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martes, 24 de enero de 2012

SANTORAL 24 DE ENERO


  • Nuestra Señora de la Paz, Patrona de El Salvador
  • San Timoteo, Obispo y Mártir
  • San Babilas o Babil Obispo de Antioquía, Mártir
  • San Feliciano, Obispo de Foligno, Mártir
  • San Macedonio, Anacoreta
  • San Surano, Abad
  • Beato Marcolino de Forli, Monje Dominico



24 de enero


SAN TIMOTEO,
Obispo y Mártir



Predica la palabra de Dios, 
insiste con ocasión y sin ella,
reprende, ruega, exhorta con toda
paciencia y doctrina.
(2 Timoteo, 4, 2).

   He aquí un obrero apostólico formado por la mano de San Pablo: es Timoteo, su discípulo, su coadjutor en la predicación del Evangelio, el heredero de su celo y el imitador de sus virtudes. Fue masacrado por reprender a los gentiles sus insensatas supersticiones. ¡Gran santo, inspíranos el espíritu del Apóstol de las gentes; enséñanos a santificarnos y a convertir a los demás!

  MEDITACIÓN
SOBRE LOS TRES EFECTOS
DEL CELO POR LAS ALMAS   

   I. Aunque no todos los cristianos sean apóstoles, deben con todo tener celo por la salvación del prójimo(1). Pero a fin de que ese celo esté bien ordenado, cada uno debe comenzar por convertirse a sí mismo. Tú tienes celo por la conversión de tus parientes, de tus amigos, de tus servidores; les adviertes caritativamente sus faltas; este celo es digno de alabanza, pero, si no te adviertes a ti mismo, es in discreto; mira si no tienes los defectos que reprochas a los demás.

   II. Contribuye todo lo que puedas, con tus pa labras, a la salvación de los demás. Jesucristo no tuvo a menos conversar con los niñitos, ni con la Samaritana, para mostrarles el camino del cielo. Una buena palabra que digas a ese pariente, a ese amigo, a ese servidor, ganará su alma para Dios. Jesucristo ha derramado toda su sangre para rescatar esa alma, ¿y tú no quieres decir una palabra para impedir que se condene? ¿Dónde está tu caridad?

   III. ¿Quieres ser un verdadero apóstol? Predica con tus actos. Lleva una vida ejemplar, más con moverás cuando te vean, que oyendo al más famoso de los predicadores; tu modestia detendrá aun a los más libertinos. ¿Cuántas ocasiones de trabajar por el prójimo dejas escapar? Es seguro, dice San Gregorio, que Dios te pedirá cuenta del alma de tu prójimo, si descuidas trabajar en su salvación en la medida en que lo puedas.

El celo por las almas 
Ruega por los eclesiásticos.

ORACIÓN

      Dios todopoderoso, ved cómo pesa sobre nosotros la carga de nuestras propias obras, y fortificad nos por medio de la gloriosa intercesión de San Timoteo, vuestro mártir y pontífice.   Por N. S. J. C. Amén.

lunes, 23 de enero de 2012

AMOR Y FELICIDAD


Pablo Eugenio Charbonneau

Noviazgo
y
Felicidad



VI
Vuestro cuerpo y vuestro amor




Capitulo anterior: ver aquí
La prueba del amor
A estas consideraciones se puede añadir también que la pureza se presenta como la prueba del amor. Es fácil la confusión entre el verdadero amor y todas las falsificaciones de éste. Ahora bien, lo peculiar de la virtud de pureza es precisamente efectuar una división entre lo que proviene propiamente del amor y lo que proviene más bien de la pasión carnal. Hemos subrayado ya el peligro de confusión que hay en esta materia, por el hecho de que todo amor implica una resonancia carnal, mientras que la inversa no es necesariamente cierta. En ese punto precisamente interviene la pureza, revelando la naturaleza del verdadero sentimiento que atrae dos seres el uno hacia el otro. Si se trata de la trivial aventura de dos cuerpos que se buscan: entonces se cederá a los impulsos del instinto sin tomarse el trabajo de luchar, por poco que sea, para elevarse más allá de un falso amor que es tan sólo una promiscuidad sexual velada. Si se trata, por el contrario, de un verdadero amor: se intentará entonces dominar los movimientos del apetito sexual y subyugarlos en nombre de un bien superior. En tal caso, incluso si hay caída, la lucha se mantiene enérgica y tendrá que acabar en una liberación del espíritu. El amor queda en cierto modo purificado, y se tiene la certeza de que los lazos que atan el uno al otro no son exclusivamente los de la carne, sino ante todo los del espíritu. En esta certeza se basa, al mismo tiempo que el gozo de ser amado, la garantía de lo inquebrantable del matrimonio.

Fundamento de la confianza mutua, fuente principal del dominio de sí, prueba del amor: así aparece la virtud de pureza aplicada a los novios. ¿Quién no ve, desde ese momento mismo, el imperativo importante que representa? Hasta tal punto que se puede afirmar sin exageración alguna, que quienquiera que pretenda menospreciarlo, verá, tarde o temprano, fenecer su amor. No se puede edificar un matrimonio sobre el desprecio de lo sexual, y esto es precisamente lo que hacen quienes se niegan, con el pretexto que sea, a mantenerse castos en su amor. La pureza, en este sentido, no es realmente facultativa. Se impone como una necesidad.

4. Posibilidad y condiciones de la pureza


Esta necesidad y el papel primordial que la pureza está llamada a desempeñar en la preparación inmediata al matrimonio, son demasiado evidentes para que una pareja reflexiva no se detenga en ellos. Ocurre, sin embargo, que después de haber visto su importancia y admitido su necesidad, se retroceda ante los sacrificios que impone. Se recurre entonces a una disculpa demasiado fácil: la de la imposibilidad que existe para los jóvenes de nuestra época, de vivir su amor en un clima tal de pureza. Y se inventan entonces mil pretextos que intentan eludir todos los compromisos.

En respuesta a esto, basta mencionar el hecho indiscutible de tantos y tantos novios que, pese a todas las circunstancias, contra viento y marea, se mantienen firmes, y logran alcanzar contra ellos mismos y contra todas las corrientes que se coaligan para vencerlos, esta admirable victoria que significa un noviazgo de pureza. ¿Por qué, pues, lo que es posible para unos ha de ser imposible para otros? Substancialmente, se puede creer que todos se enfrentan con los mismos problemas, hasta cuando para algunos, ciertas circunstancias difieren y hacen la lucha más azarosa. Además, todos tienen a su disposición la gracia de Dios y la fuerza de su amor. Se trata, pues, de convencerse de que allí donde otras han triunfado, todos pueden triunfar. Esta convicción desempeña un importante papel en el resultado de semejante lucha. En efecto, quienquiera que la entable con la idea preconcebida de que le es imposible triunfar, capitulará desde los primeros choques y quedará abatido por un desaliento peligroso. Cada pareja de novios debe creer en ella; debe tener la inquebrantable convicción, cualesquiera que sean sus dificultades y sus fracasos, de que lo mismo que otra cualquiera puede alcanzar esa cima del amor que es la pureza. Pues de otro modo sería la decadencia y el derrumbamiento de todo ideal de vida. Ahora bien, lo que valga el ideal de quienes se aman, es lo que valdrá su amor. Para mantener éste en buena salud, tienen, pues, el deber de hacer que conserve una gran dosis de ideal, a lo cual se aplicarán fomentando la convicción de que pueden conseguir depurar su afecto, si saben perseverar sin retroceder.

