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sábado, 3 de marzo de 2012

SERMÓN PARA LA DOMÍNICA SEGUNDA DE CUARESMA



DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA

Visto en:  Radio Cristiandad


Tomó Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la nieve. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él.
Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle.
Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: Levantaos, no tengáis miedo.
Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo.
Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos.

Con el fin de invitarnos a seguir su ejemplo, la Santa Liturgia nos presentó el Domingo pasado a Jesús luchando con las armas del ayuno. Hoy nos señala ya la corona que seguirá a la victoria: la transfiguración, la glorificación.

La Transfiguración del Señor sobre el Tabor es el preludio de su glorificación después de resucitado.

Como por un resquicio, miramos ya hoy de antemano la gloria que llena el santuario de la divinidad, que es la sagrada Humanidad de Cristo.

Fortalezcamos nuestro espíritu con la contemplación de estos resplandores.

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La Liturgia nos revela una hora de Tabor en medio de la peregrinación cuaresmal y del destierro.

Un poco más de dos años llevaban ya de aprendizaje los discípulos en la escuela de Jesús. Con su Maestro habían comido su pan y partido sus penas. Unidos con lazos íntimos, sentían como propias las injurias y calumnias que los escribas y fariseos levantaban contra Él, y asimismo se regocijaban en espíritu cuando veían a su Preceptor admirado y bendecido por las turbas.

Aunque engañados e ilusionados por sus falsos prejuicios acerca del Mesías prometido, no es menos verdad que, unidos por amor y con incondicional fe, cerraban los ojos a todo lo que contradecía a sus vanas esperanzas y se sujetaban gustosos a toda clase de privaciones, siempre en expectación del día en que fundara el Señor su Reino.

No hacía más que una semana que Jesús prometiera que algunos de sus discípulos no morirían sin ver antes un bosquejo de la gloria del Reino de Dios.

La visión del Tabor hizo realidad su promesa. Aquella hora desbordante fue un paréntesis de gloria en medio de las penalidades del escabroso camino que recorrían con su Maestro.

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Esto es también lo que pretende hacer hoy la Iglesia con sus fieles.

Hemos emprendido con fervor la dura senda de la penitencia en compañía de Jesús, y la Madre Iglesia quiere dejar caer en nuestras almas unas gotas de consuelo, llevándonos ante el Señor transfigurado.

Con esta visión quiere animarnos a la lucha.

Acerquémonos, pues, con fervor, de modo tal que, cuando vislumbremos, tras la candidez nívea de la blanca Hostia, la gloria del Señor, podamos exclamar con San Pedro: Señor, bueno es estarnos aquí.

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Consideremos lo que nos enseña el Padre Calmel sobre este misterio:

Por derecho, el estado de transfiguración convenía a este Cuerpo, instrumento perfectamente adaptado al Verbo de Dios y a su Alma llena de Gracia y de Verdad.

Sin embargo el Verbo de Dios no asumió un Cuerpo humano para que estuviese transfigurado habitualmente durante su vida mortal, sino al contrario para que fuese capaz de sufrir y de morir para nuestra salvación.

Por esta razón hasta la mañana de la gloriosa resurrección de entre los muertos, excepto el día de la Transfiguración, este Cuerpo no conoció la gloria que le correspondía.

Si el Señor hubiese conocido esta gloria, no solamente no habría podido redimirnos de la manera que convenía, es decir, por el sufrimiento; sino que incluso los Apóstoles, los fieles que lo habrían seguido no lo habrían seguido en verdad.

Seguir un Cristo en estado habitual de transfiguración, eso no habría sido seguir a Cristo en sí mismo, sino más bien encantarse de su magnificencia.

Nosotros, por nuestra parte, podemos hacer reflexiones similares respecto del Cuerpo Místico de Nuestro Señor…

En efecto, si la Santa Iglesia hubiera conocido la gloria, no solamente Ella no habría podido redimirnos de la manera que convenía, es decir, por el sufrimiento; pero incluso los fieles que la hubieran seguido no la habrían seguido en verdad. Seguir una Iglesia en estado habitual de transfiguración, eso no es seguir a la Iglesia en sí misma, sino más bien encantarse de su magnificencia…

Si queremos tener parte en la gloria de la Iglesia en el momento de su triunfo, en primer lugar debemos acompañar a la Iglesia hoy en su Pasión…

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En realidad, la Transfiguración es el término final de los ejercicios cuaresmales y de nuestra peregrinación por la tierra. Es la culminación; y a ella debemos encaminarnos.

Por ahora, en efecto, la gloria de la Transfiguración viene rodeada de un marco de seriedad: es el pensamiento de la cercana Pasión.

Jesús, dice San Lucas, habla con Moisés y Elías acerca de su salida de este mundo, de su Pasión; y al bajar del monte, añade San Marcos, manda el Maestro a los tres Apóstoles que no digan a nadie nada de lo que han visto, sino cuando el Hijo del hombre hubiese resucitado de entre los muertos.

La intención de Jesús, al mostrar a sus discípulos una pequeña partecilla de su gloria, aparece por tanto bien clara: quiere fortalecer en la fe a los tres discípulos que habían de ser testigos de su agonía en el Huerto de los Olivos; quiere confirmar su esperanza, dándoles a entender cuál ha de ser el fin de la carrera de oprobio que ha de trasponer cargado con la cruz de nuestros pecados.

Este momento de gloria no duró mucho tiempo para el Hijo del hombre; su misión de sufrimiento y la humillación lo llamaban desde Jerusalén. Por lo tanto, retiró su brillo sobrenatural y, cuando regresó a los Apóstoles, no vieron más que a su Maestro, con la misma figura de siempre.

