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viernes, 6 de enero de 2012

FIESTA DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR

FIESTA DE LA EPIFANÍA DEL SEÑOR



 Visto en: Radio Cristiandad


Epifanía significa Manifestación.

La Fiesta de hoy conmemora una de las muchas manifestaciones de Jesucristo.

Como en el Antiguo Testamento se conmemoran varias teofanías o apariciones de Yahvé, en el Paraíso, a los Patriarcas, a Moisés, en Horeb, así podemos decir que son varias las Epifanías del Verbo de Dios Encarnado.

Se manifiesta en las Profecías; en la Anunciación, cuando se realiza en las entrañas purísimas de María la Encarnación del Verbo; en el Nacimiento; en el Jordán, cuando es bautizado; en el Tabor; en Caná, cuando por vez primera manifiesta su poder divino; en sus apariciones después de la Resurrección…

Dios ha querido que Jesucristo se manifestara a los hombres en estás sucesivas epifanías, que aumentan en claridad a medida que se producen, para acostumbrar a la débil inteligencia del hombre a la luz creciente de la revelación del Mesías y prepararle, por los caminos de la fe incipiente y progresiva, a la definitiva epifanía de Dios en la clara visión de la gloria.

De todas estas epifanías, por tradición antigua de la Iglesia Romana se celebran tres en este día: la manifestación a los Magos, la revelación de la divinidad de Jesús por la voz del Padre en su Bautismo y la exhibición de su poder taumaturgo por vez primera, cuando trocó en vino el agua en las bodas de Caná.

Desglosáronse de la festividad presente las dos últimas epifanías: la del Bautismo de Jesucristo, para celebrarla el día de la Octava de esta fiesta; y la de las Bodas de Caná, que se conmemora en la Domínica Segunda después de la Epifanía, quedando la presente festividad dedicada solamente a celebrar la manifestación de Jesús a los Magos.

En la Encarnación ha venido el Verbo a la tierra para la redención del mundo, pero no se ha manifestado como tal.

En su Natividad le cantan los Ángeles como Salvador del mundo, pero queda reducida su manifestación a los límites de su pueblo, pues no ha llamado más que a unos sencillos pastores de Belén.

Hoy, rompe Jesucristo el estrecho molde que al Mesías habían señalado los doctores y la conciencia religiosa de Israel; salva, los reducidos límites de la Palestina y se manifiesta al mundo pagano, es decir, a todo el mundo, representado por los Magos que hoy le adoran.

Son los desposorios, de hecho, del Verbo Encarnado, con toda la humanidad. Hoy, dice la Liturgia, la Iglesia se ha Unido al celestial Esposó; hoy se realizan las profecías de la vocación de los gentiles para que formen parte del Reino de Dios; hoy, sigue la Iglesia, el que fue engendrado antes del lucero de la mañana y antes que fuesen los siglos, ha aparecido al mundo.

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Deseando, pues, el Padre Eterno que su Hijo recién nacido en Belén fuese conocido y adorado, no solamente de algunos judíos, sino también de algunos gentiles, habiendo enviado un Ángel que diese nueva de este Nacimiento a los pastores, el mismo día creó en el Oriente una estrella hermosísima y muy resplandeciente, que fuese señal de haber nacido el Mesías y Rey de Israel, tal como Balaam había profetizado, con deseo de que acudiesen a reconocerle y adorarle, pues para bien de todos había nacido.

Muchos del Oriente vieron aquella estrella, y se admiraron de su hermosura y entendieron lo que significaba; pero sólo tres Reyes se movieron y determinaron de salir en busca de este Rey, cuya estrella habían visto. Los demás no quisieron, porque les pareció mal dejar sus casas, haciendas, mujeres y amigos, y salir de su tierra por camino y a lugar incierto, aumentando la carne y el demonio todas estas dificultades para no comenzar esta jornada

Consideremos la gran merced que hizo Dios a estos tres Reyes en inspirarles con tanta eficacia y con tanta luz interior la resolución que tomaron en dejar sus tierras y casas, y salir a buscar a Cristo, dejando a los otros en su ceguedad y miseria

Se cumplió aquí la verdad de aquella temerosa sentencia: Muchos son los llamados, y pocos los escogidos, pues entre tantos varones del Oriente, sólo tres fueron escogidos para esta empresa, tomándolos la Santísima Trinidad por primicias de los escogidos de la gentilidad.

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Los Reyes, con la fe viva que tenían, arrojándose en las manos de Dios, comenzaron a caminar llevando consigo dones que ofrecer al Niño; y entrando en el camino, vieron a deshora moverse la estrella, como quien quería serles guía en aquella aventura, con lo cual se alegraron grandemente, alabando y glorificando a Dios por la providencia y cuidado que tenía de ellos.

Esto nos prueba que, si fiados de Dios y apoyados en la fe, comenzamos a buscarle, su Providencia acudirá a proveernos de guía y ayuda para proseguir nuestro camino, y el Espíritu divino y la gracia irá siempre delante como estrella, guiándonos y enderezando nuestros mis pasos, al modo que guió a los israelitas por el desierto, yendo delante de ellos, mostrándoles el camino, de día en una columna de nube que les defendía del sol, y de noche, en una columna de fuego, que les alumbraba, para ser su guía en ambos tiempos.

Visto esto, los Reyes iban caminando siguiendo siempre la estrella, sin apartarse a un lado ni a otro, parando donde ella paraba y andando cuando ella se movía, procurando no hacer cosa indigna del Señor que en la estrella reconocían.

Prosiguiendo su camino los Reyes, y llegando cerca de Jerusalén, de repente, por ordenación de Dios, se les encubrió la estrella, quedando tristes y afligidos por esto; lo cual ordenó así la divina Providencia, para probar su fe y lealtad, y para darles ocasión de ejercitar grandes virtudes en la entrada de Jerusalén, y para que, faltando la guía del Cielo, buscasen la que Dios ha dejado en la tierra, que es la de los sabios y doctores de la ley, y de los prelados y superiores en su Iglesia.

Y así, los Magos no desmayaron, ni se dieron por engañados, ni dejaron su empresa volviéndose a su tierra, sino determinaron entrar en Jerusalén a buscar lo que deseaban.

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Los Magos en Jerusalén preguntan, pues, por el Rey de los judíos recién nacido. En dicha pregunta resplandecen grandes virtudes de estos varones.

Primero, mostraron grande fe creyendo lo que no habían visto, confesando que había nacido un Niño que era el Rey y Mesías prometido a los judíos; y no dudaron de esto, sino solamente del lugar donde había de nacer, porque quien les reveló lo primero no les reveló lo segundo.

También mostraron grande magnanimidad y fortaleza, porque con adivinar el peligro a que se ponían preguntando por otro rey, con todo eso no entraron a escondidas y preguntando por los rincones con secreto, sino públicamente y en el mismo palacio real.

De esta fe y fortaleza de los Magos procedió que, aunque se turbó Herodes oyendo esta pregunta, y con él toda Jerusalén, no se turbaron ellos.

Se turbó Herodes, porque era tirano y ambicioso, y así temía no hubiese nacido quien le quitase el reino. Pero lo que más admira es que también se turbasen los judíos por lo que debían holgarse, atendiendo más a lisonjear y dar contento al rey tirano que al Rey celestial que les estaba prometido.

Herodes, oída ésta pregunta, consultó sobre ella a los sabios; y dijo a los Magos que buscasen al Niño, y en hallándole, se lo avisasen

La Providencia de Dios se sirve de los malos para favorecer los intentos de los buenos, y por medio de sus ministros, aunque sean malos, descubre la verdad de la divina Escritura a los que desean saberla para su provecho.

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Nos deben atemorizar e inquietar los secretos juicios de Dios, que en este caso resplandecen; porque, viniendo los gentiles de tierras tan distantes, y con tanto trabajo, a buscar a Cristo, los judíos, que tantos años le habían esperado, con estar tan cerca, no se movieron a buscarle. Y aunque dieron aviso a los Magos donde le hallarían, no lo tomaron para sí, para que se vea la verdad de lo que después dijo este Señor: Ninguno puede venir a Mí, si mi Padre no le trajere.

