo el retrato del anciano sacerdote que se le apareciera en su aldea. Era un cuadro de San Vicente de Paúl. Entonces comprendió cuál era su vocación, y como el Santo la predijera, se sintió feliz. Insistió ante su padre, y al fin éste se resignó a dar su consentimiento.

   Zoe hizo su postulantado en la misma casa de Chatillon, y de allí marchó el día 21 de 1830 al "seminario" de la casa central de las Hijas de la Caridad en París.

   A fines del noviciado, en enero de 1831, la directora del seminario dejó esta "ficha" de Zoe, que allí tomó el nombre de Catalina: "fuerte, de mediana talla; sabe leer y escribir para ella. El carácter parece bueno, el espiritu y el juicio no son sobresalientes. Es piadosa y trabaja en la virtud".

   Pues bien: a esta novicia corriente, sin cualidades destacables, fue a quien se manifestó repetidas veces el año 1830 la Virgen Santísima.

   He aquí cómo relata la propia sor Catalina su primera aparición:


SANTORAL 28 DE NOVIEMBRE



 28 de noviembre



SAN ESTEBAN
EL JOVEN,
Mártir



Las zorras tienen madrigueras, y las aves del cielo
nidos, mas el Hijo del hombre no tiene dónde
reclinar su cabeza.
(Mateo, 8, 20).

   San Esteban el joven fue, antes de nacer, ofrecido al Señor por sus padres. Él mismo se consagró al servicio de Dios abrazando la vida religiosa lo más pronto que pudo. Pidió una habitación sin techo, a fin de estar expuesto a todas las inclemencias de la intemperie. Constantino Coprónimo le prohibió que honrara las imágenes de los santos, pero le respondió el santo que estaba dispuesto a morir antes que cumplir su prohibición. Esta generosa respuesta le mereció la corona del martirio, en el año 764.

MEDITACIÓN
SOBRE CÓMO HAY QUE SUFRIR
LAS INCLEMENCIAS DEL TIEMPO

   I. Hay que sufrir con paciencia y sin murmuración lo que no puede evitarse; soporta, pues, con resignación el frío, el calor y todas las molestias de las estaciones. Estas incomodidades te son comunes con todos los hombres; sopórtalas, pero de manera que no sea común; recíbelas en expiación de los pecados que has cometido; esto disminuirá proporcionalmente lo que debes sufrir en el purgatorio, y embelecerá tu corona en el cielo. ¿Tú, que has merecido el infierno con tus crímenes, te atreves a quejarte del frío del invierno y de los calores del verano? Cesará de quejarse quien comprenda que merece los sufrimientos que lo afligen. (San Cipriano).

   II. Tú soportas estas incomodidades sin murmurar, cuando hay algún provecho que obtener, algún honor que esperar. ¿Acaso el mercader, el soldado, el agricultor, no menosprecian las borrascas, las tempestades y el rigor de las estaciones cuando se trata de sus intereses? ¿Por ventura tantos hombres virtuosos como hay que sufren por amor de Jesucristo, no tienen un cuerpo como el tuyo? Acostúmbrate, corno ellos, al sufrimiento.

   III. Jesucristo se expuso a todos estos tormentos por amor nuestro; míralo en el pesebre, en Egipto, en sus viajes, en la cruz; por todas partes se expuso a los rigores de las estaciones. Su cuerpo, que estaba unido a la divinidad, hubiera podido, milagrosamente, hacerse impasible, pero Jesús no lo quiso, ¡Y tú quisieras cambiar el orden de las estaciones y las leyes de la naturaleza para no tener nada que te aflija! ¡El Hijo de Dios ha sufrido para hacer de nosotros hijos de Dios, y el hijo del hombre nada quiere sufrir para continuar siendo hijo de Dios! (San Cipriano).

La paciencia 
 Orad por los pobres.

