Este es un sitio para católicos tradicionales, con contenidos de teología, meditaciones, santoral y algunas noticias de actualidad.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

ESCRITOS DE... P.BASILIO MÉRAMO: LA SALETTE Y FATIMA PROFECIAS APOCALIPTICAS DE LOS ULTIMOS TIEMPOS II

(Continuación Primera parte, ver aquí)



Grandes Apostasías 

La Salette nos previene de la Apostasía de Roma, pues no significa otra cosa el decir que: «Roma perderá la 
fe y será la sede del Anticristo». Esta es la triste realidad pero es la verdad. 

Toda la historia del hombre, desde la creación, con el pecado de Adán, es una continua y desgraciada 
Apostasía, que muestra la miseria humana y la infidelidad de amor a su Dios. 

Podemos remontarnos a la Apostasía de los ángeles, que fué definitiva y sin posibilidad de redención, dada 
su naturaleza angélica (espíritus puros) donde no cabe ni la ignorancia, ni el error de parte de la inteligencia, 
y donde el querer de la voluntad es para siempre fijo en la elección que ha hecho con plena libertad. El ángel 
una vez que elige el objeto de su amor, no puede ya cambiar, su libertad queda fija en aquello que eligió con 
todas las consecuencias.  

Este es el drama de la irredención angelical, dada la excelencia y superioridad de su naturaleza. El hombre en 
cambio, por ser más débil, sujeto a una luz inferior (grado de inteligencia) puede mientras vive cambiar su 
elección, no fijándose de una vez por siempre en aquello que hizo el objeto de su amor. El hombre es así 
susceptible de Redención y de Misericordia, por la misma condición de inferioridad de su naturaleza con 
relación a los ángeles. Gracias a esta miseria pudo decir con razón San Agustín «Oh feliz culpa», cosa que un 
ángel jamás podría decir. 

Con la creación del primer hombre Dios hace su primera revelación al hombre (Revelación Primitiva). Adán 
peca y toda su descendencia cae en la mancha del  pecado original. Con la infidelidad de los pueblos 
primitivos a la Revelación Primitiva, surge el Paganismo, primera y gran apostasía. 

Dios escoge un pueblo para volverlo suyo como testimonio y testigo de Sí. Se produce la segunda revelación 
hecha a Moisés. Pero la infidelidad del pueblo judío en su tenacidad y dureza de corazón rechazó la Ley, y 
como consecuencia de su apostasía a esta segunda Revelación, hecha a los hombres, surge el judaísmo. 
Dios hace su tercera y última Revelación, a través de su verbo Encarnado, Revelación de la Gracia, del 
Amor, su Evangelio, y comienzan una serie de contínuas apostasías dentro de la misma Iglesia fundada por 
Cristo Nuestro Señor. 

Tenemos, así, la triste historia de las herejías y  cismas dentro de los fieles. Vemos caer uno por uno los 
distintos Patriarcados que constituían la Iglesia por todo el mundo. Todos los Patriarcados de Oriente fueron 
cayendo uno tras otro en la herejía y el cisma. 

Prueba de ello nos la da el Padre Nicolás Liesel en su estudio sobre «Las Liturgias de la Iglesia Oriental,» 
Ed. Espasa- Calpe, Madrid, 1959: «Cuando en el siglo V se declaró la herejía monofisista (=en Cristo una 
sola naturaleza), cayeron en ella los dos patriarcados de Antioquía y Alejandría, tanto que desde entonces 
quedaron sólo restos lamentables. El monofisismo  había triunfado en estos  países, con excepción del 
patriarcado de Jerusalén, fundándose así la Iglesia jacobita Siria y la  copta en Egipto. Los cristianos, que 
permanecieron fieles a la fe tradicional, recibieron de los monofisistas el despectivo apodo de ‘melquitas’ o 
sea, ‘cesareos’, porque, en calidad  de griegos y grecófilos, se mantuvieron junto al emperador (en sirio = 
malka). (...) En el Líbano se separaron los maronitas. Y para colmo de males, los melquitas, fieles a Bizancio, 
fueron arrastrados en el siglo XI al cisma de la Iglesia griega. Así subsisten hoy tres patriarcados cismáticos: 
Alejandría, Antioquía y Jerusalén, que se llaman no ‘Melquitas’ según el antiguo nombre, sino ‘ortodoxos’, 
esto es, los ‘auténticos creyentes’, como antiguamente se llamaban las Iglesias Católicas del Oriente desde el 
siglo XI para contradistinguirse de las Iglesias caídas  en el monofisismo.(...) La actividad unionista de los 
católicos entre los melquitas empezó en el siglo XVII. Sobre todo en Alepo y Damasco tornaron muchos a la 
unidad católica. También en Egipto se formaron comunidades católicas entre melquitas emigrados de Siria. 
En el año 1701 se hicieron católicos dos obispos en secreto. Los católicos melquitas de Damasco eligieron en 1724 como patriarca, con el nombre de Cirilo VI, al obispo Serafín Tomas (...) El patriarca melquita católico tiene su sede en Damasco y ostenta el título de  ‘patriarca de Antioquía, Alejandría, Jerusalén y todo 
Oriente’». (Cap. La Liturgia Melquita). 

