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martes, 3 de enero de 2012

SANTORAL 3 DE ENERO


3 de enero


SANTA GENOVEVA,
Virgen



Estad apercibidos, porque a la hora que menos
penséis ha de venir el Hijo del hombre.
(Mateo, 24, 44).

   Santa Genoveva comenzó a servir al Señor a la edad de 7 años; consagróse por entero a Jesucristo haciendo voto de castidad, próxima a cumplir los 15. Cuando Atila estaba cerca de París con su ejército, esta santa aseguró que no entraría en la ciudad, e impidió que los habitantes la dejasen. Se cumplió su profecía. Obraba milagros; a menudo, no comía sino dos veces a la semana. Murió llena de méritos, hacia el año 500.

  MEDITACIÓN SOBRE 
LA MUERTE   

   I. Morirás; nada es más cierto, es el orden dispuesto por Dios: hasta ahora todos los hombres han obedecido a su decreto. ¿Lo crees? ¿Piensas en ello? ¿Comprendes el significado de estas palabras: yo moriré? Significan que dejarás a tus parientes, a tus amigos, a tus bienes; tu cuerpo será enterrado, tus ojos no verán más, tu lengua no hablará más. ¿Por qué, pues, apegarme tan fuertemente a estos bienes que debo abandonar? ¿Por qué mimar tanto a este cuerpo destinado a convertirse en pasto de gusanos? Yo moriré...: medita estas palabras.

   II. Ignoro el tiempo y el lugar de mi muerte. No puedo prometerme ni siquiera un momento de vida. ¿Cuántos que ni siquiera piensan en la muerte morirán hoy? Si Dios me arrebatase en el estado en que estoy, ¿a qué sería reducido? ¿A dónde iría? ¿Quién me asegura que tendré, en lo porvenir, tiempo para hacer penitencia? ¡Ah! Puesto que no sé ni en qué tiempo ni en qué lugar la muerte me habrá de sorprender, es preciso que la espere en todo tiempo y en todo lugar.

   III. ¿En qué estado moriré; en gracia de Dios o en pecado? No lo puedo saber. Ignoro si la muerte será para mi un tránsito de la tierra a la gloria del cielo o, en cambio, a los suplicios del infierno. ¿Podemos pensar en serio en esta verdad y no sobrecogemos de terror? Es menester que, en adelante, asegure mi salvación y que viva, este año y todos los días de mi vida, como si debiese morir cada día. Haz ahora lo que, en la hora de la muerte, quisieras haber hecho.

El pensamiento de la muerte 
Orad por los agonizantes.. 

ORACIÓN

      Escuchadnos, oh Dios que sois nuestra salvación, a fin de que la fiesta de vuestra santa virgen Genoveva alegre nuestra alma y la enriquezca con los sentimientos de una tierna devoción. Por J. C. N. S. Amén

lunes, 2 de enero de 2012

AMOR Y FELICIDAD

Pablo Eugenio Charbonneau

Noviazgo
y
Felicidad



V
El acuerdo entre los jóvenes esposos





Ver Capítulo anterior:  aquí



3. Algunos obstáculos importantes


Sin recorrer aquí toda la lista de las dificultades que pueden surgir entre marido y mujer, lista que sería además inagotable dada la complejidad de la naturaleza humana, nos detendremos, sin embargo, en algunos puntos principales cuya importancia no se le oculta a nadie. Existen, en efecto, ciertos escollos de los que deben precaverse los novios, incluso antes de iniciar su vida matrimonial.
Individualismo
Entre éstos el primero es el individualismo, gusano roedor de la unidad conyugal. Este mal, sólidamente arraigado en cada uno de nosotros, remonta siempre a la superficie, por más que se preste atención. Cada cual, impulsado por el individualismo, se dedica a pensar primero en sí mismo, a buscar su comodidad en detrimento ajeno, a facilitarse la vida, aunque sea a costa de unas complicaciones muy desagradables para los otros. Esta mentalidad llevada a la vida conyugal no tarda en minar el amor. Porque ¿cómo amar a un ser que vive sin cesar replegado sobre sí mismo, preocupado de sí mismo, un Narciso cuya actitud de autocontemplación hace de él un aislado en el seno de la pareja? El amor es una corriente bilateral; no puede vivir en sentido único sino por excepción, y no se debe nunca contar con esa excepción.

¡Cuidado, pues, con el individualismo! Los esposos deben desconfiar de él como de la peste, porque puede insinuarse sutilmente y minar las uniones más sólidamente instauradas. Y con mucha mayor razón si se trata de una unión que comienza. Renace la mayoría de las veces con virulencia después de unos cuantos meses de matrimonio. El yugo de la vida en común empieza entonces a dejarse sentir un poco más; las responsabilidades se multiplican, y por una reacción espontánea se tiende a reafirmar los propios derechos.

En general, el proceso principia por el lado del hombre, a quien sus actividades exteriores empujan fuera del hogar. Poco a poco se deja dominar de nuevo por una tarea acaparadora, se ve invadido por preocupaciones ajenas al hogar, y bajo la fuerza siempre tan perniciosa de la costumbre, se dedica a pensar y a reaccionar… como si siguiese todavía soltero. Ha vuelto a ser el «individuo» que era antes de su matrimonio. Esto resulta, más agudo y más indignante para la joven esposa, cuando ésta descubre después de breve tiempo que las atenciones de su marido hacia ella coinciden con los momentos en que él ansía la unión carnal. De aquí a inferir la conclusión que el matrimonio es para él una cuestión de interés fisiológico y no amoroso, no hay más que un paso. Raras son las que, en estas circunstancias, no lo dan. Y es entonces, del lado de la mujer, la caída en la soledad con todo lo que ésta implica de riesgos desconocidos. Se desprende psicológicamente de su marido, se repliega sobre sí misma y vive de sus recuerdos, de sus añoranzas o de sus sueños. Se endurece también contra aquel en quien nota que vuelve a ser un extraño, y por poco temperamento que ella posea, la ruptura se efectúa de manera cierta, al menos interiormente.

Se rompe entonces la unidad, y cada uno se halla en situación defensiva o de agresión con respecto al otro. Es el triunfo del individualismo y el fracaso del amor. Cuando se ha desarrollado el proceso descrito en las líneas precedentes, hay motivo para creer que los esposos acaban de dar la espalda a la felicidad. Ésta, una vez contraído el matrimonio, no es posible más que en la unidad. Ahora bien, la unidad resulta imposible allí donde triunfa el individualismo; esto es evidente. Por eso los esposos deben dar muestra de una vigilancia siempre viva. No bien asoma la oreja el individualismo, es decir, en cuanto se vuelve a hablar con demasiada frecuencia sólo en primera persona, en cuanto procura uno aislarse del otro en sus ocios, en sus actividades sociales, y a recobrar su libertad de acción, desde ese momento es preciso reaccionar a toda prisa. Hay que esforzarse en seguir siendo una pareja, unida con tanta frecuencia como sea posible y en todos los terrenos posibles; ciertamente, habrá, tanto del lado del hombre como del lado de la mujer, ciertas formas de actividad en las que se encuentra uno solo. Esto es normal y ahí no está el mal. Éste comienza cuando se suscitan esas ocasiones y se las provoca sistemáticamente, con el fin, inconfesado, pero sin embargo indiscutible, de liberarse. Hay que ser entonces lo bastante lúcido para comprender que se arriesga uno en una pendiente que someterá rápidamente el amor a una ruda prueba. Hay que reaccionar no bien esa tendencia aparece y volver entonces a esa preocupación del «nosotros dos» que es la salvaguardia primera de la armonía.

