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jueves, 15 de diciembre de 2011

DE LA DIALECTICA A LA FELICIDAD- San Agustín bajo la lupa.


Por Antonio Socci

Estaba harto de enseñar en Cartago porque los estudiantes eran verdaderos gamberros, San Agustín, joven profesor de retórica, no soportaba su” impudencia alocada” ni sus “vejaciones” (habían sido capaces de entrar en el aula gritando mientras él daba clases). Así que en el año 383 decide irse a la capital, Roma. Los amigos les habían hablado de “mayores ganancias y consideración”. Y además, San Agustín tenía  ganas de cambar de aires: “Por lo que oía decir, los estudiantes de Roma estudiaban con tranquilidad y había mayor disciplina”. En los primeros meses San Agustín se dedica con entusiasmo a las lecciones. Cómo eran los estudiantes de Roma lo descubrirá sólo al terminar el año. “A menudo los jóvenes, para  no pagar los honorarios al docente, se ponen de acuerdo y cambian de profesor, desatendiendo el compromiso contraído”. San Agustín está enojado y disgustado. En Roma sigue frecuentando a los  maniqueos, una secta en buenas relaciones con el  poder. Una especie de masonería de aquel tiempo (idéntica es la filosofía gnóstica) a la que San Agustín se dirige para pedir un “enchufe”.

EL ENCUENTRO

En el año 384 había quedado vacante en Milán la cátedra de Retórica, por mediación de los maniqueos, el prefecto Símaco da este puesto a San Agustín: el hombre político pagano les hace un favor a los maniqueos, y aprovecha la ocasión para desairar al obispo de Milán, el gran y enérgico San Ambrosio, con el cual- a pesar de ser su primo- se enfrenta violentamente. Símaco y los maniqueos esperan resquebrajar el prestigio de San Ambrosio llevando a Milán a un joven anticlerical, con ideas heréticas, y además amancebado (no estaba casado con la mujer que le acompaña) y con un hijo ilegítimo. En realidad, San Agustín está lleno de dudas, de  preguntas sobre sí mismo y sobre su vida; su cara  no es precisamente el espejo de la felicidad. Llega a Milán a finales del verano del 384, y –como autoridad del aparato escolástico- se presenta ante Ambrosio (pocos  años  mayor que él), quien le recibe quizás con cierta frialdad, aunque dentro de lo correcto, en resumen: un encuentro formal.

San Ambrosio había sido bautizado sólo diez años antes y deprisa. Cuando la comunidad cristiana lo aclamó como obispo era un joven funcionario imperial, aún catecúmeno. Pero su carisma ya había conquistado  a la cristiandad. A pesar del empacho de los dos, san Agustín se queda enseguida admirado en aquel encuentro. Al principio lo u ele atrae es el encanto de su manera de hablar: “La dulzura de su decir me daba placer”. San Agustín, que es docente de Retórica, empieza a ir a Misa sólo para oírle hablar. No le interesa lo que die, pues considera  al cristianismo una doctrina basta, sino el carisma y la elocuencia de San Ambrosio. Poco a poco algo hace brecha en su ánimo: “Tomé, pues la decisión de seguir siendo catecúmeno en la Iglesia Católica, que mis padres me habían recomendado”. Una decisión sorprendente.

NI ALIVIO NI RESPIRO

San agustín lee con Alipio
 las Epístolas de San Pablo
(B. Gozoli, Iglesia de San Agustin, San Gimignano)
San Agustín nos ha dejado en las Confesiones un diario exhaustivo y conmovedor de su conversión, sobre la cual, por tratarse del más santo de los Padres de la Iglesia, se ha escrito mucho, Adolf von Harnack, por ejemplo, junto con otros muchos, sostiene  que la conversión de San Agustín fue una evolución lenta y gradual, el resultado de su camino intelectual; como si el cristianismo fuera fruto de su propio ingenio o de una reflexión personal. San Agustín –siempre según Harnack – contó su conversión, por  motivos teológicos, como una ruptura imprevista. Es decir, falseó los hechos. En realidad San Agustín explicó claramente que de las reflexiones y de las capacidades personales no nace el cristianismo, sino sólo la desesperación: “Todo lo que veía era muerte…Era infeliz”- es la confesión de aquel joven  y brillante intelectual- “un profundo tedio de la vida y el miedo a la muerte…yo era para mí mismo un lugar desolado, en el que no podía quedarme pero  del que no me podía escapar”, “me servía como escudo mi testarudez”, pero, “no había alivio ni respiro en ningún lugar”. Este era el callejón sin salida al que había llegado. Lo contrario a una evolución intelectual. Por otra parte se ha querido  reducir la conversión de San Agustín a una pequeña anécdota, al que las Confesiones dedican pocas líneas: San Agustín, al escuchar a un niño cantar un estribillo que dice:”Toma y lee”, se acuerda de un episodio sucedido al monje egipcio Antonio. Así pues, abre el volumen de la Epístolas de San Pablo y lee un fragmento que parece dirigido a él (Rom 13,13). Pero este pequeño, aunque significativo, episodio está inserto en una narración mucho más dramática y humana. Sin embargo, si uno no tiene ante sus ojos la razón y la dinámica por las que un hombre de carne y hueso (no un maniático de problemáticas religiosas) pide hoy en día hacerse cristiano, difícilmente puede comprender las páginas en las que san Agustín narra la historia de su conversión. E inevitablemente reducirá el acontecimiento real de la conversión o a una evolución intelectual (racionalismo), o a una imprevista y solitaria iluminación interior (protestantismo).

Según San Agustín, lo que le hace entrever una salida a su desesperación es, sobre todo, la irrupción en su vida  de un encuentro. Todo empieza en aquel septiembre del 384 cuando se encuentra en Milán con San Ambrosio: “Tu me llevabas sin que yo supiera a él (San Ambrosio), para que él me condujera consciente de ello a Ti”. Personas reales, de carne y hueso, encuentros que son el rostro histórico de la Misericordia de Dios, invocada incesantemente por su madre Mónica.

En De vera religione recuerda que todo sucedió “gradualmente y por orden”, por medio de las “formas carnales que a todos nos atraen…es decir, mediante la vista, el oído y los otros sentidos corporales” Al principio, en efecto, vive la fascinación de un encuentro humanamente sugestivo, que no borra milagrosamente los limites, fatigas y dificultades que lleva consigo la comprensión verdadera y la adhesión.


LA CLARIDAD DE LA VERDAD NO ES AÚN FELICIDAD

A finales del 384, San Agustín decide volver a la Santa Iglesia como catecúmeno. Asiste a todos los encuentros de la comunidad, le encanta escuchar las palabras  de San Ambrosio. Sigue siendo un intelectual destacado. El 1 de enero de 385, por ejemplo, lee la alocución oficial por la inauguración del consulado de Bautone. Pero ya no es la carrera lo que absorbe sus pensamientos. Su corazón está en otra parte: “Frecuentaba tu Iglesia apenas terminaba mis ocupaciones, cuyo peso me hacía gemir”. San Agustín trata durante meses de hablar con San Ambrosio, que parece que nunca tiene tiempo para él. Quisiera discutir todas sus tribulaciones interiores, sus dudas teológicas, pero “no podía interrogarlo sobre lo que quería y como lo quería. Una multitud  de gente atareada, ala que él socorría en sus angustias, se interponían entre sus oídos y yo, entre su boca y yo”.

