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sábado, 24 de marzo de 2012

SANTORAL 24 DE MARZO




SAN PIGMENO, 
Mártir

Caminad, pues, mientras tenéis luz, para que las
tinieblas no os sorprendan, que quien anda en tinieblas,
no sabe adonde va.
(Juan, 12, 35).

   Este santo, que había enseñado la Religión verdadera a Juliano el Apóstata, fue desterrado por este emperador por dar sepultura a los mártires. Durante su estada en Persia, quedó ciego y, por orden del cielo, volvió a Roma. Habiéndolo encontrado Juliano le dijo: Agradezco a los dioses por la felicidad que me conceden de ver a Pigmeno. -Y yo, replicó1e el Santo, doy gracias al Dios del cielo por ahorrarme la vista de un emperador idólatra. Irritado el apóstata con esta respuesta, lo hizo arrojar al Tíber

MEDITACIÓN
SOBRE LAS TRES CLASES
DE CEGUERA

   I. Es preciso ser ciego en este mundo sometiendo la razón a la fe, creyendo lo que no se ve, y lo que no se puede comprender. De este modo debes creer en los misterios de la Santísima Trinidad, de la Eucaristía y tantos otros que nos propone Dios por medio de su Iglesia. ¿Puedo acaso sorprenderme si no comprendo misterios tan elevados, si ni siquiera comprendo lo que soy, lo que tengo ante mis ojos, lo que pasa en mi interior? Dios no sería Dios si pudiésemos comprenderlo. Yo creo porque Dios lo ha dicho. La palabra divina es, para mí, prueba suficiente. (Salviano).

   II. Debes ser ciego para no ver lo que sea capaz de conducirte al mal. Vigila tus ojos: ellos son los que introducen en tu alma la turbación, el fuego y el desorden. Jamás mires lo que no puedes desear ni poseer sin pecado. Los ojos son las puertas del corazón; por ellas penetran en él la mayoría de los vicios; y por ellas salen la devoción, la humildad y la pureza. Aparta mis ojos, Señor, a fin de que no vean la vanidad. (Salmo).

   III. No mires las faltas ajenas, si a ello no te obligan los deberes de tu estado; no tengas ojos sino para sus buenas cualidades y para las gracias que Dios les hizo. Si sigues este consejo no te tentará el orgullo comparándote con los demás, y no los menospreciarás viendo sus defectos. Piensa en ti, examínate a ti mismo: no se te pedirá cuenta de la vida de los demás, sino de la tuya.

La fe 
Orad por los ciegos.

ORACIÓN

   Dios omnipotente, haced, os lo suplicamos, que la intercesión del bienaventurado Pigmeno, vuestro mártir, cuyo feliz nacimiento al cielo celebramos, nos fortifique en el amor de vuestro Santo Nombre. Por J. C. N. S. Amén.

viernes, 23 de marzo de 2012

SANTORAL 23 DE MARZO





SAN VICTORIANO, 
Mártir

En el mundo tendréis grandes tribulaciones, pero
tened confianza: Yo he vencido al mundo.
(Juan, 16,33).

   Hunerico, rey de los vándalos, queriendo ganar para la causa arriana a Victoriano, procónsul de Cartago, le mandó decir que si consentía en abandonar el cristianismo, lo colmaría de honores. Victoriano respondió a los emisarios: "Id a decir al rey que yo pongo mi confianza en Jesucristo y que los suplicios no me espantan. Nunca consentiré en abandonar la Iglesia católica, en la que he sido formado, y aun cuando no hubiese sino la vida presente, no quiero pagar con ingratitud a Dios que me ha colmado de beneficios. Furioso Hunerico con esta respuesta, lo hizo morir en medio de los más crueles tormentos, corriendo el año 484.

MEDITACIÓN
EN QUIÉN DEBEMOS PONER
NUESTRA CONFIANZA

   I. No pongas tu confianza en los hombres, porque muy frecuentemente o no pueden o no quieren ayudar a los que penan. Tus amigos son inconstantes y no piensan sino en sus intereses; en el mejor de los casos no te pueden hacer bien sino en esta vida; no pueden darte el paraíso. A pesar de ello. ¿cuánto tiempo pierdes en procurarte amigos en la tierra? ten cuidado. Procúrate la amistad de Dios. Pon tu confianza en Él y no te quejes si el mundo te abandona, pues Dios está presente cuando el mundo está alejado. (San Pedro Crisólogo).

   II. No confíes en ti, piensa por lo contrario que eres el más débil de los hombres. Sin el auxilio de Dios, sólo puedes ofenderlo; ten cuidado Él te negará ese socorro si pones tu confianza en tus propias fuerzas. ¿No experimentaste ya bastante tu debilidad? Que conozca yo mi fragilidad, a fin de desconfiar de mí; mas, que también conozca tu bondad, oh Dios mío, a fin de no dejarme llevar de la desesperación.

   III. Ten confianza en Dios, Él quiere salvarte; nada te negará, puesto que te dio a Jesucristo, su Hijo unigénito. Ten confianza en Jesucristo, que tanto ha hecho y tanto ha sufrido por tu salvación; ¿crees que te abandona? Pídele, por los méritos de su Pasión, las gracias que necesitas. ¿Qué confianza tienes en Jesucristo? ¿Qué le pides? Muchos hombres piden a Dios tesoros y bienes de la tierra; en cuanto a ti, no pidas a Dios sino Dios mismo. (San Agustín).

La paciencia
Orad por los que os gobiernan.

ORACIÓN


   Dios omnipotente, haced, os lo suplicamos, que la intercesión del bienaventurado Victoriano vuestro mártir, cuyo nacimiento al cielo celebramos, nos fortifique en el amor de vuestro Santo Nombre. Por J. C. N. S. Amén.

jueves, 22 de marzo de 2012

SANTORAL 22 DE MARZO



SANTA LEA
Virgen

Los que se rigen por 
el Espíritu de Dios, ésos
son hijos de Dios.
(Rom., 8, 14).

   San Jerónimo nos ha dejado un hermoso elogio de Santa Lea en una carta a Santa Marcela. Lea, que había tenido muchos esclavos, abandonó el mundo y se hizo sierva de todos. Dirigió un monasterio de vírgenes, a las cuales enseñó en la virtud por sus ejemplos, mejor todavía que por sus palabras.