Sería ridículo e inconsecuente, después de haber escogido el amor y optado por el matrimonio, mutilar la unión por el solo motivo de negarse a vivir realmente en compañía del otro. Vivir con él en el sentido estricto de la palabra, con toda la solicitud atenta que ello supone.

El culto del nosotros es la clave primera del acuerdo entre esposos. Al aceptar el amor —y su consecuencia final que es el matrimonio— el uno y el otro han aceptado oficialmente el construir un nosotros en detrimento de su yo No se debe, desde los primeros meses de vida en común, recuperar lo que acaba apenas de darse. Volver entonces a su yo para protegerle contra las invasiones legítimas del nosotros, intentar multiplicar las estratagemas para retirar con la mano izquierda lo que la mano derecha acaba apenas de ofrecer, reservarse terrenos intocables donde pueda uno aislarse y olvidar sus responsabilidades, esto se llama atacar seriamente la unidad conyugal. Cuando unos esposos comienzan a poner un cuidado exagerado en su propia personilla, cuando se aplican a reducir sus obligaciones al mínimo estricto, ¿cómo podría conservarse vivo el amor? Hay para todos los esposos un dilema inevitable: o desarrollan el culto del yo, o se consagran al culto del nosotros. No hay término medio entre estas dos actitudes; hay que adoptar la una o la otra. Ahora bien, quien se repliega sobre sí mismo y deja que el yo se hinche en él, verá muy pronto a éste ocupar todo el sitio. Volverá a ser un individuo preocupado sólo de su persona; y el hogar estará tras él como la jaula detrás del pájaro. Huirá de él. Será el final del amor. El final de la paz. El final de la felicidad. No hay acuerdo posible entre el individualismo y la vida en común. Bajo pena de ver que ésta se hace insostenible, hay que consagrarse a un culto constante y atento del nosotros. Pues de otro modo, no se logrará nunca la armonía conyugal. El individualismo es el enemigo acérrimo de todo amor, el combate que se entabla entre los dos es siempre decisivo allí donde triunfa el individualismo, el amor fenece; cuando se desea la victoria del amor, hay que domeñar el individualismo.
Los celos
Por otra parte, se evitará el desarrollar, en sentido contrario, un espíritu de posesión demasiado acaparador. ¿Quién no conoce esa mentalidad tan enojosamente mezquina con la cual el marido o la mujer tienden a considerar al cónyuge como «su cosa»? Ciertamente existe, ligado a todo amor, un exclusivismo sano, y cuya ausencia sería inquietante en quien dijese que ama. Pero de ahí a adoptar una actitud recelosa basada en una desconfianza suspicaz hacia el cónyuge, hay un margen considerable. Esto equivaldría a mostrar todos los síntomas de esa llaga perdurable de la vida conyugal: los celos. Nadie duda que éstos sean un estado morboso de los mejor caracterizados. Están constituidos por un conjunto de complejos que se recortan en las divagaciones de una imaginación cuyos tinglados llegan a veces al delirio. No se puede hacer razonamientos a un celoso; no hay más que resignarse a soportarle. Ahora bien, tal resignación, con todo lo que contiene de disgusto y de lasitud, sería difícil de mantener durante toda la vida. Por eso no vacilamos en advertir a los novios a quienes, están destinadas estas páginas que en caso de que los celos hagan su aparición desde la época del noviazgo, no hay más que una solución, por dura que sea: la ruptura.

¿Tal vez se piense que esta solución es demasiado radical? Se intentará entonces reformar al celoso inspirándole una confianza a la cual no puede llegar, se esforzará el otro en evitar toda actitud equívoca que pudiera prestarse a una falsa interpretación. Toda esta buena voluntad será, sin embargo, trabajar en balde porque el demonio de los celos es de los más tenaces; no abandona fácilmente a aquel en quien mora. No hay quizá para el amor un extravío más comprometedor que éste. Y es que, bajo el influjo de tal pasión, el clima de armonía que se, basa por completo en la confianza mutua, se altera rápidamente. Las escenas se suceden: se acusa, se implora el perdón, y, apenas concedido éste, se vuelve a empezar con más fuerza, entregándose de nuevo a la estratagema de las suposiciones gratuitas.

Estos cambios no pueden durar indefinidamente sin que la vida llegue a hacerse insoportable. Ahora bien, quién querría empeñarse en una existencia tal? Nadie, seguramente. Y, sin embargo, hacia esta situación infernal se encaminan el novio o la novia cuando aceptan casarse sabiendo que el otro es celoso. Después, es ya demasiado tarde; no hay más que zafarse de la situación intentando mejorarla con la mayor habilidad posible. En caso necesario, no hay que temer en recurrir a un tratamiento psiquiátrico. El celoso es un enfermo y hay que saber considerarle como tal.

Por lo demás, los esposos deben ser siempre circunspectos y cuidar de corregir la menor desviación en ese sentido, en cuanto aparezca. Como ya hemos dicho, existe un exclusivismo de buena calidad, exigido por el mismo amor; pero no bien se entregue ese exclusivismo al juego de la imaginación y se cree problemas con exceso frecuentes o demasiado violentos, sin causa proporcionada, hay que contenerlo. Una pareja no puede vivir más que de confianza mutua; sin ésta la tortura será segura con las rebeldías brutales que forzosamente originará. Hay, podría decirse, una higiene del amor que se denomina confianza. Ésta se desarrolla por intercambios periódicos de opiniones, que deben mantenerse a fin de que la imaginación, sobrecargada en ciertas horas, se modere y recobre su aplomo. Por eso es preciso que todo cónyuge desarrolle en sí mismo un reflejo defensivo contra las sospechas que puedan surgir eventualmente en su interior. Saber probar el fundamento de aquéllas es absolutamente necesario, y la regla prescribe que, en caso de duda, se confíe en el cónyuge. Es ésta la primera manera de ser justo con él.
Humor detestable
Siempre dentro del capítulo de los obstáculos que se alzan en el camino del amor, y contra los cuales viene a estrellarse con frecuencia la armonía de la pareja, hay que señalar además el malhumor crónico. ¡Poco importan todas las explicaciones que se aporten para justificarlo! Ya provenga de un hígado averiado o de un estómago enfermizo, ya sea simplemente efecto de un mal carácter, o ya dependa de un sistema nervioso fuertemente quebrantado, en cualquier caso el malhumor lo estropea todo. Actúa como pantalla en el amor, a semejanza de las nubes que se interponen entre la tierra y el sol. Éste, sigue estando allí y brilla en el firmamento, pero ni su luz, ni su calor consiguen atravesar la densa capa de nubes que lo aíslan de la tierra.

En un hogar donde impera el malhumor, el amor puede muy bien existir e incluso ser profundo, pero no brilla y se olvidará muy pronto que existe, disimulado como está detrás del biombo estanco de las caras desabridas. Cuando el mal se revela constante, lleva por lo general a aquel de los cónyuges que debe soportar la irritación del otro, o bien a responder en la misma moneda, o bien a huir. La primera solución engendra, sin duda, roces multiplicados cuya intensidad se hace más peligrosa cada vez. Entonces, es la cólera la que hace su aparición y lanza a uno contra otro, a un hombre y a una mujer, que deberían procurar entenderse pero que, por exaltarse, acabarán muy pronto por injuriarse y ofenderse.

