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domingo, 11 de diciembre de 2011

DOMINICA TERTIA ADVENTUS

DOMINICA TERTIA ADVENTUS
AD MISSAM



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Introito. Phil. 4, 4-6. –Gozaos siempre en el Señor: otra vez digo: gozaos. Vuestra moderación sea patente a todos los hombres: el Señor está cerca. Nada os inquiete: mas en todo, con oración presentad al Señor vuestras peticiones. –Ps. Bendijiste, Señor, a tu tierra; liberaste del cautiverio a Jacob. V. Gloria al Padre…

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Oremus. Aurem tuam, quæsumus, Domine, precibus nostris accommoda: et mentis nostræ tenebras gratia tuæ visitationis illustra. Qui vivis et regnas cum Deo Patre…


Oremos. Dignaos, Señor, escuchar favorablemente nuestras oraciones, y en estos días de vuestro dichoso advenimiento disipad las tinieblas de nuestro entendimiento con la luz de vuestra gracia. Vos que siendo Dios vivís y reinas con Dios Padre, etc.

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La Epístola es de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses, 
capítulo IV, vers. 4 a 7

ratres: Guadete in Domino semper: iterum dico, gaudete. Modestia vestra nota sit monibus hominibus: Dominus enim prope est. Nihil solliciti sitis: sed in omni oratione et obsecratione, cum gratiarum actione, petitiones vestræ innotescant apud Deum. Et pax Dei, quæ exsuperat omnem sensum, custodiat corda vestra, et intelligentias vestras, in Christo Iesu Domino nostro.





Hermanos míos: Regocijaos siempre en el Señor; otra vez os lo digo, regocijaos. Aparezca vuestra modestia a los ojos de todos los hombres: el Señor está cerca. No tengáis inquietud por nada; antes bien toda vez que os pusiereis en oración, y rogareis al Señor, aparezcan vuestras peticiones delante de Dios con acciones de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepuja a todo lo que se puede pensar, sea la defensa de vuestros corazones y de vuestros entendimientos en Jesucristo nuestro Señor.

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Gradual. Ps. 79, 2, 3 y 2. -¡Señor, que estás sentado sobre los Querubines: despierta tu poder y ven! V. Escúchanos, Pastor de Israel, que guías como a una oveja a José.

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Aleluya, aleluya. V. Despierta, Señor, tu poder, y ven a salvarnos. Aleluya.


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El Evangelio de la Misa es de san Juan, capítulo I, vers. 19 a 28.


n illo tempore: Miserunt Iudæi ab Ierosolymis sacerdotes et levitas ad Ioannem, ut interrogarent eum: Tu quis es? Et confessus est, et non negavit, et confessus est: Quia non sum ego Christus. Et interrogaverunt eum: Quid ergo? Elias es tu? Et dixit: Non sum. Propheta es tu? Et respondit: Non. Dixerunt ergo ei: Quis es, ut responsum demus his, qui miserunt nos? Quid dicis de teipso? Ait: Ego vox clamantis in deserto: Dirigite viam Domini, sicut dixit Isaias propheta. Et qui missi fuerant, erant ex Pharisaeis. Et interrogaverunt eum, et dixerunt ei: Quid ergo baptizas, si tu non es Christus, neque Elias, neque Prophetas? Respondit eis Ioannes, dicens: Ego baptizo in aqua: medius autem vestrum stetit, quem vos nescitis. Ipse est, qui post me venturus est, quie ante me factus est: cuius ego non sum dignus ut solvam eius corrigiam calceamenti. Hæc in Bethania facta sunt trans Iordanem, ubi era Ioannes baptizans.

En aquel tiempo: Los judíos de Jerusalén enviaron sacerdotes y levitas para que preguntasen a Juan: ¿Quién eres? Él lo confesó, y no negó; y lo volvió a confesar: Yo no soy el Cristo. ¿Quién eres, pues, le preguntaron? ¿Eres Elías? No: dijo él. ¿Eres profeta? No, les respondió. Oyendo esto, le dijeron: Dinos, pues quién eres, para que podamos responder a los que nos han enviado; ¿qué es lo que dices de ti mismo? Entonces les respondió: Yo soy la voz del que clama en el desierto: Ordenad el camino del Señor, como lo ha dicho el profeta Isaías. Y los que habían sido enviados eran de la secta de los fariseos. Entonces le hicieron una nueva pregunta: ¿Por qué bautizas, le dijeron, si no eres ni el Cristo, ni Elías, ni profeta? Juan les respondió, diciéndoles: Yo no administro más que un bautismo de agua; pero hay en  medio de vosotros uno a quien vosotros no conocéis. Este es el que debe venir después de mí, que es antes que yo, y del que yo no soy digno de desatar la correa de su calzado. Estas cosas pasaron en Betania del otro lado del Jordán, en donde bautizaba Juan.

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Ofertorio. Ps. 84, 2. –Bendijiste, Señor, a tu tierra; liberaste del cautiverio a Jacob; perdonaste la maldad de tu pueblo.

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Comunión. Is. 35, 4. –Decid a los pusilánimes: Alentaos y no temáis; sabed que nuestro Dios vendrá y nos salvará.



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3o. DOMINGO DE ADVIENTO


TERCER DOMINGO DE ADVIENTO


El tercer domingo de Adviento, que en otro tiempo se llamaba segundo antes de Navidad, no es menos solemne en la Iglesia que los dos precedentes. Como la venida del Salvador del mundo debe ser el objeto de la devoción, de las oraciones y de todos los ejercicios piadosos de este santo tiempo, la Iglesia tiene cuidado todos los domingos, días singularmente consagrados para renovar el fervor de los fieles, de excitar su fe y su esperanza, a medida que se acerca el día del nacimiento del Redentor; a fin de que despertándose su celo al aproximarse una fiesta tan grande, nada dejen de hacer para disponerse bien a ella.


El introito de la Misa de este día es el más a propósito para excitar este celo. Hermanos míos, regocijaos siempre en el Señor, nos dice el sacerdote subiendo al altar; otra vez os lo digo, regocijaos, no con aquella alegría vana y tumultuosa que nace mas bien de los sentidos que del corazón, la cual no teniendo por principio más que un bien vacío y aparente, está siempre acompañada de amargura, y ordinariamente seguida del arrepentimiento; regocijaos con una alegría verdaderamente cristiana, y por consiguiente humilde, modesta, y al mismo tiempo pura, sólida, real; con una alegría que no teniendo más que a Dios por principio, es inalterable, llena el corazón, y satisface el alma. Aparezca vuestra modestia a los ojos de todos los hombres, brille vuestra alegría porque el Señor está cerca: en efecto, ¿qué motivo más justo para una santa alegría? Señor, Vos habéis derramado vuestras bendiciones sobre vuestra heredad, continúa, Vos habéis puesto fin a la cautividad de Jacob, os habéis compadecido de vuestro pueblo, y habéis, por fin, escuchado sus votos. La Judea, que en otro tiempo habíais tratado con tanta bondad, y que después habíais repudiado con horror, como una tierra manchada con los crímenes de sus habitantes, ha encontrado nuevamente gracia en vuestros ojos; Vos le habéis, al fin, enviado el Mesías. El Rey tanto tiempo esperado, el Señor tan deseado, el Salvador objeto de tantos votos, el cumplimiento de vuestras promesas va a aparecer; ¿qué motivo más justo para hacer resaltar nuestra alegría? De este modo consuela e instruye en este día a sus hijos la Iglesia en el principio de la Misa.