¿Recordarán, al menos, lo que vieron y oyeron? La divinidad de Jesús, ¿sigue impresa en su memoria? Cuando llegue la hora de la prueba, ¿no desesperarán de su misión divina y se escandalizarán de su humillación voluntaria?

Poco después de haber celebrado con ellos la Última Cena, Jesús condujo a los mismos tres discípulos a otro Monte, el de los Olivos. Allí les descubrió sus íntimos sentimientos: Mi alma está triste hasta la muerte…

En medio de esta terrible crisis, ¿velaban los tres Apóstoles, esperando el momento en que tendrían que entregarse con y por Él? No. Se durmieron y luego huyeron…

Más tarde, los tres Apóstoles testigos de la resurrección de su Maestro, repudiando por un arrepentimiento sincero su conducta vergonzosa y culpable, reconocieron la previsión bondadosa con la que el Salvador había querido evitar la tentación, transfigurándose en su gloria antes de los días de su Pasión.

Igual pretensión tiene asimismo la Liturgia: quiere darnos un estímulo de energía divina, que nos reanime para continuar con bríos la lucha emprendida, y así llegar al término de la misma: a la alegría de la Resurrección, que será a su vez símbolo de nuestra futura resurrección.

No esperemos a verlo abandonado y traicionado por nosotros, para reconocer luego su grandeza y divinidad.

Llegamos al aniversario de su Sacrificio; también le veremos humillado por sus enemigos y aplastado debajo de la mano de Dios.

Que nuestra fe no desfallezca ante este espectáculo…; cuando todo se haya cumplido a la letra, recordemos los esplendores del Tabor, los tributos de Moisés y Elías, la nube luminosa, la voz del Padre inmortal…

Cuanto más se desplome Jesús ante nuestros ojos, tanto más tenemos que elevar nuestros clamores, diciendo junto a la milicia de los Ángeles y con los veinticuatro Ancianos que San Juan, uno de los testigos del Tabor, oyó en el cielo: Digno es el Cordero que fue inmolado de recibir el poder y la divinidad, la sabiduría y la fortaleza, a Él el honor, y la gloria, y la alabanza…

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¡Cuántas almas en la vida sobrenatural comparten la ilusión de San Pedro! Aspiran a las consolaciones divinas sin querer pasar por las pruebas y las tribulaciones… No piensan que los sufrimientos conducen al consuelo y al alivio y sobre todo que es necesario buscar Dios en primer lugar, antes de buscar sus consolaciones.

Sobre el Tabor, fue la segunda vez que el Padre Eterno declaró a Jesús su Hijo muy amado y el objeto de sus complacencias; la primera había sido en el Jordán, el día del Bautismo de Nuestro Señor.

El Padre quería por allí consolidar nuestra fe en Jesucristo y excitarnos a amarlo aún más y a obedecerlo en todo: escuchadlo, porque es la verdad; buscadlo, porque es la vida; seguidlo, porque es el camino.

Pedro, escucha a mi Hijo… Antes de permanecer para siempre en la cumbre del Tabor, debes regresar al valle, y subir a continuación, con mi Hijo, al Monte de los Olivos, y luego al Monte Calvario…

¡Oh Pedro!, tus palabras son la marca indudable de tu amor, pero ¡qué prueba dan ellas de la confusión que reina en tu espíritu!

Deslumbrado por una imagen de la gloria celestial, quieres permanecer allí para gozar eternamente…

¿No sabes, pues, que es necesario que Cristo sufra y muera, para entrar definitivamente en su gloria?

¿No sabes que debes también trabajar y sufrir con Él, y morir por Él, con el fin de tener parte en esta gloria?

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De la misma forma, debemos aplicarnos a nosotros mismos estas palabras con respecto a la Pasión de la Iglesia y a nuestras tribulaciones.

¿Por qué, entones, la Transfiguración?… podemos preguntar… El Padre Calmel responde:

Por la misma razón que la Resurrección, de la cual es el anuncio y la figura.

Para darnos confianza en medio de una vida de angustias y oscuridad; para consolidar nuestra esperanza al medio de una vida de incertidumbre y tinieblas.

El Señor nos dio bastante luz para que no dudáramos en seguirlo, incluso en medio de la noche.

Como el apóstol San Pedro, preferiríamos, nuestra naturaleza preferiría, que la noche no vuelva, que la transfiguración se prolongue sin fin.

La naturaleza, abandonada a sí misma, no entiende las cosas de Dios.

Pero es bueno para nosotros que se esfume el resplandor de este sol; es mejor avanzar en la noche.

Aquí bajo es mejor para la fidelidad.

Si no dejamos de ir a su encuentro, aunque sea de noche, esta perseverancia dolorosa es la prueba de que buscamos de verdad al Señor.

Es porque nos ama, porque desea que lo encontremos a Él y nada más en su lugar, que quiere que lo busquemos en la noche… Aunque sea de noche…

En cuanto a esos cristianos, a quienes las comodidades, la paz, las adulaciones, la seguridad del día siguiente…; en cuanto a aquellos otros, a quienes el éxito de la vida impediría prestar atención al Rostro del Salvador, les pido detenerse un momento y reflexionar en presencia del misterio de gloria y el misterio de ignominia del Señor Jesús…

Les pido aceptar observar atentamente a Aquel en el cual siguen creyendo…

Si Él no quiso tomar el camino del éxito, de las comodidades, de la paz, de la seguridad del día siguiente y de la consideración del mundo, es que este camino no era el mejor.

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Si entendemos esto, entonces el Señor se revelará tal como es: Señor de la gloria y Hostia de la Cruz.

