Este es un sitio para católicos tradicionales, con contenidos de teología, meditaciones, santoral y algunas noticias de actualidad.

martes, 8 de noviembre de 2011

AMOR Y FELICIDAD


Pablo Eugenio Charbonneau

Noviazgo
y
Felicidad
III
Tu novia
(Continuación de parte anterior. Ver aquí)
El culto del detalle
Esta formación del hombre en la delicadeza no será posible y eficaz más que si él sabe aprender a valorizar los detalles. Para él, naturalmente, los detalles adquieren poca importancia. Para el hombre, siente uno tentaciones de decir, los detalles son detalles y nada más. Pero la mujer está hecha de tal modo que para ella no hay detalles; todo es importante. Desigualmente, si se quiere, pero importante, sin embargo. Siempre. Ya se trate de un aniversario olvidado o del beso matinal distraído, para ella eso adquiere grandes proporciones. Proporciones dolorosas y alarmantes. Alarmantes, cuando ella las considera a través de la lente de aumento de su imaginación; dolorosas, cuando ella las sopesa en la balanza hipersensible de su corazón. Ahora bien, ocurre que esas dos operaciones se realizan poco más o menos siempre, de tal manera que el hombre que quiere hacer feliz a su mujer no lo conseguirá nunca si no puede despertar en él el sentido del detalle, para adaptarse así a su esposa. No hay para ella moneda más segura que los detalles para pagarle su amor, ni hay camino más verdadero para probarle que es amada.

El hombre sentirá a menudo la tentación de pensar que todo esto es tontería y de efectuar una poda en el universo de las «pequeñas cosas» en donde evoluciona su esposa. Debe recordar él entonces, para su vergüenza y corrección, la frase —más profunda de lo que parece que escribió Montherlant a este respecto: «Una mujer sin puerilidad es un monstruo espantoso» [1]. Y es que una mujer que careciese de esa preocupación por el detalle, renegaría de su propia feminidad. Es fácil imaginar lo que sería entonces el hogar; basta para ilustrar esta imagen visitar un apartamento en donde ninguna presencia femenina viniera a salvar el orden.

Por eso el hombre no sólo debe aceptar, sino adaptarse a este modo de ser de su esposa que juzga las cosas al detalle. Y así como no debe rechazar la sensibilidad de su compañera, no deberá tampoco intentar hacer caso omiso de ese culto del detalle. Que se forje, por el contrario, con él un arma poderosa para marcar de mil y una maneras inesperadas el amor con que rodea a su esposa. Los detalles serán para él el lenguaje de las cosas que dirán quizá más que oleadas de palabras pronunciadas por los labios, y que suplirán además ventajosamente lo que él no podrá expresar, como suele ocurrir en los hombres.

Añadamos, sin embargo, que esto no significa que él deje que su esposa se convierta en una de esas mujeres meticulosas que son la desdicha de su hogar y que destruyen su propia personalidad volviéndose, por ejemplo, maniáticas de la limpieza, reduciendo con ello a quienes las rodean a una esclavitud abrumadora y ridícula. Pero, aun cuidando de no incurrir en esos excesos, los hombres se esforzarán en vencer su natural falta de atención para descubrir el valor de las pequeñas cosas, forjando con esos detalles la felicidad de su esposa.
La función de la imaginación
Con objeto de proteger a la mujer contra esos excesos y de evitarle también el crearse penas sin un verdadero motivo, en suma, a fin de consagrarse a equilibrar a la mujer, el hombre debe ayudarla a adquirir el dominio de su imaginación.

Esta es, en efecto, la reina del alma femenina a la que puede trastornar hasta un punto «inimaginable»… para el hombre. Si no se tiene cuidado con ello, la «loca de la casa» puede invadir a la dueña del hogar e imperar realmente como la loca de la casa. De esta invasión nacerán a menudo los celos, las recriminaciones acres, las «crisis» de todo género.

La imaginación es con seguridad uno de los mayores peligros que acechan a la mujer; por eso el hombre debe preocuparse de preservarla contra ella. Lo conseguirá proporcionando a su esposa la ocasión de eliminar, en cierto modo, las sobrecargas imaginativas que perturban periódicamente su equilibrio. Para hacerlo, debe él saber escuchar a su mujer.

Es éste, a nuestro entender, uno de los remedios más eficaces, por ser no sólo curativo, sino preventivo. Cuando una esposa puede liberarse, en un ambiente afectuoso y comprensivo, de todas esas ideas que se agitan en su cabeza y que sirven de materiales para hacer castillos en el aire, negros o rosas, cuando halla en su esposo unos oídos atentos, tiene todas las probabilidades de mantenerse dueña de sí misma. Porque extraerá del realismo masculino, de esa calma y de esa ponderación que son tal vez los signos más seguros de la virilidad, la parte de apaciguamiento que ella necesita. Así, al contacto con el alma masculina, volverá ella a encontrar su equilibrio y podrá recoger los elementos que servirán de contrapeso a los impulsos demasiado fogosos de una imaginación con frecuencia alborotada.

Pero para esto, es preciso —repitámoslo— que el hombre sepa escuchar sin burlarse. Harto numerosos son los que interrumpen bruscamente ante la necesidad de expansión de que da muestra, quizá con demasiada locuacidad, la esposa; con sonrisa burlona la invitan a callarse, lo cual cumplirá ella de tal modo, que llegará un momento en que no pensará ya en abrir su alma. Entonces, acumulará dentro de sí misma los rencores exacerbados, se construirá un universo interior del que estará excluido su esposo, de tal suerte que el día en que él quiera —a consecuencia de un conflicto más agudo, por ejemplo— reanudar el diálogo, será recibid como un intruso. Ella le opondrá un silencio obstinado del que no podrá él quejarse pues lo habrá querido y preparado.

Ayudar a su esposa a conservar el dominio de su imaginación es tanto más importante cuanto que ésta actúa con la complicidad terriblemente peligrosa de la sensibilidad y de ese culto del detalle que, como ya he mos dicho, constituyen dos de los reductos del alma femenina. Una combinación semejante puede resulta desastrosa porque, bajo la fogosidad de una imaginación abandonada a sí misma, los detalles adquirirán pro porciones gigantescas y repercutirán en la sensibilidad con un estruendo desproporcionado. Unos cuantos años de un régimen semejante bastan para destruir el equilibrio de muchas personalidades femeninas; el marido lo debe prevenir moderando, con la mesura característica de su juicio, las sacudidas demasiado violentas de este conjunto peligroso: imaginación - detalle - sensibilidad. Por no haberlo recordado, o por no haber intentado comprenderlo, más de un joven esposo se ha encontrado, al cabo de unos años, ante una mujer desgraciada y desequilibrada. La culpa no es quizá siempre toda de él, pero generalmente lo es en gran parte. Por tanto, el hombre debe aprender a enriquecer con su equilibrio el alma de su mujer y que la trate con fina ternura, más que acariciadora, comprensiva y receptora. De ésta extraerá la mujer el complemento que le es necesario para consumarse, haciéndose una mujer sana y sólidamente equilibrada.

En suma, y para compendiar en unas palabras el cuadro antes esbozado, se podría repetir el juicio de Sertillanges: «Intelectualmente, la mujer se caracteriza por la intuición, el sentido práctico, la atención a los detalles, el cuidado, la viveza imaginativa, el talento de lo concreto y la adivinación de las causas inmediatas» [2]. Todo esto se desarrolla en ella al ritmo de una delicadeza siempre alerta que viene a agregar su cálido colorido a todo cuanto hace la mujer.

5. La clave de la psicología femenina: la delicadeza

La mujer, delicada en su ser corporal y psíquico
Esta delicadeza característica de su alma se refleja, además, sensiblemente en su constitución física. Mientras que en ese nivel, la fuerza y la robustez son patrimonio del hombre, la delicadeza hecha de gracia y de fragilidad, es patrimonio de la mujer.

