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domingo, 29 de enero de 2012

AMOR Y CASTIDAD


LA VIRTUD DE LA CASTIDAD




Tópicos a ver:
I. Sexo y sentimientos: ¿es necesario aprender?
II. ¿Hay algo malo en el placer?
III. ¿Una obsesión inducida?
IV. ¿Un respiro de vez en cuando en cuestión de sexo?
V. ¿Se puede superar la adicción al sexo?
VI. ¿Qué hacer con el deseo sexual no legítimo?
VII. Te querré... ¿mientras me apetezcas?
VIII. ¿Qué hacer ante la homosexualidad?
IX. ¿Por qué tantas pegas a la anticoncepción?




I. Sexo y sentimientos: ¿es necesario aprender?

"Cuanto más vacío
está un corazón,
más pesa" Madame Amiel Lapeyre

- El amor y el sexo
- Aprender a amar
- Un cierto "entrenamiento"
- Educar la sexualidad
- Autodominio sobre la imaginación y los deseos


EL AMOR Y EL SEXO

El amor es la realización más completa de las posibilidades del ser humano. Es lo más íntimo y más grande, donde encuentra la plenitud de su ser, lo único que puede absorberle por entero. 
Y el placer que se deriva de su expresión en el amor conyugal, es quizá el más intenso de los placeres corporales, y también quizá el que más absorbe. El entusiasmo que produce un enamoramiento limpio y sincero saca al hombre o a la mujer de sí mismo para entregarse y vivir en y para el otro: es el entusiasmo mayor que tienen en su vida la mayoría de los seres humanos. 

Cuando el placer y el amor se unen a la entrega mutua, es posible entonces alcanzar un alto grado de felicidad y de placer. En cambio –como ha escrito Mikel Gotzon Santamaría–, cuando prima la búsqueda del simple placer físico, ese placer tiende a convertirse en algo momentáneo y fugitivo, que deja un poso de insatisfacción. Porque la satisfacción sexual es en realidad sólo una parte, y quizá la más pequeña, de la alegría de la entrega sexual con alma y cuerpo propia de la entrega total del amor conyugal.

—Pero no siempre es fácil de distinguir lo que es cariño de lo que es hambre de placer. 

A veces es muy claro. Otras, no tanto. En cualquier caso, en la medida en que se reduzca a simple hambre de placer, se está usando a la otra persona. Y eso no puede ser bueno para ninguno de los dos.

"Cuando se usa a otra persona,
no se la ama,
ni siquiera se la respeta,
porque se utiliza y se rebaja
su intimidad personal".

El terreno sexual ofrece, más que otros, ocasiones de servirse de las personas como de un objeto, aunque sea inconscientemente. La dimensión sexual del amor hace que éste pueda inclinarse con cierta facilidad a la búsqueda del placer en sí mismo, a una utilización sexual que siempre rebaja a la persona, pues afecta a su más profunda intimidad. 

Al ser el sexo expresión de nuestra capacidad de amar, toda referencia sexual llega hasta lo más hondo, al núcleo más íntimo, e implica a la totalidad de la persona. Y precisamente por poseer tan gran valor y dignidad, su corrupción es particularmente corrosiva.

Cada uno hace de su amor
lo que hace
de su sexualidad.


APRENDER A AMAR

El hombre, para ser feliz, ha de encontrar respuesta a las grandes cuestiones de la vida. Entre esas cuestiones que afectan al hombre de todo tiempo y lugar, que apelan a su corazón, que es donde se desarrolla la más esencial trama de su historia, está, incuestionablemente, la sexualidad. 

El hombre busca encontrar respuesta a preguntas capitales como: ¿qué debo hacer para educar mi sexualidad, para ser dueño de ella?, pues el cuerpo de la otra persona se presenta a la vez como reflejo de esa persona y también como ocasión para dar rienda suelta a un deseo de autosatisfacción egoísta.

— ¿Consideras entonces la sexualidad un asunto muy importante?

El gobierno más importante es el de uno mismo. 

"Y si una persona no adquiere
el necesario dominio
sobre su sexualidad,
vive con un tirano dentro".

La sexualidad es un impulso genérico entre cualquier macho y cualquier hembra. El amor entre un hombre y una mujer, en cambio, busca la máxima individualización. 
Y para que el cuerpo sea expresión e instrumento de ese amor individualizado, es necesario dominar el cuerpo de modo que no quede subyugado por el placer inmediato y egoísta, sino que actúe al servicio del amor. 
Porque, si no se educa bien la propia afectividad, es fácil que, en el momento en que tendría que brotar un amor limpio, se imponga la fuerza del egoísmo sexual.

"En el momento en que
la sexualidad
deja de estar bajo control,
comienza su tiranía".

Como decía Chesterton, pensar en una desinhibición sexual simpática y desdramatizada, en la que el sexo se convierte en un pasatiempo hermoso e inofensivo como un árbol o una flor, sería una fantasía utópica o un triste desconocimiento de la naturaleza de la psicología humana. 


UN CIERTO "ENTRENAMIENTO"

Sólo las personas pueden participar en el amor. Sin embargo, no lo encuentran ya listo y preparado en sí mismas. Si una persona permite que su mente, sus hábitos y sus actitudes se impregnen de deseos sexuales no encaminados a un amor pleno, advertirá que poco a poco se va deteriorando su capacidad de querer de verdad. Está permitiendo que se pierda uno de los tesoros más preciados que todo hombre puede poseer. 

Si no se esfuerza en rectificar ese error, el egoísmo se hará cada vez más dueño de su imaginación, de su memoria, de sus sentimientos, de sus deseos. Y su mente irá empapándose de un modo egoísta de vivir el sexo. 

Tenderá a ver al otro de un modo interesado. Apreciará sobre todo los valores sensuales o sexuales de esa persona, y se fijará mucho menos su inteligencia, sus virtudes, su carácter o sus sentimientos. El señuelo del placer erótico antes de tiempo suele ocultar la necesidad de crear una amistad profunda y limpia. 

Además, una relación basada en una atracción casi sólo sensual, tiende a ser fluctuante por su propia naturaleza, y es fácil que al poco tiempo –al devaluarse ese atractivo– aquello acabe en decepción, o incluso en una reacción emotiva de signo contrario, de antipatía y desafecto.

— ¿Y consideras difícil de rectificar ese deterioro en el modo de ver el sexo?

Depende de lo profundo que sea el deterioro. Y, sobre todo, de si es firme o no la decisión de superarlo. Lo fundamental es reconocer sinceramente la necesidad de dar ese cambio, y decidirse de verdad a darlo.

"Es como un reto:
hay que purificar,
llenar de higiene la imaginación,
de limpidez la memoria,
de claridad los sentimientos,
los deseos,
toda la persona".

Es –en otro ámbito mucho más serio– como entrenarse para recuperar la frescura y la agilidad después de haber perdido la buena forma física.

— ¿Y no es un poco artificial eso de entrenarse? ¿No basta con tener las ideas claras?

En el amor, como sucede en la destreza en cualquier deporte, o en la mayoría de las habilidades profesionales, o en tantas otras cosas, si no hay suficiente práctica y entrenamiento, las cosas salen mal. 

Para aprender a leer, a escribir, a bailar, a cantar, o incluso a comer, hace falta proponérselo, seguir un cierto aprendizaje y adquirir un hábito positivo. Si no, se hace de manera tosca y ruda. Para expresar bien cualquier cosa con un poco de gracia conviene entrenarse, cultivarse un poco. Cuando una persona no lo hace, le resulta difícil expresar lo que desea. Siente la frustración de no poder comunicar lo que tiene dentro, de no poder realizar sus ilusiones. Y eso sucede tanto al expresarse verbalmente como al expresar el amor. Si no educamos nuestra capacidad de amar y de entregarnos por entero, en lugar de expresar amor nos comportaremos de forma ruda, como sucede a quien no sabe hablar o no sabe comer.

Cultivarse así es un modo de aproximarse a lo que uno entiende que debe llegar a ser. Con ese esfuerzo de automodelado personal, de autoeducación, el hombre se hace más humano, se personaliza un poco más a sí mismo.