Debemos escarmentar en cabeza ajena, quitando los estorbos que ponemos al Padre Eterno para que con sus inspiraciones nos llame y junte con Cristo, no dilatando el obedecer a las que nos diere, porque quizá la dilación será causa de nuestra perdición.

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Oída por los Magos la respuesta de Herodes, salieron de Jerusalén, camino de Belén, en busca del Rey nacido, y al mismo punto se les tornó a descubrir la estrella, con cuya vista se alegraron con gozo muy grande.

Consideremos la Providencia amorosa de nuestro Dios y su fidelidad en premiar el trabajo de los que le buscan; porque, dado caso que pudieran estos Reyes, pues ya sabían el lugar donde nació el Niño, ir a Belén sin la estrella, sin embargo quiso Nuestro Señor que se les apareciese segunda vez y les causase gozo, no cualquiera, sino grandísimo, para premiarles con esto los trabajos que pasaron en Jerusalén, los peligros a que se pusieron, las diligencias que hicieron para saber dónde hallarían al Rey que buscaban y para convertir la tristeza pasada en grande gozo, cumpliéndose lo que David había dicho, que según la muchedumbre de los dolores fue la grandeza de los consuelos que alegraron su alma.

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Llegando los Magos a Belén, paró la estrella y se posó sobre el lugar donde había nacido el Rey que buscaban; y entrando, hallaron al Niño con su Madre.

Gran admiración habrá causado en los Magos ver parar la estrella sobre un lugar tan pobre y vil como aquel establo; pero, ilustrados con la luz interior, reconocieron que la grandeza de aquel Rey no se mostraba en las cosas pomposas de este mundo, sino en el verdadero desprecio de ellas, y así rindieron su juicio al testimonio de la estrella exterior.

Debemos detenernos a meditar largamente en el misterio de aquellas palabras: Hallaron al Niño con su Madre; lo cual se dijo también de los pastores, para significar que regularmente no se halla Jesús sin su Madre, ni su Madre sin Jesús; porque quien es amigo de Jesús, luego es devoto de su Madre, y quien es devoto de su Madre, alcanza la amistad con Jesús.

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Es justo suponer que en cuanto los Magos vieron al Niño, se les descubrió que era Dios y hombre, Rey y Mesías prometido a los judíos y Salvador del mundo; y les causó esto un gozo interior excesivo, que les llenó toda el alma; porque si la vista de la estrella material tan gran gozo les causó, ¿qué gozo causaría la vista de Jesús, Estrella de la mañana y Señor de las estrellas?

¡Qué contentos y satisfechos quedarían con la vista de esta divina Estrella!, cumpliéndose en ellos lo que dijo David: Quedaré harto cuando apareciere tu gloria.

Entonces, postrándose los Magos en tierra, adoraron al Niño, y abriendo sus tesoros, le ofrecieron oro, incienso y mirra.

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Tres cosas hicieron aquí los Magos en servicio del Niño Jesús, las cuales estaban profetizadas por David.

La primera, fue postrarse en tierra, en señal de la suma reverencia exterior e interior que le tenían; porque, como el cuerpo se humilló lo más que pudo, hasta postrarse, así el alma se humilló delante de este Rey, reconociéndose en su presencia como polvo y nada.

Comenzándose a cumplir aquí la profecía de David, que dice: Delante de Él se postrarán los de Etiopía; y los que antes eran sus enemigos, besarán la tierra en señal de sujeción.

La segunda, fue adorarle, no sólo como se adoran los reyes de la tierra, sino con la suprema adoración que se da a sólo Dios, y se llama, latría, reconociendo con viva fe que aquel Niño era su verdadero Dios y Criador, que había nacido para remedio de todo el mundo; y con esta fe hablarían con Él, y le darían gracias por la merced que les había hecho en haber venido a remediarlos, y en especial en haberles traído con su estrella para que le conociesen, y allí se ofrecieron por sus vasallos perpetuos, con determinación de servirle para siempre, cumpliéndose lo de David: Le adorarán todos los reyes de la tierra, y le servirán todas las gentes.

La tercera cosa que hicieron los Magos fue abrir los cofres de sus tesoros, que habían traído cerrados por todo el camino, y ofrecer dones al Niño en señal de su vasallaje y en protestación de que le servirían con sus personas y con todas sus cosas; y con los mismos dones confesaron la fe que tenían, porque le ofrecieron oro como a Rey, incienso como a Dios y sumo Sacerdote, y mirra como a hombre mortal.

Pero mucho mayores fueron los dones interiores con que acompañaron los exteriores, ofreciéndoselos con oro de amor, con incienso de devoción y con mirra de mortificación de sí mismos por servir a su Señor, cumpliéndose lo que habían dicho los profetas, que los reyes de Arabia y de Saba le ofrecerían dones y presentes de incienso, mirra y oro, con alabanzas del Señor.

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Finalmente, podemos contemplar el coloquio que, sin lugar a dudas, tuvieron los Reyes con la Virgen Santísima y San José, dándoles cuenta de la estrella que habían visto en Oriente, y de lo que les había pasado en Jerusalén.

Consideremos cómo se ofrecerían a su servicio, cuán admirados estarían de ver la santidad que en aquella Señora y en aquel buen Señor resplandecía y, en contrapartida, ver la pobreza del lugar en que estaban.

¡Qué contentos quedaría María y José oyendo estas revelaciones! ¡Y cómo las conservarían en su memoria para meditarlas! ¡Cómo agradecerían a los Magos el trabajo que habían tomado en venir a adorar a su Hijo, y qué cosas tan divinas les dirían para confirmarlos en la fe!

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Pidamos, con la Santa Liturgia: Te suplicamos, oh Dios omnipotente, hagas que de lo que celebramos con solemne culto, obtengamos la inteligencia y recojamos los frutos en un alma purificada.

SANTORAL 6 DE ENERO


6 de enero


EPIFANÍA DE
NUESTRO SEÑOR



Hallaron al Niño con María, su Madre, 
y prosternándose lo adoraron; y abiertos sus cofres
 le ofrecieron presentes de oro, incienso y mirra.
(Mateo, 2, 11).

   Unos magos de Oriente reciben aviso del nacimiento del Hijo de Dios por medio de la aparición de una estrella milagrosa. Dejan su reino y van a Jerusalén a buscar a ese Dios. Túrbase Herodes ante la noticia; disimula sin embargo su pavor, y ruega a los magos que regresen a Jerusalén después que hayan adorado al recién nacido, en Belén. Pero éstos, advertidos en sueños de que no vuelvan a Herodes, retornan a su país por otro camino.

  MEDITACIÓN SOBRE 
LOS PRESENTES
DE LOS MAGOS 

   I. Los Magos ofrendaron mirra a Nuestro Señor, para honrar su humanidad. Jesús es Hombre, y lo es por amor nuestro, porque por amor nuestro tomó un cuerpo semejante al nuestro. Amémoslo, pues, y ofrendémosle nuestro cuerpo. Este cuerpo es vuestro, ¡oh Jesús mío!, disponed de él como os plazca, sano o enfermo, vivo o muerto. ¡Qué feliz sería si pudiese sufrir con Vos, para reinar un día también con Vos! Me habéis rescatado todo entero, a fin de poseerme todo entero. (San Agustín).

   II. Jesús es hombre, mas también es Rey. Por eso se le ofrenda oro. Es el dueño de nuestros bie nes, Él nos los dio; debemos servirnos de ellos para honrarlo, para engalanar sus altares, para socorrer a los pobres. Ve a Jesús en sus pobres, con la fe de los Magos que, contemplando en el pesebre a un niño pobre y abandonado, lo reconocieron como a su Rey y a su Dios. Si eres pobre, ofrece a Jesús tu pobreza; esta ofrenda le será más agradable que todos los tesoros de la tierra.

   III. Los Magos ofrecieron incienso a Jesús, y reconocieron así su Divinidad. El incienso que tú le debes presentar, es la oración que eleva a tu alma hasta Dios. Humíllate ante este Soberano, ofrécele todas las potencias de tu alma, adóralo, témelo. Acuérdate sobre todo que los Magos volvieron por otro camino; cambia de vida a ejemplo suyo, y después de haberte dado a Jesucristo, no te des más al mundo. Por el cambio de ruta, entendemos el cambio de vida. (Eusebio).

