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viernes, 27 de enero de 2012

CARTAS DEL HERMANO RAFAEL


Hermano Rafael - Dios y mi alma (III)  



4 de marzo de 1938 - viernes

4 de marzo de 1938.

Bendita sea la siempre la adorable y tranquila Santísima Trinidad.

Cojo hoy en nombre de Dios la pluma, para que mis palabras al estamparse en el blanco papel sirvan de perpetua alabanza al Dios bendito, autor de mi vida, de mi alma y de mi corazón.

Quisiera que el universo entero, con todos los planetas, los astros todos y los innumerables sistemas siderales, fueran una inmensa superficie tersa donde poder escribir el nombre de Dios.

Quisiera que mi voz fuera más potente que mil truenos, y más fuerte que el ímpetu del mar, y más terrible que el fragor de los volcanes, para sólo decir, Dios.

Quisiera que mi corazón fuera tan grande como el cielo, puro como el de los ángeles, sencillo como la paloma, para en él tener a Dios.

Mas ya que toda esa grandeza soñada no se puede ver realizada, conténtate, hermano Rafael, con lo poco, y tú que no eres nada, la misma nada te debe bastar.

¡Qué hipocresía decir que nada tiene..., el que tiene a Dios! ¡Sí!, ¿por qué callarlo?... ¿Por qué ocultarlo? ¿Por qué no gritar al mundo entero, y publicar a los cuatro vientos, las maravillas de Dios?

¿Por qué no decir a las gentes, y a todo el que quiera oírlo?... ¿Ves lo que soy?... ¿Veis lo que fui? ¿Veis mi miseria arrastrada por el fango?... Pues no importa, maravillaos, a pesar de todo, yo tengo a Dios..., Dios es mi amigo..., que se hunda el sol, y se seque el mar de asombro..., Dios a mí me quiere tan entrañablemente, que si el mundo entero lo comprendiera, se volverían locas todas las criaturas y rugirían de estupor.

Más aún... todo eso es poco.

Dios me quiere tanto que los mismos ángeles no lo comprenden.

¡Qué grande es la misericordia de Dios! ¡Quererme a mí..., ser mi amigo..., mi hermano..., mi padre, mi maestro..., ser Dios y ser yo lo que soy!

¡Ah!, Jesús mío, no tengo papel ni pluma. ¡Qué diré!... ¿Cómo no enloquecer?... ¿Cómo es posible vivir, comer, dormir, hablar y tratar con todos? ¿Cómo es posible que aún tenga serenidad para pensar en algo que el mundo llama razonable, yo que pierdo la razón pensando en Ti?

¡Cómo es posible, Señor!... Ya lo sé, Tú me lo has explicado..., es por el milagro de la gracia.

Si el mundo que busca a Dios..., supiera. Si supieran esos sabios que buscan a Dios en la ciencia, y en las eternas discusiones... Si supieran los hombres dónde se encuentra Dios..., cuántas guerras se impedirían..., cuánta paz habría en el mundo, cuántas almas se salvarían.

Insensatos y necios, que buscáis a Dios donde no está.

Escuchad, y... asombraos. Dios está en el corazón del hombre... yo lo sé. Pero mirad, Dios vive en el corazón del hombre, cuando este corazón vive desprendido de todo lo que no es El. Cuando este corazón se da cuenta de que Dios llama a sus puertas, y barriendo y limpiando todos sus aposentos, se dispone a recibir al Único que llena de veras.

Qué dulce es vivir así, sólo con Dios dentro del corazón. Qué suavidad tan grande es verse lleno de Dios. Qué fácil debe ser morir así.

Qué poco cuesta..., mejor dicho, nada cuesta, hacer lo que Él quiere, pues se ama su voluntad, y aun el dolor y el sufrimiento, es paz, pues se sufre por amor.

Sólo Dios llena el alma..., y la llena toda.

No hay criaturas, no hay mundo, no hay nada que la turbe... Sólo el pensar en ofenderle y en perderlo, la hace sufrir...

Que vengan los sabios preguntando dónde está Dios. Dios está donde el sabio con la ciencia soberbia no puede llegar... Dios está en el corazón desprendido…, en el silencio de la oración, en el sacrificio voluntario al dolor, en el vacío del mundo y sus criaturas...

Dios está en la Cruz, y mientras no amemos la Cruz, no le veremos, no le sentiremos...

Callen los hombres, que no hacen más que meter ruido.

¡Ah!, Señor, qué feliz soy en mi retiro... Cuánto te amo en mi soledad... Cuánto quisiera ofrecerte que no tengo, pues ya te lo he dado todo... Pídeme, Señor..., mas ¿qué he de darte?

¿Mi cuerpo?, ya lo tienes; es tuyo. ¿Mi alma?... Señor, ¿en quién suspira sino en Ti, para que de una vez la acabes de tomar? ¿Mí corazón? está a los pies de María, llorando de amor..., sin ya nada querer, más que a Ti.

¿Mi voluntad? ¿acaso, Señor, deseo lo que Tú no deseas? Dímelo... dime, Señor, cuál es tu voluntad, y pondré la mía a tu lado... Amo todo lo que Tú me envíes y me mandes, tanto salud como enfermedad, tanto estar aquí como allí, tanto ser una cosa como otra.

¿Mi vida? tómala, Señor Dios mío, cuando Tú quieras.

¡Cómo no ser feliz así!

Si el mundo y los hombres supieran. Pero no sabrán; están muy ocupados en sus intereses; tienen el corazón muy lleno de cosas que no son Dios. Vive el mundo muy para un fin terreno; sueñan los hombres con esta vida, en que todo es vanidad, y así..., no se puede encontrar la verdadera felicidad que es el amor a Dios. Quizás se llegue a comprender, pero para sentirla hay que vivirla, y muy pocos se renuncian a si mismos y toman su cruz..., aun entre los religiosos...

Señor..., qué cosas permites..., tu sabiduría sabrá; tenme a mi de la mano y no permitas que mi pie resbale, pues si Tú no lo haces..., ¿quién me ayudará? ¿Y si Tú no edificas?.

¡Ah!, Señor, cuánto te quiero. ¡Hasta cuándo, Señor!

Virgen María, dile a Jesús que quisiera volverme loco y hacer locuras por su amor; dile que... me perdone... El lo hará, bendita Madre, si tú se lo dices. Así sea.





7 de marzo de 1938 - lunes

7 de marzo de 1938.

Con qué facilidad juzga el mundo, y con cuánta facilidad también se equívoca. Para mi familia es la cosa más natural que yo esté en la Trapa.

Mis hermanos, llevados del cariño, desean mi felicidad. Han visto, mientras he estado en el mundo, mis deseos de vivir y morir trapense... Ahora que ya vivo en el monasterio, dicen..., que Dios te ayude, por fin vives en tu centro, ojalá no tengas que volver a salir..., eres feliz en el convento, el mundo no es para ti.

Estas y otras razones se hace mi familia.

Es natural..., ignoran mi vocación.

Si el mundo supiera el martirio continuo que es mi vida... Si mi familia supiera que mi centro no es la Trapa, ni el mundo, ni ninguna criatura, sino que es Dios, y Dios crucificado...

Mi vocación es sufrir, sufrir en silencio por el mundo entero; inmolarme junto a Jesús por los pecados de mis hermanos, los sacerdotes, los misioneros, por las necesidades de la Iglesia, por los pecados del mundo, las necesidades de mi familia, a la que quiero ver, no en la abundancia de la tierra, sino muy cerca de Dios.

¡Ah!, si el mundo supiera lo que es mi vocación en la Trapa... Si supieran ver la cruz detrás de una pacífica sonrisa; si supieran ver las enormes luchas detrás de la paz conventual... Pero no, eso no deben verlo... Sólo Dios. Bien está así.

Esto no son quejas, ni amargura..., todo lo contrario. Mis ansias de cruz no disminuyen. Mi mayor alegría es vivir ignorado. Mi vocación la comprendo y en ella a Dios bendigo cuando de todo corazón la abrazo... Qué dulce es sufrir por Jesús y sólo por Él y sus intereses.

La Trapa mi centro, dice el mundo..., qué paradoja. Mi centro es Jesús, es su Cruz... La Trapa no me importa nada..., y si Dios me manifestara otro sitio donde sufriera más, y El me lo pidiese, allí me iría con los ojos cerrados.

Yo no me entiendo a veces. Soy absolutamente feliz en la Trapa, porque en ella soy absolutamente desgraciado.

No cambiaría mis penas, por todo el oro del mundo, y al mismo tiempo, lloro mis tribulaciones y desconsuelos, como si con ellos no pudiera vivir.

Deseo con ansia la muerte por dejar de sufrir, y a veces no quisiera dejar de sufrir ni aun después de muerto.

Estoy loco, chiflado, no sé lo que me pasa. En algunos momentos sólo en la oración a los pies de la Cruz de Jesús, y al lado de María, tengo sosiego.

Que Él me ayude. Así sea (1).



8 de marzo de 1938 - martes

Día 8 de marzo de 1938.

Dios y su voluntad es lo único que ocupa mi vida. Lo que antes era deseo vehemente, por su infinita misericordia se va templando. Qué inmensa es la gracia de Dios cuando va llenando poco a poco un alma. Cómo se va precisando más y más la vanidad de todo lo humano, y cómo en cambio, se llega uno a convencer prácticamente de que sólo en Dios es donde se halla la verdadera sabiduría, la verdadera paz, la verdadera vida, lo único necesario y el único amor y deseo del alma.