EDUCAR LA SEXUALIDAD

Es una lástima que muchos limiten la educación sexual a la información sobre el funcionamiento de la fisiología o la higiene de la sexualidad. Son cosas indudablemente necesarias, pero no las más importantes, y además son cosas que casi todos hoy saben ya de sobra. 
En cambio, el autodominio de la apetencia sexual, y por tanto, de la imaginación, del deseo, de la mirada, es una parte fundamental de la educación de la sexualidad a la que pocos dan la importancia que tiene.

— ¿Y por qué le das tanta importancia?

Si no se logra esa educación de los impulsos, la sexualidad, como cualquier otra apetencia corporal, actuará a nivel simplemente biológico, y entonces será fácilmente presa del egoísmo típico de una apetencia corporal no educada. La sexualidad se expresará de forma parecida a como bebe o come o se expresa una persona que apenas ha recibido educación.

"Necesitamos una mirada
y una imaginación
entrenadas en considerar
a las personas como tales,
no como objetos de apetencia sexua"l.

Por eso, cuando en la infancia o la adolescencia se introduce a las personas a un ambiente de frecuente incitación sexual, se comete un grave daño contra la afectividad de esas personas, un atentado contra su inocencia y su buena fe.

— ¿No exageras un poco?

Aunque suene quizá demasiado fuerte, pienso que no exagero, porque todo eso tiene algo de ensañamiento con un inocente. Romper en esos chicos y chicas el vínculo entre sexo y amor es una forma perversa de quebrantar su honestidad y su sencillez, tan necesarias en esa etapa de la vida. Los primeros movimientos e inclinaciones sexuales, cuando aún no están corrompidos, tienen un trasfondo de entusiasmo de amor puro de juventud. Irrumpir en ellos con la mano grosera de la sobreexcitación sexual daña torpemente la relación entre chicas y chicos. En palabras de Jordi Serra, “no se les maltrata atándolos con una cadena, pero se les esclaviza sumergiéndoles en un mundo irreal”.

Como escribió Tihamer Toth, la castidad es la piedra de toque de la educación de la juventud. Por la intensidad y vehemencia del instinto sexual, esta virtud es de las que mejor manifiesta el esfuerzo personal contra el vicio. Quizá por eso la historia es testigo de que el respeto a la mujer siempre ha sido un índice muy revelador de la cultura y la salud espiritual de un pueblo.


AUTODOMINIO SOBRE LA IMAGINACION Y LOS DESEOS

Igual que el uso inadecuado del alcohol conduce al alcoholismo, el uso inadecuado del sexo provoca también una dependencia y una sobreexcitación habitual que reducen la capacidad de amar. Y de manera semejante a como el paladar puede estragarse por el exceso de sabores fuertes o picantes, el gusto sexual estragado por lo erótico se hace cada vez más insensible, más ofuscado para percibir la belleza, menos capaz de sentimientos nobles y más ávido de sensaciones artificiosas, que con facilidad conducen a desviaciones extrañas o a aburrimientos mayúsculos. Sobrealimentar el instinto sexual lleva a un funcionamiento anárquico de la imaginación y de los deseos. 

"Cuando una persona adquiere el hábito
de dejarse arrastrar por los ojos,
o por sus fantasías sexuales,
su mente tendrá una carga de erotismo
que disparará sus instintos
y le dificultará conducir a buen puerto
su capacidad de amar".

— ¿Y no hay otra solución que reprimirse?

Pienso que no es cuestión de reprimirse sino de encauzar bien los sentimientos. Basta que la voluntad se oponga y se distancie de los estímulos que resultan negativos para la propia afectividad. Es preciso frenar los arranques inoportunos de la imaginación y del deseo, para así ir educando esas potencias, de manera que sirvan adecuadamente a nuestra capacidad de amar. Entender esto es decisivo para captar el sentido de ese sabio precepto cristiano que dice: no consentirás pensamientos ni deseos impuros. 

Quien se esfuerza en esa línea, poco a poco aprenderá a convivir con su propio cuerpo y el de los demás, y los tratará como merece la dignidad que poseen. Gozará de los frutos de haber adquirido la libertad de disponer de sí y de poder entregarse a otro. Vivirá con la alegría profunda de quien disfruta de una espontaneidad madura y profunda, en la que el corazón gobierna a los instintos. 

SERMÓN PARA EL CUARTO DOMINGO DE EPIFANÍA




CUARTO DOMINGO DE EPIFANÍA



En aquel tiempo entró Jesús en una barca, acompañado de sus discípulos, y he aquí que se levantó una tempestad tan recia en el mar, que las ondas cubrían la barca; mas Jesús estaba durmiendo. Y, acercándose a Él sus discípulos, le despertaron, diciendo: ¡Señor, sálvanos, que perecemos! Díceles Jesús: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, puesto en pie, mandó a los vientos y al mar que se apaciguaran, y siguióse una gran bonanza. De lo cual asombrados todos los que estaban allí, se decían: ¿Quién es éste que los vientos y el mar le obedecen?

El Evangelio del día nos incita a reflexionar sobre las tempestades morales que tenemos que experimentar durante la vida, así como en la conducta que debemos observar durante ellas.

Las tempestades morales son de dos clases: las unas públicas, privadas e individuales las otras.

Tempestades públicas son las que atacan a la Iglesia de un extremo al otro del universo: en lo exterior, las sectas enemigas que se levantan contra ella; en lo interior, las de los malos pastores y malas ovejas, que la despedazan o escandalizan.

A las tempestades públicas se agregan las tempestades privadas e individuales; tempestades continuas, que atacan a las almas en todas las edades de la vida.

Tempestades terribles que, despedazando la nave de nuestra alma, no le dejan más que una tabla con qué llegar al puerto, y causan la eterna condenación de muchos náufragos espirituales.

Estas tempestades vienen ya de afuera, ya de adentro.

Las de afuera son los negocios que preocupan, los reveses que agobian, los malos ejemplos que seducen, la contradicción de las lenguas, el choque de las voluntades y de los caracteres, los estorbos de toda especie.

Tempestades de adentro son las pasiones, el orgullo, la lujuria, que pierden a las almas sin que ellas lo sospechen; los sentidos que se sublevan, los deseos que atormentan, la imaginación que se desata y el espíritu que se disipa en inútiles pensamientos, en temores quiméricos o en vanas esperanzas.

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Cuando nos asaltan las tempestades tenemos tres medios para enfrentarlas: la oración, la confianza en Dios y la desconfianza en nosotros mismos.

La oración: los Apóstoles, viendo el barco sacudido por las olas, van hacia Jesús, le despiertan e imploran su socorro: del mismo modo, viendo los asaltos dirigidos a la Iglesia, por ejemplo, debemos orar y orar con tanto mayor fervor, cuanto más rudos sean los ataques.

En nuestras pruebas privadas no debemos orar menos; sólo en la oración está nuestra salvación.

La confianza en Dios: los Apóstoles resisten con confianza a la tempestad, al mismo tiempo que oran. A su ejemplo, jamás debemos abatirnos y desalentarnos, sino que, siempre llenos de confianza en Dios, debemos perseverar en la resistencia.

No desesperemos jamás, ni por los males que agitan a la Iglesia, ni por nuestras propias miserias; el Dios que protege a la Iglesia y que nos protege a nosotros es el Todopoderoso y una sola palabra suya puede hacer renacer la calma.

¿Cuándo dirá esta palabra? Este es su secreto. Sepamos esperar y seremos salvos. ¡Quien espera en Dios, se verá rodeado de sus misericordias!

Cualesquiera que sean los males de la Iglesia, cualesquiera que sean nuestros propios males, arrojémonos con confianza en sus brazos, y nos salvará, lo mismo que a la santa Iglesia, aunque sea a través de una purificación cual no la hubo hasta ahora ni la habrá después…

A la confianza en Dios debemos añadir la desconfianza en nosotros mismos. La presunción que nada teme, que novela sobre sí y no huye de las ocasiones peligrosas, se pierde infaliblemente.

Dios quiere vernos siempre humillados bajo su poderosa mano, siempre desconfiados de nuestra debilidad y de este fondo de corrupción que hay en nosotros, siempre en guardia contra las seducciones del mundo y las ocasiones en que pudiéramos caer.

Quien nada teme, se descuida, se expone y perece. Al contrario, el que teme, evita hasta la apariencia del mal; acude a Dios, en quien solamente coloca su fuerza, y se salva.

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Jesús vencedor del demonio, de las enfermedades y de la muerte, se presenta hoy como el soberano Señor de los elementos.