Las palabras que acaban de citarse son tomadas de la epístola que el apóstol san Pablo escribe a los Filipenses, por las cuales empieza la Epístola de este día.

Habiendo san Pablo sido llamado de Dios a Macedonia, vino a Filipos, ciudad de aquella provincia, edificada por Filipo, el cual la dio su nombre. El santo Apóstol tan luego como llegó allí convirtió a una mercadera de púrpura, llamada Lydia. Esta conversión fue muy pronto seguida de otras muchas; y los fieles se aumentaron tanto en tan poco tiempo, que alarmados los magistrados hicieron prender a san Pablo, y Silas su compañero, les hicieron azotar, y los enviaron a una prisión. Durante la noche se sintió un temblor de tierra que conmovió hasta los fundamentos el lugar en que estaban. Se abrieron las puertas de la prisión, y se rompieron las cadenas de los prisioneros. Habiendo acudido el alcaide, y creyendo que los presos se habían salvado, trató de atravesarse con su espada; pero san Pablo le aseguró, le convirtió, y habiéndole instruido le bautizó con toda su familia. Amanecido el día, enviaron los magistrados a decir al alcaide que dejase ir a Pablo y a Silas; pero san Pablo les hizo decir que no se trataba de este modo a unos ciudadanos romanos. Vinieron los magistrados a prisión, dieron sus excusas, y les rogaron que saliesen de la ciudad. El santo Apóstol fue desde Filipos a Tesalónica; pero siempre profesó mucha ternura y mucha bondad a los Filipenses. Él mismo dice que se acordaba siempre de ellos en sus oraciones. Los Filipenses por su parte mostraron el reconocimiento más vivo a san Pablo, y no dejaron de enviarle socorros a todos los lugares donde predicaba. Habiendo sabido que se hallaba en prisiones en Roma, rogaron a su obispo Epafrodito que le llevase algún socorro de dinero: y a la vuelta del santo Prelado fue cuando san Pablo escribió a los Filipenses la hermosa carta de donde está sacada la Epístola de este día. Les llama su alegría y su corona. Este elogio hace mucho honor a aquellos fervorosos fieles; y después de haberles exhortado a perseverar en la fe, en el temor y amor del Señor, les recomienda que se regocijen sin cesar en Nuestro Señor, y la razón que les da para ello es, dice él, que el Salvador está cerca. Este mismo es el motivo que le obliga a exhortarles a que tengan una modestia más edificante y más cristiana, entendiendo el santo Apóstol por la palabra modestia la práctica de todas las virtudes, de aquella caridad, de aquella dulzura, de aquella paciencia, de aquella mortificación, tan propia para hacer que nos sea favorable la venida del Salvador. Ya que san Pablo, diciendo a los Filipenses que el Señor está cerca, haya querido decir que el Señor está continuamente cerca de nosotros para asistirnos, ó que lo haya entendido por el aniversario de su nacimiento; todo cuanto dice en este capítulo contiene las disposiciones santas con que debe uno prepararse para aprovecharse de él. El recogimiento y la oración acompañada siempre de acciones de gracias por sus beneficios, deben sernos familiares en este santo tiempo: la paz y la tranquilidad del corazón preparan el alma para las visitas celestiales. En medio del reposo de la noche es cuando llega el Esposo divino, y no hay nada tan opuesto a las íntimas comunicaciones de Dios con el alma, como el tumulto del mundo y la disipación del corazón. Esto es lo que hace decir al santo Apóstol: Y la paz de Dios guarde vuestros corazones y vuestros entendimientos en Jesucristo. Por esto recomienda tanto, principalmente durante el Adviento, el recogimiento y el retiro, en razón de que en la soledad es donde siempre habla Dios al corazón. Antiguamente no entraba ningún lego en el coro desde este tercer domingo hasta la vigilia de Navidad, porque se suponían los canónigos como en retiro, y se procuraba no distraerlos en la solemnidad del oficio del día. Por lo demás, añade el mismo Apóstol en el propio capítulo de que se toma la Epístola de la Misa, lo que debe ocupar vuestros pensamientos y vuestros deseos, sobre todo en este santo tiempo, es todo aquello que es conforme a la verdad, todo lo que es puro, todo lo que es justo, todo lo que es santo, todo cuanto es digno de nuestra estima y de nuestro amor, todo lo que da una buena reputación, todo lo virtuoso, todo lo que es laudable en materia de disciplina y de conducta.

El Evangelio de este día refiere el testimonio auténtico que san Juan da a los judíos de la venida del Mesías en la persona de Jesucristo. Habiendo elegido la Iglesia para el oficio de los domingos de Adviento todo lo que tiene más relación con su nacimiento; después de haber anunciado en el Evangelio del domingo precedente las pruebas que da Jesucristo de su divinidad y de su misión a los discípulos de san Juan Bautista, en el Evangelio de este día cita el testimonio que el mismo san Juan da de Jesucristo delante de los principales de la nación, y a la presencia de todo el pueblo.

Habiéndose querido humillar el Salvador, hasta recibir el bautismo de penitencia que predicaba su precursor san Juan Bautista, se había retirado al desierto para ayunar allí por espacio de cuarenta días antes de manifestarse al mundo. Entre tanto san Juan predicaba a lo largo del Jordán con tan buen éxito y tanto fruto, que el pueblo dejaba las ciudades para ir a oír a este nuevo predicador; y como si no bastasen los habitantes de Jerusalén para formar su auditorio, y darle discípulos, corrían en tropas para oírle de todas las comarcas de la Judea, principalmente de las orillas del Jordán, y muchos movidos de un verdadero dolor de sus culpas hacían delante de él una sincera confesión de ellas, y le pedían su bautismo. No había nadie, hasta los mismos fariseos orgullosos, y los saduceos, gente sin ley y sin piedad, que no quisiese ser bautizado; y la reputación del hombre de Dios hacia tanto ruido, que el gran Sanedrín, que era el gran Consejo de los judíos, en el cual se decidían los negocios del Estado y de la Religión, le envió una diputación célebre.

Los principales de entre los judíos sabían bien por los oráculos de sus Profetas, y sobre todo por el de las semanas tan célebres de Daniel, que el tiempo en que debía nacer el Mesías estaba próximo. Por otra parte veían que por donde quiera no se hablaba más que de Juan Bautista; que este santo hombre presentaba virtudes más divinas que humanas, y que en un cuerpo mortal parecía verse la impasibilidad de un Ángel. Todo esto hacía que se inclinasen al parecer del pueblo, que tomaba al Precursor del Mesías por el Mesías mismo por tanto tiempo esperado, y tan ardientemente deseado de todo el pueblo. Sin embargo, como nada haya que sea más incierto que un rumor popular, no creyeron que debían darle fe, sin haber antes enviado los sacerdotes y levitas al hombre de Dios, para saber de él quién era, qué cualidad tomaba, y en virtud de qué autorización predicaba la penitencia. Escogieron personas de este carácter, porque eran del cuerpo de los eclesiásticos, al cual únicamente pertenecía el examinar a aquellos que se ingerían a predicar y explicar públicamente la ley al pueblo. 

