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sábado, 21 de enero de 2012

PENSAMIENTOS DE SAN JUAN DE LA CRUZ

NEGATIO
VI




No ocupan el alma las cosas de este mundo ni la dañan, pues no entran en ella, sino la voluntad y apetito de ellas, que moran en ella.

Pues se te ha de seguir doblada amargura de cumplir tu voluntad, no la quieras cumplir aunque quedes en amargura.

Aunque obres muchas cosas, si no aprendes a negar tu voluntad y sujetarte, perdiendo cuidado de ti y de tus cosas, no aprovecharás en la perfección.

Buscarse a sí mismo en Dios es buscar los regalos y recreaciones de Dios, lo cual es contrario al amor puro de Dios.

Tanto reina, así en los espirituales como en los hombres comunes, el apetito de la propia voluntad y gusto en las obras que hacen, que apenas se hallará uno que puramente se mueva a obrar por Dios, sin arrimo de algún interés de consuelo o gusto u otro respecto.

¿Qué aprovecha dar a tu Dios una cosa si Él te pide otra? Considera lo que Dios querrá y hazlo, que por ahí satisfarás mejor tu corazón que con aquello a que tú te inclinas.

Más quiere Dios en ti el menor grado de obediencia y sujeción que todos esos servicios que le piensas hacer.
La sujeción y obediencia es penitencia de la razón y discreción, y por eso es  para Dios más acepto y gustoso sacrificio que todos los demás de penitencia corporal.

La penitencia corporal sin obediencia es imperfectísima, porque se mueven a ella los principiantes sólo por el apetito y gusto que allí hallan; en lo cual por hacer su voluntad antes van creciendo  en vicios que en virtudes.
Muchos cristianos el día de hoy tienen algunas virtudes y obran grandes cosas, y no  les aprovechará nada para la vida eterna, porque no pretendieron en ellas  la honra y gloria que es sólo de Dios, sino el gozo vano de su voluntad.

El camino de la vida de muy poco  bullicio y negociación es,  y más requiere mortificación de la voluntad que mucho saber. El que tomare de las cosas y gustos lo menos, andará más por él.

Quien no anda en gustos propios ni de Dios ni de las criaturas, ni hace su voluntad propia en cosa alguna, no tiene en qué tropezar.

Muchos hay que andan a buscar en Dios su consuelo y gusto, y a  que les conceda su majestad mercedes y dones; mas los que pretenden agradar y darle algo a su costa, pospuesto su particular interés, son muy pocos.

Muy insipiente sería el que faltándole la suavidad y deleite espiritual, pensase que por eso le faltaba Dios, y cuando la tuviese se deleitase, pensando que por eso tenía a Dios.

SANTORAL 21 DE ENERO



21 de enero


SANTA INÉS,*
Virgen y Mártir



Gocémonos, y saltemos de júbilo  y demos gloria a Dios,
pues han llegado las bodas del Cordero y su 
esposa se ha engalanado.
(Apocalipsis, 19, 7).

   He aquí a la esposa del Cordero de Dios. Búrlase ella para conservar su cuerpo y su corazón para su esposo Jesús, de las proposiciones y de las amenazas del tirano. Los ángeles la acompañan a un lugar infame, y dan muerte al insolente que quiere arrebatarle la honra; mas ella devuélvele la vida y lo convierte a la fe. Se la echa al fuego, pero el fuego respeta a la tierna virgen y da muerte a los verdugos. Condenada, finalmente, a ser decapitada, inclina la cabeza y va al cielo a juntarse con su Esposo di vino a quien prometiera fidelidad.

  MEDITACIÓN
SOBRE LA VIDA DE SANTA INÉS    

   I. Santa Inés consagra su cuerpo y su alma a Jesús, a los trece años, mediante el voto de castidad. ¡Qué amable Esposo elige! ¡Qué bello! ¡Qué sabio! ¡Qué poderoso! ¡Cuánto amor tiene por ella! Conságrate enteramente a Él, y experimentarás los dulces efectos de su amor. ¡Oh Jesús, divino esposo de nuestra alma, si los hombres os conociesen, os ama rían y despreciarían las efímeras bellezas de la tierra para poseeros! ¡Os amo, Dios mío! Si es poco, haced que os ame con amor más ardiente y más puro. (San Agustín).

   II. Se amenaza a Santa Inés con los tormentos más crueles si no se casa con el hijo del prefecto de Roma, pero ella responde que es la prometida de Jesucristo. Se la arroja a las llamas, pero éstas no hacen sino aumentar su amor; las heridas la hacen más bella y más parecida a su divino Esposo. ¿Qué haces tú para conservar tu cuerpo y tu alma para Jesucristo? ¿Qué tormentos soportarías? Avergüénzate de saberte menos generoso que una niña de trece años. Tenía menos fuerzas que tú, pero más valor; tenía más fe y amor para con Jesucristo.

   III. Se le promete una considerable fortuna si consiente en casarse con el hijo del prefecto; resiste a las seducciones como ha resistido a los suplicios. ¡Cuán pocas personas hay que resistan al atractivo de los placeres! Cuídate de ese doble veneno. Es más fácil resistir a los tormentos que a la voluptuosidad. Los tormentos aterran: la voluptuosidad ha laga. (San Cipriano).