No insistiremos en esto más que para recordar al joven que debe tener siempre en cuenta los límites de su futura esposa. Este recuerdo no es superfluo, porque la experiencia revela que son muchos los que imponen a su esposa una carga demasiado pesada, sin mala voluntad, evidentemente y, además, de manera inconsciente. Pero no por ello deja de producirse el hecho y de ello se infiere entonces que la mujer se doblega bajo una carga demasiado pesada. Actuar en todos los frentes a la vez es abrumador para ella; y no sabría resistir a las exigencias de dueña de casa, cuando éstas se acrecen con trabajos exteriores regulares y con exigencias sexuales frecuentes. Entonces es cuando se prepara el derrumbamiento nervioso que al cabo de un tiempo se produce en realidad.

A menudo el marido tendrá que intervenir, sagaz y diplomáticamente para proteger a su mujer contra ella misma. Sobre todo en lo referente al trabajo fuera del hogar. Se encuentran con mucha frecuencia novias que se empeñan tenazmente en no abandonar un puesto lucrativo, o simplemente interesante. Exigen, pues, el continuar haciendo un trabajo que se convertirá en una sobrecarga de las más onerosas después del matrimonio. No es éste el lugar para analizar las razones múltiples que se oponen al trabajo de la mujer fuera del hogar. Diremos que la sola conciencia de los límites de la resistencia física y nerviosa de la esposa son ya una clara indicación. Sobre esta cuestión, el hombre debe saber imponerse con una firmeza razonable, suave, pero inflexible. Pues de otro modo, tarde o temprano, «pagará los cristales rotos», y el precio será tal vez la paz del hogar.

Siempre dentro de la perspectiva de esta fragilidad nerviosa de la mujer, el hombre deberá esforzarse en emprender las súbitas variaciones de humor que su esposa sufrirá a veces. Esto se hará especialmente sensible al llegar el período de las menstruaciones. Cierta irritabilidad periódica, cierta melancolía, una indolencia extraña, son otras tantas manifestaciones que pueden acompañar ese fenómeno contra el cual ni la propia mujer puede hacer nada. Que el hombre se cuide sobre todo en ese momento de achacarlo a la imaginación, intentando provocar una reacción de la que es incapaz la mujer, con frecuencia. El hombre que cree que su esposa se abandona a su antojo, a unos cambios de humor que ella podría controlar como él controla los suyos, no ha comprendido en absoluto la profundidad del fenómeno que se realiza entonces en ella. Cada una de las veces, es para ella un retorno a un universo nuevo, siempre el mismo, henchido de ideas precisas, de tristezas fijas e invadido de ansiedades dolorosas.

Este fenómeno psicológico escapa al control de su voluntad, al menos en su parte más importante. Evocaremos aquí el testimonio prudente de Elena Deutsch cuya autoridad no ofrece duda y que subraya el efecto capital de ese fenómeno sobre el alma femenina, al decir: «La menstruación es importante no sólo por lo que la liga a la pubertad y a las dificultades de esa edad, no sólo por ser la expresión de la madurez sexual y estar muy especialmente vinculada a la reproducción, no sólo porque es el centro del derrumbamiento de la edad crítica y de la psicología de esta fase del desarrollo, sino también porque es una hemorragia que ocasiona impulsos agresivos, ideas de autodestrucción y angustias» [3].

Hemos subrayado los últimos elementos de esta cita a fin de que el hombre recuerde las consecuencias, inexplicables quizá, pero seguramente graves, que implica ese fenómeno en el comportamiento psicológico de su esposa. Él comprenderá entonces que en ese período más que en ningún otro, debe mostrarse conciliador, comprensivo, lleno de ternura y de delicadeza. Quizá nunca tanto como en esa circunstancia puede hacerse querer de su mujer. Menos que en cualquier otro momento deberá él dejarse arrastrar a la brusquedad, a la dureza, al autoritarismo. Estos pasos en falso, inadmisibles en toda ocasión, resultan entonces catastróficos. Por eso, nos parece oportuno recordar a este respecto el consejo de un alcance general que Pierre Dufoyer sitúa en el centro de las normas que deben regir el comportamiento masculino: «Por el bien de su esposa, el marido cuidará de poseer las cualidades de la verdadera virilidad sin sus deformaciones: se mostrará sereno, dueño de sí mismo, enérgico de carácter, firme y decidido, dando, por toda su actitud ante los acontecimientos y las dificultades de la vida, una impresión de entereza, de valentía y de seguridad. Pero esta fuerza no se transformará ni en violencia, ni en dureza, ni en frialdad, como tampoco se mostrará autoritaria, orgullosa o despótica» [4].

Necesidad en el hombre de cultivar la delicadeza
Ésta es además la actividad que el hombre debe adoptar en todo momento. Más todavía, como lo explicábamos hace un instante, en el período difícil en que la esposa sufre el choque psicológico que acompaña las menstruaciones, así como en todos los períodos del embarazo. En estas circunstancias, la mujer, menos dueña de sí misma, menos libre porque se halla en plena transformación fisiológica, requiere el auxilio de una gran bondad. El hombre debe entonces ser para ella un guía firme, un apoyo constante, un recurso de ternura.

Es en él un deber de justicia tanto como un imperativo de caridad. Su autoridad sobre la mujer es ante todo, con arreglo a las indicaciones explícitas que la revelación misma nos da, una responsabilidad [5]. En este sentido, se debe decir que él es responsable del equilibrio psicológico de su esposa, y que si no le ofrece ese auxilio tiernamente comprensivo a que nos referimos, falta radicalmente a su papel de hombre y de cristiano. En este orden de ideas, conviene recordar el verdadero sentido de la autoridad que la Iglesia siguiendo a san Pablo, ha reconocido siempre en el hombre.

Desde los comienzos de la Iglesia, y en términos de una claridad fulgurante, el gran san Ambrosio aportando, sin duda, un correctivo a desviaciones semejantes a las que somos testigos hoy, advertía enérgicamente a los esposos, en una amonestación llena de sana crudeza:

«Tú, el marido, debes prescindir de tu orgullo y de la dureza de tus maneras cuando tu esposa se acerque a ti con solicitud; debes suprimir toda irritación cuando, insinuante, te invite ella al amar. Tú no eres un amo, sino un esposo; no has adquirido una sirvienta, sino una esposa. Dios ha querido que seas para el sexo débil un guía, pero no un déspota. Paga su ternura con la tuya, responde de buen grado a su amor. Conviene que moderes tu rigidez natural por consideración a tu matrimonio. y que despojes tu alma de su dureza por respeto a tu unión» [6].

Esta exhortación imperativa revela de modo suficiente la urgencia que tiene el esposo en cultivar la delicadeza. Será para él, el arma por excelencia para conquistar su prometida, hoy, y para conquistar a su esposa, mañana. Por ella, y sólo por ella, sabrá merecer la estimación de su esposa. Ahora bien, ya se conoce lo suficiente el papel primordial que desempeña la estimación en el amor que siente una mujer por un hombre. De ella, podría afirmarse sin exageración, que es el alimento del amor femenino. A una mujer le es imposible amar a alguien a quien no estima. Esto significa que puede llegar a no amar ya al hombre que ha aprendido a desestimar. Esto es lo que sucede cuando, después de unos cuantos meses de matrimonio, una joven comienza a sufrir con la indelicadeza de su esposo. Éste se precipita entonces por la rápida pendiente del fracaso. Cuanto más cómodamente se instale él en el interior de esa indelicadeza tan corriente en el hombre, más contribuirá él mismo a disgregar el lazo de amor que le une con su esposa. Y cuando el amor muere… el hogar llega a ser imposible de defender.

Consciente de esta necesidad en que se encuentra su esposa de estimarle hondamente a fin de poder amarle hondamente, el hombre se esforzará ante todo en proceder con mucho tacto y una delicadeza hábil y constante. Será el primer paso hacia una estimación tan preciada como el amor, porque es la garantía de éste.

El segundo paso será la calidad de su vida moral. Porque esa delicadeza, sobre la cual hemos insistido tanto para que el novio se percate de su importancia, no actúa más que desde el punto de vista estricto de la estructura de su alma y de su cuerpo. Sirve también para calificar su actitud moral.