Contra tal peligro conviene cultivar la serenidad. Una atmósfera en calma favorece mucho más la armonía que las actitudes obstinadas; hay un gran peligro en entregarse a esos modales por medio de los cuales muestra uno su descontento enojándose. En realidad, enojarse es una puerilidad que resulta intolerable en los adultos. Que la mujer, sobre todo, se guarde de manejar esa arma de dos filos; la tentación es quizá mayor en ella a causa de su sensibilidad tan propensa a la influencia. Una mujer adulta no se enoja si alguna vez lo hace, será accidentalmente. Pero si, por desgracia, a causa de una falta de madurez flagrante se entregase a esa costumbre tan desagradable, ¡qué amenaza significaría para el hogar! En efecto, en tales circunstancias, éste llega a ser inhabitable para el marido, que no sabe nunca lo que va a encontrar en su casa: una cara sonriente o un «rostro de palo». Cuando éste último es desde luego más frecuente, el esposo busca disculpas para huir de un hogar que, por ese motivo, no tiene nada de atrayente. Es la evasión, con los riesgos innumerables que implica. Casi siempre la evasión del esposo es fruto del malhumor de la esposa. Por tanto, hay que hacer lo posible por conservar la serenidad que permite a los esposos complacerse en su compañía mutua.

Además, con mucha frecuencia, en el origen del enojo, está el orgullo. Algunas torpezas inconscientes y repetidas traen como consecuencia que la mujer ofendida se refugie en una protesta silenciosa pero virulenta. Se encierra en sí misma, negándose a avanzar más por el camino de la comprensión. Y no admite el perdón. Pensando que ha iniciado ella demasiadas veces los pasos para la reconciliación, se repliega ahora a la defensiva y manifiesta su protesta con una terquedad irreducible.

Aparte de que esta manera de comportarse es anticonyugal, ¿no resulta evidente que es también, simplemente anticristiana? Con el seudónimo de Heylem, un autor que se dirigía precisamente a las esposas y a las madres, subrayando el peligro que hay para ellas en eludir el esfuerzo, transcribía brevemente el discurso que se dirige una para sus adentros en esos casos: «No, no cederé. Estoy ya harta de hacer el papel de la “buena chica” que da siempre el primer paso, el primer beso, la primera sonrisa. Si fuese mía la culpa, estaría justificado. Pero… no transigiré. Es una cuestión de justicia. Y también de amor propio. Además, no me gusta perder prestigio, ni siquiera ante mi marido» [1].

A modo de respuesta a esta actitud agresiva, tan peligrosa para la armonía conyugal, el autor recordaba la parábola del hijo pródigo en la que el padre está a punto de perder prestigio ante el hijo. El perdón es una de las piedras de toque del verdadero cristianismo; debe, pues, extenderse a toda la vida y a toda persona. Con mucho mayor motivo se impone, como una necesidad, a los esposos que, además de amarse con caridad, comparten un amor humano por el cual se han entregado el uno al otro sin reserva.

Hay que insistir en este aspecto. Hablábamos antes de la mujer que se refugia con frecuencia en el «enfado» y se niega a perdonar. Si esto se produce a menudo en ella, es que su sensibilidad, mucho más vulnerable que la de su marido, la expone aún más a heridas internas. No posee ella, sin embargo, el monopolio del malhumor. Hay que reconocer que el hombre, a su vez, lo utiliza con frecuencia, impulsado por su orgullo. Se ha ofuscado por un motivo o por otro, y entonces se apoya en su soberbia sublevada, decidido a no hacer ninguna concesión. En él también, la fobia a dar el primer paso puede triunfar. Semejante política es, evidentemente, anticonyugal. Si hay una manera de hacer la vida en común insostenible, es realmente ésa. En este caso, el triunfo de la terquedad, del orgullo y del malhumor, significa la ruptura del acuerdo entre los esposos; prepara el terrible empuje de un egoísmo que se desarrollará sobre el amor como un cáncer, royendo todas las facultades de entrega, minando todas las generosidades.

Es necesario, a todo precio, vencer el malhumor, y para conseguirlo, cultivar el arte del perdón recíproco. Que no se tema ir demasiado lejos en ese sentido, porque si es peligroso perdonar demasiado, mucho más peligroso es no perdonar lo suficiente. De tener que elegir entre los dos excesos, habría que optar sin titubeo por el primero, porque un exceso de bondad sólo puede servir al amor, mientras que por el contrario, éste no podría sobrevivir a una negativa de perdón. En la vida conyugal es donde tiene mejor aplicación la respuesta de Cristo: ¿Cuántas veces hay que perdonar? Setenta veces siete… Es decir, ¡siempre! Solamente en la medida en que el uno y el otro hagan de esta ley cristiana norma de su vida cotidiana florecerá la vida en común en la comprensión.

Cualquier otra orientación sólo puede acarrear endurecimientos y choques que acabarán por destruir la felicidad. Para que la vida en común sea bella, para que sea armoniosa y reine en ella la alegría, para que el amor sea fácil, es preciso que marido y mujer se traten con toda caridad, concediéndose recíprocamente un perdón renovado sin cesar.

Muy cercana al malhumor del que acabamos de hablar está —igualmente nefasta— la taciturnidad. El malhumor se caracteriza por cierta agresividad que se deja sentir hasta en los silencios y que se trasluce en los menores gestos. La taciturnidad se caracteriza, al contrario, por la pasividad. Es un estado de espíritu en el cual no se encuentra nada que decir; se encierra en un silencio que confina con la indiferencia y se atrinchera en sí mismo.

Este defecto es, la mayoría de las veces, patrimonio del hombre. Aun no siendo siempre consecuencia de mala voluntad, no por ello debe dejar de ser corregido. Hay maridos que no comprenden que imponen así a su mujer un verdadero suplicio. A lo largo de todo el día, ésta queda confinada en su hogar donde no tiene nadie con quien conversar, ¡como no sea con sus pequeños! Cuando llega el marido, siente ella una necesidad muy comprensible de «comunicarse» con él. Pero éste, cansado, rendido, no se encuentra con ganas de conversar. Unos cuantos monosílabos revelan en seguida a la esposa que el silencio es norma fija. Cuando esta se repite con regularidad, cuando el marido no piensa más que en arrellanarse beatíficamente en un sillón para leer la reseña de los actos deportivos o concentra toda su capacidad de atención en los comentarios que difunde la radio, la mujer se siente rechazada. Si el marido se contenta con un breve saludo para encerrarse después en un mutismo desconcertante, ¿cómo podrá él llegar nunca a comprender a su mujer? Por seguir este sistema bastante simplista más de un marido ha llegado a ser un extraño para su esposa hasta el punto de no saber ya nada de ella: de sus pensamientos y de sus sentimientos; de sus esperanzas y de sus decepciones, de sus alegrías y de sus penas. Ahora bien, cuando unos cónyuges llegan a ser extraños el uno para el otro, cualesquiera que sean los beneficios que puedan lograr por otra parte, están al borde del fracaso. La situación es tan falsa, en efecto, que no puede durar, y tarde o temprano, un acontecimiento vendrá a arrancar la máscara para dejar aparecer la triste realidad de un amor desengañado.
Que el marido sepa, pues, hacer un esfuerzo para salir de sí mismo y para dedicar a su esposa, por lo menos, tanta atención como prestaba en otro tiempo a su novia. ¿No es extraño, en efecto, que en la época de las relaciones, haya uno tenido tantas y tantas cosas de que tratar, hasta el punto de no acabar nunca de conversar durante las tres o cuatro tardes en que los novios estaban juntos? Es un contrasentido sorprendente pensar que una vez casados, no se pueda encontrar medio de conversar juntos seriamente, de cuando en cuando. Por eso, así como hay que combatir el malhumor, hay también que luchar contra la taciturnidad, a fin de que el hogar brille siempre con la luz de la alegría. Ésta, solamente, prepara el clima necesario para una comprensión honda y duradera; es, indiscutiblemente, la mejor salvaguardia del amor.
El alcohol
Por último, entre los obstáculos que pueden comprometer irremediablemente la armonía conyugal, no puede dejarse de mencionar el alcohol como uno de los más perniciosos.

