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jueves, 1 de diciembre de 2011

LOS TEMPERAMENTOS

LOS TEMPERAMENTOS
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EL TEMPERAMENTO MELANCÓLICO 





I. Esencia del temperamento melancólico. 

   El alma del melancólico se excita débilmente por influencias externas; y su reacción, si es que reacciona, es asimismo débil. Pero tal excitación, aunque siempre débil, permanece largo tiempo en el alma; y favorecida por nuevas impresiones, que se repiten en el mismo sentido, ahonda más y más hasta apoderarse y mover con violencia el alma, y no dejarse arrancar luego sin dificultad. Las impresiones en el alma del melancólico se parecen a un poste, que, a fuerza de martillazos, se va hundiendo en la dura tierra pero creciente tensión, fijándose con tanta firmeza, que no es fácil arrancarlo. Esta nota característica del melancólico merece especial atención, puesto que nos da la clave para llegar al conocimiento de muchas cosas que en la conducta del melancólico nos parecen inexplicables. 

II. Principales disposiciones de ánimo del melancólico. 

   1.  Propensión a la reflexión. 

   En su modo de razonar, el melancólico se detiene demasiado en todos los antecedentes hasta las causas últimas. Como se da de buena gana a la consideración de lo pasado, siempre vuelve a recordar los acontecimientos tiempo ha transcurridos. Su pensamiento tiende hacia lo profundo; no se queda en la superficie, sino que siguiendo las causas y la conexión de las cosas, indaga las leyes activas de la vida humana, los principios según los cuales ha de obrar el hombre; sus pensamientos, por fin, se extienden a un vasto campo, penetran en el porvenir y se elevan hasta lo eterno.

   El melancólico posee un corazón lleno de abundantes y tiernos afectos, en el cual siente en cierto modo lo que piensa. Sus reflexiones van acompañadas de un misterioso anhelo. Al meditar sobre sus planes y particularmente sobre asuntos religiosos, se siente conmovido en su interior, y aun profundamente agitado. Pero apenas deja traslucir en su exterior estas oleadas de violenta emoción. 

   El melancólico sin formación incurre fácilmente en un cavilar y soñar despierto, porque no es capaz de resolver las múltiples dificultades que de todas partes le asedian. 

   2.  Amor a la soledad. 

   A la larga, el melancólico no se siente bien en la compañía de los hombres. Prefiere el silencio y la soledad. Encerrándose en sí mismo, se aísla de lo que le rodea y emplea mal sus sentidos. En presencia de otros se distrae fácilmente y no escucha ni atiende, por ocuparse con sus propias ideas. A causa del mal uso que hace de sus sentidos no se fija en las personas, como si estuviera soñando, ni siquiera saluda a sus amigos en la calle. Semejante desatención y soñar a ojos abiertos le acarrean mil contrariedades en sus tareas y vida cotidiana. 

   3.  Seria concepción de la vida e inclinación a la tristeza. 

   El melancólico siempre considera las cosas en su aspecto más negro y adverso. En lo íntimo de su corazón se halla de continuo cierta suave melancolía, cierto "llorar interno"; lo cual no proviene, como afirman algunos, de una enfermedad o disposición morbosa, sino de un profundo y vivo impulso que el melancólico siente en sí hacia Dios y lo eterno, y al cual no puede corresponder, atado como está a la tierra por el peso y las cadenas de la materia. Viéndose ausente de su verdadera patria y teniéndose por peregrino en este mundo, siente nostalgia por la eternidad. 

   4.  Propensión a la quietud. 

   El temperamento melancólico es un temperamento pasivo. 

   El melancólico no conoce el proceder acelerado, impulsivo y laborioso del colérico y del sanguíneo; es más bien lento, reflexivo y cauto; ni es fácil empujarlo a acciones rápidas; en una palabra, en el melancólico se nota una marcada inclinación a la quietud, a la pasividad. Desde este punto de vista, podrá explicarse también su miedo a los sufrimientos y su temor a los esfuerzos interiores y a la abnegación de sí mismo. 

III. Especiales particularidades del melancólico. 

   1.  El melancólico es muy reservado. 

   El melancólico difícilmente se acerca a personas extrañas, ni entra en conversación con desconocidos. Revela su interior con suma reserva, y las más de las veces solo a los que tiene más confianza; y entonces no halla la palabra conveniente para declarar la disposición de su alma, porque de hecho experimenta grande alivio pudiendo comunicar a un hombre que le entienda los tristes y sombríos pensamientos que pesan sobre su alma. Pero hasta llegar a tal coloquio ha de superar numerosas dificultades, y en el mismo discurso será tan torpe que, a pesar de su buena voluntad, no encontrará la calma. Tales experiencias le hacen todavía más reservado. Un educador ha de conocer y tener en cuenta esta nota característica del melancólico; de lo contrario, tratará a sus educandos melancólicos con gran injusticia. Por lo general, al melancólico le cuesta mucho el confesarse, no así al sanguíneo. El melancólico quisiera desahogarse por medio de un coloquio espiritual, pero no puede; el colérico pudiera expresarse, pero no quiere.

   2.  El melancólico es irresoluto. 

   Por sus demasiadas reflexiones, por su temor a las dificultades, por su miedo de que le salga mal el plan o el trabajo a emprender, el melancólico no acaba de resolverse. Difiere de buena gana la decisión de un asunto, el despacho de un negocio. Lo que pudiera hacer en el instante, lo reserva para mañana o pasado, para la semana siguiente; luego se olvida de ello, y así le sucede pasar meses enteros en lo que pudiera hacer en una hora. El melancólico nunca acaba con una cosa. Muchos necesitan largos años hasta poner en claro su vocación religiosa y tomar el hábito. El melancólico es el hombre de las oportunidades perdidas. Mientras los demás están ya al otro lado del foso, él se está pensando y reflexionando, sin atreverse a dar el salto. Descubriendo en sus cavilaciones varios caminos que conducen a la misma meta, y no pudiendo decidirse sin gran dificultad a un determinado camino, fácilmente concede la razón a los demás, ni persiste con terquedad en sus opiniones propias. 

   3.  El melancólico se desanima. 

   Al comenzar un trabajo, al ejecutar un encargo desagradable, al internarse en un terreno desacostumbrado, muestra el melancólico desaliento y timidez. Dispone de una firme voluntad, ni le falta talento y vigor, pero sí le faltan muy a menudo valor y ánimo suficientes. Por eso se dice con razón: "Al melancólico hay que tirarlo al agua para que aprenda a nadar". Si en sus empresas se le atravesaran algunas dificultades, aunque de poca monta, pierde el ánimo, y quisiera dejarlo y abandonarlo todo, en vez de sobreponerse, de compensar y reparar los fracasos padecidos, redoblando sus esfuerzos. 