Al meditar el hecho de la tempestad calmada y sus detalles, concebimos una idea más impresionante del poder de Jesús y de su majestad.

Para nuestro amor, debe ser el objeto de una admiración creciente. Debemos sentirnos afortunados viéndolo tan grande, y hemos de felicitarnos de ser sus amigos.

Parece como que un reflejo de su gloria llega hasta nosotros y nos envuelve, como lo hace con los suyos la honra y honor de un miembro de la familia.

Este sentimiento legítimo de la propia nobleza, levanta la moral y aparta los pensamientos bajos y forma la dignidad del alma.

Pidamos a los discípulos de entonces que nos comuniquen sus impresiones de temor admirativo.

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Es el atardecer; la noche va entrando; un mar sereno; una barca que boga hacia mar adentro…

Jesús ha dicho a sus discípulos: Vamos al otro lado. Y les hace subir a la barca con Él. El mar está en calma, de modo que las velas penden sin consistencia de los mástiles; los remeros hacen uso del remo.

Con Jesús y con tal tiempo, ¿qué temer? Y bogan; y van adentro; ya están en plena mar.

Pero ved ahí que, de repente, un fuerte viento que baja de los montes, se corre por el mar con agudo silbido: es la tempestad; y bien formidable, a juzgar por el espanto que se apodera de los marineros hechos a los peligros.

Así con nosotros… Por orden de Jesús, hemos emprendido una obra personal o en común; la obra se prosigue tranquilamente. ¿Qué temer? Ordenada por Jesús, ¿no se hace Él su responsable? ¿No apartará por sí mismo los impedimentos?

¡No!, no es éste el proceder de Dios. Entra en sus designios la prueba; no la envía siempre Él mismo; las más de las veces la permite, dejando obrar a las causas segundas. Pero cualquiera que sea el origen, la prueba manifestará siempre nuestra confianza, dará temple a nuestra virtud y multiplicará nuestros méritos.

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Y Jesús dormía. Después de una larga jornada de tareas apostólicas por la ciudad de Betsaida, fatigado Jesús necesita reposo, como junto al pozo de Jacob. La popa del barco está desierta. Se acomoda sobre tablones rugosos… Puede dormir, y duerme…

La tempestad arrecia, se enfurece el vendaval, la barca es sacudida por todos lados… y Él duerme todavía. Su rostro conserva toda su serenidad, su pecho respira normalmente.

¡Qué contraste con el espanto que se lee en los rostros de sus discípulos! Pálidos, trémulos, corren hacia el Divino Maestro: ¡Salvadnos!, le gritan… ¡Perecemos!

Bueno será notar cuan ilógica es su fe e imperfecta su confianza. Para ellos, es Jesús el enviado de Dios, el Mesías. ¿Qué pueden, pues, temer con Él? ¿No se han hecho a la mar por orden suya?…

¡Oh! La naturaleza es tal, que en el momento de peligro desaparecen los motivos de seguridad; sólo se impone el hecho que espanta.

¡Oh inconsciencia de sus impresiones! Si hubieran visto al Divino Maestro de pie en medio de ellos, no hubieran sentido tal pánico. Pero, ¿qué puede un hombre que está durmiendo? ¿Es de veras el mismo?

No se les ocurre que este sueño, en tal circunstancia, nada tiene de natural, y que quien mientras duerme así, lo ve y oye todo, y no los dejará perecer.

Si la confianza de los discípulos es imperfecta, con todo, es viva, porque los lanza a Jesús: que despierte, que se dé cuenta y nos vea, y ya tranquilos esperaremos que la tempestad impotente se deshaga.

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Su esperanza es regiamente sobrepujada. El Maestro se levanta, dicta sus órdenes al mar, y el mar se calma de repente.

Y ellos, sobrecogidos de pavor, se dicen: Pues, ¿quién será este a quien los vientos y las olas obedecen?

La grandeza del milagro los estremece, como a Pedro cuando la pesca milagrosa… mezcla de un temor de pasmo y de respeto… Dios está ahí, lo sienten… Ahí está, en la majestad de su omnipotencia…

Con una palabra, con una mirada, desmenuzaría al hombre tan pequeño y tan débil…

¡Qué grande es Dios!

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Pero nosotros, que lo conocemos mejor que los discípulos de entonces, en vez de temblar ante su poder absoluto y de retirarnos llenos de espanto, acudimos a Él como a refugio seguro…

Sabemos que la mano fuerte que deshace la tempestad, sabe ser la blanda mano que acaricia al hijo querido.

Debemos quedarnos en esta admiración; expresar a Jesús una confianza sin límites; echarnos en sus brazos para ser protegidos y para sentirnos estrechados contra su Corazón.

Sin embargo, debemos guardar aquel temor reverencial que no ahoga la expansión, pero le da un carácter de noble discreción.

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Apliquemos a la Iglesia la tempestad sosegada. El objeto de esta adaptación es asegurar nuestra fe y excitar nuestra confianza delante de las tempestades que hoy se levantan por todas partes contra ella y amenazan a su misma existencia.

Una vez más nos convenceremos de que nuestro pánico es infundado, de que Dios es extraño a estos asaltos sólo en la apariencia, y de que intervendrá en el momento propicio y oportuno…

De este modo, podremos ver, con espíritu sereno y corazón tranquilo, levantarse olas mucho más amenazantes; haciendo honor a nuestra confianza, no apoyándonos en recursos humanos, sino sólo en Dios.

Que además de real, fuera simbólica la tempestad, lo enseñan todos los Padres de la Iglesia y los intérpretes escriturarios.

Permitiendo el Divino Maestro que se desencadenara y llegara a ser un gran peligro, durmiendo y levantándose para dominarla, no sólo tenía por objeto impresionar fuertemente el espíritu de sus discípulos y unírselos a sí para siempre, sino que dejaba entrever visiones más altas y dilatadas : la de su Iglesia perseguida…, traicionada… finalmente triunfante…

Todos los pormenores nos lo revelan.

El mundo es el mar: tiene su movilidad y sus sorpresas.

La Iglesia no halla en él estabilidad alguna, pero se mantiene por su constitución sobrenatural, como la barca por sus tablones hábilmente pegados.

Si esta trabazón fallara, la Iglesia, como la barca, iría al abismo.

El mundo no conoce a la Iglesia, y, por soltarse las cadenas saludables que ella le pone, la sacude con violencia como el mar de Galilea sacudía la barca cuyo peso debían sostener sus aguas.

Y nosotros tenemos miedo de los asaltos mancomunados de la ciencia hostil, de las sectas impías, de los espíritus heréticos, de los pastores traidores y del pueblo extraviado.

La barca no será tragada, ni hecha astillas. El peligro está en otra parte: en el hacinamiento, de olas que entran en su seno.

Estas olas son el espíritu del mundo que desfigura el Evangelio, las aspiraciones de bienestar que lo corrompen, los sofismas especiosos que hacen titubear en la fe, las imprudentes concesiones que la traicionan…

Desdichados marinos, desdichados pasajeros, si no cierran bien cerradas todas las aberturas por donde puede penetrar el mal: serán arrastrados, y pararán en tristes restos, juguete de las olas.

La barca flotará siempre, pero si le faltan valientes hombres de remo, quedará tal vez inmóvil… por algún tiempo…

Desterrar el miedo que debilita; vivir con una confianza que no impide, sin embargo, sufrir, ni orar, ni pensar en los medios de defensa…

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Y Jesús dormía. ¿No parece que Dios duerme en medio de todas nuestras pruebas actuales?

Dios parece mostrarse sordo. Ninguna protección se muestra; la tempestad prosigue sus estragos…

Desatinan y se acobardan las almas: Dios nos abandona, se aproxima el fin, la Iglesia va a naufragar…

Se parecen en esto a los apóstoles. Los apóstoles fueron testigos de los grandes milagros de Jesús, nosotros los hemos presenciado en la historia de la Iglesia.

El de su vitalidad no es el menos demostrativo.

La tempestad del mar fue pronta y pasajera. Un simbolismo no pide más; la realidad, sí.

La Iglesia avanza con lentitud, porque su existencia es larga se necesitan muchos años y a veces siglos para que una depresión se forme o llegue a su colmo.

Es una prueba de lo breve de nuestra vida que no abarca todo el movimiento; pero los veinte siglos de su historia están ahí para establecer, con hechos reproducidos sin cesar, la ley de sus victorias.