Es obvio que el alcoholismo enfermizo que transforma el marido en un beodo inveterado es enemigo del amor. No insistiremos en ello, pues ningún hombre sensato pretenderá lo contrario.

El peligro llega a ser más especioso en aquella situación en que el alcoholismo no es todavía enfermizo. Se infiltra poco a poco con los aperitivos que se multiplican, los licores, los vinos, etc. Se sostiene entonces que no se trata de un exceso sino de un uso moderado que no puede alterar en nada la paz del hogar. A esto, y no por dar crédito a una teoría cualquiera y sin otro fin que prevenir las dificultades en las que se hunden numerosos amores juveniles, responderemos que un uso, aun moderado, no bien se hace un poco intensivo y sobre todo habitual, es siempre un abuso. Si no en sí mismo, al menos en las consecuencias que ocasiona.

Para ilustrar esta idea hay que recordar la observación del doctor Massion-Verniory: «Para manifestarse —escribe— la desarmonía no requiere que el marido vuelva borracho perdido o excitado hasta el punto de llegar a vías de obra con los que le rodean. Se manifiesta ya en el matrimonio en el cual el marido, agente comercial, funcionario o empleado, le gusta entretenerse con un compañero al regreso de un viaje o a la salida de la oficina, antes de volver a su domicilio. Se va al bar o se acomoda en un café. Con el número de camaradas aumentan las rondas, así como el tiempo pasado lejos del hogar». El cuadro no es imaginario; está tomado del natural y describe con exactitud unos hechos de los que todos han sido testigos.

De igual modo, las siguientes líneas señalan las consecuencias desastrosas que esa manera de proceder puede acarrear en el ámbito conyugal: «El marido vuelve eufórico, un poco excitado, y se siente en vena de probárselo a su mujer. Irritada ya por su retraso y asqueada por su aliento, ella se muestra reacia a ciertas insinuaciones, sobre todo si éstas se efectúan en medio de una ocupación absorbente. La cólera ruge en ella; y los reproches se profieren en un tono amargo y agrio. Si el marido no tiene fuerza de voluntad para dejar de beber, puede surgir un conflicto agudo, cargado de consecuencias para la estabilidad del hogar, porque la esposa acaba a la larga por sentir repulsión y desprecio hacia el ser al que amaba intensamente» [2]. Repulsión, desprecio, asco, tales son las consecuencias inmediatas del alcohol. La pareja se ve arrastrada rápidamente a unas rupturas que al principio se superan, pero que se hacen cada vez más hondas, para acabar siendo irreparables.

Por eso conviene insistir ante los novios para que ese peligro quede descartado desde el principio. Será necesaria, por encima de todo, una constante energía para que el joven marido no se deje captar por incitaciones que las costumbres de nuestra época multiplican, sin que se advierta. Y necesitará la joven esposa mucha habilidad para apartar a su esposo de esa tendencia.



4. Aceptar las imperfecciones del otro


A todos estos obstáculos que hemos señalado por ser los más frecuentes, se añaden otros. Cada pareja deberá descubrir los que le sean particulares para superarlos lo antes posible. El amor es hermoso y entusiasmador, pero no llegará a sobrevivir si no se le asegura una atmósfera sana. Ahora bien, la salud del amor, es la armonía. Se realizarán, pues, todos los esfuerzos precisos para conseguirlo, y se aplicará la pareja a efectuarlo desde los primeros meses. Para llegar a un acuerdo perfecto, a una armonía definitiva, se recordará que ésta requiere una larga temporada y, por consiguiente, se pondrá en ello la paciencia necesaria. Pero desde el período del noviazgo, se preocuparán de depurar su personalidad para que ésta presente la menor cantidad de asperezas. Y se trabajará conjuntamente en preparar una unión que sea realmente inquebrantable: ¡No de palabra sino de verdad!

Convivir dos personas no es un modo de existencia fácil. Porque si hay, de una parte, numerosas cualidades, elementos seguros de armonía, hay también, de la otra, en cada uno de los esposos, unas imperfecciones no menos ciertas, unos defectos no menos numerosos. Por consiguiente, la convivencia de dos seres, para desarrollarse armoniosamente y llevar a la felicidad, deberá construirse teniendo en cuenta esas deficiencias. Aplicarse, sobre todo, a superarlas será indispensable; en otros términos, cada uno de los esposos deberá entablar consigo mismo un combate diario, a fin de hacerse más maleable extirpando de su persona todo lo que pudiera engendrar conflictos y producir el desacuerdo, a más o menos breve plazo. Sentirse consciente de esta necesidad verdaderamente vital para el amor, aceptar concretamente el conformarse a ella, no incurrir, en el curso de los años, en la desatención a fin de que el otro no se entregue a la indiferencia, esto aparece como la ley fundamental del acuerdo entre los esposos. A lo cual podría añadirse que es preciso, además, aceptar las imperfecciones del cónyuge; aceptarlas, no como una molestia a la que está uno, a su pesar, condenado y que sólo se soporta a regañadientes, sino aceptarlas como la prueba misma del amor que dice consagrar al otro. Porque sería fácil amar a un ser perfecto; pero ¿semejante amor no pararía en el egoísmo? Por el contrario, amar a un cónyuge imperfecto, vivir con él en la más profunda comprensión, esforzarse en hacerle feliz sin tener con él más que exigencias, matar en sí la tentación del reproche constante, esto es verdaderamente una prenda de amor. Sólo puede alcanzarse la felicidad, en la vida conyugal, cuando el amor llega hasta ahí.

[1] Heylem, Il n’y a qu’un amour, Éd. Feu Nouveau, París 1950, p. 170.
[2] Dr. L. Massion-Verniory, Le Bonheur Conjugal, t. I: Ses obstacles, Casterman, Tournai 1951, p. 139-140.

EL SANTO NOMBRE DE JESÚS


2 de enero



  EL SANTO NOMBRE DE JESÚS



   "Le darás el nombre de Jesús, porque Él va a salvar a su pueblo" (Mat. I, 21). El occidente celebra la fiesta del nombre de Jesús, el domingo que separa la Circuncisión de la Epifanía; en los años en que dicho domingo no existe, la fiesta pasa al 2 de enero. Así como en el crucifijo material honramos toda la Pasión de Cristo resumida en un símbolo, de igual manera el nombre de Jesús nos recuerda todo lo que está simbolizado en él (Cf. Filip. II, 9-10). "Hablando de él, nos sentimos iluminados; pensando en él, recibimos el alimento de nuestras almas; invocándole, encontramos la paz!, como dice San Bernardo de Claraval, uno de los hombres que han hablado más sentida y profundamente del nombre de Jesús.