Sin duda por el empleo de su intuición, la mujer siente de una manera mucho más violenta que el hombre la realidad y el valor superior del universo espiritual. Dios, el alma, la gracia, el bien, el mal, son para ella otras tantas realidades familiares, y cuanto más se consuma su madurez de mujer, más importancia toman esas realidades. ¡Cuántos conflictos nacen en torno a ese problema, desde la etapa del noviazgo! Conflictos cuya agudeza y cuyo alcance no siempre comprende el novio.

Ante un prometido que trata los valores espirituales a la ligera, la novia se siente indecisa con frecuencia; y ante un marido en quien descubre ella gradualmente una indiferencia negligente, o lo que es más comprometedor aún, el simple desprecio, la mujer, a menudo, se cierra y aísla. Pascal decía que «el primer efecto del amor es inspirar un gran respeto» [7]. El respeto resulta imposible, a consecuencia de la calidad inferior del ser amado; e inmediatamente el amor mismo sufre la repercusión y se atenúa proporcionalmente.

Además, si a causa de la influencia del marido, la mujer derroca su escala de valores para acomodarse a una vida moral que no responde a sus aspiraciones profundas, puede ésta llegar a ser destruida. El marido habrá preparado entonces su propia desgracia y no podrá culpar a nadie más que a sí mismo de las consecuencias —tal vez imprevistas, pero no sorprendentes— que se originarán. Porque la mujer, capaz de mucho bien y susceptible de llegar al ápice, cuando se la apoya, puede igualmente precipitarse en unos abismos cuya profundidad no sospecha siquiera el hombre. En este sentido, y para recordar al hombre las consecuencias eventuales de una relajación moral que él sugeriría a su esposa, conviene citar esta otra advertencia bastante explícita de san Francisco de Sales:

«Si queréis, ¡oh maridos!, que vuestras mujeres os sean fieles, hacedles ver la lección con vuestro ejemplo. “¿Con qué cara —dice san Gregorio Nazianceno— queréis exigir la pudicia de vuestras mujeres, si vosotros mismos vivís en la impudicia? ¿Cómo vais a pedirles lo que no les dais? ¿Queréis que sean castas? Comportaos castamente con ellas… Pues si, por el contrario, vosotros mismos les enseñáis las picardías, no es nada sorprendente que tengáis deshonor en su pérdida”» [8].

En cualquier caso, el hombre que quiere conservar el amor de su mujer debe, pues, vivir en un ambiente espiritual elevado, sin falso misticismo ciertamente, pero con una sana preocupación por las cosas de Dios y del alma. Si ayuda a su mujer a acercarse al, Señor, la habrá ayudado al mismo tiempo a acercarse a él mismo, y ella le amará aún más.

6. Aprender a hablar a su novia

Terminaremos estas consideraciones destinadas a facilitar a los novios la comprensión de su futura esposa, recordándoles que les es necesario aprender a hablar a su novia. Puede parecer extraño dar semejante consejo, pero la experiencia revela que hay muchos que no saben encontrar el lenguaje que conviene a una novia y a una esposa. La recíproca es, además, cierta y el consejo puede valer lo mismo para la mujer. Con frecuencia, como ya se ha escrito, las mayores dificultades del matrimonio provienen de que cada uno de los cónyuges pide cosas que no desea, y desea cosas que no pide. Puede imaginarse la confusión que origina semejante situación. Ser capaz de explicarse con su novia y ser capaz de recibir las explicaciones de ella, es realmente indispensable para la armonía. Indispensable en el sentido más riguroso de la palabra.

Desde el período del noviazgo, y más aún cuando haya entrado en la vida matrimonial, el hombre debe desarrollar esa voluntad de intercambio con su compañera. No negarse nunca a explicarse, pues una negativa tal es uno de los más graves pecados contra el amor [9]. Sería una puerta cerrada al único camino que puede conducir a la felicidad. Que emplee en ello paciencia y que aprenda el lenguaje de la mujer, de «su» mujer. Pues así como debe uno adaptar su lenguaje al de los niños, a quienes no siempre se sabe hablar de primera intención, así debe uno adaptarse al modo de pensar y de hablar apropiado a la mujer. Este esfuerzo será la condición necesaria para la comprensión entre esposo y esposa, y esta comprensión será la prenda del amor. Porque, como se ha dicho, éste es «el camino que lleva al descubrimiento del secreto de un rostro, a la comprensión de la persona hasta la profundidad de su ser» [10]. Amar así a su mujer hasta lo más profundo de su ser, penetrando el secreto de su rostro, es comprenderla y aceptarla tal como ella es.


[1] H. de Montherlant, Les jeunes filles, t. II: Pitié pour les femmes, Grasset, París 1946, p. 192.
[2] Sertillanges, o.c., p. 94.
[3] Helène Deutsch, La psychologie des femmes, (Étude psychanalytique), t. I: Enfance et adolescence (traducción Hubert Benoit), Presses Universitaires de France, París 1949, p. 159.
[4] Dufoyer, o.c., p. 45.
[5] Hemos expuesto esta idea en el capítulo anterior.
[6] San Ambrosio, Hexameron, V, 19.
[7] Blas Pascal, Discours sur les passions de l’amour, en L’Œuvre de Pascal, Gallimard (Pléiade), París 1950, p. 320.
[8] San Francisco de Sales, Introducción a la vida devota, parte tercera, capítulo XXXVIII.
[9] Henri Caffarel, Propos sur l’amour et la grâce, Éd. du Feu Nouveau, París 1956, p. 134.
[10] Berdiaef, o.c., p. 277.

SANTORAL 8 DE NOVIEMBRE



CUATRO SANTOS CORONADOS,
Mártires



Que tu limosna quede oculta,
y tu Padre, que ve lo oculto, 
 te recompensará.
(Mateo, 6,4)

   Cuatro hermanos que en Roma ocupaban puestos de distinción y se llamaban Severo, Severino, Carpóforo y Victorino, fueron aprehendidos bajo Diocleciano por haberse declarado en contra del culto de los ídolos. Fueron azotados con látigos de plomo hasta que expiraron bajo los golpes. Sus restos, recogidos por los cristianos, fueron enterrados en el cementerio: de la vía Lavicana, al lado de otros cinco mártires, de profesi6n escultores, que se habían negado a hacer estatuas de falsos dioses. Las reliquias de todos estos mártires fueron más tarde llevadas a Roma a la iglesia que lleva hoy el nombre de iglesia de los Cuatro Coronados.

  MEDITACIÓN
SOBRE EL RESPETO HUMANO

   I. Ejecuta todos tus actos para agradar a Dios, y ten cuidado de que la vanidad no te arrebate todo el mérito de tus buenas obras. Si trabajas para brillar ante los ojos de los hombres o para agradarlos, no esperes de Dios ninguna recompensa. Es por mí, oh mi divino Salvador, por quien vinisteis a este mundo, trabajasteis durante vuestra vida y moristeis en una cruz; por Vos también quiero yo morir.

   II. No te tomes el trabajo de contentar al mundo, es intentar lo imposible. Cada persona tiene su opinión: ¿cómo conciliar sentimientos tan diversos? Que los juicios y las burlas de los hombres jamás te detengan en el cumplimiento de tus deberes. No puedes resistir una palabra de burla, ¿cómo harás para resistir los halagos, las amenazas y los suplicios de los tiranos?

   III. Guárdate, con tus burlas, de desviar a los demás del servicio de Dios. Es hacer oficio de demonio; es privar a Dios de grandísima gloria, y a la creatura de una gracia que le habría sido dada como recompensa de su buena acción. Y si alguien quiere impedirte servir a Dios, míralo como a un emisario del demonio, búrlate de él; haz el bien y deja a los hombres que digan lo que quieran. No te inquietes por sus vanos discursos: la Santísima Trinidad misma no ha podido escapar a la crítica de los insensatos; tampoco tú escaparás. (San Gregorio Nacianceno).

La pureza de intención 
Orad por los impíos.

