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domingo, 15 de enero de 2012

SANTORAL 15 DE ENERO


15 de enero



SAN PABLO,
Primer Ermitaño 



Cualquiera de vosotros que no renuncia todo lo que
posee, no puede ser mi discípulo.
(Lucas, 14, 33).

   Ilustre fundador de los eremitas, ¡cuán hermoso resultaba veros en vuestra gruta, vestido con un manto de hojas de palma, alimentado con un medio pan que un cuervo os traía cada día! Una fuente os daba de beber, la roca os servía de lecho, y estabais más contento en esa gruta que los reyes en sus palacios. ¡Gran Santo, haced que meditando vuestra vida aprendamos a despreciar el mundo y sus falsas máximas!

  MEDITACIÓN
SOBRE LA VIDA DE SAN PABLO

   I. San Pablo, al ver a los perseguidores atacar la fe y la virtud de los cristianos mediante el cebo de los placeres, buscó en la soledad un abrigo contra la tentación. ¿Amas la pureza? ¿Quieres, a imitación de San Pablo, conservar esta bella virtud? Huye de las ocasiones. En esta clase de combates la huida asegura la victoria.

   II. Aunque no fuese designio de Pablo el permanecer en la soledad, fue el de Dios el mantenerlo en ella. Tantas dulzuras hízole gustar en ese desierto, que desde entonces despreció el mundo y sus placeres. Alma tímida, ¿qué temes tú? Dios te llama, quiere desasirte del mundo; prueba, ensaya cuán suave es pertenecerle totalmente. Las dificultades se desvanecerán desde que pongas manos a la obra. No perderás tus placeres, sino que los trocarás en una alegría más sólida y más santa.

   III. San Pablo permaneció en esta terrible soledad durante ochenta años, sin ver a nadie, excepto a San Antonio, que, inspirado de lo alto, lo fue a visitar. Tú comienzas con fervor, pero este fervor es sola mente fuego de paja que se extingue en un instante. Ánimo, continúa; la eternidad bienaventurada que esperas, el Dios a quien sirves, valen la pena de que perseveres en la virtud durante los pocos años que te quedan de vida.

La huída de las tentaciones 
Orad por vuestros superiores eclesiásticos

ORACIÓN

      Oh Dios, que cada año nos proporcionáis un nuevo motivo de alegría con la solemnidad del bien aventurado Pablo, vuestro confesor, haced, por vuestra bondad, que honrando la nueva vida que recibió en el cielo, imitemos la que vivió en la tierra.  Por N. S. J. C. Amén.

sábado, 14 de enero de 2012

SERMÓN PARA EL SEGUNDO DOMINGO DE EPIFANÍA


SEGUNDO DOMINGO DE EPIFANÍA



 Visto en: Radio Cristiandad
Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y llegando a faltar vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino. Jesús le dijo: ¿Qué nos va en esto a Mí y a ti, mujer? Mi hora no ha venido todavía. Dice su madre a los sirvientes: Haced todo lo que él os diga.

Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. Les dice Jesús: Llenad las tinajas de agua. Y las llenaron hasta arriba. Sacad ahora, les dice, y llevadlo al maestresala. Ellos lo llevaron.

Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el buen vino hasta este momento. Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus milagros. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos.

Este pasaje evangélico muestra que llaman al Señor a las bodas, no como persona distinguida, sino como uno de muchos, y sencillamente porque era conocido. Para expresar esto, el Evangelista dice: Y estaba la madre de Jesús allí. Y así como habían llamado a la Madre, llamaron también al Hijo.

Ante todo, pues, hemos de ponderar la benignidad y caridad de Cristo Nuestro Señor en aceptar este convite para tener ocasión de hacer bien a otros y sacar alguna ganancia espiritual para sus discípulos.

Dice San Agustín: ¿Qué de extraño tiene que fuera a aquella casa donde se celebraban las bodas, Aquél que vino al mundo a celebrar las suyas? Porque tiene aquí a su Esposa, a quien redimió con su sangre, a quien concedió como obsequio el Espíritu Santo, y a la que se unió desde el vientre de la Virgen; porque en realidad el Verbo es el Esposo, y la carne humana es la Esposa.

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Estando ya presente el Señor en las bodas, faltó el vino, con el objeto de que se manifestase la gloria de Dios, oculta bajo la forma humana, por medio del vino de mejor condición.

Debemos considerar la compasión y solicitud de la Virgen Nuestra Señora, pues viendo la falta del vino se compadeció del apuro de los novios y, sin que nadie se lo pidiese, se movió a procurar el remedio de esta necesidad por medio de su Hijo.

Dice San Juan Crisóstomo: Es digno de notarse cómo vino a la imaginación de la Madre haber concebido un concepto tan elevado de su Hijo, siendo así que hasta entonces ningún milagro había hecho. Se ha de recordar que San Lucas dice: María conservaba todas estas palabras, examinándolas en su corazón. Hasta entonces había hablado como uno de muchos, por lo que no presumía su Madre deberle decir tal cosa. Pero como oyó que Juan daba testimonio de Él, y como ya tenía discípulos, ruega con confianza al Señor: Y llegando a faltar vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino.

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A esta requerimiento respondió Nuestro Señor: ¿Qué nos va en esto a Mí y a ti, mujer? Mi hora no ha venido todavía.

Afinadamente enseña San Agustín: Algunos, contrariando el Evangelio, y diciendo que Jesús no nació de la Virgen María, se esfuerzan en sacar de aquí un argumento para confirmar un error, y dicen: ¿Cómo puede creerse que era su madre, aquélla a quien dijo: “Mujer, qué hay de común entre tú y yo?” Pero el mismo Evangelista San Juan poco antes había dicho: “Y estaba allí la madre de Jesús”. ¿Y por qué esto, sino porque una y otra cosa son verdad? ¿O es que Jesús vino a las bodas para enseñar a despreciar a las madres?

Por eso, sobre esta respuesta, al parecer tan desabrida y seca, hemos de buscar las causas misteriosas de ella.

La primera fue para descubrir que era más que hombre, y que también era Dios, de quien es propio hacer la obra milagrosa que se le pedía, en la cual había de seguir su procedimiento y el tiempo y hora que en cuanto Dios tenía señalada, sin mudarla ni anticiparla por respetos de carne y sangre.

Con esto nos enseña que no hemos de afligirnos ni acongojarnos demasiado con nuestras necesidades, queriendo anticipar la hora que Dios Nuestro Señor tiene determinada para su remedio; ni señalarle tiempo para ello; sino, haciendo de nuestra parte cuanto fuere posible, hemos de arrojarnos en su divina Providencia, para que Él nos remedie en su hora, que será para nosotros la mejor y más conveniente.

Dios tiene señalada la hora de los trabajos y la de los milagros… Nuestra voluntad debe estar resignada para seguir y obedecer siempre la suya, sin apartarnos ni una hora ni un momento de ella.

La segunda razón de tal respuesta fue para ejercitar a la Virgen Santísima y darle ocasión de mostrar sus excelentes virtudes, especialmente su gran paciencia, humildad y confianza; porque con respuesta tan seca, ni se turbó ni quejó, ni respondió palabra alguna, ni se tuvo por injuriada; y lo que más admira, no perdió la esperanza de ser oída.

Con su ejemplo hemos de animarnos a tener paciencia y no perder la confianza cuando Dios no oyere nuestras peticiones o dilatare el oírnos; también cuando los hombres nos dieren respuestas desabridas, acordándonos de lo que dice el profeta Isaías: En el sufrimiento, silencio y esperanza está nuestra fortaleza, porque por tales medios alcanzamos de Dios lo que pretendemos.

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Entonces la Virgen dijo a los que servían a la mesa: Haced todo lo que él os diga…

Cuanto os dijere mi Hijo, hacedlo… En estas palabras se ha de ponderar la excelencia de este soberano consejo, el fin por qué le dio, las palabras de que usó y las virtudes heroicas que en todo esto descubrió.