El otro día estuve con el reverendo Padre Abad. Fui a pedirle me concediera alguna penitencia en este santo tiempo de Cuaresma, cosa que me negó, y en cambio me dijo que el día de Pascua me daría la cogulla monacal y el escapulario negro (2). ¡Qué alegría tuve, buen Jesús! Hubiera abrazado al R.P.A..., demasiado bueno es conmigo.

Cuánta ilusión tenía ya hace algún tiempo por poder vestir la cogulla... Qué alegría tan grande me dio el pensar en que dentro de un breve plazo no me distinguiría en nada de un verdadero religioso (únicamente la corona que no podré usar).

Mas después que fui a darle gracias al Señor por este beneficio, vi claramente que en mí eso es vanidad. Vi que es un honor que me hace la comunidad (3), y eso me lastima más que otra cosa. ¡Ah!, si me hubiera dado el hábito de converso como le manifesté..., otra cosa hubiera sido; pero lo mismo me da.

De pardo (4) o de blanco, con cogulla o sin ella soy el mismo delante de Dios. Todo lo externo me es indiferente... Sólo quiero amar a Dios, y eso lo hago por dentro y sin que se enteren los hombres.

Lo mismo me da, Señor, el honor que el desprecio. La alegría yana y un poco infantil de vestir la cogulla ya se ha serenado... No quisiera, Señor, que nada del mundo me turbara, ni nada de las criaturas me quitara la paz y el sosiego de amar sólo tu voluntad.

Y así veo, Señor, que todo es vanidad. Que Tú no estás en el hábito ni en la corona. ¿Entonces? Tú, Señor, sólo estás en el corazón desprendido de todo.

Tú, buen Jesús, divino amado mío, tienes tus delicias... ¡Ah!, Señor, qué voy a decir, en el corazón del hombre... Yo te brindo el mío.

Déjame hacer en el tuyo mi celda. Déjame hacer junto a él mi lecho. Déjame vivir solo y desnudo de todo junto a tu Corazón Divino, y ríame de los hábitos, de las coronas, y... de las barbas de todos los conversos del mundo. Seré siempre el mismo para Ti, ¿verdad Jesús?.

¡Qué necio y pueril es el mundo! ¡Cómo nos alegra un trapo y nos entristece una nube! ¡Con qué facilidad nos consideramos felices con una niñería, y con otra niñería nos abatimos y desalentamos!

¡Qué poco somos..., como vivimos a lo exterior, sin pensar que todo es nada, menos amar y servirte a Ti, Jesús mío!

Quiero, Señor, pasar esta Cuaresma, muriendo poco a poco, lo mucho que aún me falta, para vivir sólo para Ti; para que algún día me dejes, Señor, penetrar por la haga de tu costado, y hacer una celdica junto a tu Divino Corazón... ¿Me lo permitirás? A la Santísima Virgen María se lo pido con fervor. Así sea.

(Aunque la nona se vista de seda..., mona se queda).

Un día que me parecía muy grande la pequeña cruz que Jesús me enviaba... Un día que al pensar en lo que aún me queda de vida..., de vida trapense, aquí encerrado para siempre, me parecía muy larga..., un día en que sufría pareciéndome penoso y largo mi camino, leí unas palabras que decían...

NADA DE LO QUE TIENE FIN ES GRANDE




9 de marzo de 1938 - miércoles

Mi amadísimo Jesús: Comprendo que la humildad y paciencia, son las cosas que hoy más necesito.

Después de llevar una hora y pico en la clase de latín con los oblatos (5), salgo con el espíritu cansado y con los nervios en tensión. Cuántas veces, Señor, me agarro al crucifijo y hago un acto de sumisión a tu voluntad... Pero, Señor, los nervios no puedo dominarlos. ¡Si tuviera verdadera y perfecta paciencia!

Virgen Santísima María, a ti te ofrezco ese pequeño sufrimiento en reparación de tantas veces como te he ofendido en las clases y en las aulas de la universidad.

Te ofrezco, Señora, el esfuerzo de atención en reparación de tanto tiempo perdido en mis días de estudiante. Te ofrezco, Virgen María, la obediencia humilde en la clase, en reparación de tantas faltas de soberbia como tuve en el mundo.

Por último, Señora, te ofrezco para que tú se la presentes a Jesús, toda mi voluntad y sumisión, a los divinos deseos de tu Hijo.

Recíbelo todo, Madre mía, a pesar de ir a tus manos, no con toda la pureza que yo quisiera, pero mira Señora, no la ofrenda en si, que nada vale, sino mi intención que bien quisiera fuera de tu agrado. Así sea.

9-marzo de 1938




13 de marzo de 1938 - domingo

l3 de marzo de l938.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

¡Señor! ¿cómo es posible vivir, esperando lo que espero? ¿Cómo me es posible pensar en tanta cosa criada, como me rodea, teniéndote a Ti? Me maravillo de que tu gracia no me mate. ¡Es tanta y tan abundante!

Sueño con tu gloria; vivo algunas veces atontado y sin saber lo que quiero..., de tanto que quiero.

¡Cómo me cansan las criaturas, Señor y Dios mío! ¡Qué sinsabor tan grande me causa el tratar cosas del mundo, el hablar de negocios temporales, el escuchar noticias!... ¡Ah!, Señor, nada quisiera saber, ni escuchar... Sólo Tú, Señor, sólo Tú.

Nada me llena... Nada desea mi alma..., ni aun gozar ni padecer... Sólo desea amar con locura. Sólo se llena del pensamiento de Ti... ¡Qué ansias tan grandes, Señor..., qué duro es vivir!

Antes todo me llevaba a Ti... Todo me hablaba de tu inmensa bondad, de tu grandeza; ahora también te alabo en las criaturas, Señor..., pero el sol me parece pequeño..., el cielo azul es hermoso, pero no eres Tú, la belleza del mundo..., es tan poquita cosa.

¡Cómo cambias mi alma!... Qué maravilloso milagro. Nada me dicen las criaturas..., todo es ruido... Sólo en el silencio de todo y de todos, hallo la paz de tu amor... Sólo en el humilde sacrificio de mi soledad, hallo lo que busco..., tu Cruz..., y en la Cruz estás Tú, y estás Tú solo, sin luz y sin flores, sin nubes, sin sol... Las criaturas te abandonaron, el cielo se oscureció... Sólo quedó en el silencio del Gólgota, un Dios clavado en la Cruz.

Señor Jesús..., mírame a tus plantas adorando tu agonía, besando tus llagas, limpiando con mi dolor tu divina sangre...

Cómo quisiera, Señor, morir a tus plantas de amor..., olvidado de todos, sin ruido, en silencio, sin pensar en los hombres que son criaturas, sin soñar con el mundo, que te abandonó, sin mirar a los cielos, ni a las flores, ni a las aves, ni al sol.

Señor, quisiera morir de amores a los pies de tu Cruz; ¿qué divino milagro hiciste con mi alma? ¿Dónde están mis penas?... ¿Dónde mis alegrías? ¿Dónde mis ilusiones?... Todo voló.

Mis penas eran egoísmos... Mis alegrías, vanidades... Mis ilusiones, Tú las desvaneciste al soplo de tu amor. Me enseñaste a los hombres y me dijiste: ¿Qué te pueden dar que no te dé yo?... Y vi miserias, que me hicieron llorar... Busqué consuelo, y no lo encontré. Busqué caridad y..., Señor, ¿qué diré?, sólo en Ti la encontré.

Ya nada me importa..., sólo me hace sufrir la espera..., el temor de perderte..., el tener que vivir.

Ya no me importa vivir encerrado entre muros, sin ver las puestas del sol, sin tomar las brisas del mar, sin correr por el mundo en alas de la libertad. Todo eso es pequeño, no es nada, prefiero a Jesús en la soledad.

Ya no me importan las criaturas, ni me hacen daño las flaquezas de los hombres... Son hombres, y nada más; sólo en Dios hallo refugio; sólo en Él he de buscar caridad.

Ya no me importa mi vida, ni mi salud, ni la enfermedad... Sólo encuentro consuelo en hacer su voluntad..., y eso me llena de tal alegría que, a veces, tengo el corazón tan lleno, que parece va a estallar...

Qué bueno es Dios, qué grande es su misericordia..., qué maravilloso es el amor que Jesús me tiene... ¿Hasta dónde va a llegar?

No sé, Señor..., me anonado, me atonto, me abismo en mi pequeñez, y suspiro por un poquito de amor para poder ofrecértelo,. Nada soy, nada valgo, sólo tengo miserias y pecados… y a pesar de todo… Tú, Señor, me cuidas y me consuelas… me apartas de las criaturas y me llenas de tu amor… ¿qué diré?

Yo bien quisiera callar..., pero el escribir este inmenso milagro que estás haciendo con mi alma, aunque quizás nadie lo lea..., me parece que con ello te doy un poquito de gloria, pues mi escritura muchas veces es oración.

Señor Jesús, qué bueno eres.

Una de tus grandezas es la transformación que haces en mi alma con respecto al amor al prójimo. Me explicaré.

Cuando antes buscaba un religioso y me encontraba en su lugar, un hombre corriente..., ¡cuánto sufría, buen Dios!

Cuando un hermano, sin él saberlo, me humillaba (¡a mi..., qué paradoja!), también sufría...

Cuando no encontraba mi alma lo que buscaba... aunque no fuera más que educación..., muchos ratos he pasado a los pies de la Cruz... Señor, Tú ya sabes.