Jerusalén, aquella ciudad tan célebre, vio entonces a los primeros de sus sacerdotes y de sus levitas salir con un grande acompañamiento, para ir a más de veinte leguas de distancia a informarse de las cualidades y de la misión del nuevo Profeta, sin pensar que iban a recibir el testimonio más brillante de la venida del Mesías; dirigiendo la divina Providencia esta diputación para enseñar a los judíos, y que nunca pudiesen dudar, que Jesucristo, a quien un día habían de maltratar con tanto encarnizamiento, era verdaderamente el Mesías.

Encontraron los diputados a san Juan en las cercanías de Betahara, que también se llamaba Betania; era esta una ciudad situada de la otra parte del Jordán, distante cerca de veinte leguas de la aldea de Betania. Predicaba san Juan de la parte de acá en una campiña a cielo raso. Allí formaba un gran número de discípulos para aquel a quien reconocía por su Señor, y todo su cuidado era el disponerlos, tanto por su doctrina y sus ejemplos, como por su bautismo, para recibir la ley de Jesucristo.

Allí fue donde los diputados del Sanedrín le representaron cuánta estima y veneración había concebido hacia él el consejo; que la santidad de su vida daba a conocer bastantemente que él no era como el resto de los hombres; que en el concepto del pueblo pasaba ya por el Mesías, y que ellos mismos no estaban distantes de esta opinión, puesto que las cosas que hacía les parecían superiores a las fuerzas humanas; pero que para la satisfacción común, y para mayor seguridad, querían saber de su propia boca quién era.

No dudó el santo hombre: negó firmemente ser el que ellos creían; y a fin de que no tomasen su respuesta por alguna tergiversación de una humildad poco sincera, les dijo en términos formales, y les repitió muchas veces que de ningún modo era el Mesías; declaró altamente y sin rodeos que no era el Cristo. Por más franca y más preciosa que fuese esta respuesta, los diputados no pudieron borrar de su imaginación la idea que habían concebido de su mérito. Vínoles, pues, al pensamiento que si no era el Mesías, podía ser muy bien que fuese un nuevo Profeta, igual a los antiguos, ó a un Elías, puesto que vivía como él, a mas de que sabían que Elías no había muerto, y que según la profecía de Malaquías debía volver al tiempo de una de las dos venidas del Mesías, antes del gran día del Señor. (Malach. IV). San Juan se afligía al ver que se hacía tanto caso de él, y que se le igualaba con los grandes Profetas. Cuanto más se le daban testimonios de estimación, más él se abatía. No solo negó que fuese Elías, sino que añadió que ni aun era profeta; quería sin duda dar a conocer a los doctores y a los sacerdotes lo que ignoraban y lo que les importaba saber; que el tiempo de los Profetas había pasado; que él no venía, como sucedía antiguamente, para prometerles el Mesías, sino para advertirles que el Mesías había venido, y que estaba en medio de ellos, y para mostrarles con el dedo Aquel que sus padres no habían visto sino en confuso, y de muy lejos, por un espíritu de profecía. No pudiendo sacar de san Juan más que respuestas negativas y que no les decía lo que era, sino lo que no era, le estrecharon para que les declarase lo que se debía pensar de él, cuál era el carácter en virtud del cual predicaba, y lo que debían responder a los que les habían enviado, para saber de él mismo en qué concepto debía tenérsele.

El Santo no pudo ya menos de satisfacer su curiosidad. Se manifestó a ellos, y les declaró con mucha modestia y candor, que era aquel de quien había hablado Isaías, cuando viendo en espíritu al Mesías que debía venir, le parecía oír ya la voz de su Precursor en el desierto, la cual exhortaba a los pueblos a que se preparasen para su venida. Yo soy esta voz, les dice, que viene para preparar los caminos al Mesías, y disponer por la penitencia que predico, y por el Bautismo que administro, los corazones y los espíritus para recibir al que viene para salvarlos. Los fariseos, más celosos por mantener su autoridad que en procurar su salud, se picaron de esta respuesta, y replicaron con altanería: Si no eres, pues ni el Cristo, ni Elías, ni profeta, ¿por qué bautizas? San Juan, que quería con su humildad abatir su orgullo, no les habla ni de su misión que había recibido inmediatamente de Dios, ni del cargo eminente con que el cielo le había honrado: se contenta con responderles para su instrucción, y la de todo el pueblo, que el agua de su bautismo no obraba sobre las llagas del alma, más que como el agua común obra sobre las llagas del cuerpo; que no las curaba, sino que únicamente servía para lavarlas, a fin de que estando limpias se las viese, y se hiciese alto sobre ellas; que aquel hombre divino a quien buscaban, y que verdaderamente era su Mesías, les conferiría bien pronto un nuevo bautismo del cual el suyo no era más que la sombra, un bautismo que curaría todas las llagas de su alma; que por lo que hacía a él, había recibido de lo alto una gracia particular para descubrir a los hombres sus errores y sus vicios, pero que era incapaz de remediarlos; que todo lo que podía hacer, era exhortarles a que reconociesen a su verdadero médico, el único de quien debían esperar su curación; que, por lo demás, no era necesario que fuesen a buscarle lejos, que estaba en su país, y en medio de ellos, que era de su nación y de sangre real, conforme a lo que habían predicho de él los Profetas; que, a la verdad, todavía no le conocían, pero que sus maravillas, de que ellos mismos serían testigos, se lo descubrirían muy pronto. Por lo que hace a mí, añadió, yo le conozco, y he venido delante de él, a fin de anunciaros su venida; y si él viene después de mí, esto consiste en que Él es el Señor, y envía a su siervo para que avise que vendrá muy pronto. Y ciertamente yo valgo bien poco en su presencia, ni aun merezco emplearme en los misterios más humildes de su servicio. Él lo puede todo, y yo no puedo nada; mi bautismo no dura más que un cierto tiempo, y no tiene virtud alguna en comparación del suyo, el cual será hasta el fin del mundo una fuente inagotable de gracias y de salud. Él no os lavará simplemente con el agua, sino que os bautizará en el Espíritu Santo, y este santificador descenderá sobre los que recibieren el nuevo bautismo, se comunicará a ellos, les animará con su presencia, les fortificará con su gracia, les abrasará con aquel fuego divino que produce efectos maravillosos en las almas santas. Verdaderamente el bautismo de san Juan no era más que una preparación para el de Jesucristo; disponía los pecadores, por la penitencia y por las obras de justicia, para escuchar al Mesías, y recibir el perdón de sus pecados por el bautismo del Salvador. El Santo llama a este bautismo un bautismo de fuego, y conferido por el Espíritu Santo; es decir, que no será una simple ablución del cuerpo metido en el agua, sino que por la virtud del Sacramento, quedando el alma purificada de todas sus manchas, será inflamada e ilustrada por el Espíritu Santo. Sabemos que en el día de Pentecostés descendió el Espíritu Santo sobre los discípulos en forma de lenguas de fuego, y pudo san Juan haber aludido no solo al efecto del Sacramento, sino también a este símbolo.