ORACIÓN

   Haced, os lo suplicamos, oh Dios omnipotente, que honrando la constancia de vuestros gloriosos mártires en confesar vuestro Nombre, experimentemos los efectos de su caritativa intercesión ante Vos. Por J. C. N. S. Amén.

lunes, 7 de noviembre de 2011

SAN AGUSTÍN Y LA CIUDAD DE DIOS

Visto en : De Civitate Dei


"San Agustín rodeado de santos, miembros de su Orden
 y nobles, por Pantoja de la Cruz. Catedral de Toledo"


  Al igual que todos los libros de San Agustín, La Ciudad de Dios, fue escrito para responder a una necesidad determinada, contrarrestar las acusaciones contra el cristianismo. En cierto modo, esta obra es un símbolo sobre las relaciones entre el estado y la comunidad fundada bajo los principios cristianos.

San Agustín nos propone en ella, un hombre de dos ciudades, en cierto modo manteniendo el dualismo Platónico. Sin embargo, este problema es bien conocido para los primeros cristianos que, debían convivir en un imperio , muchas veces hostil a la práctica de su religión, tratando de conciliar con escasos resultados su vida espiritual y su vida política. Frente a la opción, el cristiano prefería los goces futuros en el Reino de los Cielos a las promesas de la sociedad civil, existía un contraste marcado entre ambos órdenes, como lógica consecuencia se sigue el natural desapego por las cosas terrenales. El cristiano reconocía los poderes del mundo en tanto el fundamento último de la autoridad estriba en Dios, pero esa lealtad era puramente externa, no había un vínculo de confraternidad espiritual entre los miembros de ambas sociedades, en sus relaciones con el estado el cristiano se consideraba extranjero, su verdadera "ciudadanía" estaba en alcanzar el reino de los cielos. Esta situación se va a mantener durante largo tiempo, incluso cuando el Imperio Romano adopta como religión oficial el cristianismo.

Según el pensamiento agustino, el pueblo es "una congregación de personas unidas entre si en la comunión de los objetos que aman", por lo tanto el juicio sobre un pueblo deber tener en cuenta cuales son los objetos de su amor. Si la sociedad esta unida en el amor a lo que es bueno, ser una sociedad buena, si los objetos de su amor son malos, ser mala. Aunque los deseos de los hombres parezcan ser infinitos, en realidad pueden reducirse a uno solo. Todos desean la felicidad y todos buscan la paz, todos sus anhelos, esperanzas y temores se dirigen a ese fin; la única diferencia radica en la naturaleza de la felicidad y la paz que se desean, al poder elegir libremente su propio bien, el hombre puede encontrar esa paz subordinando su voluntad al orden divino o someterse a la satisfacción de sus propios deseos, aquí encontramos la raíz del dualismo, en esta oposición entre el hombre que vive para sí mismo anhelando la felicidad material y la paz temporal y el hombre espiritual que vive para Dios y busca la beatitud espiritual y una paz que sea eterna. Estas dos tendencias de la voluntad, dan origen a dos clases distintas de hombres y a dos tipos de sociedad: "dos amores fundaron dos ciudades: el amor propio hasta el menosprecio de Dios, fundó la ciudad terrena y, el amor a Dios hasta llegar al desprecio de si mismo, fundo la Ciudad de Dios.

De esta generalización surge toda la teoría agustina de la historia, puesto que ambas ciudades "han seguido su curso mezclándose una con la otra a través de los tiempos desde el inicio de la raza humana y seguir n de esta manera andando juntas hasta el fin del mundo", recién entonces se producir la separación entre ambas, con la victoria definitiva de la Ciudad Celeste, pues " el bien es inmortal y el triunfo ha de ser de Dios".

En la última parte de la obra, San Agustín ofrece una breve sinopsis de la historia del mundo considerada según el punto de vista expuesto. Por un lado observa el curso de la ciudad terrena -encarnada en la mística Babilonia- encontrando su expresión más completa en los imperios de Asiria y Roma. Por el otro, reconstruye el desarrollo de la ciudad Celestial desde sus orígenes con los patriarcas, a través de la historia de Israel, la ciudad Santa de la Primera Jerusalén hasta su última manifestación en la Iglesia Católica.
Según San Agustín la raza humana est viciada desde sus orígenes, la vida social est cargada de males hereditarios contra los cuales lucha en vano la voluntad individual, por ello, los reinos del mundo est n basados en la injusticia y prosperan en virtud de los derramamientos de sangre. Contra Cicerón, que afirma que el estado descansa en la justicia, San Agustín sostiene que si esto fuera cierto la propia Roma no constituiría un estado puesto que no resulta posible encontrar la verdadera justicia en el orden temporal, el único estado verdadero, desde este punto de vista, sería la Ciudad de Dios. No obstante, el Santo advierte que el estado de fuerza que ha dicho olvidad la justicia no se distingue de una banda de ladrones. Hombres y estados son para él voluntad, pero deben ser voluntad ordenada y sujeta a normas.

Es imposible identificar la Ciudad de Dios con la Iglesia y la Ciudad Terrena con los estados civiles, como han pretendido algunos autores, puesto que en la ciudad celestial no hay lugar para el mal y la imperfección, ambas comunidades son espirituales una de ellas se constituye según la Ley de Dios mientras que la otra lo hace contra ella. Tanto la Iglesia como el estado podrían pertenecer a una u otra ciudad, sin embargo la Iglesia es el puente entre lo terrenal y lo espiritual, el nexo a través del cual los hombres pueden pasar del tiempo a la eternidad. Este pensamiento en modo alguno implica el desprecio por la Jerarquía eclesiástica, mas bien por el contrario, la Iglesia es representante de la ciudad de Dios en el mundo.

Con respecto a la moral, San Agustín postula la íntima unión entre moral y vida social, la fuerza din mica del individuo y de la sociedad se encuentran en la voluntad que determina el carácter moral, la corrupción de la voluntad por el pecado original de Adán se convierte en un mal social hereditario, al que se le opone como bien social, el restablecimiento de la voluntad por la Gracia de Cristo, transmitida sacramentalmente por la acción de Espíritu Santo, que une a la humanidad en una sociedad espiritualmente libre bajo la ley de la caridad. La Gracia de Cristo sólo se encuentra en la "sociedad de Cristo", lugar donde debió haber tenido origen la Ciudad de Dios. Del mismo modo, la Iglesia es la nueva humanidad en proceso de formación y su historia terrenal representa la construcción de la Ciudad de Dios que tiene su final en la eternidad, de allí que a pesar de todas sus imperfecciones, la Iglesia terrenal sea la sociedad m s perfecta que este mundo puede conocer porque es la única que tiene su origen en la voluntad espiritual, mientras los reinos de la tierra tratan de obtener bienes materiales, la Iglesia, busca los bienes espirituales y una paz que es eterna. El estado puede ser en el peor de los casos, un poder hostil, la encarnación de la injusticia y de la obstinación y en el mejor de los casos, una sociedad perfectamente legítima que est destinada a someterse a una sociedad espiritualmente m s grande y universal.

Es a San Agustín a quien debemos el ideal occidental de la Iglesia como el poder din mico social en contraste con los conceptos estáticos y metafísicos que dominaron el cristianismo bizantino. Bajo el Imperio romano de oriente, al igual que en las monarquías sagradas de tipo oriental, se exaltaba al estado como un poder sobrehumano frente al cual las personas carecían de derechos y la voluntad individual resultaba inoperante, el imperio bizantino mantuvo este concepto del estado, San Agustín rompió esta tradición despojando al estado de su halo de divinidad y buscando el principio del orden social en la voluntad humana.

MARÍA MEDIANERA UNIVERSAL DE TODAS LAS GRACIAS

7 de noviembre

MARÍA MEDIANERA UNIVERSAL
DE TODAS LAS GRACIAS





Jesucristo vino al mundo por medio
 de la Santísima Virgen, y
por Ella debe también reinar en el mundo.
(San Luis María Grignion de Monfort)


   Los Padres de la Iglesia han enseñado de distintas formas que María Santísima es la Medianera Universal de todas las Gracias y, con ellos, la tradición cristiana desde siempre, la ha reconocido como tal.

   Las iglesias orientales de rito bizantino eslavo celebran la fiesta del Pokrov, la Medianera de todas las Gracias, y así resalta en las oraciones del oficio: En este día de la fiesta, la Virgen intercede por nosotros en la Iglesia y con las invencibles armas de los santos, pide a Dios por nosotros. Angeles y Pontífices se postran, exultan los apóstoles y profetas, porque la Madre de Dios pide por nosotros al Dios Eterno.