La devoción 
Orad por los que os gobiernan.

ORACIÓN

      Oh Dios que en este día hicisteis que los gentiles conocieran a vuestro Unigénito, dándoles una estrella por guía, haced que, conociéndoos ya por la fe, nos elevemos a la contemplación de vuestra gloria. Por J. C. N. S. Amén.

jueves, 5 de enero de 2012

DE LA DIALECTICA A LA FELICIDAD- San Agustín bajo la lupa. II

Por Antonio Socci



LAS AMANTES DE ANTAÑO

“No existía tampoco aquella excusa con la que solía persuadirme a mí mismo de que si aún no te servía, despreciado el mundo, era porque tenía una percepción clara de la verdad; porque ya la tenía y cierta…Me disgustaba lo que hacía en el siglo y me era ya carga pesadísima, no encendiéndome ya, como solían, los apetitos carnales, que antes con la esperanza de honores y riquezas,  me ayudaba a soportar servidumbre tan pesada; porque ninguna de estas cosas me deleitaba ya en comparación con tu dulzura y “con la hermosura de tu casa que yo amaba”, más sentíame todavía fuertemente ligado a la mujer” El recuerdo de las mujeres  con las que había estado “me tiraban del vestido de la carne”: “ mis antiguas amigas me retenían…y me decían por lo bajo: “desde éste momento nunca más te será lícito esto o aquello”. ¡Y qué cosas, Dios mío, que cosas me sugerían con las palabras esto y aquello!” Y añade el convertido Agustín: “Avertad ab anima servi tui misericordia tua!”(por tu misericordia aléjalas de tu siervo). ¿Qué es lo que podía ser más atractivo que los recuerdos del placer carnal? ¿Qué es lo que podía contener una felicidad más verdadera y grande? No es suficiente estar seguro de la verdad católica frente a “recuerdos” tan reales: “En todas partes hacías brillar ante mis ojos la verdad de tus palabras, pero yo, cierto de su verdad, no sabía que responder, si no alguna frase lenta y somnolienta: “dentro de poco”. Pero este “poco” no duraba poco, y  aquel “espera un poco” se hacía esperar.

También para san Agustín, como para el hombre de hoy, la cuestión es la de si es posible vivir en santidad  y cómo, y no saber quién tiene razón. La respuesta la recibió en la gracia de un encuentro que testimoniaba que la verdad reconocida por la razón en algunos momentos (“Deus sola certa incundtas”, Oh Dios, única cierta felicidad) era una posibilidad real de experiencia cotidiana.

Un día, Ponticiano, un temperamento apasionado y entusiasta, va a visitar a San Agustín y a su amigo  Alipio. Les cuenta un viaje con algunos amigos a Tréveris, y que dos de ellos habían decidido hacer vida común en la virginidad. Sin embargo, “los dos tenían  prometidas; pero cuando  oyeron éstas lo sucedido, consagraron también su virginidad”. San Agustín descubre que esta manera de vivir contagiaba a muchos jóvenes cristianos, y que algunos de ellos habían empezado esta vida en común a las puertas de Milán, bajo la dirección paterna de San Ambrosio. Era la primera semilla del monaquismo occidental. Era el testimonio que la gracia del martirio podía ser donada y vivída cotidianamente. Dentro de este testimonio de gracia se inserta la anécdota del estribillo del niño: “ Toma y lee, toma y lee”; el recuerdo de la conversión del monje Antonio, y la lectura de la sentencia de la Epístola de San pablo a los Romanos. “No quise leer más, ni era necesario tampoco, pues al  punto que dí fin a la sentencia, como si se hubiera infiltrado en mi corazón una luz de seguridad, se disiparon todas las tinieblas de mis dudas”.

“Porque de tal modo me convertiste a ti que ya no me apetecía esposa”. “Fuimos bautizados, y se disipó en nosotros la inquietud de la vida pasada”. “Tú que haces vivir en una casa los corazones de los hombres”, escribe San Agustín,” tu perdón estimula al corazón a no dormirse en la desesperación, a no decir”no puedo”, a velar en tu caridad, lleno de misericordia, fuerza para un débil como yo”.

La célebre charla con su madre



EL MILAGRO DE LA FELICIDAD

Nos deja estupefactos ver la transformación, en pocos meses, de aquel joven intelectual problemático. El bautismo, recibido de San Ambrosio (junto con su hijo) el 24 de abril de 387; luego la vida en común para gozar más fácilmente la gracia encontrada... Por aclamación del pueblo se debe hacer sacerdote, y nueve años después de su bautismo, dirigía ya la pequeña Iglesia de Hipona. Toda la Iglesia está pendiente de él. Él, que había buscado en vano la sabiduría y había encontrado sólo la desesperación, había sido alcanzado por un anuncio inaudito:”Podía suceder algo más bueno y noble que el hecho de que la Sabiduría misma de Dios, sincera, eterna e inmutable, a la cual debemos entregarnos, se haya dignado hacerse hombre?”.


UNA REALIDAD PRESENTE


Pero ¿cómo se realiza la conversión a Jesucristo de un hombre que vive  muchos siglos después que Él? ¿Y que no estuvo con Él en Palestina, como le sucedió a San Pedro, ni lo vio realizar milagros? ¿Es razonable? San Agustín reflexiona sobre su historia personal y responde en De fide rerum invisibilum: “Mucho se equivocan los que piensan que sin pruebas suficientes creemos en cristo2, “(…) que Cristo nació milagrosamente de la Virgen, que padeció, resucitó y subió a los cielos, y además, todas sus palabras y obras divinas. Estas cosas no las visteis vosotros, y por eso  os negáis a creerlas. Pero mirad, ved y considerad atentamente las que estáis viendo. No se os habla de las pasadas ni se os anuncian las futuras: se os muestran las presentes (…) No visteis  todos aquellos hechos ya pasados referentes a Cristo, pero estos que están presentes en su Iglesia no podéis negarlos” Por otra parte suceden normalmente en la vida de cada uno de nosotros una cantidad de hechos humanos “que es preciso creer muchas cosas sin verlas”. “Gran  número de hechos que nuestros adversarios, los que nos reprenden porque creemos lo que no vemos, creen  ellos también por el rumor público y por la historia, o referentes a los lugares donde nunca estuvieron… Y no digan: No creemos porque no vimos. Pues si lo dicen, se ven obligados  a confesar que no saben con certeza quiénes son sus padres”. Es un prejuicio irracional que San Agustín desprecia tanto como la “credulidad”.

“Así como por las pruebas  que se ven creemos en los sentimientos amistosos sin ser vistos, de la misma manera, la Iglesia, que ahora vemos, es índice del  pasado y anticipo y anuncio del porvenir que no se ven”. En esta vida nueva se cumplen las profecías y los milagros, hoy en el presente: “Esto, ciertamente, lo vemos cumplido en el mundo, aunque no conocimos en carne a Cristo”. Po r eso “no os dejéis seducir ni por los supersticiosos paganos, ni por los pérfidos judíos, ni por los falaces herejes, ni tampoco, dentro de la Iglesia, por los malos cristianos, enemigos tanto más peligrosos cuanto más interiores”. “En nuestras manos tenemos las Sagradas Escrituras, en nuestros ojos los hechos”.

Continuará el próximo jueves...

SANTORAL 5 DE ENERO


5 de enero


SAN TELÉSFORO,
Papa y Mártir



Venid, benditos de mi Padre, a tomar posesión del
reino que os está preparado desde el principio
del mundo.
(Mateo, 25, 34).

   San Te1ésforo, griego de nacimiento, sucedió al Papa Sixto I, y fue el octavo obispo de Roma. Tuvo el dolor de ver los estragos causados en la Iglesia por la persecución del emperador Adriano. Sabemos, por San Ireneo, que terminó gloriosamente su vida con el martirio, cerca del año 136; por espacio de diez años había ocupado la cátedra de San Pedro.