De este modo nuestra confianza encuentra su mérito en la obscuridad del presente, y en las claridades del pasado su apoyo.

Admiremos la conducta de Dios. Procuremos una confianza más entera, más firme… Tal confianza es muy razonable, y Dios la espera. Es bienhechora, y la paz es su fruto.

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Si la plena confianza trae la paz, no se lleva el dolor. ¿Cómo no padecer con la Iglesia, si la amamos de veras?

El dolor provoca la oración, se juntan las manos, las miradas van al Cielo, y sale de los labios el grito suplicante de los apóstoles: Sálvanos, que perecemos…

¡Oh! Sí, sin Vos, Jesús, pereceríamos.

Queréis salvarnos, pero queréis también que la oración os despierte en cierto modo y os haga violencia… Pero con fe y confianza… Sin temor, si es que determinas seguir durmiendo…

La oración es una de las condiciones del socorro. Dios así lo quiere y las cosas así lo piden: es una cooperación, aunque exigua, a su acción omnipotente.

Si se ruega poco por la Iglesia, es porque no sentimos sus pruebas con la misma viveza que las nuestras.

¡Dios mío! Que sus penas me sean muy sensibles y amargas y hasta, de algún modo, personales. Pues, ¿no es ella la barca que nos acoge contra los vientos de la incredulidad que desorientan las inteligencias, contra las ocasiones del mal que se multiplican en el mundo?

Pero la Iglesia es más que una barca, es una Madre; amémosla, defendámosla; profesémosle el amor que tenemos a Jesús.

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También se levantan tormentas en el alma humana, ya por los sucesos…, ya por las tentaciones… ¿Hay que extrañarlo? ¿No es la vida un tiempo de prueba y el mundo un mar tempestuoso? ¿No es el alma una barquilla a merced de las olas?

¿Qué hacer cuando el viento de las tentaciones violentas persiga la frágil navecilla? ¿Qué hacer ante el choque de las enfurecidas olas que la ponen a punto de naufragar?

Como las tormentas, las tentaciones más fuertes pueden levantarse en la vida espiritual; pueden proceder del demonio, de ocasiones perturbadoras, del fondo mismo de la naturaleza…

¿Va a naufragar? Ahí está el abismo que se abre y la llama. ¿Qué va a suceder? ¿Qué hacer?

No desatinar. Guardarse del vértigo, apartar la mirada de esos horrores, fijarla en Jesús.

Jesús duerme en medio de las tentaciones. Si duerme, es que no teme, porque nos ama y nos considera fieles. Si permite la tormenta, es para hacernos aguerridos, para instruirnos y tal vez humillarnos…, siempre por nuestro bien.

Mientras tanto, no vacilemos, corramos a la proa de la barca en busca de Jesús. Su vista nos infundirá denuedo.

Si tememos cansarnos, si muchas veces hemos experimentado nuestra fragilidad, pidamos, con clamores salidos del fondo del alma, la gracia de las gracias: la gracia de orar siempre.

Si la oración está al nivel de lo que necesitamos, nuestra perseverancia es segura y cierta.

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¿Por qué teméis, hombres de poca fe?

Puesto en pie, mandará una vez más…, la última…, a los vientos y al mar que se apacigüen…

Y se seguirá la eterna bonanza…

P. Ceriani

SANTORAL 29 DE ENERO



29 de enero



SAN FRANCISCO DE SALES,
Obispo, Confesor y Doctor



Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón;
y hallaréis el reposo para vuestras almas.
(Mat. 11,29).

   Este santo ha sido la gloria de su siglo, el modelo de los hombres apostólicos y de los obispos, el doctor universal de la piedad y del amor de Dios. Su cuerpo en Annecy y su corazón en Lyon han obrado infinidad de milagros devolviendo la salud a los cuerpos; pero su espíritu, siempre vivo en sus libros, obra maravillas mucho más sorprendentes convirtiendo a los pecadores. Tan llena está su vida de nobles acciones, que es difícil resumirla; tan conocida de todos, por otra parte, que no es necesario referirla. Murió en Lyón en 1622.

  MEDITACIÓN
SOBRE EL CORAZÓN
DE SAN FRANCISCO DE SALES   

   I. El corazón de San Francisco de Sales ardía con el fuego del amor divino. Este amor le hizo emprender todo lo que juzgó apto para contribuir a la gloria de Dios y a la salvación del prójimo. Sus predicaciones, sus pláticas, sus libros, son pruebas de esta verdad. ¡Ah! si amases a Dios como él, te burlarías de las riquezas, de los placeres, de los honores, y no dejarías perder las ocasiones de incitar a los demás a amar al Señor. ¡Oh Dios que sois tan amable! ¿por qué sois tan poco amado? ¡Oh fuego que siempre ardéis, fuego que nunca os extinguís, abrasad mi corazón!

   II. El corazón del Santo sólo tenía dulzura y ternura para el prójimo; después de su muerte no se le encontró hiel en el cuerpo. Consolaba a los enfermos, daba limosna a los pobres, instruía a los ignorantes, y con su afabilidad trataba de que se le allegasen los pecadores, a fin de conducirlos enseguida al redil de Jesucristo.

   III. Ese corazón, en fin, que era todo amor para Dios y toda dulzura para el prójimo, trataba a su cuerpo como a enemigo; para domar sus pasiones no retrocedía ante mortificación alguna, ante sacrificio alguno. Examina la causa de tus penas, Y verás que provienen de las pasiones que no supiste domeñar. Aquél que ha vencido a sus pasiones adquirió una paz duradera.

La dulzura 
Rogad por la orden de la Visitación.

ORACIÓN

      Dios, que habéis querido que el bienaventurado Francisco de Sales, vuestro confesor Y pontífice, fue se todo para todos para salvar a las almas, difundid en nosotros la dulzura de vuestra caridad, y haced que, dirigidos por sus consejos y asistidos por sus méritos, lleguemos al gozo eterno.  Por N. S. J. C. Amén

sábado, 28 de enero de 2012

PENSAMIENTOS DE SAN JUAN DE LA CRUZ


NEGATIO
VII

La Mosca que a la miel se arrima impide su vuelo, y el alma que se quiere estar asida al sabor del espíritu, impide su libertad y contemplación.

No sólo los quienes temporales y gustos y deleites  corporales impiden y contradicen el camino de Dios,  más también los consuelos y deleites espirituales, si se tienen o se buscan con propiedad, estorban el camino de las virtudes.

La virtud no está en las aprehensiones y sentimientos de Dios, por subidos que sean, ni en nada de lo que este talle se puede sentir, sino  por el contrario, en lo que no se siente en sí, que es mucha humildad y desprecio de sí y de todas sus cosas muy formado en el alma.

Todas las visiones, revelaciones y sentimientos del cielo, por más que las estime el espiritual, no valen tanto como el menor acto de humildad, la cual tiene los efectos de la caridad, que no estima ni piensa bien de sus cosas, sino de las ajenas.

Las comunicaciones que verdaderamente son de Dios, esta propiedad tienen: que de una vez humillan y levantan al alma; porque en este camino el bajar es subir, y el subir es bajar.

Cuando las mercedes y comunicaciones son de Dios, dejan repugnancia en el alma a cosas de mayorías y de su propia excelencia, y en las cosas de humildad y bajeza le ponen más facilidad y prontitud.

Cuando son las mercedes y comunicaciones del demonio, en las cosas de más valor ponen facilidad y prontitud, y en las bajas, humildes repugnancia.

Si del ejercicio de negación hay falta, que es el total y la raíz de las virtudes, todas esotras maneras es andar por las ramas y no aprovechar, aunque tengan muy altas consideraciones y comunicaciones.

Más estima Dios en ti el inclinarte a la sequedad y al padecer por su amor, que todas las consolaciones y visiones espirituales y meditaciones que puedas tener.

En todos los casos, por adversos que sean, antes nos habemos de alegrar que turbar, por no perder mayor bien, que es la paz y tranquilidad del alma.

Aunque todo se hunda y todas las cosas sucedan al revés, vano es turbarse, pues por esa turbación antes se dañan más que se aprovechan.

Llevarlo todo con esa cualidad pacífica, no sólo aprovecha al alma para muchos bienes, sino también para que en esas adversidades se acierte mejor a juzgar de ellas y ponerles remedio conveniente.