La castidad  
Orad para la buena educación
de la juventud. 

ORACIÓN

      Dios todopoderoso, que elegís en el mundo a los más débiles para confundir a los más fuertes, haced, por vuestra bondad, que, celebrando la solemnidad de vuestra virgen Santa Inés, experimentemos los efectos de su protección junto a Vos.  Por N. S. J. C. Amén.

viernes, 20 de enero de 2012

SANTORAL 20 DE ENERO



20 de enero



SANTOS FABIÁN Y SEBASTIÁN,
Mártires



Entrad por la puerta angosta, porque la puerta ancha
 y el camino espacioso son los que conducen a la perdición,
y son muchos los que entran por él.
(Mateo, 7,13).

   Fabián era un laico cuando fue elegido para su ceder al Papa Antero, en el año 236. Una paloma bajó del cielo, se posó en su cabeza y lo señaló, con lo que fue elegido por el clero y el pueblo. San Cipriano le da el título de hombre incomparable, y dice que la gloria de su muerte ha correspondido plena mente a la pureza de su vida.
   Sebastián, condenado por Diocleciano a ser atravesado con flechas, fue dejado por muerto en el lugar del suplicio. Recobrada la salud, se presentó al emperador y le reprochó abiertamente su impiedad. El tirano, exasperado por tanta audacia, lo condenó a ser apaleado hasta hacerlo expirar bajo los golpes. Una piadosa mujer, de nombre Lucina, recogió sus venerables restos y los colocó en las catacumbas, en el lugar donde hoy se levanta la basílica que lleva su nombre.

  MEDITACIÓN
SOBRE EL PEQUEÑO NÚMERO
DE LOS ELEGIDOS   

   I. El número de los elegidos es muy pequeño. ¡Hay tantos herejes y cismáticos que voluntariamente se pierden, tantos infieles e idólatras que todavía están privados de la luz del Evangelio! ¿Si Dios te hubiera hecho nacer en medio de esos pueblos, cuál hubiera sido tu suerte? ¡Cuán obligado os estoy, Dios mío, de que me hayáis hecho nacer de padres cató1icos! Mas si no aprovecho las luces de la fe seré mucho más severamente castigado que esos pueblos.

   II. ¡Hay tantos malos cristianos, tantos impíos, tantos libertinos que jamás verán a Dios en el cielo! ¿No eres uno de ellos? ¡Cuán desgraciado serías sien do camarada de ellos en sus desórdenes, porque también habrías de ser su camarada en sus suplicios! Ruega a Dios mueva sus corazones; trabaja en su conversión con tus palabras y con tu ejemplo. Humíllate, porque tú también caerías en las mismas faltas, si Dios te abandonase a tu propia flaqueza.

   III. No eres del número de esos libertinos y de esos impíos, pero eres un cristiano vulgar, sigues el camino ancho, espacioso. ¡Ten cuidado! Es preciso seguir al pequeño número y caminar por el camino estrecho. No sigas ni la costumbre, ni el ejemplo del mundo, sino la razón, el Evangelio y el ejemplo de los santos. El mundo está tan corrompido que sus leyes concuerdan con el pecado; sus seguidores se persuaden de que el crimen es lícito, porque ha ve nido a ser común. (San Cipriano).

La imitación de los santos 
Orad por los infieles.
ORACIÓN

      Oh Dios omnipotente, mirad nuestra flaqueza, mirad cómo el peso de nuestras obras nos agobia, y fortifícanos por la gloriosa intercesión de vuestros bienaventurados mártires Fabián y Sebastián.  Por N. S. J. C. Amén.

jueves, 19 de enero de 2012

MILAGROS EUCARÍSTICOS

NUBE MISTERIOSA
Año 900, Mantua, Italia



Varones eximios en sabiduría y santidad han experimentado unas veces por su larga duración molestias, otras por lo imprevistas peligrosas y con frecuencia terribles tentaciones contra la fe, especialmente cuando acometen en el ejercicio mismo de los actos de religión.

Las permite muchas veces el Señor para que se entienda cuán poca cosa es la ciencia humana comparada con la divina, y tenga el sabio en que humillarse al ver que ha de luchar contra el espíritu de las tinieblas, con la misma arma que usa el niño cristiano cuando se atiende a lo que le enseña el pequeño libro de la “Doctrina Cristiana”. Dios todopoderoso, infinito en santidad, no puede engañarse ni engañarnos, luego lo que revela la Iglesia Católica es verdad de fe, y si así luchando todavía insiste la tentación, suele entonces la paternal providencia de Dios acudir en socorro de sus escogidos para que obtengan el más completo triunfo del infernal enemigo.

En las Crónicas de la Orden de San Jerónimo se refiere que el Venerable Fray Pedro de Cavañuelas, prior de Guadalupe de Mantua, fue muy combatido de tentaciones contra la fe en el augusto Sacramento del Altar, y aún cuando se esforzaba en desecharlas, seguían, no obstante, atormentando al religioso, diciéndole el pensamiento como podía ser que hubiese sangre en le Hostia. Quiso el Señor librarle del todo de tan  molesta tentación de un modo maravilloso, y fue que diciendo el Prior un sábado Misa de nuestra Señora, después que hubo consagrado ambas especies, al inclinarse para recitar las oración Supplices te rogámus, vio una nube, que descendió de lo alto y cubrió todo el altar, de manera que con la oscuridad no podía ver ni la Hostia ni el cáliz.