  MEDITACIÓN SOBRE 
LA GLORIA DEL PARAÍSO    

   I. En el cielo se posee a Dios, y, poseyéndolo, gózase de todos los bienes. Jamás estamos contentos en este valle de lágrimas; lo estaremos en la mansión de los Bienaventurados. Privémonos, pues, de estos placeres tan fugaces, tan poco capaces de satisfacernos, a fin de que gocemos de las delicias del cielo. Placeres, honores, riquezas, ¡cuán despreciables aparecéis para quien considera el cielo! ¡Ah, Señor, yo puedo conseguir esta dicha, pero no puedo concebir su inmensidad!

    II. En el cielo, encontrarás todo lo que deseas, y ya no volverás a hallar nada de lo que te disgusta. No más lágrimas, ni suspiros, ni dolores, ni tristezas. En esta vida no hay placer que no esté mezclado con amargura; allí habrá toda clase de bienes sin mezcla de mal alguno. ¡Es, pues, muy razonable que sufra algo para gozar de tantas delicias!

   III. ¿Cuánto durará ese estado de gloria? Toda una eternidad; y los santos tendrán la seguridad de que su felicidad es eterna. ¡Oh eternidad bienaventurada! ¡Qué no harían los cristianos para poseerte si te comprendiesen! Todo lo que es eterno es gran de, lo demás pequeño. Trabajemos para la eternidad y despreciaremos todos los bienes de esta vida. ¿Quién no sentirá que se desvanece su tristeza al pensar que, por un momento de prueba..., tendremos una eternidad de dicha? (San Gregario).

El pensamiento del Paraíso 
Orad por los pecadores.

ORACIÓN

      Pastor eterno, mirad con benevolencia a vuestro rebaño, y cuidadlo con protección constante por me dio de vuestro bienaventurado Mártir y Soberano Pontífice Telésforo, a quien constituiste pastor de toda  la Iglesia.  Por N. S. J. C. Amén

miércoles, 4 de enero de 2012

SANTORAL 4 DE ENERO


4 de enero


SAN GREGORIO
Obispo y Confesor



Yo os digo que de cualquier palabra ociosa
que hablaren los hombres han de dar
cuenta en el día del juicio.
(Mateo, 12, 36).

   San Gregorio, obispo de Langres, no se contentó a con librar posesos y curar enfermos mientras vivió; en el momento en que llevaban a enterrar sus despojas mortales, hizo que se rompiesen las cadenas, de los prisioneros que se encontraban a su paso. Fue su vida una oración continua. En medio de la noche iba a la iglesia a orar a Dios, y, en llegando, abrían se las puertas por sí solas. Constituía su alimento un poco de pan de cebada y su bebida un poco de agua. ¡Qué fácil es dar cuenta a Dios de nuestros actos cuando hemos conformado nuestra vida con la que Él mismo vivió sobre la tierra! San Gregorio murió en el año 539.

  MEDITACIÓN SOBRE 
EL JUICIO PARTICULAR   

   I. Después de tu muerte darás cuenta de toda tu vida. Es lo que enseña el Evangelio. No lo dudas, puesto que eres cristiano. Pero, ¿comprendes bien que entraña esta verdad? Dios sabe todo lo que has hecho, lo que has dicho y lo que has pensado, aun lo más secreto: te pedirá cuenta sobre ello. ¡Ay! el momento de mi muerte, conoceré el estado en que ya debo permanecer eternamente. ¡Oh momento terrible! Pensemos en él, preparémonos para ese juicio.

   II. Es Dios quien nos juzga; es tan clarividente que nada escapa a su conocimiento; tan justo, que castigará severamente todas nuestras faltas; tan poderoso, que nadie puede sustraerse del rigor de su justicia. Toma medidas. ¿Qué le responderás? ¿Cómo excusarás tus pecados? ¡Ah, Señor, olvidaos de los desórdenes de mi vida pasada, para no acordaros ya sino de vuestra infinita misericordia!

   III. La sentencia que pronunciará este juez es inapelable; será ejecutada de inmediato. Ni las lágrimas, ni las dádivas, ni la privanza tienen poder ante Dios, para hacerlo revocar este funesto decreto, o para impedir su ejecución. Depende de mi única mente el prepararme la sentencia tal como la deseo; es preciso que sea mi acusador y mi juez, y que me castigue a mi mismo. Debo mantenerme preparado a dar cuenta de mi vida en cualquier momento. ¿Qué haré yo cuando Dios me juzgue? ¿Qué responderé cuando me interrogue? (Job).

El pensamiento del juicio 
Orad por los presos.

ORACIÓN

      Os suplicamos, Dios todopoderoso, que esta solemnidad de San Gregorio, vuestro confesor y pontífice, aumente en nosotros el espíritu de piedad y el deseo de la salvación. Amén

martes, 3 de enero de 2012

MILAGROS EUCARÍSTICOS

RESURRECCIÓN DE UN DIFUNTO
Siglo VI, Sarlat, Francia


San Sacerdote, abad de Sarlat, en Perigord, estaba en oración con sus Religiosos cuando vino un mensajero que el anunció la muerte de su  padre.

El piadoso Abad fue sin pérdida de tiempo al encuentro de su madre, para templar la tristeza que embargaba su corazón; pero mientras más se esforzaba en consolarla, ella le dijo con gran sentimiento: “¡Hijo mío!, tu padre no ha podido recibir la Prenda de la vida eterna, el Sagrado Cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo”.

Al oír estas palabras fue mayor el desconsuelo del Santo, e inspirado por Dios, se arrodilla junto  al cuerpo inanimado de su padre, y persevera largo tiempo en oración. Se levanta, animado de una fe viva, toma la  mano fría del difunto y le llama dos veces por su nombre.

A la voz ahuecada y temblorosa del contristado hijo, el padre se levanta como si despertara de un profundo sueño, y dirigiendo lentamente la  mirada a su alrededor hasta fijarla en su hijo: “ Hoy mismo ha sido mi alma  separada del cuerpo sin estar fortificada con la recepción del Pan de vida; pero gracias a los ruegos y a los méritos de mi hijo, Dios  ha permitido que resucitara para obtener esta dicha”.

 Al estupor que  naturalmente había ocasionado un tan gran  milagro, se sucedieron en todos los presentes las emociones del más extraordinario contento y alegría.

San Sacerdote se apresura a administrar a su padre la Santa eucaristía, y en el momento que la recibe, el rostro del venerable anciano se reanima y manifiesta estar inundado su espíritu de gozo y dicha celestial. El hijo se arrodilla para recibir de su padre la última bendición. El padre extiende la mano  hacia el hijo amado, le manifiesta su reconocimiento por medio de algunas palabras llenas de ternura y amor, y entrega luego plácidamente su alma a Dios.
 (Bolandistas. 5 de mayo.)

SANTORAL 3 DE ENERO


3 de enero


SANTA GENOVEVA,
Virgen



Estad apercibidos, porque a la hora que menos
penséis ha de venir el Hijo del hombre.
(Mateo, 24, 44).

   Santa Genoveva comenzó a servir al Señor a la edad de 7 años; consagróse por entero a Jesucristo haciendo voto de castidad, próxima a cumplir los 15. Cuando Atila estaba cerca de París con su ejército, esta santa aseguró que no entraría en la ciudad, e impidió que los habitantes la dejasen. Se cumplió su profecía. Obraba milagros; a menudo, no comía sino dos veces a la semana. Murió llena de méritos, hacia el año 500.

  MEDITACIÓN SOBRE 
LA MUERTE   

   I. Morirás; nada es más cierto, es el orden dispuesto por Dios: hasta ahora todos los hombres han obedecido a su decreto. ¿Lo crees? ¿Piensas en ello? ¿Comprendes el significado de estas palabras: yo moriré? Significan que dejarás a tus parientes, a tus amigos, a tus bienes; tu cuerpo será enterrado, tus ojos no verán más, tu lengua no hablará más. ¿Por qué, pues, apegarme tan fuertemente a estos bienes que debo abandonar? ¿Por qué mimar tanto a este cuerpo destinado a convertirse en pasto de gusanos? Yo moriré...: medita estas palabras.