MEDITACIÓN
SOBRE LOS HIJOS
ADOPTIVOS DE DIOS

   I. Jesucristo es el Hijo de Dios por naturaleza; todos los cristianos son sus hijos por adopción y gracia. Tienen a Dios por padre, a Jesucristo por hermano, al cielo por herencia. Alma mía, elevémonos a Dios, y despreciemos todo lo que no es Dios. He nacido para grandes cosas, puesto que soy hijo de Dios; no debo, pues, rebajarme hasta amar los bienes del mundo. Puedo poseer a Dios y reinar en el cielo: ¿no es bastante, acaso, para satisfacer mis ambiciones y colmar la totalidad de mis deseos? Hijos y herederos del Padre celestial, no os dejéis seducir por las riquezas de este mundo, ni por el brillo mentiroso de sus grandezas. En lo que a mi se refiere, he aprendido a pisotear la tierra y no a adorarla. (San Clemente de Alejandría).

   II. Para mantener dignamente este carácter de hijo de Dios, impreso en mi alma por el santo bautismo, es menester que todas mis acciones estén animadas del espíritu de Dios. Dios no trabaja sino por su gloria; mis acciones no deben tener otra finalidad que la gloria de mi Padre celestial. Descaezco, si tengo en vista un fin menos elevado. Examinemos nuestras acciones: ¿por quién trabajamos? Si es por los hombres, perdemos nuestro tiempo. El mundo, de ordinario, es demasiado ingrato para que nos recompense dignamente de nuestros afanes, ¿acaso es agradecido?, y aunque lo fuere no puede hacerlo. (Santo Tomás Moro).

   III. Si estás animado del espíritu de Dios, trabajarás con celo por su gloria, sin temer el menosprecio de los hombres, sin buscar su estima. Te bastará tener por testigo de tus acciones a Dios que debe recompensarte. En todo tiempo y lugar serás fiel al Señor, porque Él te ve siempre en cualquier parte que estés. Sea cual fuere el resultado de tus empresas, ello no te turbará; te será suficiente que Dios conozca tu buena intención. ¿Cuál es el espíritu que te anima? ¿El del mundo, es decir, el deseo de riquezas? ¿El del demonio, es decir, el orgullo? ¿El espíritu de la carne, es decir, el amor de placeres y de comodidades de la vida ? Todo esto es incompatible con el espíritu de Dios.

La obediencia a los superiores 
Orad por los parientes fallecidos.

ORACIÓN
   Escuchadnos, oh Dios que amáis nuestra salvación, y haced que regocijándonos con la fiesta de la bienaventurada Lea, seamos también instruidos por los sentimientos de una tierna devoci6n. Por J. C. N. S. Amén.

miércoles, 21 de marzo de 2012

SANTORAL 21 DE MARZO




SAN BENITO, 
Abad



Dichosos los siervos a los cuales 
el amo al venir encuentra velando.
(Lucas, 12, 37).

   San Benito abandonó el mundo a la edad de 14 años para retirarse al desierto. Esforzóse el demonio por encender en su corazón el fuego de las pasiones impuras. Para vencer, San Benito revolcábase entre espinas y zarzas. Su fama de santidad extendióse a lo lejos y le atrajo una multitud de discípulos. Hizo muchos milagros que lo han hecho célebre; mas el mayor de los prodigios fue el establecimiento de su orden, que ha dado un sinnúmero de santos a la Iglesia. Murió hacia la mitad del siglo VI.

MEDITACIÓN
SOBRE LA VIDA y LA MUERTE
DE SAN BENITO

   I. Desde que hubo comprendido la vanidad del mundo, retiróse San Benito a la soledad, y allí mortificó su cuerpo mediante continuas austeridades.¡Hace ya tanto tiempo que tú conoces los peligros del mundo, y lo amas todavía! ¡Sabes que es infiel, y en él te fías! ¡Estás persuadido de que no hay recompensa para sus adoradores, y ansiosamente buscas sus favores! Engañó ya a muchos otros con sus falsos bienes; mas, los que antes lo honraban lo desprecian ahora. ¿Por qué no lo dejas? Apenas si tiene el mundo lo que es preciso para engañar; carece de bienes, hasta de bienes frágiles. (San Euquerio).

   II. San Benito despreció al mundo, y el mundo le honra; los reyes, los príncipes, numerosos fieles acuden a verlo en la soledad, para encomendarse a sus oraciones o para imitar su género de vida. Tú amas al mundo y él te desprecia; lo desprecias y él te prodiga sus alabanzas. Pareciera que Dios, impaciente por recompensar a sus servidores, no puede esperar la vida futura para hacerlo. ¡Cuán apurada estáis, oh bondad divina, en glorificar a vuestros santos! (San Eusebio).

   III. San Benito, vencedor del mundo, lo abandona, y muere en una iglesia en medio de sus religiosos, advertidos por él de la hora de su muerte. ¿Te ha sido revelado cuándo y cómo morirás? Mantente siempre preparado. Los religiosos de este santo son sus hijos y su corona. Tus hijos y tu corona son tus obras: ellas te seguirán hasta el trono de Dios, para acusarte o defenderte.

El amor de la soledad 
Orad por la Orden
de San Benito.

ORACIÓN
   Haced, Os lo rogamos, Señor, que la intercesión de San Benito, abad, nos haga agradables a Vuestra Majestad, y que obtengamos por sus oraciones la que no podemos esperar de nuestros méritos. Por J. C. N. S. Amén.

martes, 20 de marzo de 2012

SANTORAL 20 DE MARZO





SAN CUTBERTO, 
Obispo y Confesor

Antorcha de tu cuerpo son tus ojos: 
si tu ojo fuere sencillo, todo tu cuerpo estará iluminado. 
Mas si tienes malicioso tu ojo, 
todo tu cuerpo estará tenebroso. 
(Mateo, 6, 22-23).