   4.  El melancólico es lento y pesado. 

   El melancólico es lento: 

   a) En su pensar: tiene que considerar todo con atención y examinarlo seriamente, hasta formarse un juicio discreto. 

   b) En su modo de hablar cuando se ve obligado a contestar apuradamente, o a hablar en un estado de perplejidad, o cuando teme que de sus palabras pudieran depender graves consecuencias, se intranquiliza, no encuentra la respuesta adecuada, la cual es a veces aun falsa e insuficiente. Su pesadumbre de espíritu es tal vez la causa por que el melancólico tropieza con frecuencia en sus palabras, deja sin acabar sus frases, emplea una mala sintaxis y anda en busca de la propiedad de expresión. 

   c) En sus trabajos: trabaja esmerada y sólidamente, pero solo, sin empujes, y con mucho tiempo. El mismo, sin embargo, no se cree lento en sus trabajos. 

   5.  El orgullo del melancólico.

   Tiene su aspecto muy peculiar. El melancólico no aspira a honores; tiene, por el contrario, cierto miedo de mostrarse en público y de aceptar alabanzas. Teme mucho los bochornos y las humillaciones. Se retrae a menudo excitando de este modo las apariencias de modestia y humildad; pero en realidad, no es ella una prudente reserva, sino más bien cierto temor a la humillación. En los trabajos, las colocaciones y oficios cede la presidencia a otras personas menos aprovechadas y aun incapaces; sintiéndose, sin embargo, herido en su corazón por no habérsele respetado y apreciado lo bastante sus talentos. El melancólico, si quiere realmente llegar a la perfección, ha de dirigir especialísima atención hacia este despecho, arraigado en lo más profundo de su corazón y fruto de la soberbia, como también hacia su sensibilidad y susceptibilidad a las más pequeñas humillaciones. 

   De lo hasta aquí dicho síguese que es muy difícil tratar con melancólicos; pues por sus particularidades no los apreciamos en su justo punto, ni los sabemos tratar con acierto. Al sentir esto el melancólico se vuelve aún más serio y solitario. El melancólico tiene pocos amigos, porque no son muchos los que le comprenden y los que gozan de su confianza. 

IV. Cualidades buenas del melancólico. 

   1.  El melancólico practica con facilidad y gusto la oración mental. 

   La seria concepción de la vida, el amor a la soledad, la inclinación a reflexionar, le son al melancólico de todo punto provechosos para conseguir una gran intimidad en su vida de oración. El melancólico posee, por decirlo así, una natural disposición a la piedad. Contemplando las cosas terrenas, piensa en lo eterno; caminando en la tierra, el cielo le atrae. Muchos santos tuvieron un temperamento melancólico. Con todo, también el melancólico encuentra precisamente en su temperamento una dificultad para la oración. Porque, desanimándose en las adversidades y sufrimientos, le falta la confianza en Dios y así se distrae con sus negros pensamientos de pusilanimidad y tristeza. 

   2.  En el trato con Dios, halla una profunda e indecible paz. 

   Nadie mejor que el melancólico entiende la palabra de San Agustín: "Nos has creado para Ti, oh Dios e inquieto está nuestro corazón hasta que descansare en Ti". El corazón blando y lleno de afectos del melancólico siente en el trato con Dios una inmensa felicidad, la cual conserva también en sus sufrimientos caso de tener suficiente confianza en Dios y amor al Crucificado. 

   3.  El melancólico es a menudo un gran bienhechor de la humanidad. 

   El melancólico es para los demás un guía en el camino hacia Dios, un buen consejero en las dificultades, un superior prudente, benévolo y digno de confianza. Las necesidades de sus cohermanos le despiertan extremada conmiseración, junto con un gran deseo de ayudarles; y cuando la confianza en Dios le alienta y le apoya, sabe hacer grandes sacrificios en bien de su prójimo, quedándose él mismo firme e imperturbable en la lucha por sus ideales. Schubert en su "Ciencia del alma humana", dice respecto al natural melancólico: Esta ha sido la forma predominante del alma de los poetas y artistas más sublimes, de los pensadores más profundos, de los inventores y legisladores más geniales y sobre todo de aquellos espíritus, que abrieron a su siglo y a su pueblo el acceso a un mundo feliz y superior, al cual levantó él mismo su propia alma atraído por inextinguible nostalgia". 

V. Cualidades malas del melancólico. 

   1.  Los melancólicos incurren por sus pecados en temibles angustias.

   Penetrando más que otros en lo profundo del alma por el anhelo hacia Dios, el melancólico se resiente muy en particular del pecado. Más que nada le abate el pensamiento de estar separado de Dios por el pecado mortal. Y si alguna vez cae profundamente, no llega a levantarse sino con gran dificultad; ya que le cuesta mucho el confesarse por la humillación, a que se debe someter. El melancólico vive asimismo en constante peligro de recaer en el pecado; pues, de continuo cavilando sobre sus pecados pasados, le causan estos siempre nuevas y graves tentaciones; en las cuales de buen grado se deja llevar de sensiblerías y tristes sentimientos, que aumentan más la fuerza de la tentación. La obstinación en el pecado o la recaída en él le sumergen en una profunda y prolongada tristeza que poco a poco le va privando de la confianza en Dios y en sí mismo. Entonces es víctima de semejantes pensamientos: no tengo las fuerzas necesarias para levantarme; ni Dios me envía para ello su auxilio oportuno; Dios ya no me quiere, y, por el contrario, busca de condenarme. Este estado puede llegar a convertirse en cansancio de la vida. El melancólico quisiera morir; pero teme la muerte. Por fin su infeliz corazón se rebela contra Dios, haciéndole amargos reproches y sintiendo en sí la excitación del odio y de la maledicencia contra su Creador. 

   2.  Los melancólicos sin confianza en Dios ni amor a la cruz son arrastrados en medio de sus sufrimientos a un excesivo desaliento, y pasividad y aún a la desesperación. 

   Si los melancólicos tienen confianza en Dios y amor a la cruz se acercarán a Dios y se santificarán precisamente por los padecimientos, como enfermedades, fracasos, calumnias, tratos injustos, etc. Pero si les faltaran estas dos virtudes, su causa andará muy mal. Les sobrevendrán penas, tal vez muy insignificantes, y entonces se entristecerán deprimidos, enfadados y desazonados. No hablarán nada o muy poco y esto harto de mala gana y con cara hosca; huirán de la compañía de los hombres y llorarán de continuo. Muy pronto se les acabará el ánimo para seguir sus trabajos, perderán el gozo en su vida profesional encontrando su mayor complacencia en verlo todo negro. Su continua disposición de ánimo será: en las 24 horas del largo día no conozco más que dolores y penas. Este estado puede llegar a convertirse en formal melancolía y desesperación. 