Se ve entonces como el oriente católico cayó en la herejía y el cisma con sus Patriarcados, si bien siempre 
hubo una minoría perseguida y oprimida que permaneció fiel a la Iglesia, y últimamente volvieron algunos 
del error como los melquitas católicos, quedando los ortodoxos aún en su error. 

Solo quedó en pie Occidente, Roma, aunque flagelados  por las herejías y el cisma, pero Roma, y todo el 
Patriarcado Occidental que del Papa depende, se mantuvo firme en la fe. Pero tenía que caer, por un misterio 
de verdadera iniquidad. Esto es lo que La Salette nos viene a señalar, junto con Fátima. 
La Apostasía de Roma, que de pagana paso a cristiana por la fe, volverá a su antigua condición por la pérdida de la fe convirtiéndose en la Sede  del Anticristo; ésta es la esencia de la profecía de La Salette. Por esto «Roma pagana desaparecerá» tal como dice Nuestra Señora de La Salette. San Roberto Belarmino viene a confirmar lo mismo: «Varios autores entre ellos San Roberto Belarmino, -dice Straubinger en su comentario- creen que en los últimos tiempos Roma volverá a desempeñar el mismo papel que en los tiempos de los emperadores» (Nota 1, Ap. 17,1).


SANTORAL 21 DE SEPTIEMBRE





21 de septiembre

SAN MATEO,
   Apóstol Evangelista

Jesús vio a un hombre sentado en el banco de los
impuestos, llamado Mateo, y le dijo: Sígueme; y él,
levantándose, lo siguió.
(Mateo, 9, 9).

   San Mateo, "Leví, el publicano", dejó, al llamarlo Jesucristo, sus bienes reunidos percibiendo impuestos. Después de la Ascensión, escribió primero su Evangelio a pedido de los hebreos convertidos, fuese después a predicar a Egipto y de allí pasó a Etiopía, donde resucitó a la hija del rey. La hija mayor del rey, Ifigenia, oyó del Apóstol el elogio de la virginidad y se obligó con voto de perpetua castidad ella y otras doscientas jóvenes. Hirtaco, usurpador del reino, quiso casarse con ella, pero San Mateo la animó a perseverar en su voto. El bárbaro rey envió soldados que masacraron al santo Apóstol al pie del altar.

MEDITACIÓN
SOBRE SAN MATEO

   I. Nuestro Señor, viendo a San Mateo sentado en el banco de los impuestos, lo llamó para hacerlo su discípulo. De inmediato se levantó San Mateo y lo siguió. Jesucristo pasa, nos mira y nos llama: rindámonos a la invitación de la gracia, cuando Jesús se haya alejado, quien sabe si aun lo podamos encontrar... Levantémonos prontamente, renunciemos al pecado con una voluntad firme de no volver a caer en él. Desde tanto tiempo nos llama Jesucristo, y siempre estamos en el mismo estado, siempre tibios en su servicio, siempre apegados a nuestros placeres.

   II. San Mateo es uno de los cuatro Evangelistas; mas no se contentó con escribir el admirable Evangelio que tenemos en nuestras manos, quiso predicar a los etíopes lo que había escrito. Tú no puedes escribir ni anunciar el Evangelio como hizo él, pero puedes y debes obedecer al Evangelio tanto como él. Tienes fe: que tus actos estén de acuerdo
con tu creencia. Hay que acordar nuestra vida con el Evangelio. (San Crisólogo)

   III. San Mateo fue mártir, se puede decir, de la hermosa virtud de la castidad. Tu vida debe ser un martirio continuo. Es preciso que te prives de tus placeres más dulces, que mueras incesantemente a ti mismo por la mortificación de tus sentidos, de tus pasiones y de tu voluntad propia. Esto es duro, lo confieso, pero el paraíso bien merece la pena de que se sufra algo. Es duro, sí, pero mucho más duro será para los réprobos oír esta sentencia: ¡Id, malditos, al fuego eterno!

La fidelidad a la vocación
Orad por la propagación de la fe.

ORACIÓN

    Asistidnos, Señor, por los méritos de San Mateo, vuestro Apóstol y Evangelista, a fin de que su intercesión nos procure los dones que no podemos obtener por nosotros mismos. Por J. C. N. S. Amén.

martes, 20 de septiembre de 2011

"Ellos y ellas nos gobiernan a nosotros y nosotras"



Les comparto un estracto de este editorial de el Diario de Hoy (El Salvador, Centroamérica) de la pág. 89 correspondiente al día 20 de septiembre de 2011, que deja en evidencia el boicot lingüístico de estos revolucionarios democráticos en pro de una igualdad que tanto profesan.

 ***

Lástima el discurso del presidente Carlos Mauricio Funes

Por Carlos Alberto Saz 

Una vez más aclaro que mi objetivo en esta columna no es el de dañar susceptibilidades, mucho menos el de lanzar críticas mordaces. ¡No! Mi propósito es únicamente el de señalar errores de dicción y orientar en cuestiones del idioma, con base en las más recientes normas de la Real Academia Española (RAE), a fin de difundir un lenguaje normativo, cuidadoso, un español general. ¡Sí, Señor!