Al llegar, en las confesiones, a este punto de su historia el tono de la narración es casi cómico. Está claro que San Ambrosio no tiene ganas de perder tiempo con las elucubración es de ese joven profesor, al que probablemente ya conoce a través de Mónica. Sabe que no son las divagaciones las que dan felicidad: “(la dialéctica) no tiene la capacidad de construir, pero sí de demoler”, había escrito en su tratado De fide. “No se complació Dios en salvar a su pueblo con la dialéctica, porque el reino de Dios está en la sencillez de la fe y no en la violencia de la discusión”. Y cuando san Ambrosio se lo encuentra por la calle, para salir de apuros, se las arregla pidiendo noticias de Mónica y alabando su fe. Además, san Ambrosio tiene que atender sus quehaceres. Debe atender las necesidades de la comunidad, y a tanta gente a la que hay que ayudar y socorrer. Asimismo, en los primeros meses del 385 los arrianos, que durante años habían tenido en sus manos la Iglesia de Milán, gobernada por el obispo hereje Ausencio, vuelven a la carga con el apoyo imperial. Primero el secuestro de una basílica, luego un decreto imperial a su favor. San Ambrosio defiende la fe católica con gran energía, expulsa a los herejes de sus iglesias, reúne a los obispos ortodoxos contra el poder imperial.

Bautismo de San Agustin


En la Iglesia de aquellos años es él la autoridad que todos respetan.

¿Pero cuáles eran los problemas de San Agustín? Varios estudiosos afirman que, en realidad, San Agustín se convierte al neoplatonismo en Milán, y que sólo gracias a esta evolución llegará, años  más tarde, al cristianismo. Falso. San Agustín sabe muy bien donde está la verdad: “Ya había hallado yo la margarita preciosa, que debía comprar con la venta de todo lo que tenía. Pero vacilaba”. El hecho es que la claridad todavía no había disipado la tristeza ni vencido las angustias: “Uno empieza a descubrir lo que ha de hacer y adonde ha de ir, pero si esto no consigue hacer lo que deseemos ni nos da felicidad, tampoco entonces  se actúa, ni se pone en práctica, ni se vive bien”, escribe en De gratia et libero arbitrio. No es suficiente la doctrina verdadera; sólo la realidad del acontecimiento presente que corresponde a la esperanza del corazón puede hacer al hombre feliz. También Jesús hizo lo mismo durante su vida, explica san Agustín en De utilitate credendi; no pretendió que uno “comprenderá”, antes que se adhiriera primero a una doctrina, sino que dejara que su soledad se llenara y su espera se colmara con la compañía del Hijo de Dios: “Jesucristo no quiso nada más, ni con más fuerza, que la fe en Él: los que le seguían aún no eran capaces de entender los secretos divinos. ¿Qué suscitan sus grandes y numerosos milagros, sino la fe?...No habría transformado el agua en vino si los hombres hubieran podido seguirlo por sus enseñanzas y no porque realizaba milagros” También hoy Jesucristo, explica san Agustín,”nos mueve de dos modos: en parte con los milagros, en parte con la multitud de fieles”. ¿Qué le sucedió, pues, a  San Agustín?


Continuara el próximo jueves..

SANTORAL 15 DE DICIEMBRE




SAN MESMÍN,
Abad

Acuérdate de dónde has caído;
haz penitencia y vuelve a tus primeras obras.
(Apocalipsis, 2, 5).

   San Mesmín entró en el monasterio de Micy, cerca de Orléans, del que fue más tarde el segundo Abad. Con el correr del tiempo había de dejarle su nombre: hoy se llama San Mesmín. En muchedumbre iba la gente tras él para formarse en la perfección cristiana. Los señalados milagros que Dios obró por su intermedio aumentaron aun más su reputación de santidad. Murió recomendando la caridad a sus religiosos, el 15 de diciembre del año 520.

MEDITACIÓN 
SOBRE TRES CLASES
DE CONVERSIONES

   I. Hay algunos que se dan a Dios desde su tierna juventud, y que parece hubieran bebido la piedad con la leche. Dichoso aquél que lleva el yugo del Señor desde su adolescencia, porque el hábito de practicar la virtud trócase para él en una segunda naturaleza. Da a Dios las primicias de tu vida, desde muy temprano hazle el sacrificio de ti mismo; tu cruz te parecerá más ligera a medida que tengas más edad.

   II. Existen otras personas que dan al mundo la flor de su vida y que, después de haber experimentado la vanidad de sus placeres, se disgustan de ellos y se dan a Dios. Si estás entre éstos, llora con la amargura de tu alma los años que sacrificaste al mundo; con fervor debes suplir el poco tiempo que te queda. Si todavía no has comenzado a servir a Dios apúrate a hacerlo: comienza desde hoy, porque Dios ha pro metido el perdón al arrepentido, pero no ha prometido  el mañana al pecador que aplaza su penitencia. (San Agustín).

   III. En fin, hay personas que, al comienzo de su conversión, son todo fuego para los ejercicios de pie- dad pero poco a poco su celo se enfría y terminan por volver a sus antiguos placeres. Si por desgracia fueras tú uno de éstos, compara, por favor, las dulzuras y la tranquilidad de que gozabas en aquel entonces, con la turbación y los remordimientos que te inquietan ahora. Piensa en los motivos que te habían excitado al servicio de Dios: las mismas causas producirán los mismos efectos.

La penitencia
Orad por la conversión de los herejes.

ORACIÓN

   Señor, que la intercesi6n del bienaventurado Mesmín, abad, nos haga agradables a vuestra Majestad, a fin de que obtengamos por sus oraciones lo que no podemos esperar de nuestros méritos. Por J. C. N. S. Amén.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

MILAGROS EUCARÍSTICOS

RISA INCRÉDULA
Año 596, Roma



Cierta matrona romana, señora principal, solía enviar al bienaventurado San Gregorio las hostias que ella misma hacía para el santo sacrificio de la Misa, mostrándose en ésta muy solícita y cuidadosa.

Al maligno espíritu, capital enemigo de todo lo bueno, que según expresión del Apóstol San Pedro anda alrededor de nosotros como león rugiente aguardando el momento de la presa, le pareció excelente ocasión para turbara a la señora primero con tentaciones de vanagloria, luego con impertinentes dudas acerca de la fe en el augusto Sacramento, y finalmente haciendo que sin dejar las prácticas piadosas cayera en manifiesta incredulidad.

 En efecto: aconteció un día estando arrodillada esta señora en el altar para recibir la Comunión de manos de San Gregorio, en el momento solemne en el que el Santo Pontífice iba a darle la Sagrada Hostia diciendo aquellas palabras que usa la Iglesia: Corpus Domini nostri JasuChristi custódiant animam tuam, ponerse a reír la referida señora como si hubiera perdido la fe y la devoción.