Una vez adquirida esta convicción y sólidamente aferrada al espíritu del uno y del otro, se dedicarán a determinar las condiciones prácticas en las cuales será realizable su victoria. Entre éstas, algunas corresponden al joven y otras a la muchacha.
La parte del joven
Al joven, primeramente. Estando a punto de señalar las condiciones que harán posible la castidad del joven novio, ¿no es necesario ante todo eliminar ciertos prejuicios tan difundidos según los cuales es imposible, e incluso perjudicial para el joven, practicar la castidad? Con frecuencia se escudan en testimonios seudomédicos, que además son falsamente alegados o mal interpretados. Éstos no son más que burdos pretextos a los que no se les puede conceder ningún valor. En fecha todavía reciente, una de las celebridades médicas contemporáneas, el doctor Cossa, jefe del servicio psiquiátrico de los hospitales de Niza, refutaba magistralmente esas alegaciones. Respondiendo de modo sistemático a las preguntas: ¿Puede el hombre abstenerse de la actividad sexual? ¿Puede hacerlo sin inconveniente? ¿Es deseable que se abstenga de ella?, el doctor afirmaba, en conclusión, y de una manera que desbarata todas las objeciones, la conveniencia de la castidad masculina [1]. Y deteniéndose, después de él, en el análisis de ese problema, el doctor Robert-Henri Barbe, afirmaba: «Desde el ángulo medicopsicológico que nos interesa, no se ha repetido lo suficiente la posibilidad y la inocuidad de la castidad masculina bien entendida» [2]. Conviene además afirmar, añadía, que es oportuna. A estos testimonios, ya bastante explícitas por sí mismos, añadiremos este otro que barre de golpe todos los sofismas acumulados sobre el tema: «La práctica de la castidad no ha hecho enfermar ni enloquecer a nadie: es, por el contrario, un poderoso elemento de equilibrio para quien sabe vivirla en su plenitud» [3].

Por tanto, sería inoportuno buscar pretextos para justificar los extravíos a los que tantos hombres se entregan. Lo mismo que la mujer, el hombre puede y debe mantenerse casto. Para conseguirlo, tiene que someterse a ciertas condiciones. Entre otras cosas, el joven debe, ante todo, revisar su concepto de la mujer. Por desgracia, sucede en efecto que la idea que de ella difunden el cine y una buena parte de la literatura contemporánea no está en conformidad con lo que ella debería ser. ¡Cuántos, para quienes la mujer es ante todo una «despertadora de deseos», no ven en ella más que el instrumento requerido para satisfacer sus pasiones desequilibradas! Detrás de las medias sonrisas y de las miradas de reojo, se cultivan falsos reflejos de tal modo que, llegado el momento de elegir esposa, arrastran a su zaga ese triste bagaje del que no logran ya desprenderse. Ahora bien, es esencial que su concepto de la mujer lleve al hombre a ver en ella, no un ser que codiciar sino un ser que respetar, a amarla tal vez por su belleza, pero mucho más por su bondad, por el impulso hacia el bien que lleva ella dentro, por su fineza interior que aportará al hombre ese complemento de alma que él necesita. Considerarla como su compañera ante Dios, la que le ayudará a ir hacia Él, pidiéndole a cambio su propio apoyo. Considerarla también como madre de sus hijos, la que será en el hogar fuente de vida y corazón de la alegría. En suma, recogiendo la magnífica idea de Gina Lombroso, volverse hacia la mujer como hacia «la que es esencialmente madre, aquella en quien el amor habla más alto que la ambición, la que necesita encontrar un apoyo y darlo a su vez, la que tiene sed de ser amada y de amar ella también». A menos de alimentar en él tan elevado concepto de ella, el hombre no podría ser digno de la mujer y su amor se reduciría a no ser más que una triste toma de posesión al nivel de la carne.

En el mismo sentido, el joven debe habituarse a la idea de que sus bruscos arrebatos, que son fruto de la pasión en él y que rugen cada vez que el deseo asciende, pueden llevarle a herir de modo irremediable la delicadeza de su novia. Es muy crecido el número de las que entran en el estado matrimonial ocultando tras su máscara sonriente un auténtico temor.

En numerosos casos, éste proviene de unas relaciones ambiguas, debidas al hecho de esa violencia incontrolada que han percibido en el hombre. Se sienten deseadas más que amadas, lo cual no puede sino engendrar en ellas una inquietud desgraciadamente justificada. Que el hombre aprenda a amar y a manifestar su amor sin dejarse turbar por los impulsos equívocos de su potencia sexual, porque no hay otro medio de evitar a la joven novia las torturas de una angustia que, con toda evidencia, permanece siempre secreta. Que él des pliegue, pues, toda su energía para evitar el dejarse deslizar y llegar a tomar por anticipado el don total del mañana. Porque hay cosas que no se rompen más que una vez; después no queda más que llorarlas. Tal es, con respecto al joven, la imagen de él que lleva dentro su novia. No hay más que una primera noche, que debería estar marcada por el amor más tierno, más delicado, más generoso. ¿Por qué, al anticiparla, marcarla con el recuerdo indeleble del egoísmo, de la violencia, del daño y de la tristeza? ¿Por qué ofrecer a la novia esa entrada deprimente y desesperante en el mundo del amor, que debería ser confortante y bello? ¿Por qué exigir de ella hoy lo que no tiene ella derecho a entregar hasta mañana? Acaso consentirá ella, a fuerza de circunloquios y con frecuencia por temor a perder al hombre a quien ama, a la infamia de entregarse demasiado pronto; pero conservará siempre de ello una amargura profunda porque creerá haber pagado su amor con su carne. Y no podría haber para ella un recuerdo más penoso.
La parte de la muchacha
Queda ahora por recordar a la muchacha que ella tiene también su parte que realizar en esta lucha tan difícil. Lo primero que hace falta es que ella comprenda a su novio. Que sepa que en él, debido a su propia constitución fisiológica, puede haber a ciertas horas un deseo carnal de una gran violencia sin que por eso el novio sea malo. Paga él simplemente entonces el rescate de su sexo, una de cuyas características es precisamente esta sensibilidad sexual intensa y a menudo tan difícil de vencer. Cuando la muchacha perciba en su pareja un ardor que le parezca sospechoso, que se guarde mucho de juzgarle por ese solo signo, y de situarle entonces entre las bestias. Tal juicio sería injusto. Que se guarde también de rechazarle entonces neciamente, y que sepa disimular la firmeza de su negativa con una delicadeza que su novio le agradecerá infinitamente. La brusquedad, en tales circunstancias, no puede conducir más que al desacuerdo.

La mejor baza de la mujer, en este terreno, será la prudencia. A este respecto, diremos además, que con frecuencia la mujer carece de ella. Entregándose a una coquetería a la cual la inclina espontáneamente su feminidad, cultivando de un modo inconsciente su afán de agradar y de seducir, sucede que, sin darse cuenta, la muchacha llegue a mostrarse provocadora. Es un desastre el que prepara entonces, porque el hombre, estimulado en su natural violencia por un despliegue de artificios harto eficaces, llegará a no poder resistir más. Sin saberlo quizá, pero de una manera cierta, la muchacha le habrá conducido entonces a las puertas de la exasperación.