   En Occidente, se instituyó una misa a celebrarse el 31 de mayo, junto a la de María Reina. Al menos España, Bélgica y Holanda tienen fiesta propia. En nuestra patria, hace pocos años, una providencial decisión de nuestros obispos establece esta fiesta el 7 de noviembre para comenzar con ella el Mes de María. Esto, por otra parte, constituye un ruego más un ruego argentino- para apresurar la hora en que esta verdad sea proclamada a la faz de la Tierra como dogma de nuestra Fe.

   Una de las oraciones más antiguas, la antífona Sub tulum praesidium, que fuera encontrada en un manuscrito copto del siglo III, recoge esta idea de la Mediación; y en las Catacumbas de Roma, del siglo IV, se representa la Virgen Medianera.

   En la Iglesia oriental hay muchos lconos que representan a la Virgen como Medianera, entre ellos se destacan los de la Deisis o súplica y el icono de la Terondisa o Virgen protectora de los monjes, que tiene su origen en una antiquísima tradición según la cual, la Virgen hace ese oficio en el cielo, proveyendo a los monjes de lo necesario para la vida.

   Otra clase de iconos es el de la Fuente vivificadora, en que se representa a la Virgen sosteniendo al niño de pie al borde de una fuente que rebosa agua, símbolo de las gracias que Dios da por medio de Su Madre.

   La Iglesia tiene innumerables testimonios en su culto como en su doctrina, apoyados todos en la Sagrada Escritura, que junto con el sentir de todo el pueblo fiel afirman la verdad de que MARÍA SANTÍMA ES LA MEDIANERA UNIVERSAL DE TODAS LAS GRACIAS.

SANTORAL 7 DE NOVIEMBRE




SAN FLORENCIO,
Obispo y Confesor



Si tu hermano pecare contra ti,
 ve y corrígelo estando a solas con él.
(Mateo, 18, 15).

   El rey Dagoberto II, hacia el año 678, decidió nombrar obispo de Estrasburgo al ermitaño San Florencio que, desde hacía una veintena de años, vivía en un yermo al pie del Ringelberg. Teníaselo por oriundo de Irlanda. Fundó el monasterio de Haslach, y atrajo a Estrasburgo a muchos monjes, sobre todo irlandeses, para los cuales edificó la abadía de Santo Tomás. Murió hacia el año 693.

MEDITACIÓN
SOBRE LA IRA

   I. Considera los efectos de la ira, y aborrecerás este vicio. La ira o cólera te vuelve insoportable a ti mismo, turba la paz de tu alma y arruina la salud de tu cuerpo; además, te hace odioso a tu prójimo, porque nadie quiere conversar con un hombre que se arrebata por las cosas más insignificantes. ¡He merecido yo el infierno por mis crímenes, y no quiero sufrir nada para expiarlos! ¡Los santos soportaron el martirio por Jesucristo, y yo me irrito por una palabra! Si consideras que lo que te contraría te sucede por la permisión de Dios, te someterás a sus órdenes sin quejarte y sin dejarte llevar por la cólera. Los bienes y los males, la vida y la muerte, la pobreza
y la riqueza, vienen de Dios. (Eclesiastés).

   II. ¡Cuántas faltas no arrastra consigo la cólera! Las injurias, las calumnias, las enemistades, las muertes y las guerras, son los funestos efectos de este vicio. Para corregirte de él, acuérdate de la paciencia que Jesucristo te ha enseñado con sus palabras y con sus ejemplos. ¿Acaso Dios echa mano del rayo todas las veces que lo ofendes? Nada emprendas, nada resuelvas en el momento de la ira; deja que primero se calme la tempestad.

   III. Alguien te ha ofendido, vete a buscarlo cuando se ha calmado tu cólera, hazle ver su falta con dulzura y caridad: te escuchará infaliblemente y reconocerá sus yerros. Reconcíliate con él lo antes posible; cuando tuviere falta, no vaciles en prevenirlo. Si falta a su deber, ¿no faltas tú al consejo que Jesucristo te da?; perdónalo. no sea que te vuelvas tú malo como él. ¿Has recibido una injuria? Perdona a fin de que no haya dos culpables.

La mansedumbre 
Orad por los que os hacen mal. 

ORACIÓN

   Haced, oh Dios omnipotente, que la augusta solemnidad del bienaventurado Florencio, vuestro confesor y pontífice, aumente en nosotros el espíritu de piedad y el deseo de la salvación. Por J. C. N. S. Amén.

domingo, 6 de noviembre de 2011

LA HUMILDAD, REINA DE VIRTUDES

FORMACIÓN EN LA HUMILDAD
Y MEDIANTE ELLA EN LAS DEMÁS VIRTUDES

  

POR EL CANÓNIGO BEAUDENOM
AUTOR DE LA
“PRACTICA PROGRESIVA DE LA CONFESÓN Y DE LA DIRECCIÓN”
Cuarta Edición
EUGENIO SUBIRANA, S. A. Editorial Pontificia -1933




¡La humildad! Toda la tradición  cristiana le dirige loores a porfía, todas las almas piadosas  la desean entrañablemente; Jesús la elevó a la altura de la Redención asociándola al sufrimiento,  ¿y  no la mantiene aún como aureola en torno de su Eucaristía? Donde no está ella, no hay virtud. Dios no viene sino a ocupar el espacio que ella le hace.

Pero tantas alabanzas ¿traen consigo la luz? Estas admiraciones ¿producen en nosotros plena convicción? ¡Cuánta vaguedad en los pensamientos y en las conciencias, que insuficiencia por todas partes! Pero, si la misma  naturaleza de la humildad es tan poco  conocida, lo es menos aún su esfera de influencia.

Las meditaciones largamente pensadas de este libro se ordenan a los espíritus serios que anhelan comprender y a las almas piadosas que quieren adelantar.

Las grandes cosas siempre se rescatan en lo profundo: los metales ricos  yacen en las entrañas de la tierra; prodigiosas fuerzas parecen dormir en la materia no turbada y apacible; maravillosos mecanismos tienen su juego en los movimientos del mundo sideral, y se columbran en el seno del ser viviente secretos tan profundos que nada puede explicarlos. Mirad, y mirad bien; en el fondo de la humildad reina una especie de infinito; estamos en pleno sobrenatural.

La virtud, tomada en conjunto es una vida; cada virtud particular es uno de sus órganos. Todas tienen sus bellezas, sin duda, pero también se atavían con la belleza de sus hermanas por la unidad de vida y por la ley de comunicación. Algunas, sin embargo, la participan de una manera  más inmediata, más amplia, más continua, más indispensable;  la vida, la misma vida, se mueve en cada parte del conjunto, pero no se extiende o no brilla en todas en la misma proporción. Vamos a estudiar  la porción que el corresponde a la humildad; tal vez descubramos en ella una humildad que nos era desconocida.

Para avanzar con paso seguro, conviene proceder con aplomo y método; antes de tocar las cimas, habremos de atravesar ciertas regiones ingratas y escalar pendientes escabrosas y difíciles. Para que sea menos penoso el camino, lo recorreremos con ayuda de medios variados; estudio que abre perspectivas generales; observaciones más ceñidas que aclaran un punto nebuloso; reflexiones piadosas que ponen  de relieve los resultados de un descubrimiento; y sobre todo, meditaciones profundas que sumergen el alma en la atmosfera de la verdad bajo el sol esplendoroso de la gracia divina.

Que ninguna persona de buena voluntad se amilane ante verdades tan altas, juzgándose incapaz de llegar a ellas; que ponga su confianza en los auxilios del cielo. La ciencia humana no se entrega sino a sus cultivadores, pero la ciencia de Dios se prodiga a los pequeños y humildes: éstos no siempre tienen necesidad de razonamientos prolijos. Por tanto, si alguna parte de este libro queda obscura para ellos, no se apesadumbren  ni desconfíen: la claridad les espera tal vez en un recodo del sendero, bajo una formula más sencilla, pero destilando verdad. A veces un pormenor sin importancia será para tal espíritu una completa revelación.