Al advertir el Santo retiró al punto la mano y puso sobre el ara del altar la Forma consagrada. Acabada la Misa preguntó el Pontífice delante de todo el pueblo a la señora la causa de su risa en aquella ocasión tan impropia. Sorprendida por tal pregunta, no se atrevía al principio a declarar el motivo, más después dijo: “Me río que digáis que ese pan que yo he amasado sea el Cuerpo de Cristo”.

Admirado de la respuesta San Gregorio no contesto palabra, pero se puso al instante con todo el pueblo a orar al señor para que alumbrara con su divina luz a aquella mujer incrédula.

Apenas acabaron en su fervorosa oración sucedió una maravilla, y fue que la Hostia sacrosanta se dejó ver en carne humana, y en esta forma, presente el pueblo allí congregado, la mostró también el Santo Pontífice a la señora, cuyo prodigio la redujo, al punto, a la fe de este misterio y confirmó en ella a todos los circunstantes.

En presencia de tan gran portento determinaron seguir orando, lo que se hizo con extraordinario fervor, hasta que se vio como aquella carne se reducía a la forma de hostia que antes tenía, y tomándola el Santo Pontífice en sus manos, la dio en comunión a la señora; glorificando todos al Supremo Hacedor que se dignó obrar tales maravillas para que un alma recuperase la fe en el augusto Sacramento.

San Gregorio murío en el año 604, y la Iglesia honra la memoria de un tan gran Pontífice el día 12 de mayo.

(Pablo y Juan, diáconos, Vida de San Gregorio Magno, lib. 2, cap 21.)






SANTORAL 14 DE DICIEMBRE



14 de diciembre


SAN NICASIO,
Obispo y Mártir 



Este pueblo me honra con sus labios,
pero su corazón está lejos de mí,
(Mateo, 15, 8).

   San Nicasio era arzobispo de Reims cuando esta ciudad fue pillada por los bárbaros, El santo se retiró a una iglesia con su hermana Eutropia, a fin de morir al pie de los altares como víctima de Jesucristo. Los soldados lo decapitaron en el momento en que pronunciaba estas palabras de David: Mi alma se adhirió al suelo, y cuando se le hubo separado la cabeza del tronco, terminó el versículo: Señor, vivifícame según tu palabra.

MEDITACIÓN
SOBRE LA ORACIÓN VOCAL

   I. Las oraciones vocales son muy agradables a Dios; Él mismo enseñó a sus apóstoles la oración dominical, y quiso que nosotros la recitáramos, La oración vocal es útil a los que comienzan a practicar la virtud, como a los que han avanzado ya en el camino de la perfección. ¿Qué oraciones vocales rezas tú? Ordena tus prácticas de devoción, y sé fiel y constante en lo que hayas determinado.

   II. Dios se quejaba por boca del profeta Isafás de que su pueblo lo honrase con los labios mientras su corazón estaba alejado de Él; ¿no podría quejarse de lo mismo respecto de ti? San Agustín lloraba de ternura oyendo cantar los salmos de David; y tú, ¿cómo asistes a los oficios divinos? Acuérdate que si quieres que Dios escuche tus plegarias, debes obedecer sus inspiraciones. ¿Con qué derecho nos quejamos de no ser escuchados por Dios, cuando nosotros no lo escuchamos a Él? (Salviano).

   III. Dios prefiere un Padrenuestro piadosamente recitado a largas oraciones rezadas a prisa y sin atención. Pesa cada una de las palabras de esta oración que Jesús mismo ha compuesto; haz lo mismo con todas aquéllas que recitas. ¡Qué honor me hacéis, Señor, permitiéndome que os hable en todo tiempo y en todo lugar! Pero,¡qué vergüenza para mí ver que lo hago con tan poco respeto! ¿Cómo estaría Dios contigo, si tú no estás contigo mismo? ¿Si tú no te oyes, cómo te oirá Dios?

El amor a la oración
Orad por el aumento de la devoción.

ORACIÓN

   Oh Dios, que todos los años nos proporcionáis un nuevo motivo de gozo con la solemnidad del bienaventurado Nicasio, vuestro pontífice mártir, haced que al mismo tiempo que celebramos su nacimiento al cielo, experimentemos los efectos de su protección. Por J. C. N. S. Amén.

martes, 13 de diciembre de 2011

LA BELLEZA COMO TESTIMONIO DE LA EXISTENCIA DE DIOS...



Ver capítulo anterior, aquí

F.-  CUALIDADES DEL GOZO DE LO BELLO

            Muchas veces se confunde el gozo de lo bello con el placer sensible; sin embargo, participa de las características propias de la inteligencia, facultad donde se produce. Por eso, el gozo de lo bello es luminoso, desinteresado y anostálgico.

            En cambio, el apetito sensible es interesado, oscuro, efímero y nostálgico.


a) El placer de lo bello es luminoso, se consuma en esa luz interior que, por una parte, da la esencia y, por otra, da la inteligencia; dos interiores que se clarifican mutuamente, asimilándose en la unión más íntima.

            No es luz corporal, ni imaginativa, sino la intemporal del ser que signa la materia. En el mundo sensible, sólo la inteligencia tiene aptitud para captar y gustar esas luces.

b) El gozo de lo bello es desinteresado, lo cual elimina hasta el menor rastro de confusión con el placer sensible.

            La inteligencia, considerada en sí misma, es un puro y desinteresado existir para el ser; no aprehende con el fin de remediar en algo alguna indigencia del ser humano, sino para anegarse en la cosa conocida tal como ella es; con su aprehensión nos podemos aquietar en lo que las cosas tienen de inamovible e intemporal.

c) El placer de lo bello es anostálgico. Las esencias permanecen, la inteligencia también, pues ambas son intemporales. Por esta razón, cuando la inteligencia posee algo por conocimiento completo y real, es para siempre.

            La nostalgia tiene su origen en el apetito animal sobre el dato del bien pretérito propuesto por la memoria; por consiguiente, versa acerca de realidades terrenas en lo que tienen de temporales y es un acto de contacto del apetito animal con la correlativa memoria sensible.

            La razón de que queramos ver o escuchar no una sino cien veces un cuadro, una estatua una sinfonía o un poema, estriba en que todo en el hombre, hasta la misma intuición, es progresivo; para llegar al encuentro verdadero con la obra, son necesarios análisis e inquisiciones; y una vez hallada, nos tenemos que internar en ella de luz en luz.

            Precisamente, es mala la obra que, como una portada de revista, se obtiene por primera impresión: hubo un brillo, un deslumbramiento momentáneo, y allí todo acabó. Consiste en un efectismo aparente, nada más; no hay en ella ningún esplendor ontológico.


            Hemos dicho que el apetito sensible:

- es interesado, no tiene otro estímulo que la satisfacción propia e inmediata, y como ésta se realiza en lo material, siempre es a expensas del otro;

- es oscuro, pues no sabe a qué fin se ordena;

- es efímero, porque la misma posesión sensible destruye en parte o totalmente lo que ocasionaba el placer por querer apoderarse de algo corporal que en la cosa amada codiciaba;

- es nostálgico, ya que la memoria conserva impresión del bien sensible que dejó de existir.



