Este es un sitio para católicos tradicionales, con contenidos de teología, meditaciones, santoral y algunas noticias de actualidad.

martes, 10 de abril de 2012

SANTORAL 10 DE ABRIL





10 de abril



SAN MACARIO, 
 Obispo y Confesor




Bienaventurados los que lloran, porque ellos
serán consolados.
(Mateo, 5, 5).

   A causa de sus extraordinarias virtudes fue elevado San Macario a la dignidad de patriarca de Antioquía. Con el fin de huir de los honores, abandonó esta ciudad yendo en peregrinación a Jerusalén. Capturado por los sarracenos, logró escapar y se fue a Flandes donde murió gloriosamente cuidando enfermos de peste. Tenía siempre a mano un pañuelo, para secarse las lágrimas que le hacían derramar los pecados de su pueblo. Murió en Gante, el 10 de abril de 1012, en el monasterio de San Bávon. Se lo invoca contra la peste.  

  MEDITACIÓN
SOBRE CUÁL DEBE SER EL MOTIVO 
DE NUESTRAS LÁGRIMAS

   I. Llora tus miserias: el mundo es un valle de lágrimas, lleno de innúmeras calamidades, donde los placeres mismos son fuente de mucho llanto; nuestros cuerpos son la prisión de nuestras almas; nuestras enfermedades son los verdugos de nuestro cuerpo; no es nuestra vida sino una serie continua de dolores y aflicciones. Nacemos y vivimos en lágrimas, morimos en dolores, suspiros y sollozos. Con todo amamos esta vida, y huimos de la muerte que debe poner término a nuestros dolores y a nuestras lágrimas.

   II. Llora tus pecados como David, que bañaba el lecho con sus lágrimas, que mojaba su pan en llanto. ¡Si lloras la pérdida de un amigo, de un pariente, de un pleito, qué lágrimas no deberá arrancarte la pérdida del paraíso, que tus pecados te arrebataron! Llora también los pecados de los demás si amas a Nuestro Señor Jesucristo, porque esos pe cados de nuevo lo crucifican.

   III. Consuélate, tú, que lloras por tus miserias y tus pecados. Pasa el tiempo de tu exilio, inadvertidamente te acercas a la patria. Dios enjugará todas tus lágrimas en el cielo; ya desde esta vida calma tu llanto, si mana del dolor de tus pecados. ¿Qué gozo puede compararse, en este mundo, al gozo de llorar nuestros pecados? Si es tan deleitoso llorar por Jesús, ¿qué no será regocijarse con Él? (San Agustín).

La compunción  
Orad por los obispos.

ORACIÓN

   Haced, oh Dios omnipotente, que la augusta solemnidad del bienaventurado Macario, vuestro confesor y pontífice, aumente en nosotros el espíritu de piedad y el deseo de la salvación. Por J. C. N. S.

lunes, 9 de abril de 2012

SANTORAL 9 DE ABRIL



9 de abril



SANTA CASILDA,
Virgen



Os doy un nuevo mandamiento, y es: Que os améis
unos a otros, como yo os he amado.
(Juan, 13, 34).

   Santa Casilda llevaba comida a los cristianos que el rey, su padre, tenía prisioneros. Un día la encontró camino de la prisión, y le preguntó qué llevaba. Rosas, respondió Casilda y, extendiendo su delantal, aparecieron en él, en vez de alimento, hermosísimas rosas. Consiguió de su padre que la llevaran a tomar baños en el lago San Vicente, para curarse de una enfermedad que padecía, e hizo edificar, a orillas de este lago, una ermita en la que pasó el resto de sus días. Murió hacia el año 1050.  

  MEDITACIÓN
HEMOS DE AMAR AL PRÓJIMO
COMO JESUCRISTO
NOS AMÓ A NOSOTROS

   I. Jesús nos ama más que a todas las otras creaturas, porque para salvarnos hizo lo que no hubiera hecho para impedir la ruina del cielo y de la tierra. Del mismo modo, ama a tu prójimo más que a tus riquezas, más que a tus placeres, más que a tus intereses; sacrifica todo lo que poseas para aliviar sus penas y proveer a sus necesidades. ¿Es esto lo que  has hecho hasta ahora?

   II. Jesucristo nos ha amado aun cuando más cruelmente lo ultrajábamos: sigamos su ejemplo y amemos a los que nos aborrecen y nos hacen mal. Fácil es amar a los que nos hacen bien; nos inclina a ello la naturaleza, nos invita el interés, en fin, los mismos paganos nos dan ejemplo. Pero es patrimonio sólo del cristiano amar a los enemigos, amarlos porque Jesucristo lo manda. Examina el fondo de tu corazón: ¿amas sinceramente a los que te han disgustado?

   III. Jesucristo nos amó a fin de salvar nuestras almas; nos testimonió su amor enseñándonos el camino de la salvación y andando por él antes que nosotros. Haz lo mismo con tu prójimo según tus fuerzas. Es el mayor servicio que puedes prestarle, y el mayor gusto que puedes dar a Jesucristo. Saca a ese pecador de las ocasiones peligrosas, instrúyelo, aconséjalo, ruega a Dios por él. ¡Qué feliz serías si, a costa de todos tus bienes y de tu vida misma, pudieses ganar para Jesucristo un alma redimida por el precio de su sangre! Se obró esta redención a precio tan elevado, que parece que el hombre vale tanto como Dios. (San Hilario de Arlés).

El celo por la salvación de las almas 
Orad por la conversión de los pecadores.

ORACIÓN

   Escuchadnos, oh Dios Salvador nuestro, y haced que la fiesta de Santa Casilda, al tiempo que regocija nuestra alma la enriquezca de sentimientos de tierna devoción. Por J. C. N. S.

domingo, 8 de abril de 2012

DOMINGO DE RESURRECCIÓN


DOMINGO DE RESURRECCIÓN




Pasado el sábado, María Magdalena, María, madre de Santiago, y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy de madrugada, el primer día de la semana, a la salida del sol, fueron al sepulcro. Se decían unas otras: ¿Quién nos retirará la piedra de la puerta del sepulcro? Y levantando los ojos ven que la piedra estaba ya retirada; y eso que era muy grande. Y entrando en el sepulcro vieron a un joven sentado en el lado derecho, vestido con una túnica blanca, y se asustaron. Pero él les dice: No temáis. Buscáis a Jesús de Nazaret crucificado; ha resucitado, no está aquí. Ved el lugar donde le pusieron. Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro que os precederá en Galilea; allí le veréis, como os lo dijo.

La Liturgia continúa siendo en este día, Solemnidad de las solemnidades, tan emotiva como en el mismo día de la Resurrección. Ella por sí sola es suficiente para anegar nuestra alma en sentimientos celestiales. Si, conforme al deseo de la Iglesia, salimos del hogar muy temprano, seguramente que en nuestra imaginación surgirá el cuadro atractivo de las santas mujeres, que a esa misma hora caminaban llenas de ansiedad en dirección al sepulcro del Señor.