Entonces comenzará a estar presente en nuestra vida, para modificarla profundamente.

Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle…

P.CERIANI

SANTORAL 3 DE MARZO




SANTA CUNEGUNDA,
Emperatriz de Alemania, Viuda



Queridísimos, os conjuro a que os abstengáis
de los deseos de la carne, que combaten
contra el alma.
(1 Pedro, 2,11).


    Santa Cunegunda dio un espectáculo verdaderamente digno de los ángeles observando, en medio de las delicias de la corte, castidad perpetua con San Enrique su esposo. La calumnia se empeñó en hacer que su virtud se hiciese sospechosa ante los ojos de este príncipe; mas, Cunegunda, llena de confianza en Dios, probó su inocencia caminando descalza, sin quemarse, sobre rejas de arado calentadas al rojo. Después de la muerte de San Enrique, esta purísima paloma, se retiró a un monasterio como buscando asilo para su virginidad. Murió en el año 1039.

MEDITACIÓN SOBRE
LA CASTIDAD

   I. Es muy difícil vivir castamente en medio de las delicias del mundo; no te creas que conservarás sin esfuerzo ese precioso tesoro de tu pureza. Serás atacado día y noche, en todo tiempo, en todo lugar, a toda edad de tu vida; mas, esta virtud, que te hace semejante a los ángeles, bien merece que se realicen los mayores esfuerzos para conservarla. Reguemos este hermoso lirio de nuestros desvelos, con nuestras lágrimas y nuestra sangre, si fuese necesario, antes que dejarlo marchitar.

   II. Lo que es difícil para la fragilidad humana, se hace fácil con el auxilio del Cielo. Es verdad que nadie podría ser casto, si Dios no le diera esa gracia; pero Dios no deja de hacer esta merced a quienes se la piden y trabajan seriamente en su adquisición. Desconfía de ti mismo, humíllate, implora el auxilio del Cielo, y Dios te dará las gracias necesarias para someter la carne al espíritu. Evita sobre todo las faltas menores: todo es peligroso; el tesoro que llevas se encierra en vaso de arcilla: una nonada te lo puede hacer perder.

   III. Huye prontamente de las ocasiones en las que peligra la santa virtud. Apenas San Enrique hubo dado su último suspiro, dejó Cunegunda la corte para refugiarse en un monasterio. Huye si quieres vencer; no te confíes en las victorias pasadas: basta una mirada para perderte; no eres más sabio que Salomón, ni más santo que David, que fueron vencidos por el demonio de la impureza. En fin, si el fuego de las pasiones arde en tus huesos, date prisa a apagarlo con el recuerdo del fuego eterno. (San Pedro Damián).

La castidad
Orad por las vírgenes.

ORACIÓN


viernes, 2 de marzo de 2012

SANTORAL 2 DE MARZO




LOS MÁRTIRES 
DE LOS LOMBARDOS

   San Gregorio Magno nos ha conservado, en uno de sus Diálogos, el recuerdo de los mártires de los lombardos, contemporáneos suyos. Hacia mediados del siglo VI, los lombardos de Escandinavia y Pomerania, que habían invadido ya Austria y Baviera, bajaron hasta Italia, asolando las ciudades por donde pasaban. No contentos con la destrucción material, intentaron en muchos casos pervertir a la población con sus ritos paganos. En un sitio trataron de hacer que cuarenta labradores comieran la carne ofrecida a los ídolos; como éstos se negasen firmemente, los invasores les pasaron por la espada. Igualmente intentaron forzar a otros prisioneros a adorar a su deidad favorita, una cabeza de cabra ante la que aquellos paganos doblaban las rodillas y a la que llevaban en procesión, cantando himnos obscenos en su honor. Casi todos los cristianos. que eran unos cuatrocientos, prefirieron morir a renegar de Dios.

   Ver San Gregorio, Diálogos, libro III, cc. 26-27.

jueves, 1 de marzo de 2012

SANTORAL 1 DE MARZO



1 de marzo


SAN ALBINO,  
Obispo y Confesor

No tenéis que pensar que Yo haya venido
a traer la paz a la tierra; no he venido
a traer la paz, sino la guerra.
(Mateo, 10, 34).


    San Albino fue un generoso soldado de Jesucristo. Luchó contra el mundo, y para vencerlo abrazó la vida religiosa. Nombrado, posteriormente, obispo de Angers por inspiración del Cielo, usó de toda su influencia para combatir el vicio dondequiera lo encontraba. Tan venerado era en la corte del rey Chil deberto que, cuando a ella iba, el rey mismo salía . a su encuentro. Murió hacia el año 554.

MEDITACIÓN
LA VIDA ES UNA GUERRA

   I. Hemos de luchar en esta vida contra las potencias invisibles del infierno. Estemos alertas en todo tiempo y en todo lugar; pues los demonios vigilan siempre para atacarnos con ventaja, vigilemos también nosotros para defendernos victoriosamente. Sus armas son invisibles, nos atacan mediante malos pensamientos; defendámonos con las armas espirituales de la fe y de la confianza en Dios, e invoquemos a menudo el Santo Nombre de Jesús. El enemigo vigila sin cesar para perdernos, y nosotros no queremos salir de nuestro sueño para defendernos. (San Agustín).

   II. Hay también otros enemigos, visibles, que son más peligrosos que los demonios. Guárdate de ellos, para ti los hombres son crueles enemigos; atacan tu virtud con sus malos ejemplos y sus perniciosos consejos, con sus burlas amargas, con el atractivo de las voluptuosidades que exponen ante tu vista. Tus parientes, tus amigos, serán a menudo los enemigos que más trabajo te darán, y que opondrán más obstáculos a tu santificación; ármate de valor y rompe sus lazos.