G.-  GRADOS DE LA BELLEZA

1º) Lo bonito: es la belleza decorativa. Las flores y los pájaros pertenecen a lo bonito; el grado eminente pertenece a la mujer.


2º) Lo lindo: llámase así a la belleza festiva; combinada con alguna forma de alegría. Este y el grado anterior incluyen la idea de facilidad; una belleza ardua nunca es bonita ni linda.


3º) La gracia: es cuando se da una belleza con algún toque de racionalidad, de inteligencia.
            La gracia se puede encontrar en los casos de belleza más altos o profundos e, incluso, en lo sublime. En cambio, la elegancia es aquella gracia posible a los grados de belleza ligera o fácil.


4º) Lo hermoso: es cuando se combina lo bello con lo codiciable. Una manzana en sazón es hermosa.


5º) Lo bello: es una belleza en una plenitud de equilibrio, donde todos los demás elementos anteriormente mencionados, con excepción de la gracia, cesan para dar lugar a la pura luz de la esencia.
            La característica que lo distingue de los grados menores es la perdurabilidad.


6º) Lo sublime: es una belleza en aspiración de otra belleza superior. No permanece en sí; tiende y se engrandece en otro.


7º) Lo precioso: o el preciosismo es dar primacía al valor del material sobre la belleza de la cosa o la obra de arte en sí.
            Por ejemplo, preferir la estatuilla de bronce a la de barro; o el exceso de metáforas en poesía.


8º) Lo cómico: es cuando consideramos la miseria o lo ridículo en sí, sin referirlo al sujeto que lo padece.



H.-  LO FEO

            La fealdad es la privación del esplendor entitativo debido.

            Decimos debido, pues se trata del esplendor que se debe desprender de tal esencia y no otro.

            Dicha privación, en concreto, se traduce en alguna carencia de orden, de proporción, de integridad o de nitidez.

            La cosa fea angustia a la inteligencia; plantea un enigma, no de misterio, sino de ambigüedad, de suciedad ontológica.

            Se trata de una tiniebla que oprime a la inteligencia, que no ve una realización normal, inmediata de la esencia en la realidad concreta.


            Sin embargo, la fealdad no se debe a una supresión total de la luz de la esencia, es decir, de todas la cualidades de lo bello. Esto es imposible; no puede existir una fealdad absoluta. En un sujeto, por feo que sea, siempre existe la raíz de la belleza, que, impedida, no dará su luz, pero sin embargo continúa latente.


            Hay grados de fealdad; las cosas se afean sin eliminar de golpe y totalmente toda relación bella.




SANTORAL 13 DE DICIEMBRE


13 de diciembre



SANTA LUCÍA,
Virgen y Mártir

En esto se demostró la caridad de Dios hacia nosotros,
en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo,
para que por Él tengamos la vida.
(1 Juan, 4, 9).

   Santa Lucía, virgen de Siracusa, habiendo obtenido la curación de su madre orando sobre la tumba de Santa Ágata, de inmediato le pidió permiso para distribuir a los pobres la dote que le había destinado. Su pretendiente la denunció al juez como cristiana. El tirano la hizo prender y ordenó se la condujese a un infame lugar; pero no les fue posible moverla del lugar en que estaba. Empleóse el hierro y el fuego: ella pidió a Dios que prolongase su martirio para fortificar a los cristianos en la fe, predijo la tranquilidad de que gozaría la Iglesia después de la muerte de los emperadores Diocleciano y Maximino, y entregó su alma a Dios, hacia el año 304.

MEDITACIÓN
SOBRE LA DIGNIDAD
DEL HOMBRE

   I. Preciso es que el hombre sea algo grande puesto que Dios creó para él el mundo y todas las cosas que encierra. Considera lo que existe de más bello en el firmamento y en toda la tierra, y después di: Cosa más grande soy que todas esas maravillas, porque ellas no han sido creadas sino para servirme. Oh Dios mío, Vos honráis demasiado a vuestros amigos; cuánto agradecimiento os debemos! Pero, ¡cuán desgraciados somos al hacernos esclavos de esas creaturas de las cuales somos soberanos!

   II. El fin para el cual hemos sido creados hace ver claramente la grandeza y la nobleza del hombre. Dios nos ha sacado de la nada para servirle y para poseerle un día: he aquí nuestro fin durante esta vida y durante la eternidad. Cristiano, levanta tu corazón; no estás en este mundo para gozar de él, sino para servir a Dios y para amarlo. ¿Por qué, pues, abandonar a Dios, fuente de todo bien? ¿Por qué buscar placeres imperfectos entre las creaturas? Elevemos nuestros ojos al cielo, a fin de que la tierra no nos seduzca con sus diversiones y placeres. (San Cipriano).

  III. El precio que Jesucristo ha pagado para rescatarnos es una prueba convincente de la estima que Dios hace del hombre, puesto que prefirió sacrificar a su Hijo antes que dejar perder a esta noble creatura. Vemos con ello lo que valemos y cuánto nos estima Dios. Recordemos, pues, que Jesucristo, después de haber dado tanto por nosotros, espera mucho de nosotros. Él sabe cuánto le hemos costado; no nos menospreciemos pues, nosotros que somos tan preciosos a los ojos de Dios. (San Eusebio).

La pureza
Orad por los vírgenes.

ORACIÓN

   Escuchadnos, oh Dios Salvador nuestro, y que la fiesta de la bienaventurada Lucía, virgen y mártir, al mismo tiempo que regocija nuestra alma, la enriquezca con los sentimientos de una tierna devoción.  Por J. C. N. S.  Amén.

lunes, 12 de diciembre de 2011

AMOR Y FELICIDAD



Pablo Eugenio Charbonneau

Noviazgo
y
Felicidad



El acuerdo entre los jóvenes esposos




(Ver capítulo anterior, aquí)
No se puede hablar del amor sin que esto nos lleve en seguida a hablar de unidad. Es un hecho universalmente reconocido que el uno llama a la otra. Cuando se ama, se desea la unión con el amado. Ahora bien, la unión de los esposos sólo se realizará si se logran vencer las dificultades naturales que la obstaculizan. Por eso, no es una ilusión creer que la unidad conyugal surgirá espontáneamente.

Cuando unos novios se disponen a llegar al estado conyugal, se figuran que van a vivir en lo sucesivo en una «unidad» completa… Habiendo entrado dos en el matrimonio, esperan llegar a ser uno; durante todo el período del noviazgo, se han afanado por establecer entre ellos, unidad de opiniones, unidad de sentimientos, unidad de proyectos. Además ¿no es el matrimonio el sacramento de la unidad? Por él, serán dos en uno.

Estas esperanzas no carecen de fundamento. Hay que decir, sin embargo, que es raro ver realizarse en el curso de la vida matrimonial, una unión que, en ciertos momentos, no sufra eclipses. Dos jóvenes se aman, se casan y se imaginan —en los primeros tiempos— que son ya uno, y en breve plazo, se encuentran dos; un hombre y una mujer divergentes en tantos puntos que llegan a preguntarse entonces si todas esas esperanzas de unidad no eran más que una ilusión sin fundamento.