Espantado de este acontecimiento, rogó al Señor con muchas lágrimas que le quisiese librar de este peligro, y manifestar por qué causa aquello había acaecido. Aún no había concluido su oración cuando la nube, imagen fiel de la oscuridad que padecía su alma, principió a remontarse lentamente hasta desaparecer.

Recobraba el religioso algún tanto  la confianza cuando sobrevino un nuevo prodigio que le llenó de mayor turbación, pues  al fijar sus ojos en el altar observa que la Hostia consagrada  había desaparecido y que el cáliz estaba descubierto y sin una gota de la preciosísima Sangre que en él se contenía.

Fue tan grande el espanto y temor que recibió al notar lo ocurrido, que quedó  como muerto, y tornando en sí comenzó con gran dolor de su corazón a rogar de nuevo a Nuestro Señor ya su Santísima madre, cuya Mis decía, le perdonasen silo que había sucedido era por su culpa, presentando ante el acatamiento divino su corazón contrito y humillado en vez de la Víctima adorable que había de ofrecer. Plegaria tan humilde inclinó los cielos a favor del sacerdote, que en su aflicción vio venir por el aire una patena muy resplandeciente, y la  Hostia, que en ella estaba, se colocó encima de la boca del cáliz y comenzó a destilar sangre gota a gota hasta igualar la que antes había en el vaso sagrado.

Tal sucesión de maravillas dejaron atónito y fuera de sí al venerable prior que no sabía qué hacer, pues fluctuaba su corazón por la violencia de encontrar afectos de temor y confianza, cuando oyó una voz que le dijo: “Acaba el Santo Sacrificio, y séate en secreto este milagro que se  ha obrado para confirmar tu fe en la Eucaristía, y no dudes que la Sangre de Cristo está en la Hostia lo mismo que en el cáliz”. El acólito o el ministro que servía en la Misa, ni otro alguno de los asistentes vio el prodigio ni escucho la voz; sin embargo, todos se preguntaban el  motivo de la interrupción de la Misa y de las abundantes lágrimas del celebrante.

La razón se supo después de su muerte, en que se halló todo lo sucedido escrito en una cédula de su mano puesto entre su confesión general, lo cual él hizo en señal del secreto que le fue dado guardar.

(Crónica de San Jerónimo, lib 1°, cap 9)

SANTORAL 19 DE ENERO



19 de enero

SAN CANUTO,
Rey y Mártir

Todo hijo de Dios vence al mundo; y lo que nos hace
alcanzar victoria sobre el mundo es nuestra fe.
(1 Juan, 5, 4).

   Apenas ascendido al trono de Dinamarca, obtuvo este rey insignes victorias sobre sus enemigos; no se dejó, empero, deslumbrar por la gloria militar, veíaselo, en medio de sus triunfos, poner humildemente su corona a los pies de Jesús crucificado, y ofrendar a este Rey de reyes su persona y su reino. Como supiese que atentaban contra su vida, fue a la Iglesia de San Albano y, con la mayor calma, se confesó y comulgó. Estaba orando por sus enemigos, cuando un venablo, que le arrojaron por una ventana, lo echó por tierra al pie del altar. Sucedió esto en el año 1086.


  MEDITACIÓN
SOBRE LA CONSTANCIA
EN NUESTRAS SANTAS EMPRESAS  

   I. El que quiera obtener recompensa por sus trabajos debe perseverar hasta el fin. Es preciso domeñar la inconstancia de nuestra alma respecto de Dios, y observar religiosamente todo lo que le hemos prometido. Dios es inmutable, sus servidores no deben ser inconstantes. Él quiere darse a nosotros durante toda la eternidad, ¿no es justo, pues, que nosotros permanezcamos constantemente dedicados a su servicio durante el tiempo tan corto de nuestra vida? Después de todo, no podemos pretender agradar a Dios con nuestra virtud, si sólo somos virtuosos por arranques, por capricho, y cuando nos plazca.

   II. Nada debemos emprender, ni siquiera por la gloria de Dios, sin haber previsto todas sus consecuencias; pero, una vez tomada la resolución nada debe impedimos que ejecutemos lo que nos propusimos para su gloria. Ni el temor a los sufrimientos, ni el amor a los placeres, ni las burlas de los hombres deben desanimarnos. Los mártires persistieron en la confesión de Jesucristo a pesar de las amenazas de los tiranos; los santos penitentes perseveraron en sus austeridades no obstante la rebeldía de la carne y las tentaciones del demonio.

   III. Cuando se trata de hacer fortuna o de adquirir renombre no retrocedemos ante sacrificio alguno; ¡flaquea nuestro corazón, oh Dios mío, sólo cuando se trata de serviros a vos! Los herejes y los impíos perseveran tan obstinadamente ultrajándoos, ¿no es justo que nosotros seamos constantes sirviéndoos? Jamás nos cansaremos de trabajar para el cielo si consideramos la brevedad de nuestra vida, la in certidumbre del momento de nuestra muerte, la grandeza de los suplicios del infierno y de las recompensas del paraíso. Mantengamos nuestro valor con es tos grandes pensamientos, como se incita el servidor a soportar la fatiga pensando en la retribución que se le ha prometido. El pensamiento de la recompensa hace ligero al hombre el peso del trabajo. (San Gregorio).