Después de haber dado el santo Precursor este testimonio de la venida de Jesucristo a los diputados, continuó en todas las ocasiones que se le ofrecieron publicando el mérito, la santidad y la omnipotencia del Salvador del mundo. Viendo san Juan al otro día a Jesús que venía a él: He aquí, exclamó, el Cordero de Dios; he aquí el que borra los pecados del mundo. Este es de quien yo he dicho: He aquí viene después de mí un hombre que es antes que yo; si yo he venido para administra un bautismo de agua, esto no es sino para que se le conozca en Israel. Yo he visto, añade, bajar del cielo el Espíritu Santo en forma de una paloma, y se ha colocado sobre Él. Y el que me ha enviado para administrar un bautismo de agua, me ha dicho: Aquel sobre el cual verás descender y colocarse el Espíritu, ese es el que administra el bautismo del Espíritu Santo. Esto es puntualmente lo que yo he visto, y he dado testimonio que este es el Hijo de Dios.

Nada podía convenir mejor al designio de la Iglesia que este Evangelio, tan propio para reanimar nuestra fe y excitar nuestro fervor, en un tiempo que tanto lo requiere para prepararnos a recibir dignamente aquel que los judíos no han querido reconocer. Inexcusables después del testimonio de san Juan Bautista, todavía más criminales después de haber sido testigos de sus maravillas, los judíos rehusaron tenazmente recibir a Aquel que había pedido con tanto ardor y esperado por tanto tiempo, y le hartaron de oprobios. ¿Y no seríamos nosotros tan culpables como aquellos impíos, y todavía más ingratos que aquellos, si conociendo y confesando a Jesucristo por nuestro Salvador, no cuidásemos de disponernos con tiempo a recibirle con alegría, con empeño, con fervor, y por decirlo así, con dignidad el día de su nacimiento?

Fuente: R. P. Jean Croisset SJ, "Año Cristiano ó Ejercicios devotos para todos los Domingos, días de Cuaresma y Fiestas Móviles" TOMO I. Librería Religiosa, Barcelona 1863. Páginas 47 - 54

SANTORAL 11 DE DICIEMBRE



11 de diciembre

SAN DÁMASO,
Papa y Confesor



 Cualquiera que mirare a una mujer con mal deseo
ya adulteró en su coraz6n.
(Mateo, 5, 28).

   San Dámaso I, de origen español, siguió al Papa Liberio al exilio y le sucedió en el año 366. Su talento y su celo por la pureza de la doctrina y el esplendor del culto han hecho que el Concilio de Calcedonia lo llamase ornamento y gloria de Roma. Reunió cuatro concilios en esta ciudad y uno en Aquilea, para combatir las herejías. Edificó dos basílicas, una junto al teatro de Pompeyo, San Lorenzo in Dámaso; la otra en la vía Ardeatina, junto a las catacumbas. Adornó con epitafios en verso las tumbas de los mártires, introdujo la costumbre de añadir el Gloria Patri al final de los salmos y movió a San Jerónimo a corregir el Nuevo Testamento sobre el texto griego. Murió casi octogenario en el año 384, y fue enterrado con su madre y su hermana en la basílica de la vía Ardeatina.

MEDITACIÓN
SOBRE LOS MALOS
PENSAMIENTOS

   I. Hay tres clases de pensamientos que debemos rechazar, que hasta deberíamos prevenir. Los primeros son las distracciones en nuestra oración; nos arrebatan todo el fruto de nuestras plegarias, y, a menudo, nos hacen cometer nuevos pecados en el momento en que deberíamos obtener el perdón de nuestras faltas pasadas. Para ahuyentar estos pensamientos importunos, haz con frecuencia actos de fe; piensa que Dios te ve, que oye tus ruegos y que castigará tu negligencia al no desechar esas distracciones.

   II. Los pensamientos contra la castidad son mucho más peligrosos todavía: fácil es complacerse en ellos, detenerse en ellos voluntariamente y cometer en un instante grandísimos pecados. Así, vigila, rechaza esos pensamientos poniendo la atenci6n de tu espíritu en otra cosa, ocupándolo con pensamientos graves tales como los de la muerte, del infierno y del juicio. ¿Quieres verte libre de esta clase de tentaciones? Vigila tus sentidos: tus ojos y tus oídos son las puertas que les dan acceso a tu alma.

   III. El demonio te sugiere, a veces, dudas contra la fe: esas dudas son peligrosas, sobre todo en la hora de la muerte. Las vencerás con la humildad y la oraci6n; desconfía, pues, de tus propias fuerzas e implora el socorro del Cielo. La fe es un don de Dios: Aquél que te la dio te la conservará, siempre que recurras a Él. Si con todo esos pensamientos continuaran importunándote, haz actos de fe. Cuanto más te cueste penetrar las verdades de la salvación, más debes reverenciarlas y admirarlas. (San Eusebio).

La modestia 
Orad por el Sumo Pontífice.

ORACIÓN

   Pastor eterno, considerad con benevolencia a vuestro rebaño, y guardad lo con constante protección por vuestro bienaventurado Sumo Pontífice Dámaso, a quien constituisteis pastor de toda la Iglesia. Por J. C. N. S. Amén.

sábado, 10 de diciembre de 2011

SERMÓN PARA LA DOMÍNICA TERCERA DE ADVIENTO

TERCER DOMINGO DE ADVIENTO



De la Carta de San Pablo a los Filipenses, 4: 4-7: Alegraos en el Señor siempre; otra vez lo diré: Alegraos. Sea de todos conocida vuestra modestia. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna, sino que en todo vuestras peticiones se den a conocer a Dios mediante la oración y la súplica, acompañadas de acción de gracias. Y entonces la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

Alegraos en el Señor siempre… Y entonces la paz de Dios custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos…

Continuemos nuestra preparación para la Navidad y para la Parusía en el regazo maternal, en el Corazón Inmaculado de María.

Cooperadora inseparable del Espíritu Santo, Ella coopera con Él para producir en las almas la perfecta alegría y la paz duradera, de las cuales nos habla en Apóstol San Pablo.

Hay motivos especiales para que intervenga Nuestra Señora en dar la alegría y las paz a las almas; puesto que de manera especialísima y perfectísima las poseyó Ella; por eso es Causa nostræ letitiæ y también Regina pacis.

María Santísima patrocina de manera singular a las almas para que alcancen y acrecienten la perfecta alegría, porque Ella la tuvo en altísimo grado y con maravillosa opulencia.

María poseyó de manera tan abundante y profunda el misterio de la perfecta alegría porque su regazo, sobre todo el de su alma, estaba hecho para que en él descansara Jesús; porque su Corazón fue formado para comprender, consolar y envolver en ternura al Divino Corazón.

Para que ese íntimo regazo fuera dulce, mullido, perfumado y cálido para el descanso de Jesús; para que fuera un reproducción del seno del Padre, y Jesús no extrañara aquel Seno inmortal; para que el Corazón de María se asemejara, cuanto es posible en una criatura, al vigoroso, al tierno, al Divino Corazón del Padre; para que Jesús tuviera en María un cielo en la tierra…, por todo esto era preciso que el regazo purísimo y el Corazón Inmaculado se bañaran en los esplendores celestes de la perfecta alegría.

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El gozo en el Espíritu Santo tiene sus caracteres especiales. Se distingue, claro está, del gozo natural que es superficial, efímero, vano, como son los afectos de la tierra.