   San Cutberto, después de haber sido pastor y soldado, entró en el monasterio de Melrose, donde se distinguió por sus austeridades. Llegó a ser prior y se consagró, en seguida, a convertir y a consolar espiritualmente a los campesinos de Normandía. No contento con enseñarles las verdades de la fe, alivió sus sufrimientos por medio de numerosos milagros. Después de haber sido prior también en Lindisfarne, fuese retirando a yermos cada vez más solitarios. El rey Egfrido fue personalmente a buscarlo a Farne para persuadirlo a que aceptara el episcopado. Murió en el año 687.

MEDITACIÓN
SOBRE LA PUREZA
DE INTENCIÓN

   I. Haz buenas obras como San Cutberto; mas, como él, hazlas con intención pura y santa. Si tu intención es pura, tu obra será luminosa; si es mala, sólo harás obra de tinieblas. ¿Qué fin te propones al realizar tus actos, aun los más santos? A menudo trabajas sin pensar para qué lo haces. Cuídate en tus intenciones; Dios no recompensará sino lo que se haya hecho por su amor.

   II. ¿No es acaso la vanidad, la que, muy a menudo, te impulsa a obrar? Practicas la virtud, das limosna, frecuentas la Iglesia; ¿no es acaso para adquirir fama de hombre de bien? Si fuere así, tendrás tu recompensa en este mundo: los hombres te alabarán; pero Dios te castigará. ¡Qué ceguera preferir una vana honra a la gloria eterna, alabanzas de hombres a la estima de Dios!

   III. Haz, pues, tus buenas acciones en secreto, y no delante de los hombres. Si es necesario que se manifiesten, purifica tu intención, renuncia a la vanidad que puede corromper las acciones más santas. Pon tu intención desde la mañana; renuévala al comienzo de tus principales actos. Todo lo que hago. Señor. quiero hacerlo para agradaros. Sólo Vos tenéis derecho a mi amor.

La pureza de intención
Orad por los que están
constituidos en dignidad.

ORACIÓN
   Concedednos, os lo rogamos, Dios omnipotente, que la solemnidad de San Cutberto, vuestro confesor y pontífice, aumente nuestra devoción y nos conduzca a la salvación. Por J. C. N. S. Amén.

lunes, 19 de marzo de 2012

19 DE MARZO: SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ, EL ESPOSO DE MARÍA SANTÍSIMA



SAN JOSÉ



EL ESPOSO DE MARÍA

El panegírico de San José, tal y como lo hace el Evangelio, es de un laconismo desconcertante para los oídos del hombre actual, tan aficionado a los superlativos, tan amante de las alabanzas encomiásticas. Se limita a una sola palabra: era justo.

Sin embargo, al nombrarle así, el Evangelio no se queda corto, ya que la palabra expresa una plenitud de santidad.

La palabra justo, en el lenguaje bíblico, designa el compendio de todas las virtudes. El justo del Antiguo Testamento es el mismo que el Evangelio llama santo. Justicia y santidad expresan la misma realidad.

En la vida de San José se verificó al pie de la letra el programa de perfección contenido en esta noción. Fue justo en todas las acepciones del término.

Era justo, en primer lugar, respecto a Dios, cuidadoso de agradarle en todo y no desagradarle en nada. Su ocupación constante consistía en escrutar la Ley de Dios para conformar con ella su vida, pensamientos, deseos, palabras y actos.

San José era igualmente justo con los hombres. Vivía alejado de todo orgullo que, en los ambientes orientales, es causa de disputas o de pleitos incesantes. San José era justo con todos.

San José era del temple de esos justos que, como Simeón y la profetisa Ana, esperaban la redención de Israel y el cumplimiento de las antiguas promesas. Deseaban con toda su alma la venida y la manifestación del Mesías, y creían que “la plenitud de los tiempos”, de la que tan a menudo hablan las Escrituras, estaba cerca.

Para los que permanecían atentos a las realidades religiosas, existía como un presentimiento confuso de que un mundo nuevo estaba a punto de surgir, que se aproximaba una “edad de oro”.

En San José, esa espera era especialmente ardiente y hacia palpitar su corazón con inmensa alegría. Mientras otros se agitaban inútilmente con la misteriosa revelación y se entregaban a una efervescencia político-religiosa, Él pensaba que lo más urgente era rezar. Su corazón ferviente imploraba al Señor constantemente que sonase por fin la hora en que Dios había de enviar a Aquel que traería a la tierra la luz y la salvación.

No sospechaba, por supuesto, que sus deseos iban a verse colmados, que Dios había dirigido sobre Él, pobre carpintero de una humilde aldea galilea, sus miradas misericordiosas, y que todas las generaciones futuras le llamarían Bienaventurado.

No sabía que habría de ser el último Patriarca que cerraría el inmenso cortejo en ruta hacia el Mesías, y que, más privilegiado que sus antecesores, tendría la dicha de llevar en sus brazos a Aquel que tantos profetas y reyes habían deseado ver con sus ojos y oír con sus oídos. Aquel a quien su antepasado David había saludado y cantado tantas veces con el salterio.

Nunca pudo imaginar San José que iba a ser considerado indispensable para el misterio de la Encarnación y que contribuiría a realizar el gran designio divino de cambiar la angustia humana en transportes de alegría.

Por todo eso, Dios le había querido justo; sólo faltaba que él estuviera a la altura de su misión. Dice la teología que siempre que Dios confía una misión a un hombre, le da las gracias necesarias para que la realice. Dios había llenado a San José de justicia, de sabiduría y santidad, pues le había predestinado para ser Esposo de María, la Madre del Verbo Encarnado, y Padre Virginal de Jesús.

De hecho, en una humilde morada de Nazaret, Dios ya había designado a Aquella que había de traerle al mundo. Pertenecía, por supuesto, a la descendencia de David, de la cual había de nacer el Mesías, y deseaba, con más fuerza que cualquier otra mujer en Israel, ver realizadas las promesas de Dios y colaborar en ellas, pero como no se consideraba digna del favor divino, había ofrecido al Señor su virginidad en holocausto, con objeto de que llegara cuanto antes la hora anunciada de su intervención y para ponerse al servicio de la Madre del Mesías.

En aquella época, la virginidad, aunque estimada en el pueblo hebreo, era cosa excepcional. Además, cuando se trataba de una hija única, ésta debía, según la Ley, casarse con un pariente, a fin de que la herencia paterna no fuera a pasar a familias extrañas. Por eso, en su momento, los parientes de María se empeñaron en encontrar un marido para ella.