La devoción al Smo. Sacramento del altar 
Orad por los que os persiguen.
ORACIÓN

      Oh Dios, que para ilustrar a vuestra Iglesia os dignasteis honrar al bienaventurado Canuto, rey, con la palma del martirio y con el don de milagros, ha ced, os suplicamos, que, marchando por las huellas de aquél que demostró ser imitador de la Pasión del Salvador merezcamos llegar a los júbilos eternos.  Por N. S. J. C. Amén.

miércoles, 18 de enero de 2012

SANTORAL 18 DE ENERO


18 de enero


LA CÁTEDRA 
DE 
SAN PEDRO EN ROMA



Nada temáis a los que matan el cuerpo y
no pueden matar el alma: temed antes al que  
puede arrojar alma y cuerpo en el infierno.
(Jesucristo en San Mateo, 10,28).

   Era antigua costumbre en la Iglesia de Occidente festejar el aniversario de la consagración del obispo. Era pues de esperar que se conmemorase de algún modo, desde los primeros tiempos, la entronización de San Pedro como obispo de Roma. Tal es el motivo de la solemnidad de este día, que encontramos mencionada en los libros litúrgicos desde fines del siglo VI.

  MEDITACIÓN
SOBRE EL BUEN Y 
EL MAL TEMOR   

   I. No debes temer a los hombres, porque no tienen poder alguno sobre tu alma. No pueden causarte en el cuerpo sino dolores cortos y leves; y,  no obstante, los temes más que a Dios. Nada quisieras decir, ni hacer, que pudiese disgustar a un hombre poderoso; no te atreverías a ejecutar algo  inconveniente en presencia de un hombre honrado, y, sin embargo, todos los días ofendes a Dios con tus palabras, con tus pensamientos, con tus acciones. ¿Dónde está tu juicio? ¿Dónde tu fe?

   II Temes los sufrimientos, las enfermedades, la pobreza, la tristeza, y todos los males de esta vida. ¿Qué mal pueden causarte estas aflicciones? Ellas te desapegan de las creaturas; rompen las cadenas de tu alma al mortificar tu cuerpo; te acercan a tu patria celestial al hacerte sentir las tristezas del exilio. ¡Ah! ¡no son estos sufrimientos, sino los de la otra vida los que hay que temer!

   III. ¡Temes la deshonra, la calumnia, las humillaciones y, muy a menudo, para conservar una honra imaginaria ante los hombres, ofendes a Dios! Desdichado, ¿no sabes que la verdadera honra se basa en la virtud? ¿Qué te importa lo que los hombres piensen de ti, siempre que te estime Dios y te premie? ¡Extraña ceguera! Témense las leyes humanas y se desprecia el Evangelio como si las órdenes de Jesucristo no valiesen lo que valen los decretos de los príncipes. (San Jerónimo).

El temor de Dios  
Orad por el Papa
ORACIÓN

      Oh Dios, que acordasteis a vuestro bienaventurado Apóstol Pedro el poder de atar y desatar, concedednos, por su intercesión, ser libertados de las cadenas de nuestras culpas.  Por N. S. J. C. Amén.

martes, 17 de enero de 2012

SANTORAL 17 DE ENERO


  • San Antonio, Abad
  • Santos Espeusipo, Eleusipo y Meleusipo, Mártires
  • San Julián Sabas, Ermitaño
  • San Sabino, Obispo de Piacenza
  • Santos Antonio, Mérulo y Juan
  • Beata Roselina, Virgen

17 de enero


SAN ANTONIO,
Abad



Si quieres ser perfecto, anda y vende cuanto tienes,
y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro
en el cielo: ven después, y sígueme.
(Mateo, 11, 21).

   San Antonio, al oír estas palabras del Evangelio, se las aplicó como si hubieran sido dichas especial mente para él. Distribuyó sus bienes entre los pobres y se retiró al desierto. El demonio, para seducirlo, empleó toda la pompa de las grandezas, todo el brillo del oro y todos los atractivos de la voluptuosidad; pero su humildad lo libró de sus asechanzas, el temor al infierno extinguió los ardores impuros que encendía en su corazón, y la invocación a Jesús le dio la victoria sobre todos sus enemigos. Murió en el año 356.

  MEDITACIÓN
SOBRE LA VIDA
      DE SAN ANTONIO   

   I. San Antonio abandona y desprecia el mundo, dócil a la inspiración de Dios. Lo abandona generosamente, en la flor de su edad, para consagrar a Dios en el yermo el resto de su vida. ¡Cuántas veces tu también oíste las mismas palabras que convirtieron al santo! Sin embargo, todavía estás en el mundo. No te da el mundo sino trastornos y disgustos, y con todo lo amas; ¡qué no harías si te procurase felicidad!