Perdí la ilusión..., y en mis ratos de desconsuelo pensaba... más vale así..., he de separar mi corazón de los hombres y entregárselo sólo a Dios... Pasaba días en que no quería hacer ni señas... En medio de todo eso (ahora lo he visto claro), había bastante soberbia, mucha vanidad, y un inmenso amor propio... Dulce y manso Jesús..., perdóname, no sabía lo que hacía... Solo y sin guía..., si Tú no me ayudas, mil y mil veces me desviaré del verdadero camino, de la caridad de Cristo.

Ahora me pasa una cosa muy rara. Algunos días, cuando salgo de la oración, aunque en ésta me parece no hacer nada, siento unos deseos muy grandes de amar a todos los miembros de la comunidad con unas ansias muy grandes..., como Jesús los ama.

Siento algunos días después recibir al Señor en la comunión, y ver lo que Él me ama siendo lo que soy, que de buena gana, besaría el suelo que los religiosos pisan, y siento unos deseos muy grandes de humillarme ante aquéllos que antes creía yo me habían humillado.

Son religiosos al servicio de Dios... Jesús los quiere... Yo soy el último, el más mundano y con más lastre de pecados... ¡Ah, si el mundo supiera lo que yo he sido!

¡Ah!, Señor, en esos momentos quisiera ser pisoteado por todos; siento un gran amor y caridad por todos; no me importaría que el último me mandase las cosas más humillantes..., no veo flaquezas ni miserias en nadie... sólo veo mi ruindad amada por Dios..., y ante eso ¿qué no quisiera yo hacer para imitarle?... ¡Pues amar entrañablemente al prójimo!

¡Qué grande es tu misericordia, Señor! ¿Qué mérito tenemos al amar a los buenos y a los santos? ¿Acaso Jesús no está clavado en la Cruz por los pecadores?

Buen Jesús, llena mi alma de caridad... Es el único alimento que en esta vida me puede de veras nutrir...

No sé si me explico..., pero lo que me pasa yo me lo entiendo muy bien.

¡Ah!, Señor, y qué gran paz se siente en esos momentos... Así como antes me turbaba una falta o una flaqueza de un hermano y sentía casi repulsión..., ahora siento una ternura muy grande hacia él..., y quisiera en lo que de mí depende, reparar la falta... Es un alma a la que quiere Jesús. Es un alma por la cual Jesús sangra desde la Cruz... ¡Acaso yo la voy a desdeñar!... Dios me libre..., al contrario, siento un gran amor hacia ella, y esto que digo no es yana palabrería, es un hecho real y positivo que yo no he conseguido, sino que Jesús ha puesto en mi alma... He aquí el estupendo milagro.

Ahora veo claro.

Sólo la caridad hace feliz... Sólo en ella se encuentra la mansedumbre y la paz... Solamente en la caridad se halla la verdadera humildad, y solamente en ella podemos vivir tranquilos y felices en comunidad. ¡Cuántas cosas diría si supiese escribir!

Mas no sé, y ante la impotencia de poder expresar lo que mi alma siente, prefiero callar.

La Santísima Virgen, que me comprende sin necesidad de ruidos ni de palabras, es mi gran consuelo.

Ante Ella deposito mi silencio. Así sea.



(1) "Dice su confesor el Padre Teófilo Sandoval Fernández que ya entonces comenzaron a notar que algo extraordinario se operaba en el alma del hermano Rafael. Pasábase horas enteras junto al Sagrario, a solas con su Dios, en elevadísima unión con Él, y luego, al volver a reanudar su vida en el monasterio, veíanle transformado, reflejada en su límpida mirada aquella llama de amor ardiente que le consumía.

Pasaba mucho tiempo al pie del Sagrario (dice el Padre Amadeo). Ya en los últimos meses de su vida me llamaba la atención su postura ante el Santísimo; era la postura de quien está completamente abandonado en las manos del Señor; le costaba trabajo separarse del centro de sus amores.

Muy agotado físicamente, no podía hacer duros trabajos, y alguna vez, para distraer sus largas horas de soledad, ocupábanlo en pelar patatas, o en la chocolatería, o en hacer planos y dibujos que el reverendo Padre Abad le encargaba, o en estudiar latín, o en clase de gramática con los pequeños oblatos, por los que sentía especial cariño y predilección.

Pero Fray Maria Rafael no podía atender a nada de la tierra. Sólo amar a Dios era su pensamiento constante, y este amor conmovía todas las fibras de su ser, anegando su corazón y haciéndole indiferente a todo lo que no fuera su Dios" (VIDA Y ESCRITOS, PP. 481-482). 

(2) Los novicios llevaban el escapulario de color blanco, como la túnica, en tanto que el negro era propio de los profesos. 

(3) El caso del Hno. Rafael, de habérsele dado la cogulla (que únicamente es de uso por los hermanos profesos) siendo un simple oblato, ha sido único en la historia del Monasterio de San Isidoro.

(4) Los llamados "hermanos conversos" (que hoy ya no existen) llevaban el hábito de color pardo y se dejaban crecer toda la barba. 

(5) Durante mucho tiempo, en los monasterios cistercienses había un grupo de oblatos, que eran niños aspirantes al noviciado. No existen en la actualidad. 



SANTORAL 27 DE ENERO



27 de enero


SAN JUAN CRISÓSTOMO,
Obispo, Confesor y Doctor



Ésta es la voluntad de Dios, que obrando bien, tapéis
la boca a la ignorancia de los hombres necios.
(1 Pedro, 2,15).

   He aquí el modelo del orador cristiano; escucha sus palabras, imita sus ejemplos. A nadie deja de fustigar, porque a nadie teme; sus palabras son de oro todas, de oro abrasado por el fuego del Espíritu Santo. Su elocuencia es divina, inquebrantable su paciencia, su vida toda celestial. Aconteció su muerte en el año 407.

  MEDITACIÓN
SOBRE EL BUEN EJEMPLO   

   I. San Juan Crisóstomo predicaba tanto con sus ejemplos como con sus discursos. El buen ejemplo produce tres diferentes impresiones en nuestro espíritu. Nos hace amar lo que admiramos, pues la virtud tiene encantos que arrebatan nuestro corazón; en segundo lugar, nos hace falta desear llegar a ser semejantes a los que admiramos; en fin, facilita la práctica de la virtud. Cada uno de nosotros querría ser virtuoso si no existieran las dificultades que imaginamos que encontraremos en el camino de la virtud. El buen ejemplo derriba este obstáculo al mostrar que no es difícil hacer lo que tantos jóvenes y tantas personas delicadas hacen sin pena, y aun con placer. Ánimo, alma mía, nada han hecho los santos que no puedas llevar a cabo con la gracia de Dios.

   II. Nada podemos hacer que sea más agradable a Dios, más útil al prójimo y a la salvación de nuestra a1ma, que predicar la virtud con nuestro ejemplo. Los justos, dice San Juan Crisóstomo, son cielos que narran la gloria de Dios y dan a conocer su poder y su bondad. Acaban la obra de la Redención, convirtiendo al prójimo mediante su vida santa. ¡Qué felicidad para ti, poder contribuir con tus buenos ejemplos a la conversión de un alma por la cual ha muerto Jesucristo, y que sin ti no hubiera aprovechado la sangre derramada por el Salvador! ¿Dejará Dios de recompensar tu celo?

   III. Realiza todas tus acciones por el doble motivo de agradar a Dios y edificar al prójimo. Suprime  tus acciones, aun las indiferentes, que puedan escandalizar a tu hermano. ¡Jesucristo murió por él, y tú no te quieres privar de un pequeño placer para con tribuir a su santificación! Señor, si no puedo predicar la modestia y la humildad desde el púlpito, las predicaré mediante una vida humilde, mediante un exterior modesto y recatado. Es el medio con que cuento para imitaros, oh Señor Jesús, a Vos que du rante treinta años nos habéis enseñado con vuestro ejemplo, y que sólo durante los tres últimos años de vuestra vida predicasteis. El testimonio de la vida es más eficaz que el de la lengua: cuando la lengua calla, hablan los actos. (San Cipriano).

El respeto por la palabra de Dios 
Orad por los predicadores.

ORACIÓN

      Señor, dignaos difundir cada vez más las riquezas de vuestra gracia en vuestra Iglesia, que habéis querido ilustrar con los gloriosos méritos y doctrina de vuestro confesor San Juan Crisóstomo.  Por N. S. J. C. Amén.

jueves, 26 de enero de 2012

SANTORAL 26 DE ENERO



26 de enero


SAN POLlCARPO,
Obispo y Mártir



Bienaventurados los que tienen hambre y sed
de la justicia, porque ellos serán saciados.
(San Mateo, 5, 6).

   Policarpo va a Roma a consultar al Papa Aniceto, y es recibido por éste con muestras del mayor res peto. Marción lo encuentra y le pregunta si lo conoce. "Sí, responde el santo al hereje, yo te conozco como al hijo mayor de Satanás". De vuelta a Esmirna, se lo quiere forzar a que injurie a Jesucristo. "Hace ochenta y seis años que lo sirvo, responde, y ningún mal me ha hecho. ¿Cómo, pues, podría injuriar a mi Rey y Salvador?" Se lo pone en la hoguera, cúrvanse como un arco a su alrededor las llamas. Se le da un lanzazo, y la sangre brota de la herida en tan gran cantidad que apaga el fuego.

