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sábado, 29 de octubre de 2011

SANTORAL29 DE OCTUBRE



29 de octubre

SAN NARCISO*
Obispo Confesor
Las perfecciones invisibles de Dios, aun su eterno
poder y su divinidad, se han hecho visibles después
de la creación del mundo, por el conocimiento que de
ellas nos dan sus creaturas; y así, los impíos no tienen excusa.
(Romanos, 1,20).

   San Narciso, obispo de Jerusalén a los 80 años de edad, hacia el año 180 de nuestra era, estuvo dotado de paciencia y dulzura admirables. Tres malos cristianos propalaron contra él una horrible calumnia, diciendo que, si su acusación fuese falsa, consentían, uno en ser quemado, el otro en ser atormentado de vergonzosa enfermedad y, el tercero, en perder la vista. Retiróse el santo al desierto sin querer defenderse. Pero Dios castigó a dos de los acusadores según sus votos, y el tercero, reconociendo su falta, tantas lágrimas derramó que perdió la vista. San Narciso volvió a su sede. Contaba entonces 110 años y vivió algunos más. 
MEDITACIÓN
ES MENESTER ADMIRAR
A DIOS EN LAS CREATURAS
   I. Se reconoce la sabiduría de Dios en el admirable orden que reina en el universo. La diversidad de las creaturas, el cambio regular de las estaciones, las maravillas que la tierra, el mar y el cielo despliegan ante nuestras miradas; todo ello publica a voces la sabiduría de Dios. ¿Sólo mi voz faltará en este admirable concierto de alabanzas que todas las creaturas elevan hacia Él? Ellas han sido creadas para utilidad mía, pero también para enseñarme mis deberes para con el Señor. El universo creado para mi servicio me instruye con su ejemplo. (San Euquerio).

   II La bondad de Dios se manifiesta en las creaturas, pues el Señor no se ha contentado con darnos lo que nos era absolutamente necesario, sino que ha añadido todo lo que puede tornarnos grata la vida. Procedamos igual a su respecto, demos a Dios generosamente, no sólo lo que Él exige de nosotros, sino también todo lo que podamos darle: nos lo devolverá centuplicado aun desde esta vida. Nada se pierde con Él, nunca se deja vencer en generosidad.

   III. El poder de Dios brilla maravillosamente en el imperio que ejerce sobre las creaturas. Todas obedecen sus órdenes, obran contra las leyes comunes de la naturaleza cuando Él se lo manda, y nada resiste a su divina voluntad. Alma mía, ¿hasta cuándo resistiremos a Dios? Amemos a las creaturas, pero no ofendamos al Creador; usemos de los bienes de este mundo, pero no abusemos de ellos, si queremos gozar de los del cielo. Aprended a amar en las creaturas al Creador; pero no os apeguéis de tal modo a ellas que perdáis a Aquél que os ha creado. (San Agustín).
El amor a Dios
Orad por  la conversión de los incrédulos.

ORACIÓN
   Haced, oh Dios omnipotente, que la augusta solemnidad del bienaventurado Narciso, vuestro confesor y pontífice, aumente en nosotros el espíritu de devoción y el deseo de la salvación. Por J. C. N. S. Amén.

viernes, 28 de octubre de 2011

ÁNIMO MORTAL...

Enciclica Mortalium Animos, ver aquí

LA GESTA DE LOS MÁRTIRES VIII.b


BAJO EL PODER DE SEPTIMIO SEVERO
En el año 203, en Cartago
DAMA Y ESCLAVA
PERPETUA Y FELÍCITAS
(segunda y última parte) 
para ver primera parte dar click aquí
 
 
***
La mártir, lucha contra el diablo

Hoy, víspera de nuestro combate, he aquí la visión que se me presentó. El diácono Pomponio había llegado a la puerta de la cárcel y llamaba en ella con violencia. Salí para abrirle la puerta.
Llevaba una vestidura blanca ondeante con muchos adornos. Me dijo: «Perpetua, te esperamos. Ven».

Me tomó de la mano y nos entramos en un camino áspero y tortuoso. Llegamos al fin dificultosamente al anfiteatro. Jadeábamos. Me llevó al medio de la arena y me dijo: «No temas. Estoy contigo. Te ayudaré». Y se marchó.

Vi entonces una gran muchedumbre de personas muy sorprendidas. Sabía que estaba condenada a las fieras, por eso estaba muy admirada de que no soltaran ninguna de ellas contra mí. Me salió entonces al encuentro un egipcio de aspecto repugnante. Junto con sus secuaces, se disponía para combatir contra mí. A un mismo tiempo, hermosos jóvenes se colocaron junto a mí. Eran mis ayudantes y mis partidarios. Me desnudaron, y he aquí yo era un hombre. Mis secuaces se pusieron a untarme con aceite, como se suele hacer para la lucha. En cambio el egipcio se revolcaba en la arena.