Lo primero, mostró heroica confianza, porque aunque su Hijo le hubiese dicho expresamente: Yo haré todo lo que me pides, no hubiese podido Ella decir otra cosa de lo que dijo.

Lo segundo, tuvo gran luz para conocer el Corazón de Cristo Nuestro Señor y sus intenciones; porque dado el caso que pudiera remediar aquella necesidad creando nuevo vino o multiplicando lo poco que había sin decir nada a los ministros que servían a la mesa, con todo eso entendió la Virgen que su Hijo les había de mandar algo; porque la condición de Dios es querer que los hombres hagamos algo de nuestra parte para el remedio de nuestras necesidades, disponiéndonos con esta obediencia y diligencia para alcanzar el remedio de ellas.

De aquí es que la Virgen Nuestra Señora, con este consejo que dio a los ministros, nos avisa que para alcanzar de Dios lo que pedimos, no hay remedio más eficaz que juntar con la confianza la obediencia a cuanto nos manda.

Finalmente, debemos exaltar el amor que la Virgen tenía al silencio y brevedad de palabras, pues así las que dijo a su Hijo, como las que dijo a los ministros, fueron breves, muy medidas y ponderadas.

Y en particular éstas hemos de estampar en nuestro corazón como dichas por tal Madre y Maestra, procurando cumplir cuanto nos dijere Cristo Nuestro Señor, sin omitir cosa alguna, aunque sea dificultosa, y aunque parezca, como aquí, fuera de propósito.

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Nuestro Señor Jesucristo mandó, pues, a los ministros que llenasen de agua seis tinajas que allí estaban, y luego la convirtió en vino excelentísimo, y lo mandó llevar al maestresala que presidía la mesa.

San Juan Crisóstomo acota sutilmente: Pero ¿por qué no hizo el milagro antes que las hidrias fuesen llenas de agua? Porque hubiese sido mucho más admirable si hubiese sacado aquella sustancia de la nada y hubiese brillado mucho más el milagro, toda vez que allí no hubo otra cosa que el cambio de una esencia en otra. Esto, en verdad, hubiera sido más prodigioso; pero muchos, en cambio, no lo hubiesen creído. Por esta razón se abstiene muchas veces de hacer milagros estupendos, queriendo hacer más creíble lo que hace.

Los ministros, tan bien instruidos por el consejo de la Virgen, sin réplica ni dilación, sin decir ¿a qué propósito se nos manda esto?, o ¿qué tiene que ver traer agua para remediar falta de vino?, rindieron su juicio e hicieron lo que el Señor les mandaba, y por este medio, sin pensar, alcanzaron lo que deseaban.

De aquí debemos sacar cuán seguro es obedecer a Dios y a su Madre Santísima, sin escudriñar con vana curiosidad la causa de lo que nos mandan.

De este modo no seremos engañados de la serpiente astuta, que por este camino engañó a Eva, preguntándole la causa por qué Dios les mandó no comiesen del árbol de la ciencia.

Muchas veces Nuestro Señor, para darnos lo que pedimos, suele mandarnos algo que parece contrario. Esto hace para que aprendamos a rendir nuestro juicio a su obediencia.

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Admiremos la omnipotencia de Jesús, el cual con sólo querer, sin tocar el agua, la mudó en vino; y gocémonos de tener un Salvador tan poderoso

También ponderemos la gran liberalidad de este Señor en pagar los servicios que se le hacen, pues por un vaso de vino que le dieron en el convite, y éste de vino ruin, reintegró seis tinajas grandes llenas de excelentísimo vino, hasta lo sumo que podían recibir. Y lo mismo hace ahora, premiando un vaso de agua fría con una medida llena, apretada, colmada y que rebosa.

Dice San Juan Crisóstomo que el Señor no hizo vino sencillamente, sino un vino exquisito. Tales son los milagros de Jesucristo, que todo lo que hace es mucho más útil y hermoso que lo que se hace por la naturaleza.

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Si pasamos a considerar los efectos de este milagro; entre ellos vemos primero el gozo de la Virgen cuando vio que su esperanza había sido colmada.

Y así nos hemos de gozar grandemente de tener tal Madre, por una parte, tan solícita de nuestro bien, y por otra, tan poderosa para procurarlo.

Lo segundo, consideremos cuán confirmados quedaron en la fe los discípulos de Cristo con la vista de este milagro, pues dice San Juan que por esto creyeron en Él con nuevo fervor de fe y con grande gozo, viendo la omnipotencia de su Maestro, alegrándose de estar en su compañía, fiados de que no les faltaría nada teniéndole consigo.

Y no sin causa quiso Nuestro Señor que el primer milagro fuese en cosa temporal, tan casera y necesaria, para confirmar la fe de los que eran rudos y principiantes en las cosas de Dios, disponiéndoles poco a poco para otras mayores.

Lo tercero, ponderemos la gran admiración del maestresala cuando gustó la suavidad de aquel excelente vino, pues sin poderse reprimir, hizo llamar al esposo y le reprendió porque no guardaba la costumbre de todos los hombres, que primero dan el vino bueno y después el deteriorado, y él había guardado el mejor vino para la postre, porque el vino del principio, que despreciable antes pareció bueno, en gustando el que Cristo había hecho, le pareció malo.

Dios no quiso dar el vino escogido hecho por su mano hasta que se acabó el otro y se comenzó a sentir su falta…

Hizo esto por dos causas eminentes:

La primera, para que tengamos mayor estima de lo que Dios nos da, habiendo primero experimentado nuestra propia miseria, y viendo la buena ocasión en que acude a remediarnos, probando por la experiencia lo que dice David: que Dios es ayudador en las oportunidades y tribulaciones, dando el remedio de ellas en el tiempo y coyuntura que más nos conviene.

La segunda, para significar que no da Dios los contentos del espíritu hasta que se mortifican los de la carne, ni llueve el maná del cielo hasta que se acaba la harina que se sacó de Egipto.

Por eso dice San Bernardo: No se mezclan bien estos dos géneros de vinos y consuelos celestiales y terrenos.

Y así, es menester que se acabe en nosotros el terreno para gustar del celestial, aunque algunas veces da Nuestro Señor a gustar el celestial para que desechemos con facilidad el terreno.

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Pidamos a Nuestro Señor: ¡Oh Amador de las almas, dame a gustar el vino del espíritu, para que me sea desabrido el de la carne! ¡Dame a sentir la dulzura de las cosas celestiales, para que cobre fastidio de todos los deleites terrenos!

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¡Oh cristiano!, anímate a mortificar los regalos sensuales, para que seas digno de alcanzar los eternos por toda la eternidad. Amén.

SANTORAL 14 DE ENERO


14 de enero


SAN HILARIO,
Obispo, Confesor



¿Qué cosa es vuestra vida? Un vapor que por un
poco de tiempo aparece, y luego desaparece.
(Santiago, 4, 15).

   San Hilario se convirtió a la fe cristiana leyendo la Sagrada Escritura. Tuvo la gloria de que fuera su discípulo el gran santo Martín, a quien comunicó su extraordinaria doctrina y su ardiente celo. Defendió la fe contra los herejes y fue desterrado por causa de la ortodoxia. Murió en el año 368.


  MEDITACIÓN
SOBRE LA VIDA HUMANA   

   I. ¿Qué cosa es la vida humana? Es, dice el apóstol Santiago, un vapor que, casi al mismo tiem po, aparece y desaparece. ¡Qué corta es esta vida! Apenas comenzamos a vivir es menester, ya, pensar en morir. ¡Qué insegura es! No sabemos cuándo concluirá. Mas, ¡cuán llena está de miserias! ¿Puedes decir con verdad que has vivido un día siquiera sin disgusto? Sin embargo, amamos esta vida tan miserable, y tememos la muerte que debe abrirnos el paraíso: es que nuestra fe no es lo bastante viva.