Cuando se lo propusieron, nada objetó, ya que a nadie había revelado el voto que había hecho, convencida de que no la habrían comprendido y menos aprobado. Confiaba exclusivamente en Dios para salir de aquella situación delicada y, en apariencia, contradictoria. Lo único que pedía al Cielo era que pusiese en su camino a un hombre capaz de comprender, estimar y respetar su promesa de virginidad, a fin de contraer con ella una unión cuyo fundamento fuese tan sólo un amor espiritual.

Invitada, pues, por el Sumo Sacerdote a contraer matrimonio con uno de sus parientes, María le manifestó su voto de perpetua virginidad. El Pontífice no quiso, en asunto de tanta importancia, por sí solo tomar decisión alguna; ya que si estaba escrito que deben cumplirse los votos hechos a Dios, parecíale, sin embargo, que no podía autorizar un uso desconocido en la nación judía.

Por lo tanto, convocó a los notables del pueblo y a los doctores de la ley, para resolver con ellos lo que debía hacerse. Todos estuvieron concordes en que debía consultarse al Señor. Por lo que, puestos en oración, el Sumo Sacerdote entró en el santuario, y he aquí que mientras oraban —dice San Jerónimo— se oyó desde lo recóndito del propiciatorio una voz que declaró ser voluntad del Altísimo que reunidos todos los descendientes de David aptos para el matrimonio, fuera dada María por esposa al joven en cuyas manos hubiera florecido la vara, según la profecía de Isaías: Y saldrá una vara del tronco de Jesé, y un renuevo florecerá de sus raíces.

Comunicada esta disposición divina a todos los jóvenes de las familias de David, y reunidos éstos en el Templo con una vara en la mano, mientras los sacerdotes elevaban a Dios fervientes plegarias, vieron con asombro los presentes florecer la vara que José llevaba, y al mismo tiempo bajar del Cielo sobre su cabeza una luz muy viva.

Con este prodigio se puso ante todos de manifiesto que San José era el Esposo destinado por el Señor a María Santísima, de igual manera que una vara florida había señalado a los hebreos en el desierto que Aarón estaba destinado para el sumo sacerdocio.

Pues bien, cuando María supo que José era la persona elegida, sus temores se disiparon. Seguramente le conocía, pues era pariente. Apreciaría su fe, la elevación de su alma y amaría a este hombre sencillo, de manos callosas, de mirada limpia y de gestos reposados y graves. Sabría que vivía apartado del mal, a la espera ardiente de la venida del Mesías.

José, por su parte, no habría permanecido insensible al misterioso encanto que emanaba de la persona de María. Habría detenido la mirada en su rostro lleno de pureza y se habría sentido profundamente conmovido, como ante la revelación de algo indeciblemente grande. Pensaría que así debían ser los Ángeles cuando se mostraban en sus apariciones.

María, en su primer encuentro, tuvo que darle a conocer su resolución de permanecer virgen, para evitar que su matrimonio quedara invalidado, y lo haría posando en él su mirada clara y dulce. Hablaría con la misma sinceridad que usaría más tarde con al Ángel de la Anunciación, ya que, convencida de que sus palabras hallarían una resonancia profunda en el alma de ese hombre justo, no tendría inconveniente en proponerle que la acompañara en su camino virginal.

Esperaba de Él, su futuro Esposo, algo más que un simple asentimiento: la promesa de que respetaría su voto sin que nadie le hiciera cambiar de parecer.

Debemos admitir también, con gran parte de la Tradición, que San José había hecho, a su vez, un voto de virginidad.

Cuando terminó el encuentro, sintiendo compenetradas sus almas con una armonía sin disonancias, uno y otro exultarían de gozo. El Corazón de María rebosaría de paz y seguridad. El alma de José se dilataría con un inmenso deseo de ternura protectora.

Uno y otro, pues, ofrecieron a Dios su virginidad como un don que sabían le sería agradable, aunque no podían sospechar las consecuencias. ¿Cómo iban a prever que renunciando a engendrar según la naturaleza se estaban preparando para recibir el más sublime de los dones?

No podían saber que su unión virginal era obra de Dios, algo preparado y ordenado por El con vistas a la venida al mundo del Mesías.

La virginidad de María era necesaria para operar la Encarnación del Verbo: Así como Dios produce a su Hijo en la eternidad por una generación virginal —dice Bossuet—, así también nacerá en el tiempo, engendrado por una Madre Virgen.

La virginidad de San José no era menos importante, ya que debía salvaguardar la de María.

He aquí, pues, dos almas vírgenes que se prometían fidelidad, una fidelidad que consistía sobre todo en proteger su mutua virginidad.

Obran al contrario, según todas las apariencias, de lo que era preciso hacer para contribuir personalmente a acelerar la hora del advenimiento del Mesías.

Han renunciado al honor de ver un día una cuna en su hogar, pero precisamente a causa del valor y del mérito de su renuncia, van a merecer que Dios en persona venga a poner un niño en medio de esta matrimonio virginal. Y ese Niño será su propio Hijo.

Sin saberlo, acaban de firmar un contrato y de pronunciar una promesa que les capacita para recibir la misión excepcionalmente grandiosa que Dios les va a encomendar.

San José y María Santísima eran realmente esposos, no se trataba de una simple ficción. Al contrario: nunca, en la tierra, se ha visto dos almas llamadas a vivir juntas unidas por un tan maravilloso amor.

Así como el amor de Dios es incorruptible —dicen—, así nuestro amor es invencible, puesto que se alimenta del de Dios.

Han hecho ambos votos de virginidad, pero eso les une más estrechamente. Precisamente porque su amor es virginal, y la carne no tiene en él parte alguna, se encuentra protegido frente a los caprichos, las inquietudes, las amarguras y las decepciones.

Las vírgenes tienen una ternura que no conocen los corazones marchitos. Desconocen lo que San Pablo llama “las aflicciones de la carne” en su Epístola a los Corintios (1., 7, 28). Santos de cuerpo y espíritu, se aman con un amor capaz de todas las riquezas, de todos los matices.