   3.  Los melancólicos que se abandonan a sus sentimientos de tristeza, incurren en muchas faltas contra la caridad y llegan a ser gravosos para sus prójimos. 

   a) El melancólico pierde fácilmente la confianza a sus semejantes, en particular a sus superiores y al confesor; y esto solo por algunos defectos insignificantes que en ellos descubre, o porque recibe de parte de los mismos algunas leves reprensiones. 

   b) Interiormente se subleva e indigna con vehemencia por cualquier desorden e injusticia que nota. El motivo de su indignación puede a menudo justificarse, pero no así el grado de su enojo; en eso va demasiado lejos. 

   c) Difícilmente podrá olvidar las ofensas; de las primeras hace al principio caso omiso; pero si llegaran a repetirse las desatenciones, penetrarán estas hasta lo más profundo de su alma, excitándole un dolor difícil de superar, y despertándole hondos sentimientos de desquite. Gota a gota y no de repente va infiltrándose en el melancólico el virus de la antipatía hacia aquellas personas, de las cuales tiene que sufrir mucho o en las cuales encuentre algo que criticar. Semejante aversión llega a ser tan vehemente, que apenas se digna mirar a las tales personas, o dirigirles la palabra, llenándole al fin de disgusto y nerviosidad su solo recuerdo. De ordinario no se desvanece esta antipa­tía, sino cuando el melancólico está separado y lejos de tal o cual persona, y entonces solo después de transcurridos meses y aún años enteros. 

   d) El melancólico es muy desconfiado. 

   Raras veces confía en un hombre, temiendo siempre que no se busque su bien. De este modo tiene a menudo y sin motivo alguno duras e injustas sospechas de su prójimo; se imagina en él malas intenciones y tiene miedo a peligros que no existen.

   e) Lo ve todo negro: Al melancólico le gusta lamentarse en sus conversaciones, llamar siempre la atención sobre el lado serio, quejarse luego con regularidad de la malicia de los hombres, de los tiempos aciagos que corren y de la decadencia de las buenas costumbres. Su estribillo es: Vamos de mal en peor. También en las adversidades, los fracasos y ofensas considera y juzga las cosas peores de lo que son en realidad. Como consecuencia síguese a veces una exagerada tristeza, un grande e infundado enojo hacia los demás, cavilaciones varias sobre injusticias reales o sospechadas; todo lo cual dura días y semanas. 

   Los melancólicos que se abandonan a esta inclinación de ver en todo lo obscuro y tétrico llegarán a ser pesimistas es decir hombres que en todas partes esperan el mal éxito; hipocondríacos, esto es hombres que en pequeños padecimientos corporales se lamentan continuamente temiendo siempre enfermedades peligrosas; misántropos, hombres, que, adoleciendo de esquivez y odio al hombre, manifiestan aversión al trato humano. 

   f) Una dificultad particular tiene el melancólico en la corrección y reprensión de los demás. Como ya se ha dicho, el melancólico se indigna sobremanera al notar desórdenes e injusticias y se siente obligado a intervenir contra estos trastornos, aunque muchas veces no tenga ni ánimo ni habilidad para tales reconvenciones. Antes de dirigir la reprensión medita detenidamente el modo del proceso y las palabras que ha de emplear; pero en el momento en que tiene que hablar, le quedan las palabras en la garganta o da la reconvención tan cautamente, con tanta ternura y reserva que apenas merece el nombre de reprimenda. En toda su conducta se nota cuán difícil le es castigar a otros. Y cuando el melancólico quiere dominar esta su timidez, incurre fácilmente en el extremo contrario de dirigir la reconvención con enojo y nerviosidad o prorrumpir en palabras demasiado severas; no alcanzando de esta suerte ningún fruto verdadero. Esta dificultad es la cruz pesada de los superiores melancólicos. No saben encauzar a nadie y acumulan por eso mucho enojo y dejan echar raíces a muchos desórdenes, aunque su conciencia les amoneste a oponerse a estos trastornos. Asimismo tienen con frecuencia los educadores melancólicos la gran debilidad de callar demasiado ante las faltas de sus subalternos y al reprenderlos luego, lo hacen grosera y ruidosamente, y, en vez de animar a los educandos, los desaniman y paralizan en su formación. 

VI. ¿Cómo debe educarse a sí mismo el melancólico? 

   1.  El melancólico tiene que fomentar en sí grande confianza en Dios y amor a los sufrimientos. De esto dependerá todo. La confianza y el amor a la cruz son los dos pilares, con los cuales se mantendrá en pie con tal firmeza que ni en las pruebas más graves ha de sucumbir a los lados flacos de su temperamento. La desgracia del melancólico está en que no lleva su cruz; siendo su salvación el aceptarla con gusto y alegría (no a la fuerza). Por lo cual, el melancólico debe tener mucho ante la consideración la divina Providencia, la bondad del Padre celestial, que envía las penas para nuestro bien, y abrigar asimismo una tierna devoción a la Pasión de Cristo y a la Madre dolorosa. 

   2.  Si le sobrevienen afectos de antipatía o simpatía, de desaliento, desconfianza, abatimiento, ha de resistir desde el principio, a fin de que estas malas impresiones no penetren demasiado en su alma. 

   3.  Al sentirse triste debe decirse siempre el melancólico: No está tan mal como te lo imaginas; ves las cosa demasiado negras. 

   4.  El melancólico debe estar siempre bien ocupado; para no dar tiempo a las cavilaciones. El trabajo asiduo lo supera todo.

   5.  El melancólico cultivará las buenas cualidades de su temperamento, en particular la inclinación a la vida interior y la compasión por las desgracias de los hombres; pero al mismo tiempo combatirá constantemente sus particularidades y lados flacos, indicados más arriba. 