Nunca el hombre perdería la paz si olvidase noticias y dejase pensamientos, y se apartase de oír, ver y tratar cuanto buenamente pueda.

Olvidadas todas las cosas criadas, no hay quien perturbe la paz, ni quien mueva los apetitos que la perturban, pues como dice el proverbio, lo que  el ojo no ve el corazón no lo desea.

El alma inquieta y perturbada, que no está fundada en la mortificación de los apetitos y pasiones, no es capaz, en cuanto tal, del bien espiritual, el cual  no se imprime sino en el alma moderada y puesta en paz.




SANTORAL 28 DE ENERO



28 de enero


SAN PEDRO NOLASCO,
Confesor



Nadie tiene amor mayor que el que da su vida
por sus amigos.
(Juan, 15, 13).

   San Pedro Nolasco fue toda su vida un modelo de caridad. Consagró su fortuna entera al rescate de los cristianos que caían en manos de los infieles. La Santísima Virgen se le apareció, y le ordenó fundara una orden cuya principal finalidad sería la de ejercer la caridad para con los pobres cautivos. Emprendió el santo la obra, y a la nueva orden llamó la de la Merced. Murió el día de Navidad del año 1256.

  MEDITACIÓN
SOBRE SOBRE LA VIDA
DE SAN PEDRO NOLASCO

   I. El primer efecto de la caridad de nuestro santo fue consagrar todos los bienes al alivio de los desventurados; por ahí debes comenzar a imitarlo. ¿Qué has hecho hasta ahora para aliviar a tu prójimo en sus necesidades? ¿Qué puedes hacer? Por lo me nos ruega a Dios por él, si no puedes hacer más. Sufre con paciencia las imperfecciones de los demás.

   II. El segundo efecto de su caridad fue obligar se, con voto, a sacrificar su libertad, si era necesario, para el rescate de los cautivos. ¿Cómo comprometerías tu libertad por el prójimo, tú, que le rehúsas una moneda? Sin embargo, por ti ha pagado Jesús, y quiere que le pagues lo que le debes, en la persona del prójimo. Visita a los encarcelados, consuela a los afligidos, y cuídate de no afligir a nadie con tus palabras o tu mal humor. Esa persona a quien menosprecias, es más cara a Jesús que el mundo entero.

   III. El propósito principal de este ilustre fundador fue arrancar de la perdición eterna las almas de los cristianos a quienes el tedio de una prolongada cautividad invita a renegar de la fe; así quería, al mismo tiempo, salvar el cuerpo y el alma de esos des venturados. La mejor caridad que puedes hacer a tu prójimo es contribuir a la salvación de su alma; no pierdas ocasión alguna de hacerlo, todas son preciosas.

La caridad para con el prójimo  
Orad por los pobres cautivos.

ORACIÓN

      Oh Dios, que enseñasteis a San Pedro Nolasco a imitar vuestra caridad, inspirándole fundara en vuestra Iglesia una nueva familia para el rescate de los cautivos, concedednos por su intercesión que, libres de la servidumbre del pecado, gocemos en el cielo de libertad perpetua. Por N. S. J. C. Amén.

viernes, 27 de enero de 2012

CARTAS DEL HERMANO RAFAEL


Hermano Rafael - Dios y mi alma (III)  



4 de marzo de 1938 - viernes

4 de marzo de 1938.

Bendita sea la siempre la adorable y tranquila Santísima Trinidad.

Cojo hoy en nombre de Dios la pluma, para que mis palabras al estamparse en el blanco papel sirvan de perpetua alabanza al Dios bendito, autor de mi vida, de mi alma y de mi corazón.

Quisiera que el universo entero, con todos los planetas, los astros todos y los innumerables sistemas siderales, fueran una inmensa superficie tersa donde poder escribir el nombre de Dios.

Quisiera que mi voz fuera más potente que mil truenos, y más fuerte que el ímpetu del mar, y más terrible que el fragor de los volcanes, para sólo decir, Dios.

Quisiera que mi corazón fuera tan grande como el cielo, puro como el de los ángeles, sencillo como la paloma, para en él tener a Dios.

Mas ya que toda esa grandeza soñada no se puede ver realizada, conténtate, hermano Rafael, con lo poco, y tú que no eres nada, la misma nada te debe bastar.

¡Qué hipocresía decir que nada tiene..., el que tiene a Dios! ¡Sí!, ¿por qué callarlo?... ¿Por qué ocultarlo? ¿Por qué no gritar al mundo entero, y publicar a los cuatro vientos, las maravillas de Dios?

¿Por qué no decir a las gentes, y a todo el que quiera oírlo?... ¿Ves lo que soy?... ¿Veis lo que fui? ¿Veis mi miseria arrastrada por el fango?... Pues no importa, maravillaos, a pesar de todo, yo tengo a Dios..., Dios es mi amigo..., que se hunda el sol, y se seque el mar de asombro..., Dios a mí me quiere tan entrañablemente, que si el mundo entero lo comprendiera, se volverían locas todas las criaturas y rugirían de estupor.

Más aún... todo eso es poco.

Dios me quiere tanto que los mismos ángeles no lo comprenden.

¡Qué grande es la misericordia de Dios! ¡Quererme a mí..., ser mi amigo..., mi hermano..., mi padre, mi maestro..., ser Dios y ser yo lo que soy!

¡Ah!, Jesús mío, no tengo papel ni pluma. ¡Qué diré!... ¿Cómo no enloquecer?... ¿Cómo es posible vivir, comer, dormir, hablar y tratar con todos? ¿Cómo es posible que aún tenga serenidad para pensar en algo que el mundo llama razonable, yo que pierdo la razón pensando en Ti?

¡Cómo es posible, Señor!... Ya lo sé, Tú me lo has explicado..., es por el milagro de la gracia.

Si el mundo que busca a Dios..., supiera. Si supieran esos sabios que buscan a Dios en la ciencia, y en las eternas discusiones... Si supieran los hombres dónde se encuentra Dios..., cuántas guerras se impedirían..., cuánta paz habría en el mundo, cuántas almas se salvarían.

Insensatos y necios, que buscáis a Dios donde no está.

Escuchad, y... asombraos. Dios está en el corazón del hombre... yo lo sé. Pero mirad, Dios vive en el corazón del hombre, cuando este corazón vive desprendido de todo lo que no es El. Cuando este corazón se da cuenta de que Dios llama a sus puertas, y barriendo y limpiando todos sus aposentos, se dispone a recibir al Único que llena de veras.

Qué dulce es vivir así, sólo con Dios dentro del corazón. Qué suavidad tan grande es verse lleno de Dios. Qué fácil debe ser morir así.

Qué poco cuesta..., mejor dicho, nada cuesta, hacer lo que Él quiere, pues se ama su voluntad, y aun el dolor y el sufrimiento, es paz, pues se sufre por amor.

Sólo Dios llena el alma..., y la llena toda.

No hay criaturas, no hay mundo, no hay nada que la turbe... Sólo el pensar en ofenderle y en perderlo, la hace sufrir...

Que vengan los sabios preguntando dónde está Dios. Dios está donde el sabio con la ciencia soberbia no puede llegar... Dios está en el corazón desprendido…, en el silencio de la oración, en el sacrificio voluntario al dolor, en el vacío del mundo y sus criaturas...

Dios está en la Cruz, y mientras no amemos la Cruz, no le veremos, no le sentiremos...

Callen los hombres, que no hacen más que meter ruido.

¡Ah!, Señor, qué feliz soy en mi retiro... Cuánto te amo en mi soledad... Cuánto quisiera ofrecerte que no tengo, pues ya te lo he dado todo... Pídeme, Señor..., mas ¿qué he de darte?

¿Mi cuerpo?, ya lo tienes; es tuyo. ¿Mi alma?... Señor, ¿en quién suspira sino en Ti, para que de una vez la acabes de tomar? ¿Mí corazón? está a los pies de María, llorando de amor..., sin ya nada querer, más que a Ti.

¿Mi voluntad? ¿acaso, Señor, deseo lo que Tú no deseas? Dímelo... dime, Señor, cuál es tu voluntad, y pondré la mía a tu lado... Amo todo lo que Tú me envíes y me mandes, tanto salud como enfermedad, tanto estar aquí como allí, tanto ser una cosa como otra.