   El Concilio de Lyons prescribió en 1274 una devoción especial al nombre de Jesús, y el beato Gregorio X comisionó especialmente a la Orden de los Predicadores para propagarla. Pero quienes más hicieron por difundirla, a pesar de la gran oposición que encontraron, fueron los minoritas: San Bernardino de Sena y San Juan Capistrano, quienes popularizaron el uso del monograma JHS, simple abreviación del nombre de Jesús (Ihesus). El hecho de que la Compañía de Jesús adoptara ese monograma como parte de su divisa, contribuyó a su mayor difusión. La Santa Sede concedió a los Franciscanos, en 1530, la celebración de la fiesta del Santo Nombre de Jesús y el uso se fue extendiendo paulatinamente,. En 1721 se convirtió enfiesta universal de la Iglesia de occidente; pero pocos años después, la comisión encargada de la reforma del Breviario recomendóal PapaBenedicto XV la suprimiera del calendario general. La fiesta actual es una especie de repetición de la Circuncisión; las lecciones del terder nocturno de maitines están tomadas del sermón de San Bernardo sobre este misterio.

   Es interesante notar que el Nombre de Jesús figura en el calendario del Book of Common Prayer, el 7 de agosto, es decir, en la fecha que escogieron algunos obispos ingleses y escoceses, cuando adoptaron la fiesta, a fin de laEdad Media. Por otra parte, la traducción del bello himno de Vísperas Jesu dulcis memoria, hecha por el P. Edward Caswall, ha contribuido a que los protestantes conozcan, probablemente mejor que los católicos, ese poema anónimo frecuentemente atribuido, por error, a San Bernardo. LasLetanías del Santo Nombre de Jesús, que en realidad son más bien un comentario de los atributos del Salvador que de su Nombre, provienen tal vez de San Bernardino y San Capistrano. Monseñor Challoner las llama simplemente, Letanías de Nuestro Señor Jesucristo en la edición original de Jardín del alma.

SANTORAL 2 DE ENERO




SAN ADELARDO, 
Abad



Buscad primero el reino de Dios y su justicia,
y todas las demás cosas se os darán por añadidura.
(Mateo, 6, 33)

   San Adelardo, nieto de Carlos Martel, abandonó la corte a la edad de veinte años para retirarse al monasterio de Corbie (Francia). Luis el Bonac sospechó que el santo había favorecido las pretensiones de su pupilo Bernardo, hijo de Pepino, a la sucesión de Carlomagno, y lo confinó a la isla de Noirmoutiers. Mas, reconociendo su error, lo llamó a la corte. A fuerza de insistentes súplicas obtuvo el santo que se le dejase volver a Corbie, para reasumir el gobierno de su monasterio. Mucho contribuyó, con el célebre Alcuino, a hacer que volviese a florecer en los monasterios el amor a la ciencia. Murió el 2 enero del año 827.


  MEDITACIÓN SOBRE 
EL FIN DEL HOMBRE

   I. No estamos en este mundo sino para amar a Dios, para honrarlo, y para alcanzar nuestra salvación. Examina con atención esta verdad; he ahí en lo que debes trabajar durante este año y durante toda tu vida; todos tus otros proyectos son inútiles, peligrosos o criminales. ¿Hasta ahora has empleado tu vida en buscar, honrar y amar a Dios? Examínate, humíllate, corrígete. Busquemos a Dios sincera y únicamente. El alma racional está creada a imagen de Dios: todas las creaturas pueden ocupar nuestra al ma, pero sólo Dios es capaz de llenarla. (San Ber nardo).

   II. Todas las creaturas son medios que Dios te ha dado para alcanzar tu fin. Las ha creado para que te sirvan, como te ha creado para que Le ames; sin embargo, consideras esas creaturas como tu último fin. ¿Acaso no parece que piensas que el oro y la plata, los placeres y los honores son los que deben darte la felicidad? Dejas a Dios por la creatura; te sirves de sus dones para ofenderlo; los medios que te había proporcionado para ir a Él, de Él te alejan.

   III. Debo, pues, en adelante, amar lo que me puede conducir a mi último fin. La observancia de los mandamientos de Dios y la práctica de las virtudes son los medios por los cuales lo alcanzaré. El pecado y el mal uso de las creaturas me alejarán de él. No es necesario que sea rico o dichoso en este mundo, siempre que gane el cielo. Preguntémonos, a menudo, a ejemplo de San Bernardo: ¿Para qué he venido a este mundo?

La pureza de intención 
Orad por los herejes. 

ORACIÓN

      Haced, os suplicamos, Señor, que la intercesión del bienaventurado Adelardo nos haga agradables a vuestra Majestad, a fin de que obtengamos, por su asistencia, lo que no podemos esperar de nuestros méritos. Por J. C. N. S. Amén

domingo, 1 de enero de 2012

LA CIRCUNCISIÓN DEL SEÑOR

LA CIRCUNCISIÓN DE NUESTRO SEÑOR




Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle, se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el Ángel antes de ser concebido en el seno materno.

En este Domingo la Liturgia festeja al mismo tiempo la Octava de la Navidad y la Circuncisión de Nuestro Señor. Y es porque el misterio de la Circuncisión es como la prolongación y un complemento del de la Encarnación y Natividad.

Todos los misterios de Jesucristo contienen una gracia propia para nuestra alma. ¿Cuál es la gracia peculiar de estos misterios que festejamos? La Iglesia misma nos lo indica en la Misa de Media Noche. En la Oración Secreta resume sus anhelos y deseos en la de este modo:

Dignaos, Señor, aceptar la oblación que os presentamos en la solemnidad de este día, y haced que por vuestra copiosa gracia y mediante este intercambio santo y sagrado, nos hagamos partícipes de aquella divinidad con la cual fue unida nuestra substancia humana por el Verbo.

Pedimos, pues, la gracia de compartir aquella divinidad, a la que fue unida nuestra humanidad, en la cual se verifica una especie de comercio con el mismo Dios: per hæc sacrosancta commercia…

El Verbo toma nuestra naturaleza humana al encarnarse, y en cambio nos comunica una participación de su naturaleza divina.

Este pensamiento está expresado todavía de un modo más explícito en la Secreta de la Misa de la Aurora:

Haced, Señor, que nuestras ofrendas sean conformes con los misterios de Navidad, que hoy celebramos; y que, así como el Hombre que acaba de nacer resplandece también como Dios, así también esta substancia terrestre [a que se une] nos comunique, todo cuanto en Él hay de divino.

Hacerse participantes de la Divinidad con la cual se halla unida nuestra humanidad, en la persona de Cristo, y recibir este don divino mediante esta misma humanidad, he ahí la gracia propia del misterio de Navidad.

Es una transacción humano-divina; el Niño de Belén es hombre y Dios; y la naturaleza humana que Dios asume, ha de servir de instrumento para comunicar su divinidad: sic nobis hæc terrena substantia conferat, quod divinum est…

¡Oh admirable comercio —cantamos en la Primera Antífona de Vísperas de la Octava— el Creador del género humano vistiéndose de un cuerpo animado, ha tenido a bien nacer de una Virgen; y apareciendo como hombre aquí en la tierra, nos ha hecho participantes de su divinidad!

O admirabile commercium! Este mutuo préstamo entre la criatura y el Creador, entre el Cielo y la tierra, constituye toda la esencia del misterio de Navidad.