Pues bien, el miércoles 15, con ocasión del centésimo nonagésimo aniversario de la Independencia de Centroamérica, el presidente de la República, Carlos Mauricio Funes Cartagena (a quien no conozco personalmente), leyó su discurso alusivo en la Plaza Libertad.

[….]

El discurso fue muy bueno en cuanto a promesas que el mandatario ofreció en beneficio del pueblo salvadoreño (Nota de Blog: aclaro no estar de acuerdo con esta aseveración), pero fue lamentable en muletillas como eso de “salvadoreños y salvadoreñas”, “amigo, amigas”, “todos y todas”, que solía repetir en su alocución.

Estos desdoblamientos recuerdan las impropiedades de lenguaje del expresidente Vicente Fox, de México, cuando decía “Queridos mexicanos y queridas mexicanas”, y de los exmandatarios Alejandro Toledo y Alan García, del Perú, que repetían “compañeros y compañeras”, “hermanos y hermanas”, errores que continúan cometiendo muchos políticos (Nota del Blog: como la 'presidenta' Cristina viuda de Kirchner) y comunicadores sociales.

Debe recordarse que la lengua castellana jamás será feminista; por tanto, nunca aceptará desdoblamientos como los señalados, ha dicho el exdirector de la RAE, Dr. Víctor García de la Concha.

Esos que defienden a capa y espada el mal llamado lenguaje de género, o feminista, quieren que se diga así, por ejemplo: “La pacienta, que murió sonrienta, era una estudianta adolescenta sufrienta, representanta e integranta independienta de las cantantas, y la velaron en la capilla ardienta ahí existenta”. ¡Dios Santo, con un lenguaje así solo iremos a parar al matadero de nuestra bella lengua cervantina!

Cuidemos, pues, el idioma, que es cultura y devoción ¿De Acuerdo?

______________________________________________________________

No es que seamos recalcitrantes con respecto a el tema idiomático, pero en este caso el error esta acompañado de pleno consentimiento de causa y deja en manifiesto posiciones que son favorables al plan mundialista que estamos viendo hoy en día. Solo cabe recordar lo que sugirió Antonio Gramsci para acabar con la Iglesia Católica, quitarle su Universalidad (el latín, culto íntegro, doctrina ortodoxa, etc...), vemos que esta estrategia, en el orden temporal (político), es bastante aplicable en las agendas ejercidas por estos nefastos gobernantes y sus gabinetes.

LA GESTA DE LOS MARTIRES III


En el año 160, en Roma
APÓSTOLES
TOLOMEO Y LUCIO
TOLOMEO

Este pequeño relato es sacado de la Apología dirigida al emperador por san Justino, mártir él también y cuya Pasión narraremos inmediatamente después de ésta. Tolomeo se manifiesta en ella lleno de audacia y de celo, y pagando con su vida la conversión de una mujer hasta entonces deshonesta. La intervención de Lucio ante el tribunal y de un tercer cristiano cuyo nombre sigue siendo desconocido, nos muestra el vigor de la fe en esos tiempos de persecución.

 ***

Una mujer tenía un marido que vivía en el vicio, así como ella viviera en el antaño. Le habían enseñado la doctrina de Cristo, y ella se había corregido. Trató entonces de que su marido volviera a una vida honesta: le explicaba las enseñanzas de Cristo y le hablaba del fuego eterno reservado a los hombres sin fe y sin ley. Mas el marido siguió viviendo en el libertinaje. Tanto hizo que su esposa no quiso verle más. Juzgó que era un sacrilegio compartir aún la vida con un individuo siempre en busca de placeres prohibidos e infames y resolvió separarse de él. Mas sus padres le aconsejaron tuviera paciencia: no se había perdido toda esperanza de enmienda. Ante estas instancias, la desdichada se quedó, mas de muy mala gana. Su marido salió para Alejandría. Ella supo que llevaba allí una vida más escandalosa que nunca. Entonces temió que parte de los crímenes e impiedades de su marido recayera sobre ella si seguía siendo aún la compañera íntima de ese hombre. Por lo tanto le hizo notificar el divorcio, como soléis decir, y se marchó.

Ese excelente esposo hubiera debido regocijarse: su mujer, que antaño se pervertía desvergonzadamente con criados y mercenarios y se entregaba a la bebida y a todos los vicios, había cambiado de vida y trataba de convertirlo a él también. Mas ese divorcio, decidido sin su consentimiento, le desagradó y él denunció a su mujer como cristiana.

Entonces ella os presentó una petición, a vos, emperador, con el fin de arreglar sus asuntos antes de contestar la acusación formulada contra ella. Y vos habéis admitido su súplica. Su marido, que ya nada podía contra ella en ese momento, se enfureció con cierto Tolomeo que había enseñado a su mujer la religión cristiana y le hizo condenar por Urbico, prefecto de la ciudad. He aquí de qué manera:

Sobornó a un centurión, amigo suyo, y éste hizo encarcelar a Tolomeo. Le había aconsejado lo prendiese y le preguntara solamente si era cristiano. Tolomeo, lleno de franqueza, sin astucia ni falsedad, confesó que era cristiano y el centurión le hizo encadenar.