El gozo en el Espíritu Santo es profundo, duradero, sólido, como es la caridad de la que procede, como son los bienes sobrenaturales.

El gozo en el Espíritu Santo de ordinario es oculto, austero, silencioso, íntimo.

El motivo de la perfecta alegría, aun en lo que se refiere a la propia alma y a las almas de los demás, es única y puramente la gloria de Dios.

Y precisamente porque este gozo es intensamente divino, es pleno, es rico, es perfecto. Se diría que es una inmensa capacidad de infinito, y cuanto más opulento sea lo divino que recibe, más rica es su plenitud y más exquisito su gozo.

Ardua es la perfecta alegría; poquísimas almas aciertan a gozarla y muchas ni la conciben.

¡Cuántas pensarán que esta alegría es invento sutilísimo y alambicado de los místicos! ¡Con cuánta razón dijo San Pablo: El hombre animal no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios!

Y Jesús, precisamente regocijándose en el Espíritu Santo, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas a los sabios y a los prudentes, y las revelaste a los pequeños.

Esta es la felicidad mayor que puede alcanzarse en esta vida; por eso Santa Teresita del Niño Jesús dijo esas palabras tan misteriosas: Yo encontré en el mundo la felicidad y la alegría, pero solamente en el dolor…

Este gozo recóndito es el que la Iglesia canta en el misterioso aleluya de su Liturgia, la alegría de que Dios sea glorificado.

Y por ser tan pura y celestial esta alegría, lejos de impedir la unión divina, la hace más dulce y estrecha: ¡esta alegría es unión!

Los otros consuelos, aun los espirituales, muchas veces impiden las íntimas comunicaciones con Dios; por eso el Señor, como enseña San Juan de la Cruz, los sustrae a las almas en las largas noches de la desolación.

Pero el gozo en el Espíritu Santo viene de la unión divina y a ella prepara, o más bien, es una forma altísima y deliciosa de unirse a Dios.

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Otro de los caracteres que asemejan este gozo con los gozos eternos, consiste en que es inamisible como aquéllos.

Nadie, sino el Espíritu Santo que lo da a las almas, se lo puede quitar.

Ni las vicisitudes de la vida, ni la tribulación, ni las potestades del infierno pueden arrebatar al alma este tesoro.

No las vicisitudes, porque este gozo se oculta en el centro del alma, siempre inmutable y sereno, porque no llegan a ese fondo los cambios de la superficie.

No la tribulación, porque ésta es el alimento que acrecienta y exalta a la perfecta alegría.

Ni el demonio tampoco, porque ni puede penetrar al santuario de esa alegría, ni la acierta a comprender, ni logra jamás cegar el manantial del que brota, que es el Espíritu Santo.

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Alegraos en el Señor siempre… En nuestro valle de lágrimas la Alegría que da Jesucristo es raramente brillante; es una Alegría oculta, bien profunda, para que nada ni nadie pueda llegar hasta el fondo.

A medida que los años pasan, experimentamos que hay en la vida más tristezas que consolaciones, más decepciones que promesas mantenidas.

Nos damos cuenta que esta tierra es, no solamente un valle de lágrimas y lutos, sino también, lo que es más lamentable, un lugar de escándalos y trampas.

¡Y bien!, para leer el Evangelio de la Alegría, no dejemos de lado el recuerdo amargo de estas tristes comprobaciones; ya que es a hombres reales que se anunció el Evangelio de la Alegría.

Así pues, no vacilemos en recordar todo lo que la vida reserva de amargo y de pena. Pero tengamos este recuerdo en Dios.

Entonces, a pesar de todo, no dejaremos de creer en el Evangelio de la Alegría.

Oigamos las voces negativas; pero, más allá de estas voces desastrosas, escuchemos la voz saludable del Señor, y no nos perderemos.

No se trata de ignorar los discursos negativos de la humana experiencia; se trata de oírlos permaneciendo ante el Señor; entonces dejarán de ser negativos.

De este modo, aunque la experiencia quiera convencernos de que no se puede resistir a la vida y a sus escándalos, la presencia del Señor nos dará la certeza de que podemos escapar a los escándalos, si tenemos buena voluntad.

Más allá de lo que vemos (y que puede ser desalentador), más allá de las maniobras pérfidas e incansables del Príncipe de este mundo, conoceremos que nuestro Salvador, que triunfó de Satanás, no deja de trabajar en su Misterio de salvación y que su Gracia es victoriosa. Comprobaremos, incluso, que nos hace cooperar en esta obra de salvación.

“No abandones tu alma a la tristeza, no hay bien en ella” (Eccle. 38: 21 y 30: 25).

¿Cómo hacer para no abandonar nuestra alma a la tristeza?

¿Evitando ver lo que vemos, en nosotros mismos y en torno nuestro, en la Iglesia y en la sociedad?

En verdad, para no abismarse en la tristeza y permanecer en la Alegría Evangélica, no se trata de evitar ver lo que es; sino de creer más allá de lo que se ve, y de amar en consecuencia.

Si creo, más allá de las realidades que veo (y que existen ciertamente terribles), aparecen otras realidades que existen infinitamente más inmediatamente a mis ojos apaciguados: esas realidades que manifiestan el Amor de Nuestro Salvador y su victoria sobre el Príncipe de este mundo y sobre los escándalos de la vida.

Si creo más allá de lo que veo, sé que, dentro del tiempo invariable del pecado, el tiempo de la victoria ya comenzó; y el tiempo del pecado se suprimirá definitivamente cuando Jesús se haya convertido todo en todos.

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¿Cómo no abandonar mi alma a la tristeza? Acordándome del Misterio de Jesucristo; teniendo bastante Fe para tener una memoria cristiana.

Lo propio de la Alegría Evangélica es no ser incompatible con la tristeza, el abatimiento o la desolación; es ser posible y brillar incluso en medio de la tristeza misma, del abatimiento y de la desolación.

Más profunda que todos los dolores y todas las tristezas, esta Alegría procede de la misteriosa presencia (en lo íntimo de ser) del Señor Jesucristo, que nos ama sin medida y que nos libró del mal.

Esta Alegría no se presenta nunca con un carácter indiscreto o estridente, negador de la humilde realidad humana. Ésta es una realidad de amor, de dolor y de trabajo; pero, más profundamente aún, y en su fuente más oculta, es una realidad religiosa; y de la religión de Jesucristo, victorioso del diablo y de la muerte.

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Y entonces la paz de Dios custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos…

Con respecto a la Paz, la doctrina cristiana es a la vez extremadamente simple y elevada.

Se resume en estas dos proposiciones del Señor: “Os doy la Paz”; “No os la doy como la da el mundo”.

Es decir, existe una Paz verdadera para los hombres fieles al Señor Jesús. Gloria a Dios en las alturas, y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad, cantaron los Ángeles en Belén.

Esta Paz no es la del mundo.

Sobre este último punto el Profeta ya había dicho que “no hay paz verdadera para los impíos”.

El mundo, la contra-iglesia, por la cual el Señor no rogó, tiene ciertamente la pretensión de dispensar la Paz. El mundo pretende satisfacer y colmar las aspiraciones de los hombres.

En algunos casos es necesario convenir que lo logra; pero es necesario comprobar, al mismo tiempo, que es al precio del sofocamiento de los deseos más profundos del alma, de las aspiraciones más humanas del ser humano.