   II. Nuestra vida no debe ser considerada en sí misma solamente; debe, además, considerarse como un tránsito a la eternidad. No vivimos para siempre, sino para morir un día, y para merecer el cielo. En lo único en que debemos emplear el tiempo de nuestra vida es, pues, en trabajar para merecer, después de ella, una eternidad feliz. Examinemos en particular todas nuestras acciones. ¡Ay! ¡Trabajamos en hacer fortuna, en consolidar nuestra reputación en esta tierra, como si debiéramos vivir en ella eterna mente!

   III. Pronto terminará esta vida, y comenzará la eternidad, para ser recompensados o castigados, según el buen o mal uso que hayamos hecho de ella. ¡Tan poco tiempo tenemos para merecer una eternidad de dicha, y lo empleamos en otras cosas! No sabemos cuánto durará este tiempo; trabajemos, pues, seriamente. ¿Qué no se sufre para prolongar algunos instantes una vida miserable? ¡Y nada se quiere soportar para merecer una vida eterna y bienaventurada!

 La lectura espiritual 
Orad por los sacerdotes.

ORACIÓN

      Oh Dios, que habéis instruido a vuestro pueblo con las verdades de la salvación por ministerio del bienaventurado Hilario, haced, benignamente, que después de tenerlo en la tierra como doctor y guía, lo tengamos como intercesor en el cielo.  Por N. S. J. C. Amén

viernes, 13 de enero de 2012

CONMEMORACIÓN DEL BAUTISMO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO

13 de enero



CONMEMORACIÓN DEL BAUTISMO
DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO



   Estaba San Juan Bautista en las orillas del Jordán bautizando y exhortando a penitencia, cuando llegó a él el Salvador del mundo, de treinta años de edad. Al acercarse al Bautista, conoció éste, por luz sobrenatural, que el que venía a pedirle el bautismo era el Mesías verdadero; y así, al ver al Salvador, exclamó: Pues qué, Señor, ¿Vos venís a mí a ser bautizado, cuando debo yo ser bautizado de Vos? EL Señor le contestó que convenía sujetarse a los decretos de la divina Sabiduría. Abrióse el Cielo y vio San Juan que el Espíritu Santo bajaba sobre Jesucristo en figura de paloma, y al mismo tiempo oyó una voz que decía: Este es mi Hijo querido, en el que tengo Yo todas mis complacencias.

   Bautizándose Jesús, nos enseñó la necesidad del bautismo para todos, y además su humildad, autorizó el bautismo del Bautista; el Espíritu Santo declaró la divinidad del Salvador, y por último, santificó las aguas habilitándolas para redimir los pecados.

SANTORAL 13 DE ENERO



SAN GODOFREDO,
Abad



Conforme a la santidad del que os llamó, sed también
vosotros santos en todo vuestro proceder.
(1 Pedro, 1, 15).

   San Godofredo conde de Kappenberg, asqueado de la gloria de las armas y de las vanidades del mundo, persuadió a su esposa a que se hiciese monja, consagró todos sus bienes al Señor, y convirtió su castillo en convento donde tomó el hábito de la Orden Premonstratense. En el seno de esta ciudadela fue donde comenzó a guerrear contra su cuerpo con sus ayunos y austeridades, contra el mundo con su po breza y contra el demonio con su obediencia. Murió en 1136, a la edad de treinta años.

  MEDITACIÓN
SOBRE LA SANTIDAD
QUE DIOS NOS PIDE

   I. Dios quiere que todos los hombres sean san tos. Para eso los ha creado; para eso Jesucristo se encarnó. Todos poseen los medios y las gracias ne cesarias para alcanzar este fin, y, cuando somos fieles a las gracias que recibimos, Dios nos prepara otras más grandes. Pero, ¡ay! en vano será que Dios pro digue todas sus gracias para que seamos santos, si nosotros, por nuestra parte, no trabajamos para con quistar la santidad. ¿Quieres en verdad ser santo? Si lo quieres, lo serás. Nada gana Dios con tu san tificación, ello no lo hace más feliz; es asunto nuestro: de él depende nuestra eternidad feliz. ¿Qué has hecho hasta aquí, y qué has resuelto hacer en lo porvenir, para llegar a ser santo?

   II. Dios no pide que todos los hombres traba jen en su santificación de la misma manera: Él tiene mil caminos diferentes para conducir a sus elegidos a la gloria. Hay santos de todas las condiciones; consiaera el estado de vida en el que estás colocado, cumple dignamente todos sus deberes: es la santidad a la que Dios te llama. El anacoreta no debe, para santificarse, vivir como el hombre de mundo, ni éste como el anacoreta. Mira si imitas a los santos que han vivido en un estado de vida semejante al tuyo.

   III. El que busca y aprovecha todas las ocasio nes para santificarse en el género de vida que ha elegido, ése ha dado con el camino más corto que lleva a la perfección. ¿Aprovechas esas ocasiones? ¿Cuántas vehementes inspiraciones no deja Dios de enviarte para atraerte? ¿Qué no hace para desapegar tu corazón del amor a las creaturas? ¿Qué te impide elevarte a Él? ¡Ah! ¡Los primeros cristianos han vencido a los tiranos, y, a pesar de los suplicios, han obtenido la corona de la santidad; y a nosotros el apego que tenemos a los placeres de esta vida nos impide llegar a ser santos! Ellos han luchado contra la atrocidad de los tormentos: luchemos, nosotros, contra las dulzuras de los placeres. (San Eusebio de Émeso).

El menosprecio de las riquezas 
Orad por los pobres.

ORACIÓN

      Haced, os rogamos, Señor, que la intercesión de San Godofredo, abad, nos haga gratos a Vuestra Majestad, a fin de que obtengamos por su asistencia lo que no podemos esperar de nuestros méritos.  Por N. S. J. C. Amén

jueves, 12 de enero de 2012

CARTAS DEL HERMANO RAFAEL

Hermano Rafael - Dios y mi alma (II)  





12 de febrero de 1938 - sábado

12 de febrero de 1938.

Muchas veces he pensado que el mayor consuelo es no tener ninguno; lo he pensando y lo he experimentado.

Si el consuelo nos viene de las criaturas, el volver a la desolación, se hace duro y penoso. Y si el consuelo nos viene de Dios..., ¡cómo es posible luego vivir entre tanta miseria! ¡Qué cuesta arriba se hace la vida! ¡Cómo lastima el trato con los hombres! ¡Qué penoso es el tener que cuidar a este miserable cuerpo, y tener que alimentarse, dormir y sufrir mil flaquezas de la carne!

Alguna vez he sentido en mi corazón, pequeños latidos de amor a Dios... Ansias de Él y desprecio del mundo y de mi mismo.

Alguna vez he sentido el consuelo enorme e inmenso de yerme solo y abandonado en los brazos de Dios. Soledad con Dios..., nadie que no lo haya experimentado, lo puede saber, y yo no lo sé explicar. Pero sólo sé decir que es un consuelo que sólo se experimenta en el sufrir..., y en el sufrir solo.., y con Dios, está la verdadera alegría.

Es un nada desear más que sufrir. Es un ansia muy grande de vivir y morir ignorado de los hombres y del mundo entero... Es un deseo grande de todo lo que es voluntad de Dios... Es no querer nada fuera de El... Es querer y no querer... No sé, no me sé explicar..., sólo Dios me entiende, pero aunque no sé la causa, sé sus efectos.

Todo va cambiando en mi alma. Lo que antes me hacia sufrir..., ahora me es indiferente; en cambio, voy encontrando repliegues en mi corazón que estaban escondidos, y que ahora salen a la luz.

En primer lugar, lo que antes me humillaba, ahora casi me causa risa. Ya no me importa mi situación de oblato en el monasterio... Alguna vez miro con cierta envidia la cogulla, pero me alegraría si me dieran la capa de oblato y me quitaran la de novicio (1). Veo que el último lugar es el mejor de todos; me alegro de no ser nada ni nadie; estoy encantado con mi enfermedad que me da motivos para padecer físicamente y moralmente. Pero lo más general es que me traiga sin cuidado, y no me importe nada, ni la capa, ni la cogulla..., (2) y el lugar veo que es lo de menos...