   II. El mundo sigue a San Antonio a la soledad para tentarlo allí. El demonio se sirve de la voluptuosidad, del brillo de las riquezas y de los honores; emplea halagos, amenazas, ilusiones y tormentos, a fin de echarlo de su desierto. Pero quien había vencido al mundo en el mundo, lo venció también en la soledad. La humildad, la oración, la austeridad, la invocación a Jesús le dieron la victoria sobre todas esas tentaciones. Vete a donde quieras, en todas partes encontrarás tentaciones; siempre te atacará el demonio, te seguirá tu carne y te perseguirá por todas partes.

   III. Nuestro santo quiere pagar al mundo con la misma moneda; este enemigo había ido a atacarlo a su soledad, va el santo a desafiarlo hasta su casa. Deja el desierto para predicar el desprecio de las riquezas y de los placeres, para animar a los mártires, para confirmar a los cristianos en la fe. Aprended, almas santas, a dejar vuestra soledad y la suavidad de la contemplación para trabajar en la salvación de las almas. Aprended a combatir valerosa mente al mundo por medio del ejemplo de vuestra vida y de vuestras santas conversaciones.

El amor a la soledad  
Orad por los que son tentados.

ORACIÓN

      Señor, os rogamos hagáis que la intercesión de San Antonio, abad, nos torne agradables a Vuestra Majestad, a fin de que obtengamos por su asistencia lo que no podemos esperar de nuestros méritos.  Por N. S. J. C. Amén.

AMOR Y FELICIDAD

Pablo Eugenio Charbonneau

Noviazgo
y
Felicidad


VI
Vuestro cuerpo y vuestro amor



Ver capitulo anterior, aqui

2. El ángulo personal de la cuestión

Ante todo, se guardarán de examinar tan sólo el aspecto negativo de esa lucha, diciéndose, ante unas circunstancias concretas siempre renovadas: «¿Qué es lo que podemos permitirnos sin pecar?». Esta manera de intentar vivir su vida moral bailando sobre la cuerda floja del pecado equivale a un veredicto de suicidio espiritual. ¡Cuántas veces, en efecto, unas parejas cargadas de intenciones bastante buenas, pero animadas por esa mentalidad calculadora según la cual se procura siempre aprovecharse de todo hasta el máximo no sacrificando a las exigencias superiores sino lo menos posible, se han precipitado neciamente en el fracaso! Con toda evidencia, empezar así, es marchar hacia atrás orientándose a ciegas, es comportarse temerariamente. Esta actitud profundamente negativa que conduce a unos novios a medir sus «derechos» con la elasticidad de una conciencia a la que se niegan muchas veces a iluminar, porque la luz sería demasiado exigente, no puede engendrar más que el raquitismo espiritual. Ahora bien, ante un problema tan espinoso como es el del desorden de la sexualidad humana, el raquitismo espiritual está ya derrotado, antes incluso de que se haya iniciado. Esto es, sin duda, lo que explica que tantas parejas se hallen sumidas en una situación desesperante en la que prostituyen su amor a la violencia de sus deseos y a la multiplicidad de las ocasiones que ellos crean.

Por eso hay que saber dar la vuelta a la pregunta y formularla bajo su ángulo positivo,. Resulta entonces más singularmente comprometedora y no podría tolerar todos esos compromisos que la actitud precedente alentaba. Se puede formular de la manera siguiente: «¿Cómo, con nuestra simplicidad, nuestra reserva, nuestra delicadeza, nuestro respeto mutuo, vamos a ayudarnos recíprocamente a preservar nuestro amor de toda decadencia, en este período de nuestro noviazgo?».

Que se hagan esta pregunta precisa, recordando lo que ya se ha dicho del amor. Que se recuerde, sin eludir la brutalidad de los términos, que amar no es buscar egoístamente unas satisfacciones epidérmicas, unas sensaciones que no serían más que la expresión balbuciente de una carne que no logra encalmarse. Que se formulen esta pregunta a la luz del análisis en el cual la naturaleza del verdadero amor aparece como marcada por el sello característico del sacrificio. Entonces no se servirán el uno del otro como de un instrumento de placer a fin de apaciguar periódicamente una sexualidad enfermiza.

Si amar es desear el bien del ser amado (¿y cómo sería posible negar esta definición del amor humano sin condenarse uno mismo, así como a su pareja, a una esclavitud indignante e insoportable?) no se puede dejar de considerar el problema sexual de la pareja desde un punto de vista elevado y a situarlo en su perspectiva completa. El bien del otro ¿estaría, por casualidad, en el solo apaciguamiento de una carne que, en tales circunstancias, sobrepujaría al espíritu exponiéndole al desequilibrio y al fracaso espiritual? ¿Y quién podría decir, en el momento en que se dispone a arrastrar al otro en el dédalo de los deseos desenfrenados y de las excitaciones lúbricas, que se entrega a ese juego para «bien» del otro? ¿Para bien del otro? ¡No! Para su propia satisfacción, ¡sí! En todo caso, para su beneficio personal. En suma, no es el amor el que triunfa entonces, sino el egoísmo. El amor no es más que un pretexto, hasta el punto de que está uno dispuesto a mofarse de él para contentar su apetito carnal.