Y el cuadro se completa cuando la voz del Evangelio, cual otro mensajero celestial, anuncia la buena nueva de la Resurrección del Señor: Resucitó, no está aquí.

¡Qué gozo! Impregnemos nuestra alma de tan embriagadores sentimientos-. No saldremos sin fruto de la Santa Misa.

Mas prestemos atención a otra lección que nos da la Iglesia: el Aleluya pascual, en efecto, envuelve hoy un aviso celestial, una doctrina divina. Tomada del Apóstol de las gentes expresan sus palabras una realidad plasmada en un símbolo: Cristo, nuestro Cordero Pascual, ha sido inmolado. Celebremos, pues, este convite, no con la levadura vieja, ni con la levadura de la maldad y la corrupción, sino con los ácimos de la sinceridad y de la verdad.

Reflexionemos sobre esta instrucción de nuestra Madre.

Parte el Apóstol de la significación de la Pascua mosaica. Pascua, en hebreo, significa otro tanto que Paso del Señor.

Hacía alusión esta fiesta al beneficio que Dios hizo a su pueblo con ocasión de la última plaga que envió a Egipto. La noche que el Ángel Exterminador recorrió las calles de Egipto degollando a los primogénitos de todas las casas.

Adoctrinados de antemano los judíos por Moisés, sacrificaron un cordero, con cuya sangre rociaron los postes y el dintel de sus puertas.

Las casas que llevaban esta señal, fueron respetadas por el Ángel del exterminio.

Todo esto —dice San Pablo— fue en figura. Pasó ya el tiempo de las figuras, y llega por fin la plenitud de los tiempos de la realidad.

A la misma hora en que un viernes pascual los sacerdotes degollaban en el templo de Jerusalén los corderos preceptuados por las leyes mosaicas, el verdadero Cordero de Dios era inmolado sobre el Ara de la Cruz a vista de todo el mundo.

El velo del templo se rasgó; su simbolismo había llegado a su fin. Cesaron las hostias y las víctimas de becerros, corderos y machos cabríos. La Sangre redentora de Cristo, figurada en los sacrificios de la Antigua Ley, se había derramado ya sobre la tierra.

Con Ella podía todo mortal rociar su alma y, prevalido de dicha señal, cerrar el paso al Ángel de la muerte; ningún enemigo puede penetrar en lugar santificado por la Sangre del Cordero de Dios.

Habiéndose entregado el Primogénito y Cabeza de toda la humanidad para ser inmolado por nuestra salud, la muerte eterna no puede extender ya su brazo descarnado sobre los regenerados.

Aleluya… Salud, honor y gloria al que obró nuestra Redención.

Verdaderamente es digno, justo, equitativo y saludable alabarte en todo tiempo; pero principalmente y con mayor magnificencia en este día, en que Jesucristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado. Porque Él es el verdadero Cordero que quita los pecados del mundo. Muriendo, destruyó nuestra muerte, y resucitando, restauró nuestra vida.

Aleluya. Este es el día que hizo el Señor; regocijémonos y alegrémonos en él… Aleluya…

&&&

El Apóstol nos enseña también cómo debemos celebrar la Pascua, cómo hemos de exteriorizar la alegría pascual; y aquí vuelve a echar mano del simbolismo de la Pascua mosaica. Continuemos prestándole atención.

Apenas ocultábase el sol entre las montañas de Palestina la víspera del 14 de Nisán, cuando las vibrantes trompetas del Templo anunciaban el comienzo de la Pascua. El padre de familia tomaba entonces una lámpara en la mano y registraba con cuidado todos los rincones de su vivienda, a fin de destruir la levadura que acaso quedara en su morada. En la cena del cordero no podía usarse más que pan ácido, sin levadura.

Todo esto en la mente de San Pablo era un símbolo.

Las notas del Aleluya pascual contienen con el anuncio de la solemnidad el mismo aviso que los judíos percibían en las rutilantes notas de las trompetas del Templo: Purificaos de la antigua levadura; no haya en ningún rincón de vuestra alma levadura de maldad y corrupción. Celebrad la Nueva Pascua con los ácimos de la sinceridad y la verdad, con un corazón puro y sin resto alguno de la antigua levadura del pecado, como ácimos que sois, regenerados por la Sangre del Redentor.

Aleccionados por nuestra Madre, proponemos celebrar la Pascua como ella espera de sus hijos.

¡Cuán distinta es la santa alegría del cristiano regenerado, de aquélla con que el mundo loco se embriaga en estos días, arrojando así en el lodazal de sus pasiones las finas vibraciones del Aleluya de Resurrección!

El alma cristiana abomina, es verdad, de esas caricaturas del alegría pascual; pero no puede contentarse con eso; debe cuidar, además, de que sus sentimientos de júbilo puedan expresarse con las dulces notas del Aleluya litúrgico.

Los días de alegría nos llevan, por desgracia, a la disipación. Y es que no conocemos esa perfecta alegría de los hijos de Dios; encerramos pronto el gozo en la redoma de barro de nuestros sentidos, en vez de custodiarlo en el vaso de oro del espíritu, y así se disipa ese fino sabor y exquisitez que ha tenido en su principio.

No perdamos de vista este peligro. Puesto que tendemos a convertir nuestra alegría espiritual en alegría de los sentidos, vigilemos sobre nuestros sentimientos y sobre nuestras obras.

Cuando éstas no respondan a nuestra condición de regenerados, tengamos entendido que han degenerado nuestros sentimientos, que nuestra alegría ya no tiene por base un deseo espiritual, que nuestro gozo no es gozo en el Espíritu Santo, que el Aleluya pascual queda profanado en nuestra boca.

Y entonces retrocedamos con decisión de la falsa senda emprendida, purificándonos de la levadura antigua.

Así será el Aleluya pascual preludio de los cantos de la Patria; y este ciclo litúrgico, como una especie de ensayo de la vida en la Patria que esperamos.

&&&

Pero el paralelo de la Pascua mosaica y la cristiana no termina ahí. El sentido de nuestra Pascua no se agota con la comunión mística del Cordero pascual. No, nosotros participamos también de una manera real de los despojos del Cordero sacrificado.

En la Sagrada Eucaristía se nos ofrece en alimento la propia Carne del Hijo de Dios. El sentido de nuestra Pascua llega, pues, a su cumbre en la Comunión, convite pascual de la Nueva Ley.

Por eso volvemos a oír en ese augusto momento el mismo aviso de San Pablo: Ha sido inmolado Cristo, nuestra Pascua; celebremos, pues, el banquete con los ácimos de la sinceridad y de la verdad. Acerquémonos, por consiguiente, a Él con un alma purificada previamente, por la confesión, de la levadura del hombre viejo, de los pecados, pues la Cena del Cordero no admite más que pan ácimo.