¿Mi vida? tómala, Señor Dios mío, cuando Tú quieras.

¡Cómo no ser feliz así!

Si el mundo y los hombres supieran. Pero no sabrán; están muy ocupados en sus intereses; tienen el corazón muy lleno de cosas que no son Dios. Vive el mundo muy para un fin terreno; sueñan los hombres con esta vida, en que todo es vanidad, y así..., no se puede encontrar la verdadera felicidad que es el amor a Dios. Quizás se llegue a comprender, pero para sentirla hay que vivirla, y muy pocos se renuncian a si mismos y toman su cruz..., aun entre los religiosos...

Señor..., qué cosas permites..., tu sabiduría sabrá; tenme a mi de la mano y no permitas que mi pie resbale, pues si Tú no lo haces..., ¿quién me ayudará? ¿Y si Tú no edificas?.

¡Ah!, Señor, cuánto te quiero. ¡Hasta cuándo, Señor!

Virgen María, dile a Jesús que quisiera volverme loco y hacer locuras por su amor; dile que... me perdone... El lo hará, bendita Madre, si tú se lo dices. Así sea.





7 de marzo de 1938 - lunes

7 de marzo de 1938.

Con qué facilidad juzga el mundo, y con cuánta facilidad también se equívoca. Para mi familia es la cosa más natural que yo esté en la Trapa.

Mis hermanos, llevados del cariño, desean mi felicidad. Han visto, mientras he estado en el mundo, mis deseos de vivir y morir trapense... Ahora que ya vivo en el monasterio, dicen..., que Dios te ayude, por fin vives en tu centro, ojalá no tengas que volver a salir..., eres feliz en el convento, el mundo no es para ti.

Estas y otras razones se hace mi familia.

Es natural..., ignoran mi vocación.

Si el mundo supiera el martirio continuo que es mi vida... Si mi familia supiera que mi centro no es la Trapa, ni el mundo, ni ninguna criatura, sino que es Dios, y Dios crucificado...

Mi vocación es sufrir, sufrir en silencio por el mundo entero; inmolarme junto a Jesús por los pecados de mis hermanos, los sacerdotes, los misioneros, por las necesidades de la Iglesia, por los pecados del mundo, las necesidades de mi familia, a la que quiero ver, no en la abundancia de la tierra, sino muy cerca de Dios.

¡Ah!, si el mundo supiera lo que es mi vocación en la Trapa... Si supieran ver la cruz detrás de una pacífica sonrisa; si supieran ver las enormes luchas detrás de la paz conventual... Pero no, eso no deben verlo... Sólo Dios. Bien está así.

Esto no son quejas, ni amargura..., todo lo contrario. Mis ansias de cruz no disminuyen. Mi mayor alegría es vivir ignorado. Mi vocación la comprendo y en ella a Dios bendigo cuando de todo corazón la abrazo... Qué dulce es sufrir por Jesús y sólo por Él y sus intereses.

La Trapa mi centro, dice el mundo..., qué paradoja. Mi centro es Jesús, es su Cruz... La Trapa no me importa nada..., y si Dios me manifestara otro sitio donde sufriera más, y El me lo pidiese, allí me iría con los ojos cerrados.

Yo no me entiendo a veces. Soy absolutamente feliz en la Trapa, porque en ella soy absolutamente desgraciado.

No cambiaría mis penas, por todo el oro del mundo, y al mismo tiempo, lloro mis tribulaciones y desconsuelos, como si con ellos no pudiera vivir.

Deseo con ansia la muerte por dejar de sufrir, y a veces no quisiera dejar de sufrir ni aun después de muerto.

Estoy loco, chiflado, no sé lo que me pasa. En algunos momentos sólo en la oración a los pies de la Cruz de Jesús, y al lado de María, tengo sosiego.

Que Él me ayude. Así sea (1).



8 de marzo de 1938 - martes

Día 8 de marzo de 1938.

Dios y su voluntad es lo único que ocupa mi vida. Lo que antes era deseo vehemente, por su infinita misericordia se va templando. Qué inmensa es la gracia de Dios cuando va llenando poco a poco un alma. Cómo se va precisando más y más la vanidad de todo lo humano, y cómo en cambio, se llega uno a convencer prácticamente de que sólo en Dios es donde se halla la verdadera sabiduría, la verdadera paz, la verdadera vida, lo único necesario y el único amor y deseo del alma.

El otro día estuve con el reverendo Padre Abad. Fui a pedirle me concediera alguna penitencia en este santo tiempo de Cuaresma, cosa que me negó, y en cambio me dijo que el día de Pascua me daría la cogulla monacal y el escapulario negro (2). ¡Qué alegría tuve, buen Jesús! Hubiera abrazado al R.P.A..., demasiado bueno es conmigo.

Cuánta ilusión tenía ya hace algún tiempo por poder vestir la cogulla... Qué alegría tan grande me dio el pensar en que dentro de un breve plazo no me distinguiría en nada de un verdadero religioso (únicamente la corona que no podré usar).

Mas después que fui a darle gracias al Señor por este beneficio, vi claramente que en mí eso es vanidad. Vi que es un honor que me hace la comunidad (3), y eso me lastima más que otra cosa. ¡Ah!, si me hubiera dado el hábito de converso como le manifesté..., otra cosa hubiera sido; pero lo mismo me da.

De pardo (4) o de blanco, con cogulla o sin ella soy el mismo delante de Dios. Todo lo externo me es indiferente... Sólo quiero amar a Dios, y eso lo hago por dentro y sin que se enteren los hombres.

Lo mismo me da, Señor, el honor que el desprecio. La alegría yana y un poco infantil de vestir la cogulla ya se ha serenado... No quisiera, Señor, que nada del mundo me turbara, ni nada de las criaturas me quitara la paz y el sosiego de amar sólo tu voluntad.

Y así veo, Señor, que todo es vanidad. Que Tú no estás en el hábito ni en la corona. ¿Entonces? Tú, Señor, sólo estás en el corazón desprendido de todo.

Tú, buen Jesús, divino amado mío, tienes tus delicias... ¡Ah!, Señor, qué voy a decir, en el corazón del hombre... Yo te brindo el mío.

Déjame hacer en el tuyo mi celda. Déjame hacer junto a él mi lecho. Déjame vivir solo y desnudo de todo junto a tu Corazón Divino, y ríame de los hábitos, de las coronas, y... de las barbas de todos los conversos del mundo. Seré siempre el mismo para Ti, ¿verdad Jesús?.

¡Qué necio y pueril es el mundo! ¡Cómo nos alegra un trapo y nos entristece una nube! ¡Con qué facilidad nos consideramos felices con una niñería, y con otra niñería nos abatimos y desalentamos!

¡Qué poco somos..., como vivimos a lo exterior, sin pensar que todo es nada, menos amar y servirte a Ti, Jesús mío!

Quiero, Señor, pasar esta Cuaresma, muriendo poco a poco, lo mucho que aún me falta, para vivir sólo para Ti; para que algún día me dejes, Señor, penetrar por la haga de tu costado, y hacer una celdica junto a tu Divino Corazón... ¿Me lo permitirás? A la Santísima Virgen María se lo pido con fervor. Así sea.

(Aunque la nona se vista de seda..., mona se queda).

Un día que me parecía muy grande la pequeña cruz que Jesús me enviaba... Un día que al pensar en lo que aún me queda de vida..., de vida trapense, aquí encerrado para siempre, me parecía muy larga..., un día en que sufría pareciéndome penoso y largo mi camino, leí unas palabras que decían...

NADA DE LO QUE TIENE FIN ES GRANDE




9 de marzo de 1938 - miércoles

Mi amadísimo Jesús: Comprendo que la humildad y paciencia, son las cosas que hoy más necesito.

Después de llevar una hora y pico en la clase de latín con los oblatos (5), salgo con el espíritu cansado y con los nervios en tensión. Cuántas veces, Señor, me agarro al crucifijo y hago un acto de sumisión a tu voluntad... Pero, Señor, los nervios no puedo dominarlos. ¡Si tuviera verdadera y perfecta paciencia!

Virgen Santísima María, a ti te ofrezco ese pequeño sufrimiento en reparación de tantas veces como te he ofendido en las clases y en las aulas de la universidad.