  MEDITACIÓN
SOBRE LA JUSTICIA  

   I. Da a Dios lo que le debes: obediencia como a tu soberano, amor y reconocimiento como a tu padre y bienhechor. ¿De quién has recibido más y de quién esperas más? Es pues muy justo que lo ames sobre todas las cosas, y que pierdas tus riquezas, tus honores y tu vida antes que ofenderlo. ¿Cómo te conduces con Dios? Si no le tributas los deberes que la justicia te impone, un día experimentarás los terribles efectos de su cólera. ¡Ah! Señor, no entres a juicio con tu siervo (Salmo 142).

   II. Debes respeto y obediencia a tus superiores como a Jesucristo; debes amar a tus iguales como a hermanos; debes tener caridad para tus inferiores, pues son miembros de Jesucristo. Interpreta para bien todos los actos de tu prójimo, y no te inquietes por lo que se piense de ti. Piensa de Agustín lo que quieras, con tal que mi conciencia nada me reproche delante de Dios. (San Agustín).

   III. Hazte justicia a ti mismo, poniéndote debajo de todos los demás; condena tus faltas; cuando te acusen, rara vez toma la palabra para defenderte. Sujeta tu cuerpo a tu alma, tu alma a la razón y tu razón a Dios: he aquí el orden establecido por Dios y que debes observar. Júzgate tú mismo con tanta severidad cuanta empleas en criticar los actos de los de más, y nada tendrán los hombres que reprenderte.

La fidelidad a la gracia 
Orad por la
conversión de los herejes.

ORACIÓN

      Oh Dios, que cada año nos dais un nuevo motivo de gozo con la solemnidad del bienaventurado Policarpo, vuestro pontífice mártir, haced que celebrando su nacimiento al cielo, experimentemos los efectos de su protección.  Por N. S. J. C. Amén.

miércoles, 25 de enero de 2012

SANTORAL 25 DE ENERO


  • La Conversión de San Pablo
  • San Ananías, Mártir
  • San Artemio, Mártir
  • Santos Juventino y Maximino, Mártires
  • San Publio, Abad
  • San Apolo, Abad
  • San Poppón, Abad

25 de enero


LA CONVERSIÓN
DE
SAN PABLO



Éste es un vaso de elección que elegí para que lleve
mi nombre ante los gentiles.
(Hechos de los Apóstoles, 9, 15).

   San Pablo es derribado en el camino a Damasco, y de perseguidor de cristianos se convierte en apóstol de Cristo. El Señor le envía a Ananías para de volverle la vista y administrarle el santo Bautismo. El Apóstol novel permanece algunos días con los discípulos de Damasco, y, en seguida, se pone a predicar a Jesús en las sinagogas, asegurando que es el Hijo de Dios.

  MEDITACIÓN
SOBRE LA CONVERSIÓN
DE SAN PABLO   

   I. Dios llama a San Pablo derribándolo por tierra y elevándolo hasta el tercer cielo. Ya no ve a las creaturas pues ha visto a Dios. ¿Quieres convertirte? Escucha la voz de Dios que te habla; cuando te arrebata tus placeres, tus parientes, tus amigos, son rayos que recibes que te advierten cierres los ojos a las cosas de este mundo y eleves tu mirada hacia los cielos. Cuántas veces ha dicho Jesucristo en el fondo de tu corazón: "¡Desventurado! ¿por qué me persigues?"

   II. San Pablo escucha la voz de Dios, y le responde: Señor, ¿quién eres tú? Examina las inspiraciones que sientes. ¿Son de Dios? ¿Es la voz de la vanidad o la de Jesucristo la que te llama a esta obra al parecer tan santa? Desde que hayas reconocido la voz de Jesucristo, dile con San Pablo: "Señor, ¿qué quieres que haga?"

   III. San Pablo ejecuta con prontitud aquello que se le manda. Escucha Ananías, recibe el bautismo e, inmediatamente, da testimonio de Aquél que lo ha llamado de las tinieblas a la luz. ¿Quieres tener éxito en tu conversión? No te demores, vete a buscar un prudente y sabio director espiritual; él será el intérprete de la voluntad de Dios. No tardes, alma mía, en convertirte al Señor, ni lo difieras de día en día. (Eclesiástico).

La obediencia a las inspiraciones de Dios 
Orad por la propagación de la fe.

ORACIÓN

      Oh Dios, que habéis instruido al mundo entero por la predicación del apóstol San Pablo, haced, os lo rogamos, que honrando hoy su conversión, marchemos hacia Vos imitando sus ejemplos.  Por N. S. J. C. Amén.

MILAGROS EUCARÍSTICOS

MILAGROSAS HUELLAS
Año 940, Praga, Bohemia




San Wenceslao, duque de Bohemia, tenía una singular devoción al augusto Sacramento de Altar. Ella le hacía reverenciar a los sacerdotes, anticipándose a ellos con señales de honor y diferencia, favorecía les cuanto podía y en el tiempo de la Misa se creía muy honrado en poderles servir de su propia mano todo lo necesario para el Santo Sacrificio.

El intenso amor que profesaba a Jesús Sacramentado, en donde más se manifestó fue en las frecuentes visitas que, ya de día, ya de noche, hacía en los templos para adorarle. Caso que el templo estuviese cerrado, se arrodillaba junto a la puerta y allí permanecía estático en oración, y si la distancia o escasez del tiempo  no se lo permitían acercarse a él, de lejos dirigía su vista hace el Tabernáculo, para ofrecer vasallaje a Dios, oculto en la Sagrada Eucaristía.

Un día nevaba copiosamente, y yendo el Santo con los pies desnudos para visitar al Santísimo Sacramento en las iglesias, el criado que le acompañaba se iba quejando del frío excesivo que sentía.  “Pon, le dijo Wenceslao, tus pies sobre las huellas de los míos.” El acompañante así lo hizo, y apenas dio algunos pasos, comenzó a sentir que del hielo pisado por el Santo rey, salía un suave calor, que maravillosamente confortaba.

Este prodigio hizo entender al criado cuánto agradaban al Señor las visitas que Wenceslao le hacía en el Santísimo Sacramento.

(Lorenzó Surio, Vida de San Wenceslao, a 28 de sepbre.)

martes, 24 de enero de 2012

SANTORAL 24 DE ENERO


  • Nuestra Señora de la Paz, Patrona de El Salvador
  • San Timoteo, Obispo y Mártir
  • San Babilas o Babil Obispo de Antioquía, Mártir
  • San Feliciano, Obispo de Foligno, Mártir
  • San Macedonio, Anacoreta
  • San Surano, Abad
  • Beato Marcolino de Forli, Monje Dominico



24 de enero


SAN TIMOTEO,
Obispo y Mártir



Predica la palabra de Dios, 
insiste con ocasión y sin ella,
reprende, ruega, exhorta con toda
paciencia y doctrina.
(2 Timoteo, 4, 2).

   He aquí un obrero apostólico formado por la mano de San Pablo: es Timoteo, su discípulo, su coadjutor en la predicación del Evangelio, el heredero de su celo y el imitador de sus virtudes. Fue masacrado por reprender a los gentiles sus insensatas supersticiones. ¡Gran santo, inspíranos el espíritu del Apóstol de las gentes; enséñanos a santificarnos y a convertir a los demás!

  MEDITACIÓN
SOBRE LOS TRES EFECTOS
DEL CELO POR LAS ALMAS   

   I. Aunque no todos los cristianos sean apóstoles, deben con todo tener celo por la salvación del prójimo(1). Pero a fin de que ese celo esté bien ordenado, cada uno debe comenzar por convertirse a sí mismo. Tú tienes celo por la conversión de tus parientes, de tus amigos, de tus servidores; les adviertes caritativamente sus faltas; este celo es digno de alabanza, pero, si no te adviertes a ti mismo, es in discreto; mira si no tienes los defectos que reprochas a los demás.

   II. Contribuye todo lo que puedas, con tus pa labras, a la salvación de los demás. Jesucristo no tuvo a menos conversar con los niñitos, ni con la Samaritana, para mostrarles el camino del cielo. Una buena palabra que digas a ese pariente, a ese amigo, a ese servidor, ganará su alma para Dios. Jesucristo ha derramado toda su sangre para rescatar esa alma, ¿y tú no quieres decir una palabra para impedir que se condene? ¿Dónde está tu caridad?

   III. ¿Quieres ser un verdadero apóstol? Predica con tus actos. Lleva una vida ejemplar, más con moverás cuando te vean, que oyendo al más famoso de los predicadores; tu modestia detendrá aun a los más libertinos. ¿Cuántas ocasiones de trabajar por el prójimo dejas escapar? Es seguro, dice San Gregorio, que Dios te pedirá cuenta del alma de tu prójimo, si descuidas trabajar en su salvación en la medida en que lo puedas.

El celo por las almas 
Ruega por los eclesiásticos.