& I.-    Humildad, virtud singular




I.  EL ORGULLO  NO ES MÁS QUE UNA DESVIACIÓN  DE DOS TENDENCIAS LEGÍTIMAS.


Sentimiento de superioridad, anhelo de preeminencia,  ¿es el orgullo un recuerdo de nuestra grandeza original? Su mal consistiría entonces en estar  fuera de su sitio. Rey destronado por culpa suya y orgulloso todavía entre sus harapos, “dios caído que siente  la nostalgia del cielo”, tal  nos aparecería el hombre en su tendencia al orgullo. O, tal vez, la soberbia, desorden y vicio, lejos de ser el recuerdo de una corona perdida,  ¿es el estigma de una rebelión fracasada? “Eriits sicut dii”. Entonces la tentación habría pasado a la corriente de la sangre para conturbarla. Este doble origen explicaría lo que presenta el orgullo de grandeza y de miseria al mismo tiempo.

De hecho, no sería desacertado mirar este defecto como una desviación  de sentimientos útiles depositados por Dios en la naturaleza humana. Tales sentimientos se reducen, en último análisis, a estos dos: estima de sí mismo y deseo de la estimación de los demás. La propia estima  es base de la dignidad personal; el deseo de ser estimado es uno de los fundamentos de la sociabilidad.

Estas inclinaciones son tan profundas y espontáneas que aparecen amasadas con los instintos, y se asemejan al de conservación, pues tiene una función del mismo género: el instinto de la vida liga al hombre a una existencia ordinariamente miserable; el de la propia estima leliga a su personalidad, a pesar de su poco valor; el deseo de ser estimado  le liga al bien  público, no obstante la fragilidad de las ventajas que él proporciona.
Estas dos tendencias últimas están sujetas a desviaciones tan fáciles y naturales que se ve en ellas el sello de la caída original; por esto los moralistas las llaman frecuentemente vicio, sin distinción.

II.- LA HUMANIDAD ES LA VIRTUD ENCARGADA DE OPONERSE  A ESTAS DESVIACIONES.-


“Ella es la que afirma el espíritu y le impide elevarse de un modo contrario a la razón”[1](levantarse sobre, superbia); ella reconoce y conserva el orden en la estimación propia y en el deseo de la estimación ajena.

Es, por consiguiente, verdad y justicia. Es verdad, y por este título traza la regla de dirección. Es justicia y, en su virtud, inclina a obrar conforme a esta regla[2].

Como verdad, reside en la inteligencia; como justicia, reside en la voluntad. Pero estas dos facultades actúan la una sobre la otra, en forma que todo incremento de luz aumenta la fuerza de la inclinación y todo desarrollo a aprehender mejor los motivos y las reglas de la humildad.

Esta exposición se dirige, pues, a una y a otra de dichas facultades para ponerlas   en el estado  más favorable; pero el estado más favorable de la inteligencia es el convencimiento, y el estado más favorable de la voluntad es la propensión.

Dos clases de luz producen  el convencimiento: la luz de la razón y la de la revelación. Dos fuerzas producen la propensión: la de la voluntad y la de la gracia actual. Es prudente ayudarse de todos los medios a la vez. Los del orden sobrenatural son los más eficaces, como los más elevados.

Contentarnos con los datos de la razón para determinar la estima que merecemos, sería establecer una virtud incompleta e insuficiente. Pretender conseguir la inclinación a la humildad por nuestras solas fuerzas, sería  comenzar por una proposición herética y acabar por una  decepción. Los gentiles no conocieron la humildad más que la modestia, y lo que de ella conocieron lo practicaron con bastante imperfección. La noción verdadera de esta virtud  brota de nuestros dogmas fundamentales, y su práctica completa depende de la gracia: es, por tanto, eminentemente sobrenatural; el racionalista no puede tener ni admitir  la humildad entendida de esta manera.

Esto no obstante, a las facultades naturales corresponde una parte no pequeña en la adquisición de esta virtud.

 Y para comprender bien el alcance de esta observación, convendría recordar aquí algunas nociones genéricas sobre las virtudes naturales y las sobrenaturales.

Su objeto es el mismo: el bien; y cada virtud tiene el mismo objeto especial: el mismo género de bien. Así la humildad, sea natural o sobrenatural, regula o mantiene el orden con relación a la estima personal y al deseo de alabanzas.

Estas virtudes residen en las mismas facultades, que son, para unas y otras, las facultades naturales. Las virtudes naturales las  penetran, las sobrenaturales las “perfeccionan”.

Pero difieren unas de otras por el modo de producirse y de obrar.

Las virtudes sobrenaturales son puestas en nosotros por una especie de creación que la teología llama infusión; así, virtud sobrenatural es sinónimo de virtud infusa. Dios las infunde o derrama en el alma del niño que se bautiza y las infunde todas a la vez. El aumento de una lleva consigo el incremento de todas, y juntas se pierden por el pecado mortal, a excepción de la fe y de la esperanza. Todas reviven igualmente por efecto de la justificación.

Las virtudes naturales, al contrario, no se forman sino lentamente, por actos repetidos, y no se pierden instantáneamente, sino, poco a poco, de  manera que un pecado mortal no las destruye.

El nombre de hábito, como es obvio, no puede aplicarse más que a estas últimas. La inclinación, la fuerza, la habilidad, se van allí acumulando paulatinamente, como en un miembro que se ejercita en el trabajo.

En las virtudes sobrenaturales, el incremento viene de fuera y no del desarrollo; y entre ellas, a un grado de aumento no corresponde necesariamente un acrecentamiento de fuerza e inclinación.

Los teólogos caracterizan esta diferencia por dos expresiones ya consagradas. Las virtudes infusas, nos dicen, dan el simpliciter posse, la simple potencia, esto es la aptitud. El hábito da el faciliter posse, la verdadera facilidad. Las gracias actuales las dan asimismo, pero de un modo transitorio.

Una comparación nos hará ver estas distinciones. Tal tejido puede ser fino o grosero, compacto  o flojo; pasado por un baño especial, se convierte en púrpura. El baño no ha cambiado su naturaleza: el tejido  sigue siendo basto  o fino, apretado  o claro; pero  ha sido elevado a más alta categoría. Su valor y sus usos no son ya los mismos. Que un reactivo químico le arrebate de nuevo su color, y lo tendréis convertido de nuevo en un tejido vulgar.

Las virtudes sobrenaturales hacen pasar nuestra alama de su orden humano al orden sobrenatural; transforman nuestras facultades y les comunican, con una belleza especial, la aptitud, pero sólo la aptitud para producir actos sobrenaturales. El ejercicio tendrá lugar merced a las gracias actuales y a las disposiciones de la voluntad y los hábitos.

Por aquí se verá como, en los adultos, generalmente, la virtud se caracteriza por el esfuerzo. Las virtudes sobrenaturales no se dan para dejar inactivas o para substituir las fuerzas naturales, sino para elevarlas, completarlas y sostenerlas. Las elevan al orden sobrenatural por su presencia; las completan y sostienen por las gracias actuales  que atraen.

Estas gracias actuales nos ofrecen auxilios que exceden toda evaluación: Dios los centuplica en el alma que sabe corresponder, y a la oración le permite prodigarlos sin merecimientos y sin medida. Bajo su influencia omnipotente, los actos virtuosos se multiplican y se realizan con intensidad; las facultades naturales que los producen se forman, se desarrollan y finalmente, adquieren la inclinación, la facilidad y  la habilidad para actos semejantes, pues se han cumplido las condiciones de los hábitos.

Continuará el próximo domingo.....


[1] Santo Tomás, 2ª. 2ae, quaest. 161, art I.
[2] Esta palabra “justicia”, tomada aquí en sentido  amplio, designa una disposición virtuosa que asegura a cada ser el lugar que le  corresponde, mientras que la justicia en sentido estricto mira a los derechos positivos de los hombres entre sí.