Es ese precisamente el momento sublime a que ha venido mirando la Liturgia de toda la Cuaresma, el digno coronamiento del camino de penitencia recorrido. Lleguémonos, cual conviene, a gozar del premio que el Señor tiene preparado a nuestros sacrificios. No desperdiciemos instantes tan felices. Y una vez hechos partícipes de ese celestial convite, quedarán, nuestras almas rociadas con la Sangre redentora de Cristo, que nos hará inexpugnables contra los ardides del infierno.

&&&

Oh Dios, que en este día, por tu Hijo Unigénito, nos franqueaste de nuevo las puertas de la Eternidad; ayúdanos a realizar los santos deseos que Tú mismo nos inspiras, previniéndonos con tu gracia.

P.CERIANI

SANTORAL 8 DE ABRIL





8 de abril

SAN PERPETUO,
Obispo y Confesor

Como un cuerpo sin espíritu está muerto, así
también la fe sin las obras está muerta.
(Santiago, 2, 26).

   Este santo estaba devorado de celo por la casa de Dios. Siendo obispo de Tours, hizo agrandar y embellecer la basílica de San Martín. Empleaba la mayor parte de sus entradas en exornar iglesias y alimentar pobres que son templos vivos del Espíritu Santo. Hizo testamento a favor de las iglesias y de los pobres de su diócesis; pero el regalo más hermoso que hizo a la iglesia de Tours fue el ejemplo de sus virtudes durante su vida, y sus reliquias después de su muerte.

  MEDITACIÓN LA FE SIN LAS OBRAS
ES UNA FE MUERTA

   I. Para salvarnos hemos de poseer una fe perfecta, una fe sencilla y, en cierto modo, ciega, que acepte todo lo que la Iglesia propone para que creamos. ¿Qué tiene de asombroso el que no compren damos las verdades propuestas? Tan limitado es nuestro espíritu que ni siquiera comprende lo que vemos todos los días; ¿y pretendemos comprender los, misterios incomprensibles de la Religión? Humillémonos y creamos en lo que Dios nos revela y nos propone, por medio de la Iglesia, para que creamos.

   II. Pero, no basta la fe sola, es preciso que vaya acompañada de las buenas obras; sin ellas está muerta. No te salvarás por haber sido cristiano, sino por haber practicado las obras de un cristiano. Te engañas si crees que podrás usar el nombre de cristiano como de un título para reclamar la herencia del Padre celestial. Sólo te servirá para ser condena do, si eres infiel a la obligación que te impone de imitar a Jesucristo. Tus crímenes son más grandes que los de los paganos pues recibiste más luz. Pecamos gravemente escudándonos con un nombre tan grande. (Salviano).

   III. ¿Es la fe el principio de todos tus actos? ¿No trabajas por las riquezas y los honores? ¿No buscas en todo el placer y con una avidez como si no esperaras un paraíso? ¿Los paganos y los herejes no son muchas veces más caritativos con el prójimo y más moderados en sus pasiones que tú? Cristo es deshonrado en nosotros, en nosotros la ley cristiana sufre detrimento. (Salviano).

La práctica de las buenas obras 
Orad por la Iglesia.

ORACIÓN

   Haced, oh Dios omnipotente, que la augusta solemnidad del bienaventurado Perpetuo, vuestro confesor pontífice, aumente en nosotros el espíritu de piedad y el deseo de la salvación. Por J. C. N. S.

sábado, 7 de abril de 2012

SÁBADO SANTO




SÁBADO SANTO



En este Santo día, el Sepulcro de Nuestro Señor Jesucristo concentra la atención de sus fieles discípulos.

El Cuerpo Sacrosanto del Redentor descansa en la sepultura; su Bendita Alma ha ido a visitar a los justos que esperaban en el Limbo el día de la Redención, y ahora aguardan la hora de la Resurrección gloriosa de su Rey, para formar el cortejo del Señor y acompañarlo a la gloria.

Esta actitud de santa espera es también la propia del cristiano fiel en Sábado Santo.

Permanezcamos junto al Cuerpo exánime del Rey de la Vida, que con su martirio venció nuestra muerte, y con su resurrección restaurará nuestra vida.

Mientras los guardianes del sepulcro velan el sagrado tesoro por miedo a que nadie se acerque y lo robe, nosotros consolemos a la Madre Dolorosa, que en su triste soledad recuerda todos los pormenores del martirio de su Hijo, de quien se ve separada.

Y luego rodeemos al Alma Sacratísima del Señor, para acompañarla en su visita al Limbo. Allí seremos testigos del gozo de los Santos Padres y de sus cantos de gratitud. Felicitémosles y adoremos con ellos al Alma glorificada de Cristo, de cuya compañía no nos hemos de separar, para poder salir con ella del sepulcro de nuestros vicios.

&&&

La Santa Liturgia nos proporciona dos símbolos de la Resurrección esperada. El Sábado Santo no tiene Liturgia particular, salvo el canto del Santo Oficio.

La Iglesia llora triste su orfandad. Los oficios comienzan al atardecer, para sorprender la hora de la Resurrección.

La Vigilia Pascual comprende las siguientes partes:

1ª) La Bendición del Fuego Nuevo y del Incienso.

2ª) La bendición del Cirio Pascual.

3ª) La lección solemne de las Profecías.

4ª) La bendición del Agua Bautismal y el canto de las Letanías.

5ª) La Misa de la vigilia y Resurrección de Nuestro Señor.

En las cuatro primeras partes se simboliza la Resurrección: la de Cristo y la nuestra; en la quinta presenciaremos ya tan gozoso espectáculo.

&&&

1ª) La Bendición del Fuego Nuevo y del Incienso

El primer rito a realizarse es la Bendición del Fuego Nuevo, cuya luz debe iluminar la función durante toda la noche.

Conforme a una información dada por el Papa San Zacarías en una carta a San Bonifacio, arzobispo de Maguncia, en el siglo VIII, se encendían tres lámparas con este fuego. Era de estas lámparas que se tomaba la luz para la noche del Sábado Santo.

El significado de este uso simbólico, que sólo se practica este día en la Iglesia Latina, es tan profundo como fácil de entender. Cristo dijo: Yo soy la luz del mundo; la luz material es, pues, la figura del Hijo de Dios.

Por lo tanto, es justo que este misterioso fuego, destinado a dar luz al Cirio Pascual, y más tarde a todas las lámparas, incluso las del Altar, reciba una bendición especial, sea recibido triunfalmente por el pueblo cristiano.

En la iglesia se han extinguido todas las luces; antiguamente, los fieles apagaban incluso el fuego en sus casas, antes de ir a la iglesia; y no se reavivaba en la ciudad sino por la comunicación de este fuego que había recibido la bendición, y que luego era entregado a los fieles como una promesa de la divina Resurrección.