ORACIÓN

   Haced, os conjuramos, oh Dios omnipotente, que la intercesión del bienaventurado mártir Esteban, cuyo nacimiento al cielo celebramos, nos fortifique en el amor de vuestro santo Nombre. Por J. C. N. S. Amén.

martes, 27 de noviembre de 2012

NUESTRA SEÑORA DE LA MEDALLA MILAGROSA


27 de noviembre



NUESTRA SEÑORA
DE LA 
MEDALLA MILAGROSA




¡Oh María concebida sin pecado!, 
rogad por nosotros que recurrimos a Vos

   En 1830 la Santísima Virgen se apareció a una humilde novicia de la Caridad, Sor Catalina Labouré, ordenándole que se hiciese acuñar una medalla cuyas efigies le mostró. Una de las caras de la medalla lleva la imagen de la Inmaculada despidiendo rayos de sus manos, con esta plegaria: "Oh María concebida sin pecado, rogad por nosotros que recurrimos a vos".

   Las curaciones y milagros de todo orden obrados por esta medalla aceleraron la definición dogmática de la Inmaculada Concepción, razón por la cual es la Medalla Milagrosa la más usada por las Hijas de María de todo el mundo y propiamente la insignia oficial de las mismas.

   He aquí cómo relata la propia sor Catalina su primera aparición:

   "Vino después de la fiesta de San Vicente, en la que nuestra buena madre Marta hizo, por la víspera, una instrucción referente a la devoción de los santos, en particular de la Santísima Virgen, lo que me produjo un deseo tal de ver a esta Señora, que me acosté con el pensamiento de que aquella misma noche vería a tan buena Madre. ¡Hacía tiempo que deseaba verla! Al fin me quedé dormida. Como se nos había distribuido un pedazo de lienzo de un roquete de San Vicente, yo había cortado el mío por la mitad y tragado una parte, quedándome así dormida con la idea de que San Vicente me obtendría la gracia de ver a la Santísima Virgen.

   Por fin, a las once y media de la noche, oí que me llamaban por mi nombre: Hermana, hermana, hermana. Despertándome, miré del lado que había oído la voz, que era hacia el pasillo. Corro la cortina y veo un niño vestido de blanco, de edad de cuatro a cinco años, que me dice: Venid a la capilla; la Santísima Virgen os espera. Inmediatamente me vino al pensamiento: ¡Pero se me va a oír! El niño me respondió: Tranquilizaos, son las once y media; todo el mundo está profundamente dormido, venid, yo os aguardo.

   Me apresuré a vestirme y me dirigí hacia el niño, que había permanecido de pie, sin alejarse de la cabecera de mi lecho. Puesto siempre a mi izquierda, me siguió, o más bien, yo le seguí a él en todos sus pasos. Las luces de todos los lugares por donde pasábamos estaban encendidas, lo que me llenaba de admiración. Creció de punto el asombro cuando, al ir a entrar en la capilla, se abrió la puerta apenas la hubo tocado el niño con la punta del dedo; y fue todavía mucho mayor cuando vi todas las velas y candeleros encendidos, lo que me traía a la memoria la misa de Navidad. No veía, sin embargo, a la Santísima Virgen.

   El niño me condujo al presbiterio, al lado del sillón del señor director. Aquí me puse de rodillas, y el niño permaneció de pie todo el tiempo. Como éste se me hiciera largo, miré no fuesen a pasar por la tribuna las hermanas a quienes tocaba vela.

   Al fin llegó la hora. El niño me lo previene y me dice: He aquí a la Santísima Virgen; hela aquí. Yo oí como un ruido, como el roce de un vestido de seda, procedente del lado de la tribuna, junto al cuadro de San José, que venía a colocarse en las gradas del altar, al lado del Evangelio, en un sillón parecido al de Santa Ana; sólo que el rostro de la Santísima Virgen no era como el de aquella Santa.

   Dudaba yo si sería la Santísima Virgen, pero el ángel que estaba allí me dijo: He ahí a 1a Santísima Virgen. Me sería imposible decir lo que sentí en aquel momento, lo que pasó dentro de mí; parecíame que no la veía. Entonces el niño habló, no como niño, sino como hombre, con la mayor energía y con palabras las más enérgicas también. Mirando entonces a la Santísima Virgen, me puse de un salto junto a Ella, de rodillas sobre las gradas del altar y las manos apoyadas sobre las rodillas de esta Señora...