La unidad conyugal no es cosa fácil; no se exagera al decir de ella que es difícil de realizar, y tarda en llegar. Que se deba tender a ella como a un ideal elevado cuya ardua persecución ha de ser constante, es cosa evidente. Sin embargo, como todo ideal no se podrá conseguir la unidad afectiva más que superando múltiples obstáculos.

Éstos no vendrán todos del exterior. Algunos estarán, sin duda, ligados a las circunstancias, a los acontecimientos imprevisibles, a las fluctuaciones de la suerte. Pero la mayoría tendrán su origen en el interior mismo del ser y dependerán de la personalidad dedos cónyuges. Entran tantas cosas en cuenta cuando se trata de conducir dos seres a que se unan hasta fusionarse; surgen tantas disparidades imprevistas; chocan tantas semejanzas que se creyó iban a facilitar el acuerdo. Todo esto se interpone entre ambos cónyuges desde los primeros meses, de tal modo que apenas han entrado ellos en la vida común, y ya ésta plantea problemas. Esto es normal, sin duda; pero no por ello deja de defraudar a los jóvenes esposos. ¡Hablase anticipado imaginativamente tanto y en tal forma lo que debería ser la vida en común, cuando no eran más que novios llenos de esperanza! Y luego, la realidad resulta muy diferente, tanto que, a veces, algunas parejas llegan a preguntarse si no habrán errado el camino. No, no se han equivocado. No hay que ceder a la sorpresa alimentando la decepción con todos los pequeños choques que van a producirse. Éstos son la moneda corriente de un matrimonio que comienza. La unidad más profunda llegará, pero será preciso dejar pasar tiempo y poner en ello buena voluntad; una buena voluntad inteligente que se detendrá a observar la naturaleza de los obstáculos Más frecuentes, de tal modo que se pueda ver de qué lado debe uno dirigirse para evitarlos. Lo esencial aquí es darse la mano y unirse tanto más estrechamente cuanto que las disensiones se produzcan sobre puntos más importantes. Antes de fusionarse, los jóvenes esposos deberán avenirse a pasar por esta prueba.

1. El choque de dos personalidades


Porque el matrimonio implica inevitablemente un choque de personalidades. Este choque no se produce súbitamente a la manera de un trueno anunciador de que muy pronto el cielo estará desgarrado por ]as aguas de una lluvia diluviana. El choque de las personalidades se prepara paulatinamente y se produce primero por cuestiones de detalle. A lo largo del noviazgo los novios han hecho un esfuerzo para moldearse cada uno según la personalidad del otro; han procurado evitar, en la medida de lo posible, sostener opiniones que chocarían con las del otro; han ocultado a veces los propios gustos e inclinaciones. Sin darse cuenta de ello, bajo el efecto de una coacción que se imponían espontáneamente, han falseado la propia imagen, por lo menos en parte. Una vez contraído el matrimonio y pasada la euforia de las primeras semanas, la coacción se afloja y cada cónyuge vuelve a ser él mismo. Entonces reaparecen las costumbres de todo género contraídas en la época del celibato; se revalorizan opiniones antes atenuadas, cuya intransigencia absoluta se deja ahora ver; en una palabra, la personalidad se afirma con su verdadero rostro despojada de todos los artificios que eran posibles en el período del noviazgo, pero que la vida en común, compartida por entero, hace de allí en adelante, imposible.

No hay que engañarse. Estas observaciones no quieren en modo alguno insinuar que se haya mentido o que se haya disimulado la verdad de una manera deliberada en la época del noviazgo. Los novios más rectos, incluso aquellos y aquellas que han intentado reflejar la realidad con la mayor exactitud, no pueden liberarse de la inevitable ilusión de esa temporada. Aun sin querer engañar, pero presentándose los novios bajo su mejor aspecto, lo cual es completamente normal, se inducen el uno al otro a forjarse una idea más o menos exacta de su manera de ser.

Sea como fuere, es un hecho que ya en los primeros meses de vida en común se plantea el problema de la aclimatación a ese nuevo género de existencia. Deslastradas de la excesiva buena voluntad de la época del noviazgo, las personalidades se enfrentan a veces con viveza, a veces sordamente. Con viveza, en cuantas ocasiones se cruzan las espadas abiertamente en asaltos, tan pronto pacíficos como violentos. Sordamente, todas las veces que, sin hablar, descubren los cónyuges, en ciertos casos con sorpresa y a menudo con despecho, que son diferentes de lo que parecían ser.

No es raro que se entreguen entonces a una agresividad mal contenida y que acumulen en sí un hervidero de represalias. ¿Será necesario decir que semejante actitud es nefasta, porque no puede llevar más que a conflictos multiplicados que estallarán, tarde o temprano, en violencias verbales? Ahora bien, éstas son siempre deplorables porque siembran la discordia y resultan a menudo irreparables. Importa saber distinguir dos elementos, quizá muy unidos y, sin embargo, muy diferentes, de la vida conyugal: el conflicto de personalidad y la guerra entre cónyuges.

Que surja conflicto entre dos seres que han vivido hasta entonces desconocido el uno para el otro y que, después de un año o dos de trato, se unen para vivir en común su existencia, no puede sorprender. El distinto ambiente familiar ha desarrollado en cada uno una mentalidad particular; ciertas amistades han influido sobre los novios en diversos sentidos; cada una tiene su carácter particular, su temperamento propio, sus reacciones personales. Por tanta, sería preciso un milagro para que no surgieran conflictos. Al no producirse éste habitualmente, las personalidades se enfrentan. El porvenir conyugal entero, la felicidad de los esposos y del hogar, se basan sobre el resultado de tal enfrentamiento. Podrán salir de él unidos real y profundamente, no con la unión superficial de los comienzos, sino con esa unión profunda, probada, sólida que es el camino normal que toma el amor. Esta supone que no se han dejado arrastrar por el pánico y que han sabido orientarse cuando surgen los conflictos iniciales. Estos, que hay que saber prever desde el noviazgo para evitar amargas decepciones, se resuelven entonces para el mayor beneficio de la pareja. Además, con esta perspectiva, deben considerarse como normales.

Se convierten en anormales cuando, de conflictos que eran al principio, se transforman en guerra conyugal. Este es el resultado trágico en que terminan muchas parejas que han vivido su noviazgo ligeramente. Se imaginaban sumidas, sin más ni más, en una vida que la unidad de su amor haría serena: rechazaban la posibilidad de todo conflicto entre ellos como si esto fuera una ofensa a su amor. Pero al entrar en la realidad de una vida conyugal que les sorprende por las dificultades que le son inherentes, asombrados por los conflictos que brotan bajo sus pasos de recién casados, se sienten desconcertados ante unos choques imprevistos. En vez de intentar con calma evitar los primeras desacuerdos aprendiendo a manejar el uno al otro, adaptarse a él, interpretarle sin falsear sus pensamientos o sus sentimientos, abren fuego y se abruman con reproches mutuos. Y en seguida, comienza la guerrilla del matrimonio: se hostigan recíprocamente hasta que uno de los dos pierde la paciencia y, harto ya, abandona pasivamente la lucha y busca evasiones. Es ya una ruptura que, aun no siendo siempre patente, no por esto deja de ser menos grave y dolorosa.