   6.  Santa Teresa, en un capítulo especial sobre el tratamiento de melancólicos mal dispuestos dice: "Con muy poca atención se podrá ver que se inclinan de un modo particular a imponer su voluntad, a proferir todo lo que les viene a la mente, a detener la consideración en las faltas de otros, para ocultar las propias, y a buscar su satisfacción y su paz en su propio capricho". Santa Teresa señala aquí dos puntos en los cuales debe fijarse particularmente el melancólico en su autoeducación. Con mucha frecuencia está el melancólico tan excitado, tan lleno de amarguras y congojas, porque sus pensamientos no se ocupan sino en las faltas de los demás y porque todo lo quisiera según su voluntad y gusto. El melancólico puede caer en el mal humor y desaliento, cuando las cosas no marchan aún en las más mínimas pequeñeces, como él quisiera. Por lo cual pregúntese el melancólico siempre que se vea invadido de la tristeza: ¿No te has detenido nuevamente y en demasía en las faltas de tu prójimo? Deja hacer a los demás lo que quieran. ¿O no resultó tal vez tal o cual cosa según tu deseo y voluntad? Convéncete de una vez por todas de la verdad de las palabras de la Imitación de Cristo: ¿Por qué te turbas si no te sucede lo que quieres y deseas? ¿Quién es el que tiene todas las cosas a medida de su voluntad? Por cierto, ni yo, ni tu, ni hombre alguno sobre la tierra. Ningún hombre hay en el mundo sin tribulación o angustia, aunque sea rey o Papa. Pues ¿quién es el que está mejor? Ciertamente, el que puede padecer algo por Dios. (Im. I, 22). 

VII. De lo que hay que observar en el tratamiento y educación de un melancólico. 

   a) Hay que tratar de comprender al melancólico. Los melancólicos presentan muchos enigmas en su conducta para aquel que no conoce las propiedades del temperamento melancólico. Por consiguiente hay que estudiarlo y a la vez esforzarse por averiguar en qué forma se caracteriza en la persona interesada. Sin esos conocimientos se cometerán graves faltas en el trato con melancólicos. 

   b) Trátese de ganar la confianza del melancólico. Lo cual no es fácil, por cierto, y solo se logra dándole en todo buen ejemplo y buscando sinceramente su bien. Como se abre al brillo del sol un brote cerrado, así se abre el alma melancólica, cuando la alumbran los rayos solares de la bondad y de la caridad. 

   c) Alentar siempre al melancólico. 

   Reprensiones ásperas, brusquedad de trato y dureza de corazón le abaten y paralizan las fuerzas. Palabras atentas y alentadoras, paciencia sufrida y constante le dan ánimo y fortaleza. El melancólico se muestra muy agradecido por tal amabilidad. 

   d) Se debe exhortar al melancólico al trabajo; pero sin aplastarlo por eso.

   e) Como toman todo demasiado a pecho y trabajan mucho con sus sentimientos y corazón, están los melancólicos muy expuestos al peligro de debilitar sus nervios, por lo cual debe preocuparse que súbditos melancólicos no agoten completamente las fuerzas de sus nervios; pues gastados estos caerán en un estado lamentable de postración, y no se aliviarán sino con grandes dificultades.

   2.  También en la educación del niño melancólico hay que fijarse de tratarlo con afabilidad, de animarlo e impulsarlo al trabajo. Acostúmbresele además, a expresarse bien en sus conversaciones, a emplear bien sus sentidos y a cultivar la piedad. Es digno de especial atención el castigo del niño melancólico; pues los desaciertos tienen sobre todo en este punto funestas consecuencias, haciéndolo sobremanera terco y reservado. Por eso castíguesele con gran prudencia y bondad, evitando lo más posible las apariencias de injusticia. 

SANTORAL 1 DE DICIEMBRE


1 de diciembre


SAN ELOY
Obispo y Confesor
(659 P.C.)


Haga cada uno lo que les es propio, trabaje
con sus manos como lo hemos ordenado.
(1 Tesalonicenses, 4, 11).

   San Eloy, nacido cerca de Limoges hacia el año 590 fue, primeramente, orfebre. Hizo dos tronos para Clotario II con el oro destinado para uno solo y esta probidad le valió el puesto de platero del rey. Nombrado obispo de Noyon, en el año 640, nunca iba a la corte de Dagoberto sin haber orado, y un cortejo de pobres lo seguía. Sus austeridades, sus lágrimas, sus milagros y sus predicaciones sobre los cuatro fines del hombre convirtieron a una muchedumbre de idólatras. Murió en el año 659.
       

  MEDITACIÓN
SOBRE EL TRABAJO

   I. El hombre ha nacido para trabajar. Mandó Dios a Adán que cultivase la tierra, y nadie, sea cual fuese su posición, escapa a la ley del trabajo. Imita a Jesucristo que trabajaba con San José en el taller de Nazaret; es el medio para hacerte agradable a Dios, útil a los demás y a ti mismo. Quien trabaja, decían los Padres del desierto, no tiene para combatir sino al demonio de la ociosidad; el que está ocioso, es tentado por todos los otros demonios, porque la ociosidad es la madre de todos los vicios.

   II. Trabaja como hacia San Eloy, ofreciendo a Dios tu trabajo al comienzo del día y de cada una de tus acciones. De tiempo en tiempo renueva esta intención; si hay algo que sufrir, ofrécelo a Jesús crucificado. Terminada tu tarea, examínate y pide perdón a Dios por las faltas que hayas cometido: he aquí el medio para santificar tu trabajo y acumular méritos para la eternidad. Hazlo así en todas tus ocupaciones, tanto corporales como espirituales, sean las que fueren.

   III. No emprendas demasiadas cosas, el exceso de trabajo es tan contrario a la salud como la ociosidad. En efecto, traba tu espíritu con infinidad de afanes que ahogan la devoción y te privan de todo tiempo para pensar en Dios. Recuerda siempre que una sola cosa es necesaria: trabajar en tu salvación. ¿Cómo lo haces tú? Buscas las riquezas, y aunque mucho te hayas afanado, tal vez no las encontrarás; pero a Dios, lo encontrarás siempre que quieras. (San Agustín).

El recogimiento 
Orad por los que os gobiernan.

ORACIÓN

   Haced, oh Dios omnipotente, que la augusta solemnidad del bienaventurado Eloy, vuestro confesor pontífice, aumente en nosotros el espíritu de piedad y el deseo de la salvación. Por J. C. N. S. Amén.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

MILAGROS EUCARÍSTICOS

RAMILLETE DE ESPIGAS
Año 513, Seleucia Anatolia



Si maravillosa y sorprendente aparece la transubstanciación que, en virtud de la poderosa eficacia comunicada por Dios a las palabras del sacerdote, se verifica en la sacrosanta Eucaristía, convirtiendo la substancia del pan en el cuerpo y sangre de Cristo, no es menso admirable que las especies sacramentales en virtud de la omnipotente diestra del Altísimo, germinen y produzcan lozanas y exuberantes espigas de trigo, como de ello da testimonio la siguiente relación histórica:

Habitaba en Seleucia un rico comerciante, fanático hereje Severiano, aunque no hostil a la verdadera Iglesia Romana.