ORACIÓN

      Dios todopoderoso, ved cómo pesa sobre nosotros la carga de nuestras propias obras, y fortificad nos por medio de la gloriosa intercesión de San Timoteo, vuestro mártir y pontífice.   Por N. S. J. C. Amén.

lunes, 23 de enero de 2012

AMOR Y FELICIDAD


Pablo Eugenio Charbonneau

Noviazgo
y
Felicidad



VI
Vuestro cuerpo y vuestro amor




Capitulo anterior: ver aquí
La prueba del amor
A estas consideraciones se puede añadir también que la pureza se presenta como la prueba del amor. Es fácil la confusión entre el verdadero amor y todas las falsificaciones de éste. Ahora bien, lo peculiar de la virtud de pureza es precisamente efectuar una división entre lo que proviene propiamente del amor y lo que proviene más bien de la pasión carnal. Hemos subrayado ya el peligro de confusión que hay en esta materia, por el hecho de que todo amor implica una resonancia carnal, mientras que la inversa no es necesariamente cierta. En ese punto precisamente interviene la pureza, revelando la naturaleza del verdadero sentimiento que atrae dos seres el uno hacia el otro. Si se trata de la trivial aventura de dos cuerpos que se buscan: entonces se cederá a los impulsos del instinto sin tomarse el trabajo de luchar, por poco que sea, para elevarse más allá de un falso amor que es tan sólo una promiscuidad sexual velada. Si se trata, por el contrario, de un verdadero amor: se intentará entonces dominar los movimientos del apetito sexual y subyugarlos en nombre de un bien superior. En tal caso, incluso si hay caída, la lucha se mantiene enérgica y tendrá que acabar en una liberación del espíritu. El amor queda en cierto modo purificado, y se tiene la certeza de que los lazos que atan el uno al otro no son exclusivamente los de la carne, sino ante todo los del espíritu. En esta certeza se basa, al mismo tiempo que el gozo de ser amado, la garantía de lo inquebrantable del matrimonio.

Fundamento de la confianza mutua, fuente principal del dominio de sí, prueba del amor: así aparece la virtud de pureza aplicada a los novios. ¿Quién no ve, desde ese momento mismo, el imperativo importante que representa? Hasta tal punto que se puede afirmar sin exageración alguna, que quienquiera que pretenda menospreciarlo, verá, tarde o temprano, fenecer su amor. No se puede edificar un matrimonio sobre el desprecio de lo sexual, y esto es precisamente lo que hacen quienes se niegan, con el pretexto que sea, a mantenerse castos en su amor. La pureza, en este sentido, no es realmente facultativa. Se impone como una necesidad.

4. Posibilidad y condiciones de la pureza


Esta necesidad y el papel primordial que la pureza está llamada a desempeñar en la preparación inmediata al matrimonio, son demasiado evidentes para que una pareja reflexiva no se detenga en ellos. Ocurre, sin embargo, que después de haber visto su importancia y admitido su necesidad, se retroceda ante los sacrificios que impone. Se recurre entonces a una disculpa demasiado fácil: la de la imposibilidad que existe para los jóvenes de nuestra época, de vivir su amor en un clima tal de pureza. Y se inventan entonces mil pretextos que intentan eludir todos los compromisos.

En respuesta a esto, basta mencionar el hecho indiscutible de tantos y tantos novios que, pese a todas las circunstancias, contra viento y marea, se mantienen firmes, y logran alcanzar contra ellos mismos y contra todas las corrientes que se coaligan para vencerlos, esta admirable victoria que significa un noviazgo de pureza. ¿Por qué, pues, lo que es posible para unos ha de ser imposible para otros? Substancialmente, se puede creer que todos se enfrentan con los mismos problemas, hasta cuando para algunos, ciertas circunstancias difieren y hacen la lucha más azarosa. Además, todos tienen a su disposición la gracia de Dios y la fuerza de su amor. Se trata, pues, de convencerse de que allí donde otras han triunfado, todos pueden triunfar. Esta convicción desempeña un importante papel en el resultado de semejante lucha. En efecto, quienquiera que la entable con la idea preconcebida de que le es imposible triunfar, capitulará desde los primeros choques y quedará abatido por un desaliento peligroso. Cada pareja de novios debe creer en ella; debe tener la inquebrantable convicción, cualesquiera que sean sus dificultades y sus fracasos, de que lo mismo que otra cualquiera puede alcanzar esa cima del amor que es la pureza. Pues de otro modo sería la decadencia y el derrumbamiento de todo ideal de vida. Ahora bien, lo que valga el ideal de quienes se aman, es lo que valdrá su amor. Para mantener éste en buena salud, tienen, pues, el deber de hacer que conserve una gran dosis de ideal, a lo cual se aplicarán fomentando la convicción de que pueden conseguir depurar su afecto, si saben perseverar sin retroceder.

Una vez adquirida esta convicción y sólidamente aferrada al espíritu del uno y del otro, se dedicarán a determinar las condiciones prácticas en las cuales será realizable su victoria. Entre éstas, algunas corresponden al joven y otras a la muchacha.
La parte del joven
Al joven, primeramente. Estando a punto de señalar las condiciones que harán posible la castidad del joven novio, ¿no es necesario ante todo eliminar ciertos prejuicios tan difundidos según los cuales es imposible, e incluso perjudicial para el joven, practicar la castidad? Con frecuencia se escudan en testimonios seudomédicos, que además son falsamente alegados o mal interpretados. Éstos no son más que burdos pretextos a los que no se les puede conceder ningún valor. En fecha todavía reciente, una de las celebridades médicas contemporáneas, el doctor Cossa, jefe del servicio psiquiátrico de los hospitales de Niza, refutaba magistralmente esas alegaciones. Respondiendo de modo sistemático a las preguntas: ¿Puede el hombre abstenerse de la actividad sexual? ¿Puede hacerlo sin inconveniente? ¿Es deseable que se abstenga de ella?, el doctor afirmaba, en conclusión, y de una manera que desbarata todas las objeciones, la conveniencia de la castidad masculina [1]. Y deteniéndose, después de él, en el análisis de ese problema, el doctor Robert-Henri Barbe, afirmaba: «Desde el ángulo medicopsicológico que nos interesa, no se ha repetido lo suficiente la posibilidad y la inocuidad de la castidad masculina bien entendida» [2]. Conviene además afirmar, añadía, que es oportuna. A estos testimonios, ya bastante explícitas por sí mismos, añadiremos este otro que barre de golpe todos los sofismas acumulados sobre el tema: «La práctica de la castidad no ha hecho enfermar ni enloquecer a nadie: es, por el contrario, un poderoso elemento de equilibrio para quien sabe vivirla en su plenitud» [3].

Por tanto, sería inoportuno buscar pretextos para justificar los extravíos a los que tantos hombres se entregan. Lo mismo que la mujer, el hombre puede y debe mantenerse casto. Para conseguirlo, tiene que someterse a ciertas condiciones. Entre otras cosas, el joven debe, ante todo, revisar su concepto de la mujer. Por desgracia, sucede en efecto que la idea que de ella difunden el cine y una buena parte de la literatura contemporánea no está en conformidad con lo que ella debería ser. ¡Cuántos, para quienes la mujer es ante todo una «despertadora de deseos», no ven en ella más que el instrumento requerido para satisfacer sus pasiones desequilibradas! Detrás de las medias sonrisas y de las miradas de reojo, se cultivan falsos reflejos de tal modo que, llegado el momento de elegir esposa, arrastran a su zaga ese triste bagaje del que no logran ya desprenderse. Ahora bien, es esencial que su concepto de la mujer lleve al hombre a ver en ella, no un ser que codiciar sino un ser que respetar, a amarla tal vez por su belleza, pero mucho más por su bondad, por el impulso hacia el bien que lleva ella dentro, por su fineza interior que aportará al hombre ese complemento de alma que él necesita. Considerarla como su compañera ante Dios, la que le ayudará a ir hacia Él, pidiéndole a cambio su propio apoyo. Considerarla también como madre de sus hijos, la que será en el hogar fuente de vida y corazón de la alegría. En suma, recogiendo la magnífica idea de Gina Lombroso, volverse hacia la mujer como hacia «la que es esencialmente madre, aquella en quien el amor habla más alto que la ambición, la que necesita encontrar un apoyo y darlo a su vez, la que tiene sed de ser amada y de amar ella también». A menos de alimentar en él tan elevado concepto de ella, el hombre no podría ser digno de la mujer y su amor se reduciría a no ser más que una triste toma de posesión al nivel de la carne.

En el mismo sentido, el joven debe habituarse a la idea de que sus bruscos arrebatos, que son fruto de la pasión en él y que rugen cada vez que el deseo asciende, pueden llevarle a herir de modo irremediable la delicadeza de su novia. Es muy crecido el número de las que entran en el estado matrimonial ocultando tras su máscara sonriente un auténtico temor.

En numerosos casos, éste proviene de unas relaciones ambiguas, debidas al hecho de esa violencia incontrolada que han percibido en el hombre. Se sienten deseadas más que amadas, lo cual no puede sino engendrar en ellas una inquietud desgraciadamente justificada. Que el hombre aprenda a amar y a manifestar su amor sin dejarse turbar por los impulsos equívocos de su potencia sexual, porque no hay otro medio de evitar a la joven novia las torturas de una angustia que, con toda evidencia, permanece siempre secreta. Que él des pliegue, pues, toda su energía para evitar el dejarse deslizar y llegar a tomar por anticipado el don total del mañana. Porque hay cosas que no se rompen más que una vez; después no queda más que llorarlas. Tal es, con respecto al joven, la imagen de él que lleva dentro su novia. No hay más que una primera noche, que debería estar marcada por el amor más tierno, más delicado, más generoso. ¿Por qué, al anticiparla, marcarla con el recuerdo indeleble del egoísmo, de la violencia, del daño y de la tristeza? ¿Por qué ofrecer a la novia esa entrada deprimente y desesperante en el mundo del amor, que debería ser confortante y bello? ¿Por qué exigir de ella hoy lo que no tiene ella derecho a entregar hasta mañana? Acaso consentirá ella, a fuerza de circunloquios y con frecuencia por temor a perder al hombre a quien ama, a la infamia de entregarse demasiado pronto; pero conservará siempre de ello una amargura profunda porque creerá haber pagado su amor con su carne. Y no podría haber para ella un recuerdo más penoso.
La parte de la muchacha
Queda ahora por recordar a la muchacha que ella tiene también su parte que realizar en esta lucha tan difícil. Lo primero que hace falta es que ella comprenda a su novio. Que sepa que en él, debido a su propia constitución fisiológica, puede haber a ciertas horas un deseo carnal de una gran violencia sin que por eso el novio sea malo. Paga él simplemente entonces el rescate de su sexo, una de cuyas características es precisamente esta sensibilidad sexual intensa y a menudo tan difícil de vencer. Cuando la muchacha perciba en su pareja un ardor que le parezca sospechoso, que se guarde mucho de juzgarle por ese solo signo, y de situarle entonces entre las bestias. Tal juicio sería injusto. Que se guarde también de rechazarle entonces neciamente, y que sepa disimular la firmeza de su negativa con una delicadeza que su novio le agradecerá infinitamente. La brusquedad, en tales circunstancias, no puede conducir más que al desacuerdo.