Mi enfermedad..., ¿qué más me da comer solo que acompañado, lentejas que patatas, padecer hambre o sed, vivir hacia la derecha o hacia la izquierda?

Todo me es igual. Sólo quiero amar a Dios y cumplir su voluntad...¿Qué hay fuera de eso? Vanidad..., aire..., deseos pueriles de hombre.

Antes sufría al yerme solo. Bendita soledad, Señor, en que me pones... No quiero que me hable ninguna criatura. ¿Qué me pueden decir que Tú desde tu Cruz, no me enseñes?

Cuando tengo una duda, o algo en que estoy incierto, cuando me aprieta una tentación o me dejo llevar de alguna flaqueza..., procuro hacer un acto de humildad a los pies de tu Cruz, y besando tu divina sangre que escurre de las llagas de tus pies por el madero..., pedirte protección, ayuda y consejo..., lo que Tú me inspiras en aquel momento, eso hago.

Bendita soledad en la que Tú sólo recoges mis penas. En la que Tú sólo recibes mis lágrimas, y para quien sólo son mis fervores, mis ansias de tu amor, mis deseos de padecer una partecica de tu cruz.

Ya no me quejo de nada, Señor... Sólo quiero hacer tu voluntad y creo, Señor, en la obediencia humilde, cumplirla.

Sólo pretendo vivir una vida muy sencilla, sin cosas extraordinarias..., muy oculto a los hombres mi amor por Ti...

Vivir mi vida de enfermo en la Trapa con la sonrisa en los labios... Hacer con sencillez lo que me manden. Obedecer con prontitud..., y esconder a todos, el pequeño volcán de mi corazón, que quisiera morir abrazado a la Cruz de Jesús..., mis deseos a veces de penitencias que no puedo cumplir...

Quisiera dormir en la escalera... Quisiera comer debajo de la mesa del Padre Abad. Quisiera andar vestido de un saco y una cuerda.. Quisiera, Señor, enmudecer por Ti toda la vida... Y quisiera a veces hacerme el loco y salir dando gritos por los claustros del monasterio..., arrastrarme a los pies de todos los religiosos... No sé, Señor, lo que yo haría si me dejaran..., a lo mejor nada.

¡Ah!, ¿quién piensa en blancas cogullas..., cuando veo a mi Jesús desnudo en una Cruz?... ¿Quién piensa en ser apreciado de los hombres, cuando veo a mi Jesús olvidado de sus amigos y despreciado y escupido en la calle de la amargura?...

¿Quién piensa en tener prudencia, cuando vemos a Jesús con una capa y un cetro de loco?... Señor, Señor, yo quisiera ser ese loco..., y recibir las risas y las burlas que Tú recibiste...

Quisiera, Señor, ser ese loco... No sé lo que digo..., pobre oblato trapense, cuya vida quieres Tú que se deslice en silencio, en oscuridad..., en sencillez... Sea, Señor, cumplida tu voluntad.

¡Pero no tardes, Señor! Mira que tu siervo Rafael tiene prisa de estar contigo..., de ver a María, tu Santísima Madre..., de cantar tus alabanzas con los santos y con los ángeles... ¡Ah!, Señor, ¿cuándo tendré que dejar de comer..., de dormir..., y de tratar con todos?

¡Qué hermosa profesión voy a hacer el día de mi muerte!... ¡Votos eternos de amor!... para siempre..., siempre... ¿Quién piensa en la tierra y en los hombres? Todo es perecedero, pequeño y deleznable... Sólo Dios... Todo lo externo es vanidad... Sólo Dios... El tiempo y el hombre pasan... Sólo Dios.

Sólo Dios... Sólo Dios... Sólo Dios... sea mi vida, y María mi buena Madre, me ayude a caminar en este valle de miserias. Así sea.



Domingo de Septuagésima

13 de febrero de 1938

Bendito Jesús, ¿cómo expresarte, ¡oh Señor!, la gran ternura que mi alma siente ante la dulzura de tu amor?

¿Qué he hecho yo, Dios mío, para que así me trates? Tan pronto se inunda mi alma de profunda amargura, como se llena de regocijante alegría, al pensar en Ti y en lo que Tú me prometes al final de la jornada.

¿Que he hecho yo, Señor?

Hoy en la santa comunión he sentido el consuelo de yerme cerca de Ti, cuando todo parece que me abandona. He querido, Señor, clavar en tu Corazón esas palabras que digo todos los días: "No permitas, Señor, que me aparte de Ti".

Abrazado a tu Cruz, entré en el capítulo... A los pies de tu Cruz tomé el alimento que necesita mi débil naturaleza... A los pies de tu ensangrentada Cruz, hallo el consuelo de escribir estas líneas... «No permitas que me aparte de ti".

Esté siempre, Señor, a la sombra del duro madero. Ponga allí, a tus pies, mi celda, mi lecho... Tenga yo, Señor, allí mis delicias, mis descansos en el sufrir... Riegue el suelo del Calvario con mis lágrimas... Allí a los pies de la Cruz, tenga mi oración, mis exámenes de conciencia... "No permitas, Señor, que me aparte de Ti".

Qué alegría tan grande es poder vivir al pie de la Cruz. Allí encuentro a María a san Juan y a todos tus amadores. Allí no hay dolor, pues al ver el tuyo Señor ¿quién se atreve a sufrir?

Allí todo se olvida, no hay deseo de gozar, ni nadie piensa en penar... Al ver tus llagas Señor sólo un pensamiento domina al alma... Amor..., sí, amor para enjugar tu sudor, amor para endulzar tus heridas, amor para aliviar tanto y tan inmenso dolor.

No permitas, Señor, que de Ti me aparte.

Déjame vivir al pie de la Cruz sin pensar en mi, sin nada querer ni desear, más que mirar enloquecido la sangre divina que inunda la tierra...

Déjame, Señor, llorar, pero llorar de ver lo poco que puedo hacer por Ti, lo mucho que te he ofendido estando lejos de tu Cruz... Déjame llorar el olvido en que te tienen los hombres, aun los buenos...

Déjame, Señor. vivir al pié de tu Cruz ,de día, de noche, en el trabajo, en el descanso, en la oración, en el estudio, en el comer, en el dormir.... siempre.... siempre.

Qué lejos veo el mundo, cuando pienso en la Cruz. Qué corto se me hace el día cuando lo paso con Jesús en el Calvario. Qué dulce y tranquilo es el sufrimiento pasado en compañía de Jesús crucificado.

Llevo muy poco tiempo desde que conocí la dulzura de los caminos de Cristo, pero es en la Cruz donde siempre he hallado consuelo. Es en la Cruz donde he aprendido lo poco que sé... Es en la Cruz donde he hecho siempre mi oración y mis meditaciones... En realidad no sé otro sitio mejor, ni acierto a encontrarlo..., pues quieto

Por eso, Señor, al ver la divina escuela de tu Cruz; al ver que es en el Calvario, acompañando a María, donde únicamente puedo aprender a ser mejor, a quererte, a olvidarme y despreciarme, "no permitas que me aparte de Ti".

Qué bueno es Dios conmigo. Eso sí que no lo sé expresar. Me saca a la fuerza del mundo. Me envía una cruz y me acerca a la suya..., y así, sólo esperar; esperar con fe, con amor; esperar abrazado a su Cruz.

¡Ah!, la locura de la Cruz, ¡quién la tuviera! ¡Ah!, si el mundo supiera el tesoro de la Cruz, cómo cambiarían los hombres.

¡Ah!, si Dios no permitiera que yo le ofendiera!, y siempre lo hago cuando de su Cruz me aparto..., qué feliz seria yo entonces.