Para evitar una situación tan peligrosa, que la novia sea muy prudente en su manera de vestir, en su manera de expresar su ternura, en las manifestaciones de su poder femenino. En este terreno no está permitida ninguna inconsciencia, y no sería una disculpa alegar la ignorancia.

Pero una vez asegurada esta colaboración por su parte, una vez bien utilizada esta prudencia comprensiva, que se arme de una gran firmeza. Pudiera ocurrir que, bajo la impresión de una negativa, aunque ésta sea hábil, el joven impulsado por su fogosidad proteste; pero una vez restablecida la calma sentirá más estimación, más confianza, más respeto e infinitamente más amor. No hay camino más seguro para engendrar el respeto del hombre que el autorrespeto que muestra la mujer en semejante ocasión. Sólo al precio de esta amable firmeza la mujer se engrandecerá en el corazón de su novio.
La norma: un esfuerzo conjunto
Finalmente, como última norma en esta materia: sabrán darse la mano para elaborar entre los dos una estrategia de la prudencia. Unos novios deben comprender que les resulta imposible resolver ese problema si no se aplican a ello conjuntamente. Por eso no deben temer el hablar juntos a este respecto a fin de analizar la situación concreta. Se quejan a menudo de estar siempre luchando con una eterna repetición. Se adoptan grandes y hermosas resoluciones que se olvidan en seguida. Lo malo de esas resoluciones es que son con frecuencia demasiado vagas. No se ciñen a la realidad y, por ello, se vienen abajo en seguida.

Es preciso, por tanto, que la pareja, con un esfuerzo leal e intransigente, determine el camino a seguir para eliminar las ocasiones que provocan generalmente sus fracasos. No es necesario crearse dificultades; una pareja que se detenga a analizar su comportamiento habitual encontrará muy pronto sus puntos débiles. Una revisión sistemática e inexorable, efectuada conjuntamente por el novio y la novia, tendrá sin duda como resultado el revelar las brechas por donde se infiltra el mal. Determinar en suma lo que pueden permitirse y lo que deben evitar… aunque «en sí» no sea un mal.

No existe sobre este tema un código al cual pueda uno atenerse con certeza; sería pueril querer redactarlo. Verdad es que hay ciertos límites precisos que no está nunca permitido rebasar. Pero hay otros que pueden imponerse a una pareja mientras que no se imponen a otra. Por eso cada pareja de novios debe aplicarse a trazar el camino que le sea apropiado a fin de evitar el verse, tarde o temprano, empujados ante un muro prohibido.

En caso de duda, téngase como un deber el consultar humilde y simplemente a un confesor, cuidando de exponerle los antecedentes verdaderos de la situación y con quien se podrán discutir las actitudes generales que deben adoptarse. Con frecuencia, este simple paso, prenda de honradez y de buena voluntad, traerá por sí solo gracias innumerables de las que se beneficiará la pareja en sumo grado.

¿No será éste, además, el mejor medio de asegurar la perseverancia y la continuidad del esfuerzo? Porque hay que tener muy en cuenta esta realidad: los mejores quedan muchas veces destrozados en sus esfuerzos hacia el bien. No hay que vacilar nunca en acudir entonces a la misericordia divina; ésta es inagotable, como nuestra miseria y nuestra flaqueza. Por eso, no hay que abstenerse de hacerlo con el pretexto de que se teme abusar o mostrar una falta de lealtad. Ciertamente, no se trata de coleccionar absoluciones sin tomarse el trabajo de mejorar la situación; sería ridículo e indecoroso. Pero quien quiere hacer un verdadero esfuerzo y se obliga a no ceder, debe buscar el perdón de Dios, cuando ha habido extravío.

Lo que Dios espera de nosotros, siempre y en todo terreno, no es que triunfemos fácilmente y en el acto, sino que luchemos tenazmente, aunque la derrota ocasional haya de ser el resultado desalentador de esa perseverancia. Que se guarden en esto de incurrir en exámenes de conciencia enfermizos y de insistir machaconamente sobre sus culpas. Que sepan olvidar sus pecados como Dios mismo los olvida, sin aferrarse a ellos con desesperación. Hay que escuchar las palabras de Péguy:

Vuestros pecados, ¿son acaso tan preciados que haya que catalogarlos y clasificarlos
Y registrarlos y alinearlos sobre mesas de piedra
Y grabarlos y contarlos y calcularlos y compulsarlos
Y recopilarlos y revisarlos y repasarlos
Y enumerarlos y culparos de ellos eternamente
Y conmemorarlos con no se sabe qué clase de piedad? [4].

Desde el momento en que unos novios están verdaderamente decididos a realizar el esfuerzo, desde el momento en que no se niegan a sacrificarse para mantener su amor en ese saludable clima de pureza que les servirá para lograr la felicidad, que se vuelvan hacia Dios con tanta frecuencia como la que mostraron en apartarse de Él; extraerán de Él una fuerza nueva y esa gran paz que proporciona el pensamiento de un ayer olvidado y de un mañana naciente. A todas las parejas de novios que luchan por conservar el esplendor de su amor, cualesquiera que hayan sida los fracasos, les está permitido repetir las palabras que el poeta de la misericordia presta a Dios:

La jornada de ayer está cumplida, hijo mío, piensa en la de mañana,
Y en tu salvación, que está al término de la jornada de mañana.
Para ayer, es demasiado tarde. Mas para mañana, no es demasiado tarde [5].







[1] «Bulletin de la Société médicale de Saint-Luc», 1947, n.º 8, p. 195-209.
[2] Robert-Henri Barbe, o.c., p. 107.
[3] Dr. Fabienne Signoud, Aspects médicopsychologiques de la chasteté féminine dans le célibat et le mariage, en Médecine et Sexualité, Spes, París 1950, p. 139.
[4] Charles Péguy, Le mystère des Saints Innocents, en Œuvres Poétiques complètes, Gallimard (Pléiade), París 1954, p. 326.
[5] Ibíd., p. 329.

SANTORAL 23 DE ENERO



23 de enero


SAN RAIMUNDO DE PEÑAFORT,
Confesor



Sé fiel hasta la muerte, y te daré la corona de la vida.
(Apoc., 2, 10).

   Este santo empleó una gran parte de su vida en la conversión de los sarracenos. Dios bendijo sus esfuerzos: en 1256 escribía el santo al general de su orden que diez mil sarracenos habían recibido el bautismo. Obró gran número de milagros. Como se le rehusase un navío para pasar de la isla de Mallorca a Barcelona, extendió su manto sobre las olas y re corrió así un trayecto de sesenta lenguas. Murió a los cien años de edad, el 6 de enero de 1275.

  MEDITACIÓN
NUESTRA VIDA
ES UNA NAVEGAClÓN   

   I. El mundo es como un dilatado mar, nuestra vida es su travesía. Para arribar felizmente al puerto, es menester imitar a los pilotos, que ni miran el mar, ni la tierra, sino solamente el cielo. Así, durante todo el curso de tu vida, dirige tus miradas hacia lo alto: no consideres sino el cielo. Que tu amor y tu esperanza estén en el cielo: pídele valor, espera de él tu recompensa; que tu esperanza toda provenga de lo alto. (San Agustín).