La mejor baza de la mujer, en este terreno, será la prudencia. A este respecto, diremos además, que con frecuencia la mujer carece de ella. Entregándose a una coquetería a la cual la inclina espontáneamente su feminidad, cultivando de un modo inconsciente su afán de agradar y de seducir, sucede que, sin darse cuenta, la muchacha llegue a mostrarse provocadora. Es un desastre el que prepara entonces, porque el hombre, estimulado en su natural violencia por un despliegue de artificios harto eficaces, llegará a no poder resistir más. Sin saberlo quizá, pero de una manera cierta, la muchacha le habrá conducido entonces a las puertas de la exasperación.

Para evitar una situación tan peligrosa, que la novia sea muy prudente en su manera de vestir, en su manera de expresar su ternura, en las manifestaciones de su poder femenino. En este terreno no está permitida ninguna inconsciencia, y no sería una disculpa alegar la ignorancia.

Pero una vez asegurada esta colaboración por su parte, una vez bien utilizada esta prudencia comprensiva, que se arme de una gran firmeza. Pudiera ocurrir que, bajo la impresión de una negativa, aunque ésta sea hábil, el joven impulsado por su fogosidad proteste; pero una vez restablecida la calma sentirá más estimación, más confianza, más respeto e infinitamente más amor. No hay camino más seguro para engendrar el respeto del hombre que el autorrespeto que muestra la mujer en semejante ocasión. Sólo al precio de esta amable firmeza la mujer se engrandecerá en el corazón de su novio.
La norma: un esfuerzo conjunto
Finalmente, como última norma en esta materia: sabrán darse la mano para elaborar entre los dos una estrategia de la prudencia. Unos novios deben comprender que les resulta imposible resolver ese problema si no se aplican a ello conjuntamente. Por eso no deben temer el hablar juntos a este respecto a fin de analizar la situación concreta. Se quejan a menudo de estar siempre luchando con una eterna repetición. Se adoptan grandes y hermosas resoluciones que se olvidan en seguida. Lo malo de esas resoluciones es que son con frecuencia demasiado vagas. No se ciñen a la realidad y, por ello, se vienen abajo en seguida.

Es preciso, por tanto, que la pareja, con un esfuerzo leal e intransigente, determine el camino a seguir para eliminar las ocasiones que provocan generalmente sus fracasos. No es necesario crearse dificultades; una pareja que se detenga a analizar su comportamiento habitual encontrará muy pronto sus puntos débiles. Una revisión sistemática e inexorable, efectuada conjuntamente por el novio y la novia, tendrá sin duda como resultado el revelar las brechas por donde se infiltra el mal. Determinar en suma lo que pueden permitirse y lo que deben evitar… aunque «en sí» no sea un mal.

No existe sobre este tema un código al cual pueda uno atenerse con certeza; sería pueril querer redactarlo. Verdad es que hay ciertos límites precisos que no está nunca permitido rebasar. Pero hay otros que pueden imponerse a una pareja mientras que no se imponen a otra. Por eso cada pareja de novios debe aplicarse a trazar el camino que le sea apropiado a fin de evitar el verse, tarde o temprano, empujados ante un muro prohibido.

En caso de duda, téngase como un deber el consultar humilde y simplemente a un confesor, cuidando de exponerle los antecedentes verdaderos de la situación y con quien se podrán discutir las actitudes generales que deben adoptarse. Con frecuencia, este simple paso, prenda de honradez y de buena voluntad, traerá por sí solo gracias innumerables de las que se beneficiará la pareja en sumo grado.

¿No será éste, además, el mejor medio de asegurar la perseverancia y la continuidad del esfuerzo? Porque hay que tener muy en cuenta esta realidad: los mejores quedan muchas veces destrozados en sus esfuerzos hacia el bien. No hay que vacilar nunca en acudir entonces a la misericordia divina; ésta es inagotable, como nuestra miseria y nuestra flaqueza. Por eso, no hay que abstenerse de hacerlo con el pretexto de que se teme abusar o mostrar una falta de lealtad. Ciertamente, no se trata de coleccionar absoluciones sin tomarse el trabajo de mejorar la situación; sería ridículo e indecoroso. Pero quien quiere hacer un verdadero esfuerzo y se obliga a no ceder, debe buscar el perdón de Dios, cuando ha habido extravío.

Lo que Dios espera de nosotros, siempre y en todo terreno, no es que triunfemos fácilmente y en el acto, sino que luchemos tenazmente, aunque la derrota ocasional haya de ser el resultado desalentador de esa perseverancia. Que se guarden en esto de incurrir en exámenes de conciencia enfermizos y de insistir machaconamente sobre sus culpas. Que sepan olvidar sus pecados como Dios mismo los olvida, sin aferrarse a ellos con desesperación. Hay que escuchar las palabras de Péguy:

Vuestros pecados, ¿son acaso tan preciados que haya que catalogarlos y clasificarlos
Y registrarlos y alinearlos sobre mesas de piedra
Y grabarlos y contarlos y calcularlos y compulsarlos
Y recopilarlos y revisarlos y repasarlos
Y enumerarlos y culparos de ellos eternamente
Y conmemorarlos con no se sabe qué clase de piedad? [4].

Desde el momento en que unos novios están verdaderamente decididos a realizar el esfuerzo, desde el momento en que no se niegan a sacrificarse para mantener su amor en ese saludable clima de pureza que les servirá para lograr la felicidad, que se vuelvan hacia Dios con tanta frecuencia como la que mostraron en apartarse de Él; extraerán de Él una fuerza nueva y esa gran paz que proporciona el pensamiento de un ayer olvidado y de un mañana naciente. A todas las parejas de novios que luchan por conservar el esplendor de su amor, cualesquiera que hayan sida los fracasos, les está permitido repetir las palabras que el poeta de la misericordia presta a Dios:

La jornada de ayer está cumplida, hijo mío, piensa en la de mañana,
Y en tu salvación, que está al término de la jornada de mañana.
Para ayer, es demasiado tarde. Mas para mañana, no es demasiado tarde [5].







[1] «Bulletin de la Société médicale de Saint-Luc», 1947, n.º 8, p. 195-209.
[2] Robert-Henri Barbe, o.c., p. 107.
[3] Dr. Fabienne Signoud, Aspects médicopsychologiques de la chasteté féminine dans le célibat et le mariage, en Médecine et Sexualité, Spes, París 1950, p. 139.
[4] Charles Péguy, Le mystère des Saints Innocents, en Œuvres Poétiques complètes, Gallimard (Pléiade), París 1954, p. 326.
[5] Ibíd., p. 329.

SANTORAL 23 DE ENERO



23 de enero


SAN RAIMUNDO DE PEÑAFORT,
Confesor



Sé fiel hasta la muerte, y te daré la corona de la vida.
(Apoc., 2, 10).

   Este santo empleó una gran parte de su vida en la conversión de los sarracenos. Dios bendijo sus esfuerzos: en 1256 escribía el santo al general de su orden que diez mil sarracenos habían recibido el bautismo. Obró gran número de milagros. Como se le rehusase un navío para pasar de la isla de Mallorca a Barcelona, extendió su manto sobre las olas y re corrió así un trayecto de sesenta lenguas. Murió a los cien años de edad, el 6 de enero de 1275.

  MEDITACIÓN
NUESTRA VIDA
ES UNA NAVEGAClÓN   

   I. El mundo es como un dilatado mar, nuestra vida es su travesía. Para arribar felizmente al puerto, es menester imitar a los pilotos, que ni miran el mar, ni la tierra, sino solamente el cielo. Así, durante todo el curso de tu vida, dirige tus miradas hacia lo alto: no consideres sino el cielo. Que tu amor y tu esperanza estén en el cielo: pídele valor, espera de él tu recompensa; que tu esperanza toda provenga de lo alto. (San Agustín).

   II. Se está expuesto en el mar a las calmas y las tempestades, a los escollos, a los piratas y a otros mil peligros; pero se los evita, ora por la pe ricia del piloto, ora por los socorros del cielo. Nuestra vida es una mezcla de bienes y de males, de alegrías y de tristezas; tiene sus momentos de calma y sus días de tempestad; el demonio, nuestros enemigos, la carne, las pasiones, son para nuestra alma como rocas y escollos; los evitaremos sin embargo si imploramos el auxilio de Dios, y si seguimos los consejos de un director espiritual prudente y sabio.

   III. La muerte es el puerto a que debemos arribar. A veces la nave naufraga en el puerto, otras da con playas cuyos habitantes son más peligrosos que los escollos y tempestades. ¡Ay! estamos en esta mar sin saber a ciencia cierta a qué puerto arribaremos; sin embargo, vivamos bien y no temeremos la muerte. Aquél que no quiere ir a Jesús, ése sólo debe temer la muerte. (San Cipriano).