Así como hay que considerar normal el conflicto de personalidades que se produce al comienzo de una vida conyugal, y por lo tanto, no debe sorprender en modo alguno, así también hay que condenarlo cuando se transforma en guerra interna. Cuando el conflicto se agrava de este modo y las personalidades, al endurecerse, se alzan una contra otra, el equilibrio del hogar se rompe, así como la felicidad, que se deshace entonces en un estallido con frecuencia irremediable.

A fin de evitar una evolución tan peligrosa, que los novios se preparen a esos conflictos, que aprendan a anticiparse a ellos, a resolverlos, a evitarlos, efectuando desde la época del noviazgo un serio trabajo de armonización de las personalidades. Que sepan prepararse con la mayor lucidez posible a los inevitables desacuerdos que surgirán a pesar de su buena voluntad.

NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE, EMPERATRIZ DE AMÉRICA

12 de diciembre



En diciembre de 1531, diez años después de tomada la ciudad de Méjico por Cortés, caminando el indito  Juan Diego por el rumbo del Tepeyac -colina que queda al norte de la metrópolii-, oyó  que le llamaban dulcemente. Era una hermosísima Señora, que le habló con palabras de excepcional ternura y deli cadeza y que le dijo: «Yo soy la siempre virgen Santa María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive", y le pidió que fuera al obispo (Zumárraga) para contarle cómo ella deseaba que allí se le alzara un templo. El obispo, con muy católica prudencia, le respondió que pidiera a la Señora alguna prueba de su mensaje. Obtúvola Juan Diego : unas rosas y otras flores que en pleno invierno y en la cumbre estéril cortó él por mandato de la Señora y recogió en su tilma o ayate -suerte de capa de tela burda que, atada al cuello, usaban los indios más humildes- ; y, al extender ante el obispo Zumárraga la tilma, cayeron las flores y apareció en ella pintada la imagen de la Virgen.

   Ese mismo ayate es el que se venera en nuestra basílica de Guadalupe. Sus dos piezas están unidas verticalmente al centro por una tosca costura; lo menos adecuado y elegible humanamente para pintar una efigie de tan benigna y encantadora suavidad, que  por cierto mal puede apreciarse en las múltiples copias que corren por el mundo. Lo mejor es, modernamente, la directa fotografía a colores. Técnicos en esta y otras novísimas especialidades afines han estudiado con asombro, en nuestros días, la pintura original, como antaño la estudiaron el célebre Miguel Cabrera o el cauteloso investigador Bartolache.

   Un contemporáneo de las apariciones, don Antonio Valeriano, indio de noble ascendencia y de relevante categoría intelectual y moral, alumno fundador del colegio franciscano de Tlalateloco hacia 1533, narra el milagro según lo conocemos. Su relato, en lengua náhuatl, desígnase -como las encíclicas- por las palabras conn que empieza: Nicam Mopohua. El manuscrito autógrafo perteneció a don Fernando de Alba Ixtlixóchitl, pasó luego a poder del sabio Sigüenza y Góngora -quien da memorable testimonio jurado de su autenticidad- y fue reproducido en letra de molde por Lasso de la Vega en 1649, incorporándolo en el volumen náhuatl que conocemos por sus primeras palabras: Huei Tlamahuizoltica. Este volumen fue traducido en su integridad al castellano en 1926 por don Primo Feliciano Velázquez y publicado a doble página -fotocopia de la edición azteca y versión española- por la Academia Mejicana de Santa María de Guadalupe. Hay nueva edición, de 1953, bajo el título de mi estudio Un radical problema guadalupano, donde se escudriña con rigor la autenticidad del Nican Mopohua, el más antiguo relato escrito de la "antigua, constante y universal " tradición mejicana.

   Esta, lejos de oscurecerse o arrumbarse al paso del tiempo, se ha robustecido con los modernos y exigentes estudios críticos, que, sobre todo a partir del cuarto centenario (1931), han desvanecido objeciones y confirmado la historicidad de lo que el pueblo mejicano viene proclamando, desde los orígenes hasta hoy, con un plebiscito impresionante.

   Porque el caso de nuestra Virgen de Guadalupe es singular. En otros países católicos hay diversas advocaciones de gran devoción -digamos las Vírgenes del Pilar, o de Covadonga, o de Montserrat en España-, pero que tienen mayor o menor ímpetu y arraigo según las zonas geográficas o las inclinaciones personales; mas ninguna de ellas concentra la totalidad de la nación en unidad indivisible, y ninguna de ellas -como tampoco la de Lourdes, en Francia, ppor ejemplo- viene a ser el símbolo indiscutido de la patria. Y en Méjico así es. A tal punto, que hasta un liberal tan notorio como don Ignacio Manuel Altamirano llegó a estampar: "El día en que no se venere a la Virgen del Tepeyac en esta tierra, es seguro que habrá desaparecido no sólo la nacionalidad mejicana, sino hasta el recuerdo de los moradores de la Méjico actual."


SANTORAL 12 DE DICIEMBRE


12 de diciembre

SAN CORENTINO,
Obispo y Confesor
(365-460)

Cualquiera que beba de esta agua que yo le daré
nunca volverá a tener sed.
(Juan, 4, 13).

   San Corentino se retiró a un desierto y en él obtuvo de Dios una fuente que le proporcionaba agua de la que tenía necesidad. El duque de Bretaña, yendo de caza, lo encontró en el fondo de una floresta y le hizo edificar un monasterio. En seguida le fue confiado el obispado de Cornouailles (o Quimper). Como tantos otros lugares donde vivieron santos obispos o abades de monasterios, la naciente ciudad de Quimper tomó su nombre y se llamó Quimper Corentino.

MEDITACIÓN
SOBRE LOS GOZOS DEL PARAÍSO

   I. Los placeres de este mundo se parecen a aguas fangosas que no podrían quitar la sed. ¿Has oído alguna vez a un avaro, acaso, a un ambicioso o a un voluptuoso, decir: Basta? ¿Tú mismo podrías tal vez decir que alguna vez estuviste plenamente satisfecho de la posesión de un bien creado? ¿No faltó acaso algo a tu felicidad? Señor, he sido desgraciado cuando te abandoné, a Ti, fuente viva de verdaderos placeres; dad me, Señor, el agua de vuestra santa gracia: sólo ella es capaz de apagar mi sed.

    II. En el cielo, Dios te contentará plenamente: el cielo no es otra cosa que la posesión de un bien infinito, universal y eterno, capaz, dicho en una palabra, de contentar todos nuestros deseos. Sí, Señor, me saciaré cuando me hayas manifestado vuestra gloria. Beberé a grandes tragos en los torrentes de delicias que riegan la Jerusalén celestial. Ya nada temeré, nada desearé, nada amaré sino a Vos y en Vos poseeré todos los bienes imaginables.