§§§

Trasladémonos a la gruta de Belén y contemplemos al Niño reclinado en el Pesebre o bajo la acción del cuchillo de la circuncisión. ¿Qué es a los ojos de un habitante de aquel pueblecito que acudiera por casualidad al establo? No vería sino un niño que acaba de nacer, sometido a la Ley de Moisés.

Pero a los ojos de la fe, hay una vida harto más elevada que la vida humana y que anima a este Niño: posee la vida divina. ¿Qué nos dice de Él la fe? ¿Qué revelación nos hace?

La fe profesa que este Niño es el Hijo de Dios, que posee la naturaleza divina con todas sus infinitas perfecciones y que Dios Padre le engendra con una generación eterna, en medio de los resplandores de los Cielos.

Vemos, pues, cómo a los ojos de la fe hay dos vidas en este Niño; dos vidas unidas de un modo indisoluble e inefable, porque la naturaleza humana pertenece al Verbo, el cual con su propia existencia sostiene la naturaleza humana.

Entre estas dos vidas que Cristo posee de continuo, la divina, por su eterno movimiento en el seno del Padre, y la humana, que tuvo principio en el tiempo por su encarnación en el seno de una Virgen, no hay mezcla alguna ni confusión.

Al hacerse hombre el Verbo, permaneció lo que era y tomó de nuestra naturaleza lo que no era.

No absorbe lo divino a lo humano, ni lo humano aminora lo divino, sino que ambas naturalezas constituyen una sola Persona, que es la Persona divina del Verbo.

Así lo expresa la antífona del Benedictus de Laudes: Mirabile mysterium declaratur hodie: innovantur naturæ, Deus homo factus est; id quod fuit permansit et quod non erat assumpsit; non commixtionem passus neque divisionem.

§§§

He aquí, pues, uno de los actos de este divino comercio: Dios toma nuestra naturaleza para unirse con ella mediante una unión personal.

¿Cuál es el otro acto? ¿Qué nos dará Dios en cambio? Un don incomprensible, la participación real e íntima de su divina naturaleza es la moneda con que pagará el Verbo Encarnado a la humanidad el haberle prestado su naturaleza: largitus est nobis suam deitatem, nos ha hecho participantes de su divinidad…

Este niño, siendo el propio Hijo de Dios, posee la vida divina, y en Él habita corporalmente la plenitud de la divinidad; en Él se hallan reunidos los tesoros de la divinidad.

Mas, no los posee únicamente para Sí mismo; antes parece que sólo ansia comunicarnos la vida divina, que es Él mismo… Un Niño nos ha nacido y nos ha sido dado el Hijo: Puer natus est nobis el filium datus est nobis, dice el Introito de esta Misa.

El ser Hijo de Dios, que Jesucristo tiene por naturaleza, lo tenemos nosotros por la gracia. El Verbo Encarnado es el autor de nuestra generación divina, dice la Oración Poscomunión de la Misa de Navidad.

He aquí los dos actos del comercio admirable que Dios realiza entre Él y nosotros: toma nuestra naturaleza con el fin de comunicarnos su divinidad; toma una vida humana para hacernos partícipes de su vida divina; hácese hombre para convertirnos en dioses: Factus est Deus homo, ut homo fieret Deus; y su nacimiento humano es el medio de que nosotros nazcamos a la vida divina…

En nosotros también ha de haber dos vidas; la una natural, que tenemos por nuestro nacimiento, según la carne; la otra es sobrenatural e infinitamente superior a los derechos y exigencias de nuestra naturaleza.

Esta es la que Dios nos comunica por su gracia después de habérnosla merecido el Verbo Encarnado. Dios nos engendra a esta segunda vida por medio de su Verbo y la infusión de su Espíritu en la pila bautismal.

Es una vida nueva que se agrega a nuestra vida natural, aunque superándola y perfeccionándola. Ella nos hace hijos de Dios, hermanos de Jesucristo, dignos de participar un día de su bienaventuranza y de su gloria.

§§§

¿Cómo nos hace partícipes el Verbo Encarnado de su vida divina? Por medio de su humanidad. Ella le sirve de instrumento para comunicarnos su divinidad; y esto por dos motivos: la humanidad hace a Dios visible y a la vez le hace pasible.

En primer lugar, la hace visible. La Encarnación realiza esta maravilla inaudita de ver los hombres a Dios mismo, vivo entre ellos.

Si vivimos iluminados con su luz, seguiremos la verdadera senda que nos lleva a la vida; de tal modo que conociendo a Dios viviente como hombre en medio de nosotros, nos vemos impelidos hacia los bienes invisibles.

Dice el Prefacio de Navidad:

Por el misterio de la Encarnación del Verbo se ha manifestado a los ojos de nuestra alma un nuevo resplandor de tu gloria; a fin de que, llegando a conocer a Dios bajo una forma visible, seamos atraídos por Él al amor de las cosas invisibles.

§§§

La humanidad de Cristo hace a Dios visible; pero lo más estupendo todavía es que hace que Dios sea pasible.

Para poder destruir en nosotros el pecado, exigía la vida divina una cumplida satisfacción, una expiación, sin la cual era imposible recuperarla.

Ahora bien, siendo el hombre simple criatura, estaba incapacitado para dar satisfacción por una ofensa de una malicia infinita, y, por otra parte, la Divinidad no podía sufrir ni expiar.

Dios no puede comunicarnos su vida, mientras no se borre el pecado, y conforme a inmutable decreto de la eterna Sabiduría, el pecado no puede ser borrado, sino mediante una expiación dolorosa. ¿Cómo se resolverá este problema?

La Encarnación del Verbo es la solución que la divina Sabiduría supo encontrar. La humanidad, incorporada al Verbo, es pasible; ella sufrirá y expiará.

Tales sufrimientos y expiaciones pertenecerán, con todo, como la misma humanidad, al Verbo, y recibirán de la Persona divina un valor infinito suficiente para rescatar el mundo, destruir el pecado y hacer aumentarla gracia en las almas.

¡Oh comercio admirable! El Verbo nos pide una naturaleza humana para hallar en ella un medio de padecer, un medio de expiar, un medio de merecer y colmarnos de bienes.

El hombre se apartó de Dios por la carne y Dios libra al hombre haciéndose carne; la carne que asume el Verbo de Dios se convierte en instrumento de salvación para toda carne.

Por eso en la fiesta de Navidad, atribuye la Iglesia nuestra salvación al nacimiento mismo temporal del Hijo de Dios:

Concédenos, oh Dios Omnipotente, que la nueva alianza de tu Hijo en la carne nos libre de la antigua servidumbre que nos tenía cautivos bajo el peso del pecado.

§§§

De cualquier manera que consideremos este comercio o intercambio, y sean cuales fueren los detalles en que nos fijemos, siempre nos parecerá admirable.

Es admirable el parto de una Virgen.

Una madre jovencita ha dado a luz al Rey cuyo nombre es eterno, uniendo la honra de la virginidad a las alegrías de la maternidad.

Admirable, por cierto, se nos presenta la unión indisoluble, aunque sin confusión, de la divinidad y de la humanidad en la Persona única del Verbo.

Admirable es este trueque, por los contrastes que caracterizan su realización: Dios nos da parte en su divinidad, si bien la humanidad que Él toma para comunicarnos su vida divina es débil y sensible al dolor.