   III. Tú mismo eres el más cruel de tus enemigos: tienes un cuerpo que está en inteligencia con el demonio para perder tu alma. Es preciso abatir este enemigo mediante las austeridades, las mortificaciones. Rehúsa a tus sentidos los placeres ilícitos que te pidan; tampoco les concedas todos los permitidos; así es como sujetarás tu carne a la razón, y tu razón a Dios. ¿Obras así? ¿Concedes a tu cuerpo todo lo que desea? Si estás en paz con tu cuerpo, haces guerra a Dios. La carne lucha sin cesar contra el espíritu; no cesemos pues de luchar contra la carne. (San Agustín).

La fortaleza 
Orad por la extirpación de las herejías

ORACIÓN

      Haced, Os suplicamos, Dios todopoderoso, que esta piadosa solemnidad de vuestro bienaventurado servidor Albino, confesor y pontífice, aumente en nosotros el espíritu de devoción y el deseo de la salvación Por J. C. N. S. Amén.


miércoles, 29 de febrero de 2012

SANTORAL 29 DE FEBRERO


San Augusto Chapdelaine. , Francia - Xilinxian, China ( †1856 )


Mártir, Religioso, Sacerdote

En la ciudad de Xilinxian, en la provincia china de Guangxi, san Agusto Chapdelaine, presbítero de la Sociedad de Misiones Extranjeras de París y mártir, que, detenido por los soldados junto con muchos neófitos de esta región a los que había convertido, recibió trescientos azotes, fue encerrado en una reducido agujero y finalmente degollado.



San Dositeo. , - Gaza, Israel 
Monje, Militar


San Gregorio de Narek. , Armenia - Narek, Armenia (nació 944 †1005 )
Monje

En el monasterio de Nerek, en Armenia, san Gregorio, monje, doctor de los armenios, ilustre por su doctrina, sus escritos y su sabiduría mística.



San Román. , - Jura, Francia ( †463 )
Abad, Ermitaño


En el monte Jura, en la región lugdunense de la Galia, sepultura del abad san Román, que, siguiendo los ejemplos de los antiguos monjes, primero abrazó la vida eremética y después fue padre de numerosos monjes.

martes, 28 de febrero de 2012

SANTORAL 28 DE FEBRERO


  • Santos Román y Lupicino, Abades
  • San Hilario, Papa
  • Mártires de la Peste de Alejandría
  • San Proterio, Patriarca de Alejandría, Mártir
  • Beata Vilana de Florencia, Matrona
  • Beata Eduviges de Polonia, Matrona
  • Beata Antonia de Florencia, Viuda
  • Beata Luisa Albertoni, Viuda


28 de febrero



SAN ROMÁN Y
 SAN LUPICINO, Abades





Haced penitencia, porque está cerca el reino de los cielos , (San Mateo, 3,2).
San Román se había retirado, con su hermano Lupicino, al monte Jura, para hacer penitencia. Fue allí tan cruelmente tentado y atormentado por el demonio, que abandonó el yermo para volver al mundo; mientras lo hacía dio en el camino con una dama venerable que lo exhortó a la perseverancia. Volvió sobre sus pasos, y permaneció en esa soledad durante el resto de su vida, atrayendo a ella a muchos santos varones. Murió hacia el año 460. Sobrevivióle su hermano unos 20 años.

MEDITACIÓN
SOBRE LA PENITENCIA

I. Haz penitencia; ¿acaso no eres un pecador? y ¿qué más necesario para un pecador que la penitencia? ¿Por qué diferirla de hoy a mañana? El reino de los cielos está cerca; acaso mueras pronto, y si no pagaste tus deudas, ¿qué harás? ¿Qué mortificaciones hiciste? Te quieres convencer de que se ha de dejar la penitencia para los que se metieron en un convento; y yo te digo que las personas de mundo la necesitan más que los religiosos, porque más caen en pecado.

II. Pero, ¿cómo hacer Penitencia? Has abandonado a Dios para amar a las creaturas; desásete de las creaturas para amar sólo a Dios. Castiga tu cuerpo con austeridades, pues ofendió a Dios con el pecado. No te engañes en esto, la penitencia debe afligirte; debe arrancarte, si es posible, suspiros del corazón y lágrimas de tus ojos, por no decir sangre, de tus venas.

III. Persevera en este áspero ejercicio hasta el fin de tu vida. Estuvo San Román a punto de perder el fruto de sus trabajos por no haber tenido coraje para atacar desde un principio, y vencer, las dificultades que encontraba en la penitencia. ¡Cuán agradables te resultarán esos esfuerzos y sufrimientos si de tiempo en tiempo consideras las espantosas austeridades de tantos insignes ermitaños, si piensas en lo que Jesucristo sufrió por ti! Busquemos hasta el fin de nuestra vida aquello que nos procurará felicidad sin fin. (San Euquerio).

La esperanza 
Orad por los peregrinos.

ORACIÓN

Haced, Señor, que la intercesión de los santos Román y Lupicino, abades, nos haga agradables a Vuestra Majestad, y que obtengamos por sus oraciones las gracias que no podemos esperar de nuestros méritos. Por J. C. N. S. Amén.

lunes, 27 de febrero de 2012

SANTORAL 27 DE FEBRERO


27 de febrero


SAN LEANDRO,
Obispo y Confesor


n. hacia el año 534 en Cartagena, España;
† hacia el año 596 en Sevilla, España



Amarás al Señor Dios tuyo con todo tu corazón,
y con toda tu alma, y con toda tu mente.
(Mateo 22, 37)

De ordinario se representa a San Leandro teniendo en la mano un corazón envuelto en llamas, símbolo de su amor por Dios. Nombrado obispo de Sevilla, comunicó a su rebaño los ardores celestiales que consumían su alma e ilustró a los arrianos con sus sabios escritos. Sus elocuentes predicaciones convirtieron a la fe a Recaredo, que fue el primer rey católico de España. Murió en el año 596.