No olvidemos señalar aquí un nuevo símbolo, no menos expresivo que los otros. La extinción de todas las luces en este momento representa la abrogación de la Ley Antigua; y la llegada del Fuego Nuevo representa la publicación de la Nueva Ley que Jesucristo, luz del mundo, acaba de hacer, para disipar todas las sombras de la Primera Alianza.

Además del Fuego Nuevo, la Santa Iglesia bendice también hoy cinco granos de Incienso. Este incienso representa los perfumes que Magdalena y las otras Santas Mujeres dispusieron para embalsamar el Cuerpo del Redentor.

La oración para bendecirlo nos enseña la relación que tiene con la luz; al mismo tiempo que nos instruye sobre el poder de estos elementos sagrados contra las insidias de los espíritus de las tinieblas.

Como el Fuego representa a Cristo, y como la tumba de Cristo, el lugar donde Él debe resucitar, se encuentra fuera de las puertas de Jerusalén, las Santas Mujeres y los Apóstoles tendrán que salir de la ciudad para ir al encuentro de la resurrección.

Se bendice primero el Fuego por las siguientes oraciones:

Oh Dios, que por vuestro Hijo, la piedra angular, habéis iluminado en vuestros fieles el fuego de vuestra caridad, santifica este fuego que hemos sacado de la piedra para que sirva a nuestros propósitos; y concédenos durante estas fiestas pascuales, ser inflamados del deseo de los bienes celestiales, para que podamos, por la pureza de nuestros corazones, llegar a esta fiesta eterna donde podremos disfrutar de una luz que no se apaga jamás.

Señor Dios, Padre Todopoderoso, Luz eterna y Creador de toda la luz, bendice este fuego, al cual ya habéis dado el principio de la bendición, iluminando el mundo. Haz nacer un fuego que nos caliente y nos ilumine con tu claridad; y como has conducido por tu antorcha a Moisés, cuando se encontraba en Egipto, dígnate iluminar nuestros corazones y nuestras mentes, para que merezcamos llegar a la vida y la luz eterna.

Señor Santo, Padre Todopoderoso, Dios Eterno, bendecimos este fuego en tu nombre y en el de tu Hijo, Nuestro Dios y Señor Jesucristo, y en el del Espíritu Santo; dígnate cooperar con nosotros, ayúdanos a rechazar los dardos inflamados del enemigo, ilumínanos con la gracia celestial.

Entonces se bendice el Incienso, con esta oración dirigida a Dios:

Suplicámoste, oh Dios Todopoderoso, descienda sobre este Incienso una efusión abundante de tu bendición y avives Tú, Regenerador invisible, esta luz que debe iluminarnos durante esta noche: para que no sólo el Sacrificio que se te ofrece esta noche refulja participando misteriosamente de tu luz, sino que en todo lugar donde sea llevado algo de lo que bendecimos, sean expulsados los artificios y la malicia del diablo, y que allí resida y triunfe el poder de tu divina Majestad.

Después de estas oraciones, un acólito enciende una vela de las brasas del Fuego Nuevo; es esta vela la que debe introducir la luz nueva en la iglesia.

Al mismo tiempo, el Diácono reviste una dalmática blanca. Este ornamento da alegría de razón a la función de alegría que el Diácono cumplirá.

Entretanto, él toma en sus manos una caña, en cuya parte superior hay tres velas. Esta caña es un recuerdo de la Pasión del Salvador y de la debilidad de la naturaleza humana, que Él ha asumido por la Encarnación.

Ella está coronada por tres velas para representar la Santísima Trinidad.

El cortejo sagrado entra en la iglesia. Tras unos pocos pasos, el Diácono inclina la caña, y el acólito enciende con la luz nueva una de las tres velas.

Elevando en el aire la luz que ha recibido, canta con un tono de voz normal:

Lumen Christi 

Todos responden:

Deo gratias

El Diácono se pone de rodillas, y todos imitan su ejemplo.

Esta primera ostentación de la luz proclama la divinidad del Padre que nos ha manifestado Nuestro Señor Jesucristo.

El cortejo avanza. El Diácono inclina una segunda vez la caña y el acólito enciende una segunda vela. El Diácono observa las mismas ceremonias, como la primera vez, y canta en un tono más elevado:

Lumen Christi 

Todos responden:

Deo gratias

El Diácono se pone de rodillas, y todos imitan su ejemplo.

Esta segunda exposición de la luz anuncia la divinidad del Hijo, que se manifestó a los hombres por la Encarnación, y les reveló su igualdad de naturaleza con el Padre.

Se levantan todos y el cortejo llega al Altar. El Diácono inclina una tercera vez la caña, y el acólito enciende la tercera vela. A continuación, el Diácono canta una última vez, pero en un tono de voz aún más solemne:

Lumen Christi 

Todos responden:

Deo gratias

El Diácono se pone de rodillas, y todos imitan su ejemplo.

Esta tercera manifestación de la luz proclama la divinidad del Espíritu Santo, que nos fue revelado por Jesucristo, cuando Él dio a sus Apóstoles el precepto solemne de enseñar a todas las naciones y bautizarlas en el Nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

Por lo tanto, es por el Hijo, que es la luz del mundo, que los hombres han conocido la Trinidad gloriosa, que la vela de tres ramas debe recordar el misterio durante toda esta función sagrada.

Este es el primer empleo del Fuego Nuevo: anunciar el esplendor de la Trinidad divina. Ahora se utilizará para la gloria del Verbo Encarnado, dando complemento a su hermoso símbolo, que ahora debe atraer nuestra atención.

&&&

2ª) La bendición del Cirio Pascual

La preciosa pieza litúrgica con que se bendice el Cirio Pascual (El Exsultet), nos da abundante tema de meditación.

Léela pausadamente, alma cristiana, y aprópiate sus sentimientos.

El Diácono se levanta y se dirige al púlpito. Los clérigos que llevan la caña con las tres velas y los cinco granos de incienso, lo acompañan. Frente al púlpito se levanta una columna coronada por otra de cera: es el Cirio Pascual.

El sol ha dado paso a las sombras de la noche. La iglesia ha preparado, para brillar con esplendor durante la Vigilia, una antorcha de mayor peso y tamaño que todas las que se encienden en otras solemnidades.

Esta antorcha es única; tiene la forma de una columna; y representa a Cristo.

Antes de que sea encendido, figura a Cristo en la tumba, inanimado, inerte. Cuando recibe la llama, él ilumina los pasos del pueblo santo; y así representa a Cristo, radiante con el esplendor de su Resurrección.

La majestuosidad de este símbolo es tan grande, que la Iglesia utiliza todas las fastuosidades de su lenguaje inspirado para excitar el entusiasmo de los fieles.

El Pregón Pascual resuena en medio de los elogios que el Diácono prodiga al Cirio glorioso, que cumple su noble función noble de ser Heraldo de la Resurrección de Jesucristo.

Este canto sagrado nos da un anticipo de las alegrías que nos están reservadas esta noche maravillosa.