Entre los varios criados que le prestaban servicio había uno muy ferviente católico, que tomó en Jueves santo la Sagrada Comunión, y habiéndose llevado, como era costumbre en aquellos tiempos, otras santas formas, envueltas en blanco finísimo lienzo, las depositó en un armario para cuando quisiese comulgar o llevarlas consigo, caso de tener que emprender algún viaje.

Después de Pascua recibió la orden de ir a Constantinopla por cierto urgente negocio, y al ponerse en camino, olvidado por completo de los Sagrados Misterios, entregó la llave del armario a su dueño.

Al poco tiempo, como el hereje abriese el tan preciado mueble que a manera de Tabernáculo guardaba la Joya más rica de cielos y tierra, halló el inmaculado lienzo que envolvía las sacrosantas Hostias, y a su vista experimento una gran turbación de espíritu, no sabiendo que hacerse.  “Comulgar, decía entre sí mismo, me lo prohíbe la doctrina severiana que profeso; despreciarlas, no lo consiente mi corazón, porque todo lo que atañe a la Religión Católica merece  mi respeto… ¿Qué haré?...Las dejaré intactas hasta que mi siervo vuelva…quien, sin duda alguna, las recibirá en Comunión”.

Llego el día solemne de la Cena del Señor, y como el criado no hubiese vuelto todavía de su largo viaje, le pareció al dueño sería conveniente quemar aquellas antiguas Formas a fin de que no permanecieran por más tiempo encerradas; pero ¡oh prodigio!, al abrir el armario ve con asombro que habían germinado y producido un ramillete de hermosas y doradas espigas de trigo.

Atónito y espantado por tan grande maravilla, convoca al momento a todos sus domésticos y clamando “Señor, ten piedad de nosotros”, se dirigen en devotísima procesión a la iglesia para presentar las milagrosas espigas al santo obispo Dionisio, declarándole el portento sucedido visto de innumerables personas de todas las edades y condiciones; y mientras repetían “Señor, ten piedad de nosotros”, otros daban incesantes gracias a Dios por tan raro prodigio, que motivó la conversión de muchos a la fe ortodoxa.

(Baronius, Annales Ecclesiastici, tomo 6, pág 626, litt. b. c.)


SANTORAL 30 DE NOVIEMBRE


30 de noviembre


SAN ANDRÉS,
Apóstol



Líbreme Dios de gloriarme, sino en la cruz
de Nuestro Señor Jesucristo.
(Gálatas, 6,14).

   San Andrés, pescador de Betsaida en Galilea, hermano de Simón Pedro y, primero, discípulo de San Bautista, fue, después de la Ascensión, a predicar el Evangelio en Tracia, en Escitia y, después, en Orecia. Fue apresado bajo Nerón, azotado varias veces y por fin, condenado a morir crucificado. Regaló sus vestiduras al verdugo y, en cuanto vio la cruz, la abrazó exclamando: "¡Oh buena cruz, cuánto tiempo hace que te deseo!" Desde lo alto de ella predicó durante dos días el Evangelio a la multitud que presenciaba su suplicio.

MEDITACIÓN
SOBRE LA CRUZ 
DE SAN ANDRÉS

   I. San Andrés había deseado durante mucho tiempo la cruz, y había preparado su espíritu para recibirla. Imita esta santa previsión y prepárate para padecer valerosamente las más duras pruebas. Pide a Dios que te castigue según su beneplácito. Si te escucha, la cruz te será dulce; si no te escucha, no por eso quedarán sin recompensa tus buenos deseos. Di con San Andrés: Oh buena Cruz, oh Cruz por tanto tiempo deseada, sepárame de los hombres para devolverme a mi Maestro, a fin de que Aquél que me ha redimido por la cruz, me rectba por la cruz.

   II. San Andrés se alegró a la vista de su cruz porque debía morir como su divino Maestro. Cuando veas tú que se te aproximan la cruz y los sufrimientos, que este pensamiento te fortifique. Jesús ha padecido todos estos tormentos y mucho más crueles aun, para endulzarme su amargura. En lugar de imitar a este santo Apóstol, ¿no tiemblas tú, acaso, a la vista de las cruces y de las aflicciones?

  III. Considera que no es San Andrés quien lleva la cruz, sino la cruz la que lleva a San Andrés. Si llevas tú la cruz como él, ella te llevará, no te incomodará, te ayudará a evitar los peligros del mundo. Si no llevas tu cruz con alegría y buena voluntad, será preciso que la arrastres gimiendo. Nadie está exento de cruz en este mundo; siente menos su pesadez quien la lleva alegremente por amor a Dios. La cruz es un navío; nadie puede atravesar el mar del mundo si no es llevado por la cruz de Jesucristo. (San Agustín).

El amor a la Cruz 
Orad por la conversión de Inglaterra.

ORACIÓN

   Oíd nuestras humildes plegarias y concedednos, Señor, que el Apóstol San Andrés, que instruyó y gobernó a vuestra Iglesia, interceda continuamente por nosotros ante el trono de vuestra divina Majestad. Por J. C. N. S. Amén.

martes, 29 de noviembre de 2011

LA BELLEZA COMO TESTIMONIO DE LA EXISTENCIA DE DIOS...




Capitulo anterior: ver aquí

D.-  CUALIDADES DE LA COSA BELLA

            Santo Tomás enseña que «Ad pulchritudinem tria requiruntur. Primo quidem integritas, sive perfectio. Quæ enim diminuta sunt, hoc ipso turpia sunt. Et debita proportio, sive consonantia. Et iterum claritas. Unde quæ habent colorem nitidum, pulchra esse dicuntur» (I, q. 39, a. 8: Tres cosas se requieren para la belleza. Primeramente la integridad o perfección; porque las cosas a las que algo falta son por eso mismo feas. En segundo lugar se requiere la debida proporción o concordancia de partes. Y finalmente es necesaria la claridad. Por lo que aquellas cosas que poseen un color nítido, dícense hermosas).

            Si la Belleza deleita a la inteligencia es porque ella es esencialmente una cierta excelencia o perfección en la proporción de las cosas a la inteligencia. De ahí las tres condiciones que le asigna Santo Tomás: integridad, porque la inteligencia ama al ser; proporción, porque la inteligencia ama el orden y la unidad; brillo o claridad, porque la inteligencia ama la luz y la inteligibilidad.

            Para que la forma, realizada y como sumergida en las entrañas potenciales de la materia, sea y se presente como bella es preciso que no le falte nada de su ser o perfección, que se manifieste y refleje en toda su unidad en la proporción y armonía de sus partes, de tal modo que su perfección aparezca claramente en todo su esplendor.