Le torturaba en la cárcel desde hacía largo tiempo, cuando finalmente le hicieron comparecer ante Urbico. Le preguntaron sin más, así como la primera vez, si era cristiano. Nuevamente, Tolomeo, sabiendo todo cuanto debía a la doctrina de Cristo, confesó el Credo completo de las verdades divinas. Pues negar una de esas verdades es, o bien condenar su práctica, o bien obrar como hombre que no se cree digno de esa verdad que ha suprimido de su vida y que ya no quiere reconocer. Ahora bien, esas dos actitudes son indignas de un cristiano sincero. Urbico ordenó entonces llevaran a Tolomeo al suplicio.

Lucio, cristiano que acaba de asistir a ese juicio inicuo, dijo a Urbico: «¡Quiá! He allí un hombre que no es adúltero ni libertino, ni homicida, ni ladrón, ni bandido. No ha cometido el menor delito, ¡y le condenáis porque confiesa simplemente su nombre de cristiano! Este juicio, Urbico, no está conforme a las intenciones del emperador, que es piadoso, ni a las del hijo del César, que es juicioso, y tampoco a las del Senado, que es religioso». Sin más respuesta Urbico dijo a Lucio: «A lo que parece, ¿tú también eres cristiano?».

—«Ciertamente», respondió Lucio.

Urbico lo hizo llevar de igual modo a la muerte. El condenado le dio las gracias: morir era para él la liberación de esos dueños injustos y la partida hacia el Padre y rey de los cielos.

Un tercero que se presentó fue de igual modo condenado.


Fuente: "La Gesta de los Mártires". Editorial Éxodo. 1era Edición.

PRÓXIMO VIERNES: MARTIRIO DE SAN JUSTINO Y COMPAÑEROS

SANTORAL 20 DE SEPTIEMBRE




20 de septiembre


SAN EUSTAQUIO  
y SUS COMPAÑEROS, Mártires

Vivid siempre alegres en el Señor;
vivid alegres, repito. 
(Filipenses, 4, 4).

   San Eustaquio, brillante oficial de Vespasiano, persiguiendo un día a un ciervo, vio un crucifijo entre los cuernos del animal; sus grandes limosnas le merecieron esta merced del cielo. Se convirtió y se hizo bautizar con toda su familia. Dios entonces le hizo comprender lo que habría de sufrir por su gloria. En efecto, fue reducido a la mayor indigencia, y, mientras huía de su patria, fue sorprendido en el camino y le arrebataron a su mujer y a sus dos hijos. Lo hizo buscar el emperador Trajano y le dio el mando de sus ejércitos, con los que obtuvo victoria y volvió a encontrar a su mujer e hijos; pero, habiendo rehusado dar gracias a los dioses por su triunfo, fue arrojado a los leones con los suyos. Respetados por las fieras, fueron encerrados en un toro de bronce sobre el que se había encendido una gran hoguera.

MEDITACIÓN
 SIEMPRE HAY QUE ESTAR ALEGRE

   I. Dios manda a los justos que se alegren: hay placeres inocentes que les permite; pero hay que buscar a Dios en estas diversiones y encontrarlo en ellas, como encontró San Eustaquio en la caza a Jesucristo. En medio de la alegría, acuérdate de la tristeza de Nuestro Señor, y no renueves los dolores de su Pasión con tus placeres criminales.¿No podemos acaso reír y darnos a la alegría sin que nuestras diversiones sean un crimen ante Dios? (Salviano).

   II. Alégrate en medio de tus más crueles aflicciones, según el ejemplo de San Eustaquio, que soportó con paciencia la pérdida de su mujer, de sus hijos y de todos sus bienes, porque la voluntad de Dios se cumplía en él. ¡Oh! ¡qué consolador es este pensamiento para un corazón afligido: Dios quiere que esté en la aflicción. Él halla gloria en eso y es mi mayor bien! Dios mío, hágase vuestra voluntad; me alegraré de ello y siempre me alegraré. Si mi cuerpo gime porque sufre, mi alma se alegrará porque os obedece.

   III. Si Dios te retira los consuelos espirituales que te daba en la oración, humíllate; pero ponte contento y gozoso por cumplir la voluntad de Dios. No te dejes arrastrar al relajamiento, no abandones ninguno de tus ejercicios de devoción: Dios no se retira sino para probarte y humillarte. Dios mío, a Vos os busco en mis oraciones, y no vuestros consuelos. ¿Por qué volvéis de mí vuestro rostro, Vos que sois mi alegría? ¿Dónde estáis escondida, belleza por la cual suspiro? (San Agustín).
La alegría espiritual 
Orad por los afligidos.