Si el mundo consigue obtener para sus adeptos la paz de un Infierno indoloro, es, sin embargo, un Infierno.

Salvo que se conviertan, los mundanos conocerán, el último día, que ya vivían efectivamente en el Infierno, y que el Infierno no puede seguir siendo indoloro: “no hay paz verdadera para los impíos”.

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La Paz que da Jesucristo es una Paz en el Amor y en la Cruz.

Es importante considerar que esta Paz no se da nunca en la facilidad, en la cobardía y en el egoísmo, hacia donde suspiran naturalmente los pobres hombres.

La Paz que da Jesucristo responde a otra aspiración; viene a escuchar la plegaria temblorosa de los hijos de Dios, que se saben pecadores pero que tienen buena voluntad:

“Señor, danos la fuerza de permanecer fieles. Somos tan impuros y tan pobres que esta fidelidad no es posible sin ser probados en el interior por los sacrificios que pedirás de nosotros, sin ser afligidos fuera por las pruebas que te agradará enviarnos. Señor, danos solamente, en el corazón mismo de la lucha y del sufrimiento, el seguir siéndote fieles y el amarte. Nuestra cruz es indispensable para cooperar a la Redención del mundo; danos solamente el no cansarnos de cooperar a esta Redención; no dimitir debido al cansancio y a los fracasos. Cordero de Dios, la Paz que te pedimos es la de pobres pecadores que se saben tales y que aceptan las consecuencias; débiles discípulos que quieren, sin embargo, amarte, trabajar en tu obra, y que aceptan poner el precio. Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, que lo destruyes por tu Cruz, danos tu Paz, que es una Paz crucificada.”

Tales son los santos deseos que viene a colmar el benignísimo Jesús.

Los deseos naturales del hombre se vuelcan hacia una paz y una felicidad que hacen abstracción del destino sobrenatural, del estado de caída y de redención.

Los santos deseos de la gracia no pueden volverse sino hacia una Paz y una Felicidad de gracia, una Paz y una Felicidad que piden la purificación del alma por la caridad, y a la unión por amor al Salvador Crucificado, para la Redención del género humano.

No es jamás en un sentido de facilidad, sino siempre en un sentido de tensión, de Cruz, de Amor generoso que es necesario escuchar la buena nueva de los Ángeles de Belén…

Resumidamente, es en un sentido de Iglesia militante que es necesario escuchar el anuncio de los Ángeles del Pesebre: “Paz a los hombres de buena voluntad”…

También de ese modo es necesario pronunciar la gran plegaria del Santo Sacrificio: “Cordero de Dios que quitas los pecados de mundo, danos la paz”.

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Alegraos en el Señor siempre; otra vez lo diré: Alegraos… El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna… La paz de Dios custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús…

P.Ceriani

PENSAMIENTOS DE SAN JUAN DE LA CRUZ

NEGATIO
II

Si purificares tu alma de extrañas posesiones y apetitos, entenderás en espíritu las cosas; y si negares el apetito en ellas, gozarás de la verdad de ellas, entendiendo en ellas lo cierto.

Los nuevos e imperfectos amadores  son como el vino nuevo, que fácilmente se malean, hasta que cuezan las heces de las imperfecciones y se acaben los hervores y gustos gruesos del sentido.

Las pasiones tanto reinan en el lama y la combaten, cuando la voluntad esta menos fuerte en Dios y más pendiente de criaturas; porque entonces con mucha facilidad se goza de cosas que no merecen gozo, espera lo que no trae provecho, se duele de lo que  por ventura se había de gozar, y teme donde no hay que temer.

Cinco daños causa cualquier apetito en el alma, demás de privarla del espíritu de Dios: el primero, que la cansa; el segundo, que la atormenta; el tercero, que la oscurece; el cuarto que la ensucia; el quinto, que la enflaquece.

Todas las criaturas son miajas que cayeron de la mesa de Dios; y así, justamente es llamado can el que anda apacentándose en las criaturas. Y por eso justamente como perros siempre andan hambreando, porque las miajas más sirven de avivar el apetito que de satisfacer el hambre.

Los apetitos son como unos hijuelos inquietos y de mal contento, que siempre andan pidiendo a su madre uno y otro, y nunca se contentan, y como el enfermo de calentura, que no se halla bien hasta que se le quite la fiebre, ya cada rato le crece la sed.

Como el que tira el carro la cuesta arriba, así camina para Dios el alma que no se sacude  el cuidado y apaga el apetito.

De la manera que es atormentado el que cae en manos de sus enemigos, así es atormentada y afligida el alma que se deja llevar de sus  apetitos.

De la misma manera que se atormenta y aflige el que desnudo se acuesta sobre espinas y puntas, así se atormenta el alma y se aflige cuando se acuesta sobre sus apetitos, porque a manera de espinar hieren, asen y dejan dolor.

Cuando los vapores oscurecen el aire y no dejan lucir el sol, así el alma está tomada de los apetitos, según el entendimiento está entenebrecida, y no da lugar para que ni el sol de la razón natural ni de la sabiduría de Dios sobrenatural la embistan  e ilustren de claro.

El que se ceba del apetito es como la mariposilla y como el pez encandilado, al cual aquella luz antes le sirve de tinieblas par que no vea los daños que los pescadores le aparejan.

Oh quien pudiera decir cuán imposible es al alma que tiene apetitos juzgar de las cosas de Dios como ellas son. Porque estando aquella catarata y nube del apetito sobre el ojo del juicio, no ve sino nube, unas veces de un color y otras de otro; y así viene a tener las cosas de Dios por no de Dios, y las que no son de Dios por de Dios.

Dos veces trabaja el pájaro que se asentó en la liga, es a saber: en desasirse y limpiarse de ella; y dos maneras pena el que cumple su apetito; en desasirse y, después de desasido, en purgarse de lo que de él se pegó.




NUESTRA SEÑORA DE LORETO

10 de diciembre


NUESTRA SEÑORA DE LORETO



 
   Esta fiesta recuerda un hecho prodigioso: la casa de Nazaret que vio nacer y crecer a la Virgen, donde el Divino Verbo bajó para tomar carne en sus purísimas entrañas, y en la que vivió la Sagrada Familia, fue trasladada por los ángeles, primero a Dalmacia y después a Loreto, en tiempos del Papa Celestino V.

   Es tradición que, aun viviendo la Santísima Virgen en su casa de Nazareth, fue consagrada por San Pedro en Iglesia, y que en ella celebró Misa el Príncipe de los Apóstoles, por lo que se llama altar de San Pedro el que aún se venera en la Santa Casa de Loreto. Santa Elena, tres siglos después, engrandeció esta casa, llamada entonces de la Encarnación.

   En el siglo XIII, apoderados los infieles de los Santos Lugares, el 9 de Mayo de1291, por ministerio de los ángeles o por un acto de la Divina Omnipotencia, fue arrancada de sus cimientos la Santa Casa y trasladada a Dalmacia.