MEDITACIÓN
SOBRE EL AMOR DE DIOS

I. Debes amar a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente; es decir, tus pensamientos, tus palabras, tus acciones deben ser para Él; has de pensar sólo en Él, vivir sólo por Él, desearlo sólo a Él. Si lo posees, posees todo; si lo pierdes, pierdes todo. ¿Qué has amado hasta este momento? No lo podrías pensar sin avergonzarte. ¡Oh Jesús! hazte conocer de los hombres y te amarán. Porque te conozco poco es que te amo poco (San Agustín).

II. Ama a Dios más que a todas las cosas del mundo, pues Él excede infinitamente a todo lo que existe en el universo. Entra un poco en ti mismo; ¿tienes más amor por Dios que el que tienes por tus parientes, tus amigos, tus placeres, tus riquezas, tu felicidad? ¿Estás presto a perder todos esos bienes y la vida misma antes que perder su amistad? Si no te hallas en esta disposición, no amas a Dios; y aunque digas cien veces al día que lo amas de todo tu corazón, tus acciones desmentirían tus palabras. Ama al que es para ti todo lo que existe de amable y de deseable (San Bernardo).

III. ¿Quieres saber si amas a Dios? Mira si observas sus mandamientos. Jesucristo mismo nos dice: Aquél que conoce mis mandamientos y los observa, ése me ama. Quien obre de otro modo, injustamente se lisonjea de amar a Dios; ¡Jesucristo promete y da tan grandes recompensas a los que lo aman y obedecen, y uno ni siquiera se inquieta por ello!

El amor de Dios.
Orad por la paz entre las naciones cristianas.

ORACIÓN

Oh Dios todopoderoso, haced que esta augusta solemnidad del bienaventurado Leandro, vuestro confesor y pontífice, aumente en nosotros el espíritu de devoción y el deseo de la salvación. Por J. C. N. S.

domingo, 26 de febrero de 2012

SANTORAL 26 DE FEBRERO




26 de febrero


SAN NÉSTOR,
Obispo y Mártir
† crucificado hacia el año 251

Si es preciso gloriarme de alguna cosa,
me gloriaré de aquéllas que son propias de mi flaqueza.
(2 Corintios 11, 30)

Como supiese San Néstor que se le buscaba para ser martirizado, dijo adiós a todos sus servidores y se presentó a los soldados que iban a prenderlo. Le prometieron hacerle sumo sacerdote de los ídolos, si quería renunciar a la fe. Mas prefirió el oprobio de la cruz a todos los honores de la gentilidad. Se le extendió en el potro y se le puso en una cruz; en todas partes alababa a Dios, e invitaba a los demás a que lo reconocieran y lo adoraran con él.

MEDITACIÓN
SOBRE LA VERDADERA GLORIA

I. Cristiano, ¿en qué haces consistir la verdadera gloria? Si tienes el espíritu del mundo, me responderás: “La verdadera gloria consiste en las riquezas, en las dignidades, en los honores, en el saber”. Para adquirir esta falsa reputación, expónense los bienes, la salud, la vida, el alma. ¿Para qué te servirá esta gloria después de la muerte? ¿Qué importa a los condenados que los alaben donde ya no están, si son torturados donde están? (San Agustín).

II. La verdadera gloria procede de Dios; servir a un tan grande Señor es ya ser rey. ¡Qué dicha contar con la aprobación de Dios y de la corte celestial y esto por toda una eternidad! Además, ¿qué gloria humana puede compararse con la que los santos reciben aquí abajo durante su vida y después de su muerte y con la que gozan en el cielo? Ambicioso, he aquí algo con qué contentarte: el mundo no tiene sino un falso esplendor, Jesucristo tiene para ti honores y recompensas sólidas y eternas; búscalos, si amas la gloria. Si nos seducen las riquezas y los honores, que sean las verdaderas riquezas y los verdaderos honores (San Euquerio).

III. Para adquirir esta gloria es preciso despreciar la del mundo, es menester hacer grandes cosas y soportar grandes sufrimientos por Jesucristo. He ahí los tres grados por donde se ha de subir a la gloria. ¿Has despreciado tú la gloria del mundo? ¿Qué cosa grande has emprendido por Jesucristo? ¿Qué has sufrido? Comienza por las cosas pequeñas: no te faltarán ocasiones, no faltes tú mismo en las ocasiones.

La humildad.
Orad por el acrecentamiento de esta virtud.

ORACIÓN

Dios todopoderoso, mirad nuestra flaqueza; ved cuán agobiados estamos bajo el peso de nuestros pecados, y fortificadnos por la intercesión del bienaventurado Néstor, vuestro mártir y pontífice. Por J. C. N. S.

sábado, 25 de febrero de 2012

SANTORAL 25 DE FEBRERO


25 de febrero


SAN TARASIO,
Obispo y Confesor
† hacia el año 806



Así como hemos llevado grabada la imagen del hombre terreno,
llevemos también la imagen del hombre celestial.
(1 Corintios 15, 49)

San Tarasio fue cónsul, secretario de Estado y, enseguida, arzobispo de Constantinopla. En este último cargo dio los más hermosos ejemplos de caridad y humildad. Con sus propias manos servía a los pobres, diciendo que quería imitar a Jesucristo, que había venido a la tierra para servir y no para ser servido. Fue el alma del Concilio segundo de Nicea que, en el año 786, anatematizó a los iconoclastas o destructores de imágenes. De inmediato hizo reponer las imágenes de los santos en toda la extensión de su patriarcado.