ORACIÓN
    Oh Dios, que nos concedéis la, gracia de celebrar el nacimiento al cielo de vuestros mártires San Eustaquio y sus compañeros, hacednos gozar con ellos de la felicidad eterna. Por J. C. N. S. Amén.

lunes, 19 de septiembre de 2011

AMOR Y FELICDAD


Pablo Eugenio Charbonneau


Noviazgo

y


Felicidad



(Continuación. Ver lectura anterior: aqui)

3. Dos actitudes que hay que evitar

Subrayaremos ante todo dos actitudes generales que se deben evitar porque comprometen precisamente la seriedad del noviazgo.
La primera podría caracterizarse así: es preciso que el noviazgo no sea un compás de espera. Es decir, una época durante la cual se pierde el tiempo. Para muchas parejas los meses del noviazgo son, al parecer, así. Se contentan con ver pasar las semanas y los meses en una pasividad completa o poco menos. Ninguna preocupación seria; se van haciendo ahorros y se sueña… Ni el menor esfuerzo para lograr un mejor conocimiento del otro; se admiran, se alaban, se imaginan cosas… Ni por un momento se dedican a un trabajo de adaptación reciproca; esperan… el matrimonio, imaginando que ese trabajo se efectuará después. Y así transcurren, en medio de la esterilidad, esas horas en que hubieran debido dedicarse a fortalecer el amor por medio de un trabajo serio. En vez de aprovechar el noviazgo para anticipar e iniciar ya la adaptación de los caracteres, de los temperamentos, de las personalidades, se han divertido en acumular abundante ajuar, como si ésta fuera la única cosa importante. Durante este tiempo los novios tendrían que preparar su matrimonio, como el sembrador prepara en primavera la cosecha del otoño; pero en lugar de sacar el máximo provecho de él lo han perdido inútilmente.
Esta actitud es frecuente, sobre todo, en aquellos novios que no pueden verse a menudo, por una u otra razón. Están esperando siempre. Pero hay otra actitud, igualmente condenable, que es peculiar de los que se ven con demasiada frecuencia, cuyas conversaciones habituales revelan la más completa insulsez. Rechazan, por temor o por debilidad, cuando no por costumbre, todos los temas de conversación serios que deberían ser los de esta época; prefieren quedarse al nivel de las niñerías y jugar a deleitarse afectadamente, en vez de analizar la situación desde su ángulo real. Y en esta atmósfera se colman de caricias, que dan prueba quizá más de una sensibilidad enardecida que de un amor serio.
En uno y otro caso, los novios se preparan un despertar peligroso, porque sólo se han forjado ilusiones; ahora bien, quien cultiva así las ilusiones recogerá con seguridad una abundante cosecha de desilusiones. Quien entra en el matrimonio come en una vida soñada no tarda en sentirse infeliz y defraudado. A la novia se la trata, con la esposa se vive. Ésta resulta una mujer completamente distinta, se ha dicho alguna vez. Y se podría igualmente afirmar la recíproca: se trata a un novio, se vive con un marido, que es un hombre totalmente distinto. Los que se complacen en un noviazgo durante el cual las efusiones sentimentales y las niñerías poseen mayor preponderancia que la reflexión, se precipitan, con la cabeza baja, en el fracaso.

4. La única actitud aceptable

No hay más que una manera. de evitar el fracaso y de preparar el triunfo duradero del amor: consiste en vivir un activa, durante el cual los novios pondrán todo en acción para aprender a descubrirse mutuamente, más aún, a conocerse más profundamente, a amarse ya con un amor más sereno y más verdadero. Se consagrarán auténticamente a reflexionar, a discutir las orientaciones esenciales de su vida, a destruir la máscara que, inconscientemente, lleva cada cual sin saberlo. Intentarán, cada uno con toda su inteligencia, captar la verdadera fisonomía psicológica del otro, a fin de que, cuando llegue el día, no se casen con un ser soñado sino con un ser real, superando así por anticipado las desilusiones.