Admirable es este intercambio en su origen, que no es otro sino el amor infinito que Dios nos profesa.

Admirable es, por fin; este comercio en sus frutos y efectos, pues por él, Dios nos devuelve su amistad y con ella el derecho de entrar en posesión de la herencia eterna, mirando de nuevo a la santa humanidad de su Hijo con amor y agrado infinitos.

§§§

Moisés, admirando el misterio de la zarza ardiente, decía: iré y veré esta gran maravilla…

¿Cómo no decimos nosotros: Quiero contemplar y dedicarme a conocer siempre más y más la maravilla sobre toda maravilla?

La maravilla de Dios, inmutable por esencia, que empieza a ser…

La maravilla de Dios, que permanece Dios, sin perder nada de su majestad ni de su gloria, y que se apropia las debilidades y las miserias de la triste humanidad…

La maravilla del culto supremo reservado hasta entonces a Dios únicamente, y rendido ahora a un Hombre-Dios, no sólo por los hombres, sino por los Ángeles que adoran en Él a la debilidad omnipotente, al Eterno nacido en el tiempo, al Infinito reducido a un pequeño espacio, al Autor del mundo, descendido a la condición de sus criaturas…

Debemos contemplar y estudiar al Creador en su creatura; al Cielo en la tierra; la gloria suprema en la ignominia; la riqueza infinita en la pobreza; la inmortalidad en la muerte…

Hemos de meditar este misterio de la vida divina en la humanidad, de las perfecciones del Cielo hechas visibles en la tierra, de la más profunda humildad en la más sublime elevación, de la abnegación en la divinidad, de la humildad absoluta en Aquél a quien se debe todo homenaje…

San Pablo hacía de Jesucristo su estudio continuo y su única ciencia. Conocer a Jesucristo era toda su ambición; y en comparación de esta ciencia divina, todo lo demás le parecía una pérdida, más que una ventaja.

Estimamos, pues, apreciemos el estudio y el conocimiento de Jesucristo…

§§§

Reconoce, ¡oh cristiano!, tu dignidad, exclama San León Magno, y, una vez hecho participante de la divinidad, ¡guárdate bien de decaer de tan sublime estado!

Si conocieseis el don de Dios…, decía Nuestro Señor a la samaritana. Si supieseis quién es el Hijo que os ha sido dado… Si le recibieseis cual Él se merece…

No se diga de nosotros: Vino a sus propios dominios, y los suyos no le recibieron…

Tal es la disposición fundamental en que debemos estar para que este admirable comercio produzca en nosotros todos sus frutos.

P. CERIANI

Únicamente la fe nos hará conocer los términos y el modo con que se realiza, así como ahondar en las profundidades de este misterio.

Es la gracia que debemos pedir a la Santísima Virgen y al Buen San José.

SANTORAL 1 DE ENERO


1 de enero


CIRCUNCISIÓN DE NUESTRO SEÑOR



Todo cuanto hacéis, de palabra o de obra, hacedlo
todo en el Nombre de Nuestro Señor Jesucristo. 
((San Pablo a los Colosenses, III, 17)).

   ¡Cuán glorioso es el Nombre de Jesús; mas, cuán caro costó al Hijo de Dios! ¡Le fue menester derramar sangre para merecer este nombre de Salvador; y tú no quieres derramar, para salvarte, ni una lágrima! Es preciso imitar a Jesús en sus sufrimientos o perder la esperanza de acompañarlo en su gloria. Jesús, sed mi Salvador, y pues tanto amor habéis tenido por mí desde el comienzo de vuestra vida, inspiradme vuestro santo amor, a fin de que os ame, si no tanto cuanto merecéis, por lo menos tanto cuanto pueda.        

  MEDITACIÓN
SOBRE LA CIRCUNCISIÓN

   I. Jesús comienza hoy lo que continuará hasta la muerte. Obedece a su Padre celestial, a María y a José.¡Dios obedece a los hombres! Después de esto, ¿tendremos vanidad bastante como para no querer sometemos a los superiores que Dios nos ha dado? Es preciso obedecer a los que ocupan el lugar de Dios, o bien a nuestras pasiones y al demonio. Un Dios obedece a la ley, y nosotros, que no somos sino ceniza y polvo, ¿rehusaremos obedecer a Dios?

   II. En ninguna parte se manifiesta más la humildad del Salvador, que en esta obediencia. En el pesebre, se tomaría a Jesús por un hombre común; aquí, pasa. por pecador. Jesús, que es la santidad misma, quiere abatirse hasta parecer pecador, para honrar a su Padre. Después de esto, ¿tengo derecho a quejarme de las humillaciones que recibo? He nacido en el pecado, he crecido en el pecado; sin embargo, no quiero ser llamado pecador y me irrito si se me desprecia.

   III. La caridad de Jesús brilla en este misterio, toda vez que quiere, desde los primeros instantes de su vida, adoptar el nombre de Salvador(1) y darnos su sangre y sus lágrimas como prenda de su amor. Esa sangre y esas lágrimas que derrama, son el len guaje de su corazón: nos dice con ellas que quiere vivir, sufrir y morir por nosotros. Comencemos pues, este año, imitando su obediencia y su humildad. Amémoslo durante todo este año, hagamos todo en Nombre de Jesús. Dios mío, soy todo vuestro, du rante este año, y para el resto de mi vida.

Humildad
Orad por la Iglesia. 

ORACIÓN

   Oh Dios, que habéis constituido a vuestro Unigénito Salvador del género humano, y habéis ordenado que se le llamase Jesús, haced, por vuestra misericordia, que después de haber honrado su Santo Nombre en la tierra, tengamos la dicha de contemplarlo a Él mismo en el cielo. Por J. C. N. S. Amén.

FELICES FIESTAS!

No pude mandar salutaciones navideñas  ni de año nuevo a tiempo, pero igual deseo a todos los lectores un bendito Año Nuevo en el Señor, con muchas gracias del Cielo y riquezas para el cuerpo  y el alma. Dios los bendiga!



sábado, 31 de diciembre de 2011

SANTORAL 31 DE DICIEMBRE


31 de diciembre



SAN SILVESTRE,
Papa



H e combatido con valor, he concluido la carrera,
he guardado la fe. Nada me resta sino aguardar
la corona de justicia que me está reservada.
(2 Timoteo, 4, 7-8).

   San Silvestre I se había distinguido por su celo y su caridad durante la primera persecución. Subió a la cátedra de San Pedro en el año 314, menos de un año después del edicto de Milán, que concedía la paz a la Iglesia. Recibió de Constantino el palacio de Letrán y en él estableció su morada, así como la basílica principal de Roma. El mismo año envió delegados al Concilio de Arlés, donde fueron condenados los donatistas, y después, en el año 325, al Concilio general de Nicea, que anatematizó a Arrio. Murió San Silvestre en el año 335.

MEDITACIÓN
TRES REFLEXIONES
SOBRE EL AÑO TRANSCURRIDO

    I. ¿Podría decir con verdad como San Pablo: He combatido con valor, he concluido la carrera, he guardado la fe? Hete aquí al término del año; repasa en tu espíritu todo el bien y todo el mal que has hecho durante este año, y mira si tus buenas acciones son más numerosas que las malas. ¿Cuántos días transcurrieron sin que hicieras nada para Dios? Sin  embargo, este año te fue dado únicamente para servirlo, para hacer penitencia de tus pecados y merecer el cielo mediante la práctica de las buenas obras.