SANTORAL 6 DE NOVIEMBRE



6 de noviembre




SAN LEONARDO,
Confesor



La paz mía os doy, no os la doy yo
como la da el mundo.
(Juan, 14, 27)

   San Leonardo, noble cortesano de Clodoveo, fue convertido por San Remigio. Quiso el rey ser su padrino, dio libertad a gran número de cautivos a su pedido, y le ofreció un obispado, que él rehusó para entrar al Monasterio de Micy, bajo la dirección de San Mesmino. En seguida entregóse a la vida eremítica y se retiró a una floresta próxima a Limoges. Practicó allí grandes austeridades. Descubierto por el rey en su desierto, recibió el ofrecimiento de un vasto territorio para fundar en él un monasterio que, más tarde, dio nacimiento a la ciudad de San Leonardo.

MEDITACIÓN
SOBRE LAS MISERIAS  
DEL MUNDO

   I. Sólo engaño hay en el mundo. No se encuentra fidelidad entre los amigos, ni caridad entre los parientes; por todas partes reina el disimulo; todos disimulan sus sentimientos, ocultan sus proyectos, buscan sus intereses y sus placeres. ¿En quién se podrá uno confiar? ¿De quién no se habrá de desconfiar? Sin embargo, ¡oh Dios mío! ¡nos fiamos en el mundo que tan a menudo nos ha engañado y no en Vos, que siempre habéis sido fiel a vuestras promesas!

   II. No hay paz en el mundo, por todas partes reinan la división y la turbación: los hombres guerrean unos contra otros y se rebelan contra Dios con sus pecados; ¡concedednos esa paz que dais a vuestros servidores y que el mundo no puede darnos! Imita a los santos, que viven sin turbación en medio del mundo, porque no están animados por el espíritu del mundo, sino por el de Jesucristo.

   III. No existen en el mundo verdaderos bienes. Sus favores son emboscadas que nos tiende para perdernos. Sus bienes no son sino aparentes. Sus placeres siempre están mezclados de hiel y de amargura: nunca han contentado ni a uno solo de sus partidarios; cuanto más se tiene, más miserable se es. Renunciemos a un mundo poco fiel y siempre sospechoso: los pequeños son en él presa de oprobios, y los grandes, de la envidia. (San Euquerio).

El desprecio del mundo 
Orad por los jefes de Estado.

ORACIÓN

   Oh Dios, que todos los años nos proporcionáis un nuevo motivo de gozo con la solemnidad del bienaventurado Leonardo, vuestro confesor, haced, por vuestra bondad, que honrando su nacimiento al cielo imitemos sus ejemplos de virtud. Por J. C. N. S. Amén.

SERMÓN PARA LA DOMÍNICA 21 POST PENTECOSTÉS

DOMINGO VIGESIMOPRIMERO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


Visto en : Radio Cristiandad




De la Carta del Apóstol San Pablo a los Efesios (6, 10-17): Hermanos: fortaleceos en el Señor y en el poder de su virtud. Revestíos de la armadura de Dios para poder resistir a las acechanzas del Diablo. Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominadores de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal, que están en las alturas. Por eso, tomad las armas de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y después de haber vencido todo, manteneros firmes. ¡En pie!, pues; ceñida vuestra cintura con la Verdad, y revestidos de la Justicia como coraza, calzados los pies con el Celo por el Evangelio de la paz, embrazando siempre el escudo de la Fe, para que podáis apagar con él todos los encendidos dardos del Maligno. Tomad, también, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios.

A la luz radiante de la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo, bajo la protección y amparo de María Reina, y animados por las palabras de San Pablo de la Epístola de hoy, reflexionemos sobre la hora presente.

El catolicismo está empeñado en la lucha más vasta y más dura que haya tenido que enfrentar jamás.

Por fuera, un asedio de pseudo teología, de sistemas filosóficos, de errores, de inmoralidad y corrupción se abate sobre sus murallas…

Al interior, una ligereza, una indiferencia, un cansancio, cuando no la traición o las herejías que socavan la fortaleza…

¡Esta es la tremenda realidad de la hora actual!

Todos somos conscientes y todos estamos en angustiosa espera de lo que ha de suceder… porque la historia tiene su lógica y las ideas y las costumbres tienen una fuerza ineludible…

Todos los hombres y todas las instituciones, incluso sin que les interese la respuesta, aunque más no sea preocupados por sus intereses temporales, se hacen a sí mismos una idéntica pregunta: ¿Hacia dónde vamos?… ¿Qué pasa?…

Los políticos, los economistas, los militares, los moralistas, los psicólogos y psicoanalistas…, incluso los artistas, los deportistas… se preguntan: ¿A dónde vamos?… ¿Qué pasa?…

¿A dónde vamos?… ¿Qué pasa?… se preguntan políticos, economistas, patronos, obreros, maestros, alumnos, ancianos, jóvenes, hombres y mujeres…

Y aunque no han podido responder con certeza, sino tan sólo con el encogimiento de hombros de la incertidumbre o la duda, todos ellos se aprestan con diligencia a tomar posiciones y a preparar el ataque o la defensa.

Todos, con calor, con prisa, sin reparar en medios ni en riesgos, se preparan para la lucha.

Pero, como la lucha que tan inquieto y convulso tiene al mundo contemporáneo no es un pleito meramente político, económico o social, sino que más que todo eso y fundamentalmente es un problema religioso, también los hombres religiosos se preguntan: ¿Qué pasa?… Pero, ¿a dónde vamos?…

¡Sí!, también los hombres verdaderamente religiosos, a los que la religión les interesa realmente, aunque practiquen una falsa religión, sean budistas, judíos, musulmanes, protestantes, ortodoxos…, se preguntan: ¿Qué pasa?… Pero, ¿a dónde vamos?…

Mas, precisamente, porque el problema es religioso, porque es asunto de dogma y moral, de si hay o no Dios, de si Jesucristo es o no el Rey de reyes y el Señor de los señores, de si la Iglesia Católica es o no la única verdadera y la única que puede con su doctrina conducir al hombre a la felicidad eterna…, solamente el católico tiene la respuesta al interrogante que tanto conmueve al mundo…

Y aquí es donde debemos detenernos para reflexionar…

Ante esta pobre sociedad que se desmorona y que no sabe si avanza o retrocede; ante esta humanidad envilecida por el dinero, el sexo, el alcohol, la droga…; ante estos hombres y mujeres temerosos del presente y desanimados por el futuro… ¿sabemos dar respuesta a la cuestión planteada?

No nos sorprenda la pregunta. A pesar del desprecio con que, no sólo esa pobre sociedad, sino también incluso los pastores y hombres de Iglesia parecen prescindir del catolicismo genuino en la solución de la enfermedad… en definitiva, solamente el católico tiene la respuesta al interrogante que tanto conmueve al mundo…, sólo la religión católica es la única que puede darle la solución de una manera eficaz…

Como la esencia del problema es de índole dogmático y moral, la solución tendrán que tratarla: de un lado, el catolicismo verdadero, único depositario de una doctrina divina e infalible; y del otro lado, los secuaces de la Revolución, estén fuera o dentro de los límites visibles de la Iglesia de Cristo…

La Hermana Lucía constantemente se refería al tema de la desorientación diabólica, especialmente entre la Jerarquía Católica:

La desorientación es diabólica”, escribió Sor Lucía el 29 de diciembre de 1969.

La desorientación es doctrinal: “en estos tiempos de desorientación diabólica, no nos dejemos engañar por falsas doctrinas”, escribió el 12 de abril de 1970.

¡Es doloroso ver tanta desorientación, y en tantas personas que ocupan cargos de responsabilidad! Son como ciegos guiando a otros ciegos”,
escribió el 16 de septiembre de 1970.

Sólo hay una barrera sólida que detenga la avalancha, la invasión del mal: Dios y su Cristo; Cristo y su Iglesia.

Sólo una idea divina puede contener y vencer una idea diabólica…, las armas, la ciencia, la política, la economía, sin la religión, ¡jamás!

Por eso en la hora presente, vale la pena ser católico.

En nuestros días, el martirio es silencioso, más largo, más lento, más refinado; no tiene el contrapeso ni el consuelo de la comprensión dentro de los umbrales de la Iglesia; no tiene siquiera el alivio de pensar que el verdugo es un extraño, un pagano, un bárbaro, porque ahora es un cristiano, un apóstata, un traidor…

¡Católicos!, herederos del tesoro de la Cristiandad… ¡Católicos!, descendientes de la Europa cristiana… ¡Católicos!, sucesores de los conquistadores y misioneros de la hidalga Hyspania, Dios nos ha puesto frente a un dilema: o ser santos, o desaparecer…

En la hora presente, quien quiera ser católico en serio, debe tener alma de héroe y de santo… o si no se hundirá en el fracaso, en la apostasía y en la traición.