5. La fortaleza, primera virtud

Con esta perspectiva, nos parece exacto afirmar que la virtud principal de los novios es la virtud de fortaleza, que debe transmitir todo su vigor a ese período de incubación del amor conyugal que es el noviazgo.
En efecto, la fortaleza da a cada cual la energía necesaria para luchar con las dificultades que surgen en la vida y comunica valor para afrontar los riesgos con audacia, disipando las ilusiones falaces, para ligarse a la dura realidad y superar todos los obstáculos con perseverancia.
Conseguir la virtud de fortaleza será la primera preocupación de los novios, pues gracias a ella no caerán en debilidades peligrosas. En efecto, la fortaleza les permitirá superar las apariencias y penetrar en el mundo de la realidad que, aun siendo poco poético o sentimental, no deja de ser el único verdadero. Sabrán mantenerse en él, a despecho de todos, aunque haya que chocar contra ellos un poco bruscamente. No querer vivir en una contemplación beatífica y superficial, es aquí un imperativo urgente. Hay que evitar por encima de todo revestir el amor de quimeras; no hay que dorar al novio o a la novia como a un ídolo porque cuando se esté cerca de él ese dorado se quedará entre los dedos, descubriendo la gran pobreza que encubría.
Los novios deben prepararse de un modo activo y serio para la vida, aprendiendo a mirar al porvenir para entrever en él la realidad; un hogar sencillo, edificado sobre la abnegación y el sacrificio, un hombre con cualidades y defectos que le hagan unas veces amable y otras detestable; una mujer que reúne los encantos y las imperfecciones que harán de ello una fuente de dicha y a veces una fuente de pesadillas. Este es, en efecto, el horizonte conyugal: no un cielo azul, impermeable a toda nube, sino un firmamento en donde estrellas y manchas de sombra alternan como las sonrisas y las lágrimas en la cara de un niño.
Nunca repetiremos bastante hasta qué punto es necesario hacer un verdadero esfuerzo para alcanzar ese grado de lucidez activa que hace pasar el amor del plano precario del sentimentalismo ferviente, al plano, mucho más humano y serio, de la voluntad eficaz. En una página excelente, A. Kriekemans escribía, a este respecto, unas líneas que deben brindarse a la meditación de todos los novios: «Sin la luz del juicio, el amor sería ciego, se mantendría caprichoso y vagabundo. Gracias a la voluntad, abandona el país de los sueños, deja de ser ineficaz y se convierte en una empresa. Sobre todo en la obra que representa el matrimonio, el papel de la voluntad nos parece indispensable. La persona, desde el instante en que ama, se encuentra ante una tarea. Desea contribuir al bienestar del otro, conseguir lo mejor para él. El amor propone, pues, un objetivo que hay que alcanzar. La imaginación o el sentimiento no bastan. Mantener el amor en la ociosidad y en la pasividad equivale a traicionarlo. Quien lo abandone at azar no captará nunca su sustancia profunda y le destinará a un final rápido y seguro» [1].
Suscribir este juicio que parece indiscutible, es afirmar que los novios deben cultivar esa fortaleza que permitirá a su inteligencia y a su voluntad tomar a su cargo el amor para conducirle a su plena expansión. Desde este momento, el noviazgo constituirá realmente ese aprendizaje serio en que debe consistir, significará una garantía de la felicidad conyugal. Querer ser feliz e imaginarse ser feliz son dos cosas muy diferentes: el que se lo imagina va soñando sin hacer esfuerzo alguno; el que lo quiere ser, se consagra con energía y constancia a lograr la realización de su voluntad. Los novios, para no perder su amor en los dédalos de la fútil imaginación, tienen el deber de fijarse un propósito intenso y eficaz de felicidad. En él en­contrarán la fuerza para desenmascarar las falsas riquezas, las falsas promesas y las falsas esperanzas. Entrarán entonces en la vida conyugal con un arsenal psicológico que les preservará de hundirse, en breve plazo, en la pesadumbre. Se construirán un porvenir sólido porque habrán sabido hacer buen uso del presente; y su amor de es­posos se mantendrá estable porque el noviazgo lo habrá preparado.
Por lo demás, sobre esta sola fortaleza se basará la prudencia que se menciona tan a menudo delante de los novios. «Sed prudentes —se les aconseja—; no os comprometáis a la ligera. Pensadlo bien…». En verdad hay que ser prudente, y de ello se da uno cuenta muy pronto. Pero no es fácil ser prudente. Es mucho más cómodo alimentar ilusiones y falsas seguridades. No es siempre par desprecio de la prudencia por lo que se compromete uno a la Ligera o se hunde a ciegas en la aventura conyugal. Es debido a que con frecuencia no se ha tenido el valor de hacer pasar el amor por la criba de una prudencia que parecía peligrosamente aguzada. Se ha preferido caminar con los ojos cerrados porque se necesita mucha fuerza de voluntad para mantenerlos abiertos cuando la cruda luz de la realidad inunda implacablemente el objeto hacia el cual se dirige nuestra mirada. Los novios deben, ante todo, examinarse uno a otro con la mayor lealtad. Aceptar verse tal como son, sin desdibujar su imagen, mostrar su verdadera faz sin adornarla con apariencias de relumbrón, revelar el uno al otro su yo más profundo a fin de que cada uno pueda leer el porvenir de su vida: esto es lo que implica, en primer término, un noviazgo serio.
Este afán de honradez recíproca y de lucidez es la piedra angular de esa época de la vida. Es el presupuesto esencial, debe pasar incluso antes por la prudencia, cuya práctica indispensable garantiza.


[1] A. Kriekemans, Préparation au mariage et à la famille, Casterman, París 1957, p. 103.