   II. Se está expuesto en el mar a las calmas y las tempestades, a los escollos, a los piratas y a otros mil peligros; pero se los evita, ora por la pe ricia del piloto, ora por los socorros del cielo. Nuestra vida es una mezcla de bienes y de males, de alegrías y de tristezas; tiene sus momentos de calma y sus días de tempestad; el demonio, nuestros enemigos, la carne, las pasiones, son para nuestra alma como rocas y escollos; los evitaremos sin embargo si imploramos el auxilio de Dios, y si seguimos los consejos de un director espiritual prudente y sabio.

   III. La muerte es el puerto a que debemos arribar. A veces la nave naufraga en el puerto, otras da con playas cuyos habitantes son más peligrosos que los escollos y tempestades. ¡Ay! estamos en esta mar sin saber a ciencia cierta a qué puerto arribaremos; sin embargo, vivamos bien y no temeremos la muerte. Aquél que no quiere ir a Jesús, ése sólo debe temer la muerte. (San Cipriano).

El pensamiento del paraíso  
Orad por los navegantes.

ORACIÓN

      Oh Dios, que habéis elegido al bienaventurado Raimundo para hacer de él un ministro ilustre del sacramento del bautismo, y que le habéis hecho atravesar milagrosamente las aguas del mar, conceded nos, por su intercesión, la gracia de que produzcamos frutos de penitencia y lleguemos un día al puerto de la salvación eterna.  Por N. S. J. C. Amén.

domingo, 22 de enero de 2012

SERMÓN PARA EL TERCER DOMINGO DE EPIFANÍA

TERCER DOMINGO DE EPIFANÍA


Visto en: Radio Cristiandad

Y habiendo bajado del monte, le siguieron muchas turbas; y he aquí que, viniendo un leproso, le adoraba, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Y extendiendo la mano le tocó, diciendo: Quiero. Sé limpio. Y al punto su lepra fue limpiada.

Y Jesús le dijo: Mira, que no se lo digas a nadie; mas ve, muéstrate al sacerdote y ofrece la ofrenda que mandó Moisés en testimonio para ellos.

Y habiendo entrado en Cafarnaúm, se llegó a Él un Centurión, rogándole y diciendo: Señor, mi siervo está postrado en casa paralítico y es reciamente atormentado. Y le dijo Jesús: Yo iré y lo sanaré. Y respondiendo el Centurión, dijo: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, mas di tan solo una palabra, y será sano mi siervo. Pues también yo soy hombre sujeto a otro, que tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.

Cuando esto oyó Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: En verdad os digo, no he hallado una fe tan grande en Israel. Os digo, pues, que vendrán muchos de Oriente y de Occidente, y se recostarán con Abraham, e Isaac y Jacob en el reino de los cielos. Mas los hijos del reino serán echados en las tinieblas exteriores: allí será el llanto y el crujir de dientes.

Y dijo Jesús al Centurión: Ve, y como creíste, así te sea hecho. Y fue sano el siervo en aquella hora.

Después de la predicación y de la enseñanza en la montaña, se ofrece el momento de empezar a hacer milagros, para que cuanto se ha dicho reciba su confirmación en la virtud de los milagros.

Como enseñaba demostrando que tenía poder, para que no se creyese que era ostentación esta manera especial de explicarse, hace por medio de las obras lo mismo que había hecho por medio de las palabras, como teniendo también el poder de curar.

Entre los que no subieron al monte se encuentra el leproso, que no puede subir a lo alto, abrumado bajo el peso de sus pecados.

La lepra es el pecado de nuestras almas. El Señor bajó de la altura del Cielo como de un alto monte, para limpiar la lepra de nuestros pecados. Y así, como si le aguardase, el leproso sale al encuentro del que baja.

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En el monte enseñó, curó las almas y sanó el corazón humano. Terminado lo cual, como había bajado de los montes celestiales a salvar a los pecadores, un hombre lleno de lepra se llegó a Jesús, e hincadas las rodillas, pegando el rostro con la tierra, le adoró y dijo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.

Aquí se han de ponderar las virtudes de este leproso en su oración.

La primera, grande reverencia exterior e interior, hincando las rodillas, postrándose en tierra, adorando a Cristo y llamándole Señor.

La segunda, fue grande fe en la omnipotencia de Cristo, confesando que con sólo quererlo, podía sanarle

No dice si lo pidieres a Dios, sino si quieres, puedes, confesando que era Mesías, Hijo de Dios.

No dijo si quieres, por dudar de su misericordia, sino por no saber si sus pecados lo desmerecerían, o si le convenía aquella salud corporal.

La tercera, fue gran resignación, porque no pidió alguna cosa expresamente, pues no añadió: límpiame, sino descubrió su necesidad y deseo con vivísimas palabras; y confesó la omnipotencia de Cristo y remitió a su voluntad el sanarle, dejando todo a su arbitrio, y le reconoce como Dios, y le atribuye la potestad de hacerlo todo.

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Aunque podía limpiarlo con la palabra y con la voluntad, le aplicó la mano; el Señor demuestra aquí que no obra como siervo, sino que, como Dios, toca y cura. La mano no se vuelve inmunda por haber tocado la lepra, sino que, por el contrario, el cuerpo leproso se vuelve limpio al simple contacto de la mano santa.

San Juan Damasceno dice: No era sólo Dios, sino también hombre, por eso obraba los milagros por medio de la palabra y del tacto, a fin de que sus actos divinos se llevasen a cabo con el concurso del cuerpo como órgano.

La voluntad de limpiar la lepra fue para el leproso, pero la palabra para los demás que lo presenciaban. Por ello dijo el Salvador: Quiero. Sé limpio.

Y San Jerónimo aclara que no debe leerse juntamente, como quieren algunos autores latinos: “Quiero limpiar”, sino por separado. De tal modo, que primero diga: “Quiero”, y después, mandando, diga: “Límpiate”. El leproso había dicho: “Si quieres”, el Señor le respondió: “Quiero”. Aquél había dicho:
“Me puedes limpiar”, y el Señor le respondió: “Sé limpio”.

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Compadeciéndose, pues de él, Jesús extendió su mano y le tocó, diciéndole: Quiero. Sé limpio, y al punto quedó sano.

Aquí se han de ponderar las maravillosas virtudes y excelencias de Jesucristo Nuestro Señor.

La primera, su misericordia. Se compadeció de la miseria del leproso sin dilación alguna, porque es notablemente compasivo; y quien tanto se compadece de las miserias del cuerpo, ¿cuánto más se compadecerá de las del alma? Porque la lepra de pecados, que provoca la ira e indignación de Dios, cuando es querida, provoca su misericordia cuando es aborrecida y queremos sanar de ella.

La segunda fue una rara muestra de su bondad y omnipotencia, correspondiendo a la fe y confianza del leproso, diciéndole: Quiero. Sé limpio. Tú dices si quiero, pues digo que quiero. Tú dices si puedo, pues digo sé limpio; y así fue.