MEDITACIÓN
SOBRE LA IMAGEN DE DIOS

I. El hombre ha sido creado a imagen de Dios: su memoria, su inteligencia y su voluntad son imagen de un Dios en tres Personas. Debes, pues, hacer de suerte que estas tres facultades de tu alma se asemejen lo más posible a su modelo. Para esto, es preciso que la memoria continuamente se acuerde de la omnipotencia del Padre, que la inteligencia considere la sabiduría de Jesucristo, que se hizo hombre para salvar a los hombres, y que la voluntad se abrase toda con el fuego del Espíritu Santo. ¡Que Os ame, oh Dios, que sois la vida de mi alma! (San Agustín).

II. El pecado desfiguró enteramente esta imagen de Dios impresa en tu alma y la recubrió con la vergonzosa imagen del demonio, pues el pecador es semejante al demonio y no tiene rasgo alguno de semejanza con Dios. ¿A quién te asemejas tú? ¿Tus acciones no llevan impreso el sello de algún vicio?

III. Has de devolver a tu alma su antigua belleza; Jesucristo es el modelo que debes tener continuamente ante tus ojos, a fin de hacerte semejante a Él. Para esto, es preciso tener la corona de espinas en la cabeza, la hiel y el vinagre en la boca, es preciso estar cargado de oprobios, sufrir todo, emprender todo por la gloria de Dios. Cada uno es el pintor de su propia vida: la voluntad dirige al pincel, las virtudes son los colores, y el modelo es Jesucristo (San Gregorio Niceno).

La devoción a las santas imágenes.
Orad por la conversión de los protestantes.

ORACIÓN

Oh Dios todopoderoso, haced que esta solemnidad del bienaventurado Tarasio, vuestro confesor y pontífice, aumente en nosotros el espíritu de piedad y el deseo de nuestra salvación. Por J. C. N. S.

SERMÓN PARA LA DOMÍNICA PRIMERA DE CUARESMA




DOMINGO PRIMERO DE CUARESMA




Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu, para que fuese tentado por el diablo, y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, después tuvo hambre.

Y acercándose el tentador le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. Quien respondiendo dijo: Está escrito, no de sólo pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios.

Entonces el diablo lo llevó a la ciudad santa, y lo colocó en lo más alto del templo, diciéndole: Si eres Hijo de Dios, arrójate desde lo alto: está escrito, que mandará los ángeles en tu defensa, y te llevarán en sus manos para que la piedra no ofenda tu pie. Jesús le contesta: También está escrito que no tentarás al Señor tu Dios.

Otra vez el demonio lo llevó a la cumbre de un monte elevado, y le manifestó todos los reinos del mundo, y su gloria, y le dijo: Todas estas cosas te daré, si postrándote me adoras. Entonces le dijo Jesús: Retírate, Satanás, está escrito, pues, que adorarás al Señor tu Dios, y sólo a Él servirás. Entonces lo dejó el diablo y los ángeles se aproximaron le servían.

No es de extrañar que el tiempo litúrgico tan sagrado como la Cuaresma sea un tiempo lleno de misterios.

La Iglesia, que hizo con él la preparación para la más sublime de sus fiestas, quiso que este tiempo de meditación y de penitencia estuviese marcado por las mayores circunstancias para despertar la fe de los creyentes, así como para apoyar su perseverancia en la obra de expiación cada año.

En el tiempo de Septuagésima encontramos el número setenta, que nos recuerda los setenta años del cautiverio en Babilonia, después del cual el pueblo de Dios, purificado de su idolatría, pudo regresar a Jerusalén para celebrar la Pascua.

Ahora es el severo número cuarenta el que la Santa Iglesia propone a nuestra meditación; el número que, como dice San Jerónimo, es siempre el de la pena y la aflicción.

Recordemos, en efecto la lluvia de cuarenta días y cuarenta noches, surgida de los arcones de la ira de Dios, cuando se arrepintió de haber creado al hombre y anonadó la raza humana bajo las olas, con excepción de una familia.

Consideremos al pueblo hebreo, vagabundo durante cuarenta años en el desierto como castigo por su ingratitud, antes de acceder a la tierra prometida.

Escuchemos al Señor, que ordena a su profeta Ezequiel permanecer cuarenta días acostado sobre su lado derecho, para representar la duración de un asedio que iba a ser seguido por la destrucción de Jerusalén.

Dos hombres en el Antiguo Testamento tienen la misión de representar en su persona las dos manifestaciones de Dios: Moisés, personificando la Ley, y Elías, simbolizando la Profecía. Uno y otro se acercan a Dios: el primero en el Sinaí, el segundo en el Horeb; pero ninguno de los dos puede acceder a la deidad sino después de haber sido purificados por la expiación de un ayuno de cuarenta días.

Enseña San Ambrosio: Reconoce el número místico de cuarenta. Recuerda que las aguas del diluvio cayeron durante ese mismo número de días, y que después de otros tantos, santificados por el ayuno, Dios hizo reaparecer la clemencia de un cielo más sereno. Por otros tantos días de ayuno, Moisés mereció recibir la ley, y los patriarcas en el desierto se alimentaron otros tantos años del pan de los ángeles.

Y San Agustín, por su parte, dice: Este número es el símbolo de esta laboriosa vida, durante la cual, conducidos por Cristo nuestro Rey, luchamos contra el diablo. El ayuno de cuarenta días fue consagrado en la Ley y los Profetas por Moisés y Elías, y en el Evangelio por el mismo Señor.