Sobrevino entonces un hombre de una estatura extraordinaria. Era tan alto que era más alto que la cumbre del anfiteatro. Tenía un ondeante manto de púrpura, prendido en la parte delantera con dos broches y recubierto de una cantidad de adornos de oro y de plata. Tenía en la mano una vara, cual un jefe de gladiadores, y una rama verde con pomos de oro. Pidió con instancia el silencio y dijo: «Si este egipcio vence a esta mujer, la matará con la espada. Si ella triunfa, recibirá la rama». Y se marchó. Caminamos el uno hacia el otro, mi adversario y yo, y comenzó el combate a puñetazos. Luego el egipcio trató de agarrarme de los pies. Yo le martillaba el rostro a golpes con el talón. De repente fui levantada en el aire, y pude pegarle sin pisar más el suelo. Mas cuando vi que eso duraba, junté las manos enlazando los dedos, y agarré la cabeza de mi adversario. Se cayó de bruces y le trituré la cabeza.

Entre las aclamaciones de la muchedumbre y el canto de mis amigos, me acerqué al jefe de los combates.

Me dio la rama, me abrazó y me dijo: «¡Hija mía, la paz sea contigo!» Orgullosa de mi triunfo me dirigí hacia la puerta de los Vivientes.

Cuando me desperté comprendí que iba a combatir, no contra las fieras, sino contra el Diablo, y estaba segura de la victoria.

He aquí que he relatado los acontecimientos hasta la víspera del combate. ¡Si alguien quiere describir el combate mismo, hágalo!


Visión de Saturo

El bienaventurado Saturo tuvo, también, una visión que ha narrado por escrito. Hela aquí:

Habíamos sufrido el martirio y habíamos dejado nuestro cuerpo. Cuatro ángeles nos llevaron hacia el Oriente, mas sus manos no nos tocaban. Ascendíamos, no cara al cielo y acostados de espaldas, sino como personas que trepan por una pendiente suave. Después de haber cruzado las primeras zonas del mundo, vimos torrentes de luz. Dije a Perpetua que estaba junto a mí: «He aquí lo que nos ha prometido el Señor. Lo hemos alcanzado».

Siempre llevados de los ángeles, hemos llegado a una gran llanura semejante a un jardín, con parques de rosas y flores de todas clases. Los árboles eran grandes como cipreses y sus hojas cantaban sin cesar.

En ese jardín, había cuatro ángeles más resplandecientes que los otros. No bien nos divisaron, nos recibieron con grandes homenajes y, llenos de admiración, dijeron a los otros ángeles: «¡Son ellos! ¡Son ellos!» Llenos de temor y de respeto, los cuatro ángeles que nos sostenían nos colocaron en el suelo.

Caminamos entonces a través del estadio por una gran calle de árboles y nos encontramos con Jocundo, Saturnino y Artajio, que habían sido quemados vivos en la misma persecución.

Quinto que murió mártir en la cárcel estaba allí también. Preguntamos por los demás, pero los ángeles nos dijeron: «Venid primero. Entrad y saludad al Amo».

Llegamos junto a un palacio cuyas paredes parecían construidas con luz. En el umbral del palacio había cuatro ángeles. Al entrar nosotros, nos revistieron con vestidos blancos. Penetramos y oímos un coro que repetía sin cesar: «¡Santo! ¡Santo! ¡Santo!» Un hombre vestido de blanco estaba sentado en esa sala. Su rostro era joven y sus cabellos blancos como la nieve. No se le veían los pies. Junto a él estaban cuatro ancianos. Detrás de ellos estaban de pie, muchos otros ancianos más. Nos adelantamos admirados y nos detuvimos ante el trono. Cuatro ángeles nos levantaron y besamos al Señor que nos acarició. Luego los demás ancianos nos dijeron: «¡Poneos de pie!» Obedecimos y cambiamos el beso de paz. Finalmente los ancianos nos dijeron: «Id, divertíos».

Y dije a Perpetua: «Tienes lo que quieres».

Me respondió: «Sí, ¡gracias a Dios! Estaba alegre en el mundo, aquí lo estaré mucho más».

Al salir, divisamos junto al umbral a la derecha, al obispo Optato, a la izquierda, el sacerdote y apóstol Aspasio.

Estaban tristes y parecían que no andaban de acuerdo. Se arrojaron a nuestros pies diciendo: «Restableced la paz entre nosotros. He allí que partís dejándonos de este modo». Les dijimos: «¿No sois vos por ventura nuestro obispo, y vos nuestro sacerdote? ¿Por qué os arrojáis a nuestros pies?». Y muy conmovidos los abrazamos. Perpetua comenzó a conversar en griego con ellos y los llevamos al jardín, debajo de un rosal.

Hablábamos con ellos, cuando sobrevinieron los ángeles: «Dejad a éstos descansar», nos dijeron. «Si hay dificultades entre vosotros, perdonaos mutuamente». Ambos se turbaron mucho. Y los ángeles prosiguieron: «Corrige a tus gentes», dijeron a Optato. «Cuando se reúnen en tu casa, se diría, ¡que regresan del circo! Riñen como sediciosos». Y nos pareció que los ángeles querían cerrarles a esos hombres las puertas del Paraíso. Reconocimos luego a muchos hermanos, más tan sólo mártires. Nuestro alimento era un perfume inefable que nos saciaba.

Entonces, enteramente alegre, me desperté.


Narración del cronista

He allí las visiones más notables de nuestros bienaventurados mártires Saturo y Perpetua, tales cuales ellos las escribieron.

Dios, por una muerte prematura, había llamado a sí a Secúndulo, durante su estadía en la cárcel. Por la gracia divina, evitó la lucha contra las fieras. Mas si su alma no conoció la espada, su cuerpo a lo menos había conocido la amenaza de ésta.

Felícitas obtuvo también del Señor un gran favor. Estaba en cinta hacía ocho meses, por lo tanto mucho antes de que la arrestaran. Cuanto más se acercaba el día de las fiestas, tanto más se desconsolaba. Temía en efecto se postergara su suplicio a causa de su embarazo; pues la ley prohíbe matar a las mujeres en cinta. Por eso temía mucho derramar su sangre pura y sin mancha en compañía de malvados. Sus compañeros de martirio se afligían ellos también por dejar enteramente sola a tan buena compañera, a una amiga que marchaba junto con ellos hacia una misma esperanza.

Por eso, tres días antes de los juegos, todos juntos imploraron al Señor y le dirigieron fervorosas oraciones. No bien concluían su súplica los dolores acometieron a Felícitas. Sufría mucho a causa de las dificultades comunes en un parto en el octavo mes. Entonces uno de los carceleros, al oírla gemir, le dijo: «Si ya te quejas de esa manera ahora, ¿qué harás frente a las fieras que has desafiado negándote a sacrificar

—«El sufrimiento actual, soy yo que lo soporto», respondió
Felícitas. «Mas allá otro estará en mí, que sufrirá por mí, ya que por él padeceré».

Felícitas dio a luz una niñita a la que adoptó una cristiana.

Ya que el Espíritu Santo ha permitido y de ese modo, ordenado escribir la narración del combate mismo, a pesar de nuestra indignidad, para completar una historia tan gloriosa, cumplimos ese deseo, mucho más, esa misión que la muy santa Felícitas tuvo por bien confiarnos.

Mencionemos en primer lugar un rasgo de su firmeza y de su grandeza de alma. El tribuno trataba a los presos con bastante dureza. Engañado por los consejos de individuos extravagantes, temía que los cautivos pudieran evadirse de la cárcel, gracias a sortilegios mágicos. Perpetua se lo echó en cara: «¿Por qué no nos permites suavizar algo el régimen? ¿Por ventura no somos condenados elegidos que hemos de combatir en el aniversario del César? ¿No va en ello tu honor el exhibir ante el público prisioneros bien gordos?»

El tribuno, desconcertado, se avergonzó y dio orden de tratar mejor a los mártires. Desde entonces, los fieles tuvieron permiso para visitarlos y ofrecerles confortación. Porque, el jefe de la cárcel acababa de convertirse.

La víspera de los juegos, en la última comida de los condenados, los mártires, tanto como pudieron, transformaron en ágapes esa orgía que se llama comida libre. Con su acostumbrado valor interpelaban a la muchedumbre, amenazaban a los paganos con el juicio de Dios, divulgando la felicidad de morir mártires y burlándose de la curiosidad de los espectadores. «¿No os basta el día de mañana −les decía Saturo− para contemplar a gusto los que odiáis? ¿Hoy amigos, mañana enemigos? Recordad sin embargo nuestras facciones, con el fin de reconocernos en el gran día del juicio». Y todos los paganos se marchaban heridos de estupor; muchos de ellos se convirtieron.

Finalmente llegó el día de la victoria. El séquito de los mártires salió de la prisión y se encaminó hacia el anfiteatro: se hubiera dicho que entraban en el cielo. Estaban radiantes y, en sus rostros, muy hermosos, la emoción temblorosa provenía de la alegría, y no del temor. Perpetua seguía al grupo con paso sosegado, como una gran dama de Cristo, como la pequeña muy amada de Dios; y su mirada tenía tanto brillo, que intimidaba a los curiosos. Felícitas seguía luego, alegre por su feliz alumbramiento que le proporcionaba combatir con las fieras, ávida de ir de la sangre a la sangre, de la partera al reciario, para purificarse en un segundo bautismo.

Cuando hubieron llegado a la puerta del anfiteatro, se los quiso poner vestidos impíos: a los hombres, la toga de los sacerdotes de Saturno, a las mujeres, el vestido de las sacerdotisas de Ceres. Mas Perpetua, valiente hasta el final, rehusó con tenacidad en nombre de los demás. «De por nuestra libre elección, hemos venido hasta aquí −decía− con el fin de salvar nuestra libertad y sacrificamos nuestra misma vida para no hacer semejantes cosas. Precisamente acerca de ese punto hemos formalizado un contrato con vosotros». La injusticia no resistió a la justicia y el tribuno los dejó entrar con sus vestiduras de costumbre.

Perpetua cantaba. Trituraba ya la cabeza del egipcio. Revocato, Saturnino y Saturo amenazaban al pueblo con la cólera divina. Llegados a la altura del palco de Hilariano, le dijeron con ademanes y señales: «Nos hieres, mas Dios te herirá». El pueblo exasperado pidió se les hiciera azotar por los criados colocados en fila. Los mártires se regocijaron de ello: participarían de ese modo en la Pasión del Salvador.

Aquél que ha dicho: «Pedid y recibiréis», concedió a cada uno el género de muerte que deseaba. Cuando hablaban de esto entre sí, Saturnino había declarado que él quería ser expuesto a todas las fieras, para ganar de ese modo una corona más gloriosa. Ahora bien, desde el principio de los juegos, Revocato y él fueron acometidos por un leopardo. En el estrado, fueron luego presa de un oso.

A Saturo, le horrorizaban muchísimo los osos: prefería ser muerto de un golpe por un leopardo, de una dentellada. Ahora bien, quisieron lanzar sobre él un jabalí, mas el cazador que había desatado la bestia, fue pisoteado él mismo y murió a los pocos días. Saturo fue únicamente arrastrado por el suelo. Luego le ataron en el estrado para ser entregado a un oso, mas el oso no quiso salir de su jaula. Saturo, salvado por segunda vez, fue traído de nuevo sin herida.

Inspirados por el Diablo, los verdugos habían reservado para las jóvenes casadas una vaca furiosa, cosa del todo inusitada. Era sin duda para agraviar mejor su sexo. Les quitaron sus vestiduras, las colocaron en una red y las exhibieron en ese estado, en la arena. La muchedumbre no soportó el espectáculo de esas jóvenes casadas, de las cuales una era tan frágil y la otra recién salida de cuidado y cuya leche se derramaba. Las hicieron volver entonces y les pusieron vestidos sin faja.

Perpetua fue lanzada al aire la primera. Se volvió a caer de espaldas. Su vestido se había rajado a un costado. No bien se repuso de su caída, la santa estiró el vestido sobre sus piernas, más atenta al pudor que al dolor.1 Luego buscó una horquilla y volvió a atar sus cabellos. Pues una mártir no puede morir con los cabellos desgreñados; no debe tener aire triste, cuando está en plena gloria. Después de esos arreglos, se levantó de nuevo y divisó a Felícitas agobiada en el suelo. Se acercó a ella, le tendió la mano y la ayudó a levantarse. Y ambas se quedaron allí de pie. La crueldad de la muchedumbre fue vencida; las hicieron salir por la puerta de los Vivientes.

Allí, Perpetua halló a un catecúmeno, Rústico, muy apegado a ella. Pareció que se despertaba de un profundo sueño, a tal punto había estado arrebatada en éxtasis por el Espíritu Divino. Miró en torno a sí, y todos los presentes estupefactos la oyeron preguntar: «¿Cuándo estaremos pues expuestas a esa vaca, a ese animal no sé cuál?». Le aseguraron que estaba terminado, mas no pudo creerlo y no se convenció sino al comprobar en su cuerpo y en su vestido las huellas del suplicio.


El testamento de los mártires

Luego llamó a su hermano y a ese catecúmeno y les dijo: «Seguid siendo firmes en la fe. Amaos los unos a los otros que nuestros sufrimientos no os intimiden».

Durante ese tiempo, en otra puerta, Saturo animaba al soldado Pudencio. Le hizo esta advertencia: «Hasta aquí −dijo−, como yo lo había presentido y predicho, no he sido tocado de bestia alguna. Mas ahora, créeme con toda confianza: llegó el momento en que voy a avanzar en la arena y un leopardo me matará de una sola dentellada».

En el mismo instante, los juegos iban a terminar y lanzaron contra Saturo un leopardo que, lo bañó en sangre de una sola dentellada. Al ver ese raudal de sangre, la muchedumbre gritó: «¡Está bien lavado! ¡Helo allí salvado! ¡Está bien lavado! ¡Helo allí salvado!». Esas personas veían en ese espectáculo un segundo bautismo, y verdaderamente estaba salvado, el que de este modo estaba lavado en su sangre.

Saturo dijo entonces a Pudencio:

«Adiós. Recuerda mi fe. ¡Que esto no te conmueva, mas te fortalezca!» A un mismo tiempo, le pidió el anillo que llevaba en el dedo, lo empapó en la sangre de su herida y se lo devolvió como una herencia, cual una prenda de fidelidad y un recuerdo de su Pasión. Luego se desvaneció.

Lo depositaron allí donde estaban los demás, en la sala donde degüellan a las víctimas. Mas el pueblo pidió volvieran a traer a los mártires a la arena con el fin de saborear con los ojos el placer homicida de ver espadas hundirse en cuerpos vivientes. Los mártires se levantaron por sí mismos y fueron adonde quería la muchedumbre. Acababan de darse el beso de paz para consumar su martirio según el rito consagrado. Todos esperaron inmóviles y, sin una queja, recibieron el golpe fatal.

Saturo, que en la visión ascendía el primero, expiró el primero, pues debía ayudar a Perpetua. En efecto Perpetua tuvo tiempo de saborear el dolor. Herida entre las costillas, profirió un grito, luego asió la torpe mano del gladiador novicio y enderezó ella misma la espada hacia su cuello. Sin duda semejante mujer
no podía morir de otro modo que por su propia voluntad, hasta tal punto el Demonio la temía.

¡Oh, valientes y bienaventurados mártires! ¡Oh, mártires verdaderamente llamados y elegidos para ser gloria de nuestro Señor Jesucristo! El que quiere alabar esta gloria, honrarla y adorarla debe leer estos ejemplos recientes tan hermosos como los antiguos ejemplos, con el fin de edificar a la Iglesia.

De ese modo esas nuevas maravillas atestiguaron que es siempre el mismo Espíritu Santo que obra aún hoy junto con el Padre Todopoderoso y junto con su hijo, Jesucristo nuestro Señor, al que sea gloria y poder supremo en los siglos de los siglos. Amén.


Fuente: "La Gesta de los Mártires". Pierre Hanozin, S.J. Editorial Éxodo. 1era Edición.

SANTORAL 28 DE OCTUBRE




28 de octubre

SAN SIMÓN SAN JUDAS,*
Apóstoles
  
Como vosotros no sois del mundo, sino
que os entresaqué yo del mundo,
por eso el mundo os aborrece.
(Juan, 15, 19).

   San Simón, de Caná en Galilea, y San Judas Tadeo, hijos de María de Cleofás y primos de Jesús, fueron a predicar el Evangelio, uno a Egipto, el otro a Mesopotamia. Después de treinta años de trabajos apostólicos, fueron llamados a Persia, en donde convirtieron a gran número de paganos. Las imágenes del sol y de la luna se quebraron cuando ellos lo ordenaron, y los demonios salieron de sus templos y emprendieron la fuga bajo la forma de negros etíopes. Los paganos, excitados por dos magos, se arrojaron sobre los santos apóstoles y los masacraron. Los instigadores del crimen perecieron fulminados por un  rayo.

MEDITACIÓN
SOBRE SAN SIMÓN
y SAN JUDAS TADEO
   I. Dios llama a su servicio a los que Él ama; los separa del mundo, como hizo con estos dos apóstoles, hijos de María de Cleofás, prima de la Santísima Virgen. Jesús amaba particularmente a estos dos hermanos, gracias, sin duda, a la intercesión de Maria en su favor. Dios sólo es quien nos llama a su servicio, mas, ¡cuántas almas deben su vocaci6n a la Santísima Virgen! Renunciemos al mundo, y seremos más grandes que sus honores y que toda su gloria. (San Cipriano).

   II. El mundo persiguió a estos dos apóstoles y les dio muerte, porque disipaban sus tinieblas con la luz del Evangelio. Hombres apostólicos: la persecución será siempre vuestra parte. Vosotros aborrecéis al mundo, no os asombréis de que él os pague con la misma moneda. Regocijaos, porque cuanto más disgustéis a los hombres, más agradaréis al Señor. El mundo ama sólo a los que se le parecen.

   III. Las amenazas, las calumnias, los tormentos y la muerte no fueron suficientes para detener el celo de los dos ilustres hermanos. El mundo se esforzará por hacer fracasar todo lo que emprendáis por amor a Dios; pero no os dejéis abatir: avanzad, Dios os hará triunfar contra todos los obstáculos. No busquemos agradar a los hombres, alegrémonos más bien de disgustar a aquellos a quienes Dios mismo ha disgustado. (San Paulino).
El desprecio del mundo
Orad por la conversión de la India.

ORACIÓN
   Oh Dios, que os servisteis de los bienaventurados apóstoles Simón y Judas Tadeo para conducirnos al conocimiento de vuestro santo Nombre, haced que celebremos su gloria eterna avanzando en la virtud,  y que avancemos en la virtud celebrando su gloria. Por J. C. N. S. Amén.

jueves, 27 de octubre de 2011

TRISTEZA....

LO QUE FALTABA....


Visto en: Radio Cristiandad

Descanonizaciones tras el Concilio Vaticano II

Martirio de San Simón de Trento
Hoy es la fiesta de San Crispín, una fecha que según Shakespeare, marcaría “desde hoy (1415) y hasta el fin del mundo” el recuerdo de la victoria inglesa en Agincourt. ¡Pero ni Enrique V ni Shakespeare tuvieron que vérselas con la Iglesia del Vaticano II! San Crispín fue quitado del calendario en 1969 como parte del proceso de “actualización” que destruyó casi todo a su paso. Muchos otros santos fueron quitados del mismo modo, pero lo que es más problemático, muchos santos fueron efectivamente “descanonizados” (incluso a pesar del hecho de que las canonizaciones son infalibles de acuerdo con la mayoría de los teólogos y que, por lo tanto, nadie puede ser descanonizado). He aquí algunos pocos ejemplos:

San Simón de Trento — popular niño mártir asesinado ritualmente por judíos el 24 de marzo de 1475. En 1965 el arzobispo Alessandro Gotardi, de la diócesis de Trento, declaró la inocencia de los asesinos. Como resultado del decreto del arzobispo, la Congregación de Ritos del Vaticano prohibió la veneración de sus reliquias así como la celebración de Misas en nombre de Simón. Este ejemplo de descanonización de un santo preconciliar es particularmente problemática porque a nadie se le ocurre insinuar que dicho santo no haya existido ni negar los milagros que se le atribuyen —fue puramente una movida política—. Dado que es políticamente incorrecto venerar a un niño que fue asesinado ritualmente por judíos (a pesar de un juicio que se realizó 110 años después de la muerte de San Simón y que sostuvo el veredicto del primer juicio, y a pesar de que incluso algunos académicos judíos admiten que ese primer veredicto fue válido, cf.http://www.traditioninaction.org/History/A_010_BloodyPassovers.htm), tuvo que ser quitado. Sin embargo, el apacentar a los no católicos difícilmente es una razón apropiada para cuestionar la indefectibilidad de la Iglesia (ver abajo). Incidentalmente, San Simón de Trento no es un santo anterior a la creación de la Congregación para las Causas de los Santos, puesto que el mismo Papa que confirmó esta canonización fue el que instituyó dicha Congregación en 1588 (en el mismo año en que San Simón fue canonizado).

San Guillermo de Norwich— otro niño católico (éste, ingles) que fue asesinado ritualmente por judíos (†1144), cuyo culto también fue suprimido, aunque al menos en este caso (a diferencia de San Simón) no parece haber habido un cultus popular.

Santa Ursula— uno de los santos descanonizados por los heresiarcas vaticanosegundistas más famoso y milagroso. Ella fue parte de un grupo de once mil vírgenes masacradas por los hunos cerca de Colonia alrededor del año 383. A pesar del hecho de que su cultus siempre fue muy activo, incluyendo numerosas iglesias y calles que tomaron su nombre, su culto fue suprimido en 1969 (Wikipedia lo niega, pero numerosos otros sitios novordistas confirman la supresión).

Santa Catalina de Alejandría — gran mártir de la Iglesia primitiva, uno de los santos más venerados de la Edad Media, una de los Catorce Santos Auxiliadores — removida del calendario litúrgico en 1969 por haber dudas acerca de su “historicidad”. Estoy esperando la descanonización de Santa Juana de Arco, ¡siendo que La Pucelle debe haber estado alucinando cuando hablaba con Santa Catalina!
Ahora bien. Creo que esto es una muy grave materia porque los jerarcas del Vaticano II implícitamente la Iglesia preconciliar erró al mandar a la Iglesia universal la veneración de estos individuos. Como establece Santo Tomás de Aquino: “Dado que el honor que damos a los santos es de alguna medida una profesión de fe, es decir, un creer en la gloria de los santos [qua sanctórum gloriam credimus], debemos creer píamente que en esta materia el juicio de la Iglesia no está sometido a error.” Como tal, incluso las canonizaciones anteriores a la Congregación para la Causa de los Santos son parte del Magisterio ordinario infalible.

Sin embargo, los modernistas dicen que la Iglesia sí erró en este punto cuando suprimen estos cultos. Los argumentos sobre la ambigüedad histórica son realmente irrelevantes puesto que a través de la tradición y la confirmación de los milagros, santos como Úrsula y Catalina de Alejandría terminaron siendo agregados al calendario. San Simón de Trento fue agregado por decreto del Papa Sixto V, disparando la infalibilidad del Papado y del Magisterio Extraordinario de la Iglesia. Objetivamente, esto es una herejía y una de las más netas (aunque menos “celebrada”) de la Iglesia postconciliar.

Uno no puede menos que notar el significado cultural de la remoción de santos que tuvieron un papel tan significativo en la historia cultural de naciones y localidades. ¿Hacemos de Enrique V un mentiroso al suprimir el santo que invocaba? ¿Y qué pasa con la basílica de Colonia bautizada con el nombre de Santa Úrsula?

En la Fiesta de los Santos Crispín y Crispiano, Mártires, a.D. MMXI

SANTORAL 27 DE OCTUBRE



27 de octubre

SAN FRUMENCIO,*
Obispo Confesor
Nosotros como más fuertes, debemos soportar
las flaquezas de los menos firmes y no dejarnos
llevar de complacencia por nosotros mismos.
(Romanos, 15, I).

   San Frumencio visitó Persia hacia el año 330 con un filósofo de Tiro, tío suyo, y fue apresado en el mar al volverse a Etiopia. Impresionados por su juventud y belleza, los bárbaros lo presentaron a su rey, que tomó a su cargo su educación y lo hizo su secretario. Después de la muerte del rey, la reina le confió la regencia. Aprovechóse de ello para favorecer la religión y abandonó después este elevado puesto para ir a pedir un obispo a San Atanasio en Alejandría. Este santo lo consagró a él mismo y lo envió de vuelta. Sus discursos y sus milagros obraron un gran número de conversiones, y Etiopía permaneció católica durante cuatro siglos.
MEDITACIÓN
SOBRE TRES GRADOS
DE AMOR AL PRÓJIMO

   I. Debemos amar a nuestros parientes y amigos, es un deber que nos impone la naturaleza; pero Dios quiere que en esto sigamos su voluntad más bien que nuestra inclinación. Ámalos, porque Dios lo quiere y como Dios lo quiere. Demuéstrales este amor trabajando todo lo que puedas en su salvación y soportando pacientemente sus defectos; la amistad y la caridad cristiana te obligan a ello.

   II. Poca cosa es amar a los parientes y amigos: esta ley la observan hasta los paganos mismos; tú debes amar a las personas con las que no te vinculan ni parentesco ni amistad. Son verdaderamente hermanos nuestros, aquellos que han reconocido como Padre suyo a Dios. (Tertuliano).

   III. Hagamos más, amemos a nuestros enemigos. El cristiano es capaz de un acto tal de caridad. ¡Cuán difícil es este amor para aquél que no consulta sino la naturaleza; pero cuán fácil para aquél que considera a Jesús expirando en la cruz por sus enemigos! Al hablar de San Esteban, dice San Gregorio: Ofrece a Dios algo más grande que la muerte, la moderación del alma y el amor a los enemigos.

La caridad
Orad por  vuestros parientes y amigos.

ORACIÓN
   Haced, os lo suplicamos, Dios omnipotente, que la augusta solemnidad del bienaventurado Frumencio, vuestro confesor pontífice, aumente en nosotros el espíritu de devoción y el amor de la salvaci6n. Por J. C. N. S. Amén.

miércoles, 26 de octubre de 2011

LA TRISTEZA

VISTO EN: ECCE CHRISTIANUS


Dice san Pablo: “La tristeza que es según Dios obra la penitencia para la salvación; la tristeza del mundo obra la muerte.” Luego la tristeza puede ser buena o mala, según sean los diversos frutos que causa en nosotros. Es cierto que son más los frutos malos que los buenos, porque los buenos sólo son dos: misericordia y penitencia, y los malos, en cambio, son seis: angustia, pereza, indignación, celos, envidia e impaciencia; lo cual hace decir al Sabio: “La tristeza es la muerte de muchos y, en ella no hay provecho alguno”, porque por dos buenos riachuelos que manan de la fuente de la tristeza, hay seis que son muy malos.
El enemigo se vale de la tristeza para ocasionar tentaciones a los buenos; porque así como procura que los malos se alegren en sus pecados, así también procura que los buenos se entristezcan en sus buenas obras; y así como no puede inducir al mal si no es haciéndolo agradable, de la misma manera no puede apartar del bien si no es haciéndolo desagradable. El maligno se complace en la tristeza y en la melancolía, porque él está triste y melancólico, y lo estará eternamente; por lo que quiere que todos estén como él.
La tristeza mala perturba el alma, la inquieta, infunde temores excesivos, hace perder el gusto por la oración, adormece y agota el cerebro, priva al alma del consejo, de la resolución, del juicio, del valor y abate las fuerzas; en una palabra, es como un invierno crudo que priva a la tierra de toda su belleza y acobarda a los animales, porque quita toda suavidad al alma y la paraliza y hace impotente en todas sus facultades.
Filotea, si alguna vez te acontece que te sientes atacada de esta tristeza, practica los siguientes remedios: “Si alguno está triste -dice Santiago-, que ore”: la oración es el más excelente remedio, porque eleva el espíritu a Dios, que es nuestro único gozo y consuelo. Mas, al orar, hemos de excitar afectos y pronunciar palabras, ya interiores ya exteriores, que muevan a la confianza y al amor de Dios, como: “¡Oh Dios de misericordia! ¡Dios mío bondadosísimo! ¡Salvador de bondad! ¡Dios de mi corazón! ¡Mi gozo, mi esperanza, mi amado esposo, bienamado de mi alma!”, y otras semejantes.
Esfuérzate en contrariar vivamente las inclinaciones de la tristeza, y aunque te parezca que en este estado todo lo haces con frialdad, pena y cansancio, no dejes, empero, de hacerlo; porque el enemigo, que pretende hacernos aflojar en nuestras buenas obras mediante la tristeza, al ver que a pesar de ella no dejamos de hacerlas, y que haciéndolas con resistencia tienen más valor, cesa entonces de afligirnos.
Canta himnos espirituales, porque el maligno ha desistido, a veces, de sus ataques merced a este medio, como lo atestigua el espíritu que asaltaba o se apoderaba de Saúl, cuya vehemencia cedía ante la salmodia.
Es muy buena cosa ocuparse en obras exteriores, y variarlas cuanto sea posible, para distraer el alma del objeto triste, purificar y enfervorizar el corazón, pues la tristeza es una pasión de suyo fría y árida.
Haz actos exteriores de fervor, aunque sea sin gusto, como abrazar el crucifijo, estrecharlo contra el pecho, besarle las manos y los pies, levantar los ojos al cielo, elevar la voz hacía Dios con palabras de amor y de confianza, como éstas: “Mi amado para mí y yo para Él. Como manojito de mirra es mi Amado para mí. Él reposará sobre mi pecho. Mis ojos se derriten por Ti, ¡oh Dios mío!, diciendo: ¿Cuándo me consolarás? ¡Oh Jesús! Seas para mí Jesús; viva Jesús, y vivirá mi alma. ¿Quién me separará del amor de mi Dios?”, y otras semejantes.
La disciplina moderada es buen remedio contra la tristeza, porque esta voluntaria aflicción exterior impetra el consuelo interior, y el alma al sentir los dolores de fuera, se distrae de los de dentro. La frecuencia de la Sagrada Comunión es excelente, porque este pan celestial robustece el corazón y regocija el espíritu.
Descubre todos los sentimientos, afectos y sugestiones que nacen de la tristeza a tu director y a tu confesor, con humildad y fidelidad; busca el trato de personas espirituales, y conversa con ellas, cuanto puedas, durante este tiempo. Y principalmente, resígnate en las manos de Dios, disponiéndote a padecer esta enojosa tristeza con paciencia, como un justo castigo a tus vanas alegrías, y no dudes que Dios, después de haberte probado, te librará de este mal.

SANTORAL 26 DE OCTUBRE



26 de octubre 

SAN EVARISTO,*
Papa Mártir
Cuando hubiereis hecho todo lo que
se os ha mandado, decid:
Siervos inútiles somos;
lo que hemos debido hacer, eso hicimos.
(Lucas. 17. 10).


   San Evaristo, cuarto sucesor de San Pedro, gobernó la Iglesia durante cerca de ocho años. Se refiere que era hijo de un judío de Belén. Murió hacia el año 107 y recibió sepultura en el Vaticano. junto a San Pedro.

MEDITACIÓN
EL CRISTIANO DE NADA
DEBE ENVANECERSE

   I. No te gloríes ni de las riquezas ni de los honores, porque ellos no te hacen más virtuoso y con mucha frecuencia contribuyen a hacerte más malo. No te enorgullezcas de tus cualidades naturales, de tu nobleza, de tu belleza, de tu inteligencia. ¿Qué tienes tú que no hayas recibido de Dios y sin mérito alguno de tu parte? La muerte te arrebatará todos esos bienes; no mirará Dios sino las buenas obras que hayas practicado, y el buen uso que hayas hecho de los talentos que Él te ha deparado.

   II. Ninguna razón tienes para estar orgulloso de tu ciencia. ¿Qué sabrías tú si Dios no te hubiese dado la inteligencia? Mucho aprendiste con tus trabajos y vigilias; sabe sin embargo que ignoras infinitamente más de lo que sabes, y humíllate: ¡el menor de los demonios es más sabio que tú! La más hermosa de todas las ciencias es el conocimiento de tu nada. La humildad es la fuente y el principio de la filosofía más sublime. (San Crisóstomo).

   III. Guárdate de enorgullecerte de las gracias que hayas recibido, o de las virtudes que hayas adquirido. El que se gloría de su virtud no es virtuoso, pues la humildad es el fundamento de todas las virtudes. Imita pues a los santos, no para atraerte alabanzas, sino para cumplir tu deber. En fin, conoce tu bajeza, tu malicia y tus pecados, y serás humilde. Toda la humildad consiste en conocerse a sí mismo. (San Agustín).

La humildad
Orad por  el
 Colegio.

ORACIÓN
   Pastor eterno, considerad con benevolencia a vuestro rebaño y guardadlo con protección constante por vuestro bienaventurado mártir y Soberano pontífice Evaristo, a quien constituisteis pastor de toda la Iglesia. por J. C. N. S. Amén.