La tercera fue gran benignidad, porque sin tener asco de la lepra, de que tenían tanto asco los judíos, que ni la tocaban ni se llegaban al leproso, y era inmundo el que le tocaba, Su Majestad extendió la mano y le tocó amorosamente para darle salud.

Y pondera el Evangelista que extendió la mano para significar que la había de extender en la cruz para librarnos de la lepra de los pecados, y que su carne sacratísima tenía virtud de sanar al que tocaba, y que cuando Dios extiende y abre su mano, a todos hinche de bendiciones y dones.

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Lo envió a los sacerdotes primeramente por humildad, y para que se viese que guardaba deferencias a los sacerdotes.

En segundo lugar para que, viendo éstos al leproso curado, se salvasen creyendo al Salvador, y si no creían, fuesen inexcusables.

Pero, previendo Jesucristo que nada adelantarían con esto, no dijo: “Para enmienda de ellos”, sino: “Para testimonio”, esto es, para acusación y atestación.

Y aun cuando previó que no habían de enmendarse, no dejó de hacer lo que convenía, mas ellos permanecieron en su propia malicia.

Aquí vemos el celo de Cristo por la observancia de la Ley Antigua mientras duraba, queriendo que los leprosos guardasen lo que les estaba mandado, que, en siendo sanos, se presentasen al sacerdote y ofreciesen dones y sacrificios a Dios, así en agradecimiento de la merced que les había hecho, como en testimonio de que estaban limpios.

Y quien tanto celo tenía de que se obedeciese a los mandatos de la Ley Antigua, ¿cuánto le tendrá mayor de que se obedezca a los de la Nueva?

Como aplicación espiritual, mandó esto al leproso para significar el Sacramento de la Penitencia de la Nueva Ley; en la cual se manda que cualquier leproso, con lepra de pecados, aunque haya por la contrición alcanzado perdón de ellos, se presente al sacerdote y le descubra la lepra que ha tenido, y delante de él ofrezca el sacrificio del espíritu atribulado y del corazón contrito y humillado, y oiga la sentencia de absolución, con la cual se confirma el perdón recibido y se purifica y perfecciona más el alma mediante la gracia sacramental, y queda hábil para recibir el Sacramento de la Comunión, como antiguamente los leprosos, presentándose al sacerdote, se raían los cabellos y pelos del cuerpo, y lavaban, sus vestidos y carne, y ofrecían en sacrificio un cordero sin mancilla, y de esta suerte quedaban limpios de la inmundicia legal, y eran admitidos al trato común con todos.

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Después que el Señor había enseñado a sus discípulos en el monte y sanado en la falda de éste al leproso, vino a Cafarnaúm en virtud de un misterio, porque, después de haber limpiado a los judíos, vino a donde estaban los gentiles.

Cafarnaúm, que significa villa de la abundancia, campo de la consolación, representa a la Iglesia que se había de formar de los gentiles, la cual está llena de abundancia espiritual y,entre las aflicciones del mundo, consuela con las cosas del Cielo.

Mientras tanto, un Centurión que vivía en Cafarnaúm, teniendo paralítico a un siervo suyo muy querido, no atreviéndose a pedirle que viniese a su casa, le rogaba diciendo: Señor, mi siervo está postrado en casa paralítico y es reciamente atormentado.

Se ha de considerar la piedad de este Centurión, pues tan solícito estaba de la salud de su siervo y esclavo, al tiempo que ejercía otras buenas obras, reparando las sinagogas y haciendo mucho bien a los judíos, con ser él gentil.

También se destaca su profunda humildad, pareciéndole que era tan malo, y Cristo tan bueno, que no era digno de estar delante de Él.

No menos es de admirar su grande fe y confianza, contentándose con declarar a Cristo la necesidad de su criado, que estaba paralítico y muy atormentado, creyendo que era poderoso para sanarle en ausencia; y teniéndole por tan misericordioso, que bastaba representarle aquella necesidad, sin pedirle que la remediase.

Este centurión es el fruto primero de los gentiles, en comparación de cuya fe se considera como infidelidad la fe de los judíos. No había oído la predicación de Jesucristo, ni visto la curación del leproso. Pero habiendo oído contar esta curación, creyó más que lo que oyó, viniendo a ser la figura que representaba la futura conversión de los gentiles, quienes no habían leído la ley ni los profetas respecto de Cristo, ni habían visto al mismo Jesús hacer milagros.

Veamos aquí la fe del centurión, el cual no dijo “Ven y sánalo”, porque, habiendo llegado allí, estaba presente en todas partes; e igualmente su sabiduría, porque no dijo: “Sánale desde aquí”.

Sabía, pues, que tenía poder para hacerlo, sabiduría para comprenderle y caridad para oírle. Por lo tanto se limitó a exponer la enfermedad, dejando el remedio de la curación al arbitrio de su misericordia.

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En oyendo esto Jesús, respondió: Yo iré y le sanaré, dispuesto a emprender el camino hacia la casa del Centurión.

San Juan Crisóstomo enseña que lo que nunca había hecho Jesús lo hizo ahora. En todas partes siguió la voluntad de los que suplicaban, aquí la excede. No sólo ofreció curarlo, sino también ir a su casa.

Una vez más, hemos de ponderar la benignidad de Jesús y lo mucho que favorece a los humildes y pequeñuelos.

Al reyezuelo que le pidió fuese a su casa a sanar a su hijo, aunque era tan principal, le respondió con aspereza, tratándole de incrédulo; pero a este Centurión, que con humildad no se tenía por digno de pedirle tal cosa, se ofreció a ello, y de hecho iba a su casa, y no para sanar a su hijo, sino a su esclavo.

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Pero, con esta mereced que Cristo ofrecía al Centurión, este no sólo no se ufanó y envaneció, sino que creció más en humildad, arraigándose más en el propio conocimiento y en la fe de la omnipotencia de Cristo, que con una sola palabra podía sanar a su criado.

Dice San Jerónimo que así como admiramos la fe en el centurión, porque creyó que el paralítico podía ser curado por el Salvador, así se manifiesta también su humildad, en cuanto se considera indigno de que el Señor entre en su casa.

Y San Agustín completa, diciendo que considerándose como indigno apareció como digno, no de que entrase el Verbo entre las paredes de su casa, sino en su corazón. Y no hubiera dicho esto con tanta fe y humildad si no hubiese llevado ya en su corazón a Aquel de quien temía que entrase en su casa, pues no era una gran felicidad que Jesús hubiese entrado en su casa y no en su pecho.

De este modo, por el propio conocimiento, subió a otros actos excelentes de virtud, engrandeciendo a Cristo Nuestro Señor por las palabras que añadió: Yo soy un hombre que tengo superior, y debajo de mi mando tengo soldados, y en diciendo a uno: ve, luego va; y en diciendo a otro: ven, luego viene; que es decir: Yo soy un hombre terreno, sujeto a otros por razón de mi estado, pero Tú eres hombre celestial y Dios infinito, superior a todos, por lo cual no soy digno de que Señor tan alto venga a casa de hombre tan bajo; y si a mi palabra obedecen los soldados y criados que me sirven, mucho mejor obedecerán a tu palabra todas las criaturas, y las mismas enfermedades; y en diciéndolas Tú: Ven, vendrán; y en diciéndolas: Idos, se irán.