            Ahora bien, si se tiene en cuenta que es la forma quien, determinando la materia, la organiza y la ordena, se verá la coincidencia entre el splendor formæ de Santo Tomás con el splendor ordinis de San Agustín: la Belleza ha sido señalada en su esencia misma por Santo Tomás, y en su manifestación sensible por San Agustín.

            Por eso, las cualidades que siempre acompañan a la cosa bella son el orden, la integridad, la proporción y la nitidez.

            Cuando la forma substancial ha logrado influir con eficacia en la potencialidad del sujeto material que la recibe, dicha forma fulgura en el orden, integridad, proporción y nitidez.

            La materia, debidamente asumida por la forma, empapada por el ser que ella actualiza, se transfigura en orden, integridad, proporción y nitidez; estas cuatro dotes son el verbo, la palabra, la expresión pronunciada por el esplendor de la forma substancial en la materia; no constituyen el esplendor propiamente dicho, pero sí su signo inmediato, fiel y adecuado.

            En lo que atañe a la Belleza no habrá orden si no es a la vez íntegro y proporcionado; asimismo, la integridad tendrá que ser ordenada y proporcionada, y la proporción ordenada e íntegra. Estas tres dotes son en realidad la luz de una misma unidad irradiándose en la variedad.

            El orden tiene prioridad lógica sobre las otras dos cualidades. El orden sigue de inmediato al esplendor de la forma; las otras son, en cambio, diversos aspectos del orden.


1º) Orden

            La razón profunda de por qué la inteligencia se prenda tanto de una cosa en estado de belleza es que ella manifiesta el orden que más arrebata a dicha facultad.

            El orden de lo bello no es un orden accidental, dependiente de un principio ordenador extrínseco, sino que consiste en el resplandor de un orden ontológico, debido a un principio substancial interno.

            En el caso de los seres materiales el principio ordenador es la perfección de la forma. Cuando se trata del arte, dicho principio es la idea ejemplar (que supone la inspiración), la cual influye mediante el operar humano en una materia, pero de tal manera que la obra se juzga bella cuando ese influjo rige, constante, la distribución y el carácter del todo y de las partes.

            La relación entre el principio ordenador y las cosas ordenadas es necesaria, íntima, constante y universal.

            Necesaria, puesto que no proporciona a las cosas ordenadas una mera denominación extrínseca, sino que el ser mismo de ellas está dependiendo de dicha relación interna.

            Intima, pues la índole de la materia es embeberse en el ser de la forma substancial sin tener otro que el que ella le otorga.

            Constante, ya que en cuanto cesa, la cosa se corrompe y perece.

            Universal, porque influye en todo sentido, rigiendo la distribución de las partes, las proporciones, las intenciones y los acentos.

            De la comunicación entre la idea ejemplar y la materia resulta una doble amistad en la cosa bella: una, de la esencia con cada parte; otra, de las diversas partes entre sí. Por eso, cuando la esencia de las cosas naturales o la idea en las obras de arte asisten por igual a todas las partes, se entabla entre ellas una fluidez de afinidades que llama las unas hacia las otras.

            Además de este orden inmanente de las cosas bellas existe el orden trascendente: no basta que la causa formal realice su virtualidad entitativa en la materia en distribución de partes; es necesaria la realización de su potencialidad con respecto al fin que embellecerá por la plenitud de su perfección.

            Toda cosa tiene belleza inmanente por su propio ser; más éste, a su vez, dice capacidad trascendente para colmarse en algo superior que no posee por sí. Por aptitud la cosa concurre a la unidad del ser necesario y eterno, el cual es saciedad definitiva de todo.

            La belleza en el orden inmanente se fundamenta en la Verdad; la que se debe al orden trascendente se asienta en el Bien.

            Lo normal sería que la belleza inmanente fuera una disposición para la trascendente.

            La naturaleza, las criaturas irracionales, cumplen el doble orden y la doble belleza.

            La criatura libre puede quebrar la relación entre uno y otro orden: al ostentarse como centro definitivo, como fin en sí de sí mismo y de las demás cosas, intenta imponer una gran mentira = cuando se cae en la contemplación de la propia belleza, se la pierde; el arte no hace excepción.

            En cambio, el orden y la belleza trascendente se puede dar sin la belleza inmanente: criaturas humanas destruidas, miserables, devastadas o perversas pueden estar encendidas en aspiraciones que exceden en mucho a su estado.


            Entre todas las cualidades que distinguen a la cosa bella, el orden sigue de manera inmediata al constitutivo formal de la belleza, es decir, al esplendor de la forma substancial. Tanto, que muchos filósofos le dan categoría de constitutivo y la describen diciendo que la Belleza consiste en el esplendor del orden.

            Esto es un error pues existen muchos órdenes eventuales, algunos de los cuales no carecen de brillo, motivados por principios externos a las cosas, que está lejos de engendrar belleza.

            El Rococó y el Barroco se fundamentan precisamente en este error: dieron importancia esencial al adorno; confundieron belleza con ornato; se volcaron en lo superfluo, en la decoración; consideraron a la elegancia como el mayor grado posible de belleza; se quedaron en un orden superficial, brillante y externo... Quedarse en lo bonito es lo común...


2º) Integridad

            Llamamos integridad al aspecto numérico material del orden. Es difícil precisar la integridad exigida por lo bello, especialmente tratándose de arte, en el cual desaparece por completo hasta el menor asomo de norma material.

            Lo que los antiguos decían de la belleza debe tomarse en el sentido más formal, cuidando de no materializar su pensamiento en alguna especificación demasiado estrecha.

            No hay una sola manera, sino muchísimas por las cuales puede realizarse la noción de integridad: la carencia de cabeza o de brazos es una falta muy apreciable en una mujer, y muy poco apreciable en una estatua; sólo se exige que eso sea justamente lo que hace falta en el caso dado.

            Sin embargo, la integridad es necesaria. Llegamos a la conclusión que la integridad rechaza los módulos extraídos de la anatomía y la física; los manifiesta arbitrarios y advenedizos. En cambio, revela la grande y ardua solución de que la belleza es siempre dinámica.

            Por eso, la integridad de lo bello no consiste en la presencia numérica de determinados elementos materiales, sino que ella estriba en la compensación de fuerzas intencionales que broten necesariamente de tal esencia o tal inspiración.

            Una línea, una mancha de color, no valen en un cuadro como presencias materiales, sino por la intencionalidad que entrañan; lo mismo en la escultura, tal volumen y tal hueco.

            Es difícil concebir esta cualidad de lo sensible. Para ello debemos evitar un exceso y un defecto: o pensar a la materia artística como una pura energía; o confundir la intencionalidad con la intención expresa del artista.