   III. Para llegar a esta venturosa estancia, hay que beber aquí el cáliz de la Pasión de Jesús, hay que mojar el propio pan con lágrimas y pasar esta vida suspirando y gimiendo. Es preciso, además, extraer el agua viva de las fuentes del Salvador, frecuentar los sacramentos, meditar la Pasión del divino Maestro e imitar sus virtudes. En una palabra, date a Dios durante tu vida y lo poseerás durante la eternidad. El reino de los cielos tiene un precio, ese precio eres tú, date a ti mismo y lo obtendrás.

El pensamiento del cielo 
Orad por los obispos.

ORACIÓN

   Haced, oh Dios omnipotente, que la augusta solemnidad del bienaventurado Corentino, vuestro confesor y pontífice, aumente en nosotros el espíritu de piedad y el deseo de la salvación.  Por J. C. N. S.  Amén.

domingo, 11 de diciembre de 2011

3o. DOMINGO DE ADVIENTO -REFLEXIONES, MEDITACIÓN Y PROPÓSITOS-


REFLEXIONES


La paz de Dios, que sobrepuja a todo lo que se puede pensar, sea la defensa de vuestros corazones y de vuestros entendimientos en Jesucristo. La paz interior, tan dulce, tan satisfactoria, tan superior a los sentidos, que el mundo no puede gustar, y mucho menos dar, esta paz extranjera, desconocida del espíritu del mundo, esta paz no puede ser sino el fruto de la virtud perfecta. ¡Cosa extraña! Nosotros no estamos nunca en paz con nosotros mismos. La multiplicidad de deseos, de proyectos, de designios, prueba demasiado nuestra inquietud. Cuando nuestras pasiones no nos hiciesen la guerra, nuestro mismo corazón es el enemigo de nuestro reposo. Siempre insaciable, jamás está contento. El amor propio pretende hallar esta paz que el mundo no puede dar; pero sus mismas investigaciones aumentan la turbación. No hay cosa alguna, ni aun el goce de los bienes que se han deseado con más ardor, que no incomode, que no altere, y por consiguiente que no turbe nuestro reposo. El libertino, el hombre mundano, el impío, se esfuerza para hacer creer a los simples que está en paz; mientras que su espíritu está inquieto, y su corazón nada en la amargura. Recorred todas las condiciones, todas las edades, todos los estados; buscad en la opulencia, en la prosperidad más floreciente, y hasta en el trono mismo, no hay hombre alguno del mundo que goce de un contento cumplido, de una tranquilidad perfecta; la inquietud y la tribulación son la pertenencia inenajenable (intransferible) del corazón humano. En el mundo se contrahace, se disimula lo que se sufre, lo que cada uno es: el primer presente y casi el único que hace el mundo es la máscara; el disimulo caracteriza a los más dichosos del siglo. Se ríen, se regocijan, y no se ve en el mundo más que unas fiestas tras de otras, todas a cual más tumultuosas, porque no se trata propiamente hablando más que de embotar sus desazones, entontecerse. Artificio grosero que solo sirve para sustraerse al conocimiento del público, mientras que la inquietud, la agitación y la turbación tiranizan el corazón de los más regocijados. La guerra es doméstica, y ni aun admite treguas. Se entrega uno a sus pasiones, y se hace esclavo de ellas. No hay alegría alguna en el mundo que no sea superficial; ninguna flor, por decirlo así, que no sea artificial. Paz, paz, y no había paz. No la hay sobre la tierra, ni puede haber otra que la paz de Dios, que acompaña siempre a la buena conciencia. Esta paz que sobrepuja a todo lo que se puede pensar es exclusivamente el fruto de la virtud. De aquí nace aquella tranquilidad pura, aquella dulzura inalterable, aquella alegría tan dulce, aquel recogimiento tan gozoso, aquella modestia tan edificante que forman el carácter de todos los buenos. No, no es el mal humor, el poco espíritu, la melancolía, ni una falta de educación ó un natural brusco y salvaje, lo que aleja a las personas verdaderamente piadosas de las reuniones mundanas, de sus partidas de placer, de sus diversiones tumultuosas; mucho menos sus pretendidas manías ni su humor caprichoso lo que las hace amar el retiro; son estas ya unas calumnias muy antiguas y usadas con que el mundo zahiere a los buenos. Su modestia, su exacta regularidad, su alejamiento de todas las diversiones mundanas, son efecto de su virtud y del contento interior de que gozan. Su corazón gusta de una paz que satisface, y no cuidan más que de no turbarla. Solo la experiencia puede hacer comprender este misterio; es preciso gustar las dulzuras de esta paz interior para tener una justa idea de ella. Gustad y ved, dice el Profeta: haced la dichosa experiencia de ella, y después podréis juzgar con seguridad de lo que ella es.

MEDITACIÓN
Cuán poco conocido es Jesucristo, cuán poco amado de aquellos mismos que le conocen.


PUNTO PRIMERO. –Considera con cuánta razón podría decirse a muchos cristianos lo que san Juan decía a los judíos: Jesucristo nuestro Señor está en medio de vosotros, y vosotros no le conocéis. Si le conocieseis no le tendríais tan poco amor, tan poca afición, tan poco respeto, tan poco reconocimiento. ¡Qué desgracia para los judíos no haber conocido a su legítimo Rey, su soberano Señor, su Redentor, su Mesías! El Mesías tan ardientemente deseado y esperado por tanto tiempo; estando tan claramente marcado el tiempo de su venida, y viéndose el cumplimiento de las profecías que le habían anunciado en su doctrina y en sus milagros. No es menor la desgracia de los Cristianos en no conocer a Jesucristo sino con una fe débil, lánguida y medio extinguida, una fe casi muerta; que luce lo que basta para hacernos inexcusables, pero que no obra lo necesario para hacernos verdaderos cristianos. Jesucristo está realmente en medio de nosotros en el adorable sacramento de la Eucaristía; y ¿se conoce a Jesucristo bajo estos velos? Grandes del mundo, ¿le conocéis vosotros? Vosotros que castigáis tan rigurosamente las menores faltas que se cometen contra el respeto que se os debe, mientras que sois tan insensibles a los ultrajes que se hacen al Señor soberano, a quien hacéis profesión de conocer. Pueblos, ¿conocéis vosotros a este Dios, a este Salvador que está en medio de vosotros? Vosotros que sois tan frecuentes cerca de aquellos de quienes esperáis alguna gracia, y tan respetuosos, tan comedidos en la presencia de los que teméis, mientras que no tenéis respeto alguno en la Iglesia, ni encontráis nunca un momento desocupado para venir a ofrecer vuestros homenajes a Jesucristo sobre nuestros altares. Los ministros del Señor, las personas consagradas a Dios por profesión y por estado conocen a Jesucristo; porque, al fin, las funciones ordinarias del sagrado ministerio, los empeños tan solemnes y tan perfectos, la vida reglada y austera, todo esto prueba bastante que, por lo menos de esta porción escogida y privilegiada del pequeño rebaño, no es desconocido Jesucristo; pero ¿corresponden a este conocimiento su afición, su celo, su amor a Jesucristo? ¡Ah! y ¡con qué frialdad, acaso, se cumple todo esto! Hay poco empeño en hacer la corte a Jesucristo, se le mira con indiferencia, no se tiene confianza en Él, porque no se le conoce sino imperfectamente; y si se ha de juzgar por los efectos y por la esterilidad de este infructuoso conocimiento, ¿podemos razonablemente lisonjearnos de que conocemos verdaderamente a Jesucristo?