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Maravillado Jesús de estas palabras, dijo a los que le seguían: De verdad os digo, que no he hallado tanta fe en Israel…; y vuelto al Centurión, le dijo: Ve, y como creíste, así te sea hecho.

La admiración de Jesucristo nos prueba cómo la humildad y la fe son virtudes heroicas, y tan admirables, que parece bastan para causar admiración al que es sobre todos admirable.

Cristo Nuestro Señor alabó la fe de este Centurión gentil para honrarle, diciendo que no había hallado otra tal en el pueblo judaico, y con ella confunde a los que por razón de su estado habían de ser más humildes y piadosos y rendidos a Dios.

Enseña hermosamente San Juan Crisóstomo: Así como lo que había dicho el leproso, hablando de la potestad de Jesucristo: “Si quieres, puedes curarme”, se confirma con la palabra del Salvador que dice: “Quiero. Sé limpio”; así también aquí, no sólo no inculpó al centurión por lo que dijo de su potestad, sino que le elogió. Hizo más todavía, y el Evangelista, significando la intensidad de la alabanza, dice: Oyéndolo Jesús…

Creyó Andrés, pero diciendo San Juan: He aquí el Cordero de Dios; creyó San Pedro, pero evangelizándole Andrés; creyó Felipe, pero leyendo las Escrituras; y Nathanael recibió primero una prueba de la divinidad, y así ofreció la confesión de su fe.

Jairo, príncipe de Israel, pidiendo por su hija, no dijo: Di con tu palabra, sino: Ven inmediatamente. Nicodemo, oyendo hablar del misterio de la fe, dice: ¿Cómo puede ser esto? María y Marta dicen: Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no hubiese muerto, como dudando de que el poder de Dios pudiese estar presente en todas partes.

A fin de que nadie pensase que lo que el Salvador había dicho al centurión, no era sino una vana adulación, hace el milagro y dice: Ve, y como creíste, así se haga. Como si dijese: Según la medida de tu fe, se te medirá esta gracia.

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Jesús cumplió así su deseo al Centurión, sanando a su criado con una sola palabra: Hágase como quieres; porque, como dice David, cumple Dios la voluntad de los que le temen.

Pidamos nosotros, con la Santa Liturgia: Omnipotente y sempiterno Dios, mira propicio nuestra flaqueza; y extiende, para protegernos, la diestra de tu Majestad. Amén

SANTORAL 22 DE ENERO


  • Santos. Vicente y Anastasio, Mártires
  • Santos. Vicente, Mártir
  • San Anastasio Persa, Mártir
  • Santos. Vicente, Oroncio y Víctor, Mártires
  • Santo Domingo de Sora, Abad
  • San Vicente Pallotti, Fundador

22 de enero


SANTOS VICENTE
y
ANASTASIO,
Mártires



Alegraos con la esperanza, sed pacientes
en la tribulación, perseverad en la oración.
(Rom., 12, 12).

   Vicente sufrió todas las clases de torturas que puede imaginar la crueldad más refinada. En medio de los tormentos resplandecía en su rostro y en sus palabras una tranquilidad tal, que parecía, dice San Agustín, que el Vicente que hablaba fuese distinto del que sufría.

   Anastasio, de nacionalidad persa, después de haber sufrido varios tormentos, fue condenado a muerte por el rey Cosroes. Antes que a él, se estranguló a otros 68 cristianos. Cuando le llegó su turno: "Esperaba", dijo, "otro género de muerte más cruel; pero ya que Dios me llama a Él por un camino tan fácil, no me costará nada el sacrificio de mi vida; le ruego sólo que se digne aceptarlo".

  MEDITACIÓN
SOBRE LOS TRES MOTIVOS  
QUE DEBEN MOVERNOS A PACIENCIA   

   I. Es menester sufrir en este mundo, porque el sufrimiento es inevitable en esta vida. Somos hombres es decir, tenemos un cuerpo y un alma que nos proporcionarán una infinidad de ocasiones de ejercer la paciencia: nuestro cuerpo por sus flaquezas, nuestra alma por su ignorancia y sus pasiones. ¿Cómo sufres tú las incomodidades de esta vida? ¿No te impacientas? Recuerda que eres hombre, y que no está en tu poder el escapar a las tribulaciones.

   II. Somos pecadores y en calidad de tales debemos soportar pacientemente los sufrimientos, que son, por lo común, efectos de la justicia y de la cólera de Dios. ¡Ah! ¡cuán agradable te resultarán las cruces si consideras que has merecido el infierno! ¡Dios mío, hiéreme, castígame en esta vida, con tal que me perdones en la otra! (San Agustín).

   III. Eres cristiano y debes vivir la vida de Jesucristo, vale decir, continuar su pasión en tu cuerpo. He ahí a lo que te obliga tu bautismo. ¿Has reflexionado en las distintas razones que tienes para soportar pacientemente tus penas? ¿Habría algo capaz de afligirte si estuvieras realmente persuadido de estas verdades? Puesto que es preciso sufrir necesariamente en este mundo, suframos con paciencia, suframos con alegría, para hacernos dignos de nuestro título de cristiano.

La alegría en los sufrimientos 
Orad por el Japón.

ORACIÓN

      Señor, escuchad nuestros humildes ruegos, a fin de que, por la intercesión de los bienaventurados mártires Vicente y Anastasio, seamos librados de las iniquidades de que nos reconocemos culpables.  Por N. S. J. C. Amén.

sábado, 21 de enero de 2012

PENSAMIENTOS DE SAN JUAN DE LA CRUZ

NEGATIO
VI




No ocupan el alma las cosas de este mundo ni la dañan, pues no entran en ella, sino la voluntad y apetito de ellas, que moran en ella.

Pues se te ha de seguir doblada amargura de cumplir tu voluntad, no la quieras cumplir aunque quedes en amargura.

Aunque obres muchas cosas, si no aprendes a negar tu voluntad y sujetarte, perdiendo cuidado de ti y de tus cosas, no aprovecharás en la perfección.

Buscarse a sí mismo en Dios es buscar los regalos y recreaciones de Dios, lo cual es contrario al amor puro de Dios.

Tanto reina, así en los espirituales como en los hombres comunes, el apetito de la propia voluntad y gusto en las obras que hacen, que apenas se hallará uno que puramente se mueva a obrar por Dios, sin arrimo de algún interés de consuelo o gusto u otro respecto.

¿Qué aprovecha dar a tu Dios una cosa si Él te pide otra? Considera lo que Dios querrá y hazlo, que por ahí satisfarás mejor tu corazón que con aquello a que tú te inclinas.

Más quiere Dios en ti el menor grado de obediencia y sujeción que todos esos servicios que le piensas hacer.
La sujeción y obediencia es penitencia de la razón y discreción, y por eso es  para Dios más acepto y gustoso sacrificio que todos los demás de penitencia corporal.

La penitencia corporal sin obediencia es imperfectísima, porque se mueven a ella los principiantes sólo por el apetito y gusto que allí hallan; en lo cual por hacer su voluntad antes van creciendo  en vicios que en virtudes.
Muchos cristianos el día de hoy tienen algunas virtudes y obran grandes cosas, y no  les aprovechará nada para la vida eterna, porque no pretendieron en ellas  la honra y gloria que es sólo de Dios, sino el gozo vano de su voluntad.