   II. Ignoro el tiempo y el lugar de mi muerte. No puedo prometerme ni siquiera un momento de vida. ¿Cuántos que ni siquiera piensan en la muerte morirán hoy? Si Dios me arrebatase en el estado en que estoy, ¿a qué sería reducido? ¿A dónde iría? ¿Quién me asegura que tendré, en lo porvenir, tiempo para hacer penitencia? ¡Ah! Puesto que no sé ni en qué tiempo ni en qué lugar la muerte me habrá de sorprender, es preciso que la espere en todo tiempo y en todo lugar.

   III. ¿En qué estado moriré; en gracia de Dios o en pecado? No lo puedo saber. Ignoro si la muerte será para mi un tránsito de la tierra a la gloria del cielo o, en cambio, a los suplicios del infierno. ¿Podemos pensar en serio en esta verdad y no sobrecogemos de terror? Es menester que, en adelante, asegure mi salvación y que viva, este año y todos los días de mi vida, como si debiese morir cada día. Haz ahora lo que, en la hora de la muerte, quisieras haber hecho.

El pensamiento de la muerte 
Orad por los agonizantes.. 

ORACIÓN

      Escuchadnos, oh Dios que sois nuestra salvación, a fin de que la fiesta de vuestra santa virgen Genoveva alegre nuestra alma y la enriquezca con los sentimientos de una tierna devoción. Por J. C. N. S. Amén

lunes, 2 de enero de 2012

AMOR Y FELICIDAD

Pablo Eugenio Charbonneau

Noviazgo
y
Felicidad



V
El acuerdo entre los jóvenes esposos





Ver Capítulo anterior:  aquí



3. Algunos obstáculos importantes


Sin recorrer aquí toda la lista de las dificultades que pueden surgir entre marido y mujer, lista que sería además inagotable dada la complejidad de la naturaleza humana, nos detendremos, sin embargo, en algunos puntos principales cuya importancia no se le oculta a nadie. Existen, en efecto, ciertos escollos de los que deben precaverse los novios, incluso antes de iniciar su vida matrimonial.
Individualismo
Entre éstos el primero es el individualismo, gusano roedor de la unidad conyugal. Este mal, sólidamente arraigado en cada uno de nosotros, remonta siempre a la superficie, por más que se preste atención. Cada cual, impulsado por el individualismo, se dedica a pensar primero en sí mismo, a buscar su comodidad en detrimento ajeno, a facilitarse la vida, aunque sea a costa de unas complicaciones muy desagradables para los otros. Esta mentalidad llevada a la vida conyugal no tarda en minar el amor. Porque ¿cómo amar a un ser que vive sin cesar replegado sobre sí mismo, preocupado de sí mismo, un Narciso cuya actitud de autocontemplación hace de él un aislado en el seno de la pareja? El amor es una corriente bilateral; no puede vivir en sentido único sino por excepción, y no se debe nunca contar con esa excepción.

¡Cuidado, pues, con el individualismo! Los esposos deben desconfiar de él como de la peste, porque puede insinuarse sutilmente y minar las uniones más sólidamente instauradas. Y con mucha mayor razón si se trata de una unión que comienza. Renace la mayoría de las veces con virulencia después de unos cuantos meses de matrimonio. El yugo de la vida en común empieza entonces a dejarse sentir un poco más; las responsabilidades se multiplican, y por una reacción espontánea se tiende a reafirmar los propios derechos.

En general, el proceso principia por el lado del hombre, a quien sus actividades exteriores empujan fuera del hogar. Poco a poco se deja dominar de nuevo por una tarea acaparadora, se ve invadido por preocupaciones ajenas al hogar, y bajo la fuerza siempre tan perniciosa de la costumbre, se dedica a pensar y a reaccionar… como si siguiese todavía soltero. Ha vuelto a ser el «individuo» que era antes de su matrimonio. Esto resulta, más agudo y más indignante para la joven esposa, cuando ésta descubre después de breve tiempo que las atenciones de su marido hacia ella coinciden con los momentos en que él ansía la unión carnal. De aquí a inferir la conclusión que el matrimonio es para él una cuestión de interés fisiológico y no amoroso, no hay más que un paso. Raras son las que, en estas circunstancias, no lo dan. Y es entonces, del lado de la mujer, la caída en la soledad con todo lo que ésta implica de riesgos desconocidos. Se desprende psicológicamente de su marido, se repliega sobre sí misma y vive de sus recuerdos, de sus añoranzas o de sus sueños. Se endurece también contra aquel en quien nota que vuelve a ser un extraño, y por poco temperamento que ella posea, la ruptura se efectúa de manera cierta, al menos interiormente.

Se rompe entonces la unidad, y cada uno se halla en situación defensiva o de agresión con respecto al otro. Es el triunfo del individualismo y el fracaso del amor. Cuando se ha desarrollado el proceso descrito en las líneas precedentes, hay motivo para creer que los esposos acaban de dar la espalda a la felicidad. Ésta, una vez contraído el matrimonio, no es posible más que en la unidad. Ahora bien, la unidad resulta imposible allí donde triunfa el individualismo; esto es evidente. Por eso los esposos deben dar muestra de una vigilancia siempre viva. No bien asoma la oreja el individualismo, es decir, en cuanto se vuelve a hablar con demasiada frecuencia sólo en primera persona, en cuanto procura uno aislarse del otro en sus ocios, en sus actividades sociales, y a recobrar su libertad de acción, desde ese momento es preciso reaccionar a toda prisa. Hay que esforzarse en seguir siendo una pareja, unida con tanta frecuencia como sea posible y en todos los terrenos posibles; ciertamente, habrá, tanto del lado del hombre como del lado de la mujer, ciertas formas de actividad en las que se encuentra uno solo. Esto es normal y ahí no está el mal. Éste comienza cuando se suscitan esas ocasiones y se las provoca sistemáticamente, con el fin, inconfesado, pero sin embargo indiscutible, de liberarse. Hay que ser entonces lo bastante lúcido para comprender que se arriesga uno en una pendiente que someterá rápidamente el amor a una ruda prueba. Hay que reaccionar no bien esa tendencia aparece y volver entonces a esa preocupación del «nosotros dos» que es la salvaguardia primera de la armonía.

Sería ridículo e inconsecuente, después de haber escogido el amor y optado por el matrimonio, mutilar la unión por el solo motivo de negarse a vivir realmente en compañía del otro. Vivir con él en el sentido estricto de la palabra, con toda la solicitud atenta que ello supone.

El culto del nosotros es la clave primera del acuerdo entre esposos. Al aceptar el amor —y su consecuencia final que es el matrimonio— el uno y el otro han aceptado oficialmente el construir un nosotros en detrimento de su yo No se debe, desde los primeros meses de vida en común, recuperar lo que acaba apenas de darse. Volver entonces a su yo para protegerle contra las invasiones legítimas del nosotros, intentar multiplicar las estratagemas para retirar con la mano izquierda lo que la mano derecha acaba apenas de ofrecer, reservarse terrenos intocables donde pueda uno aislarse y olvidar sus responsabilidades, esto se llama atacar seriamente la unidad conyugal. Cuando unos esposos comienzan a poner un cuidado exagerado en su propia personilla, cuando se aplican a reducir sus obligaciones al mínimo estricto, ¿cómo podría conservarse vivo el amor? Hay para todos los esposos un dilema inevitable: o desarrollan el culto del yo, o se consagran al culto del nosotros. No hay término medio entre estas dos actitudes; hay que adoptar la una o la otra. Ahora bien, quien se repliega sobre sí mismo y deja que el yo se hinche en él, verá muy pronto a éste ocupar todo el sitio. Volverá a ser un individuo preocupado sólo de su persona; y el hogar estará tras él como la jaula detrás del pájaro. Huirá de él. Será el final del amor. El final de la paz. El final de la felicidad. No hay acuerdo posible entre el individualismo y la vida en común. Bajo pena de ver que ésta se hace insostenible, hay que consagrarse a un culto constante y atento del nosotros. Pues de otro modo, no se logrará nunca la armonía conyugal. El individualismo es el enemigo acérrimo de todo amor, el combate que se entabla entre los dos es siempre decisivo allí donde triunfa el individualismo, el amor fenece; cuando se desea la victoria del amor, hay que domeñar el individualismo.
Los celos
Por otra parte, se evitará el desarrollar, en sentido contrario, un espíritu de posesión demasiado acaparador. ¿Quién no conoce esa mentalidad tan enojosamente mezquina con la cual el marido o la mujer tienden a considerar al cónyuge como «su cosa»? Ciertamente existe, ligado a todo amor, un exclusivismo sano, y cuya ausencia sería inquietante en quien dijese que ama. Pero de ahí a adoptar una actitud recelosa basada en una desconfianza suspicaz hacia el cónyuge, hay un margen considerable. Esto equivaldría a mostrar todos los síntomas de esa llaga perdurable de la vida conyugal: los celos. Nadie duda que éstos sean un estado morboso de los mejor caracterizados. Están constituidos por un conjunto de complejos que se recortan en las divagaciones de una imaginación cuyos tinglados llegan a veces al delirio. No se puede hacer razonamientos a un celoso; no hay más que resignarse a soportarle. Ahora bien, tal resignación, con todo lo que contiene de disgusto y de lasitud, sería difícil de mantener durante toda la vida. Por eso no vacilamos en advertir a los novios a quienes, están destinadas estas páginas que en caso de que los celos hagan su aparición desde la época del noviazgo, no hay más que una solución, por dura que sea: la ruptura.