Así fue el matrimonio entre la Beatísima Virgen y el Castísimo José, el más puro, el más casto, el más santo y el más admirable que se pueda imaginar.

Puede afirmarse que no fue un hombre quien se casó con una mujer, sino un ángel que se desposó con otro; o mejor, como se expresa Gersón, fue la virginidad que se desposó con la virginidad.

Habiendo sido San José elegido por Dios para ser el protector y el casto esposo de la más pura de las vírgenes, ¿podremos dejar de creer que fuera adornado con todas las gracias y privilegios que debían hacerlo digno de un título tan glorioso? ¿Qué padre no elige para la hija que ama tiernamente, el esposo más virtuoso y perfecto que pueda hallar? Ahora bien; ¿hubo jamás hija alguna más amada por el Padre celestial que la Santísima Virgen, destinada desde toda la eternidad a ser Madre de su único Hijo?

Dios, cuyas obras llegan a su término fuerte y dulcemente, debía preparar para María un esposo que mereciera gozar de una unión tan íntima con la Madre de su Unigénito. El cielo, fecundo en milagros, había reunido en aquella augusta Virgen todas las gracias y todas las virtudes. Era María más bella que la luna, más resplandeciente que el sol, más formidable contra el príncipe de las tinieblas que una armada en orden de batalla.

Toda pura a los ojos del que es la pureza misma, María veía a sus pies a todas las criaturas del cielo y de la tierra, y sólo Dios, cuya fiel imagen era, la superaba en gracia y santidad.

Por eso, cuando Dios, al principio del mundo, creó de la nada, con su poder infinito, esa multitud de seres, cuya excelencia era a sus ojos digna de admiración, y coronó su obra maravillosa creando al primer hombre, no halló nada sobre la tierra que pudiera compararse a Adán. A tantas maravillas debió añadir un nuevo milagro, y dar a Adán un apoyo que fuera igual a él. Y creó la primera mujer, que quiso sacar del costado de Adán, para que, siendo de su misma naturaleza, pudiera servirle de compañera.

¿No es, pues, lógico pensar que, habiendo dado José a María para ayudarla y servirla, lo haya hecho a José semejante a Ella, enriqueciéndolo con todos sus dones y dotándolo con gracias especiales, a fin de que, siendo en cierto modo la fiel imagen de las perfecciones de una Esposa santa, fuese digno de serle dado por compañero?

Cuando Dios quiso dar una compañera al primer hombre, se la dio semejante en la naturaleza, en la gracia y en la perfección. Y cuando quiso dar un esposo a la Madre de su Hijo divino, lo escogió semejante a Ella en gracia y santidad.

Por lo tanto, cuando consideramos atentamente las sublimes prerrogativas y las admirables virtudes de José, vemos que ningún Santo tuvo como Él tanta parte en los privilegios de los méritos que enaltecieron a María por sobre todos los santos.

Cuando Dios eligió a José para ser el Casto Esposo de María y el Padre de su único Hijo, ya era sumamente grande y perfecto; pero ¡cuánto crecieron y se perfeccionaron tan eminentes cualidades en la compañía íntima y continua de esa Virgen incomparable, cuya profunda humildad y pureza, superiores a las de los Ángeles, obligaron, por así decirlo, al Hijo de Dios a bajar del Cielo para hacerse Hombre!…

Dios se había reservado a María, pero se complacía en dar a un hombre mortal, a José, un derecho matrimonial sobre esta criatura privilegiada, bendita entre todas las mujeres.

Ponía en sus manos a la que había creado con tanto amor, en la que había pensado desde toda la eternidad, a la que iba a hacer suya con tanto celo.

Ella le pertenecía ya, pero cuando Él había pronunciado el “sí” de los esponsales, no había dado más que un asentimiento a su unión con una mujer virgen.

Sin embargo, esa Virgen se convertiría en Madre del Mesías; y Dios mismo le pidió a San José aceptara tanto a la Madre como al Hijo.

Por eso, pronunció un nuevo “” que le asoció definitiva y plenamente a los imprevisibles destinos del Redentor y de la Corredentora del género humano…

P.CERIANI

SANTORAL 19 DE MARZO




SAN JOSÉ, 
Esposo de la Bienaventurada 
Virgen María



Teniendo, pues, qué comer, 
 y con qué cubrimos,
contentémonos con esto.
(1 Timoteo, 6, 8).

   San José fue esposo legal de María y padre nu tricio de Jesús. Bastan estas dos palabras para su elogio. La gran humildad de que dio pruebas ejerciendo el oficio de carpintero, la solicitud con que rodeó la infancia del Salvador, su respeto para con la Madre de Dios, lo hicieron digno de morir en los brazos de Jesús y de María. ¡Oh dulce muerte! ¿Quieres tú morir como él? Imita sus virtudes e invoca su protección.

MEDITACIÓN
SOBRE LA VIDA DE SAN JOSÉ    

   l. San José mereció, por su pureza, el honor de ser elegido por Dios para ser el esposo de su Madre. ¡Qué gloria para ti, oh gran santo, mandar a una esposa omnipotente en el cielo y en la tierra! Imita la pureza, la humildad y la modestia de José, y María se mostrará contigo llena de ternura. Para que llegues a ser un gran santo, haz, siguiendo el ejemplo de San José, todas tus acciones pensando que Dios te ve.

   II. Fue el padre nutricio de Jesús, y Jesús le estaba sometido. Admira la humildad del Salvador, que, pudiendo nacer en el palacio de Augusto o de Herodes, prefiere elegirse un padre pobre y desconocido, un padre que debe trabajar con sus manos para procurarle alimento y vestido. A ejemplo de San José, nunca te separes de Jesús: que en todos tus actos sea tu compañero, conversa a menudo con Él. Haz un lugar a Jesús en medio de tus hijos: que tu Señor venga a tu familia, que tu Creador se acerque a su creatura. (San Agustín).

      III. San José murió en brazos de Jesús y de María. Tú también quieres terminar tu existencia con una muerte dichosa y santa: ten una gran devoción a San José. Nos asegura Santa Teresa que ha obtenido todo lo que ha pedido por los méritos de San José. Pídele esta última gracia que debe coronar tu vida y hacerte comenzar una eternidad de dicha. Con frecuencia durante tu vida, y sobre todo en la hora de tu muerte, pronuncia los tres hermosos nombres de Jesús, María y José.