El camino de la vida de muy poco  bullicio y negociación es,  y más requiere mortificación de la voluntad que mucho saber. El que tomare de las cosas y gustos lo menos, andará más por él.

Quien no anda en gustos propios ni de Dios ni de las criaturas, ni hace su voluntad propia en cosa alguna, no tiene en qué tropezar.

Muchos hay que andan a buscar en Dios su consuelo y gusto, y a  que les conceda su majestad mercedes y dones; mas los que pretenden agradar y darle algo a su costa, pospuesto su particular interés, son muy pocos.

Muy insipiente sería el que faltándole la suavidad y deleite espiritual, pensase que por eso le faltaba Dios, y cuando la tuviese se deleitase, pensando que por eso tenía a Dios.

SANTORAL 21 DE ENERO



21 de enero


SANTA INÉS,*
Virgen y Mártir



Gocémonos, y saltemos de júbilo  y demos gloria a Dios,
pues han llegado las bodas del Cordero y su 
esposa se ha engalanado.
(Apocalipsis, 19, 7).

   He aquí a la esposa del Cordero de Dios. Búrlase ella para conservar su cuerpo y su corazón para su esposo Jesús, de las proposiciones y de las amenazas del tirano. Los ángeles la acompañan a un lugar infame, y dan muerte al insolente que quiere arrebatarle la honra; mas ella devuélvele la vida y lo convierte a la fe. Se la echa al fuego, pero el fuego respeta a la tierna virgen y da muerte a los verdugos. Condenada, finalmente, a ser decapitada, inclina la cabeza y va al cielo a juntarse con su Esposo di vino a quien prometiera fidelidad.

  MEDITACIÓN
SOBRE LA VIDA DE SANTA INÉS    

   I. Santa Inés consagra su cuerpo y su alma a Jesús, a los trece años, mediante el voto de castidad. ¡Qué amable Esposo elige! ¡Qué bello! ¡Qué sabio! ¡Qué poderoso! ¡Cuánto amor tiene por ella! Conságrate enteramente a Él, y experimentarás los dulces efectos de su amor. ¡Oh Jesús, divino esposo de nuestra alma, si los hombres os conociesen, os ama rían y despreciarían las efímeras bellezas de la tierra para poseeros! ¡Os amo, Dios mío! Si es poco, haced que os ame con amor más ardiente y más puro. (San Agustín).

   II. Se amenaza a Santa Inés con los tormentos más crueles si no se casa con el hijo del prefecto de Roma, pero ella responde que es la prometida de Jesucristo. Se la arroja a las llamas, pero éstas no hacen sino aumentar su amor; las heridas la hacen más bella y más parecida a su divino Esposo. ¿Qué haces tú para conservar tu cuerpo y tu alma para Jesucristo? ¿Qué tormentos soportarías? Avergüénzate de saberte menos generoso que una niña de trece años. Tenía menos fuerzas que tú, pero más valor; tenía más fe y amor para con Jesucristo.

   III. Se le promete una considerable fortuna si consiente en casarse con el hijo del prefecto; resiste a las seducciones como ha resistido a los suplicios. ¡Cuán pocas personas hay que resistan al atractivo de los placeres! Cuídate de ese doble veneno. Es más fácil resistir a los tormentos que a la voluptuosidad. Los tormentos aterran: la voluptuosidad ha laga. (San Cipriano).

La castidad  
Orad para la buena educación
de la juventud. 

ORACIÓN

      Dios todopoderoso, que elegís en el mundo a los más débiles para confundir a los más fuertes, haced, por vuestra bondad, que, celebrando la solemnidad de vuestra virgen Santa Inés, experimentemos los efectos de su protección junto a Vos.  Por N. S. J. C. Amén.

viernes, 20 de enero de 2012

SANTORAL 20 DE ENERO



20 de enero



SANTOS FABIÁN Y SEBASTIÁN,
Mártires



Entrad por la puerta angosta, porque la puerta ancha
 y el camino espacioso son los que conducen a la perdición,
y son muchos los que entran por él.
(Mateo, 7,13).

   Fabián era un laico cuando fue elegido para su ceder al Papa Antero, en el año 236. Una paloma bajó del cielo, se posó en su cabeza y lo señaló, con lo que fue elegido por el clero y el pueblo. San Cipriano le da el título de hombre incomparable, y dice que la gloria de su muerte ha correspondido plena mente a la pureza de su vida.
   Sebastián, condenado por Diocleciano a ser atravesado con flechas, fue dejado por muerto en el lugar del suplicio. Recobrada la salud, se presentó al emperador y le reprochó abiertamente su impiedad. El tirano, exasperado por tanta audacia, lo condenó a ser apaleado hasta hacerlo expirar bajo los golpes. Una piadosa mujer, de nombre Lucina, recogió sus venerables restos y los colocó en las catacumbas, en el lugar donde hoy se levanta la basílica que lleva su nombre.

  MEDITACIÓN
SOBRE EL PEQUEÑO NÚMERO
DE LOS ELEGIDOS   

   I. El número de los elegidos es muy pequeño. ¡Hay tantos herejes y cismáticos que voluntariamente se pierden, tantos infieles e idólatras que todavía están privados de la luz del Evangelio! ¿Si Dios te hubiera hecho nacer en medio de esos pueblos, cuál hubiera sido tu suerte? ¡Cuán obligado os estoy, Dios mío, de que me hayáis hecho nacer de padres cató1icos! Mas si no aprovecho las luces de la fe seré mucho más severamente castigado que esos pueblos.

   II. ¡Hay tantos malos cristianos, tantos impíos, tantos libertinos que jamás verán a Dios en el cielo! ¿No eres uno de ellos? ¡Cuán desgraciado serías sien do camarada de ellos en sus desórdenes, porque también habrías de ser su camarada en sus suplicios! Ruega a Dios mueva sus corazones; trabaja en su conversión con tus palabras y con tu ejemplo. Humíllate, porque tú también caerías en las mismas faltas, si Dios te abandonase a tu propia flaqueza.

   III. No eres del número de esos libertinos y de esos impíos, pero eres un cristiano vulgar, sigues el camino ancho, espacioso. ¡Ten cuidado! Es preciso seguir al pequeño número y caminar por el camino estrecho. No sigas ni la costumbre, ni el ejemplo del mundo, sino la razón, el Evangelio y el ejemplo de los santos. El mundo está tan corrompido que sus leyes concuerdan con el pecado; sus seguidores se persuaden de que el crimen es lícito, porque ha ve nido a ser común. (San Cipriano).

La imitación de los santos 
Orad por los infieles.
ORACIÓN

      Oh Dios omnipotente, mirad nuestra flaqueza, mirad cómo el peso de nuestras obras nos agobia, y fortifícanos por la gloriosa intercesión de vuestros bienaventurados mártires Fabián y Sebastián.  Por N. S. J. C. Amén.

jueves, 19 de enero de 2012

MILAGROS EUCARÍSTICOS

NUBE MISTERIOSA
Año 900, Mantua, Italia



Varones eximios en sabiduría y santidad han experimentado unas veces por su larga duración molestias, otras por lo imprevistas peligrosas y con frecuencia terribles tentaciones contra la fe, especialmente cuando acometen en el ejercicio mismo de los actos de religión.