   II. ¿Dónde están ahora los placeres y los honores de que gozaste durante este año? ¡Todo ha pasado, y no te queda sino el triste recuerdo de haber ofendido a Dios por bienes pasajeros y falaces! ¿No es verdad que, al contrario, experimentas una gran alegría por el bien que hiciste tratando de agradar a Dios? Ya no experimentas el esfuerzo que tus buenas obras te costaron, y tienes la esperanza de ser recompensado por ellas. Tu vida pasará como este año, tus placeres pasarán tanto como tus trabajos, y el único consuelo que te quedará será haber servido al Señor. ¿Quién me devolverá este día, este año que perdí en la vanidad? (San Euquerio).

   III. Acaso pasaste parte de este año en pecado mortal. Si durante esa época hubieras muerto, ¿dónde estarías ahora? Dios te ha dado tiempo para hacer penitencia; aprovéchalo mejor en lo porvenir ¡acaso no tengas más que este año de vida! Prepárate, pues, a morir, haz una buena confesión, y si quieres pasar santamente todos los días del año que va a comenzar piensa todos los días en la muerte y en la eternidad. Dios te ha ocultado tu último día, para que te prepares a él todos los días de tu vida. (San Agustín).

El pensamiento de la muerte Orad
por vuestros bienhechores.

ORACIÓN

   Pastor eterno, considerad con benevolencia a vuestro rebaño, y guardadlo con protección constante por vuestro bienaventurado Sumo Pontífice Silvestre, a quien constituisteis pastor de toda la Iglesia. Por J. C. N. S. Amén.

viernes, 30 de diciembre de 2011

SANTORAL 30 DE DICIEMBRE


30 de diciembre



SAN SABINO,
Obispo y Confesor



En esto conocerán todos que sois mis discípulos,
si os amáis unos a otros.
(Juan, 13, 35).

   San Sabino, obispo de Asís, invitado a adorar una estatua de Júpiter, la tomó en sus manos y la arrojó al suelo, donde se hizo pedazos. el gobernador le hizo cortar las manos y lo condenó a morir en prisión perpetua. El juez a cuya guarda fuera confiado se convirtió al ver sus milagros y, a su vez, padeció el martirio poco después de la muerte de San Sabino.

MEDITACIÓN
SOBRE EL AMOR AL PRÓJIMO

   I. Se debe hacer al prójimo todo el bien que se pueda, asistirlo en sus necesidades materiales y espirituales. ¿Has cumplido durante este año este primer deber de la caridad cristiana? ¿Cómo has trabajado en la conversión de las almas, en la práctica de las obras de misericordia corporales y espirituales? ¿Cuántas ocasiones has perdido de acudir en ayuda de Jesucristo en la persona de tu prójimo? No te gloríes de amar a Dios si no amas a tu prójimo. Si alguien dice que ama a Dios y, al mismo tiempo, aborrece a su hermano, es un mentiroso. (San Juan).

   II. Ten cuidado de no herir a tu prójimo con tus palabras o tus actos; el que ofende a su prójimo ofende a Jesucristo, porque lo que hicieres al menor de los hombres a Jesucristo mismo se lo haces. Ten buena opinión de los demás y juzga favorablemente sus acciones. ¿Has observado estos preceptos en el curso de este año? ¿Cuántas veces has desobedecido a tus superiores y dado motivo de descontento a tus iguales y a tus inferiores? ¿No tienes enemigos? Si los tienes, reconcíliate con ellos lo antes posible.

   III. En una palabra, ¿has tratado a los otros como quisieras ser tratado tú mismo? Quieres ser estimado, alabado, honrado, quieres que se te perdonen tus faltas y que se hable bien de ti: ¿tienes para con los demás la caridad que exiges de ellos? Sé familiar con tus amigos, afable y equitativo para con todos. Dios permitirá que se te trate como tú hayas tratado a los demás, y Él mismo usará contigo la medida que tú hayas usado con tu prójimo. No hagas a otro la que no quisieras que se te haga a ti.

El amor al prójimo 
Orad por vuestros enemigos.

ORACIÓN

   Dios omnipotente, mirad nuestra flaqueza, ved cómo el peso de nuestras obras nos abruma, y fortificadnos por la gloriosa intercesión de San Sabino, vuestro mártir y pontífice. Por J. C. N. S. Amén.



jueves, 29 de diciembre de 2011

SANTORAL 29 DE DICIEMBRE



29 de diciembre




SANTO TOMÁS BECKET,
Obispo y Mártir



El que guarda los mandamientos
mora en Dios, y Dios en él.
(1 Juan, 3, 24).

   Nacido en Londres en 1118, Santo Tomás Becket estudió en Oxford y en París. Llegó a ser canciller de Inglaterra bajo el reinado de Enrique II y después arzobispo de Cantorbery en 1162. Fue perseguido por el rey por haber defendido las inmunidades de la Iglesia y se retiró a Francia por espacio de siete años, alimentándose de legumbres, acostándose en el duro suelo y llevando siempre un cilicio. Intervino una reconciliación y Santo Tomás fue finalmente restablecido en su cargo; pero, cuatro semanas después de su vuelta a Inglaterra, fue asesinado al pie del altar, en 1170. Enrique II protestó no haber ordenado este crimen y fue descalzo a su tumba al año siguiente.

MEDITACIÓN
SOBRE EL AMOR DE DIOS

   I. Meditemos en estos tres últimos días del año, acerca de nuestros deberes para con Dios, para con el prójimo y para con nosotros mismos. Has sido creado para amar a Dios sobre todas las cosas; éste es tu único quehacer, todo lo demás nada es. Dime, por favor, ¿qué has hecho durante este año? Examina tus acciones, tus pensamientos y tus palabras. De días pasados, de tantas horas transcurridas, s has consagrado al servicio de Dios? ¡Oh gran Dios! ¡Vos queréis hacerme dichoso eternamente, y yo rehúso serviros durante los pocos momentos que me quedan de vida!

   II. ¿Qué has hecho contra Dios? ¿Cuántas veces has desobedecido a sus mandamientos y rechazado sus inspiraciones? ¿Cuántas veces has abusado gracias y profanado sus sacramentos? Interroga a tu conciencia, y di con David: "Contra Vos solo, Dios mío, he pecado". He guardado las apariencias, he querido contentar a los hombres con una devoción de puro alarde, pero no he podido con ello contentar a Dios que ve hasta el fondo de mi alma. He pecado contra Vos solo y he hecho el mal en vuestra presencia. (El Salmista).

   ¡Cuántas cosas pudiste hacer por Dios y no hiciste! Y sin embargo ¿Pudo acaso Dios hacer por ti más de lo que hizo? Pongamos, pues, manos a la obra, demos al Señor el resto de nuestra vida. Bastante hemos trabajado para nuestro cuerpo y para la tierra, hagamos algo para nuestra alma y para el cielo. Hemos dado un año a nuestro cuerpo, demos algunos días a nuestra alma; vivamos un poco para Dios, después haber vivido tanto para el siglo. (San Pedro Crisólogo).

El amor de Dios
Orad por el Papa.

ORACIÓN

   Dios, que habéis visto caer al glorioso pontífice Tomás bajo la espada de los impíos por la causa de vuestra Iglesia, haced, os lo conjuramos, que todos imploran su auxilio obtengan el efecto saludable de sus ruegos. Por J. C. N. S. Amén.