   "En ese instante experimenté la emoción más dulce de mi vida y que me es absolutamente imposible describir, La Santísima Virgen me explicó la manera como debía haberme en medio de mis penas y, señalándome con la mano izquierda las gradas del altar, me dijo que viniera siempre, en semejantes ocasiones, a postrarme allí, y abrir allí mi corazón para desahogar lo y recibir todos los consuelos de que tenía necesidad. Y agregó: Hija mía, quiero confiarte una misión. Tendrás grandes amarguras para llevarlas a cabo, pero las sobrellevarás con el pensamiento de que todo irá encaminado a la mayor gloria de Dios. Padecerás contradicción, pero no temas porque no te faltará la gracia que necesitas; y no dejes de manifestar ingenua y sen cillamente todo lo que pase. Has de ver algunas cosas, y has de recibir particulares inspiraciones en la oración. Pero, mira, da cuenta dé todo a tu padre espiritual.

   "Entonces supliqué a la Santísima Virgen que me explicara las cosas que había visto, Hija mía -me respondió-, los tiempos que corren son malos y van a traer grandes calamidades sobre Francia. El trono va a ser echado por tierra. El mundo entero será azotado por toda suerte de males. La Santísima Virgen mostraba un aire tristísimo diciendo esto: Pero, mira, en aquellos tiempos de tribulación, venid, venid al pie de este santo altar. Aquí, mis gracias serán derramadas sobre todos. ..todas las personas que las pidieren, grandes y pequeñas.

   Llegarán a tal extremo las cosas que parecerá que ya no habrá remedio; todo se creerá perdido; pero tened buen ánimo, no desconfiéis un momento; yo estaré con vosotros; experimentaréis sensiblemente mi presencia, y la protección de Dios y de San Vicente descenderá sobre sus dos Familias. (La de los Sacerdotes de la Misión y la de las Hijas de la Caridad).

   Después, los ojos arrasados en lágrimas, añadió: En otras comunidades igual que en el clero de París, habrá víctimas. El Ilustrísimo Señor Arzobispo morirá. Al proferir estas palabras, sus lágrimas rodaron, Hija mía, la Cruz será vilipendiada y arrojada al suelo. Será abierto de nuevo el costado de mi Divino Hijo. Las calles se inundarán de sangre; el mundo entero que dará sumido en la tristeza. Aquí la Santísima Virgen ya no pudo hablar, y un dolor profundo dibujóse en su semblante, Entonces Sor Labouré púsose a pensar: "Cuándo sucederán todas estas cosas?" y una lumbre interior claramente le indicó que dentro de cuarenta años, vaticinando así los luctuosos acontecimientos que se desarrollaron entre los años 1870 y 1871.

   La Santísima Virgen le encargó además que trasmitiera a su Director varias recomendaciones referentes a las Hijas de la Caridad y le anunció que un día se vería investida de una autoridad que le permitiría poner en ejecución lo que ella le pedía. Luego concluyó:

   Grandes calamidades, pues, habrán de sobrevenir. Máximo será el peligro. Con todo, no temáis vosotras; la protección de Dios, particularmente, os acompañará siempre, y San Vicente os protegerá también. Yo misma permaneceré con vosotras y en vosotras siempre tendré puestos mis ojos para concederos gracias en abundancia.

   La Santa añade: "Las gracias serán derramadas particularmente sobre las personas que las pidieren; pero, es preciso orar, ..orar mucho. , ."

   "No podría decir -continúa la confidente de María- cuánto tiempo permanecí con la Santísima Virgen. Todo lo que puedo afirmar es que, después de haberme hablado largo tiempo, desapareció de mi vista como una sombra que se desvanece".

   Habiéndose levantado, la Santa volvió a hallar al niño en el mismo sitio en que lo había dejado, Entonces él le dijo: La Virgen ya se fue. y otra vez, colocándose a la izquierda, la llevó lo mismo que la había traído, derramando claridades celestiales en tomo suyo.

   "Creo -concluye el relato de la Santa Hermana- que este niño era el Ángel de mi Guarda, porque yo le había rogado encarecidamente que me alcanzase el favor de ver a la Santísima Virgen. Vuelta a mi cama, oí sonar las dos, y no volví a dormir,.."