PUNTO SEGUNDO. –Considera cuán poco amado es este amable Salvador de aquellos mismos de quienes es conocido. Representémonos aquí solo aquellas personas cristianas que haciendo profesión de conocer a Jesucristo, no ignoran ni lo que es, ni lo que ha hecho para ganar nuestro corazón, ni lo que está en estado de hacer en favor nuestro. Aquellas personas que, perfectamente instruidas de todos nuestros misterios, no olvidan los señalados beneficios de la redención y de la Eucaristía, y admiran sin cesar la humildad de su encarnación, la pobreza de su nacimiento, la oscuridad de la mayor parte de su vida mortal, las maravillas incomprensibles de la adorable Eucaristía, las humillaciones y sufrimientos de la pasión y la ignominia de su muerte, y que todo esto lo ha obrado por la salud de los hombres; estas personas, repito, ¿aman fervorosamente a Jesucristo? ¿Corresponde su amor a la idea que deben tener de la excelencia y de la majestad del Salvador? ¿Corresponde su amor a sus beneficios? ¿Corresponde al amor que Él nos tiene? ¿Corresponde al Espíritu de nuestra Religión? Y sin consultar más que a la razón, nuestro amor a Jesucristo ¿corresponde a los bienes que nos ha hecho? ¿a los que recibimos de Él todos los días? ¿a los que esperamos en el tiempo y en la eternidad? ¿a los que estamos recibiendo a todas horas? Conocer a Jesucristo, y creer que está continuamente con nosotros sobre nuestros altares; y no tener ni aquel empeño que se tiene por llenar los deberes contraídos con los grandes de quienes se espera todo, y no tener incesantemente presente en el entendimiento un objeto de que el corazón debe estar tan ocupado, y no aprovechar todas las ocasiones de agradar a Aquel que es el árbitro de nuestra suerte eterna; he aquí un misterio de iniquidad incomprensible. Desgraciadamente lo demuestra una experiencia bien triste. Cuando se ama a Jesucristo, agrada todo lo que procede de Él; se tienen en la memoria sus máximas, y ¡qué impresión no hacen en el alma sus ejemplos! Consultemos los sentimientos y toda la conducta de los Santos. Ellos han amado a Jesucristo: ¿qué fidelidad no han tenido todos ellos en conformarse con este divino modelo? ¡Qué transportes de amor por este Salvador amable! ¡Qué continuación en hacerle la corte! ¡Qué alejamiento de todo lo que Él ha mirado con horror! ¡Qué ansia por las humillaciones y los sufrimientos! Tales son las pruebas del amor y de la ternura que se tiene a Jesucristo. ¿Nos ofrece nuestra vida muchas de ellas? ¿Por estas señales reconocemos en nosotros un grande amor al Salvador? Tenemos, es verdad, con frecuencia en la boca los nombres de Jesús y de María; pero son señales estériles, si estos santos nombres no están profundamente grabados en el corazón. Todo nos conduce en el tiempo de Adviento a excitar amor, a abrasar nuestros corazones en este amor, a amar a Jesucristo con ternura. No hay disposición más propia para recibir dignamente este divino Salvador en el día de su nacimiento, que este amor divino.
No, Señor, nosotros no os conocemos. Yo confieso que hasta aquí no os he conocido, puesto que os he amado tan poco; pero yo espero que mi porte con Vos hará ver que hoy en adelante que comienzo de veras a conoceros, puesto que comenzaré verdaderamente a amaros.

JACULATORIAS. –Señor, aumentad mi fe, a fin de que os conozca mejor que lo que he hecho hasta aquí. (Luc. XVII).
Yo os amaré, Señor, a Vos que sois toda mi fuerza, mi refugio y mi Salvador. (Psalm. XVII).


PROPÓSITOS

1)      Amamos poco a Jesucristo, porque le conocemos poco. No tenemos más que una fe débil, vacilante y medio extinguida; y ¿podríamos con una fe semejante amar a Jesucristo con ternura y con ardor? No se ignora lo que Él es, se sabe lo que puede, no se ha olvidado lo que ha hecho en nuestro favor; mas estos conocimientos deben ser muy imperfectos, puesto que producen tan poco reconocimiento y tan poco amor. Aplicaos, sobre todo en este santo tiempo singularmente consagrado a celebrar su venida al mundo, aplicaos a conocer y amar a este divino Salvador. Considerad lo que es, y lo que viene a hacer sobre la tierra. Cuál es el motivo de su venida, esto es, de su encarnación, de su nacimiento. Representaos su vida y su muerte; recordad en vuestro entendimiento todas sus maravillas y sobre todo su amor a nosotros, y preguntaos luego si este Dios hecho hombre por salvar a los hombres merece ser amado por nosotros. Sea este el asunto ordinario de vuestras meditaciones durante este santo tiempo. Decidle muchas veces a este divino Salvador con fervor como san Agustín. Haced, Señor, que yo os conozca, y que me conozca a mí mismo. ¡Qué confusión, buen Dios, y qué sentimiento no debo yo tener por haberos amado tan poco, divino Salvador mío!

2)      Poco importaría el que tuviésemos este sentimiento, si nuestra conducta no testificase nuestro amor. Probémosle desde hoy que le amamos por la resolución que debemos tomar de que no pase día alguno de nuestra vida, si puede ser, sin hacerle una visita en el Santísimo Sacramento. Probémoselo por nuestra caridad con los pobres; todos los bienes que les hiciéremos, los hacemos a Jesucristo: Mihi fecistis. Visitad por tanto a los pobres enfermos en los hospitales, y a los pobres vergonzantes en sus casas particulares. Visitad a los presos al menos una vez en la semana, y repartid limosnas entre los unos y los otros; esta caridad será una prueba de vuestro amor. Recibid a menudo a Jesucristo en la adorable Eucaristía; comulgad con más frecuencia que lo ordinario durante el Adviento, hacedlo cada vez con nuevo fervor. Es una práctica de piedad muy útil el rezar todos los días, sobre todo en este santo tiempo, las Letanías del santo nombre de Jesús (ver aquí) y las de la Virgen (ver aquí). En fin, no omitáis nada para amar con fervor y con ternura a este divino Salvador, y a la que ha sido destinada para ser su Madre.

 Fuente: R. P. Jean Croisset SJ, "Año Cristiano ó Ejercicios devotos para todos los Domingos, días de Cuaresma y Fiestas Móviles" TOMO I. Librería Religiosa, Barcelona 1863. Páginas 64 - 60.