SANTORAL 19 DE SEPTIEMBRE





19 de septiembre

  NUESTRA SEÑORA DE LA SALETTE




.
   El 19 de septiembre de 1846, en La Salette, en los Alpes franceses, la Sma. Virgen se le apareció a dos pastorcitos, Maximin Giraud, que contaba a la sazón 9 años, y Melania Calvat, de 14 años de edad. Los dos niños eran ignorantes y provenientes de familias muy pobres. A ellos fue que la Reina de los Cielos escogió para desbordar Su Corazón doloroso y «anunciar una gran noticia.» Ese sábado, temprano, los dos niños cruzan las pendientes del monte sus-les-Baisses, cada uno llevando sus cuatro vacas. Maximino, además, su cabra y su perro Loulou. El sol resplandece sobre los pastos. A mitad de la jornada, el Angelus suena allá abajo en el campanario de la iglesia de la aldea. Entonces los pastores conducen sus vacas a "la fuente de las bestias", una pequeña represa que forma el arroyuelo que baja por la quebrada del Seiza. Después las llevan hacia una pradera llamada "le chômoir", en las laderas del monte Gargas. Hace calor, las bestias se ponen a rumiar.
   Maximino y Melania suben un pequeño valle hasta la "fuente de los hombres". Junto a la fuente toman su frugal comida: pan con un trozo de queso de la región. Otros pequeños pastores que "guardan" más abajo se les unen y charlan entre ellos. Después de su partida, Maximino y Melania cruzan el arroyo y descienden unos pasos hasta dos bancos de piedras apiladas, cerca de la hondonada seca de una fuente agotada: "la pequeña fuente". Melania pone su pequeño talego en el suelo, y Maximino su blusa y merienda sobre una piedra.
   Contrariamente a su costumbre, los dos niños se tumban sobre la hierba... y se duermen. Se está bien bajo el sol de este fin de verano, no hay una nube en el cielo. Al rumor del arroyo se añade además la calma y el silencio de la montaña. pasa el tiempo...
   ¡Bruscamente, Melania se despierta y sacude a Maximino! "¡Mémin, Mémin, rápido, vamos a ver nuestras vacas... No sé dónde están!" Rápidamente suben la pendiente opuesta al Gargas. Al volverse, perciben todo el pastizal: sus vacas están allá, rumiando plácidamente. Los dos pastores se tranquilizan. Melania comienza a descender. A media pendiente, se queda inmóvil y asustada, deja caer su garrote: "¡Mémin, ven a ver, allá, una claridad!".
   Cerca de la pequeña fuente, sobre uno de los bancos de piedra... un globo de fuego: "Es como si el sol se hubiera caído allí". Pero el sol continúa brillando en un cielo sin nubes. Maximino acude gritando: "¿Dónde está? ¿Dónde está?" Melania señala con el dedo hacia el fondo del barranco donde ellos habían estado durmiendo. Maximino se acerca a ella, paralizada de miedo, y le dice: "¡Vamos, coge tu garrote! Yo tengo el mío y le daré un buen golpe si nos hace algo". La claridad se mueve, gira sobre sí misma. Les faltan palabras a los dos niños para indicar la impresión de vida que irradia este globo de fuego. En él una mujer aparece, sentada, la cara oculta entre sus manos, los codos apoyados sobre las rodillas, en una actitud de profunda tristeza.
   La Bella Señora se levanta. Ellos no han dicho una sola palabra. Ella les habla en francés: "¡Acercaos, hijos míos, no tengáis miedo, estoy aquí para contaros una gran noticia!" Entonces, descienden hacia ella. La miran, ella no cesa de llorar: "Parecía una madre a quien sus hijos habían pegado y se había refugiado en la montaña para llorar". la Bella Señora es de gran estatura y toda de luz. Está vestida como las mujeres de la región: vestido largo, un gran delantal a la cintura, pañuelo cruzado y anudado en la espalda, gorra de campesina. Rosas coronan su cabeza, bordean su pañuelo y adornan sus zapatos. En su frente una luz brilla como una diadema. Sobre sus hombros pesa una gran cadena. Una cadena más fina sostiene sobre su pecho un crucifijo deslumbrante, con un martillo a un lado y al otro unas tenazas.
   "Ha llorado durante todo el tiempo que nos ha hablado". Juntos, o separados, los dos niños repiten las mismas palabras con ligeras variantes que no afectan al sentido. Y esto, cualesquiera que sean sus interlocutores: peregrinos o simples curiosos, personalidades civiles o eclesiásticas, investigadores o periodistas. Que sean favorables, lleven buenas intenciones o no, he aquí lo que ellos nos han trasmitido:
   " Acercaos, hijos míos, no tengáis miedo, estoy aquí para contaros una gran noticia".
   "La escuchamos, no pensamos en nada". 
   "Si mi pueblo no quiere someterse, me veo obligada a dejar caer el brazo de mi Hijo. Es tan fuerte y tan pesado que no puedo sostenerlo más". ¡Hace tanto tiempo que sufro por vosotros! Si quiero que mi Hijo no os abandone, estoy encargada de rogarte sin cesar por vosotros, y vosotros no hacéis caso. Por más que recéis, por más que hagáis, jamás podréis recompensar el dolor que he asumido por vosotros. Os he dado seis días para trabajar; me he reservado el séptimo, ¡y no se quiere conceder! Esto es lo que hace tan pesado el brazo de mi Hijo. Y también los que conducen los carros no saben jurar sin poner en medio el nombre de mi Hijo. Son las dos cosas que hacen tan pesado el brazo de mi Hijo. Si la cosecha se pierde, sólo es por vuestra culpa. Os lo hice ver el año pasado con las patatas, !y