LA APARICIÓN DEL 27 DE NOVIEMBRE

   Lo que acaba de ser referido no es más que una parte de la misión confiada a Sor Labouré, o más bien, una preparación de la entrega del preciosísimo legado que iba a depositar en sus manos, como prenda de su amor a la humanidad, la bondadosa Reina de los cielos.

   A fines de noviembre de este mismo año de 1830, nuestra Santa dio cuenta a su Director de una nueva visión. Esta vez no es ya la madre afligida que llora sobre los males que amenazan a sus hijos; es la mirífica Reina de los cielos que baja trayendo la promesa de las bendiciones, de la salud eterna y de la paz.

   He aquí su relación, escrita de la propia mano de Sor Labouré:

   "El 27 de noviembre de 1830, víspera del primer Domingo de Adviento, a las cinco y media de la tarde, en medio profundo silencio de la meditación, oí del lado derecho altar, un ruido de sedas que se rozan, e inmediatamente vi a la Santísima Virgen junto al cuadro de San José. De estatura mediana, su rostro era tan hermoso que me sería impo describir, aún pálidamente, su belleza. Estaba de pie, vestida con una túnica blanca, nacarada, color de aurora, sin escote y mangas lisas, a la moda que hoy se llama de la Virgen. Tenía cubierta la cabeza con un velo blanco que le caía a cada lado hasta los pies; los cabellos recogidos y por encima una especie de manteleta, guarnecida de un corto encaje, ajustada a la cabeza. El rostro quedaba bastante descubierto y los pies descansaban sobre un globo terráqueo, del cual sólo veíase la mitad. Las manos, levantadas a la altura del pecho, sostenían, naturalmente, otro globo, que también representaba el mundo. Su mirada se elevaba dulcemente al cielo en actitud de ofrecer a Dios la esfera representativa del Universo.

    "De repente sus dedos cubriéronse de anillos adornados piedras preciosísimas de sin igual belleza. Los haces de rayos que despedían, iluminaban a la Virgen de tal suerte que su claridad deslumbradora ya no dejaba ver ni su vestido ni sus pies. Las gemas eran de diferentes tamaños y asimismo los rayos que lanzaban eran proporcionalmente de diversa claridad.

   "No podré decir lo que entonces experimenté ni todo lo que aprendí de ello en tan poco tiempo.

   "Como estuviese yo completamente embebida en su contemplación, la Santísima Virgen inclinó sus ojos sobre mí y una voz me dijo en el fondo del corazón: Este globo que aquí ves representa al mundo entero, pero especialmente a Francia y aun a cada persona en particular.

   "Aquí ya no sé describir de ningún modo la espléndida belleza ni el brillo que cobraron los rayos luminosos, cuando la Santísima Virgen añadió: Estos rayos son figura de las gracias que derramo sobre las personas que imploran mis favores, haciéndome comprender así cuán generosa es con las persornas que a ella se dirigen. ¡Cuántas gracias concede a quienes se las piden! En estos instantes inefables, ¿existía yo o no existía? No lo sé. ¡Yo gozaba... gozaba inmensamente!

   "De pronto la aparición tomó la forma de óvalo, en cuya parte superior se dibujó esta inscripción en caracteres de oro: ¡Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos!

   Este vivo cuadro que Sor Catalina tenía: delante de sus ojos, de pronto se cambió sensiblemente. Las manos de María como abrumadas por el peso de las gracias de que eran símbolo las radiantes sortijas y sus piedras preciosísimas, se bajaron y extendieron en el ademán gracioso que hoy ostenta la medalla. Luego, la Virgen dejó oír estas palabras: Haz acuñar, una medalla según este modelo. Cuantos piadosamente la llevaren, recibirán gracias particularísimas, sobre todo si la llevaren suspendida al cuello. Las gracias serán muy abundantes para cuantas la llevaren animados de confianza.