¿Tal vez se piense que esta solución es demasiado radical? Se intentará entonces reformar al celoso inspirándole una confianza a la cual no puede llegar, se esforzará el otro en evitar toda actitud equívoca que pudiera prestarse a una falsa interpretación. Toda esta buena voluntad será, sin embargo, trabajar en balde porque el demonio de los celos es de los más tenaces; no abandona fácilmente a aquel en quien mora. No hay quizá para el amor un extravío más comprometedor que éste. Y es que, bajo el influjo de tal pasión, el clima de armonía que se, basa por completo en la confianza mutua, se altera rápidamente. Las escenas se suceden: se acusa, se implora el perdón, y, apenas concedido éste, se vuelve a empezar con más fuerza, entregándose de nuevo a la estratagema de las suposiciones gratuitas.

Estos cambios no pueden durar indefinidamente sin que la vida llegue a hacerse insoportable. Ahora bien, quién querría empeñarse en una existencia tal? Nadie, seguramente. Y, sin embargo, hacia esta situación infernal se encaminan el novio o la novia cuando aceptan casarse sabiendo que el otro es celoso. Después, es ya demasiado tarde; no hay más que zafarse de la situación intentando mejorarla con la mayor habilidad posible. En caso necesario, no hay que temer en recurrir a un tratamiento psiquiátrico. El celoso es un enfermo y hay que saber considerarle como tal.

Por lo demás, los esposos deben ser siempre circunspectos y cuidar de corregir la menor desviación en ese sentido, en cuanto aparezca. Como ya hemos dicho, existe un exclusivismo de buena calidad, exigido por el mismo amor; pero no bien se entregue ese exclusivismo al juego de la imaginación y se cree problemas con exceso frecuentes o demasiado violentos, sin causa proporcionada, hay que contenerlo. Una pareja no puede vivir más que de confianza mutua; sin ésta la tortura será segura con las rebeldías brutales que forzosamente originará. Hay, podría decirse, una higiene del amor que se denomina confianza. Ésta se desarrolla por intercambios periódicos de opiniones, que deben mantenerse a fin de que la imaginación, sobrecargada en ciertas horas, se modere y recobre su aplomo. Por eso es preciso que todo cónyuge desarrolle en sí mismo un reflejo defensivo contra las sospechas que puedan surgir eventualmente en su interior. Saber probar el fundamento de aquéllas es absolutamente necesario, y la regla prescribe que, en caso de duda, se confíe en el cónyuge. Es ésta la primera manera de ser justo con él.
Humor detestable
Siempre dentro del capítulo de los obstáculos que se alzan en el camino del amor, y contra los cuales viene a estrellarse con frecuencia la armonía de la pareja, hay que señalar además el malhumor crónico. ¡Poco importan todas las explicaciones que se aporten para justificarlo! Ya provenga de un hígado averiado o de un estómago enfermizo, ya sea simplemente efecto de un mal carácter, o ya dependa de un sistema nervioso fuertemente quebrantado, en cualquier caso el malhumor lo estropea todo. Actúa como pantalla en el amor, a semejanza de las nubes que se interponen entre la tierra y el sol. Éste, sigue estando allí y brilla en el firmamento, pero ni su luz, ni su calor consiguen atravesar la densa capa de nubes que lo aíslan de la tierra.

En un hogar donde impera el malhumor, el amor puede muy bien existir e incluso ser profundo, pero no brilla y se olvidará muy pronto que existe, disimulado como está detrás del biombo estanco de las caras desabridas. Cuando el mal se revela constante, lleva por lo general a aquel de los cónyuges que debe soportar la irritación del otro, o bien a responder en la misma moneda, o bien a huir. La primera solución engendra, sin duda, roces multiplicados cuya intensidad se hace más peligrosa cada vez. Entonces, es la cólera la que hace su aparición y lanza a uno contra otro, a un hombre y a una mujer, que deberían procurar entenderse pero que, por exaltarse, acabarán muy pronto por injuriarse y ofenderse.

Contra tal peligro conviene cultivar la serenidad. Una atmósfera en calma favorece mucho más la armonía que las actitudes obstinadas; hay un gran peligro en entregarse a esos modales por medio de los cuales muestra uno su descontento enojándose. En realidad, enojarse es una puerilidad que resulta intolerable en los adultos. Que la mujer, sobre todo, se guarde de manejar esa arma de dos filos; la tentación es quizá mayor en ella a causa de su sensibilidad tan propensa a la influencia. Una mujer adulta no se enoja si alguna vez lo hace, será accidentalmente. Pero si, por desgracia, a causa de una falta de madurez flagrante se entregase a esa costumbre tan desagradable, ¡qué amenaza significaría para el hogar! En efecto, en tales circunstancias, éste llega a ser inhabitable para el marido, que no sabe nunca lo que va a encontrar en su casa: una cara sonriente o un «rostro de palo». Cuando éste último es desde luego más frecuente, el esposo busca disculpas para huir de un hogar que, por ese motivo, no tiene nada de atrayente. Es la evasión, con los riesgos innumerables que implica. Casi siempre la evasión del esposo es fruto del malhumor de la esposa. Por tanto, hay que hacer lo posible por conservar la serenidad que permite a los esposos complacerse en su compañía mutua.

Además, con mucha frecuencia, en el origen del enojo, está el orgullo. Algunas torpezas inconscientes y repetidas traen como consecuencia que la mujer ofendida se refugie en una protesta silenciosa pero virulenta. Se encierra en sí misma, negándose a avanzar más por el camino de la comprensión. Y no admite el perdón. Pensando que ha iniciado ella demasiadas veces los pasos para la reconciliación, se repliega ahora a la defensiva y manifiesta su protesta con una terquedad irreducible.

Aparte de que esta manera de comportarse es anticonyugal, ¿no resulta evidente que es también, simplemente anticristiana? Con el seudónimo de Heylem, un autor que se dirigía precisamente a las esposas y a las madres, subrayando el peligro que hay para ellas en eludir el esfuerzo, transcribía brevemente el discurso que se dirige una para sus adentros en esos casos: «No, no cederé. Estoy ya harta de hacer el papel de la “buena chica” que da siempre el primer paso, el primer beso, la primera sonrisa. Si fuese mía la culpa, estaría justificado. Pero… no transigiré. Es una cuestión de justicia. Y también de amor propio. Además, no me gusta perder prestigio, ni siquiera ante mi marido» [1].

A modo de respuesta a esta actitud agresiva, tan peligrosa para la armonía conyugal, el autor recordaba la parábola del hijo pródigo en la que el padre está a punto de perder prestigio ante el hijo. El perdón es una de las piedras de toque del verdadero cristianismo; debe, pues, extenderse a toda la vida y a toda persona. Con mucho mayor motivo se impone, como una necesidad, a los esposos que, además de amarse con caridad, comparten un amor humano por el cual se han entregado el uno al otro sin reserva.