            Hay que tratar de distinguir entre materia e intención de la materia artística: las materias artísticas (línea, óleo, arpa) valen en arte por el caudal de belleza propia, en potencia con respecto a los propósitos y operar del hombre; el artista deberá compenetrarse del sentido propio de la materia para poder realizar una obra de arte acertada; ella sugiere al verdadero artista la mitad de la obra. Un gran artista no usa la materia, la actualiza.

            No importa la integridad física; lo que importa es que se dé una plenitud de intenciones equilibradas y conmensuradas por la esencia o la inspiración que se manifiesta.

            La Belleza no es, pues, la conformidad con un cierto tipo ideal e inmutable, en el sentido de que para percibir la belleza se deba descubrir por la visión de las ideas, a través de la envoltura material, la invisible esencia de las cosas y su tipo necesario.

            Para Santo Tomás hay Belleza en todos los casos en que la irradiación de una forma cualquiera sobre una materia convenientemente proporcionada viene a causar el bienestar de la inteligencia. Y tiene el cuidado de advertirnos que, en cierta manera, la Belleza es relativa: no con respecto a las disposiciones del sujeto, en el sentido en que entienden los modernos el término relatividad, sino con respecto a la naturaleza propia y al fin de la cosa, así como a las condiciones formales bajo las cuales se la toma.

            Santo Tomás dice: «La belleza, la salud y otras cosas así, se dicen en cierto modo respecto a algo; pues un determinado equilibrio de los humores, que hace la salud en el niño, no la hace en el anciano; y otra es la salud del león, que es muerte para el hombre. Por lo cual la salud consiste en la proporción de los humores con respecto a una determinada naturaleza. Y lo mismo la hermosura consiste en la proporción de los miembros y de los colores. Y por eso una es la hermosura de uno, y otra la de otro» (Comment. in Psalm., Ps. XLIV, 2).


            Existe otra integridad; la de la calidad sensible de tal materia artística. En este sentido, una mancha de color llama a otra mancha de color en magnitud y gradación compensativa; un volumen a otro volumen hueco.

            La integridad nunca falta en la naturaleza; una verdadera sabiduría la regula. La naturaleza es fluida, inagotable, desbordada, purísima; los juegos de compensaciones son en ella cambiantes y ágiles.

            Este es uno de los puntos que pone a prueba al artista, pues es regulación que se logra en el instante mismo de la ejecución final de la obra; por consiguiente, se obtiene por un agudo ejercicio de la virtud de arte, mediante el empleo a fondo de la intuición y la sensibilidad.


3º) Proporción

            Resulta arduo definir el concepto de proporción y, sin embargo, es uno de los más necesarios y universales: se la define diciendo que consiste en aquel modo de ser o aspecto idéntico en entidades distintas, por el cual todas ellas tienen algo de común y dicen referencia a una unidad.

            Proporción es el aspecto formal del orden, es decir, la relación misma que une a la esencia con las partes y a las partes entre sí.

            Por la integridad, la esencia (o la inspiración artística) despliega su virtualidad en una totalidad de partes; por la proporción, esa misma esencia o inspiración está en cada una de ellas: el todo anima a cada parte; la unidad corre internamente de una en otra.


            Lo que hemos dicho sobre la integridad vale también para la proporción: se diversifica según los objetos y según los fines. La buena proporción del hombre no es la del niño; las figuras construidas según el canon griego o el canon egipcio están perfectamente proporcionadas en su género; pero los hombrecitos de Rouault también están perfectamente proporcionados en su género.

            Las proporciones bellas son ante todo ontológicas: lo que fundamentalmente importa es la consonancia de las partes en un ser que necesite, sin lugar a dudas, de esas partes como expansión de su riqueza entitativa. La Verdad debe sustentar a la belleza. En cambio, muchas veces se usa la proporción para encubrir miserias entitativas; así procedió el barroco, el rococó y el romanticismo.

            Pero la proporcionalidad ontológica no basta. La belleza no se da en lo abstracto sino en el campo de los existentes: esa presencia de una esencia ha de traducir sus notas propias según número y medida. Estas proporciones matemáticas no hacen bella a la cosa, sino que suponen la presencia de una luz ontológica interna que las reclama.

            Las proporciones anatómicas y las artísticas no son las mismas: la obra de arte necesita que la proporción resulte de la conjunción de los elementos que le son realmente propios, es decir, la inspiración, la materia artística (incluyendo las figuras) y el plano artístico o volumen (ya se trate de la pintura, el bajo-relieve o la estatuaria).


            Integridad y Proporción no tienen ninguna significación absoluta, y deben entenderse únicamente en relación al fin de la obra, fin éste que no es otro que el hacer resplandecer una forma en la materia.

            Observemos que las condiciones de lo bello están mucho más estrictamente determinadas en la naturaleza que en el arte, dado que el fin de los seres naturales y el esplendor formal que puede resplandecer en ellos están mucho más determinados.

            En la naturaleza hay ciertamente un tipo perfecto de las proporciones del cuerpo humano, porque el fin natural del organismo humano es algo fijo e invariablemente determinado.

            Pero como la belleza de la obra de arte no es la del objeto representado, la pintura y la escultura no están obligadas a la determinación y a la imitación del tal tipo.


División de las proporciones:

a) Simetría: consiste en la equilibrada oposición de los iguales. La proporción se debe encontrar, no entre miembro y miembro, sino entre simetría y simetría. Es cosa muy sabida que la simetría exacta no existe en la naturaleza; en realidad no hay en ella oposición de iguales, sino de semejantes; se compensan sin repetirse.

b) Ritmo: es la proporción de movimientos distintos en tiempos iguales. Da congruencia a los diversos elementos de la palabra, la poesía y la música. La materia propia del ritmo es el movimiento.

c) Armonía: es el equilibrio de los opuestos. Mientras el ritmo es la bella proporción de los movimientos según una unidad de tiempo; la armonía lo es de diversas extensiones según una unidad de espacio.

            Esta ley de relaciones y enlaces permite que la variedad de las criaturas se convierta en universo. Mas no basta el encuentro de los opuestos: la armonía estará en aquel punto y grado en que uno diga necesaria y exactamente vocación por el otro; cuanto más fuerte sea el llamamiento tanto más intensa será la manifestación de la belleza.

            Para que una obra encuentre su punto tiene que haber una fusión armónica substancial y otra derivada material.

            La armonía esencial o interna exige que tres realidades distintas se fundan y proyecten en lo concreto como una realidad única: el espíritu del artista, los elementos naturales asumidos por el mismo y el material artístico.

            Llamamos inspiración a la unidad que ellos tres encuentran en la luz operante del entendimiento práctico del artista.