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Al referirnos a estos grandes hechos, llegamos a entender por qué el Hijo de Dios, encarnado para la salvación de los hombres, resolvió someter su Cuerpo a los rigores del ayuno divino, y eligió el número de cuarenta días para este acto solemne.

La institución de la Cuaresma aparece, entonces, en toda su severidad majestuosa y como una manera efectiva para apaciguar la ira de Dios y purificar nuestras almas.

Elevemos nuestros pensamientos por encima del estrecho horizonte que nos rodea, para contemplar la totalidad de las naciones cristianas en estos días, cuando ofrecemos al Señor justamente enojado, esta gran cuarentena de expiación, con la esperanza de que, como en tiempo de Jonás, se digne de nuevo este año tener misericordia de su pueblo.

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Para completar la instrucción, recordemos que anteriormente al siglo VII la Cuaresma comenzaba hoy, y que, incluso actualmente, el tiempo litúrgico cuadragesimal no empieza sino con el presente Domingo.

En efecto, seis semanas transcurren desde el Primer Domingo de Cuaresma hasta las alegrías del tiempo pascual, cuyos días son cuarenta y dos; de los cuales, quitando los seis Domingos en que no se hace ni ayuno ni abstinencia, quedan treinta y seis.

Por eso se agregaron luego los cuatro día a partir del Miércoles de Ceniza para completar la cuarentena.

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La Iglesia nos enseña acerca de los ejercicios que integran la práctica cuaresmal. Entre ellos figuran la oración, las obras de misericordia, especialmente la limosna, y el ayuno.

Con ocasión del Evangelio del día, nos presenta el ejercicio fundamental y específico, que ya nos inculcó el Miércoles de Ceniza: el ayuno.

La Santa Liturgia se apropia, pues, este día la vibrante arenga de San Pablo: He aquí el tiempo favorable, he aquí el día de la salvación; por eso también nos descubre en el Evangelio de este Domingo un modelo de irresistible atractivo: Nuestro Señor Jesucristo, que por nosotros baja a la arena, entra en la lucha, se somete a riguroso ayuno, y por medio de la penitencia sale vencedor del infierno.

Después que Jesús fue bautizado con agua por San Juan en el Jordán, fue llevado por el Espíritu al desierto, para que allí fuese bautizado con el fuego de la tentación por el demonio.

No sólo Jesucristo fue llevado por el Espíritu al desierto, sino que también lo son todos los hijos de Dios, que no se contentan con vivir ociosos, sino que, instados por el Espíritu Santo, emprenden grandes obras para ser tentados.

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La Iglesia reconoce la dificultad de la empresa que propone a sus hijos, al colocarlos al pie del monte santo de Dios, para escalar sus alturas por los ejercicios cuaresmales. Difícil y casi más que humano es abrirse brecha contra la corriente de nuestra sensibilidad; difícil y casi sobre nuestras fuerzas luchar contra la propia naturaleza.

Pero delante de nosotros va nuestro Capitán, que se arroja a la arena a luchar en un prolongado y rigurosísimo ayuno de cuarenta días.

Dice San Juan Crisóstomo: Para que conozcas cuán útil y bueno es el ayuno y qué clase de escudo es contra el diablo y por qué después del bautismo conviene ayunar y no vivir sujetos a apetitos inmoderados, quiso ayunar Jesús, no porque Él lo necesitase, sino para enseñarnos.

¿Seremos capaces de dejarle solo? ¿Le abandonaremos en la lucha? Cobarde sería nuestro pecho y mezquino el corazón, si así obrásemos. Imitemos más bien a los valientes soldados cristianos, sigamos a nuestro Capitán…

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El ejemplo de Cristo nos apremia más todavía por tres razones particulares:

1ª) Jesús ayunó, no por Sí, sino por nosotros. Vino para pagar nuestras deudas, y quiso satisfacer de este modo por nuestros pecados, especialmente los de gula, los de sensualidad, por la inmoderación en los gustos de los sentidos…

¿Seremos tan ingratos que no queramos unir nuestro pequeño sacrificio a su sacrificio inmenso?

2ª) Jesús ayuna como cabeza de los elegidos.

No queramos, pues, perder el honor de miembro de su Cuerpo Místico al dejar de someternos a las leyes de la vida de Cristo y de su Iglesia.

3ª) Jesús ayuna porque su vida ha de ser un espejo donde puedan mirarse los cristianos. Al consagrar con su ejemplo el ayuno, nos lo ha propuesto a todos como un medio de santificación.

Así lo dijo expresamente cuando describió de antemano la vida de su Iglesia: Vendrán días en que los discípulos serán privados de la presencia del Esposo, en aquellos días ayunarán.

La Iglesia comprendió el sentido de la lección contenida en estas palabras, e instituyó la santa Cuaresma. Aceptemos con gratitud y generosidad este medio de asemejarnos a Cristo.

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Con las armas del ayuno, vence Nuestro Señor a satanás: Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu, para que fuese tentado por el diablo, y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, después tuvo hambre. Y acercándose el tentador…

No podemos dejar de ver un misterio en esta correlación. Jesús quiso vencer al diablo después de ceñirse las armas del ayuno, para demostrarnos la eficacia de este medio de santificación.

Lo mismo nos enseñó después en su vida pública. Recordemos el caso de aquel padre que se querella delante del Salvador, porque sus discípulos no habían podido expulsar del cuerpo de su hijo al demonio. Los mismos Apóstoles quedan asombrados de la pertinacia de tal diablo, e interrogan a Cristo acerca del misterio allí encerrado. El Salvador les contesta: Este género de demonios no se puede expeler, si no es por medio de la oración y del ayuno.