Hay que insistir en este aspecto. Hablábamos antes de la mujer que se refugia con frecuencia en el «enfado» y se niega a perdonar. Si esto se produce a menudo en ella, es que su sensibilidad, mucho más vulnerable que la de su marido, la expone aún más a heridas internas. No posee ella, sin embargo, el monopolio del malhumor. Hay que reconocer que el hombre, a su vez, lo utiliza con frecuencia, impulsado por su orgullo. Se ha ofuscado por un motivo o por otro, y entonces se apoya en su soberbia sublevada, decidido a no hacer ninguna concesión. En él también, la fobia a dar el primer paso puede triunfar. Semejante política es, evidentemente, anticonyugal. Si hay una manera de hacer la vida en común insostenible, es realmente ésa. En este caso, el triunfo de la terquedad, del orgullo y del malhumor, significa la ruptura del acuerdo entre los esposos; prepara el terrible empuje de un egoísmo que se desarrollará sobre el amor como un cáncer, royendo todas las facultades de entrega, minando todas las generosidades.

Es necesario, a todo precio, vencer el malhumor, y para conseguirlo, cultivar el arte del perdón recíproco. Que no se tema ir demasiado lejos en ese sentido, porque si es peligroso perdonar demasiado, mucho más peligroso es no perdonar lo suficiente. De tener que elegir entre los dos excesos, habría que optar sin titubeo por el primero, porque un exceso de bondad sólo puede servir al amor, mientras que por el contrario, éste no podría sobrevivir a una negativa de perdón. En la vida conyugal es donde tiene mejor aplicación la respuesta de Cristo: ¿Cuántas veces hay que perdonar? Setenta veces siete… Es decir, ¡siempre! Solamente en la medida en que el uno y el otro hagan de esta ley cristiana norma de su vida cotidiana florecerá la vida en común en la comprensión.

Cualquier otra orientación sólo puede acarrear endurecimientos y choques que acabarán por destruir la felicidad. Para que la vida en común sea bella, para que sea armoniosa y reine en ella la alegría, para que el amor sea fácil, es preciso que marido y mujer se traten con toda caridad, concediéndose recíprocamente un perdón renovado sin cesar.

Muy cercana al malhumor del que acabamos de hablar está —igualmente nefasta— la taciturnidad. El malhumor se caracteriza por cierta agresividad que se deja sentir hasta en los silencios y que se trasluce en los menores gestos. La taciturnidad se caracteriza, al contrario, por la pasividad. Es un estado de espíritu en el cual no se encuentra nada que decir; se encierra en un silencio que confina con la indiferencia y se atrinchera en sí mismo.

Este defecto es, la mayoría de las veces, patrimonio del hombre. Aun no siendo siempre consecuencia de mala voluntad, no por ello debe dejar de ser corregido. Hay maridos que no comprenden que imponen así a su mujer un verdadero suplicio. A lo largo de todo el día, ésta queda confinada en su hogar donde no tiene nadie con quien conversar, ¡como no sea con sus pequeños! Cuando llega el marido, siente ella una necesidad muy comprensible de «comunicarse» con él. Pero éste, cansado, rendido, no se encuentra con ganas de conversar. Unos cuantos monosílabos revelan en seguida a la esposa que el silencio es norma fija. Cuando esta se repite con regularidad, cuando el marido no piensa más que en arrellanarse beatíficamente en un sillón para leer la reseña de los actos deportivos o concentra toda su capacidad de atención en los comentarios que difunde la radio, la mujer se siente rechazada. Si el marido se contenta con un breve saludo para encerrarse después en un mutismo desconcertante, ¿cómo podrá él llegar nunca a comprender a su mujer? Por seguir este sistema bastante simplista más de un marido ha llegado a ser un extraño para su esposa hasta el punto de no saber ya nada de ella: de sus pensamientos y de sus sentimientos; de sus esperanzas y de sus decepciones, de sus alegrías y de sus penas. Ahora bien, cuando unos cónyuges llegan a ser extraños el uno para el otro, cualesquiera que sean los beneficios que puedan lograr por otra parte, están al borde del fracaso. La situación es tan falsa, en efecto, que no puede durar, y tarde o temprano, un acontecimiento vendrá a arrancar la máscara para dejar aparecer la triste realidad de un amor desengañado.
Que el marido sepa, pues, hacer un esfuerzo para salir de sí mismo y para dedicar a su esposa, por lo menos, tanta atención como prestaba en otro tiempo a su novia. ¿No es extraño, en efecto, que en la época de las relaciones, haya uno tenido tantas y tantas cosas de que tratar, hasta el punto de no acabar nunca de conversar durante las tres o cuatro tardes en que los novios estaban juntos? Es un contrasentido sorprendente pensar que una vez casados, no se pueda encontrar medio de conversar juntos seriamente, de cuando en cuando. Por eso, así como hay que combatir el malhumor, hay también que luchar contra la taciturnidad, a fin de que el hogar brille siempre con la luz de la alegría. Ésta, solamente, prepara el clima necesario para una comprensión honda y duradera; es, indiscutiblemente, la mejor salvaguardia del amor.
El alcohol
Por último, entre los obstáculos que pueden comprometer irremediablemente la armonía conyugal, no puede dejarse de mencionar el alcohol como uno de los más perniciosos.

Es obvio que el alcoholismo enfermizo que transforma el marido en un beodo inveterado es enemigo del amor. No insistiremos en ello, pues ningún hombre sensato pretenderá lo contrario.

El peligro llega a ser más especioso en aquella situación en que el alcoholismo no es todavía enfermizo. Se infiltra poco a poco con los aperitivos que se multiplican, los licores, los vinos, etc. Se sostiene entonces que no se trata de un exceso sino de un uso moderado que no puede alterar en nada la paz del hogar. A esto, y no por dar crédito a una teoría cualquiera y sin otro fin que prevenir las dificultades en las que se hunden numerosos amores juveniles, responderemos que un uso, aun moderado, no bien se hace un poco intensivo y sobre todo habitual, es siempre un abuso. Si no en sí mismo, al menos en las consecuencias que ocasiona.

Para ilustrar esta idea hay que recordar la observación del doctor Massion-Verniory: «Para manifestarse —escribe— la desarmonía no requiere que el marido vuelva borracho perdido o excitado hasta el punto de llegar a vías de obra con los que le rodean. Se manifiesta ya en el matrimonio en el cual el marido, agente comercial, funcionario o empleado, le gusta entretenerse con un compañero al regreso de un viaje o a la salida de la oficina, antes de volver a su domicilio. Se va al bar o se acomoda en un café. Con el número de camaradas aumentan las rondas, así como el tiempo pasado lejos del hogar». El cuadro no es imaginario; está tomado del natural y describe con exactitud unos hechos de los que todos han sido testigos.

De igual modo, las siguientes líneas señalan las consecuencias desastrosas que esa manera de proceder puede acarrear en el ámbito conyugal: «El marido vuelve eufórico, un poco excitado, y se siente en vena de probárselo a su mujer. Irritada ya por su retraso y asqueada por su aliento, ella se muestra reacia a ciertas insinuaciones, sobre todo si éstas se efectúan en medio de una ocupación absorbente. La cólera ruge en ella; y los reproches se profieren en un tono amargo y agrio. Si el marido no tiene fuerza de voluntad para dejar de beber, puede surgir un conflicto agudo, cargado de consecuencias para la estabilidad del hogar, porque la esposa acaba a la larga por sentir repulsión y desprecio hacia el ser al que amaba intensamente» [2]. Repulsión, desprecio, asco, tales son las consecuencias inmediatas del alcohol. La pareja se ve arrastrada rápidamente a unas rupturas que al principio se superan, pero que se hacen cada vez más hondas, para acabar siendo irreparables.

Por eso conviene insistir ante los novios para que ese peligro quede descartado desde el principio. Será necesaria, por encima de todo, una constante energía para que el joven marido no se deje captar por incitaciones que las costumbres de nuestra época multiplican, sin que se advierta. Y necesitará la joven esposa mucha habilidad para apartar a su esposo de esa tendencia.