Quien quiere practicar hoy el catolicismo verdadero, se adelanta no sólo para ser fiel a un llamamiento divino, sino como quien lanza una protesta contra el catolicismo tibio, neutral, despreocupado…

Quien quiera impregnar toda su actividad de catolicismo, lo hace por caballerosidad hacia su Rey desterrado… Lo hace por lanzar un desafío a la sociedad sensual, muelle, servil… Lo hace atraído por esa vida única que merece el nombre de tal: desinteresada, llena de ideales, que configura con Cristo…

Todo esto constituye la más soberana de las hermosuras. Pero al mismo tiempo constituye una responsabilidad.

Por lo cual, debemos prepararnos por la oración, la mortificación, la práctica de las virtudes, para esa hora cuyo peso únicamente los arcángeles podrán llevar sobre sus hombros.

Como escribió Santa Teresa:

Todos los que militáis

debajo desta bandera,

ya no durmáis, no durmáis,

pues que no hay paz en la tierra.

Y como capitán fuerte

quiso nuestro Dios morir,

comencémosle a seguir,

pues que le dimos la muerte.

¡Oh, qué venturosa suerte

se le siguió desta guerra!

Ya no durmáis, no durmáis,

pues Dios falta de la tierra.

Con grande contentamiento

se ofrece a morir en cruz,

por darnos a todos luz

con su grande sufrimiento.

¡Oh glorioso vencimiento!

¡Oh dichosa aquesta guerra!

Ya no durmáis, no durmáis,

pues Dios falta de la tierra.

No haya ningún cobarde,

aventuremos la vida,

pues no hay quien mejor la guarde

que el que la da por perdida.

Pues Jesús es nuestro guía,

y el premio de aquesta guerra;

ya no durmáis, no durmáis,

porque no hay paz en la tierra.

Ofrezcámonos de veras

a morir por Cristo todos.

Y en las celestiales bodas

estaremos placenteros;

sigamos estas banderas,

pues Cristo va en delantera,

no hay que temer, no durmáis,

porque no hay paz en la tierra.

&&&

Aunque sean tantos y tan graves los males que sufrimos, y tal vez mayores aún los que nos aguardan, no decaiga nuestro ánimo… Tenemos como Patrona y Abogada a la Santísima Virgen.

María interviene en favor de la Iglesia y en Ella hemos de fundar la razón de toda nuestra esperanza. La Cristiandad no ha dado un paso hacia el bien sin María.

Basta ir recorriendo las páginas más salientes de la historia de la Iglesia para convencerse de la eficaz protección de la Virgen Madre de Dios, que acompañó todos los hechos más importantes del cristianismo.

¿Por qué dudar, entonces, que también en la actualidad intervendrá con su poder y patrocinio, si le hacemos humildes y constantes súplicas?

Confiemos en la Santísima Virgen María. Ella, la Madre y Reina de todas y cada una de las naciones católicas; Ella Soberana de la Europa cristiana, de la Cristiandad; Ella la Reina de Méjico y la Emperatriz de América; Ella, al igual que en el Pilar, Guadalupe, Lourdes y Fátima…, y en cada uno de nuestros santuarios, continúa aplastando la cabeza del dragón infernal y nos ha prometido que al fin su Corazón Inmaculado triunfará.

&&&

San Luis María nos enseña que «Por la Santísima Virgen Jesucristo ha venido al mundo y también por Ella debe reinar en él. Por María ha comenzado la salvación del mundo y por María debe ser consumada. Principalmente en estos últimos tiempos, María debe ser terrible al diablo y a sus secuaces como un ejército en orden de batalla».

Y el Santo se pregunta: «¿Cuándo vendrá este tiempo feliz en el que la divina María será establecida Dueña y Soberana en los corazones, para someterlos plenamente al imperio de su grande y único Jesús? ¿Cuándo vendrá ese tiempo feliz y ese siglo de María, en el que muchas almas elegidas y obtenidas por María del Altísimo, sumergiéndose ellas mismas en el abismo de su interior, llegarán a ser copias vivientes de María, para amar y glorificar a Jesucristo?» Y responde: «Este tiempo vendrá sólo cuando se conozca y se practique la devoción que enseño» Y concluye de modo categórico: «Ut adveniat regnum tuum, adveniat regnum Mariæ»…

&&&

Cabe recordar aquí lo que Sor Lucía de Fátima dijo al Padre Agustín Fuentes en diciembre de 1957:

Padre, el demonio está librando una batalla decisiva contra la Virgen; y como sabe qué es lo que más ofende a Dios y lo que, en menos tiempo, le hará ganar mayor número de almas, está tratando de ganar a las almas consagradas a Dios, ya que de esta manera también deja el campo de las almas desamparado, y el demonio más fácilmente se apodera de ellas.

Padre, no esperemos que venga de Roma una llamada a la penitencia, de parte del Santo Padre, para todo el mundo; ni esperemos tampoco que venga de parte de los señores Obispos cada uno en su diócesis; ni siquiera tampoco de parte de las Congregaciones Religiosas. No; ya Nuestro Señor usó muchas veces estos medios, y el mundo no le ha hecho caso.

Por eso, ahora que cada uno de nosotros comience por sí mismo su reforma espiritual; que tiene que salvar no sólo su alma, sino salvar a todas las almas que Dios ha puesto en su camino…

Padre, la Santísima Virgen no me dijo que nos encontramos en los últimos tiempos del mundo, pero me lo dio a demostrar por tres motivos:

El primero, porque me dijo que el demonio está librando una batalla decisiva con la Virgen y una batalla decisiva, es una batalla final en donde se va a saber de qué partido es la victoria, de qué partido es la derrota. Así que ahora, o somos de Dios, o somos del demonio; no hay término medio.

Lo segundo, porque me dijo, tanto a mis primos como a mí, que dos eran los últimos remedios que Dios daba al mundo; el Santo Rosario y la devoción al Inmaculado Corazón de María. Y, al ser los últimos remedios, quiere decir que son los últimos, que ya no va a haber otros.

Y tercero, porque siempre en los planos de la Divina Providencia, cuando Dios va a castigar al mundo, agota antes todos los demás medios; y cuando ha visto que el mundo no le ha hecho caso a ninguno de ellos, entonces, como si dijéramos a nuestro modo imperfecto de hablar, nos presenta con cierto temor el último medio de salvación, su Santísima Madre.

Mire Padre, la Santísima Virgen, en estos últimos tiempos en que estamos viviendo, ha dado una nueva eficacia al rezo del Santo Rosario. De tal manera que ahora no hay problema, por más difícil que sea, sea temporal o sobre todo espiritual, que se refiera a la vida personal de cada uno de nosotros; o a la vida de nuestras familias, sean familias del mundo o Comunidades Religiosas; o la vida de los pueblos y naciones.

No hay problema, repito, por más difícil que sea, que no podamos resolver ahora con el rezo del Santo Rosario.

Con el Santo Rosario nos salvaremos, nos santificaremos, consolaremos a Nuestro Señor y obtendremos la salvación de muchas almas. Y luego, la devoción al Corazón Inmaculado de María, Santísima Madre, poniéndonosla como sede de la clemencia, de la bondad y el perdón; y como puerta segura para entrar al cielo. Esta es la primera parte del Mensaje referente a Nuestra Señora de Fátima; y la segunda parte, que, aunque es más breve, no es menos importante, se refiere al Santo Padre.

&&&

Recemos, pues, nosotros e imploremos: ¡Oh, María!, Reina y Soberana Nuestra, escucha nuestra plegaria y acelera el triunfo de tu Corazón Inmaculado. Amén.

¡Para que advenga el Reino de tu Hijo divino, advenga el Reino de tu Corazón Inmaculado!

Y como decía Hernán Cortés:

“Adelante, compañeros, que Dios y Santa María están con nosotros”.


P. Ceriani