no hicisteis caso! Al contrario, cuando las encontrabais estropeadas, jurabais, metiendo en medio el nombre de mi Hijo. Van a seguir pudriéndose, y este año, por Navidad, no habrá más". La palabra "pommes de terre" (patatas) intriga a Melania. En el dialecto de la región se dice de otra forma ("là truffà"). La palabra "pommes" evoca para ella el fruto del manzano. Ella se vuelve a Maximino para pedirle una explicación. Pero la Señora se adelanta: "¿No comprendéis, hijos míos? Os lo voy a decir de otra manera". La Bella Señora repite en el dialecto de Corps desde "si la cosecha se pierde...", y ya prosigue todo su mensaje en este dialecto: "Si tenéis trigo, no debéis sembrarlo. Todo lo que sembréis, lo comerán los bichos, y lo que salga se quedará en polvo cuando se trille. Vendrá una gran hambre. Antes de que llegue el hambre, a los niños menores de siete años les dará un temblor y morirán en los brazos de las personas que los tengan. Los demás harán penitencia por el hambre. Las nueces saldrán vanas, las uvas se pudrirán".
   De repente, aunque la Bella Señora continúa hablando, sólo Maximino la oye, Melania la ve mover los labios, pero no oye nada. Unos instantes más tarde sucede lo contrario: Melania puede escucharla, mientras que Maximino no oye nada, y se entretiene haciendo girar su sombrero en una punta de su cayado mientras que con el otro extremo lanzaba pequeñas piedras. "¡Ninguna tocó los pies de la Bella Señora!", dirá algunos días más tarde. "Ella me contó algo diciéndome: No dirás esto ni esto. Después no entendí nada, y durante este tiempo, yo me entretenía".
   Así la Bella Señora habló en secreto a Maximino y luego a Melania. y de nuevo los dos juntos escuchan sus palabras: "Si se convierten, las piedras y las rocas se cambiarán en montones de trigo y las patatas se encontrarán sembradas por las tierras. ¿Hacéis bien vuestra oración, hijos míos?" 
   "No muy bien, Señora", responden los dos niños.
   ¡Ah! hijos míos, hay que hacerla bien, por la noche y por la mañana. Cuando no podáis más, rezad al menos un padrenuestro y un avemaría, pero cuando podáis, rezad más. Durante el verano no van a misa más que unas ancianas. Los demás trabajan el domingo, todo el verano. En invierno, cuando no saben qué hacer; no van a misa más que para burlarse de la religión. En Cuaresma van a la carnicería como perros. ¿No habéis visto trigo estropeado, hijos míos?".
   "No, Señora", responden.
   Entonces ella se dirige a Maximino: "Pero tú, mi pequeño, tienes que haberlo visto una vez, en Coin, con tu padre. El dueño del campo dijo a tu padre que fuera a ver su trigo estropeado. Y fuisteis allá, tomasteis dos o tres espigas de trigo en vuestras manos las frotasteis, y todo se quedó en polvo. Después, al regresar; como a media hora de Corps, tu padre te dio un pedazo de pan, diciéndote: "¡Toma, hijo mío, come todavía pan este año que no sé quién lo comerá al año que viene si el trigo sigue así!"
   Maximino responde: "Ah sí, es verdad, Señora, ahora me acuerdo, lo había olvidado".
   Y la Bella Señora concluye, no en el dialecto, sino en francés: "Bien, hijos míos, hacedlo saber a todo mi pueblo".
El 19 de septiembre de 1851, Mons. Filiberto de Bruillard, Obispo de Grenoble, publica finalmente su "carta pastoral". He aquí el párrafo esencial:
   "Juzgamos que la aparición de la Santísima Virgen a dos pastores, el 19 de septiembre de 1846, en una montaña de la cadena de los Alpes, situada en la parroquia de La Salette, del arciprestazgo de Corps, contiene en sí todas las características de la verdad, y que los fieles tienen fundamento para creerla indudable y cierta".
   La resonancia de esta carta pastoral es considerable. Numerosos obispos la hacen leer en las parroquias de sus diócesis. La prensa se hace eco en favor o en contra. Es traducida a numerosas lenguas y aparece notoriamente en el Osservatore Romano de 4 de junio de 1852. Cartas de felicitación afluyen al Obispo de Grenoble.
   La experiencia y el sentido pastoral de Filiberto de Bruillard no se detienen aquí. El 1 de mayo de 1852, publica una nueva carta pastoral anunciando la construcción de un santuario sobre la montaña de La Salette y la creación de un cuerpo de misioneros diocesanos que él denomina "los Misioneros de Nuestra Señora de La Salette". Y añade: "La Santa Virgen se apareció en La Salette para el universo entero, ¿quién puede dudarlo?" El futuro iba a confirmar y sobrepasar estas expectativas, el relevo estaba asegurado, se puede decir que Maximino y Melania han cumplido su misión.
   El Santuario de Nuestra Señora de La Salette está situado en plena montaña, a 1800 mts. de altitud en los Alpes franceses. De la atención del Santuario y su hospedería es responsable la Asociación de Peregrinos de La Salette por encargo de la diócesis de Grenoble. Los Misioneros y las Hermanas de Nuestra Señora de La Salette aseguran la animación y el funcionamiento, ayudados por capellanes, sacerdotes religiosos o diocesanos, religiosas, laicos asociados y por empleados asalariados y voluntarios. 
   El 19 de septiembre de 1855, Mons. Ginoulhiac, nuevo Obispo de Grenoble, resumía así la situación: "La misión de los pastores ha terminado, comienza la de la Iglesia".