La devoción a San José 
Rogad por los agonizantes.


ORACIÓN
   Haced, Señor, que los méritos del bienaventurado José, esposo de vuestra Santísima Madre, nos ayuden, a fin de que obtengamos por su intercesión lo que nuestra flaqueza no puede merecer. Vos que, siendo Dios, vivís y reináis por todos los siglos de los siglos.  Amén.

domingo, 18 de marzo de 2012

SANTORAL 18 DE MARZO




SAN CIRILO, 
Obispo y Confesor



Bienaventurados los misericordiosos, 
porque ellos alcanzarán misericordia
(Mateo, 5, 7).

   San Cirilo era obispo de Jerusalén cuando Juliano el Apóstata, por odio al cristianismo, quiso restablecer el templo de Jerusalén. Predíjole este santo que no quedaría piedra sobre piedra. En efecto, el rayo y los temblores derribaron lo que el apóstata había hecho edificar. Era San Cirilo tan caritativo que los arrianos, para arrebatarle su episcopado, lo acusaron de haber vendido los ornamentos de la iglesia y distribuido su precio entre los pobres. Murió en el año 387.

MEDITACIÓN
SOBRE LA MISERICORDIA

   I. Debes compadecer los sufrimientos del prójimo, provengan de enfermedad o de pobreza. Esta compasión debe excitar en ti el deseo de aliviarlos, y este deseo debe ser efectivo. ¡Cuántas ocasiones pierdes de hacer el bien a los desgraciados! Nada hay que te haga más semejante a Dios como la caridad para con los pobres. Si no estás en condición como para socorrerlos, ruega a Dios que lo haga Él y agradécele el que te haya librado de las miserias que hacen gemir a tu prójimo. Nunca se parece tanto el hombre a la Divinidad como cuando hace el bien a sus semejantes; sé providencia para los desventurados, imitando la misericordia de Dios. (San Gregorio).

   II. Ten compasión de los pecadores; por ricos y felices que sean en apariencia, su suerte es mucho más digna de compasión que de envidia. Son tanto más dignos de lástima, cuanto que no conocen su mal estado y no quieren ponerle remedio. Adviérteles, si lo puedes, hazles conocer el lastimoso estado de su alma; ruega a Dios por ellos; apártalos de las ocasiones peligrosas; emplea para esto, tu solvencia, tus riquezas: bien que quiso dar su vida por ellos Jesucristo. No envidies a los malos, antes bien compadécelos. (San Pedro Damián).

   III. ¿Acaso tú mismo no eres digno de compasión, a causa de tus miserias o de tus pecados? Si es a causa de tus miserias, ten paciencia: Jesús vivió en el dolor, los santos pasaron su vida en las lágrimas. Si tus pecados te hacen digno de compasión, ten piedad de ti mismo; sal, lo más pronto posible, de ese funesto estado.

La caridad 
Orad por los afligidos .


ORACIÓN
   Dios todopoderoso, haced, os lo suplicamos, que la solemnidad del bienaventurado Cirilo, vuestro confesor y pontífice, acreciente en nosotros el espíritu de piedad y el deseo de nuestra salvación. Por J. C. N. S. Amén.

sábado, 17 de marzo de 2012

SERMÓN PARA LA DOMÍNICA CUARTA DE CUARESMA



DOMINGO CUARTO DE CUARESMA




En aquel tiempo, pasó Jesús a la otra parte del mar de Galilea, que es de Tiberíades. Y le seguía una grande multitud de gente, porque veían los milagros que hacía sobre los enfermos. Subió, pues, Jesús, a un monte, y se sentó allí con sus discípulos. Y estaba cerca la Pascua, día de gran fiesta para los judíos. Y habiendo alzado Jesús los ojos, y viendo que venía a Él una gran multitud, dijo a Felipe: ¿Dónde compraremos pan para que coma esta gente? Esto decía por probarle; porque Él sabía lo que había de hacer. Felipe respondió: Doscientos denarios de pan no alcanzan para que cada uno tome un bocado. Uno de sus discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro, le dijo: Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces: mas ¿qué es esto para tanta gente? Pero Jesús dijo: Haced sentar a esas gentes. En aquel lugar había mucha hierba. Y se sentaron a comer, como en número de cinco mil hombres. Tomó Jesús los panes, y habiendo dado gracias, los repartió entre los que estaban sentados; y asimismo de los peces, cuanto querían. Y cuando se hubieron saciado, dijo a sus discípulos: Recoged los trozos que han sobrado, para que no se pierdan. Y así recogieron y llenaron doce canastos de trozos de los cinco panes de cebada, que sobraron a los que habían comido. Aquellos hombres, cuando vieron el milagro que había hecho Jesús, decían: Este es verdaderamente el profeta que ha de venir al mundo. Y Jesús, notando que habían de venir para arrebatarle y hacerle rey, huyó otra vez al monte Él sólo.

El Domingo Lætare es para la Cuaresma lo que el Domingo Gaudete fue para Adviento.

En uno y otro día se atenúa la gravedad y seriedad del Ciclo Litúrgico. El color morado es sustituido por el rosa; el órgano vuelve a sonar festivo; y el altar aparece adornado de flores.

La razón de ser de ese preludio de la alegría pascual es porque hemos llegado ya a la mitad de la Cuaresma, y nuestra bondadosa Madre quiere reanimarnos con este día de descanso espiritual para que continuemos con bríos la carrera emprendida.

El Evangelio del día es todo un símbolo: Y estaba cerca la Pascua… dice, recordándonos el motivo de la alegría de hoy. Y como la Eucaristía es uno de los Sacramentos pascuales, la Santa Liturgia nos propone en el milagro de la multiplicación de los panes, en aquella pequeña Pascua que el Señor celebró en el desierto, la figura de nuestra Pascua, la imagen del verdadero milagro pascual.

Mirando en lontananza esa Pascua, prorrumpe ya hoy la Iglesia en gritos de júbilo: Alégrate, Jerusalén, y regocijaos con ella todos los que la amáis; gozaos los que estuvisteis tristes; para que os saciéis de los consuelos que manan de sus pechos (Introito).