   Un instante después -dice la Santa- el retablo se volvió, dejando ver en el reverso la letra M; sobre la. que se levantaba una Cruz que descansaba en una barra horizontal, y debajo, los Sagrados Corazones de Jesús y María; el primero rodeado de una Corona de Espinas y el segundo atravesado por una espada".

   Aunque los apuntes de la vidente nada dicen de las doce estrellas que circundan el monograma de María y los dos Sagrados Corazones, sin embargo, siempre han figurado en el reverso de la Medalla, pues es moralmente seguro que este detalle lo manifestó de viva voz la Santa en tiempo de las apariciones.

   En otras notas, escritas igualmente por la misma Hermana, que completan esta relación, se añade que algunas de las piedras de los anillos no despedían rayo ninguno, y, admirándose de esto la Vidente, se le respondió que las piedras que quedaban en la sombra representaban las gracias que los hombres no piden a María.

TERCERA APARICIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

   E1 Padre Aladel acogió con indiferencia, casi pudiera decirse  con severidad, las comunicaciones de su penitente, llegando hasta prohibirle el darles crédito alguno. Pero la obediencia de la Santa, atestiguada por su mismo Director, no tuvo la eficacia para borrar de su memoria el dulce recuerdo de lo visto. Postrarse a los pies de María, constituía para ella toda su felicidad.

   A María iba continuamente el giro de sus pensamientos, y estaba íntimamente persuadida de que volvería a ver a la Reina de los cielos.

   Y en efecto, no quedaron frustradas sus esperanzas. En el mes de Diciembre fue favorecida con una nueva aparición, exactamente igual a la del 27 de Noviembre, y a la misma hora, con la única diferencia, sin embargo por otra parte notable, que la Santísima Virgen no se colocó junto al cuadro de San José, como la vez anterior, sino sobre el sagrario, un tanto hacia atrás, en el mismo lugar en que hoy está su imagen.

   La mensajera escogida por la Inmaculada recibió de nuevo la orden de hacer acuñar una medalla, según este modelo. Sor Catalina termina su relación con estas palabras: "Deciros lo que sentí en el momento en que la Santísima Virgen ofreció a Nuestro Señor el globo que representaba el universo, es imposible, como también lo que experimenté en los instantes en que la contemplaba. Una voz que se dejó oir en el fondo de mi corazón, me dijo: Estos rayos son el símbolo de las gracias que la Santísima Virgen obtiene a las personas que se las piden.

   Después, contra su costumbre, se le escapa una exclamación de júbilo al pensar en los homenajes que le serían tributados a María: "Oh, qué hermoso será oír decir un día: María es la Reina del Universo. Y cuando los niños exclamen: ¡María es la Reina de cada persona en particular! ¡Será llevada en triunfo y dará la vuelta al mundo!"

   Cuando la Venerable Hermana refirió esta nueva aparición de la Medalla al Padre Aladel, éste le preguntó si en el reverso había alguna inscripción, así como la había alrededor de la Inmaculada. La Hermana contestó que no había inscripción ninguna. "Pero, entonces -replicó su Director-, pregunte usted a la Virgen qué es lo que allí se ha de poner".

   La Hermana obedeció y después de haber orado largo tiempo, un día, estando en oración, le pareció oír una voz que le decía: Bastante dicen la letra M y los Sagrados Corazones.

DIFUSIÓN DE LA MEDALLA

   Con verdad, puede decirse que desde el momento en que se acuñó la primera medalla, ésta comenzó a recorrer el mundo, convirtiendo una cantidad innumerable de almas, volviendo la paz a infinidad de familias, restaurando la sólida piedad cristiana en todos lados, abriendo el camino a la definición del dogma de la Inmaculada Concepción y luego confirmando esta verdad de nuestra fe en los corazones de todos los bautizados.

   El mundo se escandaliza como siempre, del modo de proceder de Dios, el cual, al decir de San Pablo, se complace en realizar sus más grandes maravillas; con los medios más humildes y hasta, despreciables.

   ¿Cómo es posible -murmuran engreídos- que un trocito de metal, más o menos precioso, pueda tener la tan decantada virtud que se le atribuye? ..; esto es simplemente ridículo.