Llegado a un punto del Pregón, el Diácono se detiene e hinca los cinco granos de incienso en la masa del Cirio en forma de cruz, representando las cinco Llagas de Cristo.

Hasta ahora, como hemos dicho anteriormente, el Cirio Pascual es el símbolo del hombre-Dios aún no glorificado por su Resurrección.

Más adelante, el Diácono se detiene nuevamente y toma de manos del acólito la caña con las tres velas y enciende el Cirio Pascual. Este rito significa el momento de la Resurrección de Cristo, cuando la virtud divina llegó repentinamente para revivir su Cuerpo.

Desde ahora, la Antorcha Sagrada, imagen de la luz de Cristo, es estrenada; y la Iglesia festeja a su Esposo divino, triunfante de la muerte.

En este momento, son encendidas con el Fuego Nuevo las lámparas que están suspendidas en la iglesia. Esta iluminación se hace algún tiempo después del Cirio Pascual, porque el conocimiento de la Resurrección del Salvador se difundió progresivamente, hasta que finalmente iluminó a todos los fieles.

Esta sucesión nos advierte también que nuestra resurrección será la continuación y la imitación de la de Jesucristo, que nos abre el camino por el cual volveremos a la posesión de la inmortalidad, después haber atravesado como Él el sepulcro.

&&&

3ª) La lección solemne de las Profecías.

4ª) La bendición del Agua Bautismal y el canto de las Letanías.

Las doce profecías representan la última lección que la Iglesia da a los catecúmenos.

En ellas pasa ante nuestros ojos en imágenes comprimidas todo el Antiguo Testamento.

Debemos personificar a los catecúmenos; por eso, recordemos hoy la gracia bautismal, y pensemos que por ella hemos sido hechos partícipes de la gracia de la resurrección; fuimos sacados del sepulcro del pecado, para vivir vida divina.

Agradezcamos al Señor tamaño beneficio, encendiendo en nuestro pecho ardientes ansias de que crezca de día en día la vida divina derramada en el alma.

Para ello apropiémonos el canto de los catecúmenos, exclamando desde lo íntimo del corazón: Como el ciervo suspira por las fuentes de las aguas, así desea mi alma a Ti, Dios mío. Mi alma tiene sed de Dios vivo.

Esos deseos procuraremos acrecentar durante la bendición del Agua Bautismal; y luego en las letanías pidamos a la Corte Celestial la gracia de conservar inmaculado el vestido bautismal, a fin de no perder el derecho a la gloriosa resurrección.

&&&

5ª) La Santa Misa de la Vigilia y la victoria de Cristo Resucitado

Mientras se celebra la Santa Misa, pensemos en la noche del Sábado al Domingo. Intensifiquemos nuestro fervor, ya que la victoria de Cristo está cerca, y la victoria de Cristo es nuestra victoria.

El Aleluya pascual va a ser el grito de victoria de Cristo sobre la muerte, y de nuestra alma sobre el pecado en la larga lucha a que hemos sometido las pasiones durante el tiempo cuaresmal.

Para dar vida a este momento litúrgico, trasladémonos espiritualmente a la noche de la Resurrección.

Los guardianes del sepulcro están cumpliendo confiados su cometido. Mas he aquí que de repente sienten un temblor de tierra.

Un Ángel del Señor, refulgente como un rayo, desciende del Cielo. A su vista caen como muertos los guardias. El Ángel remueve la piedra del sepulcro, y, como el sol en su esplendor, sale del sepulcro el Señor resucitado.

¡Qué gloria la suya!

¡Aleluya, aleluya, aleluya!

Alabad al Señor porque es bueno; porque es eterna su misericordia. Todas las gentes alabad al Señor; alabadlo todos los pueblos. Porque se ha confirmado su misericordia entre nosotros; y la verdad del Señor permanece eternamente.

Con este acento de regocijo, canta la Iglesia, fuera de sí de júbilo, ante el anuncio de la Resurrección.

Hagamos nuestros estos cantos. Rompamos en transportes de júbilo. Felicitemos al Vencedor de la muerte.

Mas luego, pensemos que así como al suplicio de Jesús siguió la gloria de la Resurrección, así también las calamidades de este suelo serán sustituidas un día por una gloria sin fin.

El Aleluya pascual da hoy término a los días luctuosos de la Cuaresma; porque hemos luchado con Cristo en este tiempo cuadragesimal, nos es dado hoy resucitar con Cristo.

Del mismo modo, esta vida es también una larga Cuaresma; no nos cansemos de llevar en ella la mortificación de Cristo, que al final nos levantaremos con gloria de nuestra postración.

Esas son las disposiciones con que hemos de salir hoy del templo. Ese sentido de victoria tiene el aleluya de resurrección.

&&&

Oh Dios, que haces resplandecer esta noche con la gloria de la Resurrección del Señor; conserva en los nuevos hijos de tu familia el espíritu de adopción que les has dado, a fin de que renovados en cuerpo y alma, Te sirvan con pureza.

P.CERIANI


SABADO SANTO


Sábado Santo



Los hombres se pasan la vida pensando en lo que harán cuando se vayan a morir y en cómo dejar claras sus últimas voluntades… Y para ello, hacen su testamento aún en plena salud, por temor a que los dolores mortales les impidan manifestar sus intenciones. Pero Nuestro Señor sabía que ÉI conservaba su vida y la entregaría cuando quisiera y dejó su testamento para la hora de la muerte.



EI Salvador no quiso dejarnos su testamento hasta la Cruz, un poco antes de morir y allí, antes que nada, lo selló. Su sello no es otro sino ÉI mismo, como había hecho decir a Salomón, hablando por medio de él a un alma devota: “Ponme como un sello sobre tu corazón”.



ÉI aplicó su sello sagrado cuando instituyó el Santísimo y adorabilísimo Sacramento del Altar.

Después hizo su testamento, manifestando sus últimas voluntades sobre la cruz, un poco antes de morir, haciendo a cada hombre coheredero suyo.



Su testamento son las divinas palabras que pronunció sobre la cruz. Me voy a fijar en dos: dice el buen ladrón:”Señor, acuérdate de mi cuando estés en tu Reino”; a lo que Jesús responde: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.



Palabra de gran consuelo, porque lo que ha hecho su Bondad por el buen ladrón, lo hará por todos sus otros hijos de la Cruz, que son los cristianos.



Dichosos hijos de la Cruz, pues tenéis la seguridad de que os vais a arrepentir; tenéis la seguridad de que será vuestro Redentor y de que os va a dar la gloria.



Mirando a su Madre de pie, junto a la Cruz, con el discípulo amado, le dijo: “Mujer, he ahí a tu hijo” y puso en su corazón… ¿qué clase de amor? el amor materno.



Y María acepto por suyos a todos los hijos de la Cruz y se convirtió en Madre nuestra.


Sermón de San Francisco de Sales. Viernes Santo de 1620.