   Tres años después fue llevada de igual modo milagroso, el 10 de Diciembre del 1294, a la Xarca de Ancona, en Italia. La selva donde fue colocada la Santa Casa era de una señora llamada Laureta, de donde vino el llamarse aquel famoso santuario de la Virgen con el nombre de Nuestra Señora de Loreto. En el siglo XIV se levantó en ese lugar la basílica que encierra la Santa Casa. Desde entonces Loreto, donde se venera también una imagen antiquísima de la Virgen, se convirtió en uno de los centros de peregrinaciones más extraordinario del mundo cristiano. Benedicto XV proclamó, en 1920, a la Virgen de Loreto "Patrona de la Aviación". En nuestro país es la patrona de la Fuerza Aérea Argentina.

SALVE AVIADORA

   Salve, Madre, Salve, Reina del Cielo,
de la hermosura una estrella,
de la pureza el fulgor;
fuente del más puro amor,
nuestra esperanza está en Tí.
Salve, Madre, Salve, Reina del Cielo.

   Si nuestras alas se quiebran,
al final de nuestro vuelo,
antes de llegar al suelo,
tus brazos, con amor se abran,
Salve, Madre, Salve, Reina del Cielo.









   
   La Santa Casa en Nazaret tenía dos partes: Una parte era una pequeña gruta y la segunda parte una pequeña estructura de ladrillos que se extendía desde la entrada de la gruta. La estructura de ladrillos no tenía sino tres paredes ya que un lado pegaba con la pared de la gruta.

   ¿Cómo llegó la casa de Nazaret a Loreto, Italia? Hay varias tradiciones. Una de ellas habla de ángeles que transportaron la casa por los aires. Pero hay documentos que parecen indicar que el responsable del traslado es un comerciante llamado Nicéforo Angelo del siglo XIII. Quizás su apellido inspiró la idea del traslado por medio de ángeles. En todo caso, tan extraordinaria empresa sin duda tuvo la protección y guía del cielo. Ya lo había dicho el ángel a La Virgen en esa misma casa: "Para Dios nada es imposible". 

   La casas de Loreto es sagrada en virtud de quienes en ella habitaron. Muchos consideran la Santa Casa de Loreto como uno de los lugares mas sagrados del mundo y Dios no quiso que esta casa fuese profanada o destruida, sino preservada para siempre.

   El demonio, los hombres, y el mundo usualmente van contra todo lo que Dios quiere y con esta bendita casa no fue diferente. En 1291, los Sarracenos conquistaban la Tierra Santa. Quisieron acabar con toda la historia del Cristianismo y la mejor forma para ellos era destruyendo todos los lugares sagrados. Pensaban que eliminando todos los signos visibles del cristianismo, apagarían el amor y la devoción.

   Fueron en busca de cada lugar venerado por su asociación con la vida de Cristo. Cuando llegaron a las proximidades de Nazaret, la Santa Casa no tenía defensa humana. Esta era bien conocida porque los Cristianos desde el tiempo de los Apóstoles la tenían con gran reverencia y celebraban allí la Santa Misa. Los enemigos se decían: "nunca más los cristianos celebrarán aquí la Anunciación".

   La Basílica construida sobre la Santa Casa ya había sido destruida dos veces antes. La primera vez fue en 1090 A.D. Sin embargo  la casa quedaba intacta. Los cruzados reconstruyeron la Basílica, pero en 1263 fue destruida de nuevo. Una vez más la Santa Casa fue protegida.  Esta vez los cruzados no pudieron reconstruir la Basílica y la Santa Casa se quedó sin protección.

   Según esta tradición, en 1291, cuando los cruzados perdían control sobre la Tierra Santa, Nuestro Señor decidió enviar a los ángeles a proteger su Santa Casa y les dio el mandato de que movieran la casa a un lugar seguro.

   "Llévense la Santa Casa a un lugar seguro, lejos del odio de mis enemigos de esta tierra donde nací. Elévenla sobre los aires, donde no la puedan alcanzar. Que no la vean".

   El 12 de mayo de 1291 los ángeles trasladaron la casa hasta un pequeño poblado llamado Tersatto, en Croacia. Muy temprano en la mañana la descubrieron los vecinos y se asombraron al ver esta Casa sin cimiento y no se explicaban como llegó ahí. Se adentraron y vieron un altar de piedra. En el altar había una estatua de cedro de la Virgen María, que tenía al niño Jesús en sus brazos. El niño Jesús tenía sus dos dedos de la mano derecha extendido como bendiciendo. Con su mano izquierda sostenía una esfera de oro representando al mundo. Ambos estaban vestidos con unas batas y tenían coronas de oro.

   Unos días mas tarde la Virgen María se le apareció a un sacerdote de ese lugar, y le explicó de dónde venía la casa. Ella dijo, "Debes saber que la casa que recientemente fue traída a tu tierra es la misma casa en la cual yo nací y crecí. Aquí, en la Anunciación del Arcángel Gabriel, yo concebí al Creador de todas las cosas. Aquí, el verbo se hizo carne. El altar que fue trasladado con la casa fue consagrado por Pedro, el Príncipe de los Apóstoles. Esta casa ha venido de Nazaret a tu tierra por el poder de Dios, para el cual nada es imposible. Ahora, para que tu puedas dar testimonio de todo esto, sé sanado. Tu curación inesperada y repentina confirmará la verdad que yo te he declarado hoy."

   El sacerdote, que había estado enfermo por mucho tiempo, se sanó inmediatamente y anunció al pueblo el milagro que había ocurrido. Comenzaron las peregrinaciones a la Santa Casa. Los residentes de este pequeño pueblo construyeron sobre la santa casa un edificio sencillo para protegerla de los elementos de la naturaleza.

   Pero la alegría de los croatas duró poco tiempo. Después de tres años y cinco meses de estar la casa en este poblado, en la noche de el 10 de diciembre, de 1294, la casa desapareció de Tersatto para nunca mas volver.

   Un residente devoto de Tersatto, construyó una pequeña iglesia en el lugar donde estuvo la casa, una réplica de esta. Y puso la siguiente inscripción: ¨ La Santa Casa de la Virgen María vino de Nazaret el 10 de diciembre, de 1291 y estuvo hasta el 10 de diciembre, de 1294.¨
   La gente de Croacia continuó venerando a Nuestra Señora en la réplica de la Santa Casa. Fue tanta su devoción que el Papa Urbano V envió a la gente de Tersatto una imagen de Nuestra Señora en 1367. Esta imagen se cree fue esculpida por San. Lucas.

   El 10 de diciembre, de 1294, unos pastores de la región de Loreto en Italia reportaron que habían visto una casa volando sobre el mar, sostenida por ángeles. Había un Angel vestido con una capa roja (San Miguel) que dirigía a los otros y la Virgen María con el Niño Jesús estaban sentados sobre la casa. Los ángeles bajaron la casa en un lugar llamado Banderuola.

   Muchos llegaban a visitar esta santa casa, pero también había algunos que llegaban para asaltar a los peregrinos. Por esta razón las personas dejaron de llegar y la casa nuevamente fue trasladada por los ángeles a un cerro en medio de una finca. La Santa Casa no se quedaría aquí por mucho tiempo. La finca era de dos hermanos que comenzaron a discutir sobre quien era el dueño de la casa. Por tercera vez la casa es trasladada a otro cerro y la colocaron en el medio del camino. Ese es el lugar que ha ocupado ya por 700 años.