   Esta arma, la Medalla con la imagen de.la Santísima Virgen, en efecto, es insignificante en sí misma, mas no lo es ciertamente, con la virtud que María Santísima ha puesto en ella.

   El naturalismo y el sensualismo serán heridos de muerte en muchos creyentes con este piadoso procedimiento Nuestra Inmaculada Madre quiere combatirlos valiéndose de su Medalla.

   Llevemos, pues, nuestra Medalla al cuello, rezando confiadamente la oración que lleva inscripta y recordando las palabras que Nuestra Señora en su aparición a Santa Catalina Labouré:

   Y sólo, cuando Yo, bajo este emblema sea reconocida como Reina del Mundo, llegarán los días de Paz, de Alegría y de Felicidad, que han de ser muy largos...

CONSAGRACIÓN 
  A NUESTRA SEÑORA 
   DE LA 
    MEDALLA MILAGROSA

   Postrado ante vuestro acatamiento, ¡Virgen de la Medalla Milagrosa!, y después de saludaros en el augusto misterio de vuestra Concepción sin mancha, os elijo, desde ahora y para siempre, por mi Madre, abogada, Reina y Señora de todas mis acciones, y protectora ante la majestad de Dios. Yo os prometo, Virgen purísima, no olvidaros jamás, ni vuestro culto, ni los intereses de vuestra gloria, a la vez que os prometo también promover en los que me rodean, vuestro amor.

   Recibidme, Madre tierna, desde este momento, y sed para mí el refugio en esta vida y el sostén a la hora de la muerte. Amén.

SANTORAL 27 DE NOVIEMBRE




SANTOS BARLAAM y JOSAFAT,
Confesores



Granjeaos amigos con las riquezas de iniquidad,
para que, cuando falleciereis, seáis recibidos
en las moradas eternas.
(Lucas, 16, 9).

   San Barlaam dejó su desierto y se disfrazó de joyero para ir a buscar a Josafat, hijo de Abener, rey de las Indias. El joven príncipe abrazó la fe cristiana y, ni las súplicas de su padre ni las seducciones de las voluptuosidades ni los artificios de los magos pudieron hacer vacilar su constancia. Tuvo la dicha de convertir a la fe a su padre y a casi todo su reino. Después de esto se retiró a la soledad con su maestro.

MEDITACIÓN
SOBRE LA VIDA
DE LOS SANTOS BARLAAM y JOSAFAT

   San Barlaam deja la soledad y entra disfrazado a la corte de Josafat para instruirlo en los misterios de nuestra santa fe. ¡Cuán ingenioso es el amor divino! ¡qué no hace por la gloria de Dios y la salvación del prójimo! ¡Ah! cuán activo eres tú cuando se trata de tu honor o de tu interés; nada hay que no emprendas entonces, nada que no lleves a cabo. Si tuvieses un poco de amor de Dios, ¿qué no harías por Él? El amor nada encuentra difícil ni penoso. (San Jerónimo).

   II. Josafat escucha de inmediato la voz del Señor que le habla por boca de San Barlaam. Se convierte, viste cilicio, ayuna, ora a Dios incesantemente y, provisto de estas armas, resiste a los halagos, a las amenazas, a las violencias y a todos los ardides del demonio. Tú estás expuesto a las mismas tentaciones; no resistirás a ellas a no ser que emplees las mismas armas. Ayuna, vela, ora, mortifícate, el paraíso bien vale la pena de esto y mucho más.

   III. San Josafat, después de haber convertido a su reino para Dios, se retira a la soledad para pasar el resto de sus días con su querido padre, San Barlaam, y para disponerse a la muerte. Cristianos, habéis trabajado para el mundo, para la gloria y el placer, para las riquezas y la ciencia: emplead el resto de vuestros días en la salvación de vuestra alma. Habéis vivido entre las tempestades, es menester morir
 en el puerto. (Séneca).

El desprecio del mundo 
 Orad por los Prelados.

ORACIÓN

   Haced, os lo suplicamos, Señor, que esta solemnidad sea una protección para nosotros, y que la intercesión de vuestros bienaventurados confesores nos haga agradables a vuestros ojos. Por J. C. N. S. Amén.