4. Aceptar las imperfecciones del otro


A todos estos obstáculos que hemos señalado por ser los más frecuentes, se añaden otros. Cada pareja deberá descubrir los que le sean particulares para superarlos lo antes posible. El amor es hermoso y entusiasmador, pero no llegará a sobrevivir si no se le asegura una atmósfera sana. Ahora bien, la salud del amor, es la armonía. Se realizarán, pues, todos los esfuerzos precisos para conseguirlo, y se aplicará la pareja a efectuarlo desde los primeros meses. Para llegar a un acuerdo perfecto, a una armonía definitiva, se recordará que ésta requiere una larga temporada y, por consiguiente, se pondrá en ello la paciencia necesaria. Pero desde el período del noviazgo, se preocuparán de depurar su personalidad para que ésta presente la menor cantidad de asperezas. Y se trabajará conjuntamente en preparar una unión que sea realmente inquebrantable: ¡No de palabra sino de verdad!

Convivir dos personas no es un modo de existencia fácil. Porque si hay, de una parte, numerosas cualidades, elementos seguros de armonía, hay también, de la otra, en cada uno de los esposos, unas imperfecciones no menos ciertas, unos defectos no menos numerosos. Por consiguiente, la convivencia de dos seres, para desarrollarse armoniosamente y llevar a la felicidad, deberá construirse teniendo en cuenta esas deficiencias. Aplicarse, sobre todo, a superarlas será indispensable; en otros términos, cada uno de los esposos deberá entablar consigo mismo un combate diario, a fin de hacerse más maleable extirpando de su persona todo lo que pudiera engendrar conflictos y producir el desacuerdo, a más o menos breve plazo. Sentirse consciente de esta necesidad verdaderamente vital para el amor, aceptar concretamente el conformarse a ella, no incurrir, en el curso de los años, en la desatención a fin de que el otro no se entregue a la indiferencia, esto aparece como la ley fundamental del acuerdo entre los esposos. A lo cual podría añadirse que es preciso, además, aceptar las imperfecciones del cónyuge; aceptarlas, no como una molestia a la que está uno, a su pesar, condenado y que sólo se soporta a regañadientes, sino aceptarlas como la prueba misma del amor que dice consagrar al otro. Porque sería fácil amar a un ser perfecto; pero ¿semejante amor no pararía en el egoísmo? Por el contrario, amar a un cónyuge imperfecto, vivir con él en la más profunda comprensión, esforzarse en hacerle feliz sin tener con él más que exigencias, matar en sí la tentación del reproche constante, esto es verdaderamente una prenda de amor. Sólo puede alcanzarse la felicidad, en la vida conyugal, cuando el amor llega hasta ahí.

[1] Heylem, Il n’y a qu’un amour, Éd. Feu Nouveau, París 1950, p. 170.
[2] Dr. L. Massion-Verniory, Le Bonheur Conjugal, t. I: Ses obstacles, Casterman, Tournai 1951, p. 139-140.

EL SANTO NOMBRE DE JESÚS


2 de enero



  EL SANTO NOMBRE DE JESÚS



   "Le darás el nombre de Jesús, porque Él va a salvar a su pueblo" (Mat. I, 21). El occidente celebra la fiesta del nombre de Jesús, el domingo que separa la Circuncisión de la Epifanía; en los años en que dicho domingo no existe, la fiesta pasa al 2 de enero. Así como en el crucifijo material honramos toda la Pasión de Cristo resumida en un símbolo, de igual manera el nombre de Jesús nos recuerda todo lo que está simbolizado en él (Cf. Filip. II, 9-10). "Hablando de él, nos sentimos iluminados; pensando en él, recibimos el alimento de nuestras almas; invocándole, encontramos la paz!, como dice San Bernardo de Claraval, uno de los hombres que han hablado más sentida y profundamente del nombre de Jesús.

   El Concilio de Lyons prescribió en 1274 una devoción especial al nombre de Jesús, y el beato Gregorio X comisionó especialmente a la Orden de los Predicadores para propagarla. Pero quienes más hicieron por difundirla, a pesar de la gran oposición que encontraron, fueron los minoritas: San Bernardino de Sena y San Juan Capistrano, quienes popularizaron el uso del monograma JHS, simple abreviación del nombre de Jesús (Ihesus). El hecho de que la Compañía de Jesús adoptara ese monograma como parte de su divisa, contribuyó a su mayor difusión. La Santa Sede concedió a los Franciscanos, en 1530, la celebración de la fiesta del Santo Nombre de Jesús y el uso se fue extendiendo paulatinamente,. En 1721 se convirtió enfiesta universal de la Iglesia de occidente; pero pocos años después, la comisión encargada de la reforma del Breviario recomendóal PapaBenedicto XV la suprimiera del calendario general. La fiesta actual es una especie de repetición de la Circuncisión; las lecciones del terder nocturno de maitines están tomadas del sermón de San Bernardo sobre este misterio.

   Es interesante notar que el Nombre de Jesús figura en el calendario del Book of Common Prayer, el 7 de agosto, es decir, en la fecha que escogieron algunos obispos ingleses y escoceses, cuando adoptaron la fiesta, a fin de laEdad Media. Por otra parte, la traducción del bello himno de Vísperas Jesu dulcis memoria, hecha por el P. Edward Caswall, ha contribuido a que los protestantes conozcan, probablemente mejor que los católicos, ese poema anónimo frecuentemente atribuido, por error, a San Bernardo. LasLetanías del Santo Nombre de Jesús, que en realidad son más bien un comentario de los atributos del Salvador que de su Nombre, provienen tal vez de San Bernardino y San Capistrano. Monseñor Challoner las llama simplemente, Letanías de Nuestro Señor Jesucristo en la edición original de Jardín del alma.

SANTORAL 2 DE ENERO




SAN ADELARDO, 
Abad



Buscad primero el reino de Dios y su justicia,
y todas las demás cosas se os darán por añadidura.
(Mateo, 6, 33)

   San Adelardo, nieto de Carlos Martel, abandonó la corte a la edad de veinte años para retirarse al monasterio de Corbie (Francia). Luis el Bonac sospechó que el santo había favorecido las pretensiones de su pupilo Bernardo, hijo de Pepino, a la sucesión de Carlomagno, y lo confinó a la isla de Noirmoutiers. Mas, reconociendo su error, lo llamó a la corte. A fuerza de insistentes súplicas obtuvo el santo que se le dejase volver a Corbie, para reasumir el gobierno de su monasterio. Mucho contribuyó, con el célebre Alcuino, a hacer que volviese a florecer en los monasterios el amor a la ciencia. Murió el 2 enero del año 827.


  MEDITACIÓN SOBRE 
EL FIN DEL HOMBRE

   I. No estamos en este mundo sino para amar a Dios, para honrarlo, y para alcanzar nuestra salvación. Examina con atención esta verdad; he ahí en lo que debes trabajar durante este año y durante toda tu vida; todos tus otros proyectos son inútiles, peligrosos o criminales. ¿Hasta ahora has empleado tu vida en buscar, honrar y amar a Dios? Examínate, humíllate, corrígete. Busquemos a Dios sincera y únicamente. El alma racional está creada a imagen de Dios: todas las creaturas pueden ocupar nuestra al ma, pero sólo Dios es capaz de llenarla. (San Ber nardo).

   II. Todas las creaturas son medios que Dios te ha dado para alcanzar tu fin. Las ha creado para que te sirvan, como te ha creado para que Le ames; sin embargo, consideras esas creaturas como tu último fin. ¿Acaso no parece que piensas que el oro y la plata, los placeres y los honores son los que deben darte la felicidad? Dejas a Dios por la creatura; te sirves de sus dones para ofenderlo; los medios que te había proporcionado para ir a Él, de Él te alejan.

   III. Debo, pues, en adelante, amar lo que me puede conducir a mi último fin. La observancia de los mandamientos de Dios y la práctica de las virtudes son los medios por los cuales lo alcanzaré. El pecado y el mal uso de las creaturas me alejarán de él. No es necesario que sea rico o dichoso en este mundo, siempre que gane el cielo. Preguntémonos, a menudo, a ejemplo de San Bernardo: ¿Para qué he venido a este mundo?

La pureza de intención 
Orad por los herejes. 

ORACIÓN

      Haced, os suplicamos, Señor, que la intercesión del bienaventurado Adelardo nos haga agradables a vuestra Majestad, a fin de que obtengamos, por su asistencia, lo que no podemos esperar de nuestros méritos. Por J. C. N. S. Amén