   Los habitantes de Recanati y Loreto verdaderamente no sabían la historia de la Santa Casa, sólo sabían de los milagros que acontecían ahí. Dos años más tarde, la Virgen María se le apareció a un ermitaño llamado Pablo y le contó el origen y la historia de la Santa Casa.

   "Se mantuvo en la ciudad de Nazaret hasta que por el permiso de Dios, aquellos que honraban esta casa fueron expulsados por los enemigos. Ya que no se le honraba y estaba en peligro de ser profanada, mi Hijo quiso trasladarla de Nazaret a Yugoslavia y de ahí hasta tu tierra".

   Pablo entonces se lo contó a las personas del pueblo y comenzaron hacer gestiones para verificar la autenticidad de la casa. Fueron primero a Tersatto y luego a Nazaret. Los expertos asignados a este proyecto fueron a Tersatto. Ahí verificaron que las paredes eran de color rojizo y cerca de 16¨ de ancho. Descubrieron también que la replica medía exactamente igual que la de Loreto: 31 ¼ pies de largo por 13 pies y 4 pulgadas de ancho por 28 pies de alto. Tenía una sola puerta de 7 pies de alto y 4 1/2 de ancho. Tenía también una ventana. Todas las descripciones, incluso las de los elementos interiores y las estatuas, coincidían.

   En Nazaret: descubrieron que de verdad era la casa de la Virgen. Las medidas de la fundación eran exactas a la de Loreto y la maqueta construida en Tersatto.

   Después de 6 meses regresaron a Loreto y declararon la autenticidad de la Santa Casa. Años mas tarde, encontraron monedas debajo de la casa, no solo del área de Nazaret, sino que de el período en que la casa estuvo en Nazaret. Las piedras y la tierra utilizada para el relleno de la casa era idéntica que las que se usaban en Nazaret en ese tiempo y civilización.

   La casa no tiene cimientos ya que estos se quedaron en Nazaret.



ALTAR DE LA SANTA CASA

   Llegó un tiempo que muchos peregrinos iban a este santuario y el Papa Clemente VII mandó que se cerrara la puerta original y se construyeran tres puertas, ya que solo había un puerta y las personas se peleaban para entrar y salir. Solo había un problema y era que nadie le había pedido permiso a la Virgen María para las alteraciones. Cuando el arquitecto cogió su martillo para comenzar, su mano se marchitó y comenzó a temblar.

   Enseguida se fue de Loreto y nadie mas quiso hacer el trabajo. Tiempo después un clérigo llamado Ventura Barino aceptó hacer el trabajo, pero primero se arrodilló y rezó a la Virgen. Este le dijo que no era su culpa, sino la orden del Papa, que si ella estaba enojada que lo tomara contra el Papa y no contra el¨. El clérigo pudo completar el trabajo.

   Las personas de Loreto también decidieron proteger la Santa Casa poniéndole una pared de ladrillo, pero después que terminaron con la pared, la pared se separo de la casa. Por eso hay un espacio entre la Santa Casa y la pared que fue construida.

   Una historia relata que el obispo de Portugal visitó la Santa Casa y quiso llevarse una piedra para  construir una Iglesia en honor a la Virgen de Loreto. El Papa le dio permiso y el obispo mandó a su secretario a sacar la piedra y llevársela. El obispo se enfermó de repente y cuando llegó su secretario casi estaba muerto. El obispo le pidió a algunas hermanas religiosas que rezaran por él y algunos días después recibió este mensaje:  "Nuestra Señora dice, si el obispo desea recuperarse, debe devolver a la Virgen lo que él se ha llevado." El secretario y el Obispo se asombraron de esto, pues nadie sabía lo de la piedra de la Santa Casa. El secretario se fue inmediatamente de regreso a Loreto con la piedra y cuando llegó, el obispo estaba completamente sanado. Por esta razón, durante los siglos, los Papas han prohibido, bajo amenaza de excomunión, la extracción de cualquier parte de la Santa Casa.

   La Santa Casa es considerada entre los lugares mas sagrados del mundo. Antes de que la Santa Casa fuese trasladada, San Francisco de Asís, había profetizado que un día Loreto se iba a llamar el lugar mas sagrado del mundo y que por ello debían abrir una casa allí.

   Muchos peregrinos van cada año a visitar a la Santa Casa. A visitar el lugar adonde la Sagrada Familia vivió y a recibir las gracias que Dios les quiere dar. Es una tradición rezar de rodillas el Santo Rosario alrededor de la Casa. Es un rosario penitencial pidiendo la intercesión poderosa de la Santísima Virgen. Procesiones con velas del Santísimo Sacramento forman parte de las celebraciones en la Basílica de la Santa Casa de Loreto.

SANTORAL 10 DE DICIEMBRE


10 de diciembre


SAN MELQUÍADES,
Papa y Mártir



Ahora habiendo quedado libres del pecado y hechos
siervos de Dios, obtenéis por fruto vuestro
la santificación, y por fin la vida eterna.
(Romanos, 6, 22).

   San Melquíades, de origen africano, aprovechó la protección que el emperador Constantino acordaba a la Iglesia para extender el reino de Jesucristo. Reunió en Roma un concilio donde Donato fue convencido de cisma y condenado. Con todo, permitió a los obispos partidarios de él que conservaran sus sedes, con la condición de que volviesen a la unidad de la Iglesia. Murió el 11 de enero del año 314, después de dos años y medio de pontificado. Los tormentos que tuvo que sufrir antes del restablecimiento de la paz por Constantino le han merecido el titulo de mártir .

MEDITACIÓN
LA VIDA DEL HOMBRE
ES SEMEJANTE A UN ARROYO

   I. El arroyo es el símbolo de tu vida y la imagen de tu muerte; corre hacia el mar como a su centro. Cristiano, Dios te ha creado, y debes volver a Él; es el único objetivo que te debes proponer. A Dios sólo es a quien debes mirar, a Él hacia quien debes tender. ¿Qué hay para mi en el cielo, qué he deseado en la tierra sino a Vos, oh Dios de mi corazón y mi herencia para la eternidad? (El Salmista) .

   II. El arroyo no es detenido ni por las piedras ni por las espinas que encuentra; no se para en los canales de metal y de mármol donde se le encierra; no se deja desviar por la hierba y las flores que adornan sus orillas: corre siempre hacia el mar. Como él, no te dejes desviar del camino que conduce a Dios, ni por la adversidad ni por la prosperidad; para esto hay que despreciar las dulzuras de la vida, y vencer los obstáculos que se encuentran en la práctica de las virtudes.

   III. El arroyo siempre está en movimiento: parece que murmura y se queja de estar tan alejado del mar. Vayas a donde fueres, aunque gustes todos los placeres del mundo, nada hay fuera de Dios que pueda llenar tu corazón. Serás feliz en este mundo amando a Dios, y a nada más que a Él; pero tu corazón estará siempre inquieto, hasta que pueda perderse en el seno de Dios. Nos hiciste para Vos, Señor, nuestro corazón siempre estará inquieto, hasta que descanse en Vos. (San Agustín).

El conocimiento de uno mismo 
Orad por la Iglesia.

ORACIÓN

   Pastor eterno, considerad con benevolencia a vuestro rebaño y guardad lo con protección constante, por vuestro bienaventurado mártir y Soberano Pontífice Melquíades, a quien constituisteis pastor de toda la Iglesia. Por J. C. N. S. Amén.