Te ofrezco, Señora, el esfuerzo de atención en reparación de tanto tiempo perdido en mis días de estudiante. Te ofrezco, Virgen María, la obediencia humilde en la clase, en reparación de tantas faltas de soberbia como tuve en el mundo.

Por último, Señora, te ofrezco para que tú se la presentes a Jesús, toda mi voluntad y sumisión, a los divinos deseos de tu Hijo.

Recíbelo todo, Madre mía, a pesar de ir a tus manos, no con toda la pureza que yo quisiera, pero mira Señora, no la ofrenda en si, que nada vale, sino mi intención que bien quisiera fuera de tu agrado. Así sea.

9-marzo de 1938




13 de marzo de 1938 - domingo

l3 de marzo de l938.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

¡Señor! ¿cómo es posible vivir, esperando lo que espero? ¿Cómo me es posible pensar en tanta cosa criada, como me rodea, teniéndote a Ti? Me maravillo de que tu gracia no me mate. ¡Es tanta y tan abundante!

Sueño con tu gloria; vivo algunas veces atontado y sin saber lo que quiero..., de tanto que quiero.

¡Cómo me cansan las criaturas, Señor y Dios mío! ¡Qué sinsabor tan grande me causa el tratar cosas del mundo, el hablar de negocios temporales, el escuchar noticias!... ¡Ah!, Señor, nada quisiera saber, ni escuchar... Sólo Tú, Señor, sólo Tú.

Nada me llena... Nada desea mi alma..., ni aun gozar ni padecer... Sólo desea amar con locura. Sólo se llena del pensamiento de Ti... ¡Qué ansias tan grandes, Señor..., qué duro es vivir!

Antes todo me llevaba a Ti... Todo me hablaba de tu inmensa bondad, de tu grandeza; ahora también te alabo en las criaturas, Señor..., pero el sol me parece pequeño..., el cielo azul es hermoso, pero no eres Tú, la belleza del mundo..., es tan poquita cosa.

¡Cómo cambias mi alma!... Qué maravilloso milagro. Nada me dicen las criaturas..., todo es ruido... Sólo en el silencio de todo y de todos, hallo la paz de tu amor... Sólo en el humilde sacrificio de mi soledad, hallo lo que busco..., tu Cruz..., y en la Cruz estás Tú, y estás Tú solo, sin luz y sin flores, sin nubes, sin sol... Las criaturas te abandonaron, el cielo se oscureció... Sólo quedó en el silencio del Gólgota, un Dios clavado en la Cruz.

Señor Jesús..., mírame a tus plantas adorando tu agonía, besando tus llagas, limpiando con mi dolor tu divina sangre...

Cómo quisiera, Señor, morir a tus plantas de amor..., olvidado de todos, sin ruido, en silencio, sin pensar en los hombres que son criaturas, sin soñar con el mundo, que te abandonó, sin mirar a los cielos, ni a las flores, ni a las aves, ni al sol.

Señor, quisiera morir de amores a los pies de tu Cruz; ¿qué divino milagro hiciste con mi alma? ¿Dónde están mis penas?... ¿Dónde mis alegrías? ¿Dónde mis ilusiones?... Todo voló.

Mis penas eran egoísmos... Mis alegrías, vanidades... Mis ilusiones, Tú las desvaneciste al soplo de tu amor. Me enseñaste a los hombres y me dijiste: ¿Qué te pueden dar que no te dé yo?... Y vi miserias, que me hicieron llorar... Busqué consuelo, y no lo encontré. Busqué caridad y..., Señor, ¿qué diré?, sólo en Ti la encontré.

Ya nada me importa..., sólo me hace sufrir la espera..., el temor de perderte..., el tener que vivir.

Ya no me importa vivir encerrado entre muros, sin ver las puestas del sol, sin tomar las brisas del mar, sin correr por el mundo en alas de la libertad. Todo eso es pequeño, no es nada, prefiero a Jesús en la soledad.

Ya no me importan las criaturas, ni me hacen daño las flaquezas de los hombres... Son hombres, y nada más; sólo en Dios hallo refugio; sólo en Él he de buscar caridad.

Ya no me importa mi vida, ni mi salud, ni la enfermedad... Sólo encuentro consuelo en hacer su voluntad..., y eso me llena de tal alegría que, a veces, tengo el corazón tan lleno, que parece va a estallar...

Qué bueno es Dios, qué grande es su misericordia..., qué maravilloso es el amor que Jesús me tiene... ¿Hasta dónde va a llegar?

No sé, Señor..., me anonado, me atonto, me abismo en mi pequeñez, y suspiro por un poquito de amor para poder ofrecértelo,. Nada soy, nada valgo, sólo tengo miserias y pecados… y a pesar de todo… Tú, Señor, me cuidas y me consuelas… me apartas de las criaturas y me llenas de tu amor… ¿qué diré?

Yo bien quisiera callar..., pero el escribir este inmenso milagro que estás haciendo con mi alma, aunque quizás nadie lo lea..., me parece que con ello te doy un poquito de gloria, pues mi escritura muchas veces es oración.

Señor Jesús, qué bueno eres.

Una de tus grandezas es la transformación que haces en mi alma con respecto al amor al prójimo. Me explicaré.

Cuando antes buscaba un religioso y me encontraba en su lugar, un hombre corriente..., ¡cuánto sufría, buen Dios!

Cuando un hermano, sin él saberlo, me humillaba (¡a mi..., qué paradoja!), también sufría...

Cuando no encontraba mi alma lo que buscaba... aunque no fuera más que educación..., muchos ratos he pasado a los pies de la Cruz... Señor, Tú ya sabes.

Perdí la ilusión..., y en mis ratos de desconsuelo pensaba... más vale así..., he de separar mi corazón de los hombres y entregárselo sólo a Dios... Pasaba días en que no quería hacer ni señas... En medio de todo eso (ahora lo he visto claro), había bastante soberbia, mucha vanidad, y un inmenso amor propio... Dulce y manso Jesús..., perdóname, no sabía lo que hacía... Solo y sin guía..., si Tú no me ayudas, mil y mil veces me desviaré del verdadero camino, de la caridad de Cristo.

Ahora me pasa una cosa muy rara. Algunos días, cuando salgo de la oración, aunque en ésta me parece no hacer nada, siento unos deseos muy grandes de amar a todos los miembros de la comunidad con unas ansias muy grandes..., como Jesús los ama.

Siento algunos días después recibir al Señor en la comunión, y ver lo que Él me ama siendo lo que soy, que de buena gana, besaría el suelo que los religiosos pisan, y siento unos deseos muy grandes de humillarme ante aquéllos que antes creía yo me habían humillado.

Son religiosos al servicio de Dios... Jesús los quiere... Yo soy el último, el más mundano y con más lastre de pecados... ¡Ah, si el mundo supiera lo que yo he sido!

¡Ah!, Señor, en esos momentos quisiera ser pisoteado por todos; siento un gran amor y caridad por todos; no me importaría que el último me mandase las cosas más humillantes..., no veo flaquezas ni miserias en nadie... sólo veo mi ruindad amada por Dios..., y ante eso ¿qué no quisiera yo hacer para imitarle?... ¡Pues amar entrañablemente al prójimo!

¡Qué grande es tu misericordia, Señor! ¿Qué mérito tenemos al amar a los buenos y a los santos? ¿Acaso Jesús no está clavado en la Cruz por los pecadores?

Buen Jesús, llena mi alma de caridad... Es el único alimento que en esta vida me puede de veras nutrir...

No sé si me explico..., pero lo que me pasa yo me lo entiendo muy bien.

¡Ah!, Señor, y qué gran paz se siente en esos momentos... Así como antes me turbaba una falta o una flaqueza de un hermano y sentía casi repulsión..., ahora siento una ternura muy grande hacia él..., y quisiera en lo que de mí depende, reparar la falta... Es un alma a la que quiere Jesús. Es un alma por la cual Jesús sangra desde la Cruz... ¡Acaso yo la voy a desdeñar!... Dios me libre..., al contrario, siento un gran amor hacia ella, y esto que digo no es yana palabrería, es un hecho real y positivo que yo no he conseguido, sino que Jesús ha puesto en mi alma... He aquí el estupendo milagro.

Ahora veo claro.

Sólo la caridad hace feliz... Sólo en ella se encuentra la mansedumbre y la paz... Solamente en la caridad se halla la verdadera humildad, y solamente en ella podemos vivir tranquilos y felices en comunidad. ¡Cuántas cosas diría si supiese escribir!