El pensamiento del paraíso  
Orad por los navegantes.

ORACIÓN

      Oh Dios, que habéis elegido al bienaventurado Raimundo para hacer de él un ministro ilustre del sacramento del bautismo, y que le habéis hecho atravesar milagrosamente las aguas del mar, conceded nos, por su intercesión, la gracia de que produzcamos frutos de penitencia y lleguemos un día al puerto de la salvación eterna.  Por N. S. J. C. Amén.

domingo, 22 de enero de 2012

SERMÓN PARA EL TERCER DOMINGO DE EPIFANÍA

TERCER DOMINGO DE EPIFANÍA


Visto en: Radio Cristiandad

Y habiendo bajado del monte, le siguieron muchas turbas; y he aquí que, viniendo un leproso, le adoraba, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Y extendiendo la mano le tocó, diciendo: Quiero. Sé limpio. Y al punto su lepra fue limpiada.

Y Jesús le dijo: Mira, que no se lo digas a nadie; mas ve, muéstrate al sacerdote y ofrece la ofrenda que mandó Moisés en testimonio para ellos.

Y habiendo entrado en Cafarnaúm, se llegó a Él un Centurión, rogándole y diciendo: Señor, mi siervo está postrado en casa paralítico y es reciamente atormentado. Y le dijo Jesús: Yo iré y lo sanaré. Y respondiendo el Centurión, dijo: Señor, no soy digno de que entres en mi casa, mas di tan solo una palabra, y será sano mi siervo. Pues también yo soy hombre sujeto a otro, que tengo soldados a mis órdenes, y digo a éste: Ve, y va; y al otro: Ven, y viene; y a mi siervo: Haz esto, y lo hace.

Cuando esto oyó Jesús, se maravilló, y dijo a los que le seguían: En verdad os digo, no he hallado una fe tan grande en Israel. Os digo, pues, que vendrán muchos de Oriente y de Occidente, y se recostarán con Abraham, e Isaac y Jacob en el reino de los cielos. Mas los hijos del reino serán echados en las tinieblas exteriores: allí será el llanto y el crujir de dientes.

Y dijo Jesús al Centurión: Ve, y como creíste, así te sea hecho. Y fue sano el siervo en aquella hora.

Después de la predicación y de la enseñanza en la montaña, se ofrece el momento de empezar a hacer milagros, para que cuanto se ha dicho reciba su confirmación en la virtud de los milagros.

Como enseñaba demostrando que tenía poder, para que no se creyese que era ostentación esta manera especial de explicarse, hace por medio de las obras lo mismo que había hecho por medio de las palabras, como teniendo también el poder de curar.

Entre los que no subieron al monte se encuentra el leproso, que no puede subir a lo alto, abrumado bajo el peso de sus pecados.

La lepra es el pecado de nuestras almas. El Señor bajó de la altura del Cielo como de un alto monte, para limpiar la lepra de nuestros pecados. Y así, como si le aguardase, el leproso sale al encuentro del que baja.

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En el monte enseñó, curó las almas y sanó el corazón humano. Terminado lo cual, como había bajado de los montes celestiales a salvar a los pecadores, un hombre lleno de lepra se llegó a Jesús, e hincadas las rodillas, pegando el rostro con la tierra, le adoró y dijo: Señor, si quieres, puedes limpiarme.

Aquí se han de ponderar las virtudes de este leproso en su oración.

La primera, grande reverencia exterior e interior, hincando las rodillas, postrándose en tierra, adorando a Cristo y llamándole Señor.

La segunda, fue grande fe en la omnipotencia de Cristo, confesando que con sólo quererlo, podía sanarle

No dice si lo pidieres a Dios, sino si quieres, puedes, confesando que era Mesías, Hijo de Dios.

No dijo si quieres, por dudar de su misericordia, sino por no saber si sus pecados lo desmerecerían, o si le convenía aquella salud corporal.

La tercera, fue gran resignación, porque no pidió alguna cosa expresamente, pues no añadió: límpiame, sino descubrió su necesidad y deseo con vivísimas palabras; y confesó la omnipotencia de Cristo y remitió a su voluntad el sanarle, dejando todo a su arbitrio, y le reconoce como Dios, y le atribuye la potestad de hacerlo todo.

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Aunque podía limpiarlo con la palabra y con la voluntad, le aplicó la mano; el Señor demuestra aquí que no obra como siervo, sino que, como Dios, toca y cura. La mano no se vuelve inmunda por haber tocado la lepra, sino que, por el contrario, el cuerpo leproso se vuelve limpio al simple contacto de la mano santa.

San Juan Damasceno dice: No era sólo Dios, sino también hombre, por eso obraba los milagros por medio de la palabra y del tacto, a fin de que sus actos divinos se llevasen a cabo con el concurso del cuerpo como órgano.

La voluntad de limpiar la lepra fue para el leproso, pero la palabra para los demás que lo presenciaban. Por ello dijo el Salvador: Quiero. Sé limpio.

Y San Jerónimo aclara que no debe leerse juntamente, como quieren algunos autores latinos: “Quiero limpiar”, sino por separado. De tal modo, que primero diga: “Quiero”, y después, mandando, diga: “Límpiate”. El leproso había dicho: “Si quieres”, el Señor le respondió: “Quiero”. Aquél había dicho:
“Me puedes limpiar”, y el Señor le respondió: “Sé limpio”.

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Compadeciéndose, pues de él, Jesús extendió su mano y le tocó, diciéndole: Quiero. Sé limpio, y al punto quedó sano.

Aquí se han de ponderar las maravillosas virtudes y excelencias de Jesucristo Nuestro Señor.

La primera, su misericordia. Se compadeció de la miseria del leproso sin dilación alguna, porque es notablemente compasivo; y quien tanto se compadece de las miserias del cuerpo, ¿cuánto más se compadecerá de las del alma? Porque la lepra de pecados, que provoca la ira e indignación de Dios, cuando es querida, provoca su misericordia cuando es aborrecida y queremos sanar de ella.

La segunda fue una rara muestra de su bondad y omnipotencia, correspondiendo a la fe y confianza del leproso, diciéndole: Quiero. Sé limpio. Tú dices si quiero, pues digo que quiero. Tú dices si puedo, pues digo sé limpio; y así fue.

La tercera fue gran benignidad, porque sin tener asco de la lepra, de que tenían tanto asco los judíos, que ni la tocaban ni se llegaban al leproso, y era inmundo el que le tocaba, Su Majestad extendió la mano y le tocó amorosamente para darle salud.

Y pondera el Evangelista que extendió la mano para significar que la había de extender en la cruz para librarnos de la lepra de los pecados, y que su carne sacratísima tenía virtud de sanar al que tocaba, y que cuando Dios extiende y abre su mano, a todos hinche de bendiciones y dones.

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Lo envió a los sacerdotes primeramente por humildad, y para que se viese que guardaba deferencias a los sacerdotes.

En segundo lugar para que, viendo éstos al leproso curado, se salvasen creyendo al Salvador, y si no creían, fuesen inexcusables.

Pero, previendo Jesucristo que nada adelantarían con esto, no dijo: “Para enmienda de ellos”, sino: “Para testimonio”, esto es, para acusación y atestación.

Y aun cuando previó que no habían de enmendarse, no dejó de hacer lo que convenía, mas ellos permanecieron en su propia malicia.

Aquí vemos el celo de Cristo por la observancia de la Ley Antigua mientras duraba, queriendo que los leprosos guardasen lo que les estaba mandado, que, en siendo sanos, se presentasen al sacerdote y ofreciesen dones y sacrificios a Dios, así en agradecimiento de la merced que les había hecho, como en testimonio de que estaban limpios.

Y quien tanto celo tenía de que se obedeciese a los mandatos de la Ley Antigua, ¿cuánto le tendrá mayor de que se obedezca a los de la Nueva?

Como aplicación espiritual, mandó esto al leproso para significar el Sacramento de la Penitencia de la Nueva Ley; en la cual se manda que cualquier leproso, con lepra de pecados, aunque haya por la contrición alcanzado perdón de ellos, se presente al sacerdote y le descubra la lepra que ha tenido, y delante de él ofrezca el sacrificio del espíritu atribulado y del corazón contrito y humillado, y oiga la sentencia de absolución, con la cual se confirma el perdón recibido y se purifica y perfecciona más el alma mediante la gracia sacramental, y queda hábil para recibir el Sacramento de la Comunión, como antiguamente los leprosos, presentándose al sacerdote, se raían los cabellos y pelos del cuerpo, y lavaban, sus vestidos y carne, y ofrecían en sacrificio un cordero sin mancilla, y de esta suerte quedaban limpios de la inmundicia legal, y eran admitidos al trato común con todos.

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Después que el Señor había enseñado a sus discípulos en el monte y sanado en la falda de éste al leproso, vino a Cafarnaúm en virtud de un misterio, porque, después de haber limpiado a los judíos, vino a donde estaban los gentiles.

Cafarnaúm, que significa villa de la abundancia, campo de la consolación, representa a la Iglesia que se había de formar de los gentiles, la cual está llena de abundancia espiritual y,entre las aflicciones del mundo, consuela con las cosas del Cielo.

Mientras tanto, un Centurión que vivía en Cafarnaúm, teniendo paralítico a un siervo suyo muy querido, no atreviéndose a pedirle que viniese a su casa, le rogaba diciendo: Señor, mi siervo está postrado en casa paralítico y es reciamente atormentado.