Por eso, Señor, agarrado a ella con todas mis fuerzas, juntando mis lágrimas a tu sangre y gritando con gemidos y aullidos..., queriendo volverme loco..., loco por tu santísima Cruz..., óyeme, ¡oh Señor!, atiéndeme y no desprecies mis súplicas... Limpia con el agua de tu costado mis pecados enormes, mis faltas, mis ingratitudes; llena mi corazón con tu sangre divina, y sosiega mi alma que no cesa de clamar: "Déjame, Señor, vivir junto a tu Cruz, y no permitas que de ella me aparte".

¡Virgen María, Madre de los Dolores!, cuando mires a tu Hijo ensangrentado en el Calvario, déjame a mi que humildemente recoja tu inmenso dolor, y déjame que, aunque indigno, enjugue tus lágrimas.



18 de febrero de 1938 - viernes

Día 18 de febrero de 1938.

Por suerte... ¡oh Señor!, no solamente mi espíritu padece. Hasta que no vine a la Trapa no sabia lo que era llorar de hambre (3). Mi enfermedad es una mina inagotable de sufrimientos físicos y morales... Bendita sea tu mano, o buen Jesús..., yo te la beso y la adoro, lo mismo cuando con ella me azotas, que cuando me acaricias... Bendita sea tu voluntad...

Lágrimas de hambre..., ¿quién me lo había de decir? Y, sin embargo, ésa es la realidad. ¡Cuánto sufro, oh Señor! Tú lo sabes... Cuántos días salgo con los ojos húmedos del refectorio, y a los pies de tu Cruz bendita, coloco mi penitencia..., ese hambre que mi enfermedad produce, y que aquí en la Trapa puedo decir que hay muy pocos momentos en que se vea saciada.

Recuerdo la primera Cuaresma que pasé siendo novicio. Qué alegría el verme ayunando en medio de la comunidad. ¿Dónde estaba mi penitencia?... ¿Dónde estaba el pan de lágrimas que es el agradable a Jesús?

Yo no tenía entonces más que una vana satisfacción al ver la pobreza de mi alimento... Quizás algún día me acordara de lo que dejé..., pero no pasé hambre como ahora, en que mi vida es y será una Cuaresma continua (4)..., en medio de mi soledad en la enfermería.

Cuando después de comer me levante de la mesa y como hombre carnal, miserable y material, vaya a llorar los sufrimientos de mi enfermedad a los pies del Sagrario..., ¡ah!, si fuera ángel no lloraría, pero soy hombre..., y hombre como hay pocos, Dios lo sabe.

Señor, ayúdame..., atiéndeme en la tentación; no me dejes, Señor, pues yo solo ¿qué podré hacer?... ¿A dónde iré con mi dolor? ¿Quién atenderá mis quejidos?...

Sufro, Señor, Tú lo sabes... ¿Hasta cuándo prolongarás esta vida mía, inútil para Ti, y para todos, pues aunque en momentos de generosidad deseo sufrir por el mundo entero, y me ofrezco a Ti, para lo que Tú quieras..., son tan pocos los momentos en que pienso así..., es tanta la sensualidad de mi carne, y la flaqueza de mi espíritu, que ya ves, Señor... cuantas veces desfallezco.

Nada soy, y nada valgo... ¿Qué se puede esperar del lodo, del barro miserable..., débil y enfermo?

Señor..., Señor, no tardes... Ayúdame; mira que mis pies vacilan si me veo solo... Mira que no sé hasta dónde llegaré y quisiera, Señor, llegar al fin, pero al ver mis pies ensangrentados, y con tanto dolor... ¿resistiré?... No me dejes, buen Jesús... Ampárame, Virgen María.

¡No sé para qué escribo esto!... No sé para qué! ¿Quién ha de leer mis flaquezas y miserias?... No lo sé, ni me importa, pero es un consuelo para mi, ya que con nadie me comunico, llenar pliegos de papel y escribir como si al mismo Jesús escribiera... Quizás me sirva esto de oración y Él me oiga.

Dulce soledad, que hace arrimarse el alma a Jesús y a sólo El buscar.

Dulce penitencia ignorada de los hombres, y que hace llorar en silencio y sin que nadie más que Jesús se entere.

Feliz, mil veces feliz soy, cuando a los pies de la Cruz de Cristo, a Él y sólo a Él, le cuento mis cuitas, le ofrezco mis alegrías profundas de yerme querido de Él, le entrego otras veces mi alma apenada y dolorida al verse tan sola en la tribulación, riego el pie del madero con las lágrimas de mi penitencia..., y canto y lloro, y... no sé más que pedirle amor..., amor para esperar..., amor para sufrir, amor para gozar..., y hay momentos en que nada del mundo me importa, ni los hombres, ni las bestias, ni las tinieblas, ni el sol...

Hay momentos en los cuales hasta el hambre se me olvida... Quisiera morir abrazado a la Cruz de Jesús, besando sus llagas, ahogándome en su sangre divina, olvidado de todos y de todo.

Feliz, mil veces feliz soy, aunque en mi flaqueza me queje algunas veces.

Nada deseo, nada quiero, sólo cumplir mansamente y humildemente la voluntad de Dios. Morir algún día abrazado a su Cruz y subir hasta Él en brazos de la Santísima Virgen María. Así sea.



23 de febrero de 1938 - miércoles

23 de febrero de 1938.

¡Señor Jesús! Tú que eres el único que en este destierro entre los hombres me consuelas; el único en quien descansa mi alma; el único que me enseña y guía, sé, Señor, también, el sostén y el apoyo en mis flaquezas y tentaciones.

¿Qué vine yo aquí a buscar? ¿Acaso a los hombres? No, Dios mío..., no... sólo a Ti y a tu Cruz deseo... Pero (siempre el "pero"), yo también soy hombre, sujeto a mudanzas y con un corazón vano y caprichoso... Yo, Señor, vine buscándote a Ti... mas he de vivir entre criaturas, ¡qué gran cruz es ésa!... queriéndote a Ti y suspirando por Ti..., he de vivir aún entre hombres. He de ver a cada paso en la tierra, o una miseria o una flaqueza o un dolor... ¡Qué duro se hace, Señor, vivir en la tierra!

Hubo un tiempo en que busqué al hombre..., busqué su consuelo..., busqué a Dios en la criatura... Vana ilusión... Cuánto me ha hecho sufrir.

Ya no espero nada de los hombres... ¿Qué me pueden dar?... Sólo Tú, Señor, eres mi única esperanza.

¿Dónde están los que te aman, Dios mío? Vine engañado al monasterio. La realidad me ha abierto los ojos... En mis luchas, Señor, me sostuviste... (aún no he dejado de luchar)... En la desilusión de mi vida, pude tirar por otro camino, el mundo, mas la misericordia de Dios me sostuvo y me sostiene... ¡¡Y qué obra de Jesús tan maravillosa!! Mi alma se ensancha y goza al ver perdida la ilusión, y se extasía al ver que sólo Dios puede llenar mi vida.

Solo en la Trapa, desprendiendo mi corazón poco a poco de todo, voy viviendo mi soledad con Dios. ¡Qué felicidad!... pero cuántas lágrimas cuesta. Qué dura se hace a veces la tentación.

El otro día vi y entendí algo que me llenó el alma de turbación... ¿Cómo es posible, Dios mío? Soy hombre y sufrí... ¿cómo no?... No sabia qué hacer si llorar o tirarme a las paredes... No podía estudiar, ni rezar, ni pensar en otra cosa... Dios mío, Dios mío ¿dónde están los que te aman?... ¿Cómo es posible vivir entre los hombres?... Señor, ten compasión de mi, yo soy el más miserable... No sé..., es algo que para entenderlo, hay que pasar por ello.

En mis pasos excitado por el noviciado, sin ya saber qué hacer..., me asomé a una ventana, en contra de mi costumbre y de mi reglamento que me lo prohíbe.