SANTORAL 7 DE ABRIL




7 de abril


SAN EGESIPO, 
Autor Eclesiástico



   El glorioso y antiquísimo historiador de la Iglesia San Egesipo fue hebreo de nación; habiéndose convertido a la fe y recibido el santo Bautismo, se juntó con los demás fieles cristianos de la Iglesia de Jerusalén, de la cual dice el evangelista san Lucas que la muchedumbre de hombres y mujeres que creían en el Señor eran un solo corazón y una sola alma, y que los que tenía haciendas las vendían y repartían el precio a los pobres, conforme a la necesidad de cada uno, y que todos se reunían para alabar a Dios. Estaba san Egesipo lleno del espíritu de Jesucristo, y como había recibido la doctrina celestial del Evangelio de mano de los discípulos de los Apóstoles, viendo que algunos monstruos infernales derramaban el veneno de la herejía pretendiendo inficionar al pueblo de Dios y alterar las tradiciones de la Iglesia, con celo apostólico levantó el grito contra aquellos apostatas y herejes, publicando en una Historia eclesiástica, cuál era la doctrina de la verdad de Cristo que de mano en mano había llegado a todas las iglesias. Para esto fue el santo doctor a Roma donde conferenció con santísimos obispos elegidos Por los Apóstoles y discípulos del Señor, y habiéndose informado muy particularmente de las creencias y prácticas de todas las principales iglesias del Oriente y del Occidente, escribió en el año 133 los cinco libros de su Historia eclesiástica, de la cual nos conserva toda vía algunos lugares el sapientísimo Eusebio. En ella comenzaba san Egesipo por referir la Pasión de nuestro Señor Jesucristo y después los sucesos más señala dos de las primeras cristiandades, sus dog mas, sus costumbres piadosas y sus tradiciones hasta los días en que él vivía; manifestando en esta historia escrita en lenguaje muy sencillo y lleno de verdad, como el estilo de los Apóstoles, que a pesar de haber sembrado los herejes sus pestilenciales errores en el campo del Señor, ninguna de las iglesias había sido inficionada ni había caído en el error, sino que todas conservaban con grande ente reza la doctrina celestial que cien años antes había predicado a los hombres el divino Maestro. Finalmente después de haber pertrechado san Egesipo la casa de Dios con tan excelentes libros, y edificándola con sus santas y apostólicas virtudes, en el año 181 de Jesucristo, pasó de esta vida temporal a la eterna y gloriosa.

REFLEXIÓN 

   Quien considere la perfectísima unidad de la fe, que ha conservado siempre la Iglesia Católica, echará de ver que por ella se distingue de todas las sectas y falsas religiones. Los idólatras no adoran unos mimos ídolos; cada nación y a veces cada pueblo y aun familia adora el suyo. Entre los turcos se contradicen sus Muftis y entre los herejes sus predicantes. Lutero en el solo artículo de la Comunión mudó de parecer treinta y seis veces: y la confesión Augustana que viene a ser como el credo de los protestantes Luteranos, ha variado sus dog mas cuantas veces se ha reimpreso. Pero la fe de la Iglesia católica siempre ha sido la misma: y a pesar de haberla enseñado cuatro Evangelistas, trece Apóstoles, setenta y dos discípulos, veintiún concilios ecuménicos y doscientos sesenta Pontífices hasta nuestro actual Papa León XIII(1), jamás ha variado ni ofrecido una sola discordancia en sus dogmas. ¿Cómo se explica esta maravillosísima unidad de fe? Sencillamente: porque las doctrinas de los hombres falibles se contradicen y mudan: mas la verdad de Dios permanece para siempre.

ORACIÓN

   Atiende, Señor, a las súplicas que te hacemos en la solemnidad de tu bienaventurado confesor Egesipo, para que los que no confiamos en nuestra virtud, seamos ayudados por las oraciones de aquel que fue de tu agrado.   Por J. C. N. S.

viernes, 6 de abril de 2012

VIERNES SANTO



VIERNES SANTO



La Iglesia llora hoy al Salvador. Los ornamentos son negros. La Liturgia, impresionante, tétrica.

Podemos dividirla en cuatro partes. En la primera escuchamos el relato de la Pasión; en la segunda suplicamos desciendan los frutos del Sacrificio sobre la humanidad; en la tercera se nos da a contemplar el dulce leño de la Cruz, para adorar al Salvador Crucificado; en la cuarta se consume la Hostia inmolada ayer.

En su conjunto ofrece, pues, la Liturgia algo así como tres cuadros que resumen la historia del Calvario: la crucifixión, el levantamiento del Madero de la salud y el descendimiento y sepultura de la adorable Víctima.

No separemos hoy nuestra mente de estos tres cuadros.

&&&

I) La Crucifixión.

Los deseos de la muchedumbre blasfema van a cumplirse; el mansísimo Cordero ha llegado al patíbulo. Mándanle acostarse sobre el duro lecho. Jesús, en un acto de oblación, cuya intensidad no podemos medir los mortales, obedece y entrega su Cuerpo a los esbirros. Alarga sus pies; presenta sus manos a la indicación del verdugo. Como no llegan brazos ni piernas a las hendiduras abiertas para los clavos, el pacientísimo Jesús tiene que sufrir la dislocación más cruel de sus miembros…

Mas un dolor más agudo todavía viene a despertar de nuevo su sensibilidad. Levántase el martillo en el aire, y al descargar sobre el primer clavo, el duro hierro penetrando en sus carnes, corta tendones, venas, arterias, que hallan salida por aquella mano augusta, como alumbrando un manantial de Sangre purísima.

Y así se les van abriendo cuatro llagas de manos y pies. Y su Madre Inmaculada estaba cerquita de la Cruz, presenciando tun duro suplicio…

Alma que has acompañado a Jesús hasta el Gólgota, no te detengas ni vuelvas atrás. Ofrécete a tu Redentor en momentos tan angustiosos; mira que necesita no sólo almas que le consuelen, le alivien y le ayuden, sino también almas que, juntando sus pequeños sacrificios al Sacrificio de la Cruz, a modo de diminutas partículas que van a incorporarse a la Hostia infinita del Calvario, se entreguen al Padre cual víctimas expiatorias.

Hasta aquí has representado en la Pasión actual de Jesús el papel de las piadosas mujeres, del Cirineo, de la Verónica; ahora resta algo mejor, imitar a María que, de pie junto a la Cruz, ofrece su dolor al Padre en unión con la Sangre Preciosísima de Aquél que es su propio Hijo.

Sé, pues, generosa, y proporciona a Jesús este último consuelo. No le dejes solo en la Cruz. Ofrécete a ser crucificada con Él. Preséntale tus manos, a fin de que ya no se empleen más que en cosas santas; tus pies, para que no caminen por la senda de la iniquidad; en fin, tu cuerpo entero, de modo que realices así el ideal que te expresó San Pablo con aquellas palabras: Vivo yo, mas no yo, es Cristo quien vive en mí..