            La armonía material externa, debe fluir de la substancial, prestando apoyo al libre juego de la inspiración para consumar en el plano o en el volumen la unión comenzada en la comprensión y la inspiración: el «mundo» de la obra de arte plástica es el plano o el volumen, y no el universo real. Las figuras y detalles son propiedades del plano o del volumen donde se desenvuelven, y no de la realidad natural; por ese motivo, sus relaciones mutuas deben ser regidas por dichos figuras y detalles.


            Aunque la música es ante todo movimiento, resulta legítimo encontrar en ella no sólo ritmo sino también armonía. Esta cuida de las relaciones verticales de dos o más líneas de sonidos que se desenvuelven simultáneas en una misma composición. Por consiguiente, la mide en sentido estático, no dinámico.



4º) Nitidez

            La cuarta de las cualidades de lo bello es la resultante de las tres anteriores; la que se refiere inmediatamente a la manifestación del esplendor de la forma y a su aprehensión por parte de la inteligencia; en una palabra, es la dote intelectual por excelencia.

            Cuando una cosa emerge bien diferenciada en medio de la variedad de las criaturas, sin indisposiciones de la materia ni contaminaciones con otras especies, se presenta nítida, cumple con su definición, es bella. Entonces, la inteligencia se prenda; vislumbra allí la luz entitativa y calma su sed por ella.

            El acto de aprehensión de la Belleza es muy simple: es del ser en cuanto presencia, en cuanto unidad radiante y difusiva.


            Una notable paradoja caracteriza a lo bello: su radiante evidencia no es eficaz para engendrar en el entendimiento la correlativa certeza; lo cual explica que la nitidez necesaria a la Belleza no significa claridad = la oscuridad, el misterio, la sugerencia son irradiaciones de lo bello donde los verdaderos artistas navegan a su gusto.

            La oscuridad es compatible con la belleza de la forma revelada en el arte; es más, todo arte de profunda inspiración es, en parte, casi necesariamente oscuro.

            Las palabras claridad, luz, nitidez, inteligibilidad, que empleamos para caracterizar la función de la forma, no designan necesariamente algo claro, luminoso, nítido e inteligible para nosotros, sino más bien algo claro, luminoso, nítido e inteligible en sí, y que suele ser frecuentemente lo queda oscuro a nuestros ojos, ya sea por causa de la materia en que la forma está inmersa, ya sea por la trascendencia de la misma forma para las cosas del espíritu.

            Describir lo bello por el brillo de la forma, es describirlo al mismo tiempo por el brillo del misterio.

            Es un contrasentido cartesiano reducir la claridad en sí a la claridad para nosotros. En arte, este contrasentido produce el academismo, y nos condena a una belleza tan pobre que no puede irradiar en el alma sino el más mezquino de los goces.

            Tal noción de la oscuridad de la forma bella, se pone de manifiesto sobre todo cuando se trata de aprehender o expresar una belleza puramente inmaterial.


            Por consiguiente, lo propiamente contrario a la nitidez es lo confuso, lo dudoso y lo ambiguo, en una palabra, la materia no asistida por la proporcional esencia o inspiración.


5º) Indivisibilidad

            Corre la idea de que existen diversos géneros de Belleza. El lenguaje común y la crítica artística vulgar hablan de una belleza física o corporal y de otra espiritual o ideal. Tal concepción brota de la apreciación de lo sensible, de quedarse en lo agradable, no en lo bello.

            La Belleza es simple y siempre la misma: luz del ser que puede manifestarse en un cuerpo, en un ángel, en una acción; en el destello de una mirada, de un gesto, de un sonido.

            Como hemos visto, la Belleza es el ser en gloria, donde ser e inteligencia parecen atisbarse. La Belleza no se diversifica porque tampoco se diversifica la facultad a la cual atañe. Su aprehensión es muy simple: un acto de la inteligencia en la presencia de un ser concreto, mediante lo sentidos.




SANTORAL 29 DE NOVIEMBRE



SAN SATURNINO,
Mártir



Los hijos de este siglo son más sagaces,
en sus negocios, que los hijos de la luz.
(Lucas, 16, 8).

   San Saturnino fue detenido y arrojado en una prisión durante la persecución de Diocleciano. Después de haber sufrido mucho en su mazmorra, fue sacado de ella para ser extendido en el potro; pero como las torturas ordinarias no podían doblegarlo a sacrificar a los dioses, le machucaron el cuerpo a bastonazos y le quemaron los costados con antorchas ardientes. Por fin fue decapitado junto con el diácono Sisino, y sus cuerpos fueron enterrados a dos millas de Roma, en la vía Salariana, el año 309.

MEDITACIÓN
SOBRE LA VERDADERA
PRUDENCIA DEL CRISTIANO

   I. La verdadera prudencia del cristiano consiste en regular la vida según las máximas del Evangelio; hay que mirar las cosas de este mundo con los ojos de la fe. El hombre político, el médico, el orador si- guen las reglas de su respectivo arte: iSólo el cris- tiano quiere hacer profesión de cristianIsmo sin ob- servar sus preceptos! Se declara discípulo del Evangelio no obstante vivir una vida contraria al Evangeio. Leen el Evangelio y se entregan a la impureza; se dicen discípulos de una ley santa y llevan una vida criminal. (Salviano).

   II. ¿De qué proviene que no obremos según las máximas del Cielo? Es que no meditamos lo suficiente. ¿Podríamos acaso amar las riquezas y los placeres, si pensásemos seriamente en la muerte que está próxima, en el juicio que le sigue, en la eternidad de dicha o de infelicidad que será nuestra herencia?

   III. Sería menester meditar cada día una verdad del Evangelio y elegir una de ellas en particular con la que entretuviésemos nuestra alma, que fuera como nuestro lema y nuestro grito de guerra en nuestra lucha contra el demonio. Los santos tuvieron su divisa particular, San Francisco: Mi Dios y mi todo; Santa Teresa: O padecer o morir; San Ignacio de Loyola: A la mayor gloria de Dios; el cardenal de Bérulle: Nada mortal para un corazón inmortal. Siguiendo el ejemplo de estos grandes hombres, elige en la Escritura o en los Padres una palabra y no la pierdas de vista. ¿De qué sirve al hombre ganar todo el universo, si llega a perder su alma?

El deseo de la sabiduría 
Orad por los prisioneros.

ORACIÓN

   Oh Dios, que nos concedéis la alegría de celebrar el nacimiento al cielo del bienaventurado Saturnino, vuestro mártir, concedednos la gracia de ser asistidos por sus méritos. Por J. C. N. S. Amén.