En este sentido, hay que confesar que la pureza del noviazgo no es una exigencia cualquiera, creada por unos moralistas apasionados de actitudes defensivas y que cultivan lo prohibido. Está ligada al amor mismo que la exige, como puede exigirla un sano concepto del equilibrio humano. La requieren la naturaleza del amor y la naturaleza del hombre; con este título la impone el propio Dios. Quien se niega a ella no solamente ofende a Dios, sino que desprecia el amor al que transforma en un comercio abyecto; y se destruye al suscitar en él esos tentáculos monstruosos que son los deseos desordenados de una naturaleza desequilibrada.

3. Necesidad de la pureza en el amor

Se puede, por tanto, hablar, y hay que hacerlo, de un imperativo de pureza que se impone a los novios no como una coacción penosa cuya única finalidad sería crearles molestias, sino como una fuerza interior que vivifica el amor elevándolo y manteniéndolo en un plano superior. Esta pureza pretende estar libre de todo desprecio hacia el cuerpo y se basa, por el contrario, sobre el respeto soberano a la carne a la que restituye su equilibrio, eliminando los elementos de defección que son un peligro para ella. En cuanto al amor mismo, lo consolida y prepara así la felicidad de que gozará la pareja cuando se halle ligada por la vida en común.
Este último punto de vista es de gran importancia y merece ser subrayado con insistencia. No se repetirá nunca lo suficiente hasta qué punto es esta virtud una condición indispensable para la felicidad.
Fundamento de la confianza mutua
Sobre ella, en efecto, se instaura uno de los primeros fundamentos de la felicidad de los futuros esposos: la confianza mutua. ¿Será necesario recordar que una vida conyugal se hace radicalmente insostenible en cuanto los esposos pierden la confianza del uno en el otro? Si temen la infidelidad, el uno del otro, si están cansados de no poder entregarse a un reposo legítimo en ciertos períodos de su vida, si el espectro del engaño acompaña una insatisfacción sexual que las circunstancias imponen al cónyuge ¿cómo se puede ser feliz? No hay felicidad conyugal posible más que en un clima de confianza absoluta entre ambos esposos. Si ésta no florece en el hogar, sobrevendrán las sospechas, las inseguridades, los celos, las represalias y las disputas. A fin de no incurrir en esas calamidades que llegan, en muy poco tiempo, a destrozar el amor más hermoso, es preciso que la joven esposa pueda descansar sobre la certeza moral de que su marido está lo bastante liberado de las esclavitudes sexuales para conservar el amor que por ella siente, aun cuando, en caso de fuerza mayor (dictámenes médicos, por ejemplo), la pareja deba imponerse ciertas restricciones. ¡Y bien sabe Dios que tal situación no es rara! Inevitablemente, en semejantes circunstancias, la joven esposa se volverá hacia el pasado y juzgará el presente bajo su luz. Si ella recuerda a su novio enfermo de deseo, minado por codicias incontroladas, exigiendo, suplicando, maniobrando para conseguir las satisfacciones de las que no pueden prescindir por más tiempo sus sentidos enloquecidos, ¿cómo no va a estar inquieta y cómo va a impedir que el veneno de la inquietud se infiltre en su espíritu?

Lo mismo le acontece al joven esposo. En la hipótesis de que una ausencia prolongada le imponga el tener que abandonar su mujer a sí misma, o también en caso de que unos motivos personales no le permitan responder a las exigencias inconfesadas, quizá, pero no por eso menos imperiosas de un apetito sexual demasiado intenso, ¿cómo no comprometer el presente volviéndose hacia el pasado? Si él encuentra entonces la imagen de una sirena electrizada por un apetito carnal siempre insatisfecho, ¿cuál no será su inquietud?

Pero si uno y otro pueden entonces recordar con alegría sus esfuerzos comunes, realizados durante los meses en que hayan conseguido domar el deseo en ellos, con la fuerza de su amor, ¡qué seguridad no encontrarán en ese recuerdo! Tendrán entonces la inapreciable certeza de que el cónyuge merece una confianza total ante la prueba misma que él haya dado en esa ocasión de su equilibrio y de su autodominio. Fuera de esta perspectiva, no queda sitio para la confianza… ni tampoco para la felicidad que va unida a ella.
La fuente del dominio de sí mismo
Además, la pureza es, sin discusión, una escuela de autodominio para los novios. El joven, sobre todo, se beneficia de los esfuerzos que aquélla impone para disciplinar sus reflejos instintivos y someterlos al control de la razón.