Nosotros contestamos al requerimiento de la Iglesia: Sí, sobremanera nos regocijamos, cuando se nos dijo: Iremos a la casa de Dios.

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La Estación en Roma es hoy la Basílica de la Santa Cruz de Jerusalén, una de las siete basílicas principales de la ciudad santa. Ella fue enriquecida con las reliquias más preciosas por Santa Elena, que quería hacer de ella la Jerusalén de Roma.

Con este pensamiento, hizo trasladar una gran cantidad de tierra tomada en el Monte Calvario, y colocó en el santuario, entre otros monumentos de la Pasión de Cristo, la inscripción que figuraba sobre su cabeza durante el suplicio.

El nombre de Jerusalén dado a la Basílica llevó desde los tiempos más antiguos a los Pontífices escogerla como estación en este Domingo Lætare. En efecto, Jerusalén es nombre que despierta y aviva todas las esperanzas de los cristianos, ya que recuerda la Patria Celestial, que es la verdadera Jerusalén, respecto de la cual todavía estamos en el exilio…

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Ahora tenemos que hablar de otro nombre que se le dio al Cuarto Domingo de Cuaresma, y que se refiere a la lectura del Evangelio que la Iglesia nos ofrece hoy. Este Domingo es designado en varios documentos antiguos como el Domingo de los cinco panes; y el milagro que este título recuerda, al mismo tiempo que completa el ciclo de las instrucciones de Cuaresma, se añade a la alegría de este día.

Perdemos de vista por un momento la próxima Pasión del Hijo de Dios, para reflexionar sobre uno de los más grandes de sus beneficios; dado que, bajo la figura del pan material multiplicado por el poder de Jesús, nuestra fe descubre el Pan de la vida que desciende del Cielo, dado para la vida del mundo.

La instrucción que recibimos este día va encaminada a recordar el gran beneficio que el Señor nos hizo al instituir la Sagrada Eucaristía, Pan de los Ángeles bajado del Cielo, que se multiplica al conjuro de la palabra del sacerdote, y de esta forma prepararnos a recibirlo.

Y aunque participemos diariamente de esa mesa celestial, no obraríamos según el espíritu de la Liturgia, si mirásemos la Comunión Pascual como otra comunión cualquiera, y no como convite especialísimo.

Las mismas comuniones de los días ordinarios de cuaresma deben tener la finalidad de disponernos al gran convite pascual, que hemos de celebrar con ácimos de sinceridad y de verdad.

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La Pascua está cerca, dice el Evangelio, dentro de pocos días el propio Salvador nos dirá: Yo he deseado con gran deseo comer esta Pascua con vosotros.

Antes de pasar de este mundo al Padre, quiere satisfacer a la multitud, y para ello tiene que recurrir a todo su poder. Con razón admiramos este poder creativo, para quien cinco panes y dos peces bastan para alimentar a cinco mil hombres, de modo que después de la fiesta sobren restos suficientes como para llenar doce canastos.

Un prodigio tan brillante prueba suficientemente la misión divina de Jesús. Sin embargo, no veamos aquí sino una prueba de su poder, una figura de lo que está a punto de hacer, no ya una o dos veces, sino todos los días hasta el fin de los siglos; no para cinco mil personas, sino para la innumerable multitud de sus fieles.

Contemos sobre la superficie de la tierra los millones de católicos que ocuparon, ocupan y ocuparán lugar en el Banquete Pascual; Jesús, el mismo Hijo de Dios Encarnado, les sirvió de alimento, y este divino sustento no se consumirá jamás.

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Reconcentrémonos, pues, y fieles al espíritu de la Liturgia, fijemos la mirada en la blanca Hostia, recordando el infinito milagro que realiza allí Cristo con el fin de alimentar nuestra vida espiritual.

Repasemos en la memoria los inmensos beneficios que en ese Sacramento nos comunica el bondadosísimo Jesús…

Bajo las apariencias de pan y vino se esconde el Verbo humanado, la segunda Persona de la Santísima Trinidad, hecha carne en las purísimas entrañas de María.

Y como las tres Personas tienen una indivisible naturaleza, con el Hijo vemos allí al Padre y al Espíritu Santo. Todo el Cielo se encierra en la blanca Hostia.

En la Eucaristía continua Jesús su obra redentora; nos enseña, como fiel Maestro, el que es la Luz del mundo; nos cuida, como sabio médico, el que pasó por este mundo curando toda dolencia; nos alimenta, cual bondadoso padre, el que se llamó a sí mismo Buen Pastor, ganando nuestro sustento con sudor de Sangre y con su muerte en Cruz.

En la cárcel del Sagrario hallamos encerrado al mismo Jesús que anduvo por la campiña judía, dándonos ejemplo de las más raras virtudes: Paciente frente a sus enemigos; indulgente con los pecadores; todo amor con los suyos; humilde hasta anonadarse y perder incluso la forma externa de hombre; tan obediente, que a la voz de un sacerdote, sea digno o indigno, deja el trono augusto del Cielo y desciende al altar; tan bondadoso y liberal, que no anhela más que hallar almas que le reciban, para consumirlas en el fuego de amor en que arde.

Por la Comunión purifica el Señor nuestra alma con su Sangre, aplicándole los méritos de la Cruz; atiende a nuestra santificación, derramando a raudales la gracia que mereció en el Calvario; nos fortifica contra las tentaciones con ese Pan maravilloso; infunde, en fin, en nuestra alma un germen de vida eterna que obrará en nosotros la resurrección.

¡Qué devotos afectos podemos encender, al calor de estas consideraciones! Reflexionemos…

No nos cansemos de volver sobre el mismo asunto. Cantemos con la Iglesia: Alabad al Señor, porque es benigno; cantad himnos a su nombre, porque es suave. Todas cuantas cosas quiso, hizo así en el cielo como en la tierra.

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Pero nótese que fue en el desierto que Jesús alimentó a los hombres que son figura de los cristianos. Todas esas personas dejaron el bullicio de la ciudad para seguir a Jesús y escuchar su palabra; no han tenido miedo ni del hambre ni del cansancio; y su valentía fue recompensada.