Se ha de considerar la piedad de este Centurión, pues tan solícito estaba de la salud de su siervo y esclavo, al tiempo que ejercía otras buenas obras, reparando las sinagogas y haciendo mucho bien a los judíos, con ser él gentil.

También se destaca su profunda humildad, pareciéndole que era tan malo, y Cristo tan bueno, que no era digno de estar delante de Él.

No menos es de admirar su grande fe y confianza, contentándose con declarar a Cristo la necesidad de su criado, que estaba paralítico y muy atormentado, creyendo que era poderoso para sanarle en ausencia; y teniéndole por tan misericordioso, que bastaba representarle aquella necesidad, sin pedirle que la remediase.

Este centurión es el fruto primero de los gentiles, en comparación de cuya fe se considera como infidelidad la fe de los judíos. No había oído la predicación de Jesucristo, ni visto la curación del leproso. Pero habiendo oído contar esta curación, creyó más que lo que oyó, viniendo a ser la figura que representaba la futura conversión de los gentiles, quienes no habían leído la ley ni los profetas respecto de Cristo, ni habían visto al mismo Jesús hacer milagros.

Veamos aquí la fe del centurión, el cual no dijo “Ven y sánalo”, porque, habiendo llegado allí, estaba presente en todas partes; e igualmente su sabiduría, porque no dijo: “Sánale desde aquí”.

Sabía, pues, que tenía poder para hacerlo, sabiduría para comprenderle y caridad para oírle. Por lo tanto se limitó a exponer la enfermedad, dejando el remedio de la curación al arbitrio de su misericordia.

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En oyendo esto Jesús, respondió: Yo iré y le sanaré, dispuesto a emprender el camino hacia la casa del Centurión.

San Juan Crisóstomo enseña que lo que nunca había hecho Jesús lo hizo ahora. En todas partes siguió la voluntad de los que suplicaban, aquí la excede. No sólo ofreció curarlo, sino también ir a su casa.

Una vez más, hemos de ponderar la benignidad de Jesús y lo mucho que favorece a los humildes y pequeñuelos.

Al reyezuelo que le pidió fuese a su casa a sanar a su hijo, aunque era tan principal, le respondió con aspereza, tratándole de incrédulo; pero a este Centurión, que con humildad no se tenía por digno de pedirle tal cosa, se ofreció a ello, y de hecho iba a su casa, y no para sanar a su hijo, sino a su esclavo.

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Pero, con esta mereced que Cristo ofrecía al Centurión, este no sólo no se ufanó y envaneció, sino que creció más en humildad, arraigándose más en el propio conocimiento y en la fe de la omnipotencia de Cristo, que con una sola palabra podía sanar a su criado.

Dice San Jerónimo que así como admiramos la fe en el centurión, porque creyó que el paralítico podía ser curado por el Salvador, así se manifiesta también su humildad, en cuanto se considera indigno de que el Señor entre en su casa.

Y San Agustín completa, diciendo que considerándose como indigno apareció como digno, no de que entrase el Verbo entre las paredes de su casa, sino en su corazón. Y no hubiera dicho esto con tanta fe y humildad si no hubiese llevado ya en su corazón a Aquel de quien temía que entrase en su casa, pues no era una gran felicidad que Jesús hubiese entrado en su casa y no en su pecho.

De este modo, por el propio conocimiento, subió a otros actos excelentes de virtud, engrandeciendo a Cristo Nuestro Señor por las palabras que añadió: Yo soy un hombre que tengo superior, y debajo de mi mando tengo soldados, y en diciendo a uno: ve, luego va; y en diciendo a otro: ven, luego viene; que es decir: Yo soy un hombre terreno, sujeto a otros por razón de mi estado, pero Tú eres hombre celestial y Dios infinito, superior a todos, por lo cual no soy digno de que Señor tan alto venga a casa de hombre tan bajo; y si a mi palabra obedecen los soldados y criados que me sirven, mucho mejor obedecerán a tu palabra todas las criaturas, y las mismas enfermedades; y en diciéndolas Tú: Ven, vendrán; y en diciéndolas: Idos, se irán.

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Maravillado Jesús de estas palabras, dijo a los que le seguían: De verdad os digo, que no he hallado tanta fe en Israel…; y vuelto al Centurión, le dijo: Ve, y como creíste, así te sea hecho.

La admiración de Jesucristo nos prueba cómo la humildad y la fe son virtudes heroicas, y tan admirables, que parece bastan para causar admiración al que es sobre todos admirable.

Cristo Nuestro Señor alabó la fe de este Centurión gentil para honrarle, diciendo que no había hallado otra tal en el pueblo judaico, y con ella confunde a los que por razón de su estado habían de ser más humildes y piadosos y rendidos a Dios.

Enseña hermosamente San Juan Crisóstomo: Así como lo que había dicho el leproso, hablando de la potestad de Jesucristo: “Si quieres, puedes curarme”, se confirma con la palabra del Salvador que dice: “Quiero. Sé limpio”; así también aquí, no sólo no inculpó al centurión por lo que dijo de su potestad, sino que le elogió. Hizo más todavía, y el Evangelista, significando la intensidad de la alabanza, dice: Oyéndolo Jesús…

Creyó Andrés, pero diciendo San Juan: He aquí el Cordero de Dios; creyó San Pedro, pero evangelizándole Andrés; creyó Felipe, pero leyendo las Escrituras; y Nathanael recibió primero una prueba de la divinidad, y así ofreció la confesión de su fe.

Jairo, príncipe de Israel, pidiendo por su hija, no dijo: Di con tu palabra, sino: Ven inmediatamente. Nicodemo, oyendo hablar del misterio de la fe, dice: ¿Cómo puede ser esto? María y Marta dicen: Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no hubiese muerto, como dudando de que el poder de Dios pudiese estar presente en todas partes.

A fin de que nadie pensase que lo que el Salvador había dicho al centurión, no era sino una vana adulación, hace el milagro y dice: Ve, y como creíste, así se haga. Como si dijese: Según la medida de tu fe, se te medirá esta gracia.

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Jesús cumplió así su deseo al Centurión, sanando a su criado con una sola palabra: Hágase como quieres; porque, como dice David, cumple Dios la voluntad de los que le temen.

Pidamos nosotros, con la Santa Liturgia: Omnipotente y sempiterno Dios, mira propicio nuestra flaqueza; y extiende, para protegernos, la diestra de tu Majestad. Amén

SANTORAL 22 DE ENERO


  • Santos. Vicente y Anastasio, Mártires
  • Santos. Vicente, Mártir
  • San Anastasio Persa, Mártir
  • Santos. Vicente, Oroncio y Víctor, Mártires
  • Santo Domingo de Sora, Abad
  • San Vicente Pallotti, Fundador

22 de enero


SANTOS VICENTE
y
ANASTASIO,
Mártires



Alegraos con la esperanza, sed pacientes
en la tribulación, perseverad en la oración.
(Rom., 12, 12).

   Vicente sufrió todas las clases de torturas que puede imaginar la crueldad más refinada. En medio de los tormentos resplandecía en su rostro y en sus palabras una tranquilidad tal, que parecía, dice San Agustín, que el Vicente que hablaba fuese distinto del que sufría.

   Anastasio, de nacionalidad persa, después de haber sufrido varios tormentos, fue condenado a muerte por el rey Cosroes. Antes que a él, se estranguló a otros 68 cristianos. Cuando le llegó su turno: "Esperaba", dijo, "otro género de muerte más cruel; pero ya que Dios me llama a Él por un camino tan fácil, no me costará nada el sacrificio de mi vida; le ruego sólo que se digne aceptarlo".

  MEDITACIÓN
SOBRE LOS TRES MOTIVOS  
QUE DEBEN MOVERNOS A PACIENCIA   

   I. Es menester sufrir en este mundo, porque el sufrimiento es inevitable en esta vida. Somos hombres es decir, tenemos un cuerpo y un alma que nos proporcionarán una infinidad de ocasiones de ejercer la paciencia: nuestro cuerpo por sus flaquezas, nuestra alma por su ignorancia y sus pasiones. ¿Cómo sufres tú las incomodidades de esta vida? ¿No te impacientas? Recuerda que eres hombre, y que no está en tu poder el escapar a las tribulaciones.

   II. Somos pecadores y en calidad de tales debemos soportar pacientemente los sufrimientos, que son, por lo común, efectos de la justicia y de la cólera de Dios. ¡Ah! ¡cuán agradable te resultarán las cruces si consideras que has merecido el infierno! ¡Dios mío, hiéreme, castígame en esta vida, con tal que me perdones en la otra! (San Agustín).

   III. Eres cristiano y debes vivir la vida de Jesucristo, vale decir, continuar su pasión en tu cuerpo. He ahí a lo que te obliga tu bautismo. ¿Has reflexionado en las distintas razones que tienes para soportar pacientemente tus penas? ¿Habría algo capaz de afligirte si estuvieras realmente persuadido de estas verdades? Puesto que es preciso sufrir necesariamente en este mundo, suframos con paciencia, suframos con alegría, para hacernos dignos de nuestro título de cristiano.

La alegría en los sufrimientos 
Orad por el Japón.

ORACIÓN

      Señor, escuchad nuestros humildes ruegos, a fin de que, por la intercesión de los bienaventurados mártires Vicente y Anastasio, seamos librados de las iniquidades de que nos reconocemos culpables.  Por N. S. J. C. Amén.