Ahora bien, en esto también, nos encontramos con una condición indispensable para la felicidad conyugal. La experiencia acumulada en el curso de los siglos, confirmada hoy por los datos que unas encuestas sistemáticas han revelado, establece que una de las causas principales del desacuerdo conyugal es la insatisfacción sexual de la mujer, frustrada en su eclosión normal a consecuencia de la imposibilidad en que se encuentra el hombre de conservar el control de sus reacciones sexuales. Esta quiere decir, sin posible duda, que el hombre que durante su juventud ha desdeñado todas las exigencias de la pureza para entregarse sin esfuerzo a las inclinaciones que le incitaban con tanta mayor violencia cuanto que creaban en él un desequilibrio cada vez mayor, se prepara a un fracaso matrimonial. El hombre debe aprender su oficio de marido en su época de novio; y por paradójico que esto pueda parecer a primera vista, no será por medio de una anticipación desdichada como aprenderá ese oficio de hombre, sino adquiriendo un completo dominio de sí mismo. Sin éste, en lugar de hacerse un hombre, seguirá siendo un adolescente poco evolucionado. Sus reacciones, originadas por una sexualidad infantil y eruptiva, le conducirán a hacer de la unión carnal un embrollo irreparable. Teniendo en cuenta la experiencia, podemos afirmar de un modo indudable que «la unión armoniosa es imposible sin el dominio del espíritu sobre los sentidos» [1]. Ahora bien, este dominio debe adquirirse antes del matrimonio bajo pena de complicar enormemente, a veces de una manera irreparable, los primeros meses de vida conyugal. Pero ¿cómo llegar a este tan preciado dominio de sí más que por la pureza?

Que se tome buena nota de ello: no se ingresa en el matrimonio porque se haya hecho imposible conservar el control de una situación que ya no se puede dominar. Es éste un error de bulto basado en una concepción mezquina y radicalmente falsa del matrimonio. No se debe entrar en éste sino en el momento en que un suficiente dominio de sí asegure al joven la fuerza requerida para no herir a la muchacha con una precipitación de mala calidad. Lo cual quiere decir que la pureza se convierte en una condición previa al matrimonio, cuyo éxito prepara, asegurando el dominio de un instinto sexual que ella refrena sometiéndolo a la razón.

Todo cuanto se ha dicho hasta aquí no proviene de consideraciones religiosas apriorísticas o gratuitas. La ley de Dios se adapta en este terreno a las exigencias mismas de la naturaleza humana, hasta el punto de que negarse a obedecer ese precepto de pureza, es condenarse a falsear la propia personalidad con una desviación cuyas consecuencias traerán, casi seguramente, el fracaso del amor.

Quien se ha inclinado sobre la angustia de tantas parejas desgraciadas para buscar la explicación del fracaso conyugal, encuentra casi siempre ese mal. La mayoría de las veces, había en el joven tal inmadurez sexual que la armonía ha quedado radicalmente comprometida por ella. No se doma un potro salvaje dejándolo correr por las praderas. Hay que embridarlo, mantener bien sujetas las riendas, enseñarle a obedecer la voluntad de su dueño. Sólo entonces llega a ser apto para el servicio. El instinto sexual debe mantenerse igualmente bien refrenado. El joven debe aprender a conservar el dominio de sí mismo a fin de hacerse, llegado el día, apto para entregarse a su esposa. Si, durante las relaciones, no ha aprendido a dominar sus impulsos, será incapaz de adoptar al principio la actitud de reserva que se impone en todo esposo juvenil. Y al propio tiempo, estará a punto de comprometer la felicidad futura del hogar. A los enamorados, Kalil Gibran les dice con mucha perspicacia: «Vuestro cuerpo es el arpa de vuestra alma, y os atañe a vosotros extraer de ella una música dulce o unos sones confusos» [2].

Por medio del largo aprendizaje de la pureza el alma del joven prometido preparará su cuerpo al don conyugal que pueda ser realmente el triunfo del amor. Para unos novios, no hay mejor manera de preparar su amor futuro asegurando su duración, que vivir su amor presente en la pureza.


[1] Claude Prudence, L’Art d’aimer sa femme, Éd. du Levain, París (s.f.), p. 69.
[2] Kalil Gibran, Le Prophète (trad. Camille Aboussouan), Casterman, París 1957, p. 72.

lunes, 16 de enero de 2012

SANTORAL 16 DE ENERO

  • San Marcelo, Papa y Mártir
  • San Fulgencio, Obispo, Confesor y Doctor
  • San Melas, Obispo
  • Santa Priscila, Matrona
  • San Honorato, Obispo de Arles
  • San Ticiano, Obispo
  • San Enrique de Coket
  • San Berardo y compañeros, Mártires
  • San Pedro, Mártir (Con San Bernardo)
  • San Odón, Mártir  (Con San Bernardo)
  • San Acurso, Mártir  (Con San Bernardo)
  • San Adyuto, Mártir  (Con San Bernardo)
  • Beato Farreolo,Obispo y Mártir
  • Beato Gonzalo de Amarante,Dominico

 16 de enero


SAN MARCELO,
Papa y Mártir



Todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne,
concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida.
(1 Juan, 2, 16).

    San Marcelo ejerció el sacerdocio bajo el Papa Marcelino, a quien sucedió en el año 308. Su epitafio, compuesto por el Papa San Dámaso, nos hace saber que por mantener la disciplina de los santos cánones se atrajo la hostilidad de los cristianos tibios, y que fue desterrado por el tirano Majencio en castigo de su severidad contra un apóstata. Murió en el año 309, después de haber gobernado a la Iglesia un poco más de siete meses solamente.

  MEDITACIÓN
SOBRE LA CORRUPCIÓN
DEL MUNDO   

   I. La vanidad reina en el mundo; se quiere figurar o elevarse por sobre los demás. Esta vanidad se manifiesta en las palabras, en los actos, en las casas, en el vestir, y muy a menudo se la encuentra aun en las prácticas más santas de la religión. ¡Oh mundo, cuán henchido estás de orgullo! Se ve claramente que Satanás es tu señor, y que Jesucristo está ausente de tus máximas y de tus acciones. ¿Se pueden amar los vanos honores considerando a Dios que nace desconocido y que muere oprobiosamente en una cruz?