La Iglesia ha aprendido bien la enseñanza de su Divino Maestro, y se arma con el ayuno para las batallas que satanás le presenta; de este modo prescribe el ayuno cuaresmal para hacernos fuertes contra el infierno.

Alma devota, si no quieres desfallecer en los ataques que te dirige el demonio, ármate con las armas del ayuno. Sigue el ejemplo de Cristo, y vencerás asimismo con Cristo.

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Santo Tomás enseña que el ayuno cumple tres fines principales:

En primer lugar, sirve para frenar la concupiscencia. Por eso dice el Apóstol: En ayunos, en castidad, dado que el ayuno ayuda a conservar la castidad. En efecto, como dice San Jerónimo, sin Ceres y sin Baco languidece Venus, es decir, la lujuria se enfría mediante la abstinencia de comida y bebida.

En segundo lugar, el ayuno hace que la mente se eleve a la contemplación de lo sublime. Por ello leemos en Daniel que recibió de Dios la revelación después de haber ayunado tres semanas.

En tercer lugar, es bueno para satisfacer por los pecados. De ahí que se diga: Convertíos a mí de todo corazón, en ayuno, en llanto y en gemido.

Esto es lo que dice San Agustín en un sermón: El ayuno purifica la mente, eleva los sentidos, somete la carne al espíritu, hace al corazón contrito y humillado, disipa las tinieblas de la concupiscencia, apaga los ardores de los placeres y enciende la luz de la caridad. Es, pues, claro que el ayuno es un acto de virtud.

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Y acercándose el tentador le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. Quien respondiendo dijo: Está escrito, no de sólo pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios.

Nos dice San Ambrosio: Ya ves de qué armas se sirve contra la tentación de la gula, para defender al hombre de las insinuaciones del espíritu maligno. No usa de su poder como Dios (¿de qué nos aprovecharía?), sino que llama a sí, como hombre, el auxilio que nos es común a todos; piensa en el alimento de las divinas enseñanzas, para olvidar el hambre del cuerpo y obtener el alimento del Verbo; pues el que sigue al Verbo, no puede desear el pan terreno, porque las cosas divinas están muy por encima de las cosas humanas.

Y completa su explanación: El diablo, al ver que Jesús ayunaba cuarenta días, empezó a desesperar. Pero cuando vio que empezó a tener hambre, comenzó a esperar otra vez. Si eres tentado cuando ayunas, no digas que has perdido el fruto de tu ayuno, porque aunque tu ayuno no evite que seas tentado, sin embargo te aprovechará para vencer la tentación.

San Basilio, por su parte, enseña que Cristo, disipador de las tentaciones, no libra a la naturaleza del hambre, sino que conteniendo a la naturaleza dentro de sus propios límites, demuestra cuál es su alimento, por lo que Jesús respondió:
Escrito está: No de sólo pan vive el hombre.

Lo cual explica San Cirilo, diciendo: Nuestro cuerpo terrestre se nutre con alimentos terrestres, mas el alma racional se vigoriza con el Verbo divino para la buena acción del espíritu.

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Entonces lo dejó el diablo y los ángeles se aproximaron le servían.

San Gregorio Magno nos aclara que en estas palabras se manifiesta la doble naturaleza de su Persona, porque es hombre a quien el diablo tienta y Él mismo es Dios a la vez, a quien los ángeles sirven.

Y San Agustín, en La Ciudad de Dios, dice que Después de la tentación, los santos ángeles, temibles a los espíritus infernales, servían al Señor y en ello mismo se manifestaba a los demonios cuán grande fuese su poder.

Sin embargo, debe saberse que no lo asistían por necesidad de limitado poder, sino en honra de su infinita potestad. No se dice que lo ayudan, sino que lo sirven.

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Por todo lo dicho, la ley del ayuno permanece grabada con letras de bronce, para recordarnos que sólo por el camino de la penitencia obtendremos cabida en el Cielo.

Obran, pues, mal los que por no poder ayunar, se comportan como si no existiese la Cuaresma. ¡No es así! Quienquiera que, por enfermedad o edad esté dispensado del ayuno, debe salir sin embargo a la arena para luchar con Cristo. No debe creerse dispensado del combate, a no ser que no le interese salir victorioso.

Lo importante es mantener vivo el espíritu de sacrificio y de penitencia, de modo que la Cuaresma sea realmente tiempo de lucha contra las malas inclinaciones, que aspiran a que reine en el hombre la naturaleza indómita y subordine a sí el espíritu.

Combatamos con energía. No abandonemos en ningún instante el valor y coraje. Sólo así podremos un día cantar victoria, unirnos a Cristo en la gloria de la resurrección.

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Pensamientos de la Santa Liturgia en sus Oraciones:

Concédenos, Señor, comenzar con la santos ayunos la carrera de la milicia cristiana; para que, luchando contra los espíritus malignos, seamos protegidos con las armas de la abstinencia. (Oración para después de la imposición de las Cenizas).

Concede, Señor, a tus fieles, empezar con la debida piedad la venerable solemnidad de los ayunos y de observarlos todos con una constante devoción (Oración de la Misa del Miércoles de Ceniza).

Socórrannos, Señor, los Sacramentos recibidos, para que nuestros ayunos te sean gratos y nos aprovechen para la salvación (Poscomunión de la Misa del Miércoles de Cenizas).

Oh Dios, que purificas tu Iglesia con la observancia anual de la Cuaresma, concede a tu familia cristiana que lo que por la abstinencia desea obtener de Ti, lo consiga con las buenas obras (Oración de la Misa del Primer Domingo de Cuaresma).

P. CERIANI