&&&

II) Jesús, levantado en la Cruz, expira.

Jesús, pendiendo entre el Cielo y la tierra, reconcilia al Padre con la humanidad pecadora, rasgando el decreto que nos condenaba a muerte.

Contémplale. Sus ojos buscan un alma que atienda a las quejas de su amor. Escucha sus gemidos: Pueblo mío, ¿qué te he hecho?, o ¿en qué té he contristado?… ¡Respóndeme!…

Porque te saqué de la tierra de Egipto, preparaste una cruz a tu Salvador. ¿Qué más debí hacer por ti, que no hiciese?…

Yo te di cetro real, y tú con una caña heriste mi cabeza y pusiste en ella una corona de espinas…

Yo te exalté con gran poder, y tú me levantaste en el patíbulo de la cruz…

Pueblo mío, ¿qué te he hecho o en qué te he contristado? ¡Respóndeme!…

Alma devota, si puedes escuchar sin inmutarte quejas tan amargas, de piedra eres y no de carne.

Ruméalas y promete a Jesús serle fiel de hoy en adelante.

Mas luego, sigue con la vista puesta en Jesús. Son sus últimos momentos, y no conviene perder ningún gesto, ninguna palabra.

Los enemigos de Cristo han triunfado y le echan en cara su abatimiento. El Señor, en cambio, no tiene para ellos más que sentimientos de perdón: Padre, perdónales, porque no saben lo que se hacen…

Hasta uno de los ladrones le increpa. El otro sale en defensa de Jesús. El Redentor recompensa tan noble gesto: Hoy estarás conmigo en el paraíso.

En medio de aquella tempestad de odios e imprecaciones, Jesús fija los ojos en su Madre, que al pie de la Cruz ofrecía su dolor al Padre. Mujer, le dice mirando a Juan, ahí tienes a tu hijo; y luego dice al discípulo: Ahí tienes a tu Madre.

Testamento divino, que nos regaló a una Madre celestial…

Sigue la tempestad de injurias. Los elementos insensibles se ven como constreñidos a protestar contra el atrevimiento loco de los malvados judíos; el sol se oscurece, densas tinieblas invaden el mundo; la tierra tiembla; se quiebran las rocas; se abren las tumbas, y rugen las fuerzas celestes.

Las turbas huyen asustadas, heladas de espanto. Y mientras tanto, arreciaba más y más la tormenta de dolor en el Corazón de Cristo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?, exclama.

Y para que quedara realizado un oráculo sagrado, abre de nuevo sus secos labios con aquella doliente queja: Tengo sed. Un soldado le presenta una esponja empapada en vinagre, y el Salvador añade: Todo está consumado.

Fue entonces cuando, dando un fuerte grito, exclamó: ¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!; e inclinando la cabeza, expiró.

Eran las tres de la tarde.

Alma cristiana, no te apartes de la Cruz. Báñate en la Sangre que mana del Cuerpo Sagrado…

Que no se pierda para ti Redención tan copiosa…

&&&

Para ayudarnos a recoger tantos frutos, la Santa Liturgia introdujo la Ceremonia de la Adoración de la Cruz.

Una vez terminadas las Oraciones Universales; después de haber rogado a Dios por la conversión de los Paganos, la Iglesia visita con su caridad a todos los habitantes de la tierra y les aplica toda la efusión de la Sangre divina.

Ahora se vuelve hacia sus hijos, y emocionada por la humillación de su celestial Esposo, Ella los invita a disminuirla, aplicando a esta Cruz sus adoraciones.

Para Israel, la Cruz es un objeto de escándalo; para el gentil, un monumento a la locura; nosotros, los cristianos, la veneramos como el trofeo de la victoria del Hijo de Dios y el instrumento de la salvación de los hombres.

Por lo tanto, ha llegado el instante donde debe recibir nuestra adoración, por el honor que se ha dignado atribuirle el Hijo de Dios al regarla con su Sangre y al asociarla a la obra de nuestra redención.

Ningún día, ninguna hora en el año, está más indicado para presentarle nuestros deberes humildes de adoración.

En el altar, el celebrante se despoja de la Casulla, que es la prenda sacerdotal, para aparecer con mayor humildad.

Desprende la parte del velo que cubre la parte superior de la Cruz y la descubre hasta el transepto. La eleva un poco y canta en un tono bajo estas palabras: Ecce lignum Crucis; in quo salus mundi pependit.

Entonces toda la asistencia cae de rodillas, y adora mientras canta: Venite adoremus.

Esta primera exposición, en voz baja y como aparte, representa la primera predicación de la Cruz, que los Apóstoles hicieron entre ellos, no habiendo recibido aún el Espíritu Santo, y no pudiendo hablar del misterio de la redención sino con los discípulos de Jesús, por temor de excitar la atención de los judíos.

Es por eso que el sacerdote eleva mediocremente la Cruz.

Este primer homenaje que recibe es ofrecido en reparación de los ultrajes que el Salvador recibió en la casa de Caifás.

El sacerdote sube sobre el primer escalón del altar y desvela el brazo derecho de la Cruz; y muestra el signo de la salvación, elevándolo un poco más que la primera vez, y canta con más fuerza: Ecce lignum Crucis; in quo salus mundi pependit.

Entonces toda la asistencia cae de rodillas, y adora mientras canta: Venite adoremus.

Esta segunda ostentación, que se desarrolla con más brillo que la primera, es la predicación del misterio de la Cruz a los judíos, cuando los Apóstoles, después de la venida del Espíritu Santo, sentaron las bases de la Iglesia frente a la Sinagoga y condujeron las primicias de Israel a los pies del Redentor.

Esta segunda revelación de la Cruz es ofrecida por la Santa Iglesia, en reparación de las humillaciones del Salvador recibidas en la corte de Pilato.

Finalmente, el sacerdote sube al tercer escalón y en el centro del altar descubre el brazo izquierdo de la Cruz; luego la eleva aún más y termina de quitar el velo. Enseguida canta con triunfo y con un tono más brillante: Ecce lignum Crucis; in quo salus mundi pependit.

Entonces toda la asistencia cae de rodillas, y adora mientras canta: Venite adoremus.

Esta última revelación tan solemne simboliza la predicación del misterio de la Cruz en el mundo entero, cuando los Apóstoles, rechazados por la nación judía, convierten a los Gentiles y anuncian al Dios crucificado hasta más allá de los límites del Imperio Romano.

Este tercer homenaje se ofrece a la Cruz en reparación de los ultrajes que recibió el Salvador en el Calvario.

De ahora en más, la Cruz, que acaba de ser adorada solemnemente, no será velada; esperará sin velo sobre el Altar la hora de la Resurrección gloriosa del Mesías.

Pero la Iglesia no se limita a exponer la Cruz, sino que invita a sus hijos a venir a imprimir sus labios sobre este leño sagrado.