   II. La voluptuosidad es un vicio tan común en el mundo, que parece que la mayoría de las profesiones que se ejercen en él, no tienen otro objeto que el de satisfacerla. Inficiona todas las edades, todos los sexos, todas las condiciones. ¿Cómo resistir a esta corrupción universal? ¡Ah! más bien huye lo antes posible; retírate de Sodoma, no suceda que te veas envuelto en su ruina. Si no puedes abandonar el mundo, declara sin embargo que eres enemigo del mundo y de sus placeres.

   III. La sed de riquezas es el tirano del mundo; por él trabájase noche y día, sacrificase la tranquilidad, el honor, la salud, la vida, la salvación. En una palabra, el oro es el dios del mundo; empero, para entrar al cielo es menester ser pobre, si no de hecho por lo menos por el desasimiento de las riquezas. ¿Qué amor tienes por la pobreza, que Jesucristo amó tanto? Considera como cruz lo que el mundo ama, y adhiérete con toda la fuerza de tu amor a lo que el mundo considera como cruz. (San Bernardo).

La huida de las tentaciones   
Orad por vuestros
superiores eclesiásticos.

ORACIÓN

      Os suplicamos, Señor, que escuchéis las oraciones de vuestro pueblo, y que el bienaventurado Mar celo, vuestro pontífice mártir, cuyos padecimientos honramos, nos preste el socorro de sus méritos.  Por N. S. J. C. Amén.

 

domingo, 15 de enero de 2012

PENSAMIENTOS DE SAN JUAN DE LA CRUZ

NEGATIO
V

El que lo poco evita no caerá en lo mucho; más en lo poco hay gran daño, pues  esta ya entrada la cerca y muralla del corazón. Y como dice el adagio: el que comienza, la mitad tiene  hecho.

Oh si supiesen los espirituales qué bienes pierden y abundancia de espíritu por no querer ellos acabar de levantar el apetito de niñerías, y cómo hallarían en este sencillo  manjar de espíritu, significado por el maná, el gusto de todas las cosas, si ellos no quisiesen gustar cosa.

No dejaban los hijos de Israel de hallar en el maná todo el gusto y la fortaleza que ellos pudieran querer porque el maná  no l atuviese, sino porque ellos querían otra cosa.

De sólo una centella se aumenta el fuego, y una imperfección basta para traer otras. Y así nunca veremos un alma que es negligente en vencer un apetito, que no tenga otros muchos, que nace de la misma flaqueza e imperfección que tiene aquel.

Los apetitos voluntarios y enteramente advertidos, por mínimos que sean, siendo de hábito y costumbre, son los que principalmente impiden en el camino de la perfección.

Cualquier imperfección en que tenga el alma asimiento y hábito, es mayores, que no proceden de ordinaria costumbre de alguna mala propiedad.

Justamente se enoja Dios con algunas almas, porque habiéndolas con mano poderosa sacado del mundo y de ocasiones de graves pecados, son flojas  y descuidadas en mortificar algunas imperfecciones; y por eso las deja ir cayendo en sus apetitos de mal en peor.

Enojan mucho a la Majestad Divina los que pretendiendo el manjar de espíritu, no se contentan con sólo Dios, sino que quieren entremeter el apetito y afición de otras cosas.

El que quiere amar otra cosa con Dios, sin duda tiene en poco a Dios, porque pone en una balanza con Dios lo que sumamente dista de Él.

Pocos espirituales, aún de los que se tienen por muy levantados en virtud, alcanzan la perfecta determinación en el bien obrar, porque nunca se acaban de perder en algunos puntos de mundo o de su natural, no mirando al qué dirán o que parecerá, para hacer las obras perfectas y desnudas por Cristo.

Algunas almas llaman a Dios su esposo y su amado, y no es su amado de veras, porque no tienen con él entero su corazón.

Para hallar en Dios contento, se  ha de poner el ánimo en contentarse sólo con él; porque aunque el alma esté en el cielo, sino se acomoda a la voluntad de quererlo, no estará contenta; y así nos acaece con Dios si tenemos el corazón aficionado a otra cosa.

Como las especies aromáticas desenvueltas van disminuyendo la fragancia y fuerza de su olor, así el alma no recogida en un solo afecto de Dios, perder el calor y vigor de la virtud.

Si deseas hallar la  paz y consuelo de tu alma y servir a Dios de veras, no te contentes con eso que has dejado, porque  por ventura te estás n lo que de nuevo andas tan impedido o más que antes; mas deja todo esotras cosas que te quedan, y apártate a una sola que lo trae todo consigo, que es la soledad santa, acompañada con oración y santa y divina lección, y allí persevera en olvido de todas las cosas: que si de obligación note incumben, más agradarás a Dios en saberte guardar y perfeccionar a ti mismo, que en  granjearlas todas juntas, porque ¿Qué le aprovechará al hombre ganar todo el mundo si deja perder su alma?