Mas no sé, y ante la impotencia de poder expresar lo que mi alma siente, prefiero callar.

La Santísima Virgen, que me comprende sin necesidad de ruidos ni de palabras, es mi gran consuelo.

Ante Ella deposito mi silencio. Así sea.



(1) "Dice su confesor el Padre Teófilo Sandoval Fernández que ya entonces comenzaron a notar que algo extraordinario se operaba en el alma del hermano Rafael. Pasábase horas enteras junto al Sagrario, a solas con su Dios, en elevadísima unión con Él, y luego, al volver a reanudar su vida en el monasterio, veíanle transformado, reflejada en su límpida mirada aquella llama de amor ardiente que le consumía.

Pasaba mucho tiempo al pie del Sagrario (dice el Padre Amadeo). Ya en los últimos meses de su vida me llamaba la atención su postura ante el Santísimo; era la postura de quien está completamente abandonado en las manos del Señor; le costaba trabajo separarse del centro de sus amores.

Muy agotado físicamente, no podía hacer duros trabajos, y alguna vez, para distraer sus largas horas de soledad, ocupábanlo en pelar patatas, o en la chocolatería, o en hacer planos y dibujos que el reverendo Padre Abad le encargaba, o en estudiar latín, o en clase de gramática con los pequeños oblatos, por los que sentía especial cariño y predilección.

Pero Fray Maria Rafael no podía atender a nada de la tierra. Sólo amar a Dios era su pensamiento constante, y este amor conmovía todas las fibras de su ser, anegando su corazón y haciéndole indiferente a todo lo que no fuera su Dios" (VIDA Y ESCRITOS, PP. 481-482). 

(2) Los novicios llevaban el escapulario de color blanco, como la túnica, en tanto que el negro era propio de los profesos. 

(3) El caso del Hno. Rafael, de habérsele dado la cogulla (que únicamente es de uso por los hermanos profesos) siendo un simple oblato, ha sido único en la historia del Monasterio de San Isidoro.

(4) Los llamados "hermanos conversos" (que hoy ya no existen) llevaban el hábito de color pardo y se dejaban crecer toda la barba. 

(5) Durante mucho tiempo, en los monasterios cistercienses había un grupo de oblatos, que eran niños aspirantes al noviciado. No existen en la actualidad. 



SANTORAL 27 DE ENERO



27 de enero


SAN JUAN CRISÓSTOMO,
Obispo, Confesor y Doctor



Ésta es la voluntad de Dios, que obrando bien, tapéis
la boca a la ignorancia de los hombres necios.
(1 Pedro, 2,15).

   He aquí el modelo del orador cristiano; escucha sus palabras, imita sus ejemplos. A nadie deja de fustigar, porque a nadie teme; sus palabras son de oro todas, de oro abrasado por el fuego del Espíritu Santo. Su elocuencia es divina, inquebrantable su paciencia, su vida toda celestial. Aconteció su muerte en el año 407.

  MEDITACIÓN
SOBRE EL BUEN EJEMPLO   

   I. San Juan Crisóstomo predicaba tanto con sus ejemplos como con sus discursos. El buen ejemplo produce tres diferentes impresiones en nuestro espíritu. Nos hace amar lo que admiramos, pues la virtud tiene encantos que arrebatan nuestro corazón; en segundo lugar, nos hace falta desear llegar a ser semejantes a los que admiramos; en fin, facilita la práctica de la virtud. Cada uno de nosotros querría ser virtuoso si no existieran las dificultades que imaginamos que encontraremos en el camino de la virtud. El buen ejemplo derriba este obstáculo al mostrar que no es difícil hacer lo que tantos jóvenes y tantas personas delicadas hacen sin pena, y aun con placer. Ánimo, alma mía, nada han hecho los santos que no puedas llevar a cabo con la gracia de Dios.

   II. Nada podemos hacer que sea más agradable a Dios, más útil al prójimo y a la salvación de nuestra a1ma, que predicar la virtud con nuestro ejemplo. Los justos, dice San Juan Crisóstomo, son cielos que narran la gloria de Dios y dan a conocer su poder y su bondad. Acaban la obra de la Redención, convirtiendo al prójimo mediante su vida santa. ¡Qué felicidad para ti, poder contribuir con tus buenos ejemplos a la conversión de un alma por la cual ha muerto Jesucristo, y que sin ti no hubiera aprovechado la sangre derramada por el Salvador! ¿Dejará Dios de recompensar tu celo?

   III. Realiza todas tus acciones por el doble motivo de agradar a Dios y edificar al prójimo. Suprime  tus acciones, aun las indiferentes, que puedan escandalizar a tu hermano. ¡Jesucristo murió por él, y tú no te quieres privar de un pequeño placer para con tribuir a su santificación! Señor, si no puedo predicar la modestia y la humildad desde el púlpito, las predicaré mediante una vida humilde, mediante un exterior modesto y recatado. Es el medio con que cuento para imitaros, oh Señor Jesús, a Vos que du rante treinta años nos habéis enseñado con vuestro ejemplo, y que sólo durante los tres últimos años de vuestra vida predicasteis. El testimonio de la vida es más eficaz que el de la lengua: cuando la lengua calla, hablan los actos. (San Cipriano).

El respeto por la palabra de Dios 
Orad por los predicadores.

ORACIÓN

      Señor, dignaos difundir cada vez más las riquezas de vuestra gracia en vuestra Iglesia, que habéis querido ilustrar con los gloriosos méritos y doctrina de vuestro confesor San Juan Crisóstomo.  Por N. S. J. C. Amén.

jueves, 26 de enero de 2012

SANTORAL 26 DE ENERO



26 de enero


SAN POLlCARPO,
Obispo y Mártir



Bienaventurados los que tienen hambre y sed
de la justicia, porque ellos serán saciados.
(San Mateo, 5, 6).

   Policarpo va a Roma a consultar al Papa Aniceto, y es recibido por éste con muestras del mayor res peto. Marción lo encuentra y le pregunta si lo conoce. "Sí, responde el santo al hereje, yo te conozco como al hijo mayor de Satanás". De vuelta a Esmirna, se lo quiere forzar a que injurie a Jesucristo. "Hace ochenta y seis años que lo sirvo, responde, y ningún mal me ha hecho. ¿Cómo, pues, podría injuriar a mi Rey y Salvador?" Se lo pone en la hoguera, cúrvanse como un arco a su alrededor las llamas. Se le da un lanzazo, y la sangre brota de la herida en tan gran cantidad que apaga el fuego.

  MEDITACIÓN
SOBRE LA JUSTICIA  

   I. Da a Dios lo que le debes: obediencia como a tu soberano, amor y reconocimiento como a tu padre y bienhechor. ¿De quién has recibido más y de quién esperas más? Es pues muy justo que lo ames sobre todas las cosas, y que pierdas tus riquezas, tus honores y tu vida antes que ofenderlo. ¿Cómo te conduces con Dios? Si no le tributas los deberes que la justicia te impone, un día experimentarás los terribles efectos de su cólera. ¡Ah! Señor, no entres a juicio con tu siervo (Salmo 142).

   II. Debes respeto y obediencia a tus superiores como a Jesucristo; debes amar a tus iguales como a hermanos; debes tener caridad para tus inferiores, pues son miembros de Jesucristo. Interpreta para bien todos los actos de tu prójimo, y no te inquietes por lo que se piense de ti. Piensa de Agustín lo que quieras, con tal que mi conciencia nada me reproche delante de Dios. (San Agustín).

   III. Hazte justicia a ti mismo, poniéndote debajo de todos los demás; condena tus faltas; cuando te acusen, rara vez toma la palabra para defenderte. Sujeta tu cuerpo a tu alma, tu alma a la razón y tu razón a Dios: he aquí el orden establecido por Dios y que debes observar. Júzgate tú mismo con tanta severidad cuanta empleas en criticar los actos de los de más, y nada tendrán los hombres que reprenderte.

La fidelidad a la gracia 
Orad por la
conversión de los herejes.

ORACIÓN

      Oh Dios, que cada año nos dais un nuevo motivo de gozo con la solemnidad del bienaventurado Policarpo, vuestro pontífice mártir, haced que celebrando su nacimiento al cielo, experimentemos los efectos de su protección.  Por N. S. J. C. Amén.