El celebrante les debe preceder y vendrán todos después de él. No contento con haberse despojado la Casulla, deja también su calzado; y después de hacer tres genuflexiones se acerca a la Cruz para adorarla con un beso.

Los cantos que acompañan la adoración de la Cruz son de gran belleza. En primer lugar están los Improperios o reproches que el Mesías hace a los judíos.

Los tres primeros versos de este himno quejumbroso son entrecortados por el canto del Trisagio, o rezo al Dios tres veces Santo, para glorificar su inmortalidad en este momento donde Él se digna como un hombre sufrir la muerte por nosotros.

El resto de este hermoso canto tiene un profundo sentido dramático. Cristo recuerda todos los ultrajes de que ha sido objeto por parte de los judíos y compara los beneficios ha derramado sobre esta nación ingrata.

&&&

III) Descendimiento y sepultura.

La agitación en torno a la Cruz de Cristo ha cesado. Todo es calma y silencio en el Calvario.

Tú, alma piadosa, permanecerás junto a la Madre Dolorosa en aquella tétrica colina, para ser testigo de lo que allí sucede.

Llega al Gólgota un grupo de soldados. Quiebran las piernas de los ladrones. Al tocar su turno a Jesús, un soldado le abre el costado con una lanza. Y salió de él sangre y agua.

Luego se ven subir dos amigos del Maestro, José de Arimatea y Nicodemo. Traen licencia para sepultar el Cuerpo del Redentor. Se da comienzo al descendimiento; y momentos después destácase sobre el sereno firmamento una augusta figura femenina, que sostiene en sus brazos, cual preciosa patena, el precio del rescate de la humanidad.

Es la Madre del Redentor, la Corredentora de la humanidad que eleva al Cielo el Sagrado tesoro que dio al mundo, a fin de apaciguar en esta hora suprema a la Justicia eterna de Dios.

Asistimos, por fin, a un fúnebre cortejo. El Cuerpo de Jesús es llevado a la sepultura. Después de ungirlo, según costumbre de los judíos, se deposita en el sepulcro de José. La losa que cierra su entrada cubre también con su sombra de soledad las últimas horas del Viernes Santo.

¡Redentor divino!, lava con tu Sangre mi alma, y no permitas que se pierda en mí el fruto de Redención tan copiosa…

Te rogamos, Señor, te dignes mirar a esta tu familia; por la cual Nuestro Señor Jesucristo no dudó en entregarse en manos de los malvados y sufrir el tormento de la Cruz.

P. CERIANI

VIERNES SANTO


Viernes Santo



Jesús Nazareno, Rey de los judíos”. Jn. 19, 19



Para hablar de la Pasión, mediante la cual fuimos rescatados todos, tomaré como tema las palabras del título que Pilatos hizo escribir sobre la Cruz: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”.



Jesús quiere decir Salvador, así que ha muerto porque es salvador y para salvar hacía falta morir.



Rey de los judíos, o sea que es Salvador y Rey al mismo tiempo. Judío significa “confesar”; por tanto es Rey pero de solo aquellos que le confiesen, y ha muerto para rescatar a los confesores; si, realmente ha muerto y con muerte de cruz.



Ahí tenemos pues, las causas de la muerte de Jesucristo: la primera, que era Salvador, santo y Rey; la segunda, que deseaba rescatar a aquellos que le confiesen.



Pero, ¿no podía Dios dar al mundo otro remedio sino la muerte de su Hijo? Ciertamente podía hacerlo; ¿es que su omnipotencia no podía perdonar a la naturaleza humana con un poder absoluto y por pura misericordia, sin hacer intervenir a la justicia y sin que interviniese criatura alguna?



Sin duda que podía. Y nadie se atrevería a hablar ni censurarle. Nadie, porque es el Maestro y Dueño soberano y puede hacer todo lo que le place.



Ciertamente pudo rescatarnos por otros medios, pero no quiso, porque lo que era suficiente para nuestra salvación no era suficiente para satisfacer su Amor.



Y que consecuencia podríamos sacar sino que, ya que ha muerto por nuestro Amor, deberíamos morir también por ÉI, y si no podemos morir de amor, al menos que no vivamos sino sólo para ÉI.



Sermón de San Francisco de Sales. Viernes Santo, 25 de marzo de 1622. X, 360.



SANTORAL 6 DE ABRIL




6 de abril


SAN GUILLERMO,
Abad



Examinad todo, y ateneos a lo bueno.
(1 Tesalonicenses, 5, 21).

   San Guillermo nació en París y fue educado en el monasterio de San Germán del Prado. La regularidad de su conducta y la inocencia de sus costumbres lo constituyeron en ejemplo vivo para toda la comunidad. Entró en la orden de los Canónigos Regulares y mereció que lo eligieran subprior. El obispo de Roskilda, en Dinamarca, sabedor de sus virtudes, lo llamó a su diócesis y le encargó la dirección de los Canónigos Regulares de Eskilso, a quienes gobernó durante treinta años en calidad de abad. Lleno de virtudes y de méritos murió el 6 de abril de 1203.

  MEDITACIÓN
SOBRE NUESTRA VOCACIÓN

   I. Debes elegir un género de vida. A fin de que no te arrepientas de la elección que hagas, ruega insistentemente a Dios que te haga conocer su santa voluntad, y mantente presto a ejecutar sus órdenes desde que te sean conocidas. Consulta en seguida a tu director espiritual, quien, con relación a ti, hace las veces del mismo Dios, y dile lo que te haya inspirado el Señor. La acertada elección del camino para seguir, depende de Dios; Él te ayudará, si de- muestras entera sumisión a su voluntad.

   II. Examina después las razones que puedan inclinarte a talo cual género de vida, y las que puedan apartarte de él. Deducirás estas razones del fin para el cual estás en este mundo. No estás aquí sino para salvarte; que tu salvación sea, pues, la regla de tu elección: mira en qué estado puedes trabajar en esto más fácilmente. Haz lo que aconseja rías a un amigo que se encontrase en tu situación, y considera aquello que, en la hora de tu muerte, querrías haber hecho.

   III. Cuando hayas conocido la voluntad de Dios, ejecútala prontamente; porque es burlarse de Dios consultarlo y, después, despreciar sus inspiraciones. No temas las dificultades, Dios te dará las gracias necesarias para superarlas. Contigo trabajará, pues trabajas con Él. Que tu salvación sea la regla única de tu conducta. ¿De qué le sirve al hombre amontonar todo lo que está fuera de él, y perderse él mismo? (San Gregorío).

El examen de conciencia 
Orad por las congregaciones religiosas.

ORACIÓN

   Señor, haced, os lo suplicamos, que la intercesión del bienaventurado Guillermo, abad, nos haga agradables a vuestra Majestad, a fin de que obtengamos por sus oraciones lo que no podemos esperar de nuestros méritos. Por J. C. N. S.