Del mismo modo, el Señor coronará el trabajo de nuestro ayuno y abstinencia al final de esta carrera, de la cual ya hemos recorrido más de la mitad.

Alegrémonos, pues, y pasemos este día en la confianza de nuestra inminente llegada al final. Llega un momento en que nuestra alma, saciada de Dios, no se quejará más de la fatiga del cuerpo, que, unida a la compunción del corazón, le han obtenido un lugar de honor en el Banquete Inmortal.

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A la vista del prodigio obrado por el Salvador en el desierto al multiplicar los panes, pretendieron los judíos proclamarle Rey. ¿Y nosotros? ¿Acaso no hemos sido hecho partícipes por la Comunión de un beneficio infinitamente mayor? ¿No vale inmensamente más este Pan del Cielo que el Señor multiplica en nuestro favor, que el pan de cebada con que dio a comer a la multitud hambrienta?

No seamos, pues, menos generosos que los judíos. Elijamos por Rey de nuestra alma a Aquél que la apacienta con su propia vida.

Jesús no se nos escapará como hizo con los judíos en el desierto. Al contrario, sabiendo que todo nuestro bien está en reconocer su reinado, espera con mirada anhelante a que le invitemos a tomar posesión del trono de nuestro corazón.

No le hagamos esperar; aclamémosle ya; consagrémonos como sus vasallos perpetuos; que servir a tan gran Señor es reinar.

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Recordemos el misterio que nos propone la Epístola de hoy, el de Sara y Agar, de las cuales la una engendra libres y la otra siervos.

Por estas dos madres se entiende los dos Testamentos: la libre significa el Nuevo, y la esclava el Antiguo. Porque es doble la Ciudad de Dios: la una terrena, a saber, la Jerusalén terrenal; y la otra espiritual, o sea, la Jerusalén celeste.

Los hijos de Jerusalén terrenal aman lo terreno, y por las cosas temporales son esclavos bajo el pecado.

La Jerusalén celeste, en cambio, es aquella por la cual somos engendrados, la cual es la Iglesia militante, y también aquella en la que nacemos hijos, la cual es la Iglesia triunfante.

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Santo Tomás explica que también ahora los carnales persiguen en la Iglesia a los varones espirituales, aun materialmente: los que buscan la gloria y las temporales ganancias en la Iglesia. Por lo cual se dice en la Glosa: Cuantos en la Iglesia esperan del Señor el poder terreno, a Ismael pertenecen.

Estos son los que contradicen a los que adelantan en lo espiritual, y los infaman, y usan de lenguaje malvado, con lengua mentirosa y engañosa.

Pero, dice San Pablo, echa fuera a esta esclava y a su hijo. En lo cual se da a entender que los perseguidores de la fe cristiana, y también los cristianos carnales y perversos serán excluidos del reino celestial.

En este mundo, los buenos están mezclados con los malos, y los malos con los buenos; pero en la Patria Eterna no habrá sino buenos.

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Como ya dijimos, no hagamos esperar a Nuestro Señor; aclamémosle ya; consagrémonos como sus vasallos perpetuos; porque servir a tan gran Señor es reinar.

La verdadera libertad la tenemos por Cristo. De aquí que San Pablo dice: con la libertad con la que Cristo nos liberó. Puesto que Cristo nos dio libertad, se sigue que no debemos sujetarnos de nuevo al yugo de la servidumbre.

Alégrate, Jerusalén, y regocijaos con ella todos los que la amáis…


P. CERIANI

SANTORAL 17 DE MARZO




SAN PATRICIO, 
Obispo y Confesor



En el Bautismo hemos sido sepultados con
Jesucristo, muriendo al pecado.
(Romanos, 6, 4).

   San Patricio, nacido en Gran Bretaña, fue robado, joven aún, por una banda de salteadores y fue conducido a Irlanda, donde sus raptores lo pusieron a cuidar unos rebaños. Soportó su desventura con resignación y la santificó con oración. Libre de su cautiverio, fue consagrado obispo, y volvió a Irlanda para anunciar la buena nueva del Evangelio. Dios bendijo su abnegación. Bautizó gran número de idólatras, ordenó sacerdotes para secundarlo en sus trabajos, y fundó varios monasterios. Al morir dejó sometida al dulce yugo del Evangelio a casi toda Irlanda.

MEDITACIÓN
SOBRE LAS OBLIGACIONES
CONTRAÍDAS EN EL BAUTISMO

   I. En nuestro bautismo hemos renunciado, por boca de nuestros padrinos, al demonio, a sus pompas y a sus obras. ¿Hemos cumplido esta promesa? ¿No hemos dejado de ser hijos de Dios para serlo del demonio? ¿Cuya es la imagen que llevamos? ¿A quién obedecemos, a Jesús o al demonio? Y, sin embargo, ¿qué hizo por ti el demonio? ¿Murió por ti ? ¿y qué te promete en cambio de tantos sacrificios, mil veces más penosos que los que Jesucristo te pide, y sin prometerte como éste el cielo?

  II. El Bautismo borra el pecado original y los actuales que se hayan cometido antes de recibirlo. Esta inocencia bautismal, ¿no la perdiste por el pecado mortal? Si la has perdido, llora, llora tu falta y tu desgracia: las lágrimas de la penitencia son un segundo bautismo, sin el cual ya no hay para ti esperanzas de salvación. Las lágrimas son el diluvio que lava las manchas y expía los pecados del mundo. (San Gregorio Nazianzeno).

   III. Antiguamente se daba a los recién bautizados una vestidura blanca que llevaban durante la octava de Pascua. Un cristiano debe ser reconocido por la inocencia y la santidad de su vida. ¿Por qué puede reconocerse que eres cristiano? ¿Qué te distinguiría de los infieles si vivieses entre ellos? No es sólo por el nombre de Cristo que lleva por lo que se ha de reconocer a un cristiano, sino por el espíritu de Cristo que anima sus obras. (San Juan Crisóstomo).

El fervor
Orad por Irlanda.

ORACIÓN
   Oh Dios, que os dignasteis enviar a San Patricio, vuestro confesor pontífice, para anunciar vuestra gloria a las naciones, concedednos, en consideración a sus méritos e intercesión, la gracia de cumplir lo que Vos nos mandáis. Por J. C. N. S. Amén.