Empezaba a salir el sol. Una paz muy grande reinaba en la naturaleza... Todo empezaba a despertar..., la tierra, el cielo, los pájaros... Todo poco a poco, despertaba dulcemente al mandato de Dios... Todo obedecía a sus divinas leyes, sin quejas, y sin sobresaltos, mansamente, dulcemente, tanto la luz como las tinieblas, tanto el cielo azul como la tierra dura cubierta del rocío del amanecer... Qué bueno es Dios, pensé... En todo hay paz menos en el corazón humano.

Y suavemente, dulcemente, también Dios me enseñó por medio de esta dulce y tranquila madrugada, a obedecer...

Una paz muy grande llenó mi alma... Pensé que sólo Dios es bueno; que todo por Él está ordenado... Que qué me importa lo que hagan y digan los hombres... Para mí no debe haber en el mundo más que una cosa... Dios..., Dios que lo va ordenando todo para mi bien...

Dios, que hace salir cada mañana el sol, que deshace la escarcha, que hace cantar a los pájaros y va cambiando en mil suaves colores, las nubes del cielo...

Dios que me ofrece un rincón en la tierra para orar: que me da un rincón donde poder esperar lo que espero.. Dios tan bueno conmigo, que en el silencio me habla al corazón y me va enseñando poco a poco, quizás con lágrimas siempre con cruz, a desprenderlo de las criaturas, a no buscar la perfección más que en Él… a mostrarme a María y decirme: He aquí la única criatura perfecta... En Ella encontrarás el amor y la caridad que no encuentras en los hombres.

¿De qué te quejas, hermano Rafael?

Ámame a Mi, sufre conmigo, soy Jesús.

¡Ah!, Virgen María..., he aquí la gran misericordia de Dios... He aquí cómo Dios va obrando en mi alma, a veces en la desolación, a veces en el consuelo, pero siempre para enseñarme que sólo en Él tengo que poner mi corazón, que sólo en Él he de vivir, que sólo a Él he de amar, de querer, esperar..., en pura fe, sin consuelo ni ayuda de humana criatura.

Qué felicidad, Madre mía... Cuánto le tengo que agradecer a Dios... ¡Qué bueno es Jesús!

Cuando dejé de mirar el cielo desde la ventana del noviciado..., pensé: el Señor saca bienes de los males. Si alguien me hubiera visto, habría pensado..., un novicio que pierde el tiempo.

¿Acaso es perder el tiempo adorar entrañablemente a Dios?... Pasó la tentación, la turbación, y con ella, dejé de pensar en lo que había oído, y haciendo un acto de unión con la voluntad divina, cosa que hago siempre que me acuerdo, bajé a la iglesia a oír la santa Misa, y desde allí, a los pies del Sagrario, elevé mi corazón a Dios y a la Santísima Madre María, y se lo ofrecí, para que Él lo siguiera limpiando, y haciendo con él lo que quisiera.

¡Qué grande es la misericordia de Dios! Qué bien comprendo aquellas palabras (no recuerdo de dónde) que dicen: "Le llevó a la soledad, y allí le habló al corazón" (5).

Sólo Tú, Dios mío, sólo Tú.

Cuanto más me he acercado a las criaturas, más me he visto lejos de ellas, y cuanto más lejos estoy del hombre, más cercano estoy a Dios.



26 de febrero de 1938 - sábado

Bendito sea el Señor. Gran paz proporciona a mi alma, cualquier insinuación que Él me manifieste, después de una tentación o de una prueba.

Un buen pensamiento; una palabra leída al azar en un libro..., una frase del evangelio, basta para deshacer mis tinieblas y llenar mi alma de luz... Bendito sea Dios..., mil y mil veces bendito por su siervo Rafael, que no sabe cómo agradecer tanto beneficio, y sólo quisiera abismarse en su nada para glorificar la grandeza del Señor.

Mi vida es una continua mudanza de desolaciones y de consuelos. Aquéllas son tristezas y penas, a veces muy hondas..., pensamientos que me turban, tentaciones que me hacen sufrir.

Los consuelos son lo mismo, pero al revés..., alegrías interiores desconocidas, ansias de padecer y amor a la Cruz de Jesús, que llenan mi alma de paz y sosiego en medio de mi soledad y mis dolores, que no cambiaría por nada del mundo.

He aquí un ejemplo reciente.

El otro día todo lo veía negro; mi vida oscura y encerrada en la enfermería, sin sol, sin luz, sin nada que la ayudara a soportar la carga que Dios ha echado encima de mi... Enfermedad, silencio, abandono..., no sé, mi alma sufría mucho; el recuerdo del mundo, la libertad..., me abrumaba... Mis pensamientos eran tristes, lóbregos. Me veía sin amor a Dios, olvidado de los hombres, sin fe y sin luz.

Me pesaba el hábito... Tenía frío y sueño... No sé, todo se juntaba. La oscuridad de la iglesia me entristecía... Miraba al Sagrario, y nada me decía. Me veía muerto en vida, me veía encerrado en el monasterio, como el muerto en el sepulcro..., peor que en el sepulcro pues en éste por lo menos se descansa... En fin, estos eran mis pensamientos el otro día antes de recibir al Señor en la comunión.

La idea de que estaba sepultado en vida, me obsesionaba, me enloquecía... El demonio se empeñaba en hacerme padecer con el recuerdo del mundo, de la luz, de la libertad..., y me insinuaba la alegría de vivir.

Los monjes me parecían almas en pena, que también eran muertos vivos, que sufrían el encierro del sepulcro...

Bueno, no sé explicarme..., hubiera querido en aquellos momentos morir de veras..., pero por no sufrir... Vi después era tentación.

Con el alma en este estado me acerqué a recibir al Señor. Acababa de ponerme de rodillas, con deseos de pedirle a Jesús sosiego para mi espíritu, cuando sentí un fervor muy grande, y un amor inmenso a Jesús, y un olvido absoluto de todos mis anteriores pensamientos, al recordar unas palabras que yo creo que Jesús me inspiró en aquel momento, y que me decían: "Yo soy la Resurrección y la Vida".

¡Para qué expresar lo que mi alma se consoló! Casi lloraba de alegría, al verme a los pies de Jesús, enterrado en vida. Mis manos apretaban el crucifijo, y mi corazón hubiera querido morir, pero ahora por amor a Jesús, por amor a la verdadera vida, a la verdadera libertad... Hubiera querido morir de rodillas abrazado a la Cruz, amando la voluntad de Dios..., amando mi enfermedad, mi encierro, mi silencio, mi oscuridad, mi soledad. Amando mis dolores, que en un momento de luz..., y con una chispita de amor de Dios, tan pronto se olvidan.

¡Qué pequeño me parecía todo!..., el mundo con todas sus criaturas..., qué insignificante mi vida con tantos y tan pueriles cuidados... Qué insignificantes los intereses humanos..., el monasterio qué pequeño con sus monjes... En fin, cómo desaparecía todo, ante la inmensa bondad de un Dios que se abate hasta mi, para decirme: ¿por qué sufres?... Yo soy la salud..., Yo soy la Vida... ¿Qué buscas aquí?

¡Ah!, buen Jesús..., ¡si los hombres supieran lo que es amarte en la Cruz!... ¡Si los hombres sospecharan lo que es renunciar a todo por Ti!

Cuánta alegría, vivir sin voluntad.

Qué tesoro tan grande es, el no ser nada, ni nadie..., el último... Qué tesoro tan grande es la Cruz de Jesús, y qué bien se vive abrazado a ella; nadie lo puede sospechar.

Haz conmigo lo que quieras buen Jesús... Envíame la consolación cuando la necesite, y no te importen mis desconsuelos y mis desolaciones; en ellos tengo mi dicha, mi amor, mis..., no sé qué digo... Señor, quisiera amar con locura tu Cruz..., no permitas que de ella me aparte.

He aquí mi vida de oblato cisterciense..., sufrir, padecer y amar con frenesí todo lo que Dios en su infinita bondad quiera enviarme... Él es el que lo hace, y si Él me envía el consuelo, Él también me envía el dolor... ¿Cómo no amar al que todo lo hace por nuestra salud?