Las permite muchas veces el Señor para que se entienda cuán poca cosa es la ciencia humana comparada con la divina, y tenga el sabio en que humillarse al ver que ha de luchar contra el espíritu de las tinieblas, con la misma arma que usa el niño cristiano cuando se atiende a lo que le enseña el pequeño libro de la “Doctrina Cristiana”. Dios todopoderoso, infinito en santidad, no puede engañarse ni engañarnos, luego lo que revela la Iglesia Católica es verdad de fe, y si así luchando todavía insiste la tentación, suele entonces la paternal providencia de Dios acudir en socorro de sus escogidos para que obtengan el más completo triunfo del infernal enemigo.

En las Crónicas de la Orden de San Jerónimo se refiere que el Venerable Fray Pedro de Cavañuelas, prior de Guadalupe de Mantua, fue muy combatido de tentaciones contra la fe en el augusto Sacramento del Altar, y aún cuando se esforzaba en desecharlas, seguían, no obstante, atormentando al religioso, diciéndole el pensamiento como podía ser que hubiese sangre en le Hostia. Quiso el Señor librarle del todo de tan  molesta tentación de un modo maravilloso, y fue que diciendo el Prior un sábado Misa de nuestra Señora, después que hubo consagrado ambas especies, al inclinarse para recitar las oración Supplices te rogámus, vio una nube, que descendió de lo alto y cubrió todo el altar, de manera que con la oscuridad no podía ver ni la Hostia ni el cáliz.

Espantado de este acontecimiento, rogó al Señor con muchas lágrimas que le quisiese librar de este peligro, y manifestar por qué causa aquello había acaecido. Aún no había concluido su oración cuando la nube, imagen fiel de la oscuridad que padecía su alma, principió a remontarse lentamente hasta desaparecer.

Recobraba el religioso algún tanto  la confianza cuando sobrevino un nuevo prodigio que le llenó de mayor turbación, pues  al fijar sus ojos en el altar observa que la Hostia consagrada  había desaparecido y que el cáliz estaba descubierto y sin una gota de la preciosísima Sangre que en él se contenía.

Fue tan grande el espanto y temor que recibió al notar lo ocurrido, que quedó  como muerto, y tornando en sí comenzó con gran dolor de su corazón a rogar de nuevo a Nuestro Señor ya su Santísima madre, cuya Mis decía, le perdonasen silo que había sucedido era por su culpa, presentando ante el acatamiento divino su corazón contrito y humillado en vez de la Víctima adorable que había de ofrecer. Plegaria tan humilde inclinó los cielos a favor del sacerdote, que en su aflicción vio venir por el aire una patena muy resplandeciente, y la  Hostia, que en ella estaba, se colocó encima de la boca del cáliz y comenzó a destilar sangre gota a gota hasta igualar la que antes había en el vaso sagrado.

Tal sucesión de maravillas dejaron atónito y fuera de sí al venerable prior que no sabía qué hacer, pues fluctuaba su corazón por la violencia de encontrar afectos de temor y confianza, cuando oyó una voz que le dijo: “Acaba el Santo Sacrificio, y séate en secreto este milagro que se  ha obrado para confirmar tu fe en la Eucaristía, y no dudes que la Sangre de Cristo está en la Hostia lo mismo que en el cáliz”. El acólito o el ministro que servía en la Misa, ni otro alguno de los asistentes vio el prodigio ni escucho la voz; sin embargo, todos se preguntaban el  motivo de la interrupción de la Misa y de las abundantes lágrimas del celebrante.

La razón se supo después de su muerte, en que se halló todo lo sucedido escrito en una cédula de su mano puesto entre su confesión general, lo cual él hizo en señal del secreto que le fue dado guardar.

(Crónica de San Jerónimo, lib 1°, cap 9)

SANTORAL 19 DE ENERO



19 de enero

SAN CANUTO,
Rey y Mártir

Todo hijo de Dios vence al mundo; y lo que nos hace
alcanzar victoria sobre el mundo es nuestra fe.
(1 Juan, 5, 4).

   Apenas ascendido al trono de Dinamarca, obtuvo este rey insignes victorias sobre sus enemigos; no se dejó, empero, deslumbrar por la gloria militar, veíaselo, en medio de sus triunfos, poner humildemente su corona a los pies de Jesús crucificado, y ofrendar a este Rey de reyes su persona y su reino. Como supiese que atentaban contra su vida, fue a la Iglesia de San Albano y, con la mayor calma, se confesó y comulgó. Estaba orando por sus enemigos, cuando un venablo, que le arrojaron por una ventana, lo echó por tierra al pie del altar. Sucedió esto en el año 1086.


  MEDITACIÓN
SOBRE LA CONSTANCIA
EN NUESTRAS SANTAS EMPRESAS  

   I. El que quiera obtener recompensa por sus trabajos debe perseverar hasta el fin. Es preciso domeñar la inconstancia de nuestra alma respecto de Dios, y observar religiosamente todo lo que le hemos prometido. Dios es inmutable, sus servidores no deben ser inconstantes. Él quiere darse a nosotros durante toda la eternidad, ¿no es justo, pues, que nosotros permanezcamos constantemente dedicados a su servicio durante el tiempo tan corto de nuestra vida? Después de todo, no podemos pretender agradar a Dios con nuestra virtud, si sólo somos virtuosos por arranques, por capricho, y cuando nos plazca.

   II. Nada debemos emprender, ni siquiera por la gloria de Dios, sin haber previsto todas sus consecuencias; pero, una vez tomada la resolución nada debe impedimos que ejecutemos lo que nos propusimos para su gloria. Ni el temor a los sufrimientos, ni el amor a los placeres, ni las burlas de los hombres deben desanimarnos. Los mártires persistieron en la confesión de Jesucristo a pesar de las amenazas de los tiranos; los santos penitentes perseveraron en sus austeridades no obstante la rebeldía de la carne y las tentaciones del demonio.

   III. Cuando se trata de hacer fortuna o de adquirir renombre no retrocedemos ante sacrificio alguno; ¡flaquea nuestro corazón, oh Dios mío, sólo cuando se trata de serviros a vos! Los herejes y los impíos perseveran tan obstinadamente ultrajándoos, ¿no es justo que nosotros seamos constantes sirviéndoos? Jamás nos cansaremos de trabajar para el cielo si consideramos la brevedad de nuestra vida, la in certidumbre del momento de nuestra muerte, la grandeza de los suplicios del infierno y de las recompensas del paraíso. Mantengamos nuestro valor con es tos grandes pensamientos, como se incita el servidor a soportar la fatiga pensando en la retribución que se le ha prometido. El pensamiento de la recompensa hace ligero al hombre el peso del trabajo. (San Gregorio).

La devoción al Smo. Sacramento del altar 
Orad por los que os persiguen.
ORACIÓN

      Oh Dios, que para ilustrar a vuestra Iglesia os dignasteis honrar al bienaventurado Canuto, rey, con la palma del martirio y con el don de milagros, ha ced, os suplicamos, que, marchando por las huellas de aquél que demostró ser imitador de la Pasión del Salvador merezcamos llegar a los júbilos eternos.  Por N. S. J. C. Amén.