¿Cómo no volverse loco de alegría al ver que es Dios quien nos envía la cruz? ¿Cómo no adorar hasta morir, a esa bendita cruz, que es nuestra única salud, resurrección y vida?

No sé..., si sigo escribiendo me pierdo. Sólo puedo decir que en el amor a la Cruz de Cristo, he encontrado la verdadera felicidad y soy feliz, absolutamente feliz, como nadie puede sospechar, cuando me abrazo a la ensangrentada Cruz y veo que Jesús me quiere, y que María también me quiere, a pesar de mis miserias, de mis negligencias, de mis pecados. Pero yo no tengo importancia..., sólo Dios.

26-febrero de 1938





27 de febrero de 1938 - domingo

Día 27 de febrero de 1938.

Domingo de Quincuagésima.

Hoy le he ofrecido al Señor lo único que me quedaba... la vida. He puesto a sus pies para que Él la acepte y la emplee en lo que quiera y la tome cuando quiera, y para lo que quiera..., mi vida.

Cuando abandoné mi casa, abandoné de propio intento, una serie de cuidados que requiere mi enfermedad, y vine a abrazar un estado, en el cual es imposible cuidar una enfermedad tan delicada. Sabia perfectamente a lo que venia.

Sin embargo... algunas veces, ¡pobre hermano Rafael!, sin tú darte cuenta, sufrías, el verte privado de muchas cosas necesarias..., sufrías verte privado de la libertad de dar a las flaquezas de tu enfermedad los remedios de que allí en el mundo no carecías.

Te abrazaste desde un principio a la Cruz de Cristo, pero en algún momento desfallecías.

Otras veces, al ver que tu vida aquí en la Trapa, la acortabas a sabiendas, al ver que por voluntad de Dios (y no de los hombres), sentías más el peso de la enfermedad incurable, aquí que en el mundo, donde todo está a tu servicio, también sufrías.

Otras veces, sufrías solamente por ver tu vida enferma, y para siempre sin un alivio.

Pues todo eso se acabó.

Al Señor esta mañana, le he ofrecido mi vida. Ésta ya no es mía... Que Él la cuide si quiere, que yo ya no pienso preocuparme. Sí, ocuparme, porque Él me la presta, pero... nada más.

Si Él quiere me enviará los remedios necesarios. Si Él no quiere, pasaré tan contento sin ellos. No me preocuparé en absoluto del estado de la salud... Tomaré lo que me den, haré lo que me manden, obedeceré en todo.

Trataré a mi cuerpo como si fuera de otro. Buscaré solamente la voluntad de Dios. Amaré sus deseos y haré de ellos mi única ley. Si El quiere mi vida larga y penosa... sea. Si Él la quiere tomar esta noche..., sea. Lo mismo hoy que mañana, que dentro de mil años, mi vida es suya, mi cuerpo es suyo, mi salud, buena o mala es suya. Que Él sea el responsable de lo que me suceda.

Le he pedido a la Virgen María interceda delante de Jesús, para que acepte mi oblación. ¡Qué alegría tan grande si Dios la aceptara! ¡Qué alegría seria morir por Jesús..., y que Él ofreciera mi vida al Eterno Padre, en reparación de los pecados del mundo; de las guerras; de los pueblos infieles; por los sacerdotes; por el Papa y por la Iglesia!

No me importa sufrir y padecer, si Jesús acepta mi oblación. Ya le he dado el corazón..., le he dado mi voluntad... Ahora le doy mi vida. Ya nada me queda más que morir cuando Él quiera.

Cúmplase su voluntad y no la mía.

¡Qué contento estoy al no tener ya nada! Al no tener que andar caviloso sobre si esto me sienta bien , esto mal; sobre si la medicación o el régimen, o lo que sea... Hago lo que me manden, y no me ocuparé de más.

Que el Señor cuide mi enfermedad como quiera. Y cuantos menos cuidados me envíe, y en más necesidades me ponga..., mejor.

A veces, Señor, quisiera morir en la indigencia, abandonado de todos en la calle o en un hospital público... Morir de necesidad, pero creo que eso es una tentación... No sé, en tus manos estoy y a las de la Virgen María me encomiendo.

He visto y comprobado, que estoy más fervoroso y más cerca de Dios, cuanta más hambre tengo y más se me doblan las piernas.

Me ayudan mucho las lágrimas que derramo algunos días después de la colación en el coro.

En esos momentos, sufro mucho física y moralmente, pero luego bendigo entrañablemente a Dios.

Verdaderamente, no soy mas que miseria, tanto me mire por dentro como por fuera. Cuando llega la noche y veo el cansancio de mi cuerpo, la pobre necesidad de la materia, la pequeñez y ruindad de mi cuerpo, y además, veo la puerilidad y futilidad de los motivos por los cuales mi espíritu estuvo turbado durante el día, las insignificantes razones que tuve para sufrir, y la pequeñez del mundo entero, aunque éste me aplastara... Cuando veo todo eso y pongo a su lado la santísima Cruz de Jesús... ¿quién se atreve a pensar en si mismo y a decir que sufre?

¡Oh!... egoísmo humano..., lloras por una manzana, te acongojas con los dichos de un hermano..., te turbas con el recuerdo de un día de sol en el mundo... y sufres por lo que es aire y vanidad.

¡Oh, miseria del hombre! ¡Qué poco miras a Cristo crucificado!... ¡Qué poco sufres y lloras por Él!...

Humilla tu cara en el polvo, hermano Rafael, y deja ya de pensar en nada que sea barro, que sea criatura, que sea mundo, que seas tú... Llena tu alma del amor de Cristo; besa sus llagas; abrázate a su Cruz; sueña y piensa y duerme en El... ¡Qué bien se descansa a los pies del dulce Madero! ¿Qué bien se duerme agarrado al crucifijo!

¡Qué bueno es Dios!



(1) A pesar de que el hermano Rafael no era novicio canónicamente, sino simple oblato, usaba capa hasta los pies y no manto hasta las rodillas, como le correspondía. (Volver)

(2) Según define el Libro de Usos, "La cogulla baja por delante hasta cinco centímetros del suelo y un poco más por detrás; está cerrada por todos los lados y cosida por debajo de las mangas. Su anchura por debajo de los brazos es de un metro y cuarenta centímetros, poco más o menos; la capucha tiene treinta centímetros de profundidad y las mangas un metro de circunferencia en toda su longitud, las cuales bajan unos doce centímetros, al menos, más abajo de las rodillas..."

(3) La diabetes le producía un hambre terrible.

(4) "El mal avanzaba y Fray María Rafael lo comprendía, acentuándose más y más cada día su amor a Dios, su fe inquebrantable en el bien que le esperaba, y su vehemente deseo de morir... ¡Y Dios le quería tanto que el sufrimiento fue para él el constante compañero de su vida que ya no abandona nunca" (VIDA Y ESCRITOS, pp. 461 y 405).

(5) Oseas 2, 14.

SANTORAL 12 DE ENERO


12 de enero


SAN ARCADIO,
Mártir



Si con Él padecemos y reinaremos también con Él;
si lo negáremos, Él nos negará igualmente. 
(2 Timoteo, 2, 12).

   San Arcadio se retiró a la soledad durante la persecución, mas no lo hizo sino para adquirir en ella fuerzas a fin de combatir con mayor coraje. Presentóse al tirano. Fue cortado en pedazos, pero los suplicios le resultaron dulces, porque lo hacían semejante a Jesucristo en la tierra, y le aseguraban su dicha en el cielo.

  MEDITACIÓN
SOBRE LOS SUFRIMIENTOS

   I. Pecador, es preciso sufrir en esta vida para no sufrir en la otra; es menester que borres tus delitos con tus trabajos, tus lágrimas y tu sangre: no hay otro medio para que vuelvas a gozar del favor de Dios. Él te envía sufrimientos: recíbelos como remedios para las enfermedades de tu alma. Siempre quieres pecar, y no quieres hacer penitencia: ten cuidado, te encuentras en un estado peligroso. Es necesario satisfacer a Dios en este mundo o en el otro. Elige.

   II. Pecadores convertidos, que habéis tenido la felicidad de reconciliaros con Dios, no os creáis que ya podéis dejar de llorar vuestros pecados y cesar de sufrir para borrarlos. Aun cuando se os hubiera re velado, como a Magdalena, que vuestros pecados han sido perdonados, menester sería, sin embargo, hacer como ella penitencia, todo el resto de vuestros días. Temblad, llorad siempre, pues no sabéis si sois dig nos de odio o de amor de Dios. Aunque no hubierais cometido sino un solo pecado, sería suficiente como para obligaros a llorar eternamente.

   III. Almas santas que aspiráis a la perfección, aun cuando fueseis arrebatadas todos los días hasta el tercer cielo, como San Pablo, no os creáis por eso dispensadas de hacer penitencia. Vuestras contemplaciones haríanse sospechosas, si no van acompaña das del amor a los sufrimientos. Si amáis sólida mente a Jesús, querréis asemejaras a Él sufriendo con Él. Tendréis motivo para esperar la gloria de Jesucristo, si participáis en los dolores de su pasión.

La paciencia 
Orad por vuestros enemigos.

ORACIÓN

      Os suplicamos, oh Dios omnipotente, que hagáis que por la intercesión del bienaventurado Arcadio, vuestro mártir, cuyo nacimiento al cielo celebramos, seamos fortificados en el amor de vuestro Nombre.  Por N. S. J. C. Amén

 

miércoles, 11 de enero de 2012

MILAGROS EUCARÍSTICOS

CONVERSIÓN DE UN DUQUE
Año 785, Aix-le Chapelle, Francia



Aquel magnánimo rey de los francos, Carlomagno, no siéndole dado subyugar al orgulloso duque de Sajonia, Witikindo, como lo había hecho ya con las fuerzas de las armas a los de  su nación, y no perdiendo, por otra parte la esperanza de ganárselo a su amistad y gracia, tomó la determinación de mandar embajadores que le propusieran una entrevista enviándole al propio tiempo rehenes que garantizasen la seguridad de su persona.

Witikindo, más por tener la nota de cobarde que por dar gusto al rey, aceptó la propuesta de ir a su corte; y  llegado a ella, la majestad y bondad de Carlomagno, lograron lo que tantos y tan valerosos ejércitos francos no habían obtenido, pues el indomable sajón rendía en señal de respeto sus armas al Emperador y se congratulaba  de ser amigo  de un tan poderosos príncipe. Pero Carlomagno no quedaba satisfecho de haberle ganado para sí y su nación, aspiraba a más su noble y generosos corazón, deseaba conquistarle para Cristo.

En efecto: el día en que Witikindo se presentó a la corte de Carlomagno hízole examinar atentamente la Religión de Cristo, que tan cruelmente hasta entonces había perseguido. Conocerla y sentirse preso de admiración y amor fue cosa de un instante; así que abiertos los ojos a la luz de Dios que interiormente obraba en aquella mudanza, no pensó más que en recibir el bautismo para hacerse cristiano, y, volviéndose a su país, dio de mano con los ´dolos y errores del paganismo.

Poco tiempo después de su llegada a Sajonia, no estando todavía suficientemente instruido en los misterios del Cristianismo, vínole curiosidad de ver lo que pasaba en los reales católicos de Carlomagno, y para hacerlo más a su placer vistióse en hábito de peregrino y base a Aix-le-Chapelle, donde por ser tiempo de Semana santa toda la gente comulgaba y la armada francesa cumplía con el precepto Pascual.

Andaba Witikindo de un aparte a otra con  grande atención y piadosa curiosidad, observándolo todo sin cansarse de admirar la belleza de las ceremonias católicas; más siendo pocos días después reconocido por un oficial del Emperador, llamole Carlomagno a su palacio y le preguntó cuál era el motivo de su viaje en traje tan humilde. “la curiosidad, respondió el sajón: he pensado, conmigo mismo, que así pobremente  vestido tendría más comodidades de examinar lo  que pretendía.- Y ¿qué impresión, díjole el Emperador, os han producidos los Oficios del culto católico?_ Todo me ha impresionado profundamente, empero, lo que me ha causado mayor admiración es que cuando el sacerdote, volviéndose  a vosotros os daba un pequeño pan, he visto  que ese pan se convertía en un terno niño resplandeciente de hermosura; le he contemplado con sumo gozo de mi espíritu, y ms ojos se fijaron en él  al ver como tendía los brazos y se dirigía con amor  hacia todos los que se llegaban al pe del altar; pero he reparado que a algunos se entregaba de muy mala gana, con manifiestas señales de repugnancia y horror.”

“Dios os ama, Witikindo, respondióle el Emperador, pues os a concedido la gracia de haber visto lo que nosotros creemos por la fe. El pan se convierte en el Cuerpo  y  Sangre  de Nuestro Señor Jesucristo así que el sacerdote acaba de pronunciar las palabras de la consagración. El se da con alegría a las almas puras, y por el contrario se entrega con indignación a los que tienen el corazón manchado por el pecado. Plugo al Señor manifestaros este misterio a fin de obrar vuestra perfecta conversión.”

El Duque abrazó luego con todo su pueblo la Religión Católica.

(Rohrbacher, Historia Universal de la Iglesia, libro 53.- Crantzius, Hist. De los Sajones, lib.3.)


SANTORAL 11 DE ENERO

11 de enero



SAN HIGINIO,
Papa y Mártir



Crucifican de nuevo en sí mismos al Hijo de Dios,
y lo exponen al escarnio.
(San Pablo a los Hebreos, 6, 6).

   San Higinio, sucesor del mártir San Telésforo en la cátedra de San Pedro, desplegó gran celo en la defensa de la ortodoxia contra los heresiarcas Cerdón y Valentino. Tuvo que sufrir mucho durante los cuatro años que ocupó el trono pontificio. Por eso fue puesto entre los mártires. Murió en el año 142.

  MEDITACIÓN
LOS PECADORES CRUCIFICAN
DE NUEVO A JESUCRISTO   

   I. Jesús ha sufrido una vez en el Calvario por nuestros pecados. No acusemos ni a Judas ni a Caifás ni al pueblo judío ni a Pilatos de haberlo hecho morir, sin pensar que también nosotros somos los autores de su muerte; nuestros crímenes son los que lo clavaron en la cruz. ¡Ah, Jesús!, ¿cómo podré verte morir en un cadalso para expiar mis pecados, sin amarre y sin llorar mis prolongados extravíos?

   II. No sólo una vez he sido la causa de tu muerte en el Calvario, sino que renuevo esta causa cada vez que cometo pecado mortal. Alma mía, ¿no son ya bastantes los dolores que Jesús ha soportado? ¿debo renovar su causa para quedar bien con un amigo, para satisfacer una pasión, para gozar de un placer transitorio?

   III. Jesús fue crucificado en el Calvario una vez y por los judíos que no lo conocían; todos los días, en todo el mundo, hay cristianos, a quienes ha rescatado al precio de su sangre, que renuevan la causa de su suplicio. Nada escatima Jesús para apartarnos del pecado; ¡y nosotros continuamos ofendiéndolo! Escucha, pecador, los reproches que te dirige el divino Salvador: ¿Por qué, con tus pecados, me clavas a una cruz más cruel que aquélla a la que se me clavó hace tiempo? (San Agustín).

La huída del pecado 
Orad por los pecadores

ORACIÓN

      Pastor eterno, mirad con benevolencia a vuestro rebaño y conservadlo con protección constante, por vuestro bienaventurado Mártir y Soberano Pontífice Higinio a quien constituiste pastor de la Iglesia